jueves, 27 de diciembre de 2018

DEL MACHISMO Y EL FEMINISMO EN ESPAÑA

Jaime Richart

Las claves de la vida están en manos de la mujer. El hombre gira en gran medida en torno a ellas y depende de cómo las ma­neje la mujer. La maternidad es decisiva a casi todos los efectos. Ser o no ser madre es una opción y al mismo tiempo un instru­mento pode­roso en sus manos para orientar de uno u otro modo su vida y la de quien contribuyó a ella. Porque hay que decirlo: la aportación a la vida del hombre es tan cómoda como irrisoria en comparación con la responsabilidad, que abarca diversos as­pectos, de la mujer. Deter­minarse a ser o a no ser madre, decidir traer o no a un ser vivo al mundo, vivir por separado con su hijo, con otro hombre o en común con quien para esa nueva vida depo­sitó apenas un grano de arena, son trances que no permiten la más mínima comparación con la preocupación del hombre rela­cionada con su eventual paterni­dad...
  
Partiendo de la premisa anterior, lo que deseo destacar aquí son obviedades más o menos veladas por la lentitud de todo pro­ceso so­ciológico y antropológico, en unos países más que en otros, de la relación hombre-mujer. A la ya mencionada importan­cia de la mu­jer para la generación de vida y la casi irrele­vante aportación del hombre, se suma la inevitable masculi­nización de la mujer y la femi­nización del hombre pro­pio del acercamiento de los sexos; acer­caminto que, si en otros países sigue un curso acompasado por una evolución tranquila, en España, como ocurre con otros muchos problemas de la vida social, está siendo abrupto. La movilización de la mujer consti­tuida en fuerza social, como en otro tiempo las su­fraguistas, no para recuperar algo que nunca tuvo por la primarie­dad de las so­ciedades humanas en las que nunca el hombre que detentaba el poderío la equiparó a él, sino para alcanzar su mismo rango so­cial que todavía en España, irrumpe retrasada en éste y en otros aspectos respecto a la Comunidad occidental a que pertenece y casi es materia de escándalo. Y así me lo parece, por­que el pro­pio movimiento feminista encarnado en otros países por mujeres notables de otro tiempo, en España se ha convertido casi en una causa sin tregua de mujeres contra hombres. Pues a veces tal mo­vimiento da la impresión de llevar el sello de una justa ven­ganza por los excesos del hombre hacia ella desde la noche de los tiempos, amparado en leyes necias que le han reforzado la ne­cia idea de creerse ónticamente superior a la mujer.

Todo ello pese a que puede perfectamente sostenerse, como hipóte­sis, la contraria...En primer lugar, por lo dicho al principio: las claves de la vida están en posesión natural de la mujer. Y en segundo lugar, por­que la mujer está mejor dotada que el hombre en todo. Es supe­rior en in­tuición, en sagacidad, en pragmatismo y en capacidad para la vida terrena sin necesidad de elucubrar, verbo propio de la ensoña­ción. Razón por la cual el hombre, al no crear directa­mente vida, es más propenso a crearla a través del genio...

Y así lo entiendo, hasta el punto de que si la mujer hubiese “de­seado” a lo largo de la larga historia de la humanidad me­dirse al hombre de igual a igual, lo hubiese conseguido hace mu­cho tiempo. Le bastaba educar astutamente a la prole con la peda­gogía conveniente para hacer de esa pedagogía el bastión de su poderío frente a la tosca o bruta manera de tratarla el hombre. Y si no se re­solvió a ello,  no creo que fuese tanto por su debili­dad física frente al hombre saciado, como por el refreno de los chamanes de la tribu o del clan y luego, por las “verdades” difun­didas por los clérigos. Verdades” abstractas que no pudie­ron ser otra cosa que meros ba­luartes, no sólo para reforzarse el propio hombre una “autoridad” so­bre la mujer basada exclusiva­mente en su superioridad física y que por tanto ya no era sufi­ciente, sino también para preoteger los eclesiásticos sus privile­gios y canonjías de la censura de la que con toda seguridad, sin esas “verdades” y prédicas, les hubiera desti­nado la mujer hasta desenmascararles y destronarles. En todo caso, si la mujer hubiese tenido en otros tiempos un estatuto como el que tiene hoy en la sociedad occidental, la historia de la humanidad se hubiera escrito de una manera completamente diferente...   

Hasta aquí mi teoría sobre una hipótesis, que da paso a la si­guiente. Porque aparte de lo dicho, me parece necesario añadir tam­bién otra obviedad: que en España tampoco todos los críme­nes de una mujer cometidos por un hombre encajan en el género “violen­cia de género”. Ni mucho menos. Unos pertenecen a la vio­lencia humana sin adjetivos. Otros traen su causa de hábitos, como el alcohol y la droga, que desfiguran o desintegran la perso­nalidad, otros son debidos al  enfrentamiento y tensiones simplemente huma­nas por razones varias, y otros, en fin, deriva­dos del atraso so­cial y moral de la sociedad. Además, para nada se tiene en cuenta a menudo que en la llamada “violencia de género” no es infrecuente que precede la violencia moral; esa clase de violencia que consiste en frecuentes desprecios y humi­llaciones privados o públicos de la mujer hacia el hombre en su relación de pareja; la misma clase de violencia que provocan los demasiado ricos, los poderosos, los abu­sos, las injusticias, etc, y desencadenan a su vez reacciones so­ciales más o menos violen­tas. Y esto es así, aunque no sea mani­fiesto en los momentos del crimen. A veces no lo es hasta la instruc­ción del proceso penal, a veces hasta el juicio público crimi­nal, y a veces nunca. Natural­mente que no digo esto para justificar un crimen, pasio­nal o no, sino para hacer hincapié en que la verdad aparente inme­diata raras veces coincide (en éste ámbito pero tam­bién en todos) con la verdad material. Lo mismo que pasa en la polí­tica y en la guerra, hechos conocidos hasta entonces sólo en su­perfi­cie, sólo después del tiempo delatores, investigadores o desclasi­fi­cación de documentos revelan mucho más aproximada­mente lo que realmente sucedió y cuál fue la causa de la causa... (¡cuántas guerras, por ejemplo, no son el resultado de la confabu­la­ción de los poderosos que para su enriquecimiento pre­sionan a los belicosos hasta desencadenarlas!). Por otro lado, las con­denas lar­gas o vitalicias  sirven de muy poco, y menos en sociedades inesta­bles o en perio­dos necesitados de profundas reformas. La sociedad y sus vicios cambian y avanzan o no, por sí solas y por la madura­ción natu­ral como la fruta en el árbol, no a golpe de leyes y de nues­tro deseo...

Ya sé que me he granjeado la enemiga del feminismo español al uso, y que las feministas de diseño me van a acribillar. Pero como también sé que como son muy inteligentes y perspicaces, y saben que no hay verdades absolutas, han de contar con otras teorías que, sin quitarles la razón, atemperen la suya. Pues quizá estén llevando demasiado lejos sus reivindicaciones de género, y en lugar de acor­tar en el tiempo el proceso de aproximación de los dos sexos, enconan con su impaciencia la relación entre el hombre y la mujer. Y, por último,  se corre el riesgo de que sin in­fluir significativa­mente en la aminoración de los casos que ellas llaman ‘violencia de género” cuyo foco está en las raíces de siglos de prepotencia y de sexo incontrolado, pueden no conse­guir otra cosa que sustituir el fa­chendoso machismo ibé­rico por un no menos repulsivo hem­brismo también ibérico...

                     DdA, XV/4.048                   

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