miércoles, 21 de febrero de 2018

QUE AUNQUE PUEDAS ROBAR, NO ROBES: ESE ES UN PAÍS RICO

Juanmaría G. Campal

Cuanto más leo, releo y veo, más aborrezco los tiempos presentes. La renuncia al humanismo que tantas veces no ejercemos. La erradicación de los valores que caracterizaron y caracterizan la sociabilidad y urbanidad, la civilización. La abdicación de los poderes políticos en los dioses mercado y dinero con el agresivo aumento del abandono de los más desfavorecidos. La cultura y las artes entendidas como moda y no como incesantes búsquedas de la verdad y la justicia. El olvido de la ética y la moral bajo la blasfema invocación de esa libertad concebida como inhibición de toda responsabilidad individual y social. La sustitución de los discursos políticos por la propaganda más mediocre, vil y grosera, más dirigida a la masa informe que a una ciudadanía compuesta por personas conscientes y reflexivas.

Ya en 2004 –ya han hecho derrumbes sociales desde entonces– el filósofo Antonio Escohotado, en el programa ‘Negro sobre blanco’, afirmarba que «un país no es rico porque tenga diamantes o petróleo, que un país es rico porque tiene educación y que educación significa que aunque puedas robar, no robas... Que si la acera es estrecha, tú te bajas y dices, disculpe… Que cuando vas a pagar una factura, dices gracias cuando te la traen…y cuando te devuelven lo último, vuelves a decir gracias. Que la educación es un conocimiento que permite el respeto ilimitado por los demás». Escuchándolo bien podemos deducir, parafraseando a Marx (Groucho), que: partiendo de la más absoluta pobreza hemos alcanzado las más altas cotas de miseria. Así, cómo no recordar el valor que se citaba en la primera Ley de reforma universitaria, allá por 1983: «…la ciencia y la cultura son la mejor herencia que las generaciones adultas pueden ofrecer a las jóvenes y la mayor riqueza que una nación puede generar, sin duda, la única riqueza que vale la pena acumular». Así, cómo olvidar que, aún las dificultades de conciliación y posibilidad real: la familia debe educar y la escuela instruir. Cómo si no enseñar y aprender, asumir que, como bien dijo Bertrand Russell: «Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar».

Quizá no esté hoy en uno de mis más animosos días. Quizá sea uno de los más conscientes en medio de la conformidad y mediocridad reinante. Quizá por eso, antes este estado de cosas, precise recordarme y recordar a quien quiera que, tal como cantó Nietzsche al final de ‘Así hablo Zaratrusta’ es necesario decir: ¡Oh hombre! ¡Presta(d) (más) atención!

DdA, IV/37774