viernes, 22 de diciembre de 2017

POR LA MEMORIA DE TANTOS, LOS VERSOS DE FRANCISCA AGUIRRE

Félix Población

Un día, siendo muy joven, Francisca Aguirre  (Alicante 1930), cogió las tres carpetas de versos que tenía escritos, las llevó a un horno de pan y las quemó. Fue después de leer a Cavafis y a Rilke. Pasaron unos años y publicó su primer poemario, Ítaca. Yo no sabía apenas de la poesía de Francisca, aunque conociera la de su marido, Félix Grande, con quien tuve trato hace muchos años, cuando el también magnífico poeta colaboraba en las páginas de El Socialista

Sí tenía referencias entonces de que Aguirre era una persona amable y cercana, sin que tuviera conocimiento de que ya llevaba un tiempo elaborando su Ensayo general, donde está reunida toda su obra desde 1966 hasta 2010, y por la que obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 2011. Dice Francisca que desde los quince años, edad en la que se inició en la escritura, ha ido echando mano de lo vivido y lo soñado, con lo que recuerda a su maestro Antonio Machado, con el que dice sentirse absolutamente identificada. 

El otro día en Valencia, con motivo de un homenaje en memoria de las víctimas de la dictadura franquista, Pablo Iglesias tuvo el acierto de leer con acierto y emoción un poema de Francisca Aguirre que mueve a sentir esa memoria como propia a todos los que respetan la dignidad del ser humano, que es lo que no ha hecho el gobierno de M. Rajoy con los miles de seres humanos enterrados en fosas sin nombre.  

Contaba hace unas fechas en la radio la nieta de unas de esas víctimas, asesinada en la localidad aragonesa de Pomer, que su madre hizo el último viaje en una ambulacia camino del hospital gritando reiteradamente la palabra ¡padre, padre!, como si la fosa cerrada e ignota del padre fuera una herida abierta. Vaya por ella y por tantas como ella, ya sean hijas, esposas, hermanos o hermanas, el poema de Aguirre:

El último mohicano

No tuve nada, y sin embargo, de algún modo,
comprendo que lo tuve todo
no teníamos nada, nada, salvo el miedo, el dolor,
el estupor que produce la muerte.
Cuando mataron a mi padre, nos quedamos en esa zona
de vacío que va de la vida a la muerte
dentro de esa burbuja última que lanzan los ahogados,
como si todo el aire del mundo se hubiese agotado de pronto,
ahí nos quedamos, como peces en una pecera sin agua,
como los atónitos visitantes de un planeta vacío.
Nada teníamos, aunque también es cierto que ya nada queríamos.
Recuerdo bien que a mi hermana Susi y a mí
nos dieron la noticia en el cuarto de aseo de aquel colegio
para hijas de presos políticos.
Había un espejo enorme y yo vi la palabra muerte
crecer dentro de aquel espejo hasta salir de él y alojarse
en los ojos de mi hermana
como un vapor letal y pestilente.
Nada ha logrado hacerme olvidar aquellos ojos
salvo algunas horas de amor en que Félix y yo éramos
dos huérfanos, y el rostro milagroso de mi hija.
Y nada más tuvimos durante mucho tiempo
pero mamá tuvo menos que nadie,
mamá quedó como un espejo sin azogue,
lo perdió todo, salvo un hilo delgado que la unía a nosotras.
Y por aquel inconcebible puente, como tres hormiguitas, íbamos y
veníamos a su estatua de vidrio restituyéndole el azogue.
Volvió a nosotras desde el país del hielo.
Y volvió tan absolutamente, que gracias a ella, nosotras,
que nada teníamos, lo tuvimos todo.
Mamá fue nuestro esparzo nuestro guerrero del antifaz, el país de las hadas, la abundancia dentro de la miseria,
nuestro mejor amigo, nuestro escudo contra los moros,
la enamorada de las bellas artes
la que hizo posible que papá no muriera,
la que lo fue resucitando en cada uno de sus cuadros.
Mamá fue quien nos dijo que mi padre admiraba a los griegos,
que adoraba los libros, que no podía vivir sin la música,
y que fue amigo de Unamuno.
Cierto que no tuvimos nada.
Que muchas veces nos faltaba todo
Pero aunque algunos días no comimos,
tuvimos una radio para oír a Beethoven.
Y un día de reyes de 1944 mamá y los tíos fueron al Rastro.
Nos compraron tres libros: La Cuesta encantada, 
Nómadas del Norte y el último mohicano.
Dios sabe cuántas veces habré leído esos libros.
Mamá nos trajo El último mohicano. Y de la mano de ese
indio solitario entramos en el mundo de lo maravilloso.
Y lo tuvimos todo para siempre.
Y ya nadie podrá quitárnoslo.

DdA, XIV/3725