viernes, 5 de septiembre de 2014

NADA EN EXCESO POR LOS CAMINOS DE LA DUDA

 Delfos
Jaime Richart
Se supone que en España y en estos tiempos hablar de austeridad (y más aún aconsejarla) implica un alto riesgo de rechazo, pues la palabra austeridad evoca inmediatamente otra espantosa  desde el punto de vista gramatical y filológico, que circula profusamente por el ideario popular: "austericidio". Espantosa, no por lo que quiere significarse sino porque es rotundamente incorrecta aun como neologismo, puesto que etimológicamente "austericidio" significaría "muerte de la austeridad", de la misma manera que homicidio sig­nifica muerte de un hombre y por extensión de un ser humano, y genocidio muerte o extinción de una raza, de un pueblo o de una etnia. Y evidentemente, no es esto lo que  está sucediendo en España. No se ha matado la austeridad que no existía, se la han impuesto los poderes al pueblo en general, aunque ellos para nada se la apliquen. Lo que se ha matado es el desahogo generalizado que existía entre la población antes de declararse el crack, la crisis; en cuyo caso, si se desea expresar en una sola palabra una política funesta para millones de personas, debería inventarse un neologismo, pero etimológicamente correcto.

Pues bien, austeridad y sobriedad vienen a ser la misma cosa. De aquí que relacione la austeridad con el pensamiento ático: "Sé sobrio y aprende a dudar; esa es la médula del espíritu" es una de las paredes maestras de la sabiduría clásica. Para los clásicos tanto la sobriedad, la austeridad, como los grandes dudas que engendran los grandes conocimientos, son la argamasa del entendimiento.

Pero estos tiempos turbulentos se caracterizan por todo lo contrario. Tanto la sobriedad como la duda son graves defectos. En estos tiempos creemos saberlo todo y para todo hay respuesta. Sin embargo, quizá es cuando menos penetramos la verdadera realidad aunque la sospechemos. Empezamos por el hecho de que es sumamente difícil tomar distancia de los acontecimientos, porque la información se atropella y se solapa la gravedad de unos con la irrelevancia de otros. La información, a menudo incompleta o contradictoria, por su abundancia y precipitación circula en torbellino, conduce al aturdimiento y de aquí se va al error. Al menos en ciertos asuntos capitales de la existencia: muerte, Dios, origen del ser humano, etc. no sabemos más que en tiempos en que la sabiduría y el conocimiento se elevaban sobre la duda y la sobriedad. 

No obstante, para reconocer al verdaderamente sabio es preciso distinguir entre erudición y sabiduría. La erudición es la acumulación y memorización de los saberes, pero la sabiduría trasciende a estos y aun los excluye pues enturbian el conocimiento profundo de rerum natura, de la naturaleza de las cosas, que es precisamente la sabiduría en estado puro. Condicionado por ellos y limitado por ellos, al erudito y al experto les resulta mucho más difícil salirse de su especificidad y abarcar más allá de su erudición que a quien tiene una visión holística y exenta de los maquillajes que comportan la cultura de una civilización y la cultura personal en sentido estricto.

Parece que estamos a punto de saberlo todo, pero, en lo crucial, del dónde venimos y a dónde vamos, colectiva e individualmente, no estamos más cerca de la verdad que las generaciones de la antigüedad de Oro o de los albores de la humanidad. Tales preguntas siguen sin respuesta. Seguimos en la conjetura, aunque se hayan multiplicado las respuestas al socaire del progreso. Pero ninguna certeza material y servible para todos que sea consecuencia de la evidencia y del conocimiento sensibles; ninguna certidumbre que no sea, como siempre fue, fruto del deseo y de la voluntad personal; es decir, fruto de la creencia que, al decir de Ortega y Gasset, es lo que queda de una idea después de haber sido aplastada por un martilló pilón. 

Quizá por ello, y aunque todo esto siempre ha existido, se aprecia un retorno redoblado de los brujos, de la superstición, del curanderismo, del esoterismo, del horóscopo y de los augures. Seguramente para llenar el vacío que va dejando la religión cristiana en la medida que a ella le van abandonando las vocaciones sacerdotales; una religión en su versión católica que, pese a haber sido impuesta gran parte de su historia a sangre y fuego o precisamente por eso, no acaba de convencer por su proverbial falta de congruencia entre la prédica y la acción de los servidores de la institución que la organiza y por la distancia entre la teología y el sentido común que se hace preguntas como estas: ¿Necesito  doctores para creer en un Ser supremo? ¿es razonable adorar al compositor en lugar de disfrutar escuchando su obra? ¿desea ese Ser supremo a su lado aduladores? Estas y otras preguntas diluyen la justificación de la religión como un azucarillo se disuelve en un vaso de agua.  Pues una cosa es creer en el Ser supremo y otra creer en un institución humana que se distingue más por la controversia que suscita que por los bienes civilizadamente reportados.

Así pues, si las preocupaciones metafísicas  no son para quienes sólo deben atender a su supervivencia, para los que, inquietos, ocasionalmente tenemos la vida resuelta no hay pauta que pueda igualarse en prudencia al "nada en exceso", inscripción que figura en el frontispicio del Templo de Delfos, ni otra sabiduría que pueda compararse al ejercicio de la sobriedad y a la búsqueda del conocimiento por los caminos de la duda.

                                 DdA, XI/2.781