Ecobio, mi hermana, vecino...: permíteme que empiece contándote una historia que me persigue como un fantasma bueno, como uno de esos estribillos que no se olvidan aunque pasen los años. Fue hace mucho tiempo en Madrid, una ciudad que no es la mía pero que por un instante se volvió mi trinchera. Yo bajaba las escaleras de la estación de Fuencarral, con mi laptop bajo el brazo y la cabeza llena de ruidos, como todos los días, como todos los mortales que caminan sin mirar. Y de repente, entre el bullicio de los trenes y el murmullo indiferente de la multitud, vi a un joven. No era un joven cualquiera. Era un muchacho que se tambaleaba en medio de la línea con los brazos abiertos, como esperando darle su último abrazo al metro que le faltaban unos escasos tres minutos en llegar al andén, con los ojos perdidos y el cuerpo tembloroso, visiblemente drogado, visiblemente roto aquel chico.... justo donde los trenes pasan como bestias de acero, justo donde la vida se vuelve un instante y la muerte un segundo. El metro estaba lleno mi gente, lleno de personas de negocios, de señoras con bolsos y paraguas, de obreros con cascos, de estudiantes con mochilas. Lleno de personas que vieron lo mismo que yo vi. Y todos se quedaron clavados. Paralizados por el horror, petrificados por el miedo, convertidos en estatuas de sal con los ojos abiertos. Nadie se movía. Nadie hablaba. Nadie hacía nada. Era como si aquel joven ya hubiera muerto para ellos, como si su salto hubiera sido un acto de magia que los dejó sin voluntad. Yo no sé de dónde saqué el valor, hermano. No sé si fue instinto, o rabia, o esa cosa que llevamos dentro y que solo sale cuando la vida nos exige que seamos más de lo que creemos. Pero solté mi laptop en un banco, sin mirar atrás, sin pensar en el plástico y los circuitos que llevaba dentro, y me tiré a las vías. Me tiré al mismo abismo donde el muchacho lloraba y temblaba, y lo agarré, y le hablé con la voz más suave que pude encontrar, la voz que uno usa para acunar a un niño o para despedir a un muerto. Le dije que no estaba solo, que yo estaba allí, que el mundo no se acababa en ese túnel oscuro, que había luz más arriba, que había gente que lo esperaba, que había un mañana aunque él no pudiera verlo. Y el muchacho, entre sollozos y espasmos, me escuchó. Me escuchó y colaboró. Me tomó la mano y me dejó ayudarlo. Y entre los dos, con la fuerza de quien ya no tiene nada que perder y la ternura de quien lo ha perdido todo, logramos subir al andén. Cuando la policía llegó, no vinieron a felicitarme. Vinieron a llevarme a mí, a mí, el que había saltado a las vías, el negrito que había interrumpido el orden, el que había armado líos en el metro. No importa, no me importó entonces ni me importa ahora. Porque mientras me conducían, mientras me alejaban de aquel joven que ya veía volviendo mi cabeza a duras penas por los empujones de la policía y la incomodidad de las esposas....el chico ya estaba en manos del personal médico, yo supe algo que nunca voy a olvidar: que la masa no se mueve por si sola, que la multitud es un río congelado esperando una chispa para volverse combustible, que la mayoría prefiere mirar antes que mojarse si no existe alguien que les despierte. Y supe también que nosotros, los cubanos, no somos así. Que nosotros, los de esta isla de sol y sal, los de esta cintura de mar entre dos aguas, no somos esa multitud europea. Porque nosotros, cuando alguien cae, no miramos. Nos tiramos. Nos tiramos con el alma y con el cuerpo, sin calcular riesgos, sin preguntar credos, sin pedir permiso. Nos tiramos porque sabemos que el que está abajo podría ser nuestro hermano, nuestro vecino, nuestro hijo.
Nos tiramos porque la solidaridad más que una teoría, es un reflejo. Pero ese reflejo, compañero, lo hemos ido perdiendo. Lo hemos ido enterrando bajo el peso de las colas, bajo el cansancio de las escaseces, bajo la desesperanza de un bloqueo que no perdona. Hoy he visto el desmayo del mediodía en una esquina de Centro Habana. Y sigo viendo la mano añosa y débil que tiembla al contar las monedas para la leche. He visto los ojos de un niño que pregunta por qué el pan no llega y la boca de una abuela que responde con un silencio que es más elocuente que todas las palabras.
Y he recordado aquel metro de Madrid, y he pensado que no podemos convertirnos en aquella multitud enmudecida. No podemos ser los que miran sin moverse mientras nuestros niños, nuestros ancianos, nuestras embarazadas se caen de fatiga. Porque el hambre de uno es el hambre de todos. La fatiga de una embarazada es el cansancio de la especie. La caída de un anciano es el vértigo de la humanidad entera. Yo no doy de los que piden resistencia ni heroicismo, pero pido memoria y realidad. Porque hoy tenemos que estar a la par de lo que este tiempo nos exige. No podemos quedarnos anclados en el lamento ni en la espera. La realidad actual es dura como el pedernal, sí, pero también es cierto que en esta tierra hemos aprendido a sacar fuego de las piedras. Tenemos encima el bloqueo más genocida que haya conocido país alguno, un cerco que no distingue entre medicinas y alimentos, que castiga a los niños y a los ancianos con la misma saña fría con que castiga a nuestra economía. Pero ese muro, ese bloqueo que nos asfixia, podemos seguirlo tumbando entre todos, ladrillo por ladrillo, con lo que sabemos hacer mejor que nadie: con creatividad, con unidad, con esa inteligencia colectiva que ha dado al mundo vacunas desde esta isla bloqueada, desde este pedazo de tierra que la historia quiso pequeña pero que la ciencia ha vuelto enorme. Porque mientras nos cercan, nosotros inventamos. Mientras nos niegan una jeringa, nosotros fabricamos un anticuerpo. Mientras nos cierran una puerta, nosotros abrimos un laboratorio. Mientras nos condenan al silencio, nosotros hacemos música con el ruido de los motores viejos y poesía con el cansancio de nuestros pies. ¿Que el bloqueo es real? Claro que es real, y duele como una mordida en el alma. Pero no es la primera vez que nos cercan, ni será la última, y nosotros seguimos aquí, de pie, con la frente alta y la mano tendida. Porque este pueblo, este mismo pueblo que ve a sus hijos caerse de fatiga, es el mismo que hasta hace poco ha puesto en el podio olímpico a sus atletas con el pecho lleno de medallas y el alma llena de dignidad. Es el mismo que hizo del deporte una bandera, del béisbol una religión, del boxeo un arte y del atletismo un acto de rebeldía contra todas las predicciones. Es el mismo que ha llevado su música a todos los rincones del mundo, que ha hecho bailar a París y a Nueva York con su son, su rumba y su timba, que ha puesto en las venas del planeta el ritmo de una isla que no se resigna. Es el mismo que ha escrito literatura que duele y que cura, que ha hecho cine con la migaja, que ha pintado con la escasez y ha esculpido con la necesidad. Cuba no es solo un país que sobrevive al bloqueo. Cuba es un país que lo trasciende con la fuerza de su inteligencia, con la profundidad de su revolución, con esa revolución que no es un cartel ni una consigna, sino un músculo que se flexiona cada día en cada barrio, en cada consultorio, en cada escuela, en cada fábrica que no se apaga aunque le falte el combustible. Porque la revolución profunda y nuestra es la que no espera permiso, la que no se doblega. Y a esta revolución tenemos que pulirla hoy con más fuerza que nunca, porque el tiempo pasa y los niños siguen esperando, los ancianos siguen esperando, las embarazadas siguen esperando. No podemos permitir que el cansancio nos vuelva pasivos, que el desaliento nos convierta en esa multitud de Madrid que miraba sin moverse. Nosotros somos los que nos tiramos a las vías, los que hablamos con ternura al que está al borde, los que resolvemos en la calle porque en la calle está la vida. Hay que hablar con los guajiros, con los mipimeros, con los comerciantes, con los estatales y los privados, con los creyentes y los ateos, con los de la izquierda de siempre y los que están despertando. Todos los sectores, todos los brazos, todas las mentes. El que no se integre, que se quede fuera, pero que sepa que la historia no va a esperarlo. Y no me importa que alguien se enriquezca mientras su comunidad no pase hambre, mientras la escuelita del barrio tenga uniformes y libros, mientras el consultorio tenga medicinas, mientras el anciano tenga quien lo mire a los ojos. Porque la verdadera riqueza no es la que se acumula, es la que se reparte. La verdadera grandeza es más que la que se mide en cuentas bancarias, es la que se mide en cuentas de solidaridad. Regresemos a esa costumbre nuestra de no esperar que el Estado lo haga todo, ni de culpar al Estado por no poder hacerlo todo. La política es lo que ocurre en las colas, en los consultorios, en las aulas, en los campos, en los mercados, en las esquinas. La política es esa mujer que organiza la guardia en su centro de trabajo, ese joven que repara los libros de la biblioteca, ese abuelo que cuenta historias para que los nietos no olviden. No pido heroísmo. Pido humanidad, esa humanidad es la que nos tiene que guiar. Que esta gira de la unidad no sea un recorrido de aplausos, sino una espiral de abrazos. Que cada paso que demos sea para levantar a alguien. Que cada palabra que digamos sea para recordar que somos una sola carne, un solo pueblo, una sola promesa. Cuba no es sólo un país. Cuba es un pacto. Y el pacto se renueva cada mañana, en cada esquina, en cada mirada que se encuentra y se reconoce. Vamos, pues, que el tiempo pasa, y la historia nos mira con sus ojos de siglos, preguntándose si esta vez, como otras tantas, el pueblo cubano sabrá hacer de la necesidad, virtud; de la escasez, hermandad; del dolor, canción. Porque de eso se trata: de cantar juntos mientras construimos, de construir juntos mientras cantamos, de recordar que el bloqueo es un muro, pero nosotros somos el mar que lo rodea y lo erosiona día tras día. Sí, tenemos el peor de los bloqueos genocidas. Pero entre todos, con nuestra ciencia, con nuestro deporte, con nuestra cultura, con nuestra revolución de cada día, podemos tumbar muchos bloques a ese muro. Porque el muro no es más fuerte que la gente que se abraza. Y nosotros, hermano, sabemos abrazarnos. Como aquel día en el metro de Madrid, cuando aquel chamaco y yo salimos del túnel y la luz nos encontró, y supe que el verdadero milagro no era haberlo salvado, sino haber recordado que salvar a otro es salvarse a uno mismo. Con la mano izquierda en el corazón y la derecha extendida para alcanzarte a tu pecho. Un cubano que cree que todavía podemos.