martes, 14 de julio de 2015

EL MAL ENDEUDAMIENTO

  Endeudarse es perder la libertad y la independencia, cediendo una y otra al prestamista.

Jaime Richart

Todos los países del mundo están en deuda, y los que no lo están, están embargados. Desde Japón, cuya deuda asciende en 2013 al cósmico porcentaje del PIB del 245%, hasta Irán que tiene escasa­mente el 14,5. En realidad hay dos últimos acreedo­res que jamás reco­brarán el préstamo global: la humani­dad y el planeta. Ambos son quie­nes pagan las últimas consecuencias de los excesos que propi­cian la Deuda. Yo, por mi parte, jamás he contraído deuda al­guna. Y así he sabido paladear las mieles de la verdadera liber­tad...

Endeudarse es perder la libertad y la independencia, cediendo una y otra al prestamista. Lo estamos viendo con viveza ahora en la situación que atraviesa Grecia. Por eso Grecia no debiera tener escrúpulos para recobrar su independencia que, en el capita­lismo financiero, consiste en no pedir ni pagar. La autar­quía no es nega­tiva. Al contrario, es fuente de oxígeno y de libertad.

Porque en la vida ordinaria, aunque nos pasamos la vida an­siando libertad e independencia, lo cierto es que la mayoría (y desde luego gobierno y Estados) es capaz de perder tan precia­dos valo­res en un abrir y cerrar de ojos con tal de recibir en un instante unas migajas o bien sumas siderales a través de los bancos naciona­les o extanjeros; siendo así que al final del pro­ceso de endeudamiento y reembolso son el Estado, los gobier­nos y la ciuda­danía quienes responden de la deuda contraída por los ban­cos.

Como vemos, es terrible no ser ni sentirse uno independiente, es terrible endeudarse, es terrible deber dinero a implacables acreedo­res. En efecto,  la Deuda es una trampa infernal, porque además, como digo atrás, quien la contrae en realidad no es quien firma el tratado en cuya virtud el montante del préstamo lo recibe otro, no el obligado a la devolución sino, como ahora se está viendo en Grecia, quien ha heredado la obligación de amorti­zarlo. Si éste la rechaza (como pueden hacerlo los particula­res que here­dan derechos y obligaciones) el problema, aun arduo, a la larga se aminora. Pero si acepta el pago que no puede afrontar sino con un optimismo peligroso, tampoco re­suelve nada. Lo único que hace es aplazar la ejecución (como la que lleva aparejada todo desahu­cio), hasta que los acreedores deci­dan qué han de hacer si no cum­ple, y nunca dicen basta. Por eso la decisión de ejecutar el impago no es económica ni jurídica: es política. Si no fuese así Japón, que tiene un 245 % del PIB, hace mucho que hubiera debido declarar la quiebra o haberla declarado técnicamente en su nombre los acreedores apropiándose, por ejemplo, de cualquiera de sus islas. Y sin embargo nada de eso ha sucedido ni sucederá.

Grecia, a mi juicio, debiera salir del euro y refugiarse  para su desarrollo en otros países más solidarios aun en caso de eventua­les incumpli­mientos. Ganaría en tranquilidad y en pro­pia estima. No debemos permitir que las razones economicistas atraviesen y emponzoñen la vida colectiva. Es de nobles pagar las deudas, pero también es de estúpidos tratar de liquidarlas sin tener recur­sos, ni presentes ni futuros, y esforzarse inútil­mente en saldar lo que recibieron otros prestatarios que las han aplicado a su prove­cho, al despilfa­rro o al difuso interés espu­rio de bancos y personas pertenecientes todos a un europeísmo prostituido cuyo espíritu está trufado de economi­cismo sin otros valores igualitaristas que esperá­bamos cuando se consti­tuyó la UE, y que definitivamente se han malogrado o han fraca­sado.

DdA, XII/3026