jueves, 16 de noviembre de 2017

LO QUE TE PASA, TE PASA POR PUTA

Deberemos estar muy atentos a la sentencia que se dicte en el juicio a cinco individuos conocidos con el apelativo de La Manada. De cómo se resuelva el mismo, que tiene lugar en Pamplona estos días, se podrán sacar muchas consecuencias. Estamos, según he leído después de saber que al juez que visionó las grabaciones de la violación múltilpe le impresionaron las imágenes, ante una de las agresiones sexuales más terribles de los últimos tiempos, porque, si bien todas lo son para la víctima, en este caso se dan todas las características descritas por las investigadoras de la violencia sexual contemporánea, marcada por la pornografía. La última noticia que nos ha llegado es que, después de ser a puerta cerrada, las últimas sesiones del juicio serán públicas. Hay otras dos incidencias muy preocupantes: La primera es del pasado mes de septiembre cuando el tribunal rechazó incorporar como prueba los ‘whatsapp’ de ‘La Manada’ previos al delito. La segunda, de este martes: el juez ha admitido un informe sobre la víctima encargado por un miembro de 'La Manada' a un detective. Mucho me temo que el artículo de Luz Sánchez Mellado en el diario El País de hoy nos apercibe de algo que podría ser muy grave. Comparto lo que afirma Beatriz Jimeno en CTXT en su artículo ¿A quién estamos juzgando?: Las violaciones incumben a todas las mujeres, pero ésta todavía más porque está en juego la cultura de la violación.

Luz Sánchez Mellado

Tienes 18 años. Estrenas mayoría de edad. Eres oficialmente adulta. Con cuerpo de mujer hecha y derecha, aunque en tu rostro y en tu mirada y en lo más hondo de tu seno, donde habita lo que llamamos alma, puede que aún seas, lo serás siempre, la niña de los ojos de los tuyos. Pero tú te crees muy mayor. Y capaz. Y libre. Lo eres, de hecho. Lo dice tu condición de ciudadana de pleno derecho. Estamos en julio. Empieza tu primer verano de libertad absoluta. Te quieres comer el mundo. Te vas a los Sanfermines. Bebes, bailas, te desmadras tanto o más que tus pares varones. Conoces a unos chicos en la calle a las tantas de la noche. Altos, guapos, simpáticos como ellos solos. Hombres, ellos sí, hechos y derechos que te sacan 10 años, 10 centímetros y mucho más que 10 kilos de envergadura por barba. Os divertís juntos. Jijí, jajá, selfis, picos, morritos, morreos. Puede que te des el lote con uno, o con varios, o con todos. Porque sí. Porque eres dueña de ti misma. Porque te da la gana y punto. Se ofrecen a acompañarte al coche. De camino, te meten en un portal y te penetran por donde quieren mientras se jalean, te graban en tal trance y se jactan de su hazaña ante sus colegas. Acaban, te roban el móvil y te dejan tirada en la escalera. Les denuncias. Les enchironan. Lloran. Patalean. Piden justicia. Dicen que son inocentes. Que tú consentiste. Que lo pasaste bomba, incluso. Pagan a un detective para que te siga y demuestre en el juicio que no eres una santa y que después del episodio estabas tan pancha. Entrabas, salías, vivías. Lo que no dicen es que, de cinco tíos como cinco Torres del Oro, ni uno tuvo una neurona activa o una célula de humanidad para acabar con la orgía, aunque tú se la hubieras pedido, como insinúan, casi de rodillas. Pero, claro, ellos son hombres y tienen sus urgencias. Y tú eres muy suelta. Ya se ve en el informe del detective. Lo que te pasa, te pasa por algo. Por puta.

DdA, XIV/3692