lunes, 17 de septiembre de 2018

MEMORIA DE INTERIORES DEL VIEJO PALACIO DE PESOZ, PROPIEDAD DE UN INDIANO



Félix Población

Gracias a la amabilidad de Pepe Mera, un maestro vocacional ya jubilado con mucha memoria que contar -propietario en Pesoz de una acogedora casa rural (Casa Selo)-, tuve la oportunidad de entrar en el edificio que más llama la atención del viajero nada más llegar a la pequeña plaza de esa hospitalaria localidad, capital del concejo del mismo nombre, situada en el Parque Histórico de Navia. El Palacio de los Monteserín perteneció hasta el siglo XIX a la familia Ron, que lo puso en venta en los últimos años de esa centuria y encontró en Manuel Monteserín García a su comprador, gracias al capital ganado en Cuba por este vecino de Salime, emigrante en su juventud, que en 1898 había regresado para ver a su familia con la intención de retornar a la isla caribeña.


Este sólido edificio de piedra es de unas respetables dimensiones, con cuatro alas en torno a un gran patio central con soportales de columnas toscanas, sobre las que se alza un gran corredor de madera acristalada, que al haber sido pintado de blanco desentona con el conjunto y el tejado de pizarra. La parte trasera está flanqueada por dos torres cuadradas y la actual fachada tiene ventanas en los bajos y balcones volados con antepecho de rejería en el piso superior. La portalada central es de arco escarzano o corvado. El escudo de los Rones, sobre la cornisa rematada en forma de peineta, está ilustrado por un soldado que toca una especie de cuerno, se dice -posiblemente sin fundamento- que para avisar a los lugareños de la hora en que esa familia -de la que cuenta la leyenda que estuvo con Pelayo en la mítica batalla de Covadonga- daba de comer a quienes carecían de sustento. Un dicho lo glosa, al parecer: al son del cornón comen los Ron.
 


Josefa y Rogelia Monteserín nos abrieron un mediodía radiante de finales de agosto las puertas de su casa con suma amabilidad, algo que no suelen hacer más que en contadas ocasiones. Gracias a Rogelia remontamos orígenes, cuando accedimos al jardín interior en el que se yergue una de las macizas torres del antiguo castillo del siglo XII, sobre el que muy posiblemente se asentó el palacio. Los Ron obtuvieron de los reyes el señorío de Pesoz, con su jurisdicción civil y criminal (de horca y cuchillo). Para ejecutar las sentencias disponían de una cueva en La Brañota, entre las localidades de Grandas de Salime y Fonsagrada. 

La torre lleva el nombre de la localidad y al castillo se le conoció por Castillo de los Moros. Según Rogelia (Gela), sus mayores creían que desde el castillo se llegaba por un pasadizo subterráneo hasta la Fuente de Frieira, más abajo del pueblo. Entre los recuerdos que esta mujer locuaz y enérgica  guarda de niña está el de la búsqueda inútil, en compañía de sus hermanos, de ese misterioso pasadizo que exaltaba su imaginación infantil, como no podía ser de otro modo. Cuenta nuestra anfitriona que se cuenta que durante el reinado de los Reyes Católicos estos monarcas mandaron derribar todos los castillos de la zona menos el de Pesoz, por los muchos favores que los soberanos debían a sus propietarios.



Otra dependencia que atrae sin duda la atención del visitante es la capilla, situada al lado de la torre y dedicada a San Andrés. En el pasado estaba ubicada en las proximidades del pueblo de Sanzo. Muy deteriorada por el uso que hacían de ella los pastores, los Rones -como llama Gela a los antiguos propietarios- pidieron permiso al obispado para trasladarla al palacio y preservar su conservación. Eso ocurrió en 1773 -año más, año menos  al que se remonta el misal en latín depositado en el altar-, pero sería con Manuel Monteserín cuando la capilla quedó emplazada en el lugar que ahora ocupa desde 1911. El retablo data del siglo XVII, con los escudos de los Ron sobre el mismo, y las figuras de San Andrés, San Pedro, San Pablo y el arcángel San Miguel pisando a un muy peculiar demonio que bien podría ser cualquier malencarado lugareño. Hay también una imagen gótica de la Virgen, más antigua, pero no tanto como la talla románica de la Virgen de la Lágrima, del siglo XII, visible en otra dependencia del palacio.



Mientras recorremos la espaciosa cocina con su gloria, los varios salones y trece dormitorios comunicados entre sí de que consta esta gran casona nobiliaria, todos en pulcro estado de revista, con el piso de madera íntegramente encerado y como si el tiempo se hubiera detenido en cada una de sus magníficas estancias, Rogelia nos pone en antecedentes acerca de la fortuna lograda por su abuelo en Cuba. Manuel se fue con un hermano suyo a la isla, huyendo de las penurias y estrecheces de la comarca, y se hizo rico en el negocio de la salazón de carnes y el transporte marítimo. Coincidiendo con la independencia de la isla en 1898, tras la guerra iniciada en 1895, el abuelo viajó a Salime y se enteró de la venta del palacio.

Las escrituras se firmaron en Madrid en 1902, precisa Rogelia mientras nos muestra en una de las galerías acristaladas el viejo baúl de emigrante de Manuel Monteserín y el pasaporte del viaje de retorno a su tierra. En las escrituras se detallan todas las dependencias: panera, patio, bodega y lagar (hoy en desuso), plaza, capilla y ruinas del castillo interior. Por el mal estado en que se encontraba el interior del palacio fueron precisas costosas reformas, en las que su nuevo propietario no reparó hasta dejarlo en 1909 tal como hoy lo pueden ver quienes tengan la oportunidad de hacerlo, como si se adentraran en la atmósfera de esa época e imaginaran también el contraste entre esa vida ciertamente confortable, alumbrada con lámparas de carburo, y la de las pobres gentes del entorno, sumidas en las penumbras de sus frías y húmedas covachas.


Manuel Monteserín contrajo matrimonio con una sobrina suya y tuvo ocho hijos. A su muerte, en 1927, el palacio pasó a  propiedad  de Antonio Monteserín Monteserín, que se casó con una vecina del pueblo, Josefa Álvarez de Linera, de quien nacieron cuatro hijos. Dos ya fallecieron (uno de ellos murió en accidente y fue diputado del Alianza Popular) y Rogelia y Josefa son actualmente las propietarias y cuidadoras del palacio de los Monteserín.


Son muchos los objetos que llaman la atención del visitante por su valor sentimental, peculiar, raro o documental mientras recorre el interior del edificio, pero los que quizá más me ha interesado  son dos pájaros tallados por un preso de la vieja cárcel de Pesoz en sendos cuernos de vaca. El autor podría haber pertenecido a los destacamentos penales que participaron en la posguerra en la construcción del gran embalse de Grandas de Salime y en cuyas obras fallecieron no pocos obreros, sin que de ello se tenga constancia documentada, si bien se haya hablado y hable de ellos entre los lugareños de más edad. Cuenta Gela que uno de esos presos, a los que se les daba muy mal de comer, estaba enfermo y su madre le bajaba por medio de un sirviente todos los días la cena, de modo que su agradecimiento se tradujo en esas dos figuras talladas en dos cuernos de vaca. Las dos se pueden ver en una estantería del cuarto de Ikea, tal como llaman las dos hermanas a la habitación más moderna del palacio. También disponen sus propietarias de un confortable y amplio cuarto de baño con yakusi.


Mientras visitamos en la planta baja, antes de salir y despedirnos de Gela y Sefa, el patio, la panera, la bodega y el lagar ya en desuso, así como las caballerizas a la entrada del edificio, me pregunto qué será del palacio de Pesoz cuando a estas dos mujeres les llegue una avanzada ancianidad, y cuál será entonces el destino de la vida varada en el pasado que ellas mismas sostienen y aún se respira en todas sus dependencias, con todo su magnífico y evocador mobiliario en estado de uso cotidiano. Y también anoto en el dietario viajero como reseña anecdótica pero significativa la gratitud de ese desconocido preso que quizá perteneció a un destacamento penal de la posguerra, de los que trabajaron en los embalses construidos durante la dictadura, y que talló en dos cuernos de vaca sendas figuras de pájaro como mejor imagen de un posible sueño de libertad.

Fotos de Pérez Lorenzo y del autor.

                      DdA, XV/3954