viernes, 9 de marzo de 2018

TODAS LAS MUJERES QUE ME HABITAN

 

Manuel Moya

Soy el segundo de los hijos de una casa de labradores. Al nacer, mis abuelos paternos ya tenían su cupo de nietos con mi hermano Sergio, de modo que me quedé un poco huérfano de abuelos. Recuerdo que cuando mi hermano se ponía enfermo mis abuelos paternos llegaban a casa con cajas de galletas y con cuentos. Deseaba ponerme enfermo para que también a mí… pero nada. Nada de nada. Me convertí sin saberlo en una especie de proscrito en aquel reino de oscuridad. Cuando iba a casa de mis abuelos me sentía vigilado, extraño, como quien va de visita a casa de un familiar lejano y quisquilloso. Ante esta situación mi abuela materna María, que tenía una tiendilla justo frente a la casa donde ahora vivo, me acogió en su regazo y su regazo resultó no ser sólo su regazo, sino el regazo de una nutrida camarilla de mujeres divertidas y enérgicas que me llevaban y me tenían como panderillo de brujo (la expresión es de mi madre). Mi abuela había enviudado hacía unos años, pero con ella vivía aún la menor de sus hijas, mi tía Luisa, que por aquellos entonces permanecía soltera. Junto a ella, todas las chicas de su edad se daban cita en la inmensa casa de mi abuela, formando un verdadero coro de ninfas bulliciosas y rozagantes. A ellas se sumaban mis primas, que de cuando en cuando llegaban al caserón y lo revivían con sus risas y con su presencia inquietante y poblada de olores, secretos y misteriosísimos misterios. A todas ellas habría que añadir la tiendecita de mi abuela, ya en las últimas, donde iban a comprar todas las mujeres del barrio… y si me lo permiten, las gallinas del corral, con las que solía mantener tan frecuentes como acaloradas conversas. La casa de mi abuela era grande como la eternidad, con doblados poblados por ruecas, angarillas y libracos de santos, cuadras umbrías, como un seno materno, pozo, azulejos de Santiago matamoros, así como una fresca azotea con aspidistras que era el gozo de las mujeres de aquella casa bendecida por la alegría, pues allí se pasaban las tardes bordando sus ajuares y entregándose a sus incomprensibles y chispeantes secretos. ¡Qué hermosas eran aquellas mujeres que siempre tenían la risa en la boca! Algo de eso debían entender las golondrinas y los vencejos que sobrevolaban constantemente la azotea para luego penetrar en la casa de enfrente, en la que ahora vivo. Era, siempre ha sido, aquella casa, la casa de la dicha.
No quería dejar de recordarla en un día como hoy. No quería dejar de agradecer a todas esas mujeres que en aquellos años primeros me dieron su protección y su sombra, que en mí, conmigo, ensayaban su maternidad. Sé, lo he sabido siempre, que ellas me hicieron como soy, que ellas alentaron el espíritu femenino que me envuelve y del que ni quiero ni puedo desprenderme, pues es -perdonadme- el mayor capital del que dispongo. A ellas, hoy, mi cariño y mi gratitud. Todo lo que tengo es vuestro. Todas las mujeres que me habitan fueron vosotras alguna vez. Gracias.
La foto es de mi tía Josefa, una mujer trabajadora.

DdA, XIV/3788