jueves, 23 de octubre de 2014

UN BAÑO DE REALISMO SOCIAL A LA REALEZA EN EL CAMPOAMOR

Jaime Poncela

El realismo es lo que la realeza intenta fingir para que parezca que les interesa la realidad, aunque algunos se empeñan en hacer que la realidad parezca a veces un accidente por el que la realeza atraviesa de  puntillas sin llegar siquiera a mancharse los zapatos. Llegada ya la orgásmica jornada de los Premios Príncipe o Princesa de Asturias, el punto G de la sensibilidad de cualquier monárquico que se precie, la realidad y la realeza parecen acercarse mucho, aunque en realidad están más lejos que nunca la una de la otra. La realidad supera a la ficción y la ficción es lo más parecido a la realeza, de manera que no hay color cuando se trata de elegir. Entre la portada del Hola y la cola del Inem no hay duda.
Si la realeza fuese realista por una vez en su vida se dejaría llevar por la simple visión de lo que pasa en la vida real, la que está poblada por seres reales, que viven de nóminas reales, que pagan los pufos propios y los que han perpetrado muchos de los monárquicos banqueros que siempre han vivido protegidos por el infalible paraguas de la realeza para poder saltarse la realidad general y crear una propia. El realismo mágico ya no es solo patrimonio de los escritores. El realismo mágico se cultiva estos días con intensidad en los telediarios, los informativos y las páginas de los periódicos asturianos, volcados casi todos en la reinterpretación de la realidad desde la óptica de la realeza y no en poner a los pies de la realeza los restos mortales de la realidad asturiana como ofrenda real a la Casa Real.
Quienes reivindican que #somosreales son unos ilusos, unos utópicos, gente bienintencionada que espera que la realeza se mire por fin en el espejo de la realidad, pero eso es filosóficamente y físicamente imposible. Nadie puede verse la espalda a sí mismo, es muy complicado y produce contracturas dolorosas que nadie de sangre azul está dispuesto a soportar. La realeza española es un trasunto del retrato de Dorian Grey, aquel tipo que mantenía un falso aspecto juvenil mientras su retrato envejecía hasta la mostruosidad. El  retrato de los Borbones que Antonio López tardó 18 años en pintar es lo mismo que el retrato de Dorian Grey pero al revés: la realidad que aparece en el óleo ya no tiene nada que ver con la realeza española, y eso que López es un pintor hiperrealista.
Así que doy todo mi apoyo a quienes reivindican que #somosreales por su empeño en dar a la realeza un baño de realismo social, aunque les vaticina poca suerte. Siempre tendrán más éxito las fotos de la realeza con posibles trastornos alimentarios, las del pobre Quino tomando sopa como si fuera un indigente o las de la informal y rebelde Mafalda estatizada y “estatuizada” contra su voluntad hasta el extremo de conseguir que alguien llegue a pensar que en Asturias será llamada desde ahora Mafaltosa, atrapada en su propio e irreal molde de hiperrealismo falsificado a beneficio de la realeza, no de la realidad.

Artículos de Saldo   DdA, XI/2823