lunes, 5 de enero de 2015

LA RISA DE JUAN GARAY

Félix Población

Celebro que el medio donde escribo habitualmente (Asturias 24) haya dedicado a Juan Garay un breve pero enjundioso y cariñoso obituario, al mismo tiempo que deploro por incompetencia y falta de sensibilidad cívica y profesional que los dos periódicos convencionales de difusión regional hayan olvidado o eludido el compromiso noticioso de despedir a quien de modo tan activo y desinteresado dedicó su vida a incentivar la actividad cultural en Gijón desde la asociación Gesto.

No escribo estas líneas para denunciar esa carencia de responsabilidad periodística, asociada quizá al talante libertario de Juan y a su entendimiento de la cultura desde los márgenes, porque quien se nos fue casi con las primeras luces de este recién nacido año se merece palabras mucho más dignas de su memoria. Escribo estas líneas, conmovido todavía por mi último adiós al amigo de la adolescencia, porque, aparte de sorprenderme y dolerme su muerte, y lamentar no haberlo visto en los últimos años, guardo de Garay la imagen de un tipo bueno y lleno de risa, enamorado de la imagen desde que descubrió de muy joven el punto de mira de una cámara fotográfica.

Las escribo también porque una mañana del año 77, después de algunos años sin vernos, nos reencontramos en la plaza de toros de San Sebastián de los Reyes, donde la CNT daba el primer mitin del nuevo periodo que se abría en España, con el admirado profesor gijonés José Luis García Rúa -hoy todavía lúcido nonagenario- en la tribuna de los intervinientes. Yo había acudido al acto para contarlo en la revista donde trabajaba y él empuñaba una bandera rojinegra que hacía flamear de modo entusiasta con toda la luz de aquella fecha, abierta por fin al grito de las palabras proscritas.

Habíamos dejado atrás la adolescencia gijonesa, durante la cual iniciamos la trayectoria que luego él siguió hasta el final como activista de la cultura ciudadana, pero cuando me dijo que le había puesto a su hija el nombre de Libertad y me contó las dificultades que habían tenido para ello, pensé que su júbilo al participármelo -con aquella risa jovial y explosiva de adolescente-, iban a acompañarle toda la vida como rasgo de identidad inconfundible. Creo que fue así. Lo que lamento es no haber abrazado esa risa viva, tan viva, antes de su partida para siempre. Estoy seguro, no obstante, de que esa risa ha de quedar entre quienes le quisieron, que fueron muchos.

DdA, XII/2889