lunes, 20 de septiembre de 2010

"EL ÁRBOL DEL PAN" Y LA SAVIA FERMENTADA DE LA MEMORIA*


El pasado viernes, día 17, tuvo lugar la presentación en el Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón de la novela de Félix Población El árbol del pan, publicada por Zahorí Ediciones. Hizo la presentación del libro la escritora y abogada Lidia Falcón, que resaltó las cualidades literarias y testimoniales del mismo. El autor, que explicó los motivos de su obra así como el valor de la memoria en la literatura, quiere agradecer otra vez desde este DdA la presencia en el acto de cuantos se han interesado por el libro.


Félix Población


La razón de este libro arranca de mi traslado profesional al Centro Documental de la Memoria Histórica, antes Archivo General de la Guerra Civil, ubicado en Salamanca. Mi interés por la Historia Contemporánea encontró allí sobrados incentivos para indagar en los ricos fondos bibliográficos y hemerográficos del centro, resultado de la incautación que Franco perpetró durante la contienda en las sedes de partidos políticos, logias masónicas, periódicos, sindicatos, casas del pueblo y demás organizaciones democráticas de la España republicana. El descubrimiento de ese material supuso una auténtica inmersión en la cultura histórica que el franquismo nos secuestró durante cuarenta años.

Lo primero que hice en mi nuevo destino fue buscar dos nombres. El primero, el de mi padre -junto a los de mi abuela y abuelo paternos-, estaba entre los casi tres millones de fichas que sirvieron a la dictadura para ejercer su tarea represora contra quienes defendieron la República del golpe de Estado fascista. Sabía que mi progenitor había estado afiliado al sindicato ferroviario de UGT. Desconocía, sin embargo, que había pertenecido al Socorro Rojo Internacional e ingresado en el Partido Comunista durante la guerra, algo que él llego incluso a negar cuando le participé esa noticia, ya al final de su existencia. Su penúltimo viaje en vida fue a Salamanca para tocar el significado de esas fichas: diez años de destierro y una larga postergación profesional.

El segundo nombre fue el de Rosario de Acuña, la escritora socialista pionera en la lucha por la emancipación de la mujer. Encontré su expediente entre los del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, pues había pertenecido a una logia de Alicante, en donde figuró con el nombre simbólico de Hipatia. Gracias a la consulta de Las Dominicales del Libre Pensamiento (1883-1909), el magnífico periódico creado por la masonería en el que Acuña colaboró asiduamente, pude leer muchos de sus artículos, relatos y poemas.

Tanto para tener constancia fehaciente de por qué mi padre fue castigado como para leer a fondo a Rosario de Acuña, hube de esperar demasiado tiempo. Nunca supuse que uno y otra me iban a deparar la oportunidad de hablar de ambos en la presentación de una novela -sobre Gijón y en Gijón- que pretende ser un homenaje a mis mayores, aquellos que en tiempos oscuros me han ayudado a andar en la noche, según la cita de Ernesto Sábato que abre el libro.

Fue a mediados los sesenta cuando supe de la identidad de Acuña, hasta entonces sólo un nombre con el que se conocía el apartado paraje sobre el mar donde tuvo su residencia gijonesa en las primeras décadas del pasado siglo. Me enteré gracias a Amaro del Rosal Díaz, el dirigente socialista asturiano exiliado en México, primo carnal de mi padre, que se carteaba entonces con el cronista de esta villa, Luciano Castañón, para rescatar la obra y memoria de Acuña. Si se tiene en cuenta que yo era entonces un adolescente que ya había ensayado las primeras prosas y algunos torpes sonetos de clara influencia becqueriana, se entenderá que Rosario Acuña alcanzara de inmediato para mí toda la atrayente prestancia de una figura literaria, próxima y a la vez desconocida y heterodoxa, digna de inmediata investigación.

Esa curiosidad se vio torpemente defraudada cuando el funcionario de la biblioteca pública, ubicada por esos años en este mismo centro, me negó la lectura de la colección del diario El Noroeste, el periódico donde Acuña publicó sus artículos. Fue aquella mi primera y prematura percepción intelectual, consciente, casi existencial y radicalmente crítica de lo que significaba una dictadura. La niebla del Cantábrico que ocultaba a menudo la solitaria y vieja casa de la escritora, fallecida cuarenta años atrás, se cernió también sobre su obra periodística para dejarla oculta e inalcanzable a mis expectativas de conocimiento. En esa prohibición encontré quizá el estímulo añadido que necesitaba para interesarme mucho más por la literatura y el periodismo.

Cuando el Ayuntamiento de Gijón y otras instituciones hicieron posible hace menos de un año una cuidada edición de José Bolado con las Obras Reunidas de Rosario Acuña, lo celebré con un artículo que apareció en el diario Público bajo el título Memoria del olvido. El artículo me puso en contacto con Macrino Fernández Riera, autor de una excelente y documentada obra sobre Acuña que me regaló Begoña Díaz Quirós, sobrina de Amaro. Fue así como llegó a Macrino y a Ediciones Zahorí El árbol del pan, que por fin se ha hecho fruto impreso, bastantes años después de haber encontrado razón y tiempo para escribirlo.

Agradezco mucho a Lidia Falcón la presentación de esta novela: por ella, por su valiosa amistad y por el respeto y admiración que me inspira su compromiso intelectual y profesional. También, por Rosario de Acuña, pues la abuela de Lidia, Regina Lamo, otra de esas mujeres notables y olvidadas -escritora, pianista, sindicalista y predecesora también en defender la emancipación de las mujeres-, fue amiga fraternal de la escritora del Cervigón. Tanto Regina como Amaro del Rosal conocieron en vida a Acuña y pretendieron rescatarla de la niebla en que la sumieron dos dictaduras, la de Primo de Rivera y la del general Franco. Sobre su abuela y las mujeres de su familia, las escritoras Carlota y Enriqueta O`Neill, escribió Lidia un libro muy intenso, Los hijos de los vencidos, de cuya savia -los valores, la dignidad y humanidad de los vencidos- también se nutre El árbol del pan.

Si en mi adolescencia becqueriana quise despejar la bruma cantábrica que apagaba en los húmedos inviernos la imagen de la vieja casa de Acuña con la lectura de sus artículos, con este libro he pretendido despejar la niebla del olvido que se puede abatir sobre la memoria que nos habita si no se intenta alumbrar su rastro. Con este objeto he tratado de encauzar el relato a base de convenciones de la memoria, que es como dice Borges que está hecha la imaginación. Si no tuviéramos memoria -señala el autor argentino- no tendríamos capacidad de imaginar. Pienso que la literatura es en buena medida una fermentación de la memoria. El tiempo y la distancia, unidos a la reflexión, actúan en El árbol del pan como aliados al servicio de una fabulación en la que el formato de crónica familiar creo que aporta al conjunto de la historia, donde realidad y ficción se amalgaman, el temple vívido y emocional que requiere, pues la literatura ha de perseguir sobre todo la reflexión y el sentimiento como claves máximas de comunicación.

Somos nuestra memoria -afirma también Jorge Luis Borges-, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. En El árbol del pan he tratado de restaurar esos espejos, susceptibles de ser empañados por el brumoso acecho del silencio, e intentar a través de la escritura -pintura de la voz, según Voltaire- que lo relatado sea una expedición a la verdad, máximo objetivo de la literatura para Kafka. Los libros deben respirar verdad. La verdad nos hace libres y ésta es la condición sine qua non para que la cultura aflore, arraigue y crezca frente a los procelosos turbiones de niebla del oscurantismo y la intolerancia.

*Alocución del autor en el acto de presentación de la novela, celebrado en el Centro Cultural Antiguo Instituto de Gijón, 17-IX-10.