sábado, 17 de octubre de 2026

J. C. MONEDERO: UN VIENTO PONZOÑOSO SE HA LLEVADO LA UNIDAD DE LA IZQUIERDA

Desde fuera de España, en donde estoy, me preguntan qué ha pasado. Y apenas acierto a decir, con sentimientos encontrados, que la derecha franquista come feliz palomitas viendo el bochornoso espectáculo de la fragmentación que tanto les ayuda, y que está claro que había gente interesada en que estuviéramos lejos los que entendemos todo esto como un auténtico disparate que va a dejar una dolorosa huella.



Juan Carlos Monedero

A los votantes de izquierdas les da lo mismo el relato sobre quién ha sido más culpable de esta fragmentación suicida. Suena todo falso. Nadie asume tampoco ninguna responsabilidad del fracaso, y los lamentos, sin consecuencias, parecen formar parte también de ese relato electoral. Lo indudable es que el Frente Amplio no es en verdad amplio, que MásMadrid ha preferido desde el comienzo jugar su juego, que @IreneMontero irá en las listas de ERC en Barcelona y que, junto a @gabrielrufian, harán campaña frente a @AdaColau. A ver quién lo entiende. Irene Montero haciendo campaña contra Ada Colau en la lista de un partido independentista.
Otro tanto harán Montero y Rufián en Madrid, donde @PODEMOS podrá exhibir, como suele, sus muchas y razonables cuitas frente a Sumar y MásMadrid (nacidas de una traición ya vieja que no dice nada a los jóvenes), y Rufián tendrá que explicar por qué no hay que votar a @EmilioDelgadoOr, con el que arrancó los encuentros que iban dirigidos a unificar a la izquierda. No serán pocos los que tengan la sensación de haber sido engañados.
Decir que la división en Madrid y Barcelona no afecta ni a esas provincias ni al resto de España, demuestra un insuficiente respeto a quienes se les pide el voto. Si se puede presentar en Barcelona alguien de Madrid es porque el voto es nacional, de manera que el mensaje nacional -que no hay unidad- afecta a todas y cada una de las provincias. Incluidas en la que se ha pactado gracias a que hay menos toxicidad que en las grandes capitales y porque se ha podido desterrar la rabia que han incubado las izquierdas entre ellas. La conclusión es que el trabajo que hicimos uniendo a las izquierdas de todo el Estado y por el que hemos pagado un precio tan alto se lo lleva el viento. Un viento ponzoñoso.
Desde fuera de España, en donde estoy, me preguntan qué ha pasado. Y apenas acierto a decir, con sentimientos encontrados, que la derecha franquista come feliz palomitas viendo el bochornoso espectáculo de la fragmentación que tanto les ayuda, y que está claro que había gente interesada en que estuviéramos lejos los que entendemos todo esto como un auténtico disparate que va a dejar una dolorosa huella.

DdA, XXII/6499

TODA LA IZQUIERDA DESUNIDA DEBERÍA PEDIR PERDÓN


Félix Población

Desde el primer momento me sorprendió e incluso me defraudó el pacto suscrito entre Gabriel Rufián e Irene Montero, convencido de que quien salía beneficiado del mismo sería el mediático portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso durante esta legislatura. Ahora, escuchando a Enric Juliana, me confirmo en mis apreciaciones. Rufián ha hecho de modo convincente su trabajo para reforzar a su partido en Cataluña, sin que de su buen y teatral quehacer se vaya a beneficiar nadie más. Incluyo en esa capacidad actoral del diputado por Esquerra la inmediata petición pública de perdón que éste formuló por no haber logrado la unidad de la izquierda y que probablemente también tenga su efecto positivo en las urnas catalanas. Irene Montero, en cambio, teniendo a los medios en contra -según es norma-, va a quedar como la responsable de que Podemos no esté en el ridículo Frente Amplio, de cuya angostura son responsables los tres partidos que lo integran, con la agravante, además, de que el pacto previo con Rufián no le será rentable electoralmente al partido morado. Pesan para ello, sobre todo en el electorado no catalán, el independentismo de Esquerra y su cuota de responsabilidad en el ridículo procés junto a partidos catalanistas que ahora Rufián califica con razón de extrema derecha. Creo que Gabriel Rufián ha estado acertado pidiendo perdón por algo que posiblemente se temía y que a la postre va a beneficiar a sus partido. Pienso que también Podemos debería hacer lo propio por la unidad no lograda. De hecho, toda esa izquierda desunida debería estar pidiendo perdón por su fracaso antes del que posiblemente les deparará las urnas. Sobre todo porque, otra vez en la Puerta del Sol como en el 15-M, una acampada de jóvenes -en este caso en contra de los rentistas especuladores- se seguirá sintiendo huérfana de una representación política sólida en el Congreso que luche por sus reivindicaciones*.

*Cuando hay fame y no hay panchón, todos riñen y todos tienen razón. Abuela Elvira.

DdA, XXII/6499

EL 29-N NOS JUGAMOS EL SISTEMA PÚBLICO DE PENSIONES: MÁXIMA PARTICIPACIÓN

Es mentira que el sistema público de pensiones esté quebrado. Su sostenibilidad depende de decisiones políticas que determinan la distribución de la renta, de la evolución de la productividad, del empleo, de los salarios y de cómo se financie. Lo que hay que hacer es blindarlo frente a quienes, como en Chile, quieren convertir nuestras pensiones en un negocio privado. El 29 de noviembre también se decide eso. Vox lo ha dicho sin rodeos, y el PP lleva años abonando el terreno con incentivos fiscales a los planes privados, con discursos sobre la quiebra del sistema y con la idea de que las cotizaciones son un capital individual.


Juan Torres López

En plena precampaña de las elecciones del 29 de noviembre, la derecha española ha vuelto a poner sobre la mesa una vieja receta: sustituir, en todo o en parte, el sistema público de pensiones basado en la solidaridad por la capacidad que cada persona tenga de ahorrar a lo largo de su vida laboral.

El responsable económico de Vox, José María Figaredo, ha afirmado que el sistema público de pensiones, que paga cada mes a unos diez millones de personas, “es un zombi” y “está quebrado”. Su receta es la reforma hacia un modelo mixto que combine el reparto con la capitalización individual. No es solo una propuesta. El Partido Popular lleva años preparando el terreno para que se lleve a cabo. En 2014, Esperanza Aguirre defendió ante la convención nacional del PP que las cotizaciones se considerasen un capital que pertenece a cada trabajador, compatible con los criterios de capitalización de las compañías de seguros. El Gobierno de Rajoy optó por el camino gradual de estimular los planes privados con ventajas fiscales y facilidades de rescate. Formas distintas, más bruscas o más suaves, de ir en la misma dirección, la de trasladar la jubilación desde un derecho colectivo hacia el ahorro individual invertido en los mercados financieros. Aunque hay que señalar por pura honestidad que esta idea no es patrimonio exclusivo del PP y de Vox. Es, en realidad, el programa de la derecha económica, de la banca y de sus centros de estudio y, a veces, ha encontrado acomodo en el propio PSOE. Fue un Gobierno de Felipe González el que reguló en 1987 los planes y fondos de pensiones privados y el ministro José Luis Escrivá, ya con Pedro Sánchez de presidente, fomentó en 2022 una ley para impulsar los planes de pensiones de empleo con fondos de promoción pública.

Por eso es muy importante entender que, detrás de esa expresión amable de “modelo mixto”, hay un cambio radical que pone en peligro el bienestar de las personas que se jubilan sin disponer de grandes patrimonios.

En un sistema de reparto, como el español, las cotizaciones de quienes trabajan hoy pagan las pensiones de quienes están jubilados. La pensión es un derecho reconocido por ley y garantizado por el Estado y su cuantía se conoce de antemano porque depende de lo cotizado y de los años trabajados, no de lo que pase en la Bolsa. En un sistema de capitalización, por el contrario, cada trabajador ahorra en una cuenta individual y una gestora privada invierte ese dinero en los mercados financieros. La pensión que reciba cuando se jubile no está asegurada, sino que será lo que haya en la cuenta el día de la jubilación, sea mucho o poco, según la evolución de la inflación y los mercados financieros.

Quienes defienden la capitalización para evitar, según dicen, la insostenibilidad de las pensiones públicas, siempre omiten lo fundamental: es un sistema mucho más inseguro, menos rentable, más peligroso y, sobre todo, perjudicial para las rentas más bajas.

No es verdad que la capitalización resuelva el problema que dice resolver, el de la insostenibilidad de las pensiones públicas por razones demográficas, porque “en el futuro habrá muchos viejos y pocos trabajadores cotizando”.

Las pensiones, se financien como se financien, siempre se pagan con lo que se produce cada año. Un fondo privado no guarda pan ni medicinas para dentro de cuarenta años: guarda acciones y bonos que habrá que vender cuando llegue la jubilación. Y, si de verdad hubiera menos trabajadores produciendo y menos ahorro, también habría menos compradores para esos activos que quienes se vayan jubilando tendrán que vender para obtener dinero líquido. Si las pensiones públicas estuvieran amenazadas por un problema demográfico exactamente igual lo estarían los fondos privados.

Además, los fondos privados de pensiones rinden mucho menos de lo que prometen. Según los datos de INVERCO que analiza el catedrático de Hacienda Pública Ignacio Zubiri, los fondos españoles con 25 años de antigüedad apenas han logrado una rentabilidad real del 0,42% anual. Como ha señalado Zubiri, “bajo supuestos razonables, ahorrando durante 20 años el 10% de su salario, el trabajador obtendría una pensión que no llegaría al 10% de su último salario. Y con 30 años, su pensión no llegaría al 15% de su último salario”.

Los fondos de pensiones privados también son extraordinariamente inseguros. Si los mercados caen, como en 2008 y en otras muchas ocasiones, la pensión privada se hunde. Se volatiliza total o parcialmente. Aunque la gestora, eso sí, cobra siempre.

Tampoco dicen quienes defienden el tránsito a la capitalización que el cambio que habría que hacer desde el sistema actual es carísimo. Tanto, que se puede decir que es inviable hacerlo. Habría que seguir pagando las pensiones de reparto mientras las cotizaciones se iban desviando a cuentas privadas, de modo que una generación tendría que pagar dos veces.

Por supuesto, se omite también que los sistemas de capitalización multiplican la desigualdad. Las personas con salarios bajos, en situación de precariedad, quienes hayan tenido carreras interrumpidas y, sobre todo, las mujeres arrastran esa desventaja hasta la vejez sin ningún mecanismo solidario que las compense.

¿Por qué entonces se defiende que se pase a un sistema de pensiones privado que tiene muchos más defectos objetivos, peligros financieros e inconvenientes que el sistema público? La respuesta es sencilla: transferir al sector financiero la gestión de la enorme masa de ahorro y dinero que suponen las pensiones públicas es un negocio gigantesco. Nada de lo anterior es teoría. En Chile hicieron todo esto y lo que allí ha ocurrido es lo que debe tomarse como referencia y aviso a navegantes.

La dictadura de Pinochet impuso en Chile, en 1980, la capitalización individual a través de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Aunque, significativamente, hubo dos colectivos a los que dejó fuera del experimento y que conservaron el viejo sistema público: los militares y los policías. Los arquitectos del modelo sabían bien cuál de los dos sistemas era mejor.

Los resultados después de varias décadas confirman el diagnóstico y lo ocurrido justo este año lo resume todo. Las siete AFP, que controlan activos por unos 229.000 millones de dólares y son la única fuente de ahorro para la jubilación de la mayoría de los chilenos, se lanzaron en los dos últimos años a comprar productos financieros que les darían beneficios si los tipos de interés estadounidenses seguían bajando. Pero ocurrió lo contrario y han registrado pérdidas que rondan los 7.700 millones de dólares. El golpe más duro lo recibió el fondo más conservador, el que se recomienda a quienes están a punto de jubilarse, y lo que perdieron no se evaporó: lo ganaron bancos como Société Générale, Bank of America o BNP Paribas.

La reacción de los responsables del fiasco tampoco tiene desperdicio. El presidente de la patronal de las AFP se negó a hablar de pérdida y la llamó “valorización económica del fondo”, y un consejero técnico de la propia Superintendencia propuso como remedio que quienes estén a punto de jubilarse aplacen su retiro hasta que el mercado se recupere.

Y Chile no es una excepción desafortunada. La Organización Internacional del Trabajo ha documentado que, de los treinta países que privatizaron total o parcialmente sus pensiones entre 1981 y 2014, dieciocho tuvieron que revertir la reforma, entre ellos Argentina, Hungría, Polonia y Bolivia.

Es mentira que el sistema público de pensiones esté quebrado. Su sostenibilidad depende de decisiones políticas que determinan la distribución de la renta, de la evolución de la productividad, del empleo, de los salarios y de cómo se financie. Lo que hay que hacer es blindarlo frente a quienes, como en Chile, quieren convertir nuestras pensiones en un negocio privado. El 29 de noviembre también se decide eso. Vox lo ha dicho sin rodeos, y el PP lleva años abonando el terreno con incentivos fiscales a los planes privados, con discursos sobre la quiebra del sistema y con la idea de que las cotizaciones son un capital individual.

Y si alguien tenía dudas, las ha despejado uno de los grandes altavoces mediáticos de la derecha. El director de OkDiario, Eduardo Inda, comentaba en el programa Milenio las declaraciones de la portavoz parlamentaria del PP, Ester Muñoz, que había puesto en duda el futuro del sistema público, y pidió silencio: “Cállate con las pensiones, que es un tema sensible”. “Que hablen –dijo– el 30N o cuando ya estén formando gobierno”. No le pidió al PP que garantizara las pensiones, sino que no hablara de ellas hasta que los votantes ya no pudieran tenerlo en cuenta. Esto es lo que está en juego en las próximas elecciones.

CTXT DdA, XXII/6499

DESAHUCIOS: ASÍ TRATÓ CÁRITAS A UN ANCIANO DEL BABRIO DE TETUÁN SEGÚN UMBRAL

El cantaor y escritor granadino Juan Pinilla, a quien admiramos, ha tenido la amabilidad de recordarnos al olvidado columnista Francisco Umbral durante su último periodo como tal en el diario El Mundo (Los placeres y los días)), después de que lo fuera durante muchos años en el diario El País. El escritor vallisoletano publicó en el citado periódico el 29 de diciembre de 1989 el artículo que sigue, titulado Cuento de Navidad, sobre un tipógrafo al que Cáritas estaba acosando para que desalojara la vivienda que ocupaba en el barrio madrileño de Tetuán de las Victorias, propiedad de la mencionada y caritativa organización católica: 

Eugenio Villaverde Lara, viudo, tipógrafo que fue, de 85 años, vecino de Jerónima Llorente, en Tetuán de las Victorias, está siendo acosado por Cáritas, la organización religiosa que preside monseñor Suquía, para que abandone el piso que ocupa desde hace cincuenta años, guerra civil incluida, porque el inmueble es ahora de dicha organización y quieren hacer allí una residencia de ancianos.
Pretenden deshacerse de un viejo real, factual, fatal, que está ahí, por remediar a unos viejos hipotéticos en el futuro. Pero uno piensa que más vale viejo en mano que ciento volando. Por navidad es que siempre está pasando un cuento de navidad. Esta casa se la compró Cáritas a la propietaria del inmueble, ya fallecida, por poco dinero y muchas bendiciones, informa Interviú. Ahora quieren comprar los pisos a los inquilinos por escaso dinero, y Eugenio Villaverde dice que ni siquiera llegan a lo ofrecido en principio. Eugenio Villaverde gasta un rostro enérgico y cansado, finas manos de tipógrafo, corazón broncopático, bufanda color teja, próstata (o sea que padece), hipertensión, chaqueta príncipe de Gales, muy aparente, y pantalón de pana.
Como no puede subir las escaleras del juzgado, le hacen los interrogatorios dentro de un coche, en el paseo del Prado. La otra parte contratante de la primera parte, o sea monseñor Suquía, en cambio, no se digna presentarse a las citas judiciales. Suquía es experto en finanzas eclesiásticas y hasta tiene una cartera económica en el Vaticano, pero en el proceso no figura su carnet de identidad «por razón de su cargo».
Los arcángeles tampoco presentan carnet de identidad, que son espíritus puros y de sexo no bien definido en Trento, en Nicea o donde fuera eso.
Este cuento de navidad, entre Dickens y Buero Vallejo, con algo de «Historia de una escalera», o sea de sainete negro (espero que el maestro Berlanga haga una película sobre el tema, antes de que se la hagan sus recientes imitadores), tiene detrás toda una lóbrega y complicada historia de hipotecas, detectives, párrocos y miseria. Eugenio Villaverde tiene el piso muy apañado, para ser un hombre solo y viejo, con azulejos crema, ventanas verdes, fregona y detergentes de la televisión. O sea que existe, es un personaje de sainete/cuento, ya digo, pero en vivo. Cáritas, en cambio, funciona legalmente como «Persona Moral», o sea espíritu puro. Esto es la lucha del hombre contra las instituciones/abstracciones, una cosa kafkiana.
Eugenio Villaverde, sí, es un Kafka de la tercera edad perdido entre las páginas de «El proceso», y hasta parece de la película de Orson Welles ese interrogatorio dentro de un automóvil por las voces/portavoz del Ausente sin identidad (ni carnet de), que encima sólo es una «Persona Moral». ¿Acaso Eugenio Villaverde es una persona inmoral? Bueno, pues esta es la Cáritas que hace poco le hizo movida a Matilde Fernández por «discriminarla» en sus asistencias sociales. Cuando la realidad coincide fantasmalmente con la fábula negra y la leyenda negra (sobre todo la Leyenda Negra), el cronista de lo que pasa apenas tiene nada que decir.
Si el barón von Thyssen hace realidad los cuentos de hadas, a Suquía parece que se le dan mejor los cuentos de navidad, sólo que en vivo, en crudo, en pobre, con pobres y ancianos de verdad, que tienen carnet de identidad y próstata (seguro que las Personas Morales no, que eso no viene en Santo Tomás).
Eugenio Villaverde Lara, de 85, tipógrafo y viudo, que está del corazón y de la próstata, no se sabe protagonista de Dickens, pero le da que el cuento acaba mal. En tanto, ya digo, el piso lo tiene muy curioso.

DdA, XXII/6499

viernes, 16 de octubre de 2026

FRENTE AMPLIO Y FRENTE ESTRECHO


 

La unidad es el arma del pueblo, pero hay quien, en nombre de la izquierda, la dinamita. No se puede construir el llamado "frente amplio", sin contar con las organizaciones sociales, sindicales, políticas y con la participación de la sociedad civil mediante su voto. Porque así lo que se construye es el frente estrecho*. Diego Cañamero

*Si en horas se acuerda ofertar una sola papeleta de izquierdas, no sólo se optimizarían escaños, también se movilizaría mucha abstención. Coincido plenamente con mi estimado Javier Batanero.

DdA, XXII/6498

EL DISCURSO Y EL MÉTODO DE FEDERICO JIMÉNEZ: DEL INSULTO A LA PARODIA


La agresividad cumple una función persuasiva y sirve para construir la figura del comunicador. Lo que parece un hombre que pierde los estribos es, en buena medida, un método. En realidad, una pose muy estudiada. La primera estrategia convierte la opinión en certeza. Afirmaciones categóricas, repeticiones enfáticas, ningún matiz. De ese modo, el comentario suena a sentencia. Lo que cuenta es decir la interpretación con tanta rotundidad que cualquier objeción parezca inútil, aunque no se haya probado nada. El oyente se lleva un diagnóstico cerrado y, en un mundo confuso, eso tranquiliza. Siempre hay alguien que sabe quién tiene la culpa. Y casi nunca es el que habla. La segunda estrategia es la descalificación, que va del insulto directo a la ironía, de la parodia a la caricatura.

Justo Serna

España es un país en el que siempre hay alguien dispuesto a explicar lo que acaba de ocurrir, lo que está pasando y, sobre todo, lo que pasará. Hay un hombre en España que lo hace todo…Da igual que los hechos sean confusos, que falten datos o que los pronósticos de ayer se hayan venido abajo esta misma mañana: el opinador profesional siempre tiene una respuesta. Y cuando no la tiene, le queda algo todavía más útil, una opinión.
Antonio Villarreal ha dedicado a este conglomerado de emisoras, platós y redes un libro, ‘Tertulianos. Un viaje a la industria de la opinión en España’ (2026). Es útil, y conviene leerlo con la radio apagada, prestando atención.
Durante quince días de enero y febrero de 2025, mientras llevaba a su hija al colegio, Villarreal fue anotando en una hoja de cálculo los nombres de los tertulianos que oía al saltar de una cadena a otra, de un programa a otro, dirigidos por Carlos Herrera, Àngels Barceló, Carlos Alsina, Federico Jiménez Losantos.
En esRadio la tarea era sencilla. Allí, observa Villarreal, la tertulia suele ser un largo monólogo del presentador que los colaboradores interrumpen de vez en cuando alzando la voz “como pistoleros disparando al mar”. La imagen es espléndida. No sabemos si esos pistoleros quieren abatir algún pez, hacerse notar o comprobar que el revólver todavía funciona. Da lo mismo: el dueño del barco sigue al timón, y hablando.
El inventario de Villarreal llegó a 314 tertulianos, casi tantos como diputados tiene el Congreso, con la ventaja de que a estos no hace falta votarlos. Es mucha gente para un país que no siempre parece tener tantos asuntos nuevos que discutir. Detrás de esa abundancia hay un cambio en el oficio. Investigar exige tiempo, dinero y comprobaciones. Opinar sale barato.
La tertulia llena horas de programación y convierte cualquier suceso en una ronda de interpretaciones. La radio asentó el género en la Transición, la televisión le añadió bronca y teatro, y las redes han hecho que la conversación no se acabe nunca.
En esa industria, Losantos es el caso más visible de un comunicador cuya personalidad se ha convertido en el producto. La biografía ayuda a entenderlo. Fue militante comunista de orientación maoísta antes de pasar al ultraliberalismo y a la derecha más dura. En 1981 sufrió un atentado de Terra Lliure, y desde entonces no ha dejado de pelearse con políticos y periodistas, incluidos algunos que antes fueron de los suyos.
Esa trayectoria forma parte del personaje tanto como sus opiniones, igual que su facilidad de palabra, su cultura, su rapidez en la réplica y una afición a la invectiva que, delante del micrófono, encuentra pocos frenos.
Su discurso cabe en un espacio ideológico reconocible, pero no habla como portavoz de ningún partido, y sus choques con dirigentes del PP o de Vox alimentan entre sus seguidores la imagen de un periodista que no se pliega ante nadie.
Para saber cómo funciona ese lenguaje hay que acudir a la tesis doctoral de José M. López Martín, ‘La descortesía en el lenguaje radiofónico. El discurso de Federico Jiménez Losantos’ (2011).
Sobre un corpus de intervenciones emitidas entre 2007 y 2011, que cubre sus últimos años en la COPE y los primeros en esRadio, López Martín identifica cuatro estrategias: intensificar la opinión, descalificar al adversario, imponerse al oyente y expresar el desacuerdo de forma radical.
Su conclusión es que la agresividad cumple una función persuasiva y sirve para construir la figura del comunicador. Lo que parece un hombre que pierde los estribos es, en buena medida, un método. En realidad, una pose muy estudiada.
La primera estrategia convierte la opinión en certeza. Afirmaciones categóricas, repeticiones enfáticas, ningún matiz. De ese modo, el comentario suena a sentencia.
Lo que cuenta es decir la interpretación con tanta rotundidad que cualquier objeción parezca inútil, aunque no se haya probado nada. El oyente se lleva un diagnóstico cerrado y, en un mundo confuso, eso tranquiliza. Siempre hay alguien que sabe quién tiene la culpa. Y casi nunca es el que habla.
La segunda estrategia es la descalificación, que va del insulto directo a la ironía, de la parodia a la caricatura.
López Martín se detiene en el humor, quizá el rasgo más característico de Losantos. La burla ataca y entretiene a la vez. El político se convierte en un personaje ridículo, reconocible por sus defectos y contradicciones, y el oyente se suma con una sonrisa cómplice.
El chiste suaviza la imagen del que habla sin restarle un gramo de violencia a lo que dice. El rival sale empequeñecido y el locutor luce su ingenio para el ultraje.
Hay en la tesis de López Martín un ejemplo muy revelador. En enero de 2011, Losantos afirma que el PSOE no tiene cabeza y finge adelantarse a la objeción de algún oyente: ¿tendrá al menos corazón? Responde con una risa sardónica y despacha la pregunta.
Nadie le ha llevado la contraria. Él solo imagina la discrepancia para finalmente formularla y liquidarla. Toda la conversación ocurre dentro de su propio discurso.
Los colaboradores pueden seguir disparando al mar: Losantos tiene hasta adversarios imaginarios para mantener vivo el combate. Y, como es natural, siempre les gana.
La imposición, tercera estrategia identificada, se sirve de imperativos, exhortaciones, preguntas retóricas y apelaciones directas que colocan al periodista por encima de quien le escucha.
El desacuerdo radical, la cuarta, va más allá de rebatir argumentos y pone en duda la credibilidad, la capacidad o incluso la legitimidad del contrario.
El debate se desplaza así de los hechos a las identidades, y los errores del otro pasan a explicarse por su naturaleza política o moral.
López Martín aporta aquí una distinción importante. En su corpus, los ataques a socialistas y a ciertos nacionalistas apuntan a su identidad política, mientras que las críticas al PP se dirigen sobre todo a decisiones, errores o carencias concretas.
A los primeros se les atribuyen defectos de fondo, una mala índole. A los segundos se les reprocha, muchas veces, falta de firmeza.
Esa asimetría, documentada para aquellos años y, a mi juicio, más acusada hoy, explica que la crítica a los propios refuerce la identidad ideológica en vez de debilitarla.
Losantos puede atacar a dirigentes conservadores y presentarse a la vez como guardián de unos principios que ellos habrían traicionado.
Este discurso funciona, en parte, porque convierte la indignación en una experiencia compartida. Quien sintoniza a Losantos no siempre busca información nueva. A menudo quiere escuchar a alguien decir, con más gracia y más saña, lo que él ya piensa.
El locutor pone palabras a un malestar previo y hace de la irritación de este o de aquel una comunidad de oyentes, unida por la familiaridad de una voz, la repetición de ciertos agravios y el gusto de ver ridiculizado al adversario. La indignación tiene además una ventaja comercial: se renueva cada mañana, como el pan.
Funciona también la promesa de contar lo que otros callan. Los programas más combativos construyen su autoridad denunciando a unos medios supuestamente sometidos al poder.
Así, un comunicador instalado en una empresa radiofónica, con audiencia fiel y enorme presencia pública, puede presentarse como voz de la resistencia frente al sistema. La resistencia, eso sí, con calefacción y horario fijo.
Esa posición no tiene que ser del todo falsa para resultar eficaz: basta con que el público vea en ella una independencia que echa en falta en otros sitios. En el caso de Losantos, las broncas con la propia derecha la refuerzan.
Nada de esto convierte toda opinión conservadora en propaganda, ni a todos sus oyentes en partidarios de sus excesos.
Pero la repetición de argumentarios, la selección interesada de los hechos y la fabricación de enemigos colectivos favorecen una lectura cerrada de la realidad. El problema empieza cuando los hechos ya no sirven para contrastar las opiniones, solo para confirmarlas.
Por eso, el éxito de Losantos no se explica solo por sus ideas. Lo singular es la mezcla de ideología, carácter y espectáculo: una función diaria de sátira, ultraje, certeza y confrontación con el locutor en el centro del escenario. Sus oyentes no sintonizan únicamente para saber qué ha pasado, sino para oír qué dice Federico de lo que ha pasado. La noticia pone el argumento del día, pero el protagonista es quien la cuenta.
Leídos juntos, el libro de Villarreal y la tesis de López Martín muestran que la rudeza verbal puede ser un oficio, una marca y una forma de entretenimiento.Conviene, con todo, no sacar conclusiones apresuradas. Gritar no hace falsa una opinión, como hablar bajo no la hace verdadera, y que un periodista tenga convicciones fuertes, use la sátira o se enfrente al poder no tiene nada de reprochable.
Lo reprochable es confundir la eficacia retórica y la invectiva con el conocimiento. Un argumento puede ser brillante y estar equivocado. Igual que una caricatura puede ser divertida y, a la vez, injusta. Ridiculizar al adversario nunca ha servido para quitarle la razón.
Vuelvo a los pistoleros de Antonio Villarreal. Mientras Losantos sigue con su monólogo, los colaboradores disparan de vez en cuando al mar.
Los disparos hacen ruido, agitan la superficie y entretienen al público. Cuántos dan en el blanco, nadie lo sabe. Quizá lo grave no sea que en España se hable demasiado, sino que hayamos acabado confundiendo la contundencia de las palabras ultrajantes con la solidez de las razones. Y algo más: entre tantos dispuestos a explicarnos el mundo, cuesta cada vez más distinguir a quienes tienen algo que contar de quienes solo necesitan seguir hablando. O insultando.

DdA, XXII/6498

EL SISTEMA PÚBLICO DE PENSIONES Y LA DERECHA EXTREMA


Félix Población

En el programa otrora de alienígenas y fuerzas ocultas del tal Iker en Cuatro, a cuyo presentador tan bien parodió en tiempos Mota, se estila ahora la tertulia ultramontana, con capítulos tan nauseabundos como el de las burlas con una anciana desahuciada de su vivienda, fallecida a los pocos días después de años de resistirse con el Sindicato de Inquilinas a abandonarla. 

Con todo, hay ocasiones en que el tal Iker y su contertulio Inda prestan un servicio público al respetable. Diez millones y medio de electores son demasiados para anunciarles una posible quiebra del sistema público antes de concurrir a las urnas, comentó el periodista patrañero. Mejor está no irse de la lengua ahora para después aplicar los recortes oportunos o lo que corresponda en comandita con la extrema derecha.

El tal Inda recordó que ya antes de los comicios de 2023, Feijóo tuvo un desliz similar, de ahí su rectificación inmediata y poco creíble ahora, sin que a Pedro Sánchez se le escapara oportunistamente la ocasión para garantizar la revalorización de las pensiones conforme al IPC antes de fin de año, asegurando que el sistema público es sostenible. 

Es factible, por esto, que el equipo de campaña del PSOE centre su programa electoral en la vivienda y las pensiones para fomentar el voto útil progresista que el sistema electoral y las divisiones de la izquierda van a propiciar. Si el primer asunto, con un parque público de vivienda a la cola de la Unión Europea, afecta sobre todo a los jóvenes y ha movilizado a la ciudadanía en las últimas semanas con una acampada en la Puerta del Sol, algo de preocupación les habrá entrado a los diez millones y medio de pensionistas después de escuchar a Ester Muñoz que el actual sistema público de pensiones es insostenible, coincidiendo en ello con Figaredo, el ceñudo diputado de Vox*.

Que tanto Muñoz como su jefe hayan dicho después lo contrario, me parece que cuestiona aún más la credibilidad y lo que vayan a hacer su partidos y su extrema derecha en esta materia. La colaboración del patrañero Inda ha sido indispensable a través de un programa otrora de alienígenas y fuerzas.

*Y ahora la que faltaba, Ayuso.

DdA, XXII/6498

NUNCA SERÁS ESCRITOR

 


Fernando Portolés

Nunca serás escritor - me dijo la señorita Conchita devolviéndome el cuento.
Tenía 9 años y aquello era lo primero que escribía. Se titulaba "El héroe" y sólo recuerdo su frase final: "Y todos fueron a abrazar a sus familias". Lo había encuadernado con cartulina azul y había hecho algunos dibujos a lápiz.
Recuerdo que aquel viernes, mis abuelos nos recogieron en el colegio para pasar el fin de semana en el pueblo.
Fui todo el viaje en silencio, con la mirada perdida en el paisaje fugaz de la ventanilla y las palabras de la señorita Conchita resonando en mi cabeza:
- Nunca serás escritor.
Mi abuelo era muy observador y enseguida se daba cuenta de mi estado de ánimo, cantarín casi siempre que íbamos al pueblo. Aunque yo no le miraba, me daba cuenta de que él me observaba por el retrovisor.
Era un puente de San Isidro y estábamos cerca ya del final de curso. Aunque estábamos en primavera, el verano asomaba ya detrás de los calores del mediodía. Mi abuelo empezaba a llevar pañuelo en el bolsillo de atrás de su pantalón de pana para el sudor de la huerta y empezaba ya a remangarse las camisas. Era una de mis épocas favoritas.
Cuando llegamos era tarde. El cielo estiraba la luz, pero el ocaso le ponía ya un filo púrpura a las nubes. Pronto se haría de noche.
Después de cenar nos sentamos un momento delante de la alberca, frente al macizo gris de la montaña.
- ¿Me lo vas a contar? - me preguntó mi abuelo.
Le miré. Nunca tenía que preguntarme las cosas dos veces.
- La señorita Conchita me ha dicho que nunca seré escritor - dije sin rodeos - Teníamos que escribir un cuento y el mío no le gustó.
Mi abuelo no respondió nada. Entornó los ojos mirando hacia la oscuridad de la carretera que pasaba por delante de la finca.
- Mañana toca plantar las tomateras - dijo por fin - Así que vete a dormir, que te despertaré pronto.
Y así fue. Comenzamos temprano, cuando el huerto aún permanecía en umbría. Había un muro que tapaba el sol hasta media mañana. Trabajábamos en silencio. Sólo se oía el ruido de la azada rompiendo la tierra y el runrún lejano de un tractor.
Yo observaba a mi abuelo formando las regueras. Pero algo iba mal. Él siempre era un hombre preciso y aquel día estaba trazando unas líneas ondulantes que serpenteaban como una culebra.
- Abuelo, ¿por qué haces los surcos así? - pregunté acercándome al borde del huerto - Siempre me has dicho que tienen que ser rectos para que el agua corra bien.
Mi abuelo se enderezó y se limpió el sudor de la frente con el pañuelo. El sol pronto asomaría por el muro.
- Porque así fue el primer huerto que hice en mi vida - respondió mirando aquellas líneas sinuosas - Mi padre no era hombre de campo y nadie me enseñó cómo mover la azada, ni con qué fuerza tenía que golpear la tierra. Al principio, los del pueblo me decían que esto no era lo mío. Pero no les escuché. Empecé a visitar otras huertas y a fijarme en cómo trabajaba la tierra la gente que sabía. Y aprendí, después de hacerlo mal muchas veces.
Nos quedamos en silencio. No dije nada. Él tampoco. Sólo me miró y me dió mi azada pequeña. El sol iluminaba ya medio huerto y había trabajo por delante enderezando aquellos largos montículos de tierra.
Y decidí que sí, que sería escritor. Para hablar de la huerta, de mi abuelo y de aquellas conversaciones en los días de siembra.
Eso sí, con renglones rectos. Como las regueras.

DdA, XXII/6498

JUAN CARLOS MONEDERO: EL EXCESO DE CÁLCULO NO ES POLÍTICA, ES POLITIQUERÍA

Me parece oportuno y necesario el breve análisis que hace el profesor Juan Carlos Monedero de lo que está dando de sí, para no variar, la situación que vive la izquierda en España ante la convocatoria adelantada de elecciones generales y la imposibilidad, a una cuantas horas de que concluya el plazo de presentación de candidaturas, de una conjunta de esa izquierda para el 29 de noviembre. Esto comportará no sólo tirar a la basura cientos de miles de votos y la posibilidad de duplicar los escaños a conseguir en el Congreso, sino permitir que la derecha extrema gobierne en los próximos años y por primera vez desde la extinción de la dictadura franquista. El exceso de cálculo no es política, escribe Monedero, sino politiquería y donde tenías un gran apoyo, luego queda nada, o aún peor, una derecha que va a poder justificar sus barbaridades.

DdA, XXII/6498

jueves, 15 de octubre de 2026

¿NO BASTA CON ESTO?: UNIDA LA IZQUIERDA LOGRARÍA EL DOBLE DE ESCAÑOS

Todos los estudios lo dicen y no hace falta ser un lince: con el mismo número de votos, la izquierda, si se une, obtendría como mínimo el doble de diputados y diputadas que si va por separado. Repitámoslo hasta hacerlo posible, escribe la articulista. A lo que me permito añadir: si no les basta con estos números a los que hasta ahora les tocaría por dignidad haber llegado a un acuerdo, con la que nos puede caer el 29 de noviembre, es como para decir apaga y vámonos.


Marge Ferré

La unidad electoral de la izquierda no es un deseo, es una necesidad. Lo es si lo que se quiere es impedir que los neofascistas vuelvan a gobernar España, esta vez sin Franco, pero con intenciones parecidas.

Lo es, una necesidad, si se entiende que para cambiar una realidad dada lo que hay que hacer es trabajar sobre ella; sobre la realidad, quiero decir, no sobre los deseos. Y la realidad en nuestro país desde que alguien plantó la primera tienda en Sol, es la de un tiempo político acelerado.

Parece ya lejano, afortunadamente, pero fue hace poco que vivimos un verano en el que la derecha y su enjambre mediático, judicial, económico y youtubero nos enfangaron en debates sobre el odio a los condenados de la tierra que cruzaron a Ceuta, pretendiendo hacer del racismo el eje articulador de la política en España. Recuerdo pensar “cómo les gusta odiar” mientras veía videos de hordas queriendo patear migrantes. También pensé que odiar es su espacio favorito, es el lugar oscuro y húmedo en el que crecen. Al miedo, que es lo que en el fondo sienten, le encanta la oscuridad.

Pero llegó el otoño y una tienda de campaña, en la plaza que ilumina, les rompió el relato y al hacerlo, la rabia justa encendió un tiempo diferente; cuando la realidad grita, se hace audible y ya no te puedes hacer el sordo.

Las acampadas por el derecho a la vivienda importan porque lo que ha cambiado el tiempo político no ha sido solo el desahucio de Maricarmen, sino la lucha desencadenada para que esa barbaridad no pueda volver a ocurrir. Es la reacción a lo injusto lo que lo cambia la realidad y eso es, precisamente, lo que es una Huelga General; algo así como un grito masivo que anuncia hartazgo, un “se acabó” que marca el camino y que dice que vamos en serio. Una Huelga General es la expresión de la voluntad colectiva de que lo injusto ha de ser resuelto.

Los que así lo entendemos (y somos millones) sabemos que en las elecciones que Sol precipita, hay que hacer todos los esfuerzos para que ese anhelo -vivienda, salarios, precio- cristalice, se convierta en políticas públicas que cambien a mejor la realidad cotidiana de la gente y que eso no es política en pequeño. Es política en grande.

Sabido es que, para hacerlo, para materializar ese anhelo, hay que sortear un muro cuidadosamente construido: la ley electoral es la que es (de nuevo la tozuda realidad sobre la que hay que trabajar) y obliga a la unidad de la izquierda. Me consta que muchas y muchos están trabajando por ello, unas a regañadientes, otros más convencidos, las mejores en la sombra… pero da igual, ha de hacerse. No solo por sumar más escaños, sino por otro motivo mucho más precioso.

Si la gente importa, su voto también. Una propuesta que garantice que cada voto a la izquierda cuente y que, por el camino y de propina, le quite diputados a Vox. Todos los estudios lo dicen y no hace falta ser un lince: con el mismo número de votos, la izquierda, si se une, obtendría como mínimo el doble de diputados y diputadas que si va por separado. Repitámoslo hasta hacerlo posible: que los neofranquistas no gobiernen España pasa por la unidad electoral de la izquierda y esa es la contradicción principal. Lo demás es secundario.

La buena noticia es que en ese espacio no hay insalvables divergencias programáticas, debates sí, pero no antagónicos, sobre la defensa de Palestina, la paz, la vivienda, la sanidad, la educación, la igualdad… Un país mejor y para su gente frente a rentistas y especuladores, un país que haga de la solidaridad un recurso inagotable.

Enfrente, un PP que anuncia sacrificios que sabemos sobre qué hombros pretende cargar y un Vox que quiere emular a Milei y su jornada laboral de 12 horas, salarios de miseria, regalarle nuestras pensiones a la banca y nuestro país a Donald Trump. No hay grises ni equidistancia posible: este tiempo político acelerado es un tiempo de disputa y por eso me atrevo a recordar que ni los partidos ni las huelgas son fines en sí mismos, sino herramientas construidas para canalizar la escucha cuando la gente grita.

Su voz ha abierto, como una ventana, un tiempo político que rompe predicciones, que incomoda y pone nerviosos a caseros, banqueros y a traficantes de armas y por eso, ni más ni menos, defiendo la unidad.

Hay que saber leer el tiempo histórico y escuchar a quienes lo construyen, voces que hoy exigen una candidatura de la izquierda lo más unitaria posible. Así que me sumo a las muchas que ya apelan a no decepcionar a la gente y a trabajar desde la realidad desafiable. Animo, desde estas líneas llenas de realidad y deseo, a trabajar por la unidad de la izquierda, hasta el último minuto.

PÚBLICO  DdA. XXII/6497