sábado, 12 de septiembre de 2015

MI PERRO NEMO, UN OASIS DE CORDURA

Foto de Álex González.

Alex González

Ayer Nemo, mi perro, cumplió nada menos que doce años. Y oye, está hecho todo un chaval, como si por él no pasasen los años salvo algún achaque pasajero. ¿Pero quién no resopla a veces al sentarse en una silla tras todo un día de aquí para allá? ¿Quién no ha pedido alguna vez una mano de ayuda para levantarse del suelo?
Para mí, Nemo es una especie de retrato de Dorian Gray particular que, en lugar de cargar con mis arrugas y ceños fruncidos, almacena por mí toda la tranquilidad, la inocencia, la maravillosa simplicidad, la mirada limpia. Es mi paladín de las pequeñas cosas que hacen de la vida un lugar en el que merece la pena detenerse y disfrutar. Mientras mis días pasan a veces con pena y otras con gloria, y granito a granito la arena del reloj va haciendo mella en mi erosionando caracter, Nemo sigue ahí siempre, perfecto e ideal. Como dije hace tiempo, un oasis de cordura al que puedo volver los ojos cada vez que lo necesito, poniendo los pies en el suelo solo con acariciarle. El único que es capaz de "limpiarme" los problemas de un lametón y sin una sola palabra.
Para mirar al otro lado del espejo no tengo que subir al desván a contemplar un lienzo como en la novela de Oscar Wilde. Solo tengo que coger la correa, el collar y decir al aire "¡vamos a la calle!" En menos de cinco segundos, y con un preludio de sonido de parqué arañado, tengo a Nemo a mi lado. Y su felicidad me hace feliz.

DdA, XII/3077