Si en este país tocamos a tres o cuatro asesinatos de mujeres por semana -escribe el articulista en el diario Público-, a veces con retoños incluidos, ya estamos más que acostumbrados. Lo que tiene mérito es darle la vuelta a la tortilla y darle voz a la auténtica tragedia, la de esa propietaria a la que no le pagaban y que miren, señores, miren cómo le han dejado el piso. Ella sí que necesita ahora un burka, aunque al reportero no le hace falta disfrazarse de payaso.
David Torres
El periodismo gonzo de Hunter S. Thompson al periodismo tonto
de Vito Quiles y Bertrand Ndongo, el arte de informar no deja de reinventarse.
Thompson escribía en primera persona, convirtiéndose en el centro de la
historia y mimetizándose con ella durante días o semanas, mientras que Quiles y
Ndongo prefieren escribir con el micro, metiéndolo al vuelo en las narices de
alguien, a ver si hay suerte y pescan una noticia a base de guantazos. Sin
embargo, en Telemadrid no paran de revolucionar la profesión y por eso Antonio
Naranjo, para informar sobre el burka, cubre a una compañera con el burka de
arriba abajo, lo mismo que un día cualquiera se disfraza de payaso para
informar de Antonio Naranjo.
El burka, por cierto, se ha puesto de moda entre las
periodistas de derechas, ya que hace nada Rebeca Crespo, de La Gaceta,
publicaba una foto de una mujer musulmana tapizada de los pies a la cabeza en
una estación de metro y quejándose de que en Madrid los burkas proliferan como
hongos. También tengo mala suerte, porque llevo yo más de medio siglo viviendo
en la capital y todavía no he visto un solo burka en vivo. Poco después, al
publicarse el making of de la foto, se vio que la mujer venía de casa
vestida a la moda occidental y que se tapaba con el burka en el andén antes de
subirse al metro. Probablemente para no coger una infección o para que no
reconocieran debajo a Rebeca Crespo. A estas alturas, todavía no se sabe si la
secuencia de la vestimenta se trata de un fotomontaje con IA, si a la mujer se
le fue la mano con la mascarilla o si era Antonio Naranjo celebrando el
carnaval con retraso.
Estas novedosas técnicas periodísticas tocaron techo la
semana pasada, cuando un reportero de Telemadrid fue a informar sobre el
asesinato de una inquilina en el barrio de Hortaleza y acabó informando sobre
lo poco que pagaba el alquiler y lo mal que limpiaba la casa. El reportero,
José Antonio Mesagosa, decía hace dos semanas en una entrevista que en
televisión hay que tener mucho cuidado con el ego, porque "es una fábrica
de imbéciles". Durante el desfile militar del 12 de octubre, Masegosa aprovechó
una entrevista con Ayuso para que la presidenta le diera caña de la buena a
Pedro Sánchez. "No es por malmeter, pero…" Así empezó el reportaje:
una entradilla que es toda una declaración de ética periodística. En el piso de
Hortaleza, con el cadáver de una mujer todavía caliente, le cedió la alcachofa
a la propietaria para que despotricara a gusto sobre cómo le habían dejado el
piso.
Por un momento, me vino a la cabeza otro reportero de
decenios atrás que fue a entrevistar a un pastor de un pueblo perdido en mitad
del monte. Un hombre había matado y violado a una mujer y el reportero
preguntó: "¿Por qué cree usted que lo hizo?" El pastor, con una
respuesta que llevaba incluido acento rural, cayado, boina y pitillo de liar,
dijo: "Mire usted, yo creo que lo hizo pa’ satisfacese". En
seguida comprendí que aquel recuerdo no tenía nada que ver, que Masegosa había
desplazado el foco de la cuestión, con la ropa tirada por ahí, los juguetes y
peluches de los dos niños huérfanos, para centrarse en el verdadero nudo del
problema.
Lo fácil era informar desde la perspectiva de la víctima, apelar a la compasión por una mujer que no podía pagar el alquiler desde que su pareja se había marchado de casa con una orden de alejamiento y varias denuncias por malos tratos. Petronila -se llamaba Petronila- era madre de dos pequeños y había acudido meses atrás a una asamblea del Sindicato del Barrio de Hortaleza para explicar su situación: que no podía pagar el alquiler porque apenas podía dar de comer a sus hijos y que la casera había desatado contra ella una campaña de acoso mediático. Total, si en este país tocamos a tres o cuatro asesinatos de mujeres por semana, a veces con retoños incluidos, ya estamos más que acostumbrados. Lo que tiene mérito es darle la vuelta a la tortilla y darle voz a la auténtica tragedia, la de esa propietaria a la que no le pagaban y que miren, señores, miren cómo le han dejado el piso. Ella sí que necesita ahora un burka, aunque al reportero no le hace falta disfrazarse de payaso.
PÚBLICO DdA, XXII/6273










