jueves, 29 de noviembre de 2018

CONVERSACIONES CON NADIA BOULANGER PARA ESTAR MÁS CERCA DE LA MÚSICA


Félix Población

Se podrían citar las opiniones de bastantes e importantes músicos e intelectuales de su tiempo para significar el valor de la personalidad y la obra docente de Nadia Boulanger (1887-1979), directora del conservatorio de Fontainebleau, pero creo que la del escritor y compositor norteamericano Ned Rorem y la del poeta francés Paul Valery son las que mejor la definen. 

El primero dijo de ella, en lo que se refiere a pedagogía musical, y por extensión, a la creación musical, que fue la persona más influyente de todos los tiempos. Para Valery, Nadia era la personificación de la música, una mujer capaz de crear el entusiasmo y el orden, que son los dos poderes simétricos del gran arte. "No es posible armonizar esas dos virtudes maestras de la ejecución, que lo son de toda creación, sino mediante una disciplina y un ejercicio constante que transforma el antagonismo en equilibrio. Nada bueno se hace sin pasión; nada excelente, sólo con ella".

Pues bien, resulta que esta mujer no soportaba de niña una sola nota musical, pese a que procedía de una familia de músicos. Las notas musicales la hacían sollozar hasta que, inopinadamente, un día, escuchando pasar a los bomberos por la calle, la niña se sentó al piano intentando sacar las notas. Su padre la tildó de rara, pero a partir de entonces no hubo modo de apartarla del piano.

Boulanger fue pianista, directora de orquesta, mentora de Stravinsky, pero destacó sobre todo como pedagoga musical, entre cuyos alumnos estuvieron los músicos más destacados de su época: compositores, directores de orquesta e intérpretes. La cita es larga y en ella figuran Markévich, Gardiner, Barenboim, Bernstein, Yehudi y Jeremy Menuhin, Piazzolla, etc. De algunos de ellos se recogen los correspondientes testimonios acerca de su maestra en este maravilloso libro de conversaciones, del que es autor Bruno Monsaingeon (1943), violinista, escritor y director de cine, y que acaba de regalarnos la editorial Acantilado, con traducción de Javier Albiñana. En esta misma editorial ya teníamos otra obra de este autor, publicada en 2017: Glenn Gould. No, no soy en absoluto un excéntrico

Las charlas con Boulanger tuvieron lugar durante los seis últimos años de su vida y nos informan de muchos e interesantes aspectos de la educación musical, de los grandes músicos a los que conoció Nadia, así como de la versión conmovedora que la protagonista hace acerca de su querida hermana Lili Boulanger, a quien califica como la primera  mujer compositora importante de la historia, cuya prometedora carrera musical quedó rota por una temprana muerte. "Mi hermana representa lo mejor, lo más íntimo, lo más profundo de mi vida", dice Nadia en estas conversaciones. 

Sobre la enseñanza es de considerar lo que comenta sobre los niños: consentir sus caprichos no es amarlos, amarlos es sacar lo mejor de ellos, enseñarles a amar lo difícil. Para ello nos pone el ejemplo de padre de Mozart, que tantas veces se ha utilizado en muy contrario sentido. Leopoldo Mozart enseñó a su hijo a superar lo imposible: tan solo le pidió que hiciera lo que podía, pero lo podía todo. "Nuestras mejores lágrimas -decía Cocteau- no las debemos a una página triste sino al milagro de la palabra adecuada". Recuerda Boulanger lo que le dijo Rostropóvich al término de un ensayo en su limitado francés: "Cuando hago algo tengo que hacerlo lo mejor posible".

Con Leonard Bernstein

Con Mademoiselle. Conversaciones con Nadia Boulanger se tiene la sensación, al acabar su intensa lectura, de que se cumplen las palabras de su gran amigo Paul Valery. El libro consigue que se tenga la ilusoria impresión de que comprendemos algo de las delicadezas y las sabias combinaciones de la gran música. Un texto imprescindible, por lo tanto, para toda escuela de música que se interese por la buena formación de sus alumnos, según hizo su protagonista, fallecida en París en 1979 y primera directora  de la Boston Symphony Orchestra y de la New York Symphony Orechestra en 1946.

Era esta sobresaliente mujer una inspiradora, según Lennox Berkeley, y la inspiración consistía en hacer cobrar conciencia a sus alumnos de la necesidad de adquirir la técnica imprescindible para el compositor, en hacerles sentir que ningún esfuerzo que les permitiera poner fin a la dificultades iniciales sería excesivo. El ejemplo de su vida, totalmente concentrada en el trabajo durante tantos años, era muy estimulante en ese sentido.

Uno de los testimonios que más me han impresionado al final de este libro es el de Leonard Bernstein, que visitó a su maestra cuando Nadia estaba a punto de fallecer y que, pese a encontrarse ya en coma, sorprendió al director, compositor y pianista norteamericano con una pocas palabras totalmente imprevisibles. Bernstein, de quien podemos ver en el libro de Monsaingeon una imagen besando las manos de Boulanger cuando le premiaron en 1977 con la Légion de Honor en Francia, le preguntó si oía música en su cabeza y Nadia le respondió que todo el rato. ¿Y qué oye en este momento?, insistió Bernstein, a lo que Boulanger contestó: Una música... -pausa prolongada- sin comienzo ni fin...

                      DdA, XV/4.024