martes, 17 de mayo de 2016

O PISAS O TE PISAN

Antonio Aramayona

Leía ayer en el Huffington Post una noticia sobre un niño brasileño de cinco años cuyo mayor sueño es ser basurero. Y no es que yo considere que este oficio no puede ser tan digno como otro cualquiera, pero también ocurre que la mayor parte de los niños quiere ser astronauta o médico o superhéroe, pero raramente basurero. Aquel niño, Eduardo, cuando escuchaba el ruido del camión, saltaba de la cama para saludar a los operarios. Pues bien, el pasado 4 de mayo era el cumpleaños de Eduardo y ellos le regalaron un pequeño uniforme verde de basurero y lo llevaron a dar una vuelta por el barrio en su camión.  "Incluso se puso a recoger unas bolsas de basura de las calles", contaron. Hasta la tarta de cumpleaños y los regalos —entre ellos, un camión de la basura en miniatura— eran temáticos. Y Eduardo fue feliz, muy feliz.
Me quedé pensando en que Eduardo era efectivamente un niño afortunado, pues sabe lo que quiere y además es capaz de tener ilusión y sobre todo amigos. Desconozco qué será de Eduardo cuando sea mayor, pero siempre podrá decir refiriéndose a estos años que le vayan quitando “lo bailao”. De hecho, existimos y sobrevivimos en una sociedad donde la mayor parte podemos comer tres veces al día, dormir bajo un confortable techo y dejar que siga en marcha  la cinta transportadora sobre la que nos montan desde que nacemos hasta que morimos. Sin embargo, también es una sociedad en la que cada vez más parece que para tener trabajo hay que competir sin cuartel con (contra) otros que carecen de él, una sociedad donde el aparato propagandístico nos clasifica en un abrir y cerrar de ojos como perdedores o mediocridades o ganadores.
Hace años en un Instituto madrileño de Bachillerato hice creer  al alumnado de un grupo de 2º de BUP que el Servicio de Inspección del Ministerio de Educación y Ciencia había enviado una circular por la que se obligaba a suspender en junio al menos a dos alumnos en la asignatura de Ética, pues resultaba inadmisible que todos quedasen aprobados en junio. Al principio, la inmensa mayoría se lo tomó a chirigota, pero a medida que transcurrían los minutos, algunos comenzaron a dudar, pues comprobaron que yo mantenía  el supuesto comunicado ministerial sin vacilaciones. Al poco rato, las bromas dejaron paso a las primeras protestas, y después, poco a poco, incluso a amenazas de contestación. Cuando aquellos muchachos y muchachas vieron definitivamente las orejas al lobo y en peligro el aprobado de la asignatura, comenzó a producirse fisuras dentro del grupo. Finalmente, les invité a deliberar sin mi presencia para decidir después, antes de finalizar la clase, una postura de conjunto. Pues bien, a los pocos minutos, fueron a buscarme pues habían tomado ya una decisión: dos compañeros, los más apocados y pusilánimes del grupo, habían quedado suspendidos en junio por decisión mayoritaria...
Probablemente a aquellos alumnos y alumnas no les gustó la resolución tomada, pero a la hora de justificarse pensaron que la culpa no era de ellos, sino del Inspector de Educación, y que -debiendo cargar alguien con el mochuelo- no iba a ser uno mismo el suspendido. En cualquier caso, no habían escogido voluntariamente una situación en la que, para salir indemne, otro debía resultar damnificado. De hecho, el argumento final esgrimido por casi todos aquellos muchachos y muchachas se resumía en “o pisas o te pisan”. Casi nadie era partidario de ir por ahí pisoteando al prójimo, pero la vida puede aparecer a veces en toda su crudeza y entonces parece no caber otro remedio que sobrevivir al precio que sea, aun sabiendo que para ello habrá más de un lesionado e incluso algún que otro cadáver: lo que finalmente prevalece es la ley del más fuerte (adornada hoy con el eufemismo de la “competitividad”). Dicho de otro modo, la razón de la fuerza sobre la fuerza de la razón.
Por si fuera poco, hay quien pretende presentar la competitividad como una condición de la libertad: cada individuo cuenta como punto de partida con las mismas posibilidades, siendo primordialmente su capacidad, su esfuerzo y su tesón los que determinan el éxito o el fracaso final de su vida o de sus proyectos. Sin embargo, en no pocos casos se trata  de una ficción, creada interesadamente por los que  gozan de una situación de ventaja. Competir puede ser sin duda algo divertido, una actividad lúdica o deportiva, y a veces también una necesidad, pero en ningún caso debería convertirse en una coartada del poderoso para mantener a ultranza su situación de privilegio. Sea como fuere, Eduardo no tiene cabida en ese mundo y su uniforme verde de basurero contrasta enormemente en esta guarida de canallas en la que nos vamos convirtiendo sin percatarnos de ello, sin que se nos ocurra romper la baraja y buscar ser felices como Eduardo y con todos los Eduardos del mundo.

                             DdA, XIII/3270