miércoles, 10 de octubre de 2018

LA PRECARIEDAD Y SUS GEOGRAFÍAS


Félix Población 

En seis breves capítulos y tan sólo poco más de un centenar de páginas, en ocasiones algo densas, la editorial Akal publicó meses atrás este interesante ensayo del sociólogo y escritor Jorge Moruno Danzi, cuya lectura recomiendo y retomo al objeto hilvanar esta reseña del modo más conciso posible, utilizando para ello los muchos subrayados con los que he sembrado el libro desde las primeras páginas a fin de resumir su contenido.El título, No tengo tiempo, es una frase que bien podría definir el que vivimos a impulsos de un ritmo cotidiano cada vez más acelerado, en el que la precariedad laboral viene ocupando más y más el tiempo privado y se establecen unas fronteras cada vez más borrosas entre ese tiempo y el que requiere la vida laboral, de modo que la vida personal y el trabajo se integran, no se concilian, por más que se hable de esto último. Las relaciones sociales capitalistas colapsan las arterias sociales con ese colesterol llamado mercancía que hace más mercantil todo en todas las parcelas de la vida.
Toda revolución o aspiración de cambio pasa por reordenar el reparto y el sentido del tiempo, se nos dice. El tiempo ordena la vida en la sociedad y la sociedad es ordenada por cómo se vive el tiempo. Tal como afirma Raimundo Viejo en el prólogo de este ensayo, con las formaciones sociales capitalistas la relación entre tiempo y vida mutó en modalidades de explotación siempre dispuestas a indagar en la potencia productiva del cuerpo social, con una constante marcada desde entonces en las sociedades humanas: explotar la potencia constituyente de la vida por medio del control político del tiempo. De ahí -sostiene Viejo- que la lucha por la abolición del trabajo se haya acabado convirtiendo en una pugna por la significación, reapropiación y reconfiguración de la relación entre tiempo y vida.  

El porcentaje de españoles con bajos ingresos que declaran dificultades para cumplir con las tareas familiares -según se nos dice en ese mismo prólogo- ha pasado de un 31 por ciento en 2007 al 56 por ciento en 2016, mientras que en la UE ha subido del 31 al 46 por ciento. El autor sostiene que “somos sombras y cenizas tratando de captar un tiempo que no controlamos en este nuevo Medievo que nos empuja a chapotear en una charca de dengue ideológico”. 

Vivimos en una sociedad dopada no sólo porque se dispare el consumo de psicofármacos, sino porque en la sociedad de la experiencia y las redes sociales prima la constante estimulación de la adrenalina y la dopamina. El fetichismo de la mercancía es la norma inconsciente que nos rige. “El capitalismo funciona como un permanente estado de sitio emocional, que fetichiza la imposibilidad de imaginar otro mundo de convivencia. Toda la estructura de la sociedad se relaciona conforme a la compra y uso del tiempo del otro”. El verdadero éxito del capitalismo consiste en imponer nada menos que como único horizonte posible aquello que no es natural: subordinar la vida a la producción. Nada menos. El ateísmo es un pecado venial -decía Marx-, comparado con el crimen que supone la pretensión de criticar el régimen de propiedad consagrado por el tiempo. 

A propósito del sacrificio extremo del tiempo a la capacidad productora, Jonatahan Crary explica que el Pentágono está financiando estudios sobre aquellas aves que no duermen mientras migran para extraer conocimientos aplicables a los seres humanos. Al mismo tiempo que el trabajo remunerado es el eje central sobre el que se pretende que orbita el resto de cadenas de dependencia, se necesita que el trabajo de reproducción de la vida sea fundamental para la propia posibilidad de reproducción del capital sin necesidad de reconocerlo. Según Moruno, “feminismo y ecologismo no son por eso valores que se incorporan a la sociedad para mejorarla, sino perspectivas  desde donde criticar a la sociedad para cambiarla”. 

El capitalismo en nuestro tiempo se ha convertido en una conexión de relaciones humanas intensiva y asfixiante tal que incluso desaparece como sistema, porque, al ocuparlo todo, ya no parece nada. “Sin tiempo liberado de la mediación económica -afirma el autor-, no hay democracia. La sociedad capitalista organiza la interdependencia del tiempo desde el equivalente de la mercancía, lo que genera conflictos por su distribución y, en consecuencia, por el ejercicio del poder sobre el control y disfrute del tiempo”. Feminismo y ecologismo abren perspectivas de transformación desde un nuevo orden democrático. El trabajo remunerado se alzó como una dependencia que permite ganar independencia, sobre todo al hombre, a costa de la dependencia subordinada de la mujer.

El feminismo -tal como sostenía Moruno en una entrevista- es de los pocos movimientos que es capaz no solo de quejarse de cosas puntuales, sino de modificar el orden de las razones. Es decir, que está yendo a las causas. Ese ahondar en las causas –por qué no se valoran una serie de trabajos y sí otros, por qué hay brecha salarial– tiene la posibilidad de alterar el modo en el que nos relacionamos. Actualmente solo se le da valor a aquello por lo que alguien te paga. Si no te pagan, quiere decir que no tiene valor y por lo tanto es nada. Todo el trabajo reproductivo y de cuidados es nada. Y ahí es cuando las mujeres dicen que hay otro concepto de riqueza, que no se mide por esos baremos sino por otros criterios.

El autor toca entre otros temas la descomposición de todo un modelo convivencia cual es la sociedad del empleo. Empleo no es un sinónimo de trabajo remunerado para Moruno. “El empleo es la forma que adopta el trabajo en un periodo histórico muy concreto, especialmente en Europa desde el final de la segunda guerra mundial hasta la crisis de los años 70.  Ese modelo no se ha sustituido: se ha seguido pensando sobre el papel del empleo como vía de acceso a la condición de ciudadanía, a los derechos y a un consumo. Esto es lo que está puesto en duda según el autor, ya cada vez se garantiza menos encontrar un trabajo, y tener un trabajo ya no te garantiza tener una vida medianamente digna. Pero se sigue pensando que es la única vía de acceso para conseguirla”.  

Cuando en el capítulo quinto Jorge Moruno habla de reinventar el ocio, establece el reto que tiene el siglo en curso, consistente en inventar formas de valorar el trabajo más allá de lo productivo, y por garantizar el bienestar reduciendo todo lo posible la dependencia de tener que vender el tiempo a cambio de un salario. No hay libertad política sin emancipación económica, esto es, no hay libertad sin autonomía ni decisión sobre el tiempo propio, escribe. El tiempo es la base de la democracia porque es tiempo recobrado. “El tiempo garantizado es lo que habita detrás de todas las conquistas obreras en la historia sobre la penuria de su condición. Es este movimiento dinámico de lucha por el tiempo lo que provoca la transformación del capitalismo. Libertad es tiempo propio y, por ello, hay que denunciar el secuestro de la democracia por la economía y la economía secuestrada de la decisión democrática. La jornada de ocho horas  reivindicada en 1886 era para tener más tiempo propio, social e individualmente autónomo. Reivindicar democracia es reivindicar el poder sobre el disfrute seguro del tiempo”. 

Mucho que subrayar en este enjundioso y concentrado ensayo de Jorge Moruno, no aconsejable más que como silenciosa y muy atenta lectura de interior. El autor estima que mantener la deriva del empleo precario y, con ella, la falta de tiempo propio reduce alarmantemente la capacidad de talento de la sociedad, dado que tiramos ese tiempo en trabajos precarios para poder subsistir, reduciendo con ello el que dispondríamos para la capacidad reflexiva y creativa que se podría aportar  en labores que buscasen el beneficio común.

Acabo con el párrafo con el que termina a su vez el libro: "Nos toca dar una batalla histórica por delinear las formas de una civilización, en donde las inmensas formas desarrolladas por la humanidad puedan ponerse al servicio del bienestar. Es nuestro tiempo". El laberinto a resolver, en suma, es el tránsito que va del "no tengo tiempo" hacia el que nos dirigimos o en el que ya estamos plenamente  instalados, según vamos apreciando cada día en nuestros círculos y en nuestros espacios temporales de reflexión, a la sociedad del tiempo garantizado. 

*No tengo tiempo. Geografías de la precariedad. Jorge Moruno, editorial Akal, 2018. 124 páginas.

                            DdA, XV/3977