martes, 13 de marzo de 2018

DE CLAUSEWITZ A FOUCOULT: LA GUERRA, LA POLÍTICA Y SUS CONTINUACIONES


Jaime Richart

El militar y filósofo alemán Carl von Clausewitz dice que la gue­rra es la continuación de la política por otros medios, y el filó­sofo francés Michel Foucault que la política es la continuación de la guerra por otros medios: dos modos de ver en espejos contra­puestos o complementarios una misma realidad convencional...

 Ahora bien, desde que las guerras dejaron de ajustarse a un or­den cerrado después de las guerras napoleónicas, es notorio y casi científico que se pasó al todo vale. Ello, pese a que la ciencia mili­tar eventualmente lo encubra o lo niegue. Entonces, partiendo de esta premisa (si no en el plano militar admisible, sí en el plano antropológico o en el filosófico), ello quiere decir que en el ejerci­cio de la guerra el poder militar, los mismísimos generales, no se ponen ya a sí mismos bridas ni freno, ni reprimen atrocidades de sus tropas. Incluso ellos las autorizan, cuando no las ordenan. Y sa­bido es que no hay ya concesiones al enemigo, ni rendición que no vaya acompañada de masacre...
 Así es que si el honor militar y una cierta dosis de rectitud de con­ciencia (presentes en muchos momentos de la historia de la gue­rra) desde el primer momento del combate faltan hoy en el espí­ritu del soldado y de sus jefes, reemplazados por la hybris, la automática extirpación de todo escrúpulo y la demencia ¿qué queda de civilidad en una guerra del siglo XX y XXI? ¿No es cierto que por ahí el humano ha seguido el camino inverso de la ci­vilización? Y si la guerra es la continuación de la política y la política la continuación de la guerra, y los políticos siguen la es­tela de lo militar despojada de una ética de mínimos ¿no puede afirmarse que la política está siguiendo asimismo la anomia, la au­sencia de toda regla, la reafirmación de todo vale con tal de apro­piarse del poder?
 Creo que el aserto no precisa demostración. La política, hace mu­cho que entró en el mismo bucle de desprecio por las formas y por las normas no escritas de una convención fruto de la civilidad. Entre otros motivos, si no el principal, porque la política está absolutamente domeñada por la economía. Siempre fue así, aun­que ni Clausewitz ni Foucault parecen haberlo tenido en cuenta, pero con mayor motivo en los tiempos actuales en los que la eco­nomía se ha reducido a las finanzas y al dinero virtual...
 Así es que al igual que en la guerra, en la lucha por el poder polí­tico y en su ejercicio luego, quienes lo representan no se dan reglas éticas, pero quienes los eligen tampoco les dan la espalda y se lo permiten, avalando la idea de Albert Eistein de que la culpa de los ma­les del mundo no es de los perversos sino de los que les consien­ten...
 No creo que sea exactamente así en otros países. Mejor dicho, no quiero creerlo. Pues en cualquier caso el nivel de la democra­cia burguesa de los países se mide por el grado de satisfacción de sus nacionales. En una democracia madura, todo el mundo está relativamente insatisfecho. Digamos que así es en los países de la Vieja Europa. Pero en una incipiente, mala o corrompida democra­cia sólo una parte de la población está muy satisfecha: el caso de España. Por eso en España la política, la manera de tra­tarla y de desarrollarse es bien diferente. En España se ha gene­rado una fenomenología alejada de los valores y vicisitudes de los países europeos al pasar de una dictadura a la democracia bur­guesa, por caminos similares de la rusa cuando pasó a la democra­cia desde desde el tota­litarismo de Estado.
 Así es cómo en España, desde el principio de la nueva época, manda una generación domesticada, una generación educada para la simulación y para la docilidad que hubo de interiorizar a la fuerza en su juventud y madurez; una generación cuyos enseñan­tes y educadores les inculcaron dignidad, sí, pero no esa  dignidad que reclama el ciudadano de la democracia, pues no eran ciudada­nos sino súbditos; razón por la cual no llevan el sentido de la digni­dad en su piel. Y de ahí la facilidad con la que ha venido min­tiendo y solapando desde el principio del presente régimen con las inveteradas argucias del inveterado pícaro español. De ahí la facilidad con la que, como sus antecesores durante y tras la gue­rra civil por la confiscación de la propiedad de los vencidos, se fueron apropiando después de la Transición de los recursos públicos. Una generación que llegaba, acomodada, a esa transi­ción y cuya voluntad había sido secuestrada por el dictador, anu­lada su capacidad de respuesta frente a la dictadura y que de algún modo respondía y responde al comportamiento propio de una suerte de síndrome de Estocolmo. Así es cómo esa misma falta del sentido de la dignidad ciudadana al no rebelarse enton­ces, le ha acompañado después al manejar la cosa pública sin ver en sus delitos económicos nada recusable. En su época, la cosa pública ya era del primero que llegase...
 Por su parte la generación, llamémosla republicana que tocó des­pués poder ¿para qué iba a molestarse en reclamar a sus pro­pios políticos y gobernantes rigor, seriedad y justicia social si su vida material ya era satisfactoria, vivía confortablemente y el in­cumplimiento de las promesas iniciales habían pasado a un se­gundo plano devoradas por la realpolitik que aducían sus líde­res?
Todo, y al decir todo me refiero al desvalijamiento de las arcas públicas, ocurre en el espacio de 30 años, época de las vacas gor­das, cuando Europa había ayudado a España a salir adelante con los fondos de cohesión de la UE. Esto por parte de los herederos directos del franquismo. Y los otros, otra parte de esa misma gene­ración, después de haberlo proclamado en su pro­grama ideoló­gico el partido que abanderaba la progresía, ni si­quiera se planteó más tarde lo prometido;  cuestionar la monarquía, la ley electoral, las Bases americanas, la injerencia de la iglesia en el nuevo Estado... lastres muy importantes, todos ellos, para una de­mocracia que se precie de serlo.

 Llega la crisis económica, los brutales recortes sociales y el cono­cimiento público de la podredumbre de los gobernantes que había agravado la crisis. Es entonces cuando, puesto que “donde no hay harina todo es mohína”, la nueva generación reacciona frente al desmán de los unos y de la incuria de los otros. Reacción que es frenada por el despotismo de los viejos simuladores, pero también por el otro partido, el declarado progresista, cuyos viejos líderes han encontrado el perfecto acomodo en el virtual biparti­dismo que había funcionado hasta ayer, y por ello luchan. En resu­men, dos partidos con ideologías contrapuestas, pero com­puestos por políticos unidos por el mismo y frenético objetivo de mantener el bipartidismo, condicionando severa y sesgadamente las reglas más elementales de la guerra por el poder. Condicionán­dolas, porque no evitan la repulsiva desigualdad (por aquí empiezan las demás desigualdades) entre la la moral sin ética de los “señores” y la moral atiborrada de ética de los “esclavos” que existe desde siempre en la vida civil, y determina las manio­bras propias del forcejeo electoral propiamente dicho a favor de los hasta ahora ganadores...
 No exagero. Es palpable que ese grueso sector de la clase política, “conservadores” y viejos “progresistas” prescinde de las reglas clásicas del desafío político y del más elemental respeto a la ciudadanía. Por ello, tan fácil y cínicamente los líderes, tanto de un partido como los del otro, incurren en constante contradicción y el segundo también en traición a las ideas que tan enardecida­mente predicó. Y no en temas menores sino fundamentales, como la promesa de referéndum sobre la forma de Estado y los mencio­nados más arriba. Los dos partidos principales, pues, en Es­paña cie­rran filas en torno a esa misma lacra.
 Pues bien, si la guerra es la continuación de la política por otros medios, como dice Clausewitz, y la política es la continuación de la guerra por otros medios, como dice Foucault, dos visiones com­plementarias del mismo asunto, en España el batiburrillo que se vive es la continuación de la guerra civil por otro medio: el me­dio de una política rastrera que a menudo parece conducir de nuevo a una nueva guerra civil...

DdA, XIV/3792