lunes, 25 de febrero de 2019

PABLO IGLESIAS ES UN LÍDER ESENCIAL PARA LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA



Félix Población

Quienes lo conocen y quieren, saben que Pablo Iglesias Turrión se debe ahora mismo a sus hijos -rompiendo tantos moldes machistas heredados-, y que también en esa materia de la paternidad va a perseguir con el máximo empeño la meta propuesta: serlo a conciencia y con la entrega que suele poner en todo. 

Junto a eso, quienes lo conocen y quieren están seguros de que, apartado de los focos, el ruido mediático, las ruedas de prensa, los platós y la cámaras, en la apartada e íntima atmósfera familiar, Pablo habrá tenido tiempo mental y argumental para meditar con detenimiento, distanciamiento y serenidad cada uno de los hechos que se han sucedido durante su permiso paterno, iniciado el pasado mes enero, y ante el movido e intenso calendario electoral que deberá encarar en cuanto regrese el mes que viene a la política activa como secretario general del partido morado. 

No tengo el menor reparo en afirmar que uno de los políticos más inteligentes, capaces y honrados que ha tenido este país en el último medio siglo, sigue estando llamado a que su organización política tenga un papel decisivo en la historia  venidera de España. Muy mal nos iría si no fuera así. Cuantos se han empeñado, desde dentro y fuera de su partido, en propiciar o propalar el supuesto declive de Podemos ante las sobrevenidas elecciones generales del 28 de abril próximo, y en hacernos creer que detrás de Iglesias sólo hay un ego de gran calibre, una oratoria populista, mera propaganda o el schow de un político/espectáculo, ignoran hasta qué punto esas ostensibles falacias son motivo de estímulo pugnaz tanto para el aludido como para algunos de sus colaboradores.

Como siempre que alguien despunta en esta nación, tan dada a enfangarse en las sombras errantes de Caín y en las pestilentes mugres de la envidia, se nos ha pretendido dar una imagen de Iglesias Turrión que en nada se corresponde con la de quien es el máximo dirigente de su partido por aclamación democrática de sus inscritos y tiene, además, como ningún otro político desde la segunda República, el carisma, la personalidad y los atributos propios de un líder con mayúscula, provisto de una gran formación académica y las más lúcidas y documentadas facultades en su oratoria. Hasta el propio y perspicaz Luis María Anson, periodista monárquico y conservador, lo reconoció no hace mucho, después de haber tenido la oportunidad de conversar con él. 

Ni la pedantería, la falsedad, la egolatría, la sobreactuación, el postureo, la vanidad o la demagogia forman parte de la identidad de Pablo Iglesias. Ninguna de esas tachas forma parte de la educación y formación recibidas. Sí me constan su capacidad inmediata de análisis, su sencillez en el trato, una sensibilidad e inteligencia discursiva incuestionables, su ánimo de entrega a lo que le preocupa y la suma responsabilidad con la que se compromete con lo que promete o proyecta. Por todo eso, quienes lo conocen y quieren son conscientes del daño que su compañero y amigo de mocedad le ha causado al formar con Manuela Carmena su propio partido, después de que gracias a Podemos tanto uno como otra pueden aspirar a la presidencia del gobierno regional de Madrid y a la renovación como alcaldesa de la capital de España. ¿Se imagina la degradación mediática que hubiera supuesto para cualquier otro político en cualquier otro partido esa desleal impostura?

No se puede ser indiferente ante tan sucia y cobarde estrategia personalista -comunicada en ausencia de Iglesias por su permiso de paternidad-,  cuando se cuenta con unos cualificados valores humanos, además de los indiscutibles valores políticos que hacen aún más sangrante y dolorosa esa deplorable operación de Más Madrid a unos meses de las urnas. Pero también creo, y casi podría utilizar otro verbo más categórico para expresarlo con más convicción o más énfasis, que ante las grandes expectativas despertadas por el partido morado hace un lustro y que casi todos sus adversarios dan por extintas -como si Podemos se pudiera disolver en un voleo con carácter instantáneo-, nos queda por ver al Pablo Iglesias más combativo y convencido de su proyecto, y también al más crecido de razón y fuerza ante los agravios torvos, las ruines traiciones y, sobre todo, ante esa derecha cerril y renaciente que nos amenaza desde el sur, otra vez desde el sur. 

Ese Iglesias es el que este país necesita, ahora más que hace cinco años y con mucha más urgencia, ante unos partidos reaccionarios con carácter trino y radicalizado, instigados por un partido ultraconservador afincado en el odio y las nostalgias franquistas, que ya proyecta su celo inquisitorial en Andalucía y que puede retrotraernos a los tiempos oscuros en los que toda perspectiva de avance democrático era una utopía. Sin esa perspectiva esta nación estaría otra vez muerta y no podemos dejarnos arrebatar la esperanza de evitarlo con nuestros votos. Se trata de una cuestión de sobrevivencia democrática en la que Pablo Iglesias debe jugar un papel decisivo. 

Escribió Antonio Machado, al que el presidente del Gobierno puso ayer sobre su tumba en Colliure una corona con los colores de la bandera monárquica, entre los abucheos de un grupo de independentistas que pedía libertad para sus presos, alguno de ellos miembro del partido que quiso eliminar el nombre del poeta republicano de una de las calles de Sabadell:

Dice la esperanza: un día
la verás, si bien esperas.
Dice la desesperanza:
sólo tu amargura es ella.
Late, corazón... No todo
se lo ha tragado la tierra

PS. Unidos Podemos es un grito desesperado en una generación con todos los caminos cerrados: José Mujica.


                       DdA, XV/4098                     

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