martes, 20 de febrero de 2018

EL AULA LUMINOSA DE DON ALEJANDRO MIERES


La de Alejandro Mieres es la única obra de un artista asturiano -de adopción lo es, indiscutiblemente- que puede contemplarse desde unas cuantas millas mar adentro. En puridad, no es una pieza suya, sino el diseño de una de sus delicadas tintas transferido a un gran mural de cerámica, en la fachada noreste del edificio Bankunión. Su composición tiene algo de faro, de tótem, de estela o escarapela fijada a la ciudad en su segunda altura después de la torre de la Laboral. Luce en el farallón litoral del la bahía oeste de Gijón como una medalla de agradecimiento a la ciudad prendida por uno de los habitantes más intensamente activos en la vida artística, cultural y social (en el sentido menos mundano y más político de la palabra) del lugar adonde llegó para hacerse cargo de la cátedra de Dibujo del Instituto Jovellanos en 1960; el mismo año en el que otro foriato con cátedra y futura Medalla de Plata de Asturias, Gustavo Bueno, deshacía -coincidencias- las maletas en Oviedo para tomar las riendas de la suya.
Lo de Bueno fue siempre pensar. Lo de Mieres, en principio, hacer. Pero en absoluto un hacer sin pensar o un hacer en silencio. Todo lo contrario. Como buen artista de su tiempo, Alejandro Mieres Bustillo (Astudillo, Palencia, 19 de agosto de 1927) es de los que ha pensado al tiempo que ha hecho, y además de los que ha mostrado, explicado, transmitido y defendido lo que pensaba casi con tanta contundencia como la de su pintura más corpórea, táctil y sólida.
La política -como ha recordado muchas veces y también en su reciente entrevista con La Voz de Asturias- está en sus tuétanos desde la niñez, de un modo u otro. Con algo de premonición de su futuro destino personal, fueron los espasmos de la Revolución del 34 en Asturias los que por primera vez le pusieron en contacto con lo que la injusticia remueve cuando su padre fue detenido bajo la conmoción del Octubre asturiano. Fue también junto a su padre, trasteando en el taller mecánico en el que trabajaba, donde sus ojos y sus manos descubrieron simultáneamente las primeras fascinaciones del tacto, de la manipulación, de la luz encarnada en materia y hecha puro color. De alguna manera, su pintura madura ha rehecho mil veces esos valores sensoriales con la misma dedicación técnica y la misma maña constructiva que la del mecánico, pero con la vista siempre vuelta hacia la naturaleza.
La naturaleza. esa es la gran fascinación de un Mieres que pasó de la figuración aproximadamente expresionista a la abstracción matérica para descubrirse finalmente como un creador no de paisajes pintados, sino de pintura hecha territorios; campos de óleo solidificado donde ha labrado, roturado, peinado sembradíos, construido parcelaciones y topografías y también incluido todo tipo de objetos: piedras, latas, conchas de moluscos, calaveras para habitarlos y hablar de la vida y la muerte, el paso del tiempo y la conflictiva relación de los seres humanos con su medio natural.
Este último ha sido, sin embargo, el tema que ha ido ensanchándose en la obra de Mieres hasta revelar por una parte, en lo más personal, una sensibilidad que busca sincronizarse con la naturaleza y sus ritmos (los haikus de Mieres, sus pequeños poemas a la japonesa, testimonian esa pulsión) y que, en lo colectivo, agita su pintura con un prurito que es abiertamente ecologista en el último tramo de su trayectoria. Y eso que la naturaleza se revolvió contra él un par de veces. Dos incendios, uno en los años cincuenta y otro en 1994, devoraron su estudio y buena parte de su obra. Estoico, peleón y correoso, Mieres le respondió reinventándose: las cenizas también pueden ser fértiles.
Docente y polemista 
Pero Mieres, ha sido también docente y polemista, en el sentido menos frívolo de la palabra. Hizo de casi todo en la vida hasta asentarse en la cátedra que le trajo a Gijón en 1960 y que le permitió dedicarse a la pintura que, durante los duros años previos, estuvo a punto de abandonar. Si su plaza le dio el respaldo económico para ser plenamente artista, no fue a costa de olvidar al docente. Más bien al contrario. La pasión del artista siempre se comunicó con la del maestro. Como profesor, Alejandro Mieres fue un atrevido y activo pedagogo que trató a sus alumnos como iguales -algo insólito en mitad de aquella apoteosis de la pedagogía de la autoridad- y que llegó incluso a crear unos cuadernos de dibujo propios para sus alumnos.
Esa misma vocación pedagógica ha presidido también su actividad extraartística en público. Por el lado más didáctico o por el más peleón, se ha traslucido en su gusto por la discusión nutricia y la crítica que aporta, sus escritos a medios de comunicación, sus textos en catálogos y su conversación incansable, ávida de saber, afilada, cordial y a menudo socarrona. Mucho más que suficiente para dejar huella en una ciudad y en una región de la que Mieres forma ya parte como el paisaje de su Castilla natal y su Asturias de renacido forman parte de él. Lo reconoce esta medalla que le prenderá el presidente del Principado como él prendió, con menos ceremonia, la de una de sus visiones en la parte más visible de la costa asturiana, de fuerza de la naturaleza a fuerza de la naturaleza.

 DdA, XIV/3773