miércoles, 5 de noviembre de 2014

DESPENSA Y ESCUELA


Esperanza Ortega

Sin duda la actualidad española invita a escribir columnas ingeniosas sobre el tema de la corrupción. Antes de ayer mismo, Cospedal, con su estilo cantinflero, nos ofreció su discurso sobre lo que se puede y lo que no se puede hacer para evitarla. Afirmó refiriéndose a los suyos: “no podemos” hacer nada más. Por eso mismo han de dejar paso a los que sí que pueden. La mejor definición de la situación en que se encuentran nuestros políticos la ha dado Villa, el minero millonario que afanó hasta los subsidios de sus camaradas: dice padecer el “síndrome confusional” para no tener que explicar de dónde sacó el dinero que legalizó por medio de la amnistía fiscal de Montoro. Es el mismo síndrome que les aqueja a tantos, comenzando por el Presidente de Gobierno. Pero, mientras nos divertimos con las chanzas de Esperanza Aguirre, la cazatalentos gansteriles, ha llegado el invierno con sus lluvias y vientos huracanados. La pobreza en invierno araña con más saña, solo hace falta leer “Las cenizas de Ángela” para saber que la humedad de la fría estación es el mayor enemigo de los pobres. Y dentro de los pobres, de los niños, los pobres de solemnidad absoluta. Aunque a los diputados del PP les dé la risa -¡qué torpeza la suya al burlarse de Pedro Sánchez cuando aludía a la pobreza infantil en el Parlamento!- hay un dato sobre el que deberíamos detenernos a reflexionar con algo más que pesadumbre: los niños españoles están entre los más pobres no sé si del primer o del segundo mundo, de nuestro mundo, en cualquier caso. Muchos no tienen lápices ni gomas ni cuadernos con los que llenar la mochila para acudir a hacinarse en escuelas públicas y concertadas, en las que les esperan maestros desorientados, que no saben si continuarán con ellos el curso que viene o tendrán que saludarles desde la cola del paro. Pero lo peor de todo es que estos niños no han encontrado nada con lo que hacerse un bocadillo porque la despensa de su casa está vacía -ya no encienden el frigorífico, ¿para qué?, y a muchos les han cortado la luz. “Despensa y escuela”, era la contraseña de Joaquín Costa, el político regeneracionista de principios del Siglo XX, con ella pensaba abrir las puertas del progreso. Su slogan expresa de nuevo la solución al problema más urgente de nuestro país. Estuve en Madrid este fin de semana y reinaba una calma inaudita. Ya no había mareas cerca del Congreso y nadie se acercaba a Génova con pancartas y sobres en la mano. La mayoría silenciosa está esperando a que llegue el momento de comprobar lo que puede hacer con su voto. Pero los niños, ¡al menos los niños!, tienen que comer mientras tanto. De no ser así, cualquier día nos encontraremos a la niña de Rajoy congelada en una esquina con un fósforo apagado entre los dedos; ¿se acuerdan aún de su torpe y meliflua lección de hipocresía en aquel debate televisivo?. Otros problemas no podrán resolverlos, pero acabar con la hambruna infantil no es difícil. Se necesitaría mucho menos de lo que han robado sus íntimos durante el último año para llenar las despensas de todas las escuelas y dar de comer gratuitamente a todos los niños españoles, incluso sobraría para que se llevaran a casa una bocadillo y un yogurt. La medida no les avergonzaría ni a ellos ni a sus familias, y de paso no nos avergonzaríamos tanto nosotros, los que no padecemos el síndrome confusional y sabemos que, pudiendo, nada se hace porque no se quiere hacer. Despensa y escuela, así de sencillo.

DdA, XI/2836