viernes, 16 de noviembre de 2018

SEAMOS OPTIMISTAS SIN DESFALLECER

Jaime Richart

Sólo los necios engreidos, fatuos y egoístas desprendidos del espíritu de la sociedad pueden ser optimistas y cantores de su buena fortuna, ignorando o deseando ignorar todo sufrimiento ajeno y todo cuanto de dramático tiene lugar en todo momento en su sociedad y en la sociedad humana toda. Y en algunos casos sólo personajes diabólicos y estúpidos, como la maldita Christine Lagard, gerente del FMI puede ser capaz de reclamar a los países, urbi et orbe, que se recorten las prestaciones y se retrase la edad de jubilación ante “el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”. Es decir, que los ancianos deben morirse cuanto antes para evitar el colapso de la economía global. No se le ocurrió hacer un llamamiento a los miles de polticos ladrones contrastatados como tales en España, o a los miles de multimillonarios europeos y mundiales que burlando sus obligaciones tributarias y multiplicando con ello constantemente su riqueza, cierran el paso a un mayor equilibrio económico de la sociedad y a una aminoración de las disparidades socioecómicas que persiguen los fondos de cohesión de la Europa Comunitaria. 

No se le ocurre a esta incompetente por la deformación que acarrea su especialidad al ver sólo ortodoxia en la economía del neoliberalismo, otras posibilidades para afrontar el delicado futuro de la humanidad. Por ejemplo, el decrecimiento económico. Por ejemplo, la renuncia a la fabricación indiscriminada y sin previos destinatarios de la maquinaria de todo tipo. Por ejemplo, dejar de producir lo irreciclable. Por ejemplo, potenciar la sinergia para detener el deterioro imparable de la Naturaleza, de los océanos, de los montes, de los ríos, de los mares, etc. No. Para personajes canallescos como ella, seres indeseables, esos personajes antisociales que esquilman y copan la riqueza en el mundo a costa de miles de millones de seres humanos, están bien donde están porque contribuyen al “progreso” tal como ella lo entiende y también al desarrollo feliz de ella y de los que viven como ella sin más desvelos que los que su miserable función le proporciona. Como si las materias primas y los recursos no monetarios fuesen infinitos y como si el derecho de los necios engreidos, fatuos y egoístas desprendidos del espíritu de la sociedad, fuese respetable o sagrado.

Parece lógico que un empresario, un espíritu creativo, el científico de un laboratorio o una madre sin recursos para su hijo sean inmunes al desaliento y se dejen impulsar por un optimismo y la esperanza inagotables. Pero se da la paradoja de que los necios engreídos, fatuos y egoístas desprendidos del espíritu de la sociedad a que me refiero son, justo, esos individuos que sin aportar nada creativo o significativo a la sociedad se retroalimentan de su optimismo y se lo exigen a los demás. Y si los demás no responden a la exigencia, les tildan de derrotistas y frustrados.  Me refiero a esos especímenes ajenos a la idea de que el éxito y el fracaso dependen de diversos factores más allá del mérito personal. Pues  el éxito y fracaso dependen de la época en que vivimos, del país en que hemos nacido, de la familia a que pertenecemos, de la educación y enseñanza recibidas, de las capacidades de las que nos ha dotado o no la naturaleza y de la ocasión de demostrarlas. Y en último término, pero en muy en último término, de nuestra perseverancia y de nuestra voluntad para lograr un objetivo... si es que, además, lo tenemos claro y no es resultado del oportunismo.

Pero es que, además, “ser” positivo o negativo, optimista o pesimista, esperanzado o desesperado depende de la salud o de los achaques de la salud, de cómo hayamos dormido la pasada noche, de cómo nos vaya ese día, de los contratiempos que nos hayan o no sobrevenido, de los aplausos o abucheos escuchados de quienes nos rodean... Pero sobre todo, de la mucha, poca o nula conciencia social que tengamos, que significa la consciencia viva de “el otro”, y por tanto del nivel de lucidez o estupidez de nuestra miserable condición... 

                   DdA, XV/4.014