sábado, 18 de noviembre de 2017

LA NOVENA SINFONÍA, PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD VULNERABLE




Entrevista con Íñigo Pirfano, director de orquesta, compositor y ensayista*

Félix Población

Desde hace más de una década, el director de orquesta Íñigo Pirfano (Bilbao, 1973) está al frente de una iniciativa musical cuya raíz se afinca en 2003, año en que la Unesco declaró la Novena Sinfonía de Beethoven Patrimonio de la Humanidad. A kiss for all the world lleva esa música y el poema de Shiller por el mundo, dirigida a colectivos sin acceso a una sala de conciertos por sufrir unas condiciones de vida muy precarias. Con ello se pretende acercar el mensaje profundo y transformador de la gran obra de Beethoven a colectivos vulnerables de nuestro planeta. Entiende el director vasco, autor de varios y amenos ensayos de divulgación musical, que si la Novena de Beethoven es Patrimonio de la Humanidad, es patrimonio de toda la humanidad.

-Hasta ahora, cinco giras internaciones (Colombia, Panamá, Perú, Alemania y R. D. del Congo). La Novena ha sonado en cárceles, hospitales, centros psiquiátricos, campos de refugiados y barrios marginales. ¿Cómo resumes esa experiencia y cuáles son vuestras próximas giras?

-Puedo decir con enorme satisfacción que se han cumplido con creces nuestras expectativas. Ante esta música maravillosa, la respuesta entusiasta es inmediata. Aunque las personas ante las que hemos tocado muchas veces no están familiarizadas con tales manifestaciones artísticas, sin embargo resultan transformadas al calor de los versos de Schiller con los que termina esta obra: “Abrazaos, multitudes, / este beso al mundo entero; / hermanos: sobre la bóveda celeste / debe habitar un Padre amoroso”. Pienso que Beethoven nos mira con afecto desde el Elíseo. Entre los próximos destinos internacionales se encuentran México, Chile, la India y Lituania.

- Centrados en España, ¿qué piensas de nuestra enseñanza y cultura musical, y hasta qué punto el grado de cualificación de la primera puede influir en la segunda?

- España es un país con un gran talento musical. Basta ver las meteóricas carreras internacionales que están haciendo algunos de nuestros cantantes, instrumentistas, directores de orquesta, compositores, etc. para darse cuenta. Sin embargo, muchas veces la enseñanza musical no está bien planteada ni en las escuelas, ni en los conservatorios. En mi carrera profesional me he encontrado con muchos músicos que poseen una gran preparación técnica, pero que carecen de una formación humanística que se sitúe al mismo nivel. Pienso sinceramente que éste debería ser un aspecto nuclear de la formación musical, porque, como decía Rostropovich la música no se toca con las manos, sino con el espíritu. La falta de cultura musical en nuestro país tiene más que ver con la falta de una tradición sólida. Al contrario de lo que sucede en los países anglosajones, la música nunca ha ocupado el lugar que debería ni en los sistemas educativos, ni en el ámbito familiar. Esto ha generado que en España se pueda hablar de un auténtico analfabetismo musical al que, desgraciadamente, nos hemos acostumbrado. Es muy poco frecuente ver a gente joven en las salas de conciertos y en los teatros. 

-La comprensión del fenómeno musical, dice Plácido Domingo en el prólogo de tu libro Música para leer, requiere una pedagogía  que promueva las dimensiones intelectiva y afectiva de la persona. ¿Cómo anda de esa predisposición el profesorado de los conservatorios españoles?

- La enseñanza musical que se imparte en los conservatorios debería contemplar un espectro de contenidos mucho más amplio que el estrictamente musical. Lamentablemente, no son muchos los docentes que se preocupen de situar la realidad musical en un contexto cultural más amplio, relacionándola con la filosofía, la historia, la literatura, la antropología, las artes plásticas, etc. De este modo, la música pierde la capacidad de dialogar con el entorno cultural, y, por lo tanto, de transformar el mundo. Desprovista de la grandeza de su poder integrador, la música se queda en un fenómeno marginal, alejado de las cuestiones verdaderamente importantes de la vida. Y, francamente, creo que en la vida hay pocas cosas tan importantes como la música. La música aporta respuestas a los grandes interrogantes que desde siempre se ha hecho el ser humano: ésos que tienen que ver con el amor, la muerte y la trascendencia.

-Aparte de insistir en tu libro “Inteligencia musical” en que la música nos hace mejores, hablas también a su poder transformador. ¿Sería mejor la gestión de los asuntos públicos si nuestros políticos tuvieran una cierta cultura musical?


-No creo que sea tan importante que la clase política tenga una cierta cultura musical, como que posea una visión profundamente humana de la persona, lo que pasa necesariamente por demostrar una sensibilidad real hacia la belleza, el bien y la verdad. Siempre se dice que los jerarcas nazis escuchaban embelesados la gran música alemana (aunque habría que ver exactamente hasta qué punto entendían lo que estaban escuchando…). El hecho de que tildaran de “degenerada” y rechazaran alguna de la música más maravillosa que se ha compuesto nunca, como la de Mendelssohn o Mahler, nos tiene que hacer sospechar de su criterio y su honradez cuando escuchaban a Beethoven o a Wagner. Se puede ser un gran melómano y un canalla. Por eso, lo que  más me interesa de la música no es la música misma, sino aquello de lo que la música habla. Como decía Mahler “lo mejor de la música se encuentra detrás de las notas”.



-Hablas del carácter democrático y dialogante que ha de tener un director de orquesta (Abbado) frente a otro autoritario (Karajan) y los resultados logrados con la misma orquesta por uno y otro en la Filarmónica de Berlín. ¿Por qué la música, que nos hace mejores, no es capaz de erradicar el divismo de algunas figuras? ¿No debería el talento personal, además, superar al ego?


-¡Por supuesto! ¡El talento personal supera de hecho al ego! El problema es que con mucha frecuencia los artistas no tienen el talento suficiente como para ser humildes… Talento y humildad se exigen mutuamente. El gran director de orquesta Bruno Walter decía que el intérprete no es más que un mensajero; alguien que porta un mensaje importante y perennemente actual, cuya grandeza lo sobrepasa completamente. Por eso no debe adueñarse de manera fraudulenta de la potencia y de la grandeza propias de la obra que ha de interpretar. El ególatra –el tirano, el ambicioso, el envidioso, el mediocre- vive instalado en una gran mentira, aun cuando pueda cosechar aparentes éxitos profesionales. Al final, toda esta cuestión nos conduce a una pregunta fundamental: ¿Qué es en rigor el éxito? Muchas personas fracasan en su proyecto de vida, a la hora de dar respuesta a esta cuestión tan aparentemente sencilla.

-Detrás de una excelente orquesta como la de Berlín, Viena, Nueva York o Amsterdam, afirmas, siempre hay un gran inspirador. ¿En qué consiste esta facultad?

-Una organización tan compleja como una orquesta sinfónica necesita a un director que sea capaz de insuflarle el alma, el aliento. Por supuesto, también ha de conocer en profundidad la ciencia de la concertación y ha de poseer una gran técnica directoral. Pero creo que lo que una gran orquesta busca en su líder es un carisma, una determinada manera de ver las cosas, de mirar al mundo… Sólo de esta manera –con convicción, autenticidad, buenas maneras y una propuesta sólida- un director es capaz de enamorar a una orquesta a la hora de interpretar una obra que seguramente habrán tocado cientos de veces. En una ocasión, me decía un violoncellista de una orquesta española: “yo sólo valoro dos cosas en un director: que tenga las ideas claras, y que sea educado”. A mí me parece que esto es necesario pero no suficiente.

- La música puede otorgar valores  a una sociedad desencantada en la que parece que la incomunicación y una especie de hastío general lo dominan todo. Siendo así, ¿por qué los planes educativos en España están tan lejos de propiciar una enseñanza musical a juego con esa potencialidad formativa de la música?

-Porque parece que aún no hemos caído en la cuenta de la importancia que tiene la música como elemento transformador. La música puede cambiar una sociedad porque puede cambiar a una persona, a cada persona. La música tiene la capacidad de penetrar hasta los rincones más recónditos del corazón humano, y llenarlos con su luz. Se introduce en el ámbito más genuinamente personal de nosotros mismos, y allí nos formula preguntas, nos convoca a un encuentro. En este sentido, como dice el filósofo George Steiner, la obra artística –la obra musical de manera eminente- es de una indiscreción total. Pregunta por el más personal e íntimo de cada ser humano.

-Nunca se resolverá el proceso fisiológico según el cual la percepción de un sonido se convierte en sentimiento, apuntas citando al crítico Eduard Hanslick. Para que eso ocurra es preciso que el intérprete acierte con la clave que hace posible esa transmisión. ¿Puede lograrse sin que el intérprete “sienta” lo que toca?

Es muy complicado definir con rigor qué es lo que un intérprete siente cuando toca, canta o dirige. Durante la interpretación, el músico está realizando un ejercicio híbrido de control e inspiración que precisa de un grado de concentración enorme. Lo que está claro es que a veces se dan las circunstancias necesarias para que en la sala de conciertos reine una atmósfera de compenetración muy especial. No sabemos bien qué sucede en esas ocasiones, pero se percibe algo así como un torrente de información y de sentimientos –de verdad, en definitiva- que casi se puede cortar… Cuando el intérprete conecta con los otros músicos y con el público a este nivel -y se entrega en una interpretación sincera, profunda y devota-, se crea un clima de serena exaltación que es difícil de describir. Tanto el público como los artistas salen de la sala de conciertos con la seguridad de que han participado de algo conmovedor. Mahler decía que no podía dirigir “Lohengrin” de manera maquinal…; tenía que hacerlo al 100%, con pasión, de tal modo que aquella persona que se encontraba en el segundo palco, regresara a su casa con la sensación de haber asistido a una experiencia única.

-No se puede mentir con una batuta en la mano, compartes con el director austriaco Manfred Honeck, pero supongo que con ningún instrumento musical porque las experiencias musicales apelan al sentimiento de trascendencia. ¿Va la sociedad actual en contra o al menos al margen de ese sentimiento?

Decía Jean Clair –el que fuera director del museo Picasso de París-: “¿Qué se puede esperar de una sociedad en la que los dioses han desertado?”. Lamentablemente vivimos en un mundo en el que no hay lugar para ninguna propuesta espiritual. Como señalo en mi libro “Ebrietas. El Poder de la Belleza”, muchas personas identifican lo “espiritual” con la consulta de una médium o con los subproductos de Halloween… Pero el hombre es un ser eminentemente espiritual. Gracias a nuestra naturaleza espiritual podemos silbar una canción, dar las gracias o hacer una caricia. Hemos de reivindicar la condición espiritual de la persona, porque de ello depende su felicidad; la capacidad de amar y de ser amados… En estos tiempos agitados, en los que se habla tanto de la posverdad; en los que parece que no hay lugar para el relato grande, para la propuesta sólida, para el compromiso firme, necesitamos más que nunca la música, como elemento de comunicación y de comunión entre los hombres. Es muy importante que grabemos en nuestras mentes y en nuestros corazones estas bellas y sabias palabras de Sir Simon Rattle: “la música sirve para mostrarnos que no estamos solos”. Es la gran herramienta contra la incomunicación.


*Entrevista ublicada también en el número de noviembre de Atlántica XXII. 

DdA, XIV/3694