jueves, 11 de diciembre de 2014

LA ESCUELA QUE SUEÑO Y RECLAMO DURANTE AÑO Y MEDIO EN EL PORTAL DE LA CONSEJERA DE EDUCACIÓN

Antonio Aramayona
 
Hoy he dormido escasamente. Por eso me he limitado a pensar en cosas agradables; por ejemplo, en la escuela que quiero y sueño. Y así me he puesto a escribir en el pesado silencio de la noche.
La escuela que sueño no tiene muros ni verjas y limita sólo con el horizonte de la libertad. Pertenece a tod@s y a tod@s acoge. Es universal, pública, laica y no se deja tener por ninguna mano privada, pues quiere estar al servicio de todos, sin excepción, en igualdad de condiciones y con la máxima calidad.  En esa escuela  nadie asocia la escuela con una “obligación” más, pues en ella saber y estudiar, asistir a clase y aprender no equivalen a “rollazo” o “aburrimiento”. Tampoco se habla en la escuela que sueño de “éxito escolar” y “fracaso escolar”, ni el rendimiento escolar se mide por el  número de abandonos y suspensos, sino por la cantidad de inquietud sembrada y recogida, por la capacidad de alentar en las vidas de la gente joven y en toda la sociedad  la curiosidad, el deseo de saber,  por propia iniciativa, con gusto y por gusto.
Cada un@ obtiene en ella lo que razonablemente pide y puede dar. A nadie se le mide por el alienante rasero del “nivel” y de la “nota media”. El verdadero fracaso consiste en no proporcionar a cada un@ la respuesta que precisa y en no sembrar las correspondientes preguntas, quizás aún dormidas en su interior. Por el contrario, el auténtico éxito consiste en que cada un@, a su tiempo y con su ritmo, descubra el camino personal que se proponga recorrer en la vida con coherencia. Igualmente, quien quiere aprender mucho y avanzar rápidamente por las sendas del saber hasta alcanzar alturas y honduras considerables encuentra  en esa escuela acogida y aliento para continuar su andadura.
Tod@s saben en ella que han nacido para intentar sentirse bien, individual y colectivamente, y que a cada un@ le pertenece un camino virgen que debe descubrir y recorrer paso a paso, sin agobios, sin toques de cornetín.
A la escuela que sueño acuden también los vecinos del barrio y los jubilados, las familias y las asociaciones. En ella hay comedor y biblioteca y pabellón deportivo y aulas para muchas otras actividades. En ella se inculca el interés por el estudio, pero sobre todo la ilusión por aprender a vivir cada vez más y mejor.
En la escuela se comparte la ilusión por vivir, la incesante aventura de descubrir sin cesar la vida. En ella no hay profesores de primera y de segunda clase, ni se clasifica al alumnado como listos y tontos, ricos y pobres, de ciencias o de letras. A cada uno, según su biografía y su ritmo, según sus circunstancias, según su derecho inalienable a soñar, a luchar y a equivocarse. Por eso no puede haber allí uniformes (sobre todo interiores), ni etiquetas ni idearios.
 Cuando unos y otros acuden a clase, comprueban que el saber puede transformarse en objeto de regalo mutuo y que durante el tiempo transcurrido se ha aprendido sobre todo a comprender mejor el mundo y la vida, y que eso implica también  leer, pensar, estudiar y trabajar. En la escuela que sueño no se despilfarra un solo euro (es de todos y está para provecho de quien más lo necesite), pero tampoco se escatiman esfuerzos por garantizar y fomentar una educación de calidad, pues de su futuro pende el futuro mismo de todo el pueblo. También se cuidan las cosas,  pues nadie la tiene por algo ajeno, sino propio. De hecho, es gratuita. Gratis son los libros y el material escolar y el comedor escolar y las extraescolares, al igual que son gratuitas las grandes y buenas ideas. Gratis se da y gratis se recibe. La educación no es un gasto ni tiene precio, pero sí un valor incalculable. Hacer de la educación un negocio equivale a hacer de la música una tienda de discos.
Esa es la escuela que sueño, por esa escuela llevo año y medio yendo cada mañana al portal de la vivienda de la Consejera aragonesa de Educación.
 
DdA, XI/2868