miércoles, 4 de noviembre de 2015

LOS SÓTANOS DEL VATICANO


 ¿Y qué tiene de raro que haya traidores en la Iglesia si en la Última Cena ya se infiltró un corrupto que se había vendido por treinta monedas?

Esperanza Ortega

Siempre que leo noticias sobre la corrupción de la Iglesia católica, me acuerdo de la novela de André Gide: “Los sótanos del Vaticano”. Su trama es ingeniosa: unos estafadores difunden la noticia de que el Papa ha sido secuestrado y sustituido por un maniquí. Mientras, los timadores acaparan dinero para su rescate. Pero la realidad, desde los Borgia hasta ahora mismo, es más escandalosa que la ficción, y últimamente la luz de los taquígrafos ha entrado a iluminar los sótanos sombríos del Vaticano. Algunos casos siguen en la sombra, como la muerte de Juan Pablo I, el sucesor de Pablo VI, que no sobrevivió nada más que un mes a su nombramiento.  Muchos relacionan su muerte con la trama del banco Ambrosiano, cuyo presidente, Roberto Calvi, apareció ahorcado en un puente de Londres. Nada se aclaró en el pontificado siguiente sobre el tema de la corrupción, y no fue hasta que Benedicto XVI ocupó el trono de Pedro cuando apareció el escándalo de los Legionarios de Cristo, con sus implicaciones con la pederastia organizada. Con este panorama, nada tiene de raro que el bueno de Francisco tardara tanto en aparecer en el balcón de la Basílica de San Pedro el día en que fue elegido, y que llegara allí con gesto demudado. ¡La que le espera!, pensábamos muchos, sobre todo si decide comportarse como un hombre íntegro. La otra opción era la de parecerse al muñeco-Francisco que venden en las tiendas de souvenirs, el que da bendiciones sin saber a quién sólo con acercarle a la luz del sol –también lo venden en Valladolid, y cuesta menos de cincuenta euros-. Pero Bergoglio prefirió discriminar qué y a quién estaba bendiciendo, y su decisión ha hecho de él un Papa popular, respetado por casi todos, aunque le haya enfrentado no solo con los que habitan en los sótanos, sino con los que frecuentan la bella terraza del Vaticano. Lo digo porque es en la terraza donde dijeron misa con champan para celebrar la canonización de Juan Pablo II. El Papa reprobó este banquete de 18.000 euros por barba, al que asistió precisamente Lucio Vallejo, el sacerdote español del Opus Dei que ha sido denunciado por “abuso de confianza” antes de ayer mismo, acusado de filtrar documentos sobre las medidas que Francisco pensaba tomar para atajar la corrupción.  ¿Y qué tiene de raro que haya traidores en la Iglesia si en la Última Cena ya se infiltró un corrupto que se había vendido por treinta monedas? Por cierto, al recordar el cuadro de la Última Cena que presidía el comedor de mi casa como el de tantísimas casas españolas, me doy cuenta de que entre los invitados no había ninguna mujer, ni Marta ni María, ni Magdalena ni su propia Madre. ¿Qué mensaje trasmitía esta imagen misógina a los católicos que han comido a diario presididos por ella? La posición subalterna de la mujer en la Iglesia es sin duda coherente con este mensaje. ¿Y no habrá llegado el momento de invitar a las mujeres al banquete, ahora que ya las dejan entrar incluso en las sociedades gastronómicas vascas? Terminar con esta injusticia histórica no sería tan difícil como acabar con la corrupción vaticana; es más, ahí es donde Francisco podría demostrar con claridad que no actúa como un maniquí, sino como alguien que se cree de verdad representante de Dios en la Tierra.

DdA, XII/3121