miércoles, 2 de enero de 2019

LA VÍA DE LA SUGESTIÓN EN NUESTRO PENSAMIENTO

Jaime Richart

En una película de Woody Allen, una serie de personas en un tiempo de futuro, se reúnen en el salón de la casa de una de ellas. Sentadas y formando un semicírculo, se pa­san de mano en mano una bola de un material imaginario que acari­cian unos segundos para conseguir un raro pla­cer indivi­dual y colectivo de extraña naturaleza parecido a un or­gasmo: la escenificación perfecta de la sugestión y de la au­tosugestión.

Como sabemos, la sugestión es la influencia que algo o al­guien provoca sobre la manera de pensar o de actuar de una persona. Algo o alguien que debilita hasta anularle su volun­tad y la lleva a pensar o a actuar de una forma deter­minada. Buena parte de lo que pensamos no es más que un conjunto de creencias inducidas por vía de sugestión, sin mayor fun­damento que la inercia. Pensamos y hace­mos muchas cosas porque hemos visto que otros las hacen o por simple costum­bre, pero no nos detenemos a indagar su por qué. Te­nemos ideas y convicciones sobre nosotros mismos y sobre todo en general, pero no aguantarían un análisis riguroso. Creemos que son “nuestras” pero son fruto de la costumbre que a su vez no es más que el pro­ducto de la sugestión. La ropa que vestimos, las maneras, e incluso la comida que co­memos, son todos resultado de la sugestión.

Si esto añadimos que lo que llamamos “realidad”, y no sólo la cotidiana de la noticia sino prácticamente todo: el sa­ber académico, los cánones de belleza, lo políticamente correcto, las verdades científicas o médicas, las religiosas, etc, no son más que el resultado del consenso de minorías de cada época, llegamos al humanista Erasmo de Rotter­dam que en su obra Elogio de la locura dice que el ser humano se autoen­gaña constantemente, para evitar ver la vida dema­siado descarnada. A eso le llama “locura”.

En la política, los políticos, más allá del postulado más falso que cierto en España de que son personas al servicio de la co­lectividad, son individuos dotados de una alta capa­cidad de sugestión. De similar naturaleza a la que tiene el comer­ciante. La demagogia no es más que una técnica que consiste en halagar los sentimientos de las ma­sas, para hacerlas ins­trumento de dominio. Y los políticos, todos, no hacen otra cosa. Aspiran a  sugestionar a las per­sonas, eventualmente votantes, en las materias que ellos sa­ben son objeto de su aten­ción gracias hoy día al potente foco de los medios de co­municación.  Estar a favor o en contra, sin matices de ningún género, en inmigración, en violencia de género, en patrio­tismo, son actualmente los asuntos en el candelero que han desplazado en importan­cia a los de abuso, nepotismo,  des­honestidad y delito en el ejercicio del poder. La migración, la patria y la violencia sufrida por la mujer son los tres pilares sobre los que des­cansan los mítines de los políticos en la re­friega -la orato­ria brilla por su ausencia- que ventilan entre sí. Los abu­sos, la deshonestidad, el nepotismo y el delito ya no cuen­tan. La patria tiene dos enemigos: quienes tienen ideas in­dependentistas y los inmigrantes... africanos. La mu­jer tiene un enemigo: el hombre, y por antonomasia el hom­bre machista. Basta un micrófono y una acústica y unos es­ce­narios adecuados para, desde los recintos hasta los platós de televisión, enardecer,  es decir, sugestionar, a quienes les presten atención.

A esto le llaman populismo, antes demagogia. Un con­cepto tan ambiguo y tan villano que se permite practicarlo el miti­nero, al mismo tiempo que con los mismos ingre­dientes ataca a los adversarios a quienes convierte en ene­migos, su­yos y de la patria.  La patria, el último (yo diría el primero en España) refugio de los canallas, en palabras de Samuel John­son. Y todo a través de la sugestión y del en­sordecimiento que hacen muy difícil que el ciudadano piense serenamente por su cuenta, se forme su criterio, que no es ni más ni me­nos que la idea personal de lo que está viviendo y, sobre todo, acerca de lo que, razonable­mente combinado, le con­viene a él, a los demás y a su socie­dad...

                   DdA, XV/4.051