martes, 5 de marzo de 2019

ENTREVISTA CON CARLOS TAIBO: 150 AÑOS DEL OLVIDADO ANARQUISMO ESPAÑOL*


Si se tiene en cuenta que el movimiento obrero en España fue mayoritariamente libertario, entre 1868 y el final de la Guerra de España (1939), habrá que preguntarse por qué los anarquistas son los olvidados de los olvidados.


 Félix Población

Con el título Los olvidados de los olvidados, el escritor y editor Carlos Taibo, profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, ha publicado (La Catarata, 2.018) una breve historia ilustrada (Jacobo Pérez-Enciso) del anarquismo español. Dividido en 155 breves capítulos, incluidos prólogo y bibliografía, el autor reacciona con este libro a la perplejidad que le causó leer recientemente algunos libros de divulgación dirigidos a los jóvenes, con el objeto de explicares la Guerra Civil y en los que el movimiento libertario queda ostensiblemente ninguneado. El profesor Taibo, que ha dedicado al anarquismo varias obras en los últimos años, entiende que en los aludidos textos se han reproducido muchos de los lugares comunes promovidos por lo que algunos estudiosos han dado en llamar “cultura de la transición”. El anarquismo español no se merece esa conspiración de silencio que se ha cernido sobre su historia a lo largo de las últimas décadas, habida cuenta el papel decisivo que desde la llegada en 1868 de Giuseppe Fanelli a nuestro país ha jugado en pro de la dignificación de la clase obrera y la lucha por sus derechos y libertades.

-¿Qué factores han influido a tu juicio para que los anarquistas  españoles, con siglo y medio de historia y un historial tan denso  como el que media entre 1869 a 1939, sean al día de hoy los olvidados de los  olvidados?

-Los anarquistas han sido de siempre un testigo incómodo que ha llamado  la atención sobre las miserias del mundo de su tiempo. Y eso ha  ocurrido hasta hoy. Denunciaron con la palabra, pero también con los hechos, la condición de los grandes terratenientes, y también la del  incipiente capitalismo español. No se dejaron llevar por ninguna  idealización, tan común en los tiempos que corren, de lo que  supusieron las dos repúblicas, y en relación con la segunda subrayaron  su carácter fundamentalmente burgués, represivo e inoperante. Por  razones obvias, chocaron frontalmente con lo que suponía el  franquismo. Y se permitieron contestar, en fin, la farsa de la  transición a la democracia y el régimen correspondiente. En esas  condiciones, y como quiera que la historia la escriben los poderosos,  era difícil imaginar que los anarquistas fuesen tratados de manera  ecuánime y razonablemente objetiva. Sospecho, sin embargo, que en la  cultura popular la imagen que ha perdurado ha conseguido rescatar  muchos elementos positivos que escapan a un formidable ejercicio de  ninguneamiento y manipulación.

-¿Qué objetivos te has planteado a la hora de escribir un libro de  estas características y que, aparte de su orientación divulgativa,  aborda consideraciones críticas sobre los importantes debates que se  han suscitado dentro y fuera del movimiento libertario acerca de éste?

El proyecto inicial del libro respondía al objetivo de dar réplica a  un puñado de obras que, publicadas en los últimos años, se proponían  explicar la guerra civil a los jóvenes. Me pareció que esas obras  obsequiaban a los anarquistas con la pócima habitual: lo que en unos  casos era un olvido lacerante, en otros se convertía en una franca  demonización, no sin que faltasen los intentos de subsumir a aquéllos  en el magma general de “los republicanos”.Como a menudo sucede, y sin embargo, el texto experimentó una  deriva distinta y acabó por perfilarse como un trabajo de divulgación  de la historia del movimiento libertario español que, aunque mantiene  elementos del proyecto inicial –pienso ante todo en la brevedad de los  capítulos y en las espléndidas ilustraciones de Jacobo Pérez-Enciso-,  no rehúye una consideración crítica, y creo que razonablemente  compleja, de problemas centrales que afectan a esa historia. Estoy  pensando, por proponer cinco ejemplos, en las explicaciones aportadas  para justificar la notable presencia del anarquismo entre nosotros, en  la tensa relación del mundo anarquista con la segunda república, en la  marginación de las mujeres en las propias organizaciones libertarias,  en la controvertida participación de la CNT-FAI en los gobiernos  republicanos durante la guerra civil o en la percepción, muy sugerente  y muy compleja, que los anarquistas mostraron en lo que atañe a la  organización económica y a la relación con el medio natural.

-Un capítulo que siempre se aborda al hablar de la historia del  anarquismo es el de vincularlo con la violencia o el terrorismo. ¿Por  qué se ha llegado a esa asociación cuando –como aseguras en este libro- la mayoría  de las instancias de ese movimiento se mantuvieron al margen e incluso  condenaron la violencia?

-La fórmula participa de un ejercicio general de demonización  interesada. Llamativo resulta que, mientras se olvida la ingente  dimensión constructora del anarquismo en terrenos como los de la  economía social o la cultura, se subrayan sus vínculos, presuntos o  reales, con hechos violentos. No se trata –yo no lo hago en el libro-  de negar que en determinados momentos personas precisas, y en su caso  organizaciones enteras, asumieron el ejercicio de una acción violenta.  Se trata, creo yo, de examinar en qué contexto vio la luz esa acción y  cuáles fueron sus objetivos, como se trata de recordar, lo repito,  que, de hacerse valer, cobró cuerpo en un marco caracterizado por un  sinfín de honrosas iniciativas de transformación social. Más allá de  lo anterior, hay que subrayar que quienes tanto empeño han mostrado en  confundir anarquismo y violencia no suelen prestar atención alguna a  la violencia que se revela en los sistemas que padecemos: la de tantos  empresarios sobre los trabajadores, la de muchos hombres sobre las  mujeres, la que ejercen los cuerpos represivos en las calles y en las  cárceles, la que asume la forma de genuinas guerras de rapiña o la que  se manifiesta a través de agresiones constantes contra la naturaleza.


-Al oponerse ontológicamente a toda forma de gobierno, la segunda República no contó con el favor a priori del anarquismo, ni durante el  primero bienio reformista, ni mucho menos bajo el bienio negro que dio  lugar a la Revolución de Asturias. ¿Nos puedes resumir la tensión que  en unos y otro periodo mantuvo el movimiento libertario con los  gobiernos republicanos?

-La relación fue siempre tensa, aunque pasase por momentos  relativamente plácidos, como los relativos a los meses inmediatamente  posteriores a la instauración de la república y a las semanas que  siguieron a las elecciones de febrero de 1936. Los elementos de  controversia eran fuertes. La república, en su bienio reformista, no  dudó en afilar instrumentos de represión que estaban fundamentalmente  dirigidos contra el anarcosindicalismo. Benefició claramente, en su  legislación inicial, a la UGT socialista. No fue capaz de sacar  adelante en momento alguno una reforma agraria merecedora de tal  nombre. Y, por si poco fuera, en las duras jornadas que siguieron al  18 de julio de 1936, y en la persona de muchos de sus dirigentes, se  negó a entregar armas a los sindicatos. No faltaban entre esos  dirigentes, al parecer, quienes preferían antes a los militares  golpistas que a las milicias obreras. Durante la guerra civil, en fin,  la república hizo lo que estaba de su mano para arrinconar la  revolución social que había germinado de manera más o menos  espontánea. Olvidar el carácter fundamentalmente burgués de esa  república es, a mi entender, un grave error.

-¿Qué experiencia y balance críticos sacó el anarquismo español de su  participación en la Revolución de Asturias de octubre de 1934,  duramente reprimida, con casi 1.500 víctimas mortales entre las fuerzas del gobierno y los revolucionarios?

-Creo que la principal lección fue que era difícil llegar muy lejos de  la mano de una alianza con el Partido Socialista. Conviene recordar,  aun así, que la revolución de octubre de 1934 fracasó en buena medida  por cuanto sólo se hizo valer con fuerza en Asturias. El momento no  era, en cualquier caso, el mejor para la CNT, que en los años  anteriores había protagonizado insurrecciones varias saldadas con un  número muy alto de militantes encarcelados.

-¿Qué grado de prevención mantenía el anarquismo español ante la  posibilidad de un golpe de Estado como el de julio de 1936, antes y  después de las elecciones que dieron la victoria al Frente Popular?

Es evidente que la CNT sabía que el riesgo de un golpe era muy alto, y  que en muchos lugares se había preparado concienzudamente al respecto.  No está de más que subraye que la “gimnasia revolucionaria” asumida en  los años anteriores por diferentes instancias del movimiento  libertario, tantas veces criticada por aventurerista, aportó, sin  embargo, una experiencia que en muchas localidades fue decisiva para  frenar el golpe militar. Cierto es, en paralelo, que fracasaron de  manera palmaria iniciativas muy sugerentes, como la que se encaminaba  a hacer acto de presencia, e incentivar movimientos revolucionarios,  en el protectorado español en Marruecos.

-¿De qué modo se podría valorar el protagonismo del movimiento  libertario en la movilización de la ciudadanía para hacer frente a las  tropas golpistas? ¿Se puede decir que esa movilización popular, a la  que en principio era reacio el gobierno, fue un factor determinante  para frenar el golpe?

-No tengo ninguna duda. Sin la movilización popular, en buena medida  cenetista, el golpe habría triunfado de manera rápida. Verdad es, en  sentido contrario, que los recelos de muchos dirigentes republicanos  en lo que hace a la entrega de armas a los sindicatos facilitaron la  tarea de los golpistas. Si el escenario hubiese sido distinto en  Sevilla, en Granada, en Zaragoza, en Huesca, en A Coruña o en Vigo,  muy probablemente la guerra civil se habría saldado con un resultado  diferente.



-Fueron tres, al cabo, las pérdidas que se dieron entre 1931 y 1939  con la instauración de la dictadura: la de la segunda República, cuya  proclamación fue entusiastamente acogida por un amplio sector de la  sociedad, la de la revolución durante la guerra y la de la propia  guerra, a pesar de que el gobierno llegó a contar con cuatro ministros  anarquistas al poco de iniciarse el conflicto. ¿Ha hecho el movimiento  libertario autocrítica de esa triple pérdida?

-Hay que ir por partes. No creo que en el mundo libertario la pérdida  de la república, en sí misma, fuese ninguna tragedia. Ya he señalado  que anarquistas y anarcosindicalistas tenían pocas simpatías por la  república. Lo de la guerra es, claro, harina de otro costal. En este  caso hay que acometer una reflexión sobre por qué el bando franquista  la ganó. En ella tienen que darse cita, por fuerza, la ya mencionada  actitud de muchos dirigentes republicanos y la ficción del discurso  unificador defendido, en lugar prominente, por el PCE. Hablo de  ficción porque, en su despliegue material, la propuesta  correspondiente apuntó con rotundidad a la generación de divisiones en  otras fuerzas políticas y sindicales, acompañada de un proyecto  conservador manifiestamente hostil a todo lo que oliese a revolución  social y, al cabo, visiblemente ineficiente.
Creo que la pérdida mayor, genuinamente percibida como tal por el  mundo libertario, afectó a la revolución social que mencionas,  materializada ante todo en las colectivizaciones registradas, en  muchos lugares, y en singular en Aragón y en Cataluña, en el campo y  en la industria. Esa revolución social, en buena medida espontánea,  demostró que una sociedad relativamente compleja podía funcionar de  modo igualitario sin empresarios, capataces y burócratas.
Me parece, en fin, que a falta de algo que recuerde a alguna suerte  de “historia oficial”, en el mundo libertario se ha consolidado una  visión muy crítica del papel correspondiente a la participación de la  CNT-FAI, durante la guerra civil, en los gobiernos de la Generalitat y  de la propia república. Lo menos que puede decirse es que no produjo  ninguno de los efectos que, en su momento, se invocaron para  justificarla: no garantizó la autonomía y la financiación de las  unidades confederales, no permitió el suministro de armas a éstas, no  sirvió para amparar las colectivizaciones y, en suma, no evitó la  derrota postrera en la guerra.

-¿Cuáles fueron los valores, y las limitaciones, que se hicieron  valer al amparo de la revolución social registrada durante la Guerra  Civil?

-Lo primero que debo señalar es que, mientras, y al calor de las  colectivizaciones, ganó terreno un estimulante proceso de autogestión -las asambleas de trabajadores se hicieron con el control de  explotaciones agrarias y fábricas-, por el otro, y bien es verdad que  en un escenario muy delicado, a duras penas se progresó en la  consideración de una pregunta central: ¿qué hacemos con el aparato  económico? ¿Vamos a seguir produciendo lo mismo que producían los  empresarios privados?
En un segundo escalón no está de más que me haga eco de una idea muy   cara a Murray Bookchin, quien en su momento subrayó la influencia que  una cultura y unos valores precapitalistas ejercían sobre muchos  trabajadores. De resultas, estos últimos no estaban tan embaucados por  la lógica del beneficio privado, por la lucha en provecho del  incremento salarial o por la idolatría del trabajo que se revelaban en  otros escenarios. La solidaridad y la búsqueda de una relación  equilibrada con el medio desempeñaron papeles decisivos.

-Después de la muerte del dictador, el llamado caso Scala va a  suponer, según expones, un freno a la expansión del anarcosindicalismo  durante la Transición, favorecido a tu juicio por el silencio de la  izquierda parlamentaria. ¿Se habría dado de veras esa expansión sin  ese caso? ¿Cuál hubiera sido la incidencia de un sindicato anarquista  en un periodo que calificas de farsa?

-Es difícil responder. Parece, por un lado, innegable que las  autoridades españoles temían un rebrote del anarquismo, o del  anarcosindicalismo. Y que decidieron actuar en consonancia. Para  explicar por qué ese rebrote al final no se produjo, o no tuvo la  fuerza esperada, hay que invocar también, y con todo, otros factores.  Uno de ellos lo aportaron las divisiones internas en el mundo 
libertario, en un escenario en el que era difícil aunar las demandas  de sectores obreristas y de otros más vinculados con lo que llamaré,  con alguna ligereza, contracultura. Otro elemento importante fue, sin  duda, la desconexión que la brutal represión franquista había  provocado entre la CNT y la que había sido, antes de 1939, su base  social. Acaso hay que agregar que el mundo anarquista, en general, no  fue capaz de percibir en toda su crudeza las secuelas de los cambios  registrados en las décadas anteriores.

-Dices en el libro que España sigue siendo el país del planeta en  que el mundo libertario registra una presencia mayor, pero desde luego  muy lejos del que tuvo antes de la guerra. ¿Qué vigencia y porvenir  tiene el pensamiento libertario en un mundo globalizado?

-Es en efecto un lugar común afirmar que en términos objetivos el  movimiento libertario entre nosotros sigue siendo el más fuerte de  cuantos existen en el planeta. Conviene puntualizar, aun así, que se  halla muy segmentado y que a menudo su presencia social objetiva deja  que desear. Se trata, por decirlo así, de un movimiento en exceso  volcado sobre sí mismo.
Y, sin embargo, no tengo dudas en lo que hace a la actualidad de la  propuesta libertaria. Creo que la quiebra sin fondo de lo que han  supuesto históricamente la socialdemocracia y el leninismo da alas a  esa propuesta. Y me parece, en paralelo, que una de las pocas  respuestas eficientes ante el riesgo de un colapso inminente del  sistema es la que reclama el despliegue de fórmulas de autogestión,  democracia directa y apoyo mutuo. Aunque los movimientos  identitariamente anarquistas pueden no estar en su mejor momento, a mi  entender las prácticas correspondientes han adquirido un auge cada vez  mayor con el paso del tiempo.

-Otro aspecto que tocas en tu libro es el del anarquismo y la  cuestión nacional. ¿Me podrías resumir la postura histórica del  anarquismo al respecto?

-Es una discusión muy compleja. Creo que, para acotarla, hay que  identificar dos grandes posiciones. Mientras la primera apunta que en  los dos últimos siglos muchas comunidades políticas se han organizado,  de manera en una primera lectura neutra y tranquila, en naciones que  se han dotado de los discursos nacionalistas esperables, la segunda  estima que naciones y nacionalismos son artificios interesadamente  urdidos por las clases dominantes. Si la primera de estas percepciones  gusta distinguir entre naciones que surgen de los Estados y naciones  que se enfrentan a éstos, semejante distinción no parece encontrar  mayor eco, en cambio, en la segunda. Bien estaría que cada una de las  dos visiones que gloso prestase atención a lo que señala la otra.

*Entrevista publica en El viejo topo, marzo, 2019.

                           DdA, XV/4106                       

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