lunes, 12 de marzo de 2018

CONDICIONES DECADENTES EN TODOS LOS ÁMBITOS DE LA VIDA SOCIAL


La religión y la arreligión,  y la guerra civil, consciente e inconscientemente, se levantan como empalizadas infran­queables que escinden a la sociedad española en dos limbos contrapuestos de los que uno de los dos, el confeso explí­cito o no, sigue sofocando al otro desde tiempo inme­mo­rial
Jaime Richart

A medida que nos acercamos al final percibimos cómo nos vamos alejando de lo que fue, del panorama general que nos ofrecía la vida y de lo que fueron fundamentos de nuestra consciencia, de nuestra conciencia moral y de nues­tra vida in­terior; del sentido que para nosotros tuvieron la ética y la estética, la forma y el fondo que la idea configura cada pala­bra, su complejo y al tiempo simple significado a menudo causa estúpida de guerras y de toda clase de críme­nes execra­bles. Nos vamos dando cuenta también, de los cam­bios en el lenguaje común de cuya urdimbre proce­den esas ideas y que hoy, a nuestro parecer, estas se han des­figurado hasta casi perder el significado que tuvieron... Pero ahora todo se tambalea, tanto en nosotros por dentro en nuestra pro­gresiva decrepitud, como por fuera por la de­riva deca­dente de la sociedad occidental porque la otra no cuenta, co­mo por la sensación de vivir un final más de los tiempos vivi­dos ya varias veces en la historia...

Amor, amistad, felicidad, compromiso, sosiego, lealtad, se­rie­dad, rigor, honestidad, honor, honra, buen nombre, sere­nidad, prudencia, discreción,  comedimiento, ahorro... y tantas otras palabras que fueron de uso habitual entre noso­tros, afecta­ran o no a nuestra personalidad, para las ge­nera­ciones del pre­sente han perdido sentido y hoy ya no las em­plean. Y no sólo la generación de los educandos, tam­poco la de sus pa­dres y maestros.  Son ya palabras vac­ías de conte­nido, sin valor práctico y en cierto modo repu­diadas por lo que signifi­caron y por la presión moral en la conciencia que ejercie­ron y que quizá subrepticiamente ahora por su resaca siguen ejerciendo. Por eso mismo, aque­llas palabras y aquel lenguaje, nuestro lenguaje, el de los mayores, apenas sirve ya para conectar, para llegar a un consenso con nuestros hijos aunque quizá sí con nuestros nietos de acuerdo con el devenir del eterno retorno... 

Es cierto que la distancia psicológica entre la generación de los progenitores y la de sus descendientes siempre ha exis­tido, es inevitable y en cierto modo deseable para mejo­rar y aun elevar el desarrollo del ser humano como especie viva pensante y sintiente, aunque mil cosas de la moderni­dad le roboticen... Pero en España la distancia es mucho ma­yor. La generación de los que fueron padres, ahora abue­los y bis­abuelos, la mía, tiene la mente configurada, más bien tallada, con arreglo a los esquemas de una dicta­dura civil asociada a otra dictadura religiosa; lo que  hizo de la gobernación de este país una teocracia, según se mire encubierta o desca­rada. Sin embargo, ese esperpento polí­tico  también tuvo con­secuencias favorables para la vida co­rriente en el desarro­llo fluido de nuestras vidas: no vivir de­masiado tiempo preocupados por las limitaciones, por los escollos y por las barreras, salvo en el plano sexológico, que hoy exis­ten a menudo en clave dramática, nos permitió un desenvol­vimiento personal y social gratificante. En todo caso éramos de una generación que por estar sometida en general a una se­rie de pautas de comportamiento y por la imposición de unas ideas que nos llevaban a la autocen­sura, desde luego sabíamos muy bien lo que no queríamos: ni obediencia ni disciplina. Pero, dejando a un lado los efec­tos oprobiosos de vivir política­mente bajo una tiranía, los es­fuerzos por incardinarnos en la sociedad en general siem­pre fueron compensados con un em­pleo estable, con el ac­ceso a una vivienda y con la consu­mación de una familia or­ganizada. Mientras que la genera­ción de nuestros hijos e hijas, hoy padres y madres, y con ma­yor motivo la de sus hijos, nuestros nietos, viven una so­ciedad anómica, sin re­glas o apenas sin reglas, sin norte y sin expectativas. Y, por otra parte, las condiciones mundiales por el predominio de una ideología orientada a reforzar el individualismo sobre la socialización de la riqueza, el cambio climático y la liber­tad civil llevada a sus últimas consecuen­cias, ahondan más esa distancia...

Algunas de aquellas palabras han desaparecido del léxico común y otras han cobrado significados diferentes desprovis­tos del impacto que, para bien o para mal, causa­ban en el espíritu y en la mente tanto del individuo como en la colectividad. Al final, la confusión o el sinsentido presi­den la co­nexión dificultosa con la realidad, sea la oral o la material, en­tre las gentes de este tiempo y nosotros lle­gados del pa­sado. Por ello a veces y a solas nos asalta la pre­gunta ¿deberé  recurrir a “esa” idea incomprendida, ahora obsoleta o remil­gada? 

Nadie que tenga hoy menos de sesenta años las entiende, las valora o les concede apenas importancia. En España, desde luego, es tal la crisis colectiva en tantos aspectos pro­yectada también hacia cada individuo, que este grave re­paro, el de la falta de ligazón entre generaciones, si a veces es exas­perante, puede resultar incluso comprensible si nos ate­nemos a las condiciones de vida en general que vi­ven Es­paña y el mundo. Condiciones sobre todo decadentes en la mayoría de los ámbitos y aspectos de la vida social que, pese al desenfado del trato entre españoles en general, acusa una patente falta de reglas morales y éticas que lo en­som­brece por la falta de entusiasmo verdadero, en unos ca­sos, y por la indiferencia próxima al tedio en otros. Deca­dentes, por­que se tiene de todo y acceso a todo. Incluso los más desfa­voreci­dos. A excepción quizá de un techo indepen­diente, no es pre­ciso esforzarse. Es fácil conseguirlo todo, y por eso ape­nas la generación de hoy valora la pose­sión de lo material,  pero tampoco en apariencia da valor a lo moral.

Sin embargo,  la crisis del lenguaje no irrumpe porque sí o sólo porque el paso del tiempo lo va mo­difi­cando natural­mente y apocopando. En otros paí­ses el lenguaje sufre cam­bios y de paso también la psicología colectiva. Pero los cam­bios son más suaves, más acompasa­dos, más atempera­dos. Pues todo empieza en la en­señanza, en la pedagogía, y termina en la economía y en conceptos del derecho, de la jus­ticia y de la propiedad, que llevan mu­cho tiempo, a ve­ces siglos, en las aulas. Por eso, los cambios de mentalidad no son tan bruscos como lo son en España, ya que, corres­pondiendo al mismo sentido organiza­tivo en lo económico en todos los países capitalistas, las consecuencias de los cam­bios no son las mismas en unos países que en otros. Desde luego en España, el lamentable baile de planes de en­señanza en los años posteriores a la dic­tadura, agravan los conflictos entre generaciones y la des­orientación está pre­sente. Eso, aparte de que en buena me­dida la economía y las claves financieras para su aplicación, se están llevando por delante el significado que de positivo, de “noble” y de “for­mativo” tienen todas aquellas palabras mencionadas.

"El riesgo justifica el beneficio", un princio ético del capita­lismo a secas, por ejemplo, resulta hoy día un sarcasmo, pues sin riesgo se hacen las mayores fortunas y sin riesgo se acometen iniciativas que sólo precisan de la colaboración de un banco prestamista, de un cambalache, de un truco o de una trampa, afectando (ni siquiera profesando) la ideo­logía neoliberal... Profesores y periodistas, los referentes más cercanos después de los progenitores, son los primeros en ir alejándose rápida­mente también del uso y sentido tradi­cional de muchas pala­bras que luego sus destinatarios, alumnos y consumidores de opinión mediática, desvirtúan todavía más.

El caso es que nosotros, nuestra generación, la mía, a par­tir de cierta edad hemos de esforzarnos para conservar in pec­tore el acendrado sentido que tuvieron esas palabras. Si las eliminamos de nuestra estima, nos extraviamos. Y digo para nuestros adentros, pues expresadas en voz alta y mien­tras las mencionamos nos estamos dando cuenta de que care­cen de la fuerza que tuvieron hasta el punto de que, des­pués de utilizadas, nos parecen casi ridículas en el oído del  interlocutor,  jo­ven,  madu­ro o provecto empe­ñado en no serlo. Pero por otro lado,  los mayores, por un proceso de economía mental y aní­mica, si no hemos enfer­mado de codicia nos vamos des­asiendo de las cosas, y sólo nos interesan las ideas sin ropa­jes, desnudas, sin rodeos: Dios es un principio generador de vida, patria es ese lugar que frecuentas y allá donde estás bien, amor es poner el bien del otro por encima del tuyo, inte­gridad es respeto de uno mismo y esfuerzo, no logro; honestidad es respeto por los demás, y de los bienes ajenos o públicos. Pero incluso en las relaciones entre madre e hijo se sacrifica la palabra sacrifi­cio. Tampoco hay pasión, que es el olvido de sí mismo. Solo hay sacrificios interesados y egoís­mos desintere­sados...

En todo caso, España y su cultura general no están inclina­das al pensamiento reflexivo y meditativo presente en otras culturas, ese pensamiento que, en la nomenclatura heidegge­riana se opone al pensamiento calculador. Y de eso, de la falta de reflexión, se resiente en muchas cosas y a la so­ciedad pasa factura. Y eso no sólo es debido al carácter lu­minoso y alegre  de sus gentes, sino porque la principal brida puesta al pensamiento libre, al librepensamiento, hunde sus raíces en un modo histórico muy particular de entender y practicar el catolicismo, proverbialmente alejado a su vez de un acendrado cristianismo. Empezamos por que es proverbial el hecho de que el católico español es un confeso que  aunque hace alarde de su religión no la prac­tica y a duras penas respeta los mandamientos y las pautas de conducta que le dicta. Lo mismo que el patriota al uso, que tributa con falsedad o tiene su dinero fuera... Y todo ello a su vez centrifugado, desde la noche de los tiem­pos, por el “pensar” dogmático, que no es sino la negación de pensamiento. Todo lo que determina una idiosincrasia perse­guidora del librepensa­dor.

El caso es que la religión y la arreligión, para bien y para mal, por un lado, y la guerra civil, por otro, consciente e inconscientemente, se levantan como empalizadas infran­queables que escinden a la sociedad española en dos limbos contrapuestos de los que uno de los dos, el confeso explí­cito o no, sigue sofocando al otro desde tiempo inme­mo­rial.

Esta situación, y más allá de las ideologías, precisa de un es­fuerzo de superación colectiva que, en la historia y hasta ahora, sólo ha sido lograda por la revolución. Pero como la re­volu­ción sangrienta significaría un grave retroceso, habre­mos de considerar esa superación, es decir,  su ensamblaje sin rencor, como un apasionante desafío para toda la sociedad española; dejando a cada individuo y a su esfuerzo por cultivarla el amplio mar­gen de libertad que re­quiere una rica personalidad independiente y pro­pia de los tiempos que vivimos...

DdA, XIV/3791