lunes, 17 de septiembre de 2018

ESPAÑA PRESENTA EL ASPECTO DE UN TULLIDO DEFORME


Jaime Richart 

Partiendo de la concepción anatómica de la sociedad si­milar a la de un ser humano, de Durkheim, España, socioló­gicamente, presenta el aspecto de un tullido de­forme. Ya profetizaba Durkheim que las estructuras éticas y morales serían destruidas con el aumentar de la tecno­logía y la mecanización. La clarividencia de este antropó­logo es digna de reseñar para entender a la sociedad humana de nuestro tiempo y especialmente alguna tan usualmente agitada como la española, a la que es también muy pertinente su idea de que, llegado un momento,  hay que elegir entre la sociedad y Dios...

De Durkheim hago mis propias inferencias y de ellas sa­len tres dudas. Una es si España no carecerá de un sentido colectivo como nación. La otra es si no será que el compor­tamiento de las instituciones españolas a lo largo de las cuatro décadas siguientes a otras tantas de la dictadura no habrán ido empeorando cada vez más un clima psicoso­cial, que no resiste el análisis más condescendiente de los países de la Europa Vieja. Y la tercera, si los tribunales a los que estamos concernidos a través de nuestra integra­ción en la Unión, por el modo de responder la justicia espa­ñola en el asunto catalán y por el incumplimiento de tantas de sus directivas, no pensarán que en la España ofi­cial y judicial todavía no han calado realmente ni el con­cepto ni el sentimiento democráticos. España usualmente hace caso omiso de las directivas, y en la cuestión territo­rial responde de manera desmañada o torticera a los tan­tos autos y resoluciones judiciales promovidos en el curso del conflicto.

Y es que por más que se empeñen algunos en España en situar ese sentido aglutinado inexistente en imágenes men­tales tópicas utilizadas por la dictadura y que ya resul­tan ridículas y casi insoportables para muchos, a Es­paña como nación se la reconoce mucho mejor fragmentariamente por zonas y por teselas que como una unidad nacional. La razón es que esa España de estereo­tipo rezuma extravagancia y fanfarronería, y triste exo­tismo por eso mismo. Los numerosos valo­res humanos y creativos en España son estrictamente individuales. Colecti­vamente España carece de inteligen­cia notable, y la envidia, el defecto nacional por excelencia, hace suficien­tes estragos como para que muchos no ten­gan apego a “lo español” e incluso se avergüencen de ser español, mien­tras que la población de la mayoría de los paí­ses europeos proyecta al mundo un conjunto de rasgos sólidos, estrictos y reconocibles como “serios”. Y es que, aparte su idiosincra­sia en buena medida ese carácter es de­bido al re­pliegue de aquellas sociedades sobre sí mis­mas y por sepa­rado, para robustecer su identidad como na­ción tras las dos guerras mundiales y esforzarse luego en facilitarse entre ellas los acuerdos. A Francia le basta su inequívoco espíritu republicano. A Gran Bretaña su voca­ción monár­quica relamida. A los países nórdicos su sen­tido colecti­vista. A Alemania el rigor. A Suiza su “arte” fe­deral combi­nado en cuatro idiomas... Y así sucesivamente.

Por el contrario España, que no participó en ninguna de las dos contiendas y se enzarzó en una guerra intestina, más allá de la fiesta taurina y el flamenco (que de todas las hipótesis la que predomina es la de ser de origen morisco con mezcla de cultura judía), carece de señas de identidad que compartan todos los territorios que la componen polí­tica y administrativamente en una unión forzada (como to­das las cosas no integradas sino yuxtapuestas o adosa­das) por un débil adhesivo. Y ese adhesivo débil es una Constitución política redactada con un espíritu no muy dife­rente al del dictador que fraguó en un alto horno la unión forzosa de los pueblos isleños y peninsulares bajo su tiránica potestad, y que considera prohibido y poco me­nos que pecaminoso cualquier intento federal. Algo que da que pensar en un supuesto, el casus belli. En caso de guerra, por ahora de ficción, con otro u otros países, lo más probable es que unas nacionalidades interiores en Es­paña no la hiciesen y otras se aliasen con el enemigo. Los antecedentes de la invasión napoleónica y la respuesta de la población de aquel episodio, salvo el caso de los afrance­sados... quedan muy lejos para hacer comparacio­nes, y las condiciones de convivencia actuales son tan dife­rentes de otras épocas que la fenomenología que habría de declararse en semejantes circunstancias no tendría nada que ver con cualquier otro pasaje de la controvertida histo­ria de esta España históricamente dispersa.

En los últimos tiempos, a causa de una muy torpe inteli­gencia, la situación territorial, como en otro momento co­mo ocurrió con Euzkadi, se ha agravado. Y los necios es­fuerzos actuales de dos partidos políticos y de porciones de sociedad próximos, favorecidos todos por la forma de estado exaltan estúpidamente al monarca y a la monar­quía. Y en lugar de conseguir adeptos producen el efecto contrario de una creciente repulsión hacia la monarquía y la consiguiente atracción, por la ley de acción y reacción, hacia la forma republicana. Todo lo que en conjunto ex­presa para el mundo la existencia de una nación, la espa­ñola, en permanente estado de refriega, de ebullición y de inestabilidad donde sobresale por encima de todo la co­existencia obligada de rasgos antropológicos heterogéneos y un espíritu disolvente que sólo pausa en dos trances tan vulgares como ridículos: la pasión primitiva por un equipo de fútbol, “la roja”, y la impostación respecto a una bandera históricamente cambiante que no representa más que a la población acomodada que se siente y se comporta como si fuese dueña de todo y de todos los demás...

                          DdA, XV/3954