José León Trejo
Estos días se ha enterrado con toda la dignidad que merece, noventa años después de su asesinato por las tropas sublevadas en 1936 contra el gobierno republicano del Frente Popular, a la primera de las personas identificadas en la mayor fosa común de la Guerra de España y de toda Europa occidental, la de Pico Reja, ubicada en el cementerio sevillano de San Fernando. Luego de haberse iniciado las exhumaciones hace seis años, seis, los familiares de José León Trejo, profesor de francés -como su paisano Antonio Machado- en el Instituto San Isidoro de Sevilla y concejal por el partido Unión Republicana en el Ayuntamiento hispalense, han abrazado sus restos sabiendo que lo son. Fue fusilado el 17 de octubre de 1936, dejando viuda y nueve hijos. Ninguno de sus familiares supo a ciencia cierta durante todas esas décadas en qué fosa del citado cementerio se encontraban esos restos entre los de las 1786 víctimas ejecutadas, bajo la autoridad del general Queipo de Llano, enterrado durante buena parte de esos noventa años en la catedral de Sevilla. Mediante el cotejo correspondiente de ADN se ha sabido que José León Trejo es el primero de los ciudadanos republicanos identificados. La emoción de Fernando Sarmiento León, de setenta años, que tanto luchó por este acto de justicia para un hombre justo, era ostensible portando la pequeña caja de madera hasta el nicho familiar. Nieto del profesor republicano, Fernando subrayó la importancia de la fecha: "Hoy es un día muy importante, fundamentalmente para mi familia. Pero también lo es para esas otras que siguen teniendo los restos de sus seres queridos sepultados en fosas o aún sin enterrar dignamente. Aquí damos por terminada una historia familiar muy triste: con un entierro digno para una persona que tenía mucha dignidad". Creo que lo proclama la única imagen pública que se conoce del profesor del histórico instituto sevillano, que creo debería también homenajear de algún modo a José León Trejo, a propósito de la circunstancia de esta muy tardía, digna y necesaria re-inhumación, como reconocimiento a un hombre comprometido con la educación y la cultura, y para general conocimiento de sus actuales colegas y alumnado en el citado centro. Lazarillo

Antonio Criado Barbero
Sacar a un hombre o a una mujer de su cama en mitad de la noche, ante los ojos aterrorizados de sus hijos, no era una estrategia militar ni un acto de justicia, era el ejercicio cotidiano de una banda de delincuentes que decidieron que la mejor forma de gobernar España era convirtiéndola en un matadero. No buscaban enemigos armados; buscaban a cualquiera que hubiera tenido la decencia de militar en un sindicato, de enseñar a leer en una escuela rural o simplemente de no agachar la cabeza ante el señorito de turno. Ese era el verdadero patriotismo del bando rebelde: entrar en las casas como ladrones para robar vidas, dejando detrás un reguero de viudas y huérfanos cuya única culpa fue vivir en una España que se atrevió a soñar con la libertad.
Los paseos fueron el sello de identidad de vuestro glorioso régimen, una coreografía macabra donde la víctima no tenía derecho ni a saber por qué la mataban. Primero señalaban, luego secuestraban y finalmente fusilaban contra una tapia, dejando el cuerpo tirado como si fuera basura para que sirviera de escarmiento a los vecinos. Aquello no fue una guerra entre dos ejércitos, fue el exterminio sistemático de una clase trabajadora que había cometido el pecado imperdonable de creerse ciudadana en lugar de sierva. Habláis de orden y de paz mientras ignoráis deliberadamente que vuestro orden se levantó sobre las fosas comunes donde enterraron a quienes tenían la osadía de pensar diferente.
Es una infamia que hoy, casi un siglo después, todavía haya quienes se atreven a justificar aquella barbarie como una necesidad histórica. No fue necesario, fue un crimen calculado contra la humanidad. Cada vez que intentáis blanquear a los responsables, cada vez que habláis de reconciliación sin reconocer el horror del que venimos, estáis insultando la memoria de quienes fueron arrancados de sus hogares para no volver jamás. No hubo honor en aquellos crímenes, solo la vileza de quienes sabían que no podían ganar el debate de las ideas y decidieron que era mucho más sencillo apretar el gatillo. La historia ya ha dictado sentencia, y no importa cuántos monumentos o calles les dediquéis, porque vuestros ídolos siempre serán recordados por lo que realmente fueron: una panda de verdugos que convirtieron la noche española en un paredón permanente.
* En la primera foto, un grupo de falangistas sacando de sus casas a quienes serán sus víctimas.
En la segunda, entierro de los restos del primera de las víctimas identificadas, el profesor Trejo.
DdA, XXII/6390