jueves, 5 de febrero de 2015

ESPAÑA Y VENEZUELA



 Jaime Richart

Quienes dicen rotundamente -y son casi todos los periodistas y políti­cos que frecuentan los mentideros- que en Vene­zuela no hay democracia, que es una dictadura, es posible que ten­gan razón; que tengan razón desde luego relativa si, en la compara­ción, están pensando en otros países de nuestra misma cuerda. Pero debi­eran ser menos rotundos y más cautos, pues Es­paña no es precisa­mente un dechado de virtudes y prácti­cas de­mocráticas. 

 De momento no hay convincente separación de poderes. El judi­cial está secuestrado por el ejecutivo. Ya el modo de organi­zar a instituciones de aquel poder, como el Consejo del Po­der Judicial y el Tribunal Constitucional, es bien sospechoso pues elegir a sus compo­nentes entre políticos es un insulto a la indepen­dencia judicial y por lo tanto una vergüenza. Como lo sería asignar militantes de una ideo­logía para la Conferencia Epis­copal.

 Si en Venezuela -dicen- el ejecutivo gobierna con mano de hie­rro, que un opositor político está en la cárcel, y que hay vio­lencia. Pri­mero habría que comprobar si no está en prisión no lo por ser opositor sino por haber cometido un delito común. Y luego si la vio­lencia no está provocada por los que como en España en el año 36 no se resignan a no gobernar todavía. Y luego, examinar si en España el ejecutivo no gobierna con me­nos mano de hierro gra­cias a su ma­yoría absoluta,  si la encarce­lación de ciudadanos y ciu­dadanos por sentencias bási­camente fundadas en pruebas testi­moniales que en De­recho son las más débiles por definición, no fuese una infamia de­mocrá­tica, y si, por manifestarse, por protes­tar o por dificultar el trámite de un desahucio bochornoso y para proteger los inter­eses de la banca o de fondos buitre, sindicalistas o ciudadanos comunes no han sido encarcelados por varios años. Y no hable­mos de los numero­sos privilegios que disfrutan innume­rables personajes que pre­senta como bien lamentable el es­caso carác­ter democrático del go­bierno español. Otra prueba más de la de­ficiencia democrática es el nulo caso que el gobierno hace a las directivas del Consejo Euro­peo. Luego, ahí están los afora­mientos, las enormes desigualdades so­ciales, el cruel modo de tratar los desahucios, los abusos flagrantes de la mayoría abso­luta y la miserable manera de interpretar los miem­bros reales la ins­titución monárquica como si  continuase siendo de origen di­vino. Pero es que el práctico posicionamiento de los medios oficia­listas a favor de los dos partidos principales, tam­poco deja de ser una muestra del poco entrenamiento periodístico en materia de objetividad en este país. Eso lo constatan tanto algu­nos ob­serva­dores internaciones, como también lo afirmamos quienes nos esforzamos por tomar distancia antropológica de nuestra observa­ción de la realidad política y social.  

 No se trata, ahora y aquí, de defender al gobierno venezolano ni cues­tionar la alta o baja calidad de la democracia venezo­lana, sino de centrar un poco más las cosas más allá del patriote­rismo y del orgullo pueril siendo así que las cosas en Es­paña están muy gra­ves para millo­nes de personas. Se trata de poner en evidencia a los pregoneros de la dudosa excelencia de la democracia española, re­cortada como tantas otras cosas y, so­bre todo, la escasa credibili­dad discursiva de al­gunos omnipre­sentes periodistas por su exage­ración y su vergon­zante tendenciosidad que se empeñan en impo­ner en España. Yo que alguno de esos energúmenos no sacaría tanto pecho, ni menos alarde­aría de democracia en un país donde varios factores re­cuerdan a una satrapía encubierta y donde esos energúmenos de­fienden a capa y espada la cultura judeocristiana pero para nada tienen en cuenta ese monumental pasaje evangé­lico que habla de la paja en el ojo ajeno y de la viga en el propio.

DdA, XII/2916