jueves, 3 de septiembre de 2015

LA IMAGEN DE AYLAN

Foto de Javier Juan Tur.


Félix Población

Hemos visto hasta ahora muchas imágenes impactantes de las oleadas de refugiados que provenientes de Siria (43%) Afganistán (12%) y Eritrea (10%) tratan de encontrar asilo en Europa. Todas y cada una de ellas deberían conmover el corazón endurecido de este viejo continente. Hasta ayer, sin embargo, no parece que esa conmoción haya tenido el efecto mediático que ha propiciado la fotografía de Aylan Kurdi, el niño sirio de tres años que apareció ahogado en la playa turca de Bodrum y hoy es portada en muchos diarios internacionales. 

Tanto él como su hermano procedían de la ciudad de Kobani, próxima a la frontera turca y escenario hace unos meses de intensos combates entre los yihadistas del siniestro Estado Islámico y fuerzas regionales kurdas. Tanto Aylan como su hermano de cinco años, también fallecido, habían huído con su familia de una guerra tan extraña como cruel que ninguna de las instituciones internacionales ni ninguno de los grandes Estados del planeta es capaz de apagar. Antes al contrario, desde que los ejércitos de la vieja Europa se unieron a los de Estados Unidos para invadir Irak  bajo la falaz excusa de que el régimen de Sadam Hussein poseía armas de destrucción masiva, todo parece haber devenido allí y en los países de su entorno en una constante e interminable conflagración.  

Fueron al menos doce los refugiados sirios -entre ellos Aylan y otros cuatro menores- que perdieron la vida al tratar de alcanzar la isla griega de Kos. Los niños sirios quieren la paz para poder regresar a la escuela, decía uno de ellos en un magnífico reportaje realizado por Olga Rodríguez y Lara Aran en Estambul, donde cientos de muchachos procedentes de ese país deambulan como pordioseros por la calles de la capital turca. Aylan no estará entre ellos. En un mundo mejor, cabría la esperanza de que su imagen en la playa turística de Bodrum tuviera una mayor y más efectiva repercusión que unos grandes titulares en las portadas de los periódicos. Pero me temo que no pasará de ahí.

Cuenta Miguel Urbán, el único eurodiputado español que ha tenido la decencia de viajar a la ruta de los refugiados para interesarse in situ por tan grave conflicto (Grecia, Macedonia, Serbia, Hungría), que en la estación de Budapest los dos dos gritos más repetidos son Alemania y Libertad. Cientos de familias se aglomeran allí desde hace unos días porque las autoridades húngaras no les permiten acceder a los trenes que viajan hacia ese destino, a pesar de haber pagado el billete. ¿Cuál será su destino finalmente?

La imagen de Aylan muerto en la arena de una playa turca se une así a la de todos esos niños durmiendo al raso sobre el asfalto ante la estación de ferrocarril de Budapest. Mientras, no pocos líderes europeos no solo incumplen sus responsabilidades morales  por anteponer cálculos electorales, económicos o demográficos a proteger el valor supremo de la vida de las personas, sino que con su política migratoria de muros, cuotas y devoluciones en caliente, están saltándose un buen puñado de leyes que han prometido defender. Itziar Ruiz, jurista de Amnistía Internacional, asegura que la Unión Europea "vulnera obligaciones de derecho internacional de protección de refugiados y de no devolución". Araceli Mangas, experta en Derecho Europeo, puntualiza que en realidad no es tanto la UE sino "sus estados miembros, con la salvedad de Alemania, los que mantienen posturas intolerables".

Cabe preguntarse si en los próximos días, semanas o meses nos acostumbraremos a imágenes como la de Aylan, del mismo modo que Europa ha venido asistiendo indiferente durante decenios a las masacres de Gaza, con cientos de imágenes de niños palestinos muertos por la metralla israelí. También allí quieren la paz para poder ir a la escuela y vivir y reír, pero no les dejan. 

Jesús Moreno: Más de 14.000 niños han muerto desde 2011 como Aylan y su hermano Galip. ¿Y por qué se ha conseguido que se hable de esto ahora si había ríos de tinta escritos? La importancia del fotoperiodismo y la fuerza de la imagen para llegar a la sociedad. La gente necesita ver para darse cuenta de que el horror no está empaquetado y aséptico. Es la triste realidad de un poder que hay que usar con prudencia, pero que hay que usar porque no hay tiempo para mundos ideales que no son éste. Si fuera ideal, no existiría la razón de la que huyen y no hablaríamos de esto.


DdA, XII/3068