sábado, 13 de octubre de 2018

OCHENTA JÓVENES NAZIS, MÁXIMOS REPRESORES DEL TERCER REICH

Ingrao, Ch. (2017). Creer y destruir. Los intelectuales y la máquina de guerra de las SS. Barcelona: Acantilado.

Henrique Hervés Sayar
Hace apenas dos años, el economista Paul Krugman aprovechaba su columna en el New York Times para expresar airadamente su incomprensión, extensible a toda la élite liberal estadounidense, por la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas. El triunfo del candidato de discurso reaccionario, racista y misógino -posfascista, si así lo queremos calificar-, sólo podía ser el resultado de la ignorancia y adocenamiento de buena parte del electorado: “Ha quedado claro que hay un gran número de personas -blancos que viven principalmente en áreas rurales- que no comparten nuestra idea de lo que es América. Para ellos, se trata de sangre y suelo, de patriarcado tradicional y jerarquía racial” (Kruggman, 2016).
En definitiva, la ignorancia de esos a los que despectivamente los cultos urbanitas estadounidenses pueden referirse como hillbillies, rednecks o white trash, explicaría su adhesión al populismo trumpista. Puede parecer una simple anécdota, y probablemente su autor se haya arrepentido, pero pone de relieve la forma de pensar y expresarse de sectores significativos de la intelectualidad progresista, cuya reivindicación de la causa de las llamadas mayorías sociales contrasta con el desprecio elitista por las actitudes, formas de sociabilidad y opciones políticas de una parte importante de tales mayorías. Al mismo tiempo, cultura, inteligencia y formación les pondrían a salvo de caer en los mismos errores. Pues depende…
Por desgracia, no podemos esperar que estas cualidades sean un freno a la abyección. Así lo enseña el historiador francés Christian Ingrao (n. 1970), especializado en el estudio del nazismo y de la violencia de guerra, en su obra Croire et détruire (2012), traducida al castellano en el 2017 de la mano de la editorial barcelonesa Acantilado. Esta investigación se centra en un grupo selecto: ochenta jóvenes intelectuales (historiadores, filólogos, juristas, filósofos, economistas) que  formaron parte de los órganos represivos del Tercer Reich, singularmente del Servicio de Seguridad (SD) de las SS, al tiempo que desarrollaban unas más que notables carreras académicas. Como resume en las primeras líneas del libro: “Eran apuestos, brillantes, inteligentes y cultivados. Fueron responsables de la muerte de varios cientos de miles de personas” (Ingrao, 2017: 9). En el grupo analizado no encontraremos a las grandes lumbreras de la cultura alemana asociadas, de uno u otro modo, al régimen nazi, como Carl Schmidt, Ernst Jünger o Martin Heidegger. Pero lo cierto es que se trata de una muestra mucho más representativa de la contribución intelectual y fáctica de la élite académica a la utopía racista nazi. Produjeron un discurso dogmático y lo aplicaron sobre el terreno mandando los Einsatzgruppen (grupos de acción) que exterminaron a los judíos en el Este. En cierto modo, el estudio de Ingrao podría inscribirse en una línea de investigación reciente que destaca el protagonismo de las élites tradicionales alemanas en la barbarie hitleriana, como fue el caso del cuerpo de oficiales de la Wehrmacht (Wette, 2010). Como señala Michael Mann (2006: 13), la circunscripción social [universo social] de los movimientos totalitarios “disfrutó de relaciones particularmente próximas al icono sagrado del fascismo, la nación-estado” (Mann, 2006: 13). Así pasó con la academia alemana.
Los nazis impidiendo que los judios ingresen a la Universidad de Viena. Austria. 1938
Los nazis impidiendo que los judios ingresen a la Universidad de Viena. Austria. 1938
Ingrao sigue un orden cronológico a la hora de exponer los resultados de su investigación, rastreando los rasgos comunes que fueron definiendo este particular agregado social. La inmensa mayoría de dichos inteletuales provenía de familias de clase media más o menos acomodadas, lo que posibilitaría su posterior acceso a la formación superior. Esta historia, como todas las historias del siglo XX, comienza con la Gran Guerra. Nacidos en la primera década de la centuria, todos eran niños o adolescentes en 1914-1918. No fueron combatientes pero sufrieron la escasez, la marcha de los varones de la familia, el duelo por los caídos. Fueron adoctrinados en un nacionalismo vindicativo: la prensa, la escuela,  las imágenes, incluso los juguetes, creaban y difundían la representación de  una Alemania que luchaba por defender su cultura y territorio frente a enemigos, particularmente inhumanos (no humanos) en el frente oriental, que la rodeaban y bloqueaban y que perseguían su aniquilación. Sorprende, sin embargo, que los Lebensläufe, relatos autobiográficos elaborados por la mayoría de estos intelectuales al ingresar en las SS o contraer matrimonio, apenas den cuenta de su infancia durante la guerra. Esta parece un trauma imposible de mencionar. Por el contrario, si aluden con frecuencia a su participación en los disturbios que sufre la naciente democracia alemana tras el fin de las hostilidades: trabajo en la resistencia pasiva en el Ruhr o Silesia, defensa de las minorías germanas aisladas fuera del Reich, peleas con comunistas y separatistas renanos, incorporación a organizaciones paramilitares nacionalistas. El compromiso activo ayuda a cristalizar la creencia en la inminente desaparición de Alemania ante la conjunción de enemigos exteriores (los vencedores de Versalles, los eslavos) e interiores (socialistas, comunistas, separatistas, judíos). Lo Resumía así Werner Best, uno de los miembros más destacados de la muestra, en 1923: “¡Resistencia y lucha o aniquilación sin piedad”.
Oficiales nazis con Adolf Hitler
Oficiales nazis con Adolf Hitler
Al comenzar sus estudios superiores, experimentan unha fuerte movilidad geográfica, favorecida por la gran descentralización del espacio académico germánico e impuesta por la regulación del doctorado en la Alemania de la época. El prestigio de algunas universidades (Leipzig, Múnich, Gotinga, Halle, Heidelberg) y de algunos profesores aislados condicionaron sus elecciones. En los claustros de la mayoría de las facultades alemanas predominaban docentes derechistas fuertemente impregnados por la cultura volkisch, muchos de ellos estudiosos y militantes en la defensa de las minorías alemanas en el extranjero, sobre todo de aquellas afectadas por las pérdidas territoriales de 1919, los Grenzdeutschen  (alemanes fronterizos”) (Núnez Seixas, 1994).
El doctor Werner Best, uno de los protagonistas del libro
El doctor Werner Best, uno de los protagonistas del libro
Aunque cursos y seminarios pudieran contribuir al compromiso político de los futuros intelectuales nazis, resultó más importante su afiliación a hermandades (Burschenschaften), sociedades deportivas (Turnerschaften) y sindicatos estudiantiles presentes en todos los campus. Estas entidades fueron radicalizándose en la década de 1920. Se acercaron a las tesis volkisch más radicales y excluyeron de entre sus miembros a los judíos sobre la base de un nuevo antisemitismo de raíz biologizante y no religiosa. La Nazionasozialistiche Studentenbund, fundada en 1926, se convirtió en seguida en el sindicato mayoritario entre los estudiantes universitarios alemanes. Los futuros intelectuales de las SS (W. Best, G.H.Melhorn, R. Frankenberg) fueron testigos y protagonistas de estos cambios.
Aún cuando muchos ingresan en el partido y en las SS a partir de 1933, terminados los estudios, siempre fueron activistas comprometidos y no meros oportunistas: pusieron sus conocimientos al servicio de los fines del NSDAP y contribuyeron a la nazificación del saber, intensificada tras la nombramiento de Hitler como canciller del Reich. Este proceso tiene una doble dimensión: por una parte, el control de los centros de producción científica (universidades, fundaciones, centros de investigación); por la otra, la creciente visibilidad del sistema de creencias nazi en la producción científica (tesis, publicaciones).
Desde sus puestos en el entramado, complejo y a veces indescifrable, del Servicio de Seguridad (SD) tuvieron un papel fundamental en la organización de la represión político-social, lo que incluía, dada la naturaleza del nazismo, la identificación, seguimiento y estudio de los enemigos de la Volksgemeinschaft alemana. Tras el estallido de la guerra, les correspondió el diseño de un programa radical de transformación de los territorios ocupados en la Europa del Este. El llamado  Generalplan Ost, reformulado en varias ocasiones, pretendía materializar la utopia racial nazi: la colonización del Este mediante el reasentamiento de alemanes étnicos (Volkdeutsche), el desarrollo de una economía basada en las actividades agropecuarias y la explotación de los recursos naturales, acompañados de la explotación en condiciones de servidumbre de mano de obra eslava y de la determinación de las poblaciones que habría que extirpar (H. Ehlich las cifró en más de 22.000.000 de judíos y eslavos). En suma, les correspondía organizar eficientemente la violencia extirpadora y legitimarla. Desde su punto de vista –la percepción del genocida-, Alemania libraba una guerra defensiva a muerte en la que estaba en juego su misma existencia. En palabras de uno de los miembros del Einsatzgruppe C, implicado en la matanza Babi Yar (1941): “Mis camaradas se baten literalmente por la existencia de nuestro pueblo. Hacen al enemigo lo que éste les haría a ellos[…] Como consideramos que esta es una guerra judía, los judíos son los que tienen soportar el primer embate” (Ingrao, 2017: 336-337). Este discurso legitimador permitió que “a pesar de la dimensión traumática de la experiencia genocida, no hubo nunca ruptura del consentimiento de estos hombres a la matanza” (Ingrao, 2017: 536)
Ante la derrota, muy pocos decidieron seguir la lucha hasta el final y varios más estuvieron entre los que recomendaban un cese de hostilidades. El suicidio, frecuente entre los dirigentes nazis más veteranos, fue muy raro entre estos intelectuales. La inmensa mayoría trataron de preservar cierta esperanza en el futuro. Cuando fueron sometidos a juicio optaron por diversas estrategias: la negación, la ocultación o la justificación de sus acciones. Ninguno se arrepintió.
Probablemente, la mayoría coincidirían con Max Aue, el culto SS-Obersturmbannführer de ficción creado por Jonathan Littel: “No defiendo la Befehlnotstand, el sometimiento a las órdenes que tanto gusta a nuestros buenos abogados alemenes. Lo que hice, lo hice con plento convencimiento de causa, convencido de que era mi deber y de que era necesario hacerlo, por desagradable y triste que fuera. También consiste en eso la guerra total: lo civil ya no existe[…]”(Littel, 2007: 26). Tengamos cuidado con los intelectuales: lo que sueñan puede convertirse a veces en realidad.

REFERENCIAS BILIOGRÁFICAS:
Ingrao, Ch. (2017). Creer y destruir. Los intelectuales e la máquina de guerra de las SS. Barcelona: Acantilado.
Krugman, P. (2016, 8 de noviembre). Our Unknown Country, The New York Times
Littel, J. (2007): Las benévolas. Barcelona: Círculo de Lectores.
Mann, M. (2006). Fascistas. Valencia: PUV.
Núñez Seixas, X.M. (1994).El nacionalismo radical alemán y la cuestión de las minorías nacionales durante la República de Weimar (1919-1933). Studia Historica-Historia Contemporánea, XII,  259-285. 
Wette, W. (2010). Wehrmacht. Los crímenes del ejército alemán. Barcelona: Crítica.

De re historiografica - DdA, XV/3980