lunes, 23 de mayo de 2016

ESPAÑA: HISTORIA DE UN DESVALIJAMIENTO

Dijo don Mariano el otro día en Zaragoza que su partido está vitaminado. Muchos hemos pensado que la mejor imagen que puede acompañar a esa frase es la del cucho, esto es, la del estiércol y materiales vegetales en descomposición -entre ellos las pajas mentales del propio don Mariano y sus adjuntas Lola de Cospedal y doña Soraya-, a modo de semblanza curricular de las tramas de corrupción política que afectan al Partido Popular.

 La trama es bien simple: un ejército de facinero­sos que se hicie­ron pasar por políticos y otro regi­miento de bribones que fingieron ser empresarios respetables.
Jaime Richart

Unos cuantos hacen la historia, algunos la escriben y el resto la padece... Siempre fue así y así seguirá siendo. Partamos de la idea de que la historia de Occidente, leída desde el otro lado -el lado de los sufridores- empezó en socieda­des donde el esclavo era un humano considerado sólo como cosa propiedad de otro ser humano. Pasaron muchos si­glos y el esclavo se convirtió en siervo, una mo­dalidad de escla­vitud en la que el siervo tenía -en teoría- algún derecho. Por fin, en el siglo XX, ya efectivamente libre, el siervo se muta en trabajador y ciudadano. Pero poco a poco los sufrido­res van tomando el camino de retorno. Y en el recién ini­ciado si­glo XXI el trabajador vuelve a asemejarse cada día más al siervo, y por los caminos tortuosos del presente no resulta difí­cil barrun­tar que no tardará en regresar nuevamente a la condi­ción de es­clavo. El eterno retorno nietzscheano se cumple. La di­feren­cia es que si el antiguo esclavo era propiedad de un opu­lento, en estos tiempos lleva camino de ser propiedad de un em­presario. Y el que se libre de esa servidumbre, pro­bable­mente no se sentirá algo diferente de un alma en pena...

Este es otro más de los fenómeno sociológicos. Como lo son las guerras cuya explicación global resulta inútil. Pues cada gue­rra tiene una causa próxima y otra remota más o menos reco­noci­ble, pero su causa profunda hunde sus raíces en la condi­ción humana. Y puesto que el ser humano como tal no tiene depreda­dores que le devoren, él mismo se erige en depreda­dor de sí mismo. El caso es que el sector mayoritario de la sociedad humana pertenece a la condición trabajadora. Todo lo que se ha hecho y todo lo que perdura es obra del trabajador, como lo son del panal y del hormiguero la abeja y la hormiga obrera. Si bien, quien pasa a la historia del humano no es el obrero, sino su depredador.

Y depredadores han sido los protagonistas de una larga y com­pleta historia del desvalijamiento en España; desvalija­miento que, durante casi cuarenta años, ha estado a cargo de dos organizaciones políticas. Una, de la especie del monipodio que se ha llevado la mayor parte del botín, y otra que ha partici­pado en menor medida del pillaje pero ha consentido el sa­queo masivo a la otra. La trama es bien simple: un ejército de facinero­sos que se hicie­ron pasar por políticos y otro regi­miento de bribones que fingieron ser empresarios respetables, se han dedicado metódi­camente durante décadas a objetivos pro­pios de bandas de ladro­nes; no para apropiarse de la ri­queza de individuos aisla­dos, sino para embolsarse los fondos del Es­tado y de las Auto­nomías, que es tanto como decir el dinero co­lectivo de todos los habitantes del país.

Dicen que una crisis económica mundial más de las muchas que irrumpen en la historia del dinero acumulado en manos espe­culadoras priva­das, se ha apoderado de Occidente desde hace un lustro; pero en todo caso estamos ante una crisis fabri­cada por los que mane­jan en el mundo los resortes de la eco­nomía llamada de li­bre mercado, que de libre tiene tan poco que más valdría emplear otro concepto... Pero en países como España, esa crisis ha sido agravada de una manera extraordina­ria por el saqueo sistemá­tico de sus recursos públicos a cargo de cuadrillas de auténticos truhanes...

Así, se calcula que cuatro millones al menos de españoles, como consecuencia de ese bandidaje, han pasado de pertenecer convencionalmente a la clase media, a la clase baja. Se ha roto el nexo, el vínculo que debe haber entre el desarrollo econó­mico y el desarrollo humano.

Pues bien, en estas deplorables condiciones hay quienes recla­man optimismo y esperanza. Y otros dan la voz de alarma por­que si a los ricos el Estado les recorta su opulencia con impues­tos, abandonarán el país. Pero a esto los sufridores, los futuros esclavos, responden: ¡qué importa que se vayan del país los ri­cos si no pagan impuestos o estos son irrisorios o grotescos! Es más, a esa especie de humanos codiciosa habría que darle un ul­timatum: o pagan lo que deben con arreglo a la justicia distri­butiva, o se les expulsa del país como colectivos perniciosos para el bien común, como en otro tiempo a otros grupos huma­nos por motivos menos razonables. Y como esta decisión no va a to­marse, ¿qué optimismo y qué esperanza cabe en un lugar pla­gado de granujas donde grandes mayorías están excluidas no ya del bienestar material y civil logrado tras milenios, si no de la mismísima supervivencia en sus diversas formas? Sólo algu­nos, decididos a romper los moldes de un sistema por sí mismo injusto y corrompido, podrán conseguir devolvernos si no el pa­raíso perdido sí la esperanza en un futuro ilusio­nante. Hagamos preces y en todo caso ayudémosles a conseguirlo.

                                  DdA, XIII/3275