Rufián, Santaolaya y Delgado
Cuando se hacen las cosas a la carrera y con ansias de protagonismo para gobernar pequeños reinos, todo suele ser cutre, muy cutre. Tan cutre como pedir la unidad de la izquierda y no hacer nada para lograrla. Hasta que acabe el plazo de inscripción, la izquierda será una Miss Universo pidiendo la paz mundial. Pasada esa fecha, será la protagonista de una telenovela en la que todos son traidores menos los míos. Tres años después del último bochorno no hay método, ni hoja de ruta, ni intención de minimizar en las urnas el impacto de la derecha. Que tres años después anden haciendo como que están a la carrera, buscando una solución in extremis, es un insulto a sus votantes que sufrirán la llegada de los ultras.
Gerardo Tecé
Poco se valora el arte de no estar, el saber quitarse de en medio. Lo practico con bastante devoción. No voy a sitios si creo que me han invitado por compromiso o educación. He dejado trabajos en los que nunca me enseñaron la puerta de salida, pero estaba claro que no tenía sentido seguir. No aguanto en las fiestas por aguantar ni voy a cumpleaños de amigos de amigos. Mis ex pueden confirmar que, cuando se dice hasta aquí ha llegado la relación, no hay mensajes de madrugada. No estar no es sencillo. Primero hay que haber estado mucho para aprender a no hacerlo. Del FOMO también se sale.
Queda poco para que la izquierda decida quién estará encabezando y quién no sus listas electorales. No pasaría nada si el 99% de quienes se empeñan en estar no estuvieran. En una reunión de CTXT posterior al anuncio de elecciones el 29N, debatimos sobre la unidad de la izquierda. Fue un debate breve porque todos estábamos de acuerdo en algo: no contribuir al circo de las últimas generales 2023. También acordamos sacar un editorial pidiéndoles a los numerosos líderes con ganas de liderar que no abochornasen en esta ocasión a sus propios votantes. Que facilitaran un bloque útil matemáticamente o que se echasen a un lado dejando de cabezas de lista a personas acampadas por la vivienda o a abuelas desahuciadas. Ni caso, por supuesto. Y aquí estamos. Teniendo que hablar de lo que prometimos no hablar. No son los políticos los únicos que incumplen promesas.
Muchos tenemos en boca la unidad de las izquierdas, pero nadie tiene la fórmula para conseguirla. A unos días de que finalice el plazo de inscripción de listas, el trending topic en estos momentos es que Gabriel Rufián es un traidor que ha dinamitado el espacio de la izquierda cuando había prometido reforzarlo. ¿Pues no va el tipo y se presenta por Esquerra? Menudo rostro. Dentro de una hora la tendencia podría ser otra. Por ejemplo, que Rufián es un héroe. Quién sabe. Cuando se hacen las cosas a la carrera y con ansias de protagonismo para gobernar pequeños reinos, todo suele ser cutre, muy cutre. Tan cutre como pedir la unidad de la izquierda y no hacer nada para lograrla. Hasta que acabe el plazo de inscripción, la izquierda será una Miss Universo pidiendo la paz mundial. Pasada esa fecha, será la protagonista de una telenovela en la que todos son traidores menos los míos. Tres años después del último bochorno no hay método, ni hoja de ruta, ni intención de minimizar en las urnas el impacto de la derecha. Que tres años después anden haciendo como que están a la carrera, buscando una solución in extremis, es un insulto a sus votantes que sufrirán la llegada de los ultras.
La falta de método no es casual, es una decisión. Tres años después, muchos seguimos sin entender cuál es el problema de celebrar unas primarias. ¿Por qué no dejar que sea la gente la que decida cómo ensamblar esas diferentes izquierdas con idénticos programas electorales e idénticos problemas de narcisismo? Es curioso que quienes se oponen a las primarias sean, precisamente, quienes desde los altavoces mediáticos madrileños aseguran representar a la mayoría y dibujan a sus posibles competidores como irrelevantes. Si quienes no quieren primarias tienen un método mejor, estaría bien que lo compartiesen. Arrancar una conga, y llamar traidor a quien no se une a la cola, parece no estar funcionando. Entre el método científico de las primarias y la creación de congas, parece haber una tercera vía llamada Rufián. El liderazgo por consenso, por aclamación popular.
Lejos de decepcionar que Rufián lidere las listas de Esquerra en estas elecciones, debería ser de agradecer que quien llegó al Congreso para hablar de Catalunya, haya terminado, como Matute de Bildu o Rego del BNG, hablando de pensiones, salarios mínimos y viviendas en España. No se me ocurre un perfil con mayores garantías que aquel que no gana nada ante los suyos, sino que pierde y lo hace por responsabilidad. Con las primarias descartadas por falta de tiempo, el teléfono de Rufián echando humo parece ser la única esperanza de que la izquierda no tire votos a la basura en unas elecciones cruciales, según la propia izquierda dispuesta a tirar votos. Tirar de liderazgos como el que representa Rufián en estos momentos es muy pobre. Es la prueba de que todo falló antes de llegar a este punto. Fallaron los protagonistas condenados a entenderse, fallaron los métodos, los vetos, los odios personales y el exceso de ganas de estar. Pero el liderazgo de Rufián es lo único que queda hoy como opción viable. Si el método no son las primarias, sino la conga, la conga buena es la del líder de ERC. Pónganse cada uno donde le toque y no usen los mismos altavoces que burdamente lograron dinamitar a la izquierda hoy dividida para repetir que el culpable es el otro. Y no se engañen: ya nadie espera votar con ilusión, sino con efectividad.
DdA, XXII/6496









