Raulito Torres Candil/Desde La Habana
Diario del Aire
sábado, 19 de septiembre de 2026
A CADA MANO QUE SOSTIENE LA ISLA
LA REINA CONSORTE EN "LA GESTA" DE OVIEDO
Lazarillo
La reina consorte viajó hace unos días a Oviedo a hacerse unas cuantas fotos con el alumnado de su colegio infantil con motivo de no sé qué cosa. Doña Letizia abrazó a sus viejas profesoras y confraternizó con el joven alumnado entre cámaras, confidencias y sonrisas. Los medios de comunicación se hicieron amplio y empático eco de la noticia, que para eso están los medios de comunicación desde que la realeza sustituyó al dictador en la Jefatura del Estado gracias al propio dictador. Ningún medio olvidó citar que el colegio de la reina consorte se llama La Gesta, obviamente, pero a estas alturas de las leyes de memoria histórica o memoria democrática para qué van a reparar en la naturaleza de ese nombre y la ilegalidad del mismo. Como gesta se conoció durante la dictadura la resistencia que ofrecieron los militares golpistas en Oviedo, tras la traición del coronel Aranda al gobierno republicano. Fue durante la dictadura, en 1957, cuando se erigió un monumento y una iglesia conmemorativos de aquella resistencia en la ciudad en los primeros meses de la infausta guerra. Ignoro si la plaza y la iglesia conmemorativa siguen representando aquella efeméride, pero el colegio de la reina consorte sí la recuerda con su nombre en contra de las leyes, sin que el hecho importe a los medios de información al servicio de la corona. Sobre todo en Oviedo, la ciudad más rendida a la realeza borbónica que restituyó el dictador.
DdA, XXII/6470
FUIMOS NIÑOS EN UN PAÍS CONDENADO A UNA ESPECIE DE MALDICIÓN ORIGINARIA...
Antonio Muñoz Molina hace memoria personal en su artículo de hoy en el diario El País. Con la suya va la de toda una generación. "Nosotros mismos -escribe-, los comensales de esta noche, somos un ejemplo de que la fatalidad puede vencerse. Ningún libro de historia tiene que contarnos lo que hemos visto y vivido en el arco ya tan amplio de nuestras vidas. Nacimos en un mundo pobre, atrasado, aislado, oscuro, sometido: hemos desarrollado nuestras vidas adultas en un país que no se parece en nada a aquél; hemos podido cultivar nuestras mejores facultades, y no gracias a un empeño individualista y competitivo, sino al sacrificio de nuestros mayores y a una red de ventajas sociales que son la conquista y también el sustento de la democracia. Fuimos niños en un país empujado a los márgenes de Europa, condenado a una especie de maldición originaria. Ahora nos asomamos a un abismo de incertidumbre y amenazas, pero no por culpa de ningún maleficio secular español, sino porque ese abismo es la normalidad del presente.
Antonio Muñoz Molina
Estamos sentados alrededor de la mesa en un escándalo alegre de conversaciones cruzadas y de pronto nos veo desde fuera, y por encima de la persona de cada uno reconozco lo que vería de inmediato quien no nos conociera, el sello generacional y de origen que nos unifica. Tenemos más o menos la misma edad; nacimos en esta ciudad, y en el mismo barrio de campesinos y hortelanos; salvo uno de nosotros, que ha hecho aquí toda su carrera de biólogo y veterinario, después de una infancia y una adolescencia de pueblo nos hemos dispersado por medio mundo en el cumplimiento de nuestros oficios y nuestras aficiones; y ahora, en el trance reciente de la jubilación, en un grado mayor o menor todos sentimos una querencia de regreso, muy evidente en nuestro afán de compartir y comparar recuerdos, que a los amigos llegados esta noche de fuera les parecen ejercicios de prodigiosa mnemotecnia, por la abundancia de nombres, palabras y motes olvidados, detalles y fechas que emergen en la conversación.
Hablo de jubilaciones, pero no de retiro a una holganza deseada o forzosa. Cada uno hierve de tareas y proyectos, libros en marcha, iniciativas cívicas, viajes. Como nos conocemos desde niños, quizás nos cuesta ver en cada uno de nosotros la cara verdadera que nos ha implantado la lenta cirugía estética de los años. Tras los rasgos de ahora vislumbramos los que conocimos en las épocas más impresionables de nuestra vida, y solo un gesto fugaz, un escorzo, un movimiento de lentitud o torpeza, nos permite ver lo que para el extraño será evidente, lo que nosotros veíamos de jóvenes en quienes apenas nos doblaban la edad: hombres que empiezan a ser viejos, aunque nos resistamos a emplear esa palabra deslucida. Quizás nos extraña más hacernos viejos porque pertenecemos a la primera generación en que la juventud dejó de ser una más en las edades de la vida para convertirse en una condición privilegiada, casi heroica, en una identidad de rebeldía y ruptura. “No te fíes de nadie que tenga más de treinta años”, era una consigna célebre. Cumplir años no era un hecho natural e inevitable, sino una triste capitulación de la que parecía posible ponerse a salvo.
Algo más profundo tenemos en común: cada uno de los reunidos alrededor de la mesa escapó al porvenir que tenía asignado al nacer, y que se parecía mucho al de sus padres y sus abuelos. Está en la mesa el infatigable José Luis Villacañas, filósofo, historiador, narrador oral, conversador apasionado y cordial, que de niño jugaba en nuestras mismas calles y fue a la misma escuela. Era el más brillante y fue el primero en marcharse a estudiar, con una beca, dejando atrás su familia campesina, y los trabajos del campo en los que ya le había dado tiempo a graduarse. Al hablar de nuestra infancia común de jornadas en el campo y juegos infantiles en la calle, Villacañas vindica el talante de vitalismo popular que le dejó para siempre a Albert Camus su niñez en Argelia: de él procede su amor por la libertad y la justicia, inseparable del respeto y la solidaridad hacia los seres humanos, uno por uno, nunca borrados en la masa uniformadora de las categorías colectivas, fueran las que fueran. En estos tiempos en los que es tan fácil, tan casi inevitable, rendirse a las fuerzas inauditas del dinero y la opresión política y tecnológica, Villacañas anima a no dejarse vencer por la parálisis de la impotencia y el cinismo: hay que organizarse en la cercanía corporal y verdadera, en el apego a lo terrenal y lo cercano, la fraternidad, la conversación, el apoyo mutuo, la militancia en lo concreto y posible, la lealtad a lo mejor de la infancia, que es el mejor antídoto contra ciertas patologías personales y sociales.
Nosotros mismos, los comensales de esta noche, somos un ejemplo de que la fatalidad puede vencerse. Ningún libro de historia tiene que contarnos lo que hemos visto y vivido en el arco ya tan amplio de nuestras vidas. Nacimos en un mundo pobre, atrasado, aislado, oscuro, sometido: hemos desarrollado nuestras vidas adultas en un país que no se parece en nada a aquél; hemos podido cultivar nuestras mejores facultades, y no gracias a un empeño individualista y competitivo, sino al sacrificio de nuestros mayores y a una red de ventajas sociales que son la conquista y también el sustento de la democracia. Fuimos niños en un país empujado a los márgenes de Europa, condenado a una especie de maldición originaria. Ahora nos asomamos a un abismo de incertidumbre y amenazas, pero no por culpa de ningún maleficio secular español, sino porque ese abismo es la normalidad del presente.
Sería posible dibujar en un mapamundi los itinerarios del impulso centrífugo que hemos seguido cada uno de nosotros antes de volver para congregarnos en torno a esta mesa. Nicolás, también hijo de hortelanos, ha restaurado una casa familiar en el mirador que da al valle del Guadalquivir y a la sierra de Mágina, y piensa mudarse a ella desde Bruselas en cuanto le llegue la jubilación. Es quizás la persona profesionalmente más viajera que conozco, siempre como servidor público en la Unión Europea. No hay zona de conflicto ni enclave remoto en los que no haya estado. Conoce los mares del Sur, las huellas débiles de la presencia española en Polinesia, los territorios trágicos de guerras y explotaciones mineras en el Congo, las costas en las que tienen sus puertos de refugio los piratas somalíes; vio con sus propios ojos el caos de odio y matanzas que trajo consigo el derrumbe o la calculada destrucción de Yugoslavia. Los hijos prolongan la onda expansiva de los padres. Antonio, mi tocayo, mi amigo invariable desde los años de la escuela, es el que ha trabajado siempre en Úbeda como veterinario, pero tiene una hija traductora y diseñadora que vive en Australia. Un hijo de Blas, que es militar de carrera, está destinado en Iquitos, en la Amazonia peruana, entrenando a fuerzas de policía.
De todos nosotros Blas es el que tuvo una infancia más amarga. La hacienda de su padre consistía en un carro con dos mulos. Su madre murió del parto de su quinto hijo cuando Blas tenía ocho años. Yo pasaba por su casa todos los días en el camino de la escuela. Una mañana vi salir por la puerta el ataúd de su madre. Ese recuerdo mío es el lazo que me une a su vida de entonces. “A diferencia de vosotros, yo no tuve una madre que me protegiera”, nos dice. Los cinco hijos quedaron al cuidado de la abuela. Blas, el mayor, iba a la escuela y al mismo tiempo tenía que ayudar con el carro a su padre, transportando cualquier cosa, cargas de aceituna, de trigo, de paja, yendo a segar hierba para los mulos nada más salir de clase. En esa época no había aún tractores ni land rovers, y toda la carga y el transporte se hacían con los animales. La cara tersa y redonda de Blas es la que mejor conserva los rasgos de la infancia. Por eso no me cuesta nada imaginar la dureza extrema de la vida que me cuenta: los madrugones helados, las noches enteras de verano cargando y descargando aquellas montañas de paja que dejaban un picor extremo en todo el cuerpo y una asfixia de polvo. Una noche, tirando del carro de paja por los caminos, perdió una sandalia. Su padre andaba tan apurado por entregar la carga que no lo dejó perder el tiempo buscándola. Se quedaba dormido de puro agotamiento sobre un serón o sobre un montón de paja y su padre lo sacudía para despertarlo: “Ya dormirás en invierno”.
Se hace tarde y tenemos que despedirnos. La cena y el vino han añadido sus alicientes a la fraternidad. No importa el tiempo que tardemos en volver a vernos. El pasado se ensancha a medida que el porvenir se vuelve más angosto. En cualquier caso, dice Bioy Casares, “la amistad, a diferencia del amor, es un sentimiento que soporta bien las grandes privaciones”.
EL PAIS DdA, XXII/6470
viernes, 18 de septiembre de 2026
EL PARTIDO POPULAR Y LAS 500 NIÑAS DE CEUTA
Alejandro Álvarez
EL PESO DE LA RELIGIÓN (DESDE LA INQUISICIÓN) EN LAS INSTITUCIONES ESPAÑOLAS
El diplomático y escritor Íñigo Ramírez de Haro, junto al presidente de Europa Laica, José Antonio Naz, protagonizaron en el antiguo Rectorado de la UCO un coloquio sobre el peso histórico de la religión en las instituciones españolas, organizado por el Colectivo Prometeo. En la presentación se recordó que la colaboración entre ambas organizaciones no es ocasional: el Colectivo Prometeo, fundado hace casi tres décadas, incorporó el laicismo a su ideario desde sus orígenes, y buena parte de sus miembros milita también en Europa Laica.
Ramírez de Haro abrió el coloquio presentando su propia trayectoria como un itinerario de ruptura. Nacido en una familia de la aristocracia española, describió su infancia como la de «un niño católico ejemplar» que, ya adulto, se distanció de los valores religiosos y familiares en los que fue educado. Declarado ateo, situó como eje de su pensamiento el concepto de «excelencia» —que vinculó a la idea griega de areté y a la propia raíz etimológica de «aristocracia»—, entendida como independencia de criterio frente a cualquier ortodoxia, religiosa o política. Insistió en que su intervención abordaba la religión como fenómeno político e institucional, no como cuestión de fe personal, y reivindicó el debate racional frente a la descalificación moral.
Buena parte del coloquio giró en torno a la tesis, defendida por el escritor, de que el esquema de vigilancia mutua instaurado por la Inquisición desde 1478 dejó una impronta duradera en la cultura española, visible, a su juicio, en una desconfianza social hacia la pregunta y la disidencia que situó como antecedente de mecanismos de control desarrollados después por regímenes totalitarios del siglo XX.
El autor relató también su propia experiencia con la censura: la obra de teatro Me cago en Dios (2004), que incluía un manifiesto en el que reclamaba prohibir el adoctrinamiento religioso a menores de edad, le generó, según explicó, varios miles de denuncias, sin llegar a ser procesado. Afirmó además que ese episodio condicionó su carrera diplomática posterior, señalando que un exministro de Asuntos Exteriores le habría comunicado que nunca sería nombrado embajador por lo que había escrito sobre la Iglesia.
Ramírez de Haro fue especialmente crítico con la Ley de Memoria Democrática, a la que reprochó no mencionar el papel de la Iglesia católica española en el golpe de Estado de 1936 ni en los fusilamientos de la posguerra, una omisión que extendió también a buena parte del movimiento memorialista. En un tono muy duro, calificó a la estructura institucional de la Iglesia católica como una «organización criminal» y trazó un paralelismo entre la actitud de ciertos jerarcas eclesiásticos ante el nazismo y el trato dispensado por el actual Gobierno de España al papado. Se trata de afirmaciones y comparaciones que corresponden a la opinión del ponente, expresadas en el marco de un coloquio, y no a una posición editorial de Europa Laica ni del Colectivo Prometeo.
El formato coloquial dio pie a intervenciones del público, entre ellas una precisión sobre la inexistencia de un «sentimiento religioso» como categoría psicológica diferenciada, en el marco de la discusión sobre las leyes que protegen los sentimientos religiosos frente a la crítica y la sátira.
Puede verse el vídeo completo del acto a continuación: https://www.youtube.com/watch?v=YlHF04RTm_M
EUROPA LAICA DdA, XXII/6469
ULTRAS CON VINOTECA EN LOS ESTADIOS DE FÚTBOL
Félix Población
Casi al mismo tiempo que los agredidos enviaron sendas cartas a los máximos dirigentes del Partido Popular en Asturias y en España, el alcalde Canteli, que lo es de Oviedo, se retractó por haber equiparado a agresores y agredidos. La delegada del Gobierno en Asturias y la Policía identificaron por su parte a los primeros, con la detención de la mayoría. (Quizá esto no habría ocurrido con tal diligencia sin la masiva movilización ciudadana que protestó en la calle por la agresión homófoba a dos médicos, militantes de AMA Asturias).
Los agresores son unos jóvenes pertenecientes a un determinado grupo ultra del Real Oviedo, equivalente al que con el nombre de Ultra Boys existe en Gijón y sigue al Sporting. Unos y otros, según comenta Gutiérrez Granda y sabemos por los medios, suelen protagonizar actos violentos tanto dentro como fuera de los estadios de los clubes respectivos, en muchos casos con permiso de estos o sin que estos hagan lo que es de rigor cuando se trata de evitar la proliferación de la violencia.
Por lo general, y como cabe suponer, son los partidos que disputan entre sí ambos clubes -por jugar ahora y hace años en la misma categoría- los que con más frecuencia se prestan a este tipo de incidencias. Hasta en tanto no se le prohíba a esta gente el acceso a los estadios, la posibilidad de que la violencia persista será cada vez mayor, con el riesgo -como acaba de ocurrir- de que traspase el ámbito deportivo y se convierta en delito de odio.
Es preocupante en este sentido que al viejo estadio gijonés de El Molinón se le haya incorporado como novedad esta temporada la instalación de una cervecería y una vinoteca, un espacio sin duda muy propicio como lugar de precalentamiento alcohólico para los tarugos ultras de unos y otros colores: Se trata del Club Mahou El Molinón y La Vinoteca El Molinón -según leo-, dos espacios premium donde se podrá consumir alcohol, destinados a ofrecer a los aficionados una experiencia diferente alrededor de los partidos. Más bien me parecen una y otra espacios de precalentamiento alcohólico para los tarugos ultras antes de sus pugnas.
¿No quedábamos en que el público no podía acceder a los estadios con bebidas alcohólicas? Me pregunto si esta prohibición, que debe datar del tiempo aquel en que se vallaron los graderíos, ha caducado o puede coexistir de modo en extremo contradictorio con un negocio del producto prohibido en el interior del mismo estadio deportivo. ¿Qué dice al respecto la Liga Nacional de Fútbol Profesional?
DdA, XXII/6469
UNA CARTA URGENTE ANTE LA INVASIÓN DEL ESPANTO
Sarah Babiker
Querida comunidad de lectoras y socios de El Salto*.
Os escribo esta carta desde la honestidad que da el cansancio y el espanto. Estamos asustados, vosotras, nosotros, ante este momento histórico en el que las fronteras deciden quién vive y quién muere, en el que las fronteras constituyen la columna vertebral de un discurso político que normaliza la desigualdad y habilita el odio, en el que las fronteras cercenan vidas humanas, y cercenan lo humano que hay en nuestras sociedades.
No es que sea nuevo, la vulneración de los derechos de las personas migrantes es tan vieja como el colonialismo, como el capitalismo racial, como el supremacismo blanco. Y, sin embargo, un año tras otro renovamos nuestro desasosiego, nuestro temor, hacia lo que se nos viene. En estas últimas semanas pareciera que todo se ha acelerado, que voces de ultraderecha, ejércitos de bots, cafres devenidos patriotas, vecinas que han perdido toda capacidad de empatía ante el discurso del miedo, estén invadiendo todo el espacio: los medios de comunicación y las tertulias, las redes sociales y los sentidos comunes, las calles de nuestras ciudades, las conversaciones.
Querida comunidad de lectores y socias de El Salto, hasta los comentarios de nuestros artículos de Instagram son un vertedero de odio. Un carrusel con vistas al precipicio. De vez en cuando os leo ahí, asustados también, ante el odio militante, una polifonía de insultos que impide cualquier debate y obtura cualquier horizonte.
Y cuando os leo, me siento menos sola, me parece que quizás podamos revertir esta deriva que estamos presenciando. Cuando os veo en las manifestaciones antirracistas, considero que frente a ese patriotismo abstracto que agita banderas de espaldas a la realidad de quienes somos, considero que frente a este nacionalismo indiferente a las desigualdades y las intemperies que nos atenazan a un lado y otro de las fronteras, nosotras y nosotros quizás, formemos una comunidad real, apoyada en la tierra firme, deseante de un futuro para todas, independientemente de nuestro origen.
Pero las comunidades precisan justamente de tierra firme, es necesario sostenerlas. Colectivos, redes, cooperativas como la nuestra, podemos crear mundos nuevos solo porque hay detrás mecanismos de reproducción, gente que pone sus recursos, su tiempo, para que sostengamos la posibilidad de hacer las cosas de manera distinta.
En El Salto, y antes en Diagonal, llevamos dos décadas construyendo esta comunidad de sentido, una sensibilidad común que nos preserva del tsunami racista, una perseverancia en la creencia de que las cosas pueden cambiar que, a pesar de dar tantas malas noticias, nos mantiene inmunes al fatalismo.
Se vienen tiempos difíciles, y nuestras estructuras, vivas, horizontales, coherentes, siempre son frágiles. En cierto modo, que hayamos llegado como medio a donde hemos llegado es un milagro, y ese milagro solo ha ocurrido gracias a vosotras y vosotros. Nos necesitamos para transitar todo este ruido, ser tierra firme ante las derivas enloquecidas a las que nos condenan los emperadores desquiciados del siglo XXI.
Creemos en la acción libre, como ese don humano que Hanna Arendt describió como la capacidad de hacer milagros. Queremos, como nos pidió el poeta palestino Refaat Alarar, ser como aquellas cometas tejidas con lo poco tenemos, que contarán la historia de quienes siguen resistiendo a los imperios y las fronteras. Quizás algún día, obraremos juntos el milagro, y las cometas vencerán a los drones.
Hemos estado aquí todos estos años, porque estáis con nosotros. Así que si eres socia, todo nuestro agradecimiento por hacerlo posible, y si aún no lo eres, te agradeceremos que te sumes a nuestra tierra firme.
*Diario digital, continuador de Diagonal, un medio merecedor de respaldo por su profesionalidad.
DdA, XXII/6469
jueves, 17 de septiembre de 2026
¿ADÓNDE IRÁN LOS VOTOS QUE PERDERÁ JUNTS?
Ojo porque en esos votos se la va a jugar el PSOE, porque la historia nos dice que es imposible para los socialistas ganar unas generales si en Cataluña el PSC no obtiene un resultado extraordinario.
Àlex López
LA NIÑA DE LA INDEPENDENCIA Y SOBERANÍA: QUE VIVA MÉXICO
Lazarillo
Se dice que la conmemoración multitudinaria del 216 aniversario del Grito de la Independencia en México reunió en la Plaza del Zócalo de la capital de aquella república a 300.000 personas. Creo que desde un punto de vista estrictamente profesional, el corresponsal de TVE en México debería haber contado en detalle aquella celebración, inalcanzable en multitud y espíritu festivo para muchos Estados democráticos. Si allí es posible, es gracias sobre todo al respaldo popular con el que sigue contando la presidenta Claudia Sheinbaum y su gobierno, mayor aún del que disfrutó su predecesor López Obrador. No he estado atento a si esta información se dio en los telediarios de nuestra televisión pública, como sería lógico. Si no fuera así, me parecería más que deplorable en unos servicios informativos que deberían contar con la máxima disponibilidad de cobertura para los hechos más sobresalientes que ocurren en América Latina. Antes que la multitud reunida en el Zócalo, una fotografía impresionante ofrecida por el departamento de comunicación de la presidencia mexicana, este Lazarillo ha preferido la de esta niña subida los hombros de su padre en la plaza, mostrando la bandera de su país con los brazos abiertos. Irradia la esperanza de todo un pueblo en los nuevos derroteros de transformación iniciados hace ocho años. La foto es de Cristina Rodríguez, del diario La Jornada, y viene a ser un flash de lo que TVE no cuenta sobre la nación a la que tanto debe la historia democrática de España. ¡Que viva México y lo dejen vivir!
DdA, XXII/6468
VINICIUS, M'BAPPÉ, KONATÉ: CAMISETAS A MEDIA ASTA
David Pablo Montesinos






