lunes, 17 de noviembre de 2014

CÓMO MURIÓ “EL PICHILATU”, ÚNICO CIVIL FUSILADO TRAS LA REVOLUCIÓN DE ASTURIAS

 Única imagen conocida de Pichilatu, esposado el día de su juicio
Félix Población

A quienes nos hemos interesado desde hace años por la Revolución de Octubre en Asturias, de la que este otoño se ha cumplido muy silenciosamente su octogésimo aniversario, siempre nos ha parecido singular que, una vez reprimida durante el llamado bienio negro republicano, únicamente un civil fuera procesado y ejecutado. 

Se llamaba Jesús Argüelles, era empleado de comercio y se le conocía popularmente por el apodo de Pichilatu o El Pichilatu. Sobre él vertió la prensa de derechas todo tipo de invectivas acerca de su personalidad violenta y sanguinaria. Incluso se llegó a decir que estaba afectado por algún tipo de incapacidad. El historiador y excatedrático de Historia Contemporánea David Ruiz se sirve del testimonio de Aurelio del Llano para contar en su libro sobre Octubre que Pichilatu fue responsable, como jefe revolucionario de barrio,  del ametrallamiento de ocho personas en las calles de Oviedo.

Obviamente, no es esa la versión que dieron posteriormente los periódicos de izquierda acerca de Jesús Argüelles, cuando esos medios tuvieron la oportunidad de publicar sus reportajes sobre aquel movimiento revolucionario, una vez restituida la libertad de prensa. Por entonces, la petición de amnistía para los miles presos de Octubre fue una de las principales demandas de la campaña electoral que daría la victoria al Frente Popular en febrero de 1936. 

De entre todas esas versiones no es conocida la que pude encontrar recientemente en el diario Avance, cuyo edificio en la capital de Asturias fue uno de los primeros en arder al iniciarse la revolución –de la que fue impulsor ideológico-, y que en su tercera época, cuando se editaba en Gijón en 1937, recoge una crónica del escritor Emilio Palacios (Oviedo, 1898- Perpiñán, 1984), en la que nos describe  Cómo murió El Pichilatu en la cárcel de Oviedo, lugar donde también Palacios estuvo preso, en una celda contigua (14 de la cuarta galería) a la de aislamiento (15) ocupada por Argüelles: "En nuestra celda -escribe Palacios- se hacía café para Javier Bueno, Acració Bartolomé y el sentenciado", al que califica de soñador, revolucionario y rebelde contra las injusticias.

En esa crónica, publicada dos años después del fusilamiento de Pichilatu, el escritor ovetense destaca el valor con el que su amigo se enfrentó a la muerte, a la vez que rebate las acusaciones por las que se le condenó a la última pena. Califica de añagaza esas acusaciones, dado que las ocho víctimas murieron por disparos de ametralladora, arma que Pichilatu no utilizaba. También resalta Palacios el grado de compromiso ideológico del fusilado con la revolución, hasta el punto de escribir un himno en la cárcel y participarle al cronista a modo de confidencia: “Ya verás, Palacios, que bien voy a morir”. Los últimos libros que leyó durante su reclusión fueron las “Cuestiones sociales”, de Ricardo Mella, facilitado por el propio Emilio Palacios y otros compañeros presos entre los que se encontraba Javier Bueno (el director de Avance, fusilado a la entrada de Franco en Madrid en 1939), y una biografía del general Riego que le envió José Maldonado desde Tineo.

El Pichilatu entró en capilla el 31 de enero de 1935 y fue cantando hasta el paredón, a la mañana siguiente, unas coplas que él mismo había compuesto, alusivas a sus camaradas presos y con el propósito de que las escucharan, como así fue y cita Palacios. Había un silencio absoluto en la cárcel a esa hora, aunque allí respirasen hasta casi dos millares de  reclusos. “Solo se escuchaba el viento en las celosías y los chillidos de las enormes ratas que recorrían el edificio como campo abandonado”, escribe el cronista. El Pichilatu le dijo a un sargento negro del Tercio que no le vendaran los ojos y que procurasen dispararle al corazón. El tiro de gracia le reventó el ojo derecho, apunta Palacios, que también menciona el grito revolucionario del ejecutado antes de escucharse los disparos.

Jesús Argüelles era viudo, tenía 35 años y una hija de quince a la que dejó una carta. También dejó otra a Palacios, que le entregó a éste el capitán Rengifo, responsable de su inútil defensa. “Querido Palacios, te escribo esta carta media hora antes de ser fusilado. He pedido permiso al juez para pasar la noche contigo y no lo consintió. Sin embargo toleró que cada cinco minutos me estuviera molestando un jesuita que a toda costa quería verme y no lo consiguió. Gracias por todo, Palacinos. ¡Viva la revolución social! Jesús Argüelles, en capilla a las 8,30 de hoy, 1 de febrero de 1935”.

Días antes de que se consumara la ejecución, el cronista de esta información olvidada –nunca manejada que yo sepa por los historiadores de aquellos hechos- solicitó junto a otros compañeros mediante telegrama al político asturiano Melquiades Álvarez el indulto del condenado –“nuestras razones teníamos para ello”, escribe literalmente Palacios, sin que las explicite-, pero no hubo respuesta. La crónica, publicada el 1 de febrero de 1937 en el diario Avance, termina así: “Ahora El Pichilatu está bien vengado”. 

Milicianos izquierdistas habían asesinado a Melquiades Álvarez en Madrid en agosto de 1936. ¿Qué razones había para que la solicitud de indulto fuera dirigida expresamente a quien era diputado del Partido Republicano Liberal por Oviedo, abogó porque se aplicaran penas de muerte contra los cabecillas revolucionarios y fue luego ejecutado a la avanzada edad de 72 años, después de ser delatado por una sirvienta de su casa? 

Según el historiador Yván Pozuelo Andrés, autor del libro "La masonería en Asturias (1931-1939)", editado por la Universidad de Oviedo, "El Pichilatu" sería hijo natural del diputado, tal como se recoge en el nº 33 del Boletín del Centro de Documentación del Gran Oriente de Francia correspondiente a mayo/junio de 1962 y que el propio Pozuelo ha tenido la deferencia de facilitarme. En un largo artículo titulado "El combate de los republicanos españoles contra el fascismo", el autor que lo firma con una sola P. como única inicial y que podría ser el propio Palacios, afirma que todo el mundo sabía que el "pobre Pichilatu era hijo natural de Melquiades Álvarez", que entonces formaba parte del gobierno. 

Cuenta P. los mismos y precisos detalles sobre la cárcel que leímos en el artículo de Avance y hasta cita el texto literal del telegrama que dice haber enviado al diputado ovetense antes de la ejecución: "Jesús Argüelles llamado Pichilatu condenado a muerte. ¡Sálvelo!". También aclara que fue cuatro meses después cuando se supo que las víctimas ("policiers" según el texto, escrito en francés) murieron por balas de ametralladora, "mientras que Pichilatu solo tenía un mosquetón que jamás había utilizado". 

*Artículo publicado hoy también en Público.es 

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DdA, XI/2845