jueves, 8 de marzo de 2018

POR TUS OCHOS DE MARZO, MADRE



En recuerdo y homenaje a todas las madres de aquella generación que vio interrumpida su niñez y juventud por la más dura experiencia que puede vivirse en esos años, la de una guerra civil, a la que siguió una posguerra de miseria y hambre en la que creer en el porvenir se les hizo costoso, pero lo lograron por la mucha vida que llavaban dentro y nos dejaron:
Por tus ochos de marzo, madre.

DE LA MEMORIA
Juan Ignacio González
 
Nada dijo de todos sus desvelos,
se acostumbró al silencio
pespunteando los sueños de los hijos.
Procedía,
de un dolor muy antiguo,
junto al pecho
tenía las cicatrices de los años de infancia,
de un padre ebrio y putero
y una madre enfermiza y desolada.

Siempre tuvo las piernas encogidas
de fregar de rodillas.
Desde los ocho años,
usó cofia y mandil como sirvienta
en casas bien de una ciudad lejana.

Algunas noches,
mi hermano y yo, la oíamos llorar
y luego, al alba,
servía el café con pan del desayuno
y recorría despacio con nosotros
las calles ateridas,
los rincones
donde la soledad busca refugio.

Nunca supo escribir, no le hizo falta,
las ausencias,
no tuvieron cabida en ningún libro.

Amó sin condiciones, tuvo suerte
buscando compañero para el viaje.

Amamantó la vida
con canciones de siembra y con boleros
—aún resuenan, preciosos, por los patios—
mientras tendía la ropa al sol
en los otoños
que ya no verá nunca.

Soy la historia de todos sus desvelos,
por eso alumbro puentes
por rutas que no van a ningún sitio,
construyo soledades con las migas
que me dejó su ausencia,
en la cocina,
aparto las lentejas como, a veces,
lo hacía en su regazo
y mantengo la lumbre por si vuelve.

Nunca decir te quiero fue tan cierto
como cuando salía de sus labios.


DdA, XIV/3787