viernes, 16 de noviembre de 2018

COVADONGA EN EL NACIONAL-CATOLICISMO

 Amablemente enviado por su autor, el profesor de ciencias y técnicas historiográficas de la Universidad de Oviedo Miguel Calleja-Puerta, este artículo no lo  pueden pasar por alto, sobre todo, quienes como este Lazarillo cursaron su niñez y adolescencia en la enseñanza nacional-católica. De cuanto en esos tiempos nos contaron, el mito de don Pelayo y la batalla de Covadonga ha quedado anclado a nuestra memoria con un arraigo superior incluso al de las prédicas que nos auguraban infernales padecimientos ultraterrenales si sucumbíamos a los nefandos pecados de la carne. El mito tuvo mayor incidencia, incluso, en aquella región que fue escenario de la legendaria batalla. Miguel Calleja-Puerta se presenta así ante lector del medio en que se publió su artículo, The Conversation: no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado


Miguel Calleja-Puerta

Aunque recuerdan algo ocurrido hace trece siglos, los nombres de Pelayo y Covadonga despiertan reacciones muy emocionales entre los españoles de más de 40 años. Las posiciones conservadoras suelen ver en aquellos hechos algo propio y positivo, algo así como la cuna de la españolidad. Y al contrario, desde posturas progresistas se minusvalora aquella vieja historia de la Edad Media.
Para un observador externo esto es bastante curioso, porque los primeros textos describen el levantamiento en armas de un pueblo que resiste a un ejército de ocupación. Pero de aquellos hechos lejanos y mal conocidos se fue reescribiendo un relato mítico a lo largo de los siglos. En los últimos 200 años adquirió connotaciones que nos hablan más del presente que del pasado.

Qué ocurrió en Covadonga en el siglo VIII y después

Que hubo choque armado en el territorio de Cangas de Onís parece indudable. Su magnitud se discute: las crónicas cristianas medievales exageran, pero las musulmanas no llegan a negarlo. Ahora bien, ¿por quién luchaban aquellos astures resistentes?
El cronista musulmán Ibn Hayan es claro: “Pelayo criticaba a sus compatriotas por su cobardía, por su sometimiento, por la pérdida de la tierra de sus padres, por la indefensión de sus mujeres e hijas”. Eran los atropellos de una fuerza de ocupación.
Por su parte, las crónicas cristianas del siglo IX configuraron el relato milagroso del triunfo de Pelayo: un héroe cristiano que venció a los musulmanes. Con él nacería un reino protegido por la fe. Pero de reconquista y nación, todavía nada.
Así que Covadonga quedó durante siglos como un pequeño santuario local, con poca capacidad de atracción. En la época medieval, no hubo en Covadonga un culto memorial de tipo político. Se buscaba la salvación, no la patria.
De modo que la recuperación del mito se hizo esperar hasta el siglo XVI. Con la unión de las Coronas, algunos eruditos empezaron a hablar de Covadonga como principio de la restauración de España.

Un mito nacional para la España decimonónica

La fase decisiva de formación del relato arranca en el siglo XIX, con la construcción del Estado liberal. Hasta entonces la de Pelayo había sido la historia del origen de la monarquía. Ahora debía convertirse en el origen de la nación.
El concepto de España, antes asociado a la memoria de los reyes, pasaba a ser patrimonio de aquella oligarquía que tenía los poderes del Estado liberal, pero desde luego no de todos los habitantes del reino.
Así que el mito de Covadonga encajó muy bien en los intereses de la burguesía decimonónica: aunaba una idea integradora de país, un régimen monárquico y una sociedad definida por su catolicismo; ni siquiera faltaba el movimiento popular. Se trataba de crear un imaginario histórico nacional.
Y es ahora, solo ahora, cuando nace el concepto de Reconquista: de Covadonga a Granada, en ocho siglos de sangre, sudor y fe.

La apropiación del pasado

Las conmemoraciones de 1918 reforzaron la dimensión religiosa y monárquica del sitio y del mito. Triunfaba así la visión nacional-católica de Covadonga. El centenario servía para conmemorar el pasado sin mirar al futuro.

Leopoldo Alas Argüelles, rector de la Universidad de Oviedo, fusilado en 1937 a los 53 años.
En el mismo año, el joven Leopoldo Alas Argüelles lamentaba en una crónica periodística el perfil que habían adquirido las conmemoraciones: “La preocupación de todo el mundo consistía en sacarle a Cambó la mayor parte de kilómetros de vía férrea”. Y contraponía a “la Asturias del carbón, de los negocios y de los millones”, la necesidad de una intensa corriente de cultura que sirviese para mantener y acrecentar la riqueza, que llegase también al proletariado.
Pero no pudo ser. Alas fue fusilado en 1937, siendo rector de la Universidad de Oviedo. Cinco años más tarde Franco recorrió la ciudad llevando en sus manos la Cruz de la Victoria, la joya medieval que según la leyenda cubría la cruz que llevó Pelayo en Covadonga.


Francisco Franco porta la Cruz de la Victoria ante la catedral de Oviedo en septiembre de 1942
Al usar el símbolo también dejaba su huella en él: la cruz medieval quedaba asociada a la figura y al régimen del dictador. Y perdía la posibilidad de ser un símbolo integrador para identificarse con una ideología que monopolizaba la idea de España. Culminaba así una idea de nación española entendida como un ente cuya misión histórica era defender y propagar la fe, una historia de supervivencia que empezaba en Covadonga y cuyo último episodio era la Guerra Civil.
Esa es la Historia de España que se enseñaba en nuestras escuelas en el tercer cuarto del siglo XX. Ese relato, de forma más o menos consciente, genera la simpatía o rechazo hacia Covadonga y Pelayo de quienes estudiaron en ellas. Lo curioso es que, desde entonces, la sociedad ha cambiado, pero el mito no se ha adaptado a estos cambios.
El centenario de 2018 podría haber servido para entender y proyectar, y para adaptar el mito a una sociedad democrática del siglo XXI. Pero sus conmemoraciones se han fijado más en el tópico que en el fondo. Creyendo que era una vieja leyenda medieval, no se ha sabido ver la oportunidad de ponerla al servicio de una sociedad moderna.

                    DdA, XV/4.014