sábado, 5 de septiembre de 2015

LAS RESPUESTAS DILATORIAS DE LOS BURÓCRATAS EUROPEOS RECUERDAN A LAS DE EICHMANN

 Ahora, como cuando el Holocausto, ¿pero nadie sabía lo que estaba pasando? ¿nadie los podía ayudar?
Jaime Poncela

Los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial vimos desde niños con una mezcla de incredulidad y pánico los documentales y películas sobre la matanza de judíos en Alemania. A estos sentimientos se sumaba la impotencia cuando esas imágenes o los testimonios de los supervivientes recogían la prepotencia agresiva y criminal de los nazis de turno que, sin oposición alguna, mataban, violaban, vejaban y gaseaban a familias enteras por la simple razón de ser judíos. Lo hacían con frialdad burocrática y sin inmutarse, como una obligación en horario de oficina, según dijo en su descargo al ser juzgado uno de los ideólogos de la “solución final”. Creo que Adolf Eichmann. Los niños también morían y sus cuerpos mínimos por edad y la desnutrición aparecían en las pilas de cadáveres que los rusos y los americanos encontraron al liberar los campos de exterminio. Nadie se libraba del espanto. Pero lo que mejor recuerdo es la pregunta que se hizo en voz alta mi padre mientras veíamos en la televisión uno de esos programas. “Pero ¿nadie sabía lo que estaba pasando? ¿nadie los podía ayudar?”.

La foto de un niño sirio de tres años muerto en la playa y la de los trenes llenos de inmigrantes en las fronteras de Europa, en las alambradas de Europa, me han impresionado tanto como las historias del holocausto. Las respuestas dilatorias de los burócratas europeos me recuerdan a las de Eichmann, y la soledad y la impotencia de esas familias que visten a sus niños igual que nosotros a los nuestros me recuerdan a las colas de otros trenes ganaderos que partieron de Centroeuropa hace 70 años. Y ahora, muchos años después, pienso en la pregunta en voz alta que hizo mi padre, miro a mis hijos y sigo sin tener respuesta o las que tengo me asustan más cada día.

DdA, XII/3070