lunes, 19 de febrero de 2018

ESPAÑA NUNCA SERÁ COMO FRANCIA


Jaime Richart


España, esa nación de naciones que sus habituales cancerbe­ros se niegan a reconocer como tal en la práctica aunque ambiguamente en leyes y cons­tituciones, en pla­nes de enseñanza y en círculos mediá­ticos, va camino del precipicio de la historia a estre­llarse contra el vacío de su identidad...



Tantos avatares a lo largo de los siglos sin comprender los propietarios virtua­les de sus haciendas que existe una va­riedad de sensibilidades y de mentalidades a lo largo y an­cho de la penín­sula y de sus islas algunas de ellas incompa­tibles entre sí, no pueden explicar lo que nos pasa.  Los diferentes tipos de Estado que han ido circu­lando por la historia se empeñan en reducir a sus más de quinientos mil kilómetros cuadrados a una única socie­dad, a una sociedad políticamente única. La centrifu­gan primero y luego persisten en homogeneizarla sin éxito sólo porque la lengua predominante, hablada por 570 mi­llones en el mundo, creen que basta por el número aunque carezca del peso específico necesario para el desarrollo de la ciencia y de la tecnología o de otras virtudes públicas que no tiene; o porque una religión radical­mente controver­tida en estos tiempos por su manera de enten­derse y de apli­carse se ha impuesto a lo largo de los siglos en el ejercicio de una virtual teocracia santificada por re­yes y dictadores. Y sin embargo, sí explica en cambio todo eso su perma­nente inestabilidad social, política y moral con cortos perío­dos de calma más o menos forzada cer­cana a la lan­guidez y a la pasividad.



Desde luego España lo que sí me parece muy claro es que nunca será una monarquía se­ñorial y tranquila como el re­sto de monarquías euro­peas. Pero tampoco será una re­pública aglutinadora de his­toria y de suficiente fuerza centrípeta como la de Fran­cia. Ni siquiera como la de Ita­lia. España es incapaz de dar por conclusa alguna vez su manera de ser y de estar en el con­cierto de las naciones.



Algo parecido a lo que ocurre con Inglaterra respecto a las Islas británicas. Con la abismal diferencia de que la lengua inglesa se ha impuesto al mundo por su sobriedad, su fácil asimilación y su proyección cientítica. Con la diferencia de que su iglesia se ha mantenido dentro de los límites natura­les y no se ha empeñado en predominar fuera de sus confines. Con la diferencia de que su tolerancia en lo so­ciológico ha ido siendo considerable a partir de la se­gunda guerra mun­dial y a medida que evo­luciona el mundo. Lo que ha propiciado la independencia de Ir­landa y permitido las intentonas de inde­pendencia de Esco­cia y los referendums en ese territorio que aclaran ofi­cialmente preferen­cias, sin dar permanente pie a la cábala o la conje­tura que tanto interesa a medios de comunica­ción y a em­presas de­moscópicas en España. Con la diferen­cia, en fin, de que el carácter inglés no es proclive a ejercer excesiva pre­sión directa en sus dominios más tiempo del preciso ni dado a apretar demasiado nunca las cuer­das de la intransi­gencia radical. Razón ésta por la cual mientras el espíritu de la Pérfida Albion prosigue en sus antiguas colo­nias, España no mantiene relaciones políticas especial­mente gratas con los países de los que hasta hace no mu­cho más de dos siglos fuera su dueña y señora...

 DdA, XIV/3772