domingo, 10 de diciembre de 2017

FULGOR DE LAS MUJERES

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 A este Lazarillo, bastante dado a buscar noticias y comentarios en el viejo Reino de León, le encanta revisar de vez en cuando un periódico digital que no tiene su localización en la ciudad del Bernesga, sino en la vieja ciudad de Astorga y que tiene por cabecera AstorgaRedacción. Hecha desde este modesto DdA la recomendación de leerlo a quienes les interese el buen periodismo, paso a invitarles a hacer lo propio con este magnífico artículo, publicado en ese medio y firmado por el poeta, traductor y editor albercano (1953) José Luis Puerto. La ilustración es también sobresaliente, todo un homenaje a las mujeres de las que venimos.

José Luis Puerto

Uno de los cambios más profundos que se están produciendo y que, aún más, en un tiempo inminente, se van a producir en nuestras sociedades es el del acceso de las mujeres a todos los diversos planos de la vida social y pública, en pie de igualdad (algo aún, por desgracia, no logrado) con los hombres.

Porque aún en nuestras sociedades perviven no pocos tipos de esclavismos. Uno de ellos –en una imagen que creíamos del pasado– es el de la venta de mujeres y hombres negros, en Libia, que pueden adquirirse a bajo precio. Pero otro, muy sutil y que parecería que no existe, es el de la situación de la mujer, aún en nuestras sociedades, en un plano de subordinación y de inferioridad. Algo que tendría que abochornarnos y que, sin embargo, parece que es lo natural y lo normal.

Hay, en nuestra sociedad, no pocos tipos de manadas masculinas, cuya función es someter a la mujer de mil modos. Ya el término de ‘manada’ abochorna. Porque quien se refugia en cualquier tipo de manada, sacando pecho, cuando se siente protegido por el grupo, es un cobarde. Y los distintos tipos de chulerías masculinas (esos infames mitos machistas de machos alfa, y otras lindezas) frente a las mujeres no esconden sino complejos de inferioridad y cobardías.

La violencia machista de género ante la mujer, que, desgraciada y terriblemente, provoca muertes, desgracias y dolor, es la punta del iceberg, que ya acusa la conciencia de nuestra sociedad (pese a que no se haga lo suficiente para evitarlo), ante un problema que existe y del que no acabamos de tomar la conciencia necesaria: el estado de subordinación de las mujeres ante los hombres en nuestras sociedades y de dominios masculinos de todo tipo frente a la mujer.

Hemos de realizar aún todos una andadura muy larga, pues estamos dando todavía los primeros pasos –tan insuficientes, por más que sean necesarios y hasta oportunos–; y, para ir afianzando esa andadura, hemos de arrimar todos el hombro.

Desde niño, he percibido el fulgor de las mujeres, su decisiva importancia para el mantenimiento de la vida, en todos sus ámbitos. Y ese fulgor, que conozco ya desde mis orígenes campesinos, lo he ido percibiendo a lo largo de todo mi itinerario vital.

Responsabilidad, atención, cuidado, entrega, gusto por la labor bien hecha, amor al estudio y al conocimiento, abnegación…, son algunas de las cualidades que constituyen ese fulgor femenino, que lo he ido advirtiendo en las mejores mujeres con las que me he ido encontrando en el transcurso de mi itinerario vital.

De ahí  que hoy, afortunadamente, sintamos como uno de los elementos más decisivamente positivos de los que en nuestra sociedad se están produciendo esa conciencia, cada vez más extendida y presente en diversos sectores de la población, de que todos, como sociedad, tenemos una asignatura pendiente: el que las mujeres accedan a ese plano de igualdad que les corresponde, en una sociedad que se quiere civilizada y avanzada.

Por ello, se ha de erradicar el machismo de las manadas, de las agresiones, de las violencias, de los acosos, de las minusvaloraciones… que se cometen día sí y día también contra las mujeres.

Porque las mujeres son sujetos de dignidad igual que los hombres. Porque las mujeres desprenden un fulgor que conocemos desde niños y que siempre nos humaniza y nos dignifica a todos.

DdA, XIV/3714