domingo, 24 de diciembre de 2017

INTRAHISTORIA GIJONESA: LA PALMERA DE JOVINO


Félix Población

Siempre había un momento para hacer una pausa, durante mis muchas horas de juego en este parque de Gijón ubicado en el centro de la ciudad, bien fuera mientras merendaba una onza de legítimo chocolate Kike con pan y mantequilla, o bien para recuperar el aliento luego de una carrera veloz. 

Si eso ocurría al lado de donde se sentaban los viejos -entonces no se les llamaba mayores, pero puede que se les tuviera más respeto que ahora-, que era muy cerca del kiosco con el rótulo de Visnú, ideal para el cutis, no era raro escuchar alguna alusión a la guerra. Recuerdo haber escuchado el recibimiento que aquellos sexagenarios o septuagenarios, algunos de ellos ferroviarios jubilados como mi abuelo, le dieron un día a un conocido que regresaba de la cárcel, sin que por edad y entendimiento pudiera entender entonces por qué había estado preso. El ex recluso había comido muchos arbejos, según comentó en aquella charla, detalle que quizá por la identidad del protagonista jamás he podido olvidar.

La borrosa imagen de aquel hombrecillo calvo y enteco, de aspecto mucho más modesto y avejentado que sus compañeros, con la estatura encogida y el rostro doliente como de enfermo, puede tener en mi memoria casi la de toda mi edad, sin que se haya perdido del todo aquella mirada hundida de perro apaleado. Me sirve para ilustrarla otra imagen que tengo grabada al pie de la palmera de la fotografía. 

Pertenece esta a un diario asturiano de 1933, Avance, que se publicaba en ese tiempo en Oviedo, y responde a una pregunta que a veces me planteaba de niño al escuchar a los viejos hablar de la guerra. Pensaba yo que si la ciudad que tenía ante mis ojos había sido castigada de forma tan dura por los bombardeos que la acosaban desde la mar y el cielo durante no sé cuantos meses -sin que yo supiera entonces quiénes eran los que lo hicieron-, la destrucción debería haber sido espantosa y pocas cosas en la ciudad se habrían librado de lo que yo suponía una lluvia de espanto. 

No me imaginaba, por ejemplo, que la palmera bajo cuya sombra se sentaba Jovino, aquel anciano de barba blanca al que le teníamos tantísimo respeto por su aire patriarcal y severo, fuera la misma que escuchó temblar la tierra bajo el impacto de las explosiones. Me gustaba mucho el banco circular de cerámica al pie del árbol. Era de baldosines rojos o marrones, me parece, con un cuadradito grabado en azul en el centro que apenas se puede apreciar en la vieja fotografía del periódico.

Me habría gustado que cuando se restauró ese parque hace bastantes años, no se hubiera desechado el asiento de Jovino, porque fue allí donde pensé que esa palmera quizá había resistido la furia de las bombas y merecía por eso tanto respeto o más que aquel anciano de la barba blanca que parecía un apostol del silencio porque no hablaba con nadie. 

Un atardecer de aquellos en que el parque cobraba la placidez acogedora del último sol, el bullicio de los gorriones en la copa de la palmera se vio alterado por el de la gente arremolinada en torno al banco redondo. Jovino estaba caído en el suelo y de su boca había había salido un borbotón de sangre. Al verlo pensé difusamente, sin que nada supiera por entonces de metáforas, que al anciano de la barba florida le había explotado aquel silencio pertinaz en la garganta.

*El anuncio de chocolates Kike se publicó asimismo en el diario Avance, 1933.


DdA, XIV/3727