lunes, 21 de septiembre de 2015

ÉVOLE ESCRIBE SOBRE EL DISPUTADO VOTO DEL SEÑOR ANTONIO

Al señor Antonio le divierte ver las incógnitas que despierta un voto como el suyo, él, que nunca despertó el interés de nadie y ahora escucha a tertulianos preguntándose: ¿se despertará ese voto dormido?
Jordi Évole

Al señor Antonio estos días le están llamando de todo: voto oculto, voto invisible, voto dormido, mayoría silenciosa... Y eso a él le divierte. Poco se podía imaginar lo disputado que estaría su voto cuando llegó a Cornellà a finales de los 60, cuando compartía habitación con dos primos del pueblo. Y el piso con 10 familiares más.
Luego ya encontró curro en una multinacional italiana de neumáticos. Le dijo a su mujer que se viniese. Compraron un piso en la Ciudad Satélite, hoy conocida como barrio de Sant Ildefons. Y allí siguen. El piso es pequeño, un 7º 2ª de la avenida de Salvador Allende, pero muy luminoso. Bueno, mucho tampoco. A partir de las cinco de la tarde entra un poco de sol en la habitación de matrimonio.
Al señor Antonio le divierte ver las incógnitas que despierta un voto como el suyo, él, que nunca despertó el interés de nadie y ahora escucha a tertulianos preguntándose: ¿se despertará ese voto dormido?, y si lo hace, ¿hacia dónde irá ese voto? Como si el voto del inmigrante fuese una masa uniforme.
El señor Antonio nunca ha tenido un gran compromiso político. En los 70 algo se implicó en la lucha vecinal. En los 80 se ilusionó y se desilusionó con el PSOE. Vio como compañeros de la asociación de vecinos entraban en el ayuntamiento con un carguito. Vio como España crecía a base de pelotazos. Pero él no pegó ninguno. Y siguió en Cornellà, bajando los veranos al pueblo. Y ahora ya ni eso, porque solo le queda una tía lejana. Pero tampoco se queja. Nunca ha aspirado a grandes lujos para ser feliz: su pisito pagado, su Renault Megane en su plaza de párking y una prejubilación caída del cielo porque la empresa acabó cerrando.
Y ahora, de golpe y porrazo, por primera vez en su vida se siente importante, porque su voto puede ser decisivo. Y le da la risa. Él, que nunca ha votado en unas autonómicas catalanas. Porque nunca las sintió suyas. Pero se ve que estas son diferentes. Y no es que él esté muy pegado a la actualidad del procés. No pone TV-3 desde la final de Berlín para ver a su Barça, ni sabría sintonizar RAC-1, ni siquiera lee este periódico a menos que esté libre en el bar cuando va a hacer el cortado. Es ajeno a las barbaridades de Twitter, aunque cualquier día de estos el señor Antonio se convierte en trending topic con el hashtag #VotoOculto.
Le ha dicho a su hijo que este domingo igual va a votar. Su hijo le intentaría convencer de que votase como él. Pero sabe que su padre eso de la independencia no lo ve claro. El señor Antonio flipa con las barbaridades que se dicen de Catalunya fuera de España, y las que se dicen de España en Catalunya. Pero esa no es su pelea.
A él le motiva más lo de la lucha entre los de arriba y los de abajo, la lucha de clases de toda la vida, eso que para algunos es algo antiguo, pero para el señor Antonio no. Su hijo le ha tenido que hacer un croquis para que no se equivoque de papeleta ahora que a muchos les ha dado por no poner las siglas en el nombre de la candidatura. Y el señor Antonio piensa: «Joder, con lo fácil que era votar al PSUC».
Como buen prejubilado, ahora tiene tiempo para ir a hacer la compra de la casa. Vuelve con el carro lleno del Mercadona. Se para en la portería, abre el buzón y recoge tres sobres de propaganda electoral. Ni los abrirá. Y empieza a subir escaleras, hasta el séptimo, que hoy el ascensor no funciona. Pero las sube orgulloso, sintiéndose protagonista, intentando saborear la semana de gloria que le queda. La semana fantástica del voto oculto. Se pone digno y se dice a sí mismo: «Ya verás como nos despertemos». Y en el rellano del entresuelo le entra la risa nerviosa del que empieza a creérselo.

El Periódico de Catalunya