jueves, 17 de abril de 2014

TUMULTOS ENCAPIROTADOS: ¿Y LA SENSIBILIDAD DE LOS LAICOS QUÉ?

Ana Cuevas

La pasada noche saque a mi perro a pasear y, de imprevisto, un tumulto encapirotado se cruzó a nuestro paso aporreando los tambores como si no hubiera un mañana. El pobre animal, creyéndose sin duda presa de alucinaciones, entró en pánico y me arrastró de nuevo hasta mi casa. Si los cánidos piensan (que yo creo que sí, a su manera) el mío debió creer que aquello era el fin del mundo. 

No se le puede reprochar. Aún recuerdo nítidamente la primera vez que mi progenitor tuvo a bien llevarme a una procesión. Yo debía tener unos tres años. En mi memoria permanece esa mezcla de olor a incienso y cirios, el ruido atronador de los tambores y el terror que sufrí a causa de un fantasmagórico encapuchado, algún conocido de la familia, que se empeñó en tomarme en sus brazos pese a mi pagana y salvaje resistencia.  Desde una perspectiva agnóstica, como la de mi perro o la de una cría de tres años, la semana santa española aparece como un espectáculo gore y siniestro en el que se exalta morbosamente el sufrimiento. Dan ganas de correr en otra dirección. 

Pero si además reflexionas sobre la inoportunidad de que un estado aconfesional permita que un culto tome las calles de sus ciudades alterando la circulación y ensordeciendo al personal día y noche, y que se les proporcione infraestructura logística y un servicio de seguridad que pagamos entre todos aunque seamos más ateos que Marx, la charada es perfecta.No hay mas que ver a algunas autoridades, como al alcalde zaragozano Belloch, formando parte del folklore en estos cortejo religiosos. ¡Cómo le ponen al hombre los crucifijos! 

A mí, ya perdonará el sr. alcalde, me trae reminiscencias de otro político infausto que gozaba de que le llevaran bajo palio. A quienes criticamos esta esquizofrenia nos achacan falta de sensibilidad religiosa. Nada más lejos de mi intención. Esos cofrades que lloran a lágrima viva cuando dios decide que diluvie al paso de sus carrozas me provocan una ternura naif. Y un poco de risa, para qué negarlo. Pero, ¿quién soy yo para juzgar las incongruencias de otros? Bastante tengo con las mías. Es otra cuestión la que me irrita.

 ¿Se imaginan las calles cortadas por procesiones musulmanas que desfilaran a cualquier hora tocando trompetas? Y si además estos actos duraran toda una semana y fueran sufragados por las arcas públicas, ¿qué dirían? Pues eso. La realidad es que nadie piensa en la sensibilidad de los laicos que nos vemos obligados a asistir, si queremos salir de nuestras casas, a esta dramatización morbosa de un hito religioso. Esto son lentejas... en pro de la marca España. Ajo y agua. Me parece que seguiré el instinto de mi perro. Al menos, lo que queda de semana.
DdA, X/2.675

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