jueves, 9 de agosto de 2018

LA RELIGIÓN DEL "ME GUSTA" Y SUS FIELES DEPENDENCIAS



Félix Población

Todos parecemos encantados con Internet, pero también conviene cada vez más reflexionar sobre el uso y abuso que se hace de esta primordial herramienta de nuestro tiempo, que se traduce en crecientes horas de conexión cada día y se ha hecho con cada vez más espacio de nuestra vida pública y privada, afectando incluso a quienes -como el que suscribe- crecimos y crecemos leyendo libros, página a página y con el lapicero a mano.
Sergio Legaz analiza esos usos y abusos en su libro Sal de la Máquina (Libros de Acción, 2017). Para él, no se trata de herramientas de emancipación –uno de los mitos ligados a sus inicios-, sino de entretenimiento. El discurso público no se ha beneficiado con el sistema. Dice este autor que en la inmediatez perdemos profundidad de análisis, capacidad de comprensión y de relación, posibilidad de crítica y debate. El hecho de que las personas adultas pasen en Europa entre cuatro y ocho horas diarias conectadas a Internet, empieza a preocupar a la medicina, a la psicología y a la filosofía, hasta el punto de que nadie asegura que los filósofos del siglo XXII vayan a seguir siendo homo sapiens.
Es muy recomendable leer en el último número de El Salto (papel) el tema de portada que abre una de las mejores publicaciones que se editan actualmente en España. Bajo el titular La religión del “me gusta”, Pablo Elordoy desarrolla en Soliloquios en la era de la máquina las opiniones de autores como Ed Finn (La búsqueda del algoritmo, Alpha Decay, 2018), en donde sostiene que el fetichismo en torno al algoritmo –al que califica como máquina cultural para la interpretación del mundo-, puede arrastrarnos hacia una edad oscura en la que la fe en el software funcione igual que la fe en las catedrales. Es imprescindible para Finn que seamos colaboradores de la máquina, antes que convertirnos en sus adoradores o, peor aún, en sus mascotas.
En Irresistible. ¿Quién nos ha convertido en yonquis tecnológicos (Paidós, 2018), Adam Alter da una explicación desde la mercadotecnia y la psicología a los problemas generados por el abuso de estas herramientas. Hace diez años, Facebook dio un paso decisivo que revolucionó el modo de relacionarse de sus más de 2.000 millones de usuarios. Invento el clic “Me gusta”que genera en nosotros pequeñas chispas de autoplacer. Eso nos lleva a pulsar hasta más de 2.000 veces al día nuestros dispositivos móviles. En 2008, eso era entretenido, pero ahora puede ser y ser adictivo, según explica Adler.
Tiempo de cerrar sesión (Time to log off) es una plataforma británica que plantea la desintoxicación digital, por la devastadora pérdida de tiempo vital que se invierte en mirar una pantalla (secuestrar la mirada). Para esta plataforma, el carácter negativo de uno los unicornios de nuestra época es la multitarea. Según el neurocientífico Earl Miller, cuando las personas está realizando múltiples tareas, están cambiando en realidad de una a otra, y cada vez que lo hacen la consecuencia es un coste cognitivo. Para Miller, la multitarea es sinónimo de falta de eficiencia.
La dependencia de los dispositivos de Internet es inherente cada vez más a una creciente cantidad de empleos. No nos pagan por escribir mensajes en las redes sociales –escribe Humberto Beck-, pero necesitamos participar en ellas para mantener nuestra vida laboral. La escritora Remedios Zafra explicaba en una entrevista publicada también en El Salto que la celeridad de lo que sucede en nuestras pantallas nos aísla del tiempo y esa celeridad solo puede apoyarse en ideas preconcebidas, puesto que solo la disponibilidad de tiempo para detenernos y pensar, para enfrentar la inercia de las cosas, puede favorecer un verdadero ejercicio de conciencia.
Otro punto a considerar es la responsabilidad de las grandes multinacionales tecnológicas y su capacidad de modular discursos y moldear subjetividades. En cada oleada de renovación tecnológica –según Eloy Fernández Porta-, hay algún elemento humano que se pierde, acaso para siempre. Las sociedades del conocimiento no han resuelto hasta ahora las demandas de mayor democracia, incluso en aquellos países donde las redes sociales y las apps de mensajería protagonizaron  o al menos coadyuvaron a movimientos de protesta. Sin embargo, en esas sociedades no abundan los esfuerzos por esclarecer cómo Internet está pariendo una nueva época. Hay que aprender a vivir con La Máquina, no “para ella”, hay que entenderla y no adorarla.
Páginas adelante se nos habla, en este mismo número de agosto de El Salto (16), de las investigaciones llevadas a cabo desde la psicología de los comportamientos potencialmente adictivos en el uso de aplicaciones y juegos. Cada vez que recibimos un retuit, un like o tenemos un nuevo seguidor, una pequeña cantidad de dopamina está siendo liberada en el centro de placer del cerebro, placer que a lo largo de un tiempo  es aprendido por el propio cerebro, que cada vez requerirá más de ese vínculo, hasta el punto de desarrollar comportamientos potencialmente problemáticos. Si pasamos una hora y media pendiente de notificaciones de WhatsApp, nuestra mente esperará su dosis de notificaciones cada cierto tiempo, según han estudiado Daria Kuss y Oklatz López Fernández, del Departamento de Psicología de la Universidad de Nottingham Trent.

DdA, XIV/3921