miércoles, 29 de noviembre de 2017

EL ESTADO DEL MUNDO


Jaime Richart

Había pensado publicar ayer este tembloroso escrito, cuando los dioses del viento, de la lluvia y de la tempes­tad parecen haberse apiadado de mí y han rociado la atmósfera que me envuelve con porciones desperdigadas de ínfimas gotas de agua que en cierto modo me sobreco­gen más, pues confirman mis vaticinios que, como se puede comprender, desearía fuesen erróneos o incluso petulantes...

El mundo, las sociedades mundiales, cada una a su ma­nera y todas revueltas siguen el curso de su historia sin preocuparse en apariencia del futuro. Los antiguos griegos sólo vivían el presente, es más, en su conciencia faltan el pasado y el futuro como perspectivas creadoras de un cierto orden, y el “extranjero” empezaba allá donde la vista se perdía en el horizonte. En la Era que vivimos, por el contrario, yo creo que ni siquiera se vive el presente, tan agitada, angustiada, desorientada o enajenada vive la in­mensa mayoría; y ya no se habla de “extranjero” pues to­das las sociedades están comunicadas y condicionadas entre sí, aunque indudablemente unas estén mucho más condicionadas por otras...

El caso es que el conocimiento generalizado relativo a lo que denominamos globalidad nos pone al corriente a to­dos cuantos miramos al cielo y lo observamos, acerca del peligro cierto, y cada día que pasa más grave, de lo que en ese futuro en puertas nos espera, y peor aún el que nos espera   mañana; conocimiento que lo agota la especifidad del examen y estudio de individuos aislados, de la comu­nidad científica y de organismos internacionales no gu­bernamentales. Observación y conocimiento que, aparte los directos y personales de individuos especialmente sen­sibles y dada la información hoy día sobre ésta y todas las materias adquirida sin esfuerzo alguno, dan como resul­tado la percepción del peligro inminente que corren pri­mero la naturaleza y luego la humanidad. Tan inminente que pareciese que en cualquier momento pudiéramos pa­sar de la tan visible y progresiva degradación global, al súbito cataclismo directo o en cadena.

Y si la causa de las migraciones son y siempre han sido debidas a factores varios que van desde el deseo de una mejora de vida o de aventura, pasando por la huida de guerras o de pandemias, hasta la destrucción completa del hábitat de poblaciones enteras que les expulsa, hoy esta última causa está pasando a ser el primer motivo de la irrupción masiva de individuos en territorios del norte donde se supone que el agua no falta o no ha de faltar... Pero resulta que todo el proceso del cambio climático (a cuyo efecto es indiferente la causa: el ser humano o ciclo natural) y el deterioro del medioambiente (del que lo es exclusivamente el ser humano) consiste en una progresiva pero vertiginosa y exponencial disminución de las preci­pitaciones, perceptible año a año. Y además, en todo el planeta. De modo que la propia península ibérica, ya sin plazos, pareciera estar ahora mismo abocada a la espera de la hecatombe de una falta de agua generalizada en to­das las poblaciones, sólo remediable por una nada proba­ble reversión súbita de la tendencia de las precipitaciones, sea en forma de lluvia o en la de nieve, que vendría a ser la solución escénica del Deus ex machina...

Por el momento, la impresión que nos produce a los ob­servadores profanos en todo esto es que la condensación de la humedad en la nubosidad, antes de convertirse en precipitación debe atravesar una capa de sustrato com­puesto de partículas en suspensión que a modo de filtro hace que cada gota de agua al caer sea cada vez más pe­queña. Y que cuando la cantidad de humedad condensada es inmensa, ese filtro contiene la condensación hasta que el inmenso peso de la misma atraviesa la cortina des­garrándola y produciendo la lluvia torrencial... El caso es que ya no hay lluvia normal. Ni en España, ni en ninguna otra parte del mundo: o cada gota es menuda como un vahído o es un diluvio que inunda y malogra cuanto toca...

El resumen es que cualquiera que no haya perdido con­tacto con la naturaleza ha de sentirse afectado en estos momentos por la sensación desgarradora de que sólo al­guna vez verá lluvia ocasional y apenas volverá a vislum­brar la nieve.


DdA, XIV/3705