sábado, 31 de diciembre de 2016

PODEMOS Y SU FUTURO: CAMBIAR LA SOCIEDAD Y LA POLÍTICA O SER CAMBIADO POR ELLAS

 Fragmento del largo artículo que publicó ayer en Cuarto Poder Manuel Monereo, en el que al referirse a la neutralización de Podemos por parte del régimen sostiene que se ha avanzado mucho en estas últimas semanas, pues lo ocurrido ha cubierto las expectativas del tripartito convergente: ruptura del equipo dirigente, silencio sobre la política real -la que afecta a las personas y a sus gravísimos problemas- y confrontación por el poder interno. La conclusión que se intenta imponer como marco es que todo está en crisis, incluso la alternativa de renovación y el cambio democrático. Se viene a decir con ello, según el artículista, algo tan poco estimulante para esa mitad de la población juvenil en paro que no hay esperanza, solo queda aceptar lo existente; no hay salvación en lo colectivo; la política para los que viven de ella y cada uno a lo suyo. En la próxima asamblea de Podemos se dirimirá substancialmente esto, a juicio de Monereo:  restauración o ruptura democrática, democratizar la sociedad, el Estado y el poder o ser una fuerza política más, subalterna a los que mandan y sumisa a los poderes económicos foráneos y propios; cambiar la sociedad y la política o ser cambiado por ellas. Deja sin evaluar Monereo lo que comportaría como decepción histórica para cinco millones de ciudadanos la peor de estas alternativas en relación con la expectativas creadas por el partido morado y que hicieron posible su nacimiento y precoz desarrollo. A este Lazarillo le gustaría conocer su opinión al respecto en un próximo artículo de Manuel, perspicaz analista de nuestra realidad.


Manuel Monereo

Pablo Iglesias —porque fue él quien tomó la responsabilidad y decidió la táctica— se la jugó y empezó a maniobrar sabiendo que el objetivo real era golpear a Podemos, erosionarlo electoralmente y dividirlo, sobre todo en el Congreso de los Diputados. Nunca fue en serio Sánchez en su ofrecimiento de gobernar a Podemos. Nunca. Al final, el asunto llegó donde estuvo desde el primer momento: o aceptar un gobierno PSOE-Ciudadanos o elecciones generales, culpabilizando de ellas a Pablo Iglesias. Él, solo él, sería el culpable de nuevas elecciones. Personalizar todo el mal en él fue parte esencial de esta estrategia que marcó una etapa y que se quedaba como guión del futuro: el problema de Podemos es Pablo Iglesias.

Los resultados del 26 de junio sirvieron para clarificar el mapa político. Los poderes reconocieron que Mariano Rajoy tendría que conducir la recomposición del sistema político, es decir, de la restauración. Pedro Sánchez volvió a tener unos malos resultados electorales. Con terquedad volvió a su discurso de siempre: se pierden votos y diputados, pero seguimos siendo la segunda fuerza política del país y, además, Unidos Podemos tiene un resultado peor de lo esperado, luego a polarizarse con el PP —”no es no”— y revertir la tendencia. Podemos, Unidos Podemos, consiguió —era lo fundamental— unir todo lo que estaba a la izquierda del PSOE y organizar un bloque complejo y denso, territorialmente y socialmente arraigado. Los resultados no acompañaron a las expectativas, pero se tenía un grupo parlamentario de 71 diputadas y diputados y 21 senadoras y senadores. Unidos Podemos no solo era la única fuerza democrática y de izquierdas que crecía en Europa, sino que seguía siendo verosímilmente alternativa de gobierno y de poder.

Lo que vimos después fue algo solo comparable a la liquidación política de Adolfo Suárez: la intervención por los poderes fácticos del Partido Socialista hasta conseguir la dimisión de su secretario general. Sánchez no se dio cuenta de que el juego se había terminado y de que los poderes reales exigían el cumplimiento de lo ordenado desde hacía más de un año: reestructuración económica y restauración política. La línea de demarcación fue de nuevo señalada, el nacional-constitucionalismo. A un lado, los partidarios de la monarquía borbónica y su régimen. Al otro, el antisistema, el caos, la anarquía. Pedro Sánchez no aceptó sin más estas condiciones y fue defenestrado por una alianza entre los medios de comunicación y una parte de su dirección política. Hay que cualificar esta alianza. Estamos hablando de medios cada vez más controlados por los poderes financieros y de la dirección de un partido anclado en los poderes y dependiente de ellos. Esto tampoco debería asombrarnos demasiado. Es una característica de la UE: el enorme poder del capital financiero y su creciente control sobre una clase política corrupta, sin raíces ni ideología. Los resultados están ahí: desmantelamiento del Estado social, devaluación de la democracia, pérdida de soberanía, crisis de la forma-partido y, más allá, de la política en sentido estricto entendida como autogobierno de las poblaciones.

En estos meses estamos viendo en la práctica un gobierno de gran coalición dirigido y organizado por Rajoy y su vicepresidenta política, Soraya Sáenz de Santamaría. No está siendo fácil.  El PP es un partido muy de derechas, poco habituado a los pactos, con una tendencia permanente a mandar. Convertirse en partido de régimen será muy difícil para él. En ello andan con la sobreactuación permanente de Ciudadanos y un PSOE que intenta levantar cabeza desde lo que podríamos llamar una oposición útil, que obtiene resultados por pequeños que sean. Las dudas de Pedro Sánchez son comprensibles, su partido está sólidamente ligado a los que mandan y no se presentan a las elecciones y —es el problema real— ya no hay en él, en su interior, fuerzas capaces de regenerarlo y oponerse a un aparato despolitizado y temeroso de perder privilegios y prebendas. Tendrá que escoger entre ser minoría o montar una nueva organización. Cabe otra opción: echarse a un lado y esperar mejores tiempos.

Hay dos tareas inmediatas: la cuestión catalana y la neutralización de Podemos. Lo que más daño le ha hecho al régimen ha sido la tendencial convergencia entre cuestión social y cuestión nacional, en la perspectiva de construir un nuevo país y un nuevo Estado. Este nudo tenía y tiene que ser roto. El ejemplo vasco es paradigmático. Un acuerdo PNV-PSOE para gobernar Euskadi y negociar con Madrid. Es más, la vicepresidenta intenta pactar los presupuestos con el PNV y volver al viejo esquema del bipartidismo imperfecto, es decir, la alianza con las minorías nacionalistas. En Cataluña la cosa es más difícil porque hay que buscar interlocutores y fuerzas políticas susceptibles de construir un escenario que acompañe al proceso restaurador en el resto del Estado. La neutralización de Podemos ha avanzado mucho, muchísimo. Lo ocurrido en estas semanas ha cubierto las expectativas de las fuerzas del régimen y del tripartido convergente: ruptura del equipo dirigente, silencio sobre la política real -la que afecta a las personas y a sus gravísimos problemas- y confrontación por el poder interno. La conclusión que se intenta imponer como marco es que todo está en crisis, incluso la alternativa de renovación y el cambio democrático. Lo que se intenta transmitir: no hay esperanza, solo queda aceptar lo existente; no hay salvación en lo colectivo; la política para los que viven de ella y cada uno a lo suyo.

No hay que dejarse engañar por las apariencias. El debate está donde estaba en estos meses y donde siempre ha estado, en la política de verdad, la que define el futuro. Pero lo que se dice y nunca se verbaliza ni se publica es otra cosa, que los poderes han ganado ya y no hay margen para la ruptura democrática; que hay que dejarse de maximalismo y aceptar que en estas sociedades no son posibles los cambios sustanciales y que siempre hay que acompañar a los poderes, disputándoles sus márgenes para parecer útiles y realistas. Que un partido de masas, sólidamente enraizado en la sociedad y en el conflicto social es cosa del pasado y que ahora mandan las nuevas tecnologías y la sociedad-red. No se puede hacer mucho cuando se gobierna, casi nada. Los límites que impone la Europa alemana del euro son tan grandes que solo cabe la política de las pequeñas cosas, de gestos y de gestión hábil e inteligente de los medios. Se podría continuar. Deberíamos debatirlo en público y que las inscritas e inscritos decidan. Esa es la democracia que defendemos y proponemos.

La grandeza de Podemos y sus gentes es que en su próxima asamblea lo que dirimirá el debate real, el sustancial, será restauración o ruptura democrática; democratizar la sociedad, el Estado y el poder o ser una fuerza política más, subalterna a los que mandan y sumisa a los poderes económicos foráneos y propios; cambiar la sociedad y la política o ser cambiado por ellas. Restauración y ruptura van siempre de la mano, están —por así decirlo— en la realidad de las cosas, en las fuerzas políticas y sociales y en las cabezas de los dirigentes, siempre como posibilidad y tentación. La política de verdad no es solo análisis, propuesta, táctica; es lucidez y coraje moral, definición y decisión, punto de vista y carácter.

La paradoja es muy fuerte, fortísima. Todos son de Pablo Iglesias, desde Íñigo Errejón a Clara Serra, pasando por Eduardo Maura, Moruno y Sergio Pascual. Ternura hasta las lágrimas. En medio, una ofensiva general contra Podemos y su secretario general. Yo, menos poético, titánico y amoroso, que vengo de una tradición que no cree “ni en dioses ni en reyes ni en tribunos” apoyaré a Pablo Iglesias si sigue haciendo la política que hasta ahora ha hecho, si construye una dirección coherente con el proyecto y democratiza realmente la organización.


DdA, XIII/3427