viernes, 14 de agosto de 2015

EL REY EMÉRITO Y SUS NIETOS, EN LOS TOROS

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Lazarillo

Que una televisión pública nacional, hundida en el desprestigio, la ineptitud y el sectarismo de sus equipos directivos haga de la tauromaquia su centro de atención y transmitiera ayer en horario infantil la corrida de San Sebastián con la asistencia del rey emérito y sus nietos, no es más que una retrovisión de la imagen que en su día, hace de esto dos siglos, hiciera el conocido como rey felón y antecesor de Juan Carlos I en el trono de España, Fernando VII. Bajo su reinado se creó en Sevilla en 1830 la primera escuela de tauromaquia de la historia. Hubo y hay escuelas de tauromaquia después, que hasta algunos ayuntamientos del Partido Popular promovieron en diversas ciudades, si bien su decadencia va más allá del desplome de los eventos taurinos (un 34% en los tres últimos años, según el Ministerio del Interior) y del veto a las corridas que aprobó el Parlament de Catalunya en 2010. Hace años -leo- que las escuelas de formación de toreros sufren una grave hemorragia de alumnos. Frente al récord de matriculaciones de las décadas de 1980 y 1990, los centros registran en los últimos años un mínimo vocacional histórico. ¿Pretende el rey emérito remozar esas vocaciones con su asistencia y la de sus nietos a la corrida de San Sebastián? Habida cuenta su pérdida de imagen en los últimos años, más bien podría ocurrir lo contrario, tal como este Lazarillo desea.

Javier Pérez de Albéniz

La 1 de TVE retransmitió ayer por la tarde, en horario infantil, la tortura de seis herbívoros que tuvo lugar en la plaza de toros de San Sebastián. Me parece muy bien. Estocadas, banderillas y puyazos. Sangre a borbotones, a chorros, que se coaguló en la arena, entre aplausos y moscas. Muerte a cascoporro para unos chavales que tienen que comprender que la vida no es un video-juego. Es lucha despiadada, es dolor y llanto. La televisión pública española hace lo que tiene que hacer, servicio público, y muestra a los pequeños que disfrutan de las vacaciones cómo es realmente el mundo que les ha tocado vivir. Un mundo violento y cruel teñido de rojo. Que olviden los cuentos de hadas, las aventuras de Pixar y demás mariconadas. Solo si los chavales se acostumbran desde muy pequeños a la cruel realidad, muerte sobre muerte, sobrevivirán en este valle de lágrimas.
Normal que en estas circunstancias Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, diese la pasada semana un empujón a la tauromaquia de la región. Cifuentes ha nombrado a Manuel Ángel Fernández Mateo director gerente del Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid. ¿De qué estamos hablando? Concretamente de 65.993 euros al año.
El dinero mejor gastado por los madrileños, sin duda. En un primer momento puede parecernos excesivo, si tenemos en cuenta que en la misma comunidad un maestro gana 1.990 euros al mes. Pero si nos paramos a pensar nos daremos cuenta de que es un chollo: el maestro enseña al niño ciencias, matemáticas y ortografía, tontadas, nada realmente útil para el día a día callejero de nuestro pequeño sinvergüenza. El experto en asuntos taurinos trabaja, sin embargo, para que el chaval sea consciente del mundo real, ese que rezuma crueldad, suplicio y aflicción. Ese mundo que nos encontramos cada día en los periódicos y en los informativos de TVE: dos mujeres asesinadas y enterradas en cal viva, una mujer “con el demonio dentro” (El País) degüella a su bebé en un cementerio de Toledo, una chica de 17 años se mata haciendo puenting, un hombre se ahorca en prisión tras matar a su mujer…
Gracias TVE, por no enfocar los asientos vacíos de la plaza de Donostia. Gracias a su majestad Juan Carlos y a la infanta Elena, por llevar a sus nietos-hijos a la corrida como gesto de apoyo a la “fiesta nacional”. Gracias Cristina Cifuentes, por invertir 65.993 euros de los madrileños en un director gerente del Centro de Asuntos Taurinos. Gracias, periódicos y televisiones enganchados al periodismo veraniego de sucesos. Gracias por enseñar a nuestros hijos que el mundo puede ser una puta mierda.

El Descodificador  DdA, XII/3053