María Jesús Casals
Es una mujer joven, esbelta, aún confía en la vida. Va
vestida con ropas sucias y hasta harapientas porque para su trabajo no
hay otras más apropiadas. También se cubre la cabeza con un gorro de
beisbol a la moda, aún más sucio que su cazadora, su falda o su mandil,
pero muy útil para proteger su cabellera de la inmundicia. Los zapatos,
con cordones bien atados, embarrados, usados, cómodos, algo destrozados
ya en las suelas fuertes de caucho, resguardan sus pies, relajados, en
descanso.
La mujer joven está sentada
sobre una gran bolsa de basura de ese fiel color azulina, un tono que ya
es inseparable símbolo del sarcófago diario de nuestros desperdicios.
La joven ha encontrado un beneficioso asiento para leer uno de esos
libros que encuentra entre las basuras. Está concentrada, el rostro
relajado, una sonrisa a punto de aparecer. Todo lo que la rodea es un
inmenso basural, uno de esos campos que no suelen estar muy alejados de
nuestras grandes y modernas ciudades y en los que siguen creciendo
matorrales ajenos al veneno del plástico, de los ácidos, de la
corrupción. No podemos sentir el olor pero casi podríamos imaginarlo.
Y
en medio del paisaje estercolar está ella. Absorta, cómoda, bella. La
delicadeza con la que sus manos jóvenes sujetan el libro, su
concentración tranquila por lo que está leyendo, esa necesaria
distracción en su trabajo, mal pagado, solo aceptado para sobrevivir, la
luz que emana del libro, son los detalles de una fotografía que nos
abren el mundo entero de los significados y los significantes.
El
cielo es gris. El día plomizo. Solo ella es la vida. Por esa curvatura
de su elegante cuello, levemente inclinado sobre el libro rescatado,
siento la punzada de la culpa, la mía, por no hacer lo suficiente por
este mundo nuestro. Por la serenidad de esta joven lectora en medio de
la basura puedo todavía mantener una ligera esperanza en la redención de
quienes estamos lejos de los estercoleros. Por su gesto, su figura y su
mente curiosa puedo seguir defendiendo la creación, la escritura, la
belleza.
DdA, IX/2.308
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