sábado, 8 de diciembre de 2018

FEMINISMOS



Jaime Richart

Antes de nada he de advertir que, como algunos saben, vengo analizando todo desde que tengo uso de razón, modi­ficando a veces con el paso de los años algunos parece­res, manteniendo otros con carácter provisional, y dando por con­clusos los menos ... Como digo en otra parte, cualquiera puede discurrir como los grandes pensa­dores de la historia a condición de dejar a un lado los prejui­cios, el egoísmo y la va­nidad. Ahí es nada... Pero si no lo hacemos así, no hare­mos màs que reproducir copias, repetir lo dicho y pensado por otros y a menudo lo pres­crito por minorías de la inteligen­cia colectiva y de los dis­tintos niveles del poder de los diferentes ámbitos de la acti­vidad humana. Y que si no es de buen tono compa­rarse con los genios del pensamiento en público, sí con­viene hacerlo a solas. Por otro lado, cuando pu­blico ya cuento con que unos no habrán de estar de acuerdo, otros lo estarán a medias, otros compartirán lo es­crito y, en cier­tos casos, como el que ahora me ocupa, quizá me odien por no seguir las directrices del tipo de feminismo impe­rante. Pero me da igual. Lo que importa es el criterio per­so­nal. Y el criterio es independencia en el pensar pro­fundo, no unirse a las corrientes de opinión generadas siem­pre por una o variaos a menudo desconocidos de un laborato­rio de ideas, o pensar sin pensar desde la posición so­cial, económica o los intereses de todo tipo de la clase so­cial a la que por cuna o promoción pertenecemos. Así es que aquí va mi modo de abordar el espinoso tema de los “feminismos”. De los feminismos en plural, pues no hay un solo modo de reconocer la indudablemente superior fe­me­nina condición y la necesidad de que la sociedad asuma la idea de que ya va siendo hora de que tome la mu­jer el relevo del hombre para la dirección inédita de la civilización defini­tiva.

Pues bien, no pretendo descubrir nada nuevo diciendo que España es un país que en el plano sociológico se carac­teriza por pasar de un extremo a otro con demasiada facili­dad;  rasgo, por otra parte, común a los países poco desarrollados en materia de convivencia, con opuestas ideologías políticas, diversas sensibilidades y religiones de origen vario, en los que algunos pretenden acelerar el paso hacia un desarrollo moral que, en buena medida por causa debido a la impacien­cia cuando se presenta alguna oportunidad, nunca se acaba de lograr.

España tuvo un sistema político dictatorial dentro del sistema económico capitalista durante cuarenta años, y pasó hace otros cuarenta a un sistema de libertades públicas y pri­vadas de las que abusan fácilmente los gobernantes que, a través del mismo y natural mimetismo e influencia natural que hay or­dinariamente entre padres e hijos, entre mentores y acon­seja­dos, entre maestros y alumnos, entre tutores y tu­te­lados, arrastran a los ciudadanos a sus mismos vicios. Y así, la men­tira, el engaño, la trapisonda, el chanchullo, el fraude, el latrocinio y demás lacras de los dirigentes se trasla­dan fácil­mente luego al ámbito mercantil y luego al tri­butario; de modo que tanto las personas físicas, como los adi­nerados y toda clase de personas jurídicas, que son los obligados en con­ciencia, nunca acaban de consolidar la solida­ridad ni la significativa equidad que precisa este sin­gu­lar país.

Pero que España pasa de un extremo a otro lo evidencia no sólo el efecto producido por el paso de unas libertades públi­cas y privadas marcadamente coartadas, a la barra li­bre de li­bertades... Además de ello y los múltiples efectos en la vida civil, privada y pública, ahí está el feminismo exa­cerbado. Es­paña ha pasado de una sociedad "oficial­mente” machista, no muy alejada de la que existe en la cul­tura musulmana, a una sociedad “oficiosamente” hem­brista.

Es cierto que la mujer tiene infinitos motivos para acabar con la lacra del machismo y la preeminencia del hombre so­bre la mujer. Pero quienes llevan muy lejos el feminismo en España incurren en el mismo vicio invertido que denun­cian y tratan de superar, sin tener presente que las raíces del com­portamiento machista se hunden en una abe­rrante educa­ción milenaria secularmente fomentada por el vaticanismo en Occidente: una educación primaria y errónea que, como en tantas otras cosas, afecta mucho más a las clases sociales de escasa formación humana que a las clases acomodadas que tenían y tienen además a su al­cance una educación más equilibrada y completa.

El caso es que el tipo de feminismo en España más exten­dido lleva sus pretensiones demasiado lejos para ser razo­na­ble. Pues no hay ya quien no esté de acuerdo con el pos­tu­lado de que hombres y mujeres, homosexuales y otras moda­lidades sexuales deben tener no sólo en teoría sino tam­bién en la práctica idénticos derechos, remuneración y trato social. No es preciso ser feminista convicto o mili­tante para adherirse a semejante causa. Pero una cosa es eso y otra pretender masculinizar a la mujer y feminizar al hombre a marchas forzadas. Una cosa es extirpar todo vesti­gio de dife­renciación social por razón del sexo, y otra que, por ejemplo, dentro de un sistema de libertades, aun teóri­cas, que empre­sas, instituciones y organismos, en un sis­tema de libre mer­cado, deban tener una cuota de emplea­dos o funcionarios equiva­lente de hombres y mujeres. (Y natural­mente, por qué no, ya puestos, de homosexuales y otras modalida­des de sexualidad). Una cosa es esa de­seable paridad y otra trasla­darla al len­guaje oral y escrito, haciendo del habla y de la ex­presión es­crita un bodrio ab­surdo y ridículo que no se co­noce en ningún otro país de lengua del mismo ori­gen la­tino, con su correspondiente género gramatical y sintáctico...

El casi es que quienes venimos de una generación pronta a desaparecer, de una cultura y educación medias, jamás hemos incurrido en excesos hacia nuestra pareja, salvo las ex­cepciones que confirman la regla. Los problemas de ma­chismo tuvieron siempre que ver con las mismas causas que originan hoy la violencia llamada de género, agravada por los inevitables problemas inherentes a la inmigración:  una educación deficiente y gravísimos problemas económicos. Los celos y el amor propio mal entendido sue­len ser, siem­pre han sido, el detonante. Pero las razones pro­fundas de la vio­lencia del macho sobre la hembra, aparte la mayor fuerza física, se alojan en espacios de la condición humana y de las épocas no muy diferentes de la violencia contra niños, anima­les o ancianos; tipo de violen­cia ésta que se obvia salvo en estudios sociológicos, antropológicos o filosóficos desperdigados, ni de la que se publican datos y estadísticas con tanta insistencia y profu­sión como en la violencia de “género”, la violencia de hom­bres contra mujeres.

La presión ejercida en Europa por la doctrina moral y prácti­cas de la Iglesia vaticana relegando a la mujer a un plano subordinado al hombre en otros países europeos ha ido siendo con el paso del tiempo  ampliamente contrarres­tada por la educación laica y cívica de filosofías, y por ideas morales procedentes de la reforma protestante, en unos paí­ses, y del concepto profundo de República, en otros.

Pero en España, por mucho que se haga oír a la causa femi­nista radical, sólo el paso del tiempo pondrá social­mente a cada sexo en su sitio. Lo que sí puede conseguir el empuje de ese feminismo a  ultranza es una literal y ab­surda guerra de sexos necesitados al fin y al cabo el uno del  otro. Lo que sí va a causar es el retraimiento y feminiza­ción progresivos pero raudos del hombre y la masculinización de la mu­jer hasta la náusea. Todo ello dando cierto sentido a las ideas so­bre el particular alojadas en los cerebros de in­dividuos de las extremas de­rechas tanto española como eu­ropeas; cere­bros deforma­dos respecto a lo que universal­mente se en­tiende por equili­brio, por huma­nismo y por ponde­ración; con­ceptos que en la España de siempre resultan usualmente casi incomprensible.

                 DdA, XV/4.029