
Isabel Alonso Dávila, Público, 9 de junio de 2026
Allá por los años 70 me llegó desde Italia una consigna que utilizaban las mujeres que se manifestaban por el derecho al aborto en aquel país. Si no recuerdo mal, decía algo así como «il mio corpo è mio e l’administro io». Es decir, mi cuerpo es mío y lo administro yo, aunque en castellano pierda la rima.
Volví a recordar esta consigna de las mujeres italianas durante los años en que, desde la asociación Derecho a Morir Dignamente, en concreto en mi caso desde Cataluña, luchamos denodadamente por la consecución de un nuevo derecho que, como asociación, llevábamos reivindicando desde el mismo momento de su fundación, en 1984. Nos ha costado años, pero podemos decir con alegría y espíritu de celebración que hoy en día disfrutamos de un derecho más en la disposición de nuestro propio cuerpo, a pesar de la oposición de un sector muy concreto e influyente de nuestra sociedad, la Iglesia Católica, que ha hecho todo lo posible por hurtarnos esa libertad y que, mientras lo ha conseguido, ha obligado a padecer un dolor insoportable, que no querían vivir, a tantas personas que no practicaban su religión.
Recordemos, para hacer memoria y no olvidarlos nunca, los nombres de aquellos que hicieron público su dolor, y su deseo: Ramón Sampedro, Jorge León, Madelein Z., Inmaculada Echevarría, Carlos Santos, Jordi Rodríguez, Montserrat Voltà, Jorge Aramayona, José Antonio Arrabal, Luis de Marco, José N, H., Maribel Tellaetxe, María José Carrasco, Fernando Cuesta, Antoni Monguilod… Junto a ellos, tantas otras personas que tuvieron que morir como no querían, en la clandestinidad muchos, en el exilio suizo otros y siempre sufriendo más de la cuenta. Todo esto hasta que conseguimos en 2021 que el Congreso de los Diputados aprobara la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE). A pesar de sus limitaciones, y de las trabas judiciales que en algunos casos ha conseguido poner Abogados Cristianos, podemos afirmar que esta nueva legislación, que contenía un nuevo derecho, ha ayudado a muchas personas a ahorrarse unos sufrimientos que no querían vivir.
Es decir, hoy en día somos más libres porque tenemos más derechos para el ejercicio de la libertad, la verdadera libertad que afecta a nuestras vidas, en decisiones muy importantes. Por favor, no permitamos que nos roben la preciosa palabra libertad, que siempre ha sido nuestra, los que en realidad no la estiman y, además, están al acecho para limitárnosla, o quitarnos del todo, en cuanto les dejemos.
He querido compartir estos recuerdos ahora que nos visita el papa y se está poniendo el acento informativo en su mensaje pacifista, que le ha enfrentado a Donald Trump, y a favor de los migrantes y contra el racismo, que le enfrenta a los que alimentan la xenofobia y la utilizan electoralmente. Y claro que podemos valorar muy positivamente sus declaraciones en este sentido, pero esto no puede servir para meter otras bajo la alfombra de la invisibilidad. Tampoco durante la visita del papa.
También ahora tenemos que recordar la posición, y el activismo, de la Iglesia católica en muchos otros temas. Hemos empezado con el de la eutanasia, pero recordemos también las grandes manifestaciones protagonizadas por la Iglesia y los partidos que se llaman liberales contra la ley del divorcio del año 81, cuando gritaban aquello de «Suárez, masón, queremos religión» o pronunciaron discursos donde se oyeron frases como «Cristo no murió por nosotros para que ahora vengan a plantear leyes contra él». Deberíamos recordar siempre que Alianza Popular (ahora PP) votó en contra de la Ley del Divorcio a pesar de que, una vez aprobada, parecía ser el partido que tenía más candidatos a usarla inmediatamente.
Recordemos también la campaña de la Iglesia católica contra el aborto. Respecto a este tema, no está de más recordar que hace poco más de tres años, el 12 de marzo de 2023, coincidiendo con los ataques legales al aborto en algunos estados de Estados Unidos, en las manifestaciones en Madrid contra el derecho al aborto pudimos ver a Jaime Mayor Oreja o María San Gil. También estaban en la manifestación Santiago Abascal o Espinosa de los Monteros y Rocío Monasterio. Todo esto debe servir para la reflexión sobre qué piensan del derecho a la libertad sobre el propio cuerpo los que se autonombran adalides del liberalismo. Y pensar en qué pasaría si les damos mayorías parlamentarias que les permitan hacernos retroceder a un pasado sin derechos.
Recordemos también la campaña contra el matrimonio igualitario. Público nos lo recordaba así, en un artículo de hace 7 años: «En junio de 2005 unas 180.000 personas marcharon en Madrid en defensa del ‘modelo de familia tradicional’». La marcha transcurrió desde Cibeles hasta la Puerta del Sol a grito del lema ‘la familia sí importa’. Entre sus asistentes: obispos y altos cargos del PP como Ana Botella, que encabezaba la protesta». Cuánto dolor ha provocado, y sigue provocando, la Iglesia Católica a tantos jóvenes que no podían, o no les dejan todavía hoy, reconciliarse con unos deseos sexuales absolutamente legítimos.
Pero volvamos al principio de la reflexión, a esa petición a la Iglesia católica de que quite sus manos de nuestros cuerpos, que sería como venir a decirles que respeten las leyes que nos hemos dado a través de nuestros representantes democráticamente elegidos. Claro que pueden recomendar a sus creyentes que no utilicen estos derechos. Sus creyentes, mientras los demás los conservamos, podrán decidir utilizarlos o no hacerlo. Pero habrá que recordar a la Iglesia que el reconocimiento de la diversidad y la libertad de conciencia está en la base de cualquier democracia y que como los derechos son derechos, que no obligaciones, abren el abanico de la libertad de opciones para toda la ciudadanía y no obligan a los que no quieran hacerlo a comulgar con ruedas de molino.
Y es que la inmensa mayoría de la población española no queremos que una religión, u otras, condicionen las leyes que pueden elaborar nuestros parlamentos y, todavía menos, que las intenten torpedear posteriormente a través de acciones que todo el mundo conocemos protagonizadas por grupos integristas y abogados del mismo cariz. Alguien dentro de la Iglesia, quizás, debería decirle a Abogados Cristianos que ese adjetivo que colocan detrás del sustantivo profesional con el que empieza su nombre no es muy apropiado para definir sus actuaciones.
Todavía podríamos nombrar algunos otros temas, para los que habría que añadir el adjetivo «sucias» a la consigna de las italianas con la que comenzábamos el artículo. Por ejemplo, nombrar los abusos sexuales y la pederastia de la Iglesia católica. Por ejemplo, recordar muchos otros temas relacionados con la memoria histórica y el nacionalcatolicismo de la dictadura franquista, como el Patronato de Protección de la Mujer o el bautizo en situación de agonía, tras su suicidio, de Matilde Landa en la cárcel de Palma de Mallorca, que el grupo «Apostasía colectiva Matilde Landa» se ha propuesto que no olvidemos nunca jamás. Y es que no lo tenemos que olvidar. Y, además, ¿cómo es que se atrevieron a bautizar a una mujer que se había suicidado precisamente para no traicionar sus principios pasando por ese ritual, en el mismo momento que negaban ceremonias y entierros religiosos a las familias católicas de algunos suicidas que, quizás, ellas sí, los necesitaban? O el terror infantil provocado por una educación católica poblada de pecados veniales, mortales y sacrilegios, que nos llevarían directamente a las torturas del infierno por la eternidad de la eternidad. O el papel de los curas que no dejaban escribir la última carta, la de la despedida definitiva, a los condenados a muerte, por tribunales militares en juicios sumarísimos, que no se confesaran y comulgaran. Qué dolor me produce pensarlo, conociendo ahora, como conocemos, que estas cartas de despedidas han supuesto un bálsamo para tantas familias de condenados a muerte, para tantas hijas e hijos a quienes les hurtaron la posibilidad de convivir con sus padres o madres. Así que, respecto a estos temas, una petición a la Iglesia católica durante la visita del papa, en este caso con un adjetivo añadido: «Quitad vuestras sucias manos de nuestros cuerpos».
Verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición. También esto le pedimos a la Iglesia católica española y al papa de Roma.
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Isabel Alonso Dávila es vocal de Memoria Democrática de la Dirección de Europa Laica.






