martes, 14 de octubre de 2014

POR DECENCIA, LOS JUECES GARZÓN Y SILVA DEBEN VOLVER A SER JUECES

Fernando de Silva
 
Tas sufrir una persecución indecorosa, indigna e implacable, el 9 de febrero de 2012 nos enterábamos de que el Tribunal Supremo, en contra del criterio del fiscal, condenaba a 11 años de inhabilitación por prevaricación al juez Baltasar Garzón, lo que suponía poner fin definitivamente a su carrera judicial. Su pecado no era otro que el haber sido impacable con la persecución de la corrupción del Partido Popular. Desde entonces, para vergüenza de algunos jueces y fiscales, continúa siendo el primer y único condenado por el caso Gürtel. 

Aunque constituyó noticia de segundo nivel, al haber copado los titulares de los medios de comunicación el contagio del ébola y las tarjetas opacas, el pasado 7 de octubre se publicaba la noticia de que el juez Elpidio Silva era condenado a 17,5 años de inhabilitación por prevaricación continuada, por el Tribunal Superior de Justicia. Su pecado no era otro que el haber privado de libertad de forma indebida a los personajes tan honorables como Miguel Blesa y Gerardo Díaz Ferrán. La sentencia no es firme, ya que puede ser revocada por el Tribunal Supremo, pero supone un grave mazazo a la indepencia de los jueces. Curiosamente es el primer condenado por el caso Bankia.

De personalidades muy distintas y antagónicas, ambos han tenido en común el llevar al límite la investigación judicial de graves casos de corrupción, cometidos por personajes abyectos, pero pertenecientes a la casta de los intocables, y que por ello gozan de una protección especial por parte de quienes, con mucho poder y carentes de escrúpulos, pueden llegar a influir en determinadas decisiones judiciales.  Molestos y peligrosos, era preciso inhabilitarlos de por vida y de paso se mandaba un mensaje a sus compañeros, que a buen seguro ya saben a que se arriesgan si osan imitarles.

La prevarición, que consiste en estos casos en dictar resoluciones injustas a sabiendas de que lo son, es de una subjetividad en su interpretación que permite que hechos muy similares puedan ser o no considerados como delito en razón a la ideología y mentalidad del juez que ha de decidir, por lo que una condena puede incluso  llegar a estar motivada por prejuicios y pasiones de carácter extrajurídico. Y si a ello unimos que en determinadas instancias, como pueden ser el Tribunal Supremo o los Tribunales Superiores de Justicia, muchos de sus miembros están nombrados en base a criterios políticos, el plato está servido para que pueda ser condenado un inocente sin que quien firma la sentencia pueda incurrir en responsabilidad alguna.

No está de más recordar que el caso Gürtel ha servido para destapar en cadena situaciones gravísimas de corrupción. Porque el caso Bárcenas o la ya muy avanzada investigación sobre la financiación ilegal del partido en el Gobierno, nunca hubiesen salido a la luz sin la intervención inicial del polémico juez Garzón, al que todas las personas decentes le debemos gratitud.

Lo llamativo de la condena del juez Elpidio Silva es que coincide en el tiempo con el conocimiento público de las tarjetas opacas de Bankia, que permite descubrir que el honorable Blesa, a falta de saber con detalle en qué se gastó los 436.700 euros que se le imputan, invirtió 9.000 euros en un Safari en África y 10.000 en vino. Y nos estamos refiriendo al mismo Blesa que hace unos meses acusaba al juez Silva por daños irreparables a su honor, al mismo amigo que impuso Aznar para gestionar Bankia, cuyo rescate nos ha costado a nuestros bolsillos 23.465 millones de euros. Por cierto, gracias a los correos intervenidos por el juez ahora condenado, se ha podido tirar del hilo para descubrir la existencia de las tarjetas  black.

En las últimas semanas están pasando muchas cosas, demasiadas, para saber que se ha levantado la veda del corrupto; y los partidos de la casta, atemorizados por lo que se les puede venir encima cuando continúen saliendo a la luz otros casos de corrupción, están sufriendo un desgaste irrecuperable. Se ha acabado el discurso derecha o izquierda, ahora toca enfrentar a las personas honestas con los ladrones y sirvergüenzas; y una sociedad que está empeñada en recuperar su dignidad, no puede permitirse el lujo de dejar en el dique seco a dos jueces que, con sus errores humanos, han influido de forma decisiva  en que podamos vez  la luz en un país con un altisimo nivel de corrupción.

Por su contribución a la decencia,  los jueces Baltasar Garzón y Elpidio Silva deben ser restituidos de inmediato en sus puestos. Se lo debemos.


                                         DdA, XI/2814