jueves, 22 de marzo de 2018

LO QUE NOS HACE HUMANOS: PRO ACTIVE OPEN ARMS


Ana Cuevas
 
Es imposible no estremecerse ante hechos tan dramáticos como el asesinato de una criatura. Los que tenemos hijos sentimos un respingo en las entrañas, una perturbadora angustia que nos atrapa al ponernos en la piel de esas familias, aunque solo sea por un escalofriante y dramático segundo.
Es una característica humana, la empatía, que no puede considerarse únicamente como un rasgo de bondad. La capacidad de empatizar con el sufrimiento ajeno ha  hecho posible la pervivencia de nuestra especie. Cuando el individuo no es capaz de experimentar este sentimiento se convierte en un depredador. Un psicópata, que no ha de ser necesariamente un asesino en serie, capaz de pasar por encima de cualquier cosa para lograr su propósito. Y de esta clase hay empresarios, banqueros, políticos... pero también fontaneros, conductores de autobús o mecanógrafos. Lo único que les diferencia es la cota de poder que tiene cada quién a la hora de ejecutar sus planes.
Fuera de estas anomalías, existe una amplio parámetro a la hora de sentir compasión (en el sentido etimológico de la palabra) según la sensibilidad de cada cual. Por ejemplo: En Europa somos conscientes de que miles de personas huyen de la guerra exponiendo sus vidas en el mar. El primer cadáver de un pequeño empujado por las olas hasta nuestras civilizadas costas conmovió a mucha gente. Luego fueron llegando más y más. Miles de niños desaparecidos. Ahogados, explotados por redes de tráfico de personas, asesinados...
Eran tantos que el sentimiento de horror se fue doblegando a la costumbre. Lo inaceptable se convirtió en cotidiano, al menos para la mayoría de nosotros.
Pero en este mundo también existen personas excepcionales que se tragan las lágrimas de cocodrilo para pasar a la acción. Héroes y heroínas que arriesgan su vida y comprometen su libertad para tender la mano a quien lo necesita. Como los integrantes del barco de Proactiva Open Arms, a quienes se les criminaliza por rescatar a los que se están ahogando delante de nuestras hipócritas narices. Se les acusa de asociación criminal y de fomentar el tráfico de migrantes. Todo por desobedecer a los libios (que actuaban bajo órdenes de Italia) y no entregarles las mujeres y niños que habían rescatado. Algo que no entraba en los cálculos de los activistas a sabiendas de que en Libia les espera un destino más que incierto.
La tripulación española alega que, según el derecho marítimo internacional, la prioridad es salvar las vidas en peligro. Y es exactamente lo que hicieron pese a las amenazas de ser tiroteados y la certeza de que la negra Europa no dejaría impune este acto de grandeza.
A mí me da mucho asco cuando escucho hablar de esa Europa de los derechos humanos que en realidad persigue al solidario porque no quiere incómodos testigos. Esta Europa psicópata que asesina en diferido, sin mancharse las manos en las ensangrentadas aguas del mar Mediterráneo. Toda esa gente decente, buenos padres, buenas madres, que sienten el dolor y la ira por el inexplicable crimen de una criatura pero vuelven la vista a la masacre orquestada a las puertas de su casa.
Los activistas de Proactiva Open Arms parecen de otra especie. Pero sorprendentemente, son de la misma. Quizás un salto evolutivo que contradice la tendencia de los actuales tiempos. Demasiado valiosos para perderlos. Cada vez quedan menos barcos de rescate auxiliando a los náufragos. Así yacerán en una tumba anónima a la misma profundidad que deben estar sumergidos nuestra vergüenza y escrúpulos 
Solo me queda mostrar todo mi apoyo a los tripulantes españoles encausados. Gracias a los que sienten y actúan como ellos sigo manteniendo la esperanza en que la humanidad quizás pueda sobreponerse a la inmundicia. Al menos, algunos días.
Y recuerden lo que les contaba sobre la empatía. Aunque solo sea por supervivencia:
¡No podemos permitir que los miserables nos ganen la partida!
 
DdA, XIV/3800