Buen momento el de un poemario para entrevistar al escritor y poeta Felipe Alcaraz, que acaba de publicar el titulado Barrio Alto (Final de viaje) y que se declara perplejo en los tiempos que corren, si bien no inmóvil, como le cuenta a Raúl Bocanegra en el diario Público, abriendo la charla con una frase del pueblo que oyó a una mujer de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), justamente en el Barrio Alto. Le preguntaron: ¿Qué? ¿Cómo te va la
vida? Y ella respondió: Aquí en la putada de seguir viva. Tenemos
que seguir luchando, si no, habrán ganado los que quieren que nos muramos
cuanto antes". Frente a a quienes dicen que seamos rigurosos, que esto no es exactamente fascismo, entiende Alcaraz que si el fascismo es un capitalismo de excepción, un capitalismo cabreado en esta etapa, pues sí es fascismo, neofascismo, y vendrá, como decía Saramago, con traje de Armani y con corbata y hablando de libertad.
El histórico dirigente comunista (1943), exsecretario
general del Partido Comunista de Andalucía (PCA), exdiputado en el
Congreso de los Diputados, expresidente ejecutivo del Partido Comunista de
España (PCE) y exportavoz federal de Izquierda Unida, dice que "Sanlúcar de Barrameda, junto a Linares, son de
los pueblos de mediana población con más pobreza y paro de Europa. Pero
allí es distinto [se vive] de una forma especial, hay un terremoto lento,
un thriller inminente de la gente, una lucha, una resistencia
frente al Estado, que lo que quiere es que la gente se muera cuanto antes para
evitar gastos. Y la gente se defiende", reflexiona.
Para Alcaraz, la poesía también es una herramienta de lucha política.
"Las banderas de los pobres —afirma— son la ropa tendida en la azotea
tremolando al viento. Es la indicación de aquí están los pobres, que tienen en
el atardecer de Sanlúcar su ópera. El atardecer es la ópera de los pobres.
Y lo hago desde ese punto de vista de, como diría Machado, la demofilia,
del amor por la gente. El padre de Machado firmaba como Demófilo,
el que ama a la gente, los artículos". "Todo acto
revolucionario, decía el Che, comporta de principio un acto de amor. Esa
relación con la gente y cómo resiste, se olvida. Como hay en este país, unos
millones de pobres que no se ven", añade Alcaraz.
"Ahí estoy —abunda en este asunto— haciendo poesía como una lucha
ideológica más. ¿Por qué? La base de la poesía que hacemos los que no
queremos estar en la norma [está en] Bertold Brecht, en Pier Paolo
Pasolini, en Blas de Otero, toda esta gente. Aparece entonces una poesía
absolutamente distinta, jamás panfletaria, pero de estructura diferente, la que
hizo Javier Egea, el poeta de Granada. Es una poesía distinta a la
lírica, el alarido del yo profundo. Esta vez el alarido viene de fuera, de
los conflictos sociales y también de los internos, pero visto de otra
manera. Por ejemplo, lo del amor no es el amor que termina en una joyería, en
una tienda o en el Corte Inglés. Es el amor como dijo Alan Badiou: la
relación entre dos personas, con independencia del sexo, en una relación
especial. Es la unidad mínima de comunismo".
Además de la letra P que inauguran las palabras perplejo y poesía,
hay otras dos pes que dan comienzo a los vocablos pintura y, claro
está, política, que son otras de las dos cuestiones que ocupan, desde
siempre y aún hoy, el tiempo de Alcaraz. La última instantánea de Antonio
Machado es el título de la exposición de pinturas que ha inaugurado en
Sevilla esta semana, en paralelo a la presentación de su poemario, en la sala
El Cachorro, y que estará abierta hasta el próximo 27 de junio.
"He hecho una serie de pinturas a partir de
una fotografía que hizo Corpus Barga a Machado en la estación de
Portbou, cuando iba de camino a Colliure. Antonio Machado tenía una
expresión entre esperanza y desesperación. Con 63 años aparentaba 93. Esa es la
última instantánea de Antonio Machado y sobre esa foto he hecho una serie de
retratos. Esta última fotografía se oculta a veces porque demuestra lo que es
la terrible historia de España, este país de centenares de golpes, asonadas y
pronunciamientos. Y esa cara demacrada de Machado, absolutamente rota que
intenta al final expresar también algo de esperanza es algo que se está
ocultando mucho".
La situación política actual es lo que tiene fundamentalmente
"perplejo" a Alcaraz. Así describe el mundo de hoy: "Dicen
que seamos rigurosos, que esto no es exactamente fascismo, pero si el fascismo
es un capitalismo de excepción, un capitalismo cabreado en esta etapa, pues sí
es fascismo, neofascismo y vendrá, como decía Saramago, con traje de
Armani y con corbata y hablando de libertad. Entonces, en España esto se
traduce en recomponer el inconsciente franquista. Con eso de 'se vivía mejor
entonces', están relanzando el inconsciente franquista que se junta con esta
gran internacional de Donald Trump, una especie de extraliberalismo, que están
creando un nuevo orden mundial".
"Yannis Varoufakis —prosigue— ha hablado de tecnofeudalismo. Creo
que no, que es simplemente el capital postmoderno que ha convertido todo en
mercado, todo: espacio, obra, materia y carne. El mundo es mercado, todo
es mercado. Estamos en un presente rabioso, radical, donde la mentira bien
dicha equivale a la verdad y aquí hay que meter la crisis del periodismo y de
la política, de la política representativa y la organizada. Hay que salir de
esa situación que se va agrandando y que parece que en las próximas generales
se puede concretar".
Si el curioso lector, máxime quienes tienes un conocimiento de la historia contemporánea del teatro en España, repara en el currículum del actual consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, observará que quien fuera director de escena y gerente de los Teatros del Canal, es hijo de dos profesores e investigadores de teatro, se formó en el Teatro Universitario de Murcia, es licenciado en Derecho y tiene acreditado un doctorado cum laude con una tesis sobre Adolfo Marsillach y los montajes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Se podría decir que el Mariano de Paco que considera al calor, bien sea a la murciana o a la madrileña, un motivo de inspiración más que un agobio para los alumnos que se torran en los colegios de Madrid por carencia de ventilación,lo que escenificó en la Asamblea de Madrid no fue un alarde de idiotez o ignorancia propio de un tarugo con corbata, sino una provocación en toda regla, acaso para demostrar que bajo el gobierno de su jefa todo cabe sin que cambie nada. Lo lógico en este caso sería que Mariano de Paco desapareciera de la escena política que ocupa, cesado o dimitido, pero no ocurrirá tal en un gobierno que viene haciendo de la provocación insultante un continuado happening mediático. Lo de Mariano de Paco ha sido eso, siguiendo la escuela del jefe de gabinete de su jefa. Quedamos a la espera del próximo sainete, que contará como es habitual con la claque de los medios al servicio del gobierno autonómico madrileño*.
El periodista, exjugador de Vélez y de algunos clubes de España se pregunta en este artículo, en este mundo de irreconocibles espejos deformantes, de realidades no imaginadas, ¿con qué criterio ético y moral se puede aceptar que un copartícipe genocida entregue el máximo galardón del fútbol internacional en el próximo Mundial, y no se nos caiga la cara de vergüenza? Miserable imagen nos espera: Trump entregando la copa del Mundial y el mismo hombre a la misma hora asesinando civiles inocentes al otro lado del mundo.
José Luis Lanao
Trump está de moda, de la mala. Es el personaje del año. Combina bombardeos con gambetas. Es un hombre que mata bien. Demasiado bien. Mata al por mayor, sin establecer grandes distinciones morales entre una matanza u otra. Sus guerras se suceden como quien lanza carozos de aceitunas, una detrás de otra. Las escupe como si fueran “realitys” televisivos, sin mucho contenido, algo de consumo rápido, para pasar al siguiente conflicto. Una forma macabra de hacer política. ¿Cuánto tardamos en reconocer quiénes nos van a joder la vida? ¿Les suena?
Existe una tropa de ultraliberales enajenados que han construido un sistema de normalización del horror tan eficaz que ya no hace falta ni órdenes, ni censura. La barbarie ya no se oculta, queda diluida en miles de contenidos banales y la siempre generosa tarjeta de crédito humeante. Queremos vidas esponjosas, ligeritas, licuadas, para distraernos, con poco peso. Así se abrió un nuevo frente, más correoso y más difícil de derribar: el que conforman los indiferentes. Sujetos que se han excluido de la realidad, que carecen de ideales o han dejado de buscarlos. El orden mundial cambia, pero resulta inquietante la tranquilidad con que renunciamos a la defensa de nuestras convicciones.
En esa manía de pensar y pensarnos, debemos reconocer que nos pensamos poco. En este mundo de irreconocibles espejos deformantes, de realidades no imaginadas, ¿con qué criterio ético y moral se puede aceptar que un copartícipe genocida entregue el máximo galardón del fútbol internacional en el próximo Mundial, y no se nos caiga la cara de vergüenza? Miserable imagen nos espera: Trump entregando la copa del Mundial y el mismo hombre a la misma hora asesinando civiles inocentes al otro lado del mundo. Qué secuencia de la infamia más abyecta. ¿Cómo se juzga esto? No sé cómo lo juzgarán nuestros descendientes, pero habrá que dejarles bien razonado el cinismo; si no, se lo van a creer.
Quienes hoy cierran los ojos deberían recordar que quien normaliza el comportamiento de un genocida eleva su impunidad, y cuanto más se toleran sus desmanes, más se agranda su poder. Mientras transigimos con cada silencio o gesto de indulgencia, con cada crítica aplazada, contribuimos a ampliar su margen de maniobra. En realidad, no llegamos tarde a reconocer el genocidio gazatí, sino a admitir que siempre supimos que lo era.
Quienes así pensamos no estamos en contra del Mundial, interpelamos si es moralmente ético que se juegue en un país que, en la actualidad, bombardea ciudades y mata niños inocentes. Resulta cuanto menos aberrante que un genocida sea uno de los protagonistas del mayor espectáculo popular del planeta, cuando, como mínimo, debería ver el acontecimiento deportivo desde el Tribunal de La Haya.
Me llamo Amelia. Mi marido se llama Leandro. Tenemos setenta y cinco y setenta y seis años, y llevamos casados desde que yo tenía veintitrés.
Me dicen que ya no se hace así, pero nosotros lo hicimos así — y nos fue bien. Nos jubilamos hace diez años. Leandro fue profesor de taller en un instituto, y yo, bibliotecaria. Cuando nuestra hija Marta nos dijo que los nietos ya eran mayores para «acordarse de verdad de la abuela y el abuelo», Leandro anunció que íbamos a recorrer el país en autocaravana antes de que, como él decía, «el cuerpo se acuerde de que está cansado».
Compramos una autocaravana de segunda mano. La preparamos para seis semanas. Llevamos al perro — Rayo, un pastor alemán, ocho años entonces, cuarenta y dos kilos, con esa cara seria, atenta y levemente desconfiada que la raza lleva como uniforme. Leandro lo había criado desde cachorro.
Seis semanas. De este a oeste, por el camino largo. La casa de Marta en el norte fue el principio. Su hermana Cristina en el sur, el final. Todo lo de en medio era simplemente el camino.
Aquella noche fue el cuarto martes del viaje. Estábamos en una carretera que no sabría reconocer aunque mi vida dependiera de ello. Habíamos parado en un arcén amplio de grava para dormir — a Leandro le gustaba conducir mucho y parar tarde, y odiaba los campings de pago. «El campo abierto es gratis», decía. Era una de las pocas cosas en las que tenía opiniones firmes.
Yo leía en la cama del fondo. Él estaba delante, cerrando la cabina para la noche. Y entonces le oí hacer un sonido.
No era una palabra. Era un pequeño «hh» — el sonido que hace un hombre cuando algo le golpea en el pecho sin que lo vea venir — y luego lo oí caer. Se golpeó contra la mesa plegable y se deslizó al suelo de la autocaravana con ese derrumbe lento y lateral que voy a ver el resto de mi vida.
Fui hacia él. Mis rodillas ya no son lo que eran. Fui de todas formas. Me arrodillé a su lado en el suelo, y su cara era gris — no pálida, gris, del color que toma una cara cuando la sangre deja de hacer lo que tiene que hacer — y su mano derecha estaba sobre el pecho y sus ojos estaban abiertos buscándome.
Dije su nombre. Él intentó decir el mío.
Voy a contaros lo que entendí en ese segundo, porque fue lo que determinó todo lo que hice después. Mirando su cara, entendí que no teníamos mucho tiempo. Y entendí que la única posibilidad estaba fuera de la autocaravana, no dentro.
Cogí el teléfono. Sin cobertura. Por supuesto, sin cobertura. Llevábamos dos días perdiéndola y recuperándola.
Me levanté de ese suelo más rápido de lo que me había movido en quince años, fui hasta la parte delantera y miré la carretera. No había nada. Ni faros en ninguna dirección. Solo oscuridad, estrellas y ese silencio que te llena los oídos como algodón.
Yo no conduzco. No he conducido desde 1994, cuando un problema de oído me quitó el equilibrio una temporada, Leandro tomó el volante en silencio y yo en silencio nunca lo recuperé. No podría haber arrancado esa autocaravana. No podría haberla conducido. No podría haber parado un coche que no estaba en la carretera.
En ese arcén tenía dos cosas. Una era un marido muriéndose en el suelo. La otra era un pastor alemán de cuarenta y dos kilos parado en el pasillo, mirándome, esperando, como Rayo siempre miraba y esperaba — con las orejas ya levantadas y todo el cuerpo inclinado hacia delante, como si hubiera notado que la noche había cambiado de marcha antes que yo.
Abrí la puerta de la autocaravana. Señalé hacia la oscuridad. No recuerdo exactamente lo que hizo mi voz, pero las palabras sí las recuerdo, porque no me han abandonado.
— Rayo. Ve. Ve a buscar a alguien. Por favor.
Saltó a la oscuridad tan rápido que apenas vi su silueta desaparecer. Se fue — al aire negro de la noche, a la nada.
Volví con Leandro. Me senté a su lado en el suelo, cogí su mano. Estaba caliente, pero él estaba muy quieto — no quieto como cuando uno duerme, sino quieto como cuando algo dentro hace todo lo posible por no detenerse. Le hablé. No recuerdo qué. Algo sobre Marta y Cristina. Algo sobre que todavía no habíamos llegado al final del viaje. Algo bastante tonto sobre que me había prometido enseñarme la sierra.
No sé cuánto tiempo pasó. Quizás diez minutos. Quizás veinte. En la oscuridad en el suelo de una autocaravana junto a un marido que se está muriendo, el tiempo deja de ser lo que normalmente es.
Y entonces oí algo fuera.
Voces. Una voz de hombre, luego una de mujer. Pasos sobre la grava. Un golpe en la puerta.
— ¡Oiga! ¿Hay alguien? Su perro se ha puesto en medio de la carretera y no se movía. Hemos salido del coche y ha echado a correr hacia aquí, y...
Abrí la puerta.
Era una pareja joven. Treinta y tantos, quizás algo más. Iban de camino hacia el sur. El hombre vio a Leandro enseguida, le dijo algo a su mujer, y ella ya estaba llamando — ellos sí tenían cobertura, otra compañía — mientras él ya estaba junto a Leandro, con una voz tranquila y segura. Resultó ser técnico de emergencias médicas, volviendo de unas jornadas de formación.
Técnico de emergencias. Volviendo de una formación médica. Detenido por un pastor alemán en medio de una carretera vacía a la una de la madrugada.
La ambulancia llegó a los dieciocho minutos.
Leandro había tenido un infarto. Grave, dijeron los médicos después, con esa entonación con la que entendí que si hubiera pasado un poco más de tiempo, la conversación habría sido otra.
Estuvo diez días ingresado. Yo viví en la autocaravana en el aparcamiento del hospital. Rayo vivió conmigo.
Al décimo día, Leandro salió del hospital por su propio pie, apoyado en mi brazo. Vio a Rayo junto a la puerta de la autocaravana. Se arrodilló delante de él — los médicos probablemente no lo habrían aprobado — y lo abrazó con los dos brazos.
Rayo se dejó abrazar. Quieto, serio, con esa cara suya que decía: «Todo en orden. Lo encontré. Lo traje».
A casa llegamos al final. Un poco más tarde de lo previsto.
Cristina salió a la puerta y nos miró a nosotros, luego a Rayo, luego otra vez a nosotros.
— Papá — dijo —, tienes cara de tener algo que contar.
— Lo tengo — dijo Leandro —. Pero primero que entre Rayo. Se lo ha ganado.
Ahora tiene once años. El hocico casi todo blanco. Camina más despacio que antes. Pero cuando Leandro entra en una habitación, sigue levantando la cabeza y inclinándose un poco hacia delante — por si acaso. Como si siempre estuviera listo.
Pienso mucho en aquella noche. En la oscuridad. En la puerta que abrí sin saber si había alguien al otro lado. En cómo dije «por favor» — no a Rayo, creo. Solo a la noche.
Y en que la noche respondió.
¿Creéis que los perros entienden más de lo que pensamos? ¿O que a veces, en el momento justo, aparece exactamente lo que se necesita? Si esta historia os ha emocionado, compartidla con quienes saben que un perro no es solo un animal. Es alguien que se queda a tu lado cuando todo está más oscuro.
A medida que el caos ético –es decir, el infierno– toma posesión de la tierra, se va olvidando que el turbo-capitalismo exprime inmisericordemente al conjunto de la sociedad, a la par que destruye sistemáticamente la naturaleza, escribe el autor del artículo, que formará parte de un nuevo libro de Antonio Monterrubio. La lucha contra la exclusión es necesaria, pero no suficiente. La clave de bóveda del Tinglado es la explotación, y así debe señalarse. Tan delicada es la situación que incluso los más elementales derechos humanos han de ser hoy reivindicados y exigidos. No basta con inscribirlos en grandes declaraciones institucionales, hay que hacerlos encarnar en el modo en que los hombres viven. Si no existen en la familia, el barrio, los institutos y facultades, las oficinas y hospitales, las fábricas y supermercados, entonces no significan nada, están escritos en el agua.
Antonio Monterrubio
Habitamos un punto del espacio-tiempo en el que ante nuestra mirada desolada convergen y coinciden lo patético y lo grotesco. Los ejes de coordenadas están desvencijados, el origen es ilocalizable y las trayectorias han devenido giros y espirales sin sentido. Un oligarca puede alquilar para su fastuosa celebración nupcial nada menos que la entera ciudad de Venecia con sus palacios, canales, teatros, museos y góndolas. Mientras tanto, a lo largo y ancho de nuestra pequeña esfera azul, los miles de personas que trabajan para él sobreviven entre la precariedad, la rutina y el hastío. Paralelamente, sus divisiones blindadas de asesores fiscales y sus jenízaros del derecho corporativo se estrujan las neuronas en la insana tarea de hacer que el porcentaje de impuestos sobre sus beneficios sea absurdamente minúsculo.
Las oligarquías basan su lógica de la dominación en lograr convencer a la población de que su autoridad indiscutible es ley divina o, en todo caso, natural. Su promesa estrella es una redención total y definitiva, pero siempre pospuesta. La fragilidad del mensaje excluye que su estrategia de persuasión se enfrente a una competencia que pueda hacerle sombra. Las élites no ignoran que el conocimiento, la sabiduría, la reflexión o la ética son armas de deslegitimación de su autoproclamado derecho a gobernarlo todo. Por eso el Tinglado se esfuerza tanto en acaparar los canales por los que circulan información, comunicación, educación y cultura. Hasta los más estrechos capilares son objeto de vigilancia y de intervención. No solo aspiran al monopolio del Poder; también decretan que la Verdad es propiedad privada, dificultando, debilitando o suprimiendo el debate abierto.
La libertad para hablar se queda en agua de borrajas si no incluye el derecho a ser escuchado. En una democracia plena y auténtica, la hermenéutica de la realidad exigiría el diálogo competitivo de voces plurales salidas de una comunidad de ciudadanos libres. Y ahí, por cierto, no existirían enemigos a eliminar, a lo sumo adversarios políticos o ideológicos con los que se habría de confrontar. Claro que tal cosa requeriría coraje y, sobre todo, asumir el riesgo de la derrota –situación y posición intolerable para quienes consideran que las riendas les pertenecen por derecho natural–. Así pues, apuestan por eliminar, silenciar o, al menos, volver tartamuda cualquier oposición y disidencia. El relato único se les hace imprescindible, máxime cuando necesitan degradar los controles y las instituciones que podrían y deberían poner límites a sus abusos y corrupción.
De todos los factores que generan desigualdad, el más importante y decisivo es el dinero. Hacernos olvidar esta aplastante evidencia es una de las tareas fundamentales de los aparatos ideológicos que sirven a quienes conocen la combinación de la caja fuerte. Los que manejan los caudales pueden comprar los favores de señores feudales venales de poderes menores, granjeándose así la sumisión de burgueses y villanos. Hasta la consabida expresión la voz de su amo es engañosa, pues quien habla –y su discurso es inevitablemente performativo– es el Capital. Disputarle la hegemonía parece una quimera; en todo caso, sería un trabajo propio de titanes abocado a un fracaso casi seguro. Sin embargo, una sociedad genuinamente decente y democrática no tendría necesidad de héroes caídos. Algo falla en este videojuego que se nos presenta como única realidad posible.
Las convulsiones que periódicamente agitaban las aguas del capitalismo no eran sino una agudización temporal de su normalidad. Hoy la crisis se ha cronificado, y se desvanecen las expectativas de revertirla a una serie de brotes que puntuaban periodos de relativa estabilidad. La precariedad, los bajos salarios, la voladura (des)controlada del ascensor social o la entronización del cada uno para sí y Dios contra todos engendran frustraciones y cólera. La catástrofe sistémica obliga a correr sin descanso para permanecer en el mismo sitio, un lugar en el que no se quiere vivir. El malestar acumulado solo espera el momento de eclosionar. La barata demagogia ultraderechista encuentra así la ocasión soñada de verter su ponzoña en oídos desprevenidos y colonizar neuronas somnolientas. No es que su clientela, cada vez más numerosa y turbada, crea realmente en la eficacia terapéutica de sus eslóganes simplistas y sus jaculatorias descabelladas. Lo que necesita, y se le ofrece generosamente, es descargar su amorfa furia en ceremonias o rituales colectivos de execración. El Sistema se ocupa gustosamente de suministrarle una variada gama de dianas de repuesto. La cuestión clave es impedir a toda costa que su ira termine dirigiéndose contra los auténticos artífices de sus desdichas, que, además de sus vidas, controlan sus emociones. Y la noria sigue girando, acarreando agua para mantener siempre llenas las piscinas de los poderosos.
Los amos de la gramática social han cancelado el futuro perfecto, pero también el imperfecto. Hasta diríase que han ocultado en lo más profundo del trastero los modos subjuntivo y potencial. Ahora bien, buena parte de la responsabilidad recae en quienes se dejan atrapar en el cepo de los mañanas gloriosos. Vivir el presente como sala de espera del futuro es un error de apreciación con consecuencias de gran calado. El presente es lo que hay. Desaprovecharlo, tirarlo por la borda, sacrificarlo en el altar de lo etéreo es puro desvarío. Todo es presente. El tiempo no es una realidad a la que se pueda acceder de manera directa, se escapa de las manos. El problema no es que el tiempo pase, sino que nosotros pasamos.
Todo el mundo acelera su vida y se esfuerza por su ansia de futuro, por su hastío del presente. El que organiza todos sus días como si fueran el último, ni ansía el mañana ni lo teme (Séneca: Sobre la brevedad de la vida).
Un extraño teorema rige el funcionamiento del capital financiero: a quien tiene se le dará más, y a quien no, se le quitará lo poco que posee. El jardín del Edén neoliberal es el antibosque de Sherwood. Aquí se roba a los pobres para repartir el botín entre los ricos. La lucha de clases no se ha evaporado. Pero se ha convertido en la rapiña desaforada de una élite sobre sociedades invertebradas en las cuales el individuo narcisista huye de toda idea de fraternidad o solidaridad como de la peste. Es refractario a la unión con sus iguales por la sencilla razón de que no cree tener iguales. Se piensa el único ser cuyo ombligo es redondo.
Una de las bazas triunfadoras del neoliberalismo ha sido instalar en las mentes el dogma de que cada cual es el empresario de sí mismo, un freelance que compite por un trozo de pastel lo más grande posible. El corolario inevitable es que el fracaso es exclusivamente imputable al sujeto y, por tanto, ha de avergonzarlo y hacer que se sienta culpable. La desfachatez con la que invocan la cultura del esfuerzo quienes nacieron entre algodones y siempre han tenido el viento a favor debería causar pasmo y estupor. Sin embargo, es otro de los mantras que pobres y ricos recitan con idéntica devoción.
Los servicios y bienes comunes se van haciendo menos accesibles, escasean o incluso desaparecen. Paralelamente, el control tecnocorporativo sobre nuestras vidas, pensamientos, emociones y movimientos se torna agobiante. La idea de que no hay alternativa reina por doquier, pese a que está en juego nuestra supervivencia. Además, por si fuera poco, en el paraíso turbocapitalista nadie es feliz. Por el contrario, la desdicha crece de día en día. Los asalariados pierden «la propiedad sobre el resultado de su trabajo y la posibilidad de llevar una vida activa más allá de la subordinación». Pero a su vez, los capitalistas «se encuentran encadenados a un proceso sin fin e insaciable, totalmente abstracto y disociado de la satisfacción de necesidades de consumo, aunque sean de lujo» (Boltanski, Chiapello: El nuevo espíritu del capitalismo). Este bucle del que no parece haber salida determina que el tedio sea compañero inseparable de todos, del príncipe y del mendigo, del pobre Lázaro y del rico Epulón.
Ese aburrimiento que, como dijo Cioran, es «mascar tiempo», provoca la búsqueda de bálsamos extraviados, descarriados o inmorales con la vana esperanza de aliviar su mordedura. Y, naturalmente, cuanto mayor es la opulencia, más grandes las barbaridades. A pesar de censuras, tachaduras y ocultaciones, la publicación de parte de los archivos de Epstein salpica a importantes personajes del cogollito social. Da toda la impresión de que los horrores reales e inenarrables de la isla del abuso y la violación dejarían a los más depravados sueños de la secta retratada por Kubrick en Eyes Wide Shut al nivel de un guateque de adolescentes. Simultáneamente, por aquí y por allá, en los cinco continentes aparecen indicios de que la crème de la crème global y local desprende un cierto aroma a podrido.
Eso sí, para los altavoces de alcance masivo, la noticia de impacto es el presunto fenómeno social de los therians. Se trataría de jóvenes que se identifican con animales, corriendo, brincando y aullando, quizás como muestra de repudio hacia el género humano. Adobando este bombazo informativo, se divulgan fotografías y vídeos realizados con inteligencia artificial o con métodos más rudimentarios. La calidad da igual mientras se meta ruido. Los medios tradicionales se hacen eco, como es de rigor últimamente, de la inagotable capacidad para los delirios ridículos propia de la red de redes.
Nos las habemos con espesas cortinas de (botes de) humo destinadas a disolver cualquier conato de insurrección en forma de exigencia de rendición de cuentas a las élites. Hemos tenido anuncios de supuestas quedadas de therians a las que solamente acudieron grupos de mozos exaltados y un tanto puestos con la única intención de agredir verbal –y quién sabe si físicamente– a alguno que se atreviera a aparecer por allí. Dada la ausencia de víctimas, los cachorros de facha debieron conformarse con corear su himno dedicado a Pedro Sánchez, en la estela de la frutera mayor del reino y sus compinches nacionalcatólicos. Claro que esto, a su vez, habilita a los heraldos negros para proseguir con la canción de moda «Todos (o casi) los varones jóvenes son fachas». Este gran éxito del top ten mediático tiene la misión de ser entendido en el sentido de que todos (o casi) los fachas son varones jóvenes. De este modo, las hordas de sujetos adultos, mucho más temibles, pueden ser presentadas como honrados ciudadanos de centro-derecha, hondamente preocupados por el destino de la nación.
A medida que el caos ético –es decir, el infierno– toma posesión de la tierra, se va olvidando que el turbocapitalismo exprime inmisericordemente al conjunto de la sociedad, a la par que destruye sistemáticamente la naturaleza. La lucha contra la exclusión es necesaria, pero no suficiente. La clave de bóveda del Tinglado es la explotación, y así debe señalarse.
Vosotros por la vida nos lleváis
al pobre lo hacéis ser culpable
y al pesar lo entregáis luego,
pues toda culpa se paga en este mundo.
(Goethe: «La canción del arpista», Misión teatral de Wilhelm Meister)
Tan delicada es la situación que incluso los más elementales derechos humanos han de ser hoy reivindicados y exigidos. No basta con inscribirlos en grandes declaraciones institucionales, hay que hacerlos encarnar en el modo en que los hombres viven. Si no existen en la familia, el barrio, los institutos y facultades, las oficinas y hospitales, las fábricas y supermercados, entonces no significan nada, están escritos en el agua. Las libertades serán cotidianas y rutinarias o no serán. De poco vale que la Constitución certifique y ampare el derecho a una vivienda digna si buena parte de la ciudadanía no puede permitírsela. Agitar el espantajo de la igualdad de oportunidades cuando a las clases populares se les hace cada vez más difícil y caro el acceso a los diplomas y másteres indispensables para triunfar es pura palabrería, un hiriente sarcasmo. Pregonar la universalidad de una zarandeada sanidad al tiempo que apenas se le dejan las migajas a una creciente población irregular es publicidad engañosa. Los derechos legales son papel mojado si las abismales disparidades de riqueza, estatus y poder encasillan a las personas en compartimentos estancos.
Y nada de todo esto importará mientras la ley vital siga siendo la cinta de Moebius de la aspiración y la frustración. El deseo perpetuamente insatisfecho nos mantiene encadenados al samsara capitalista, el ciclo del consumo sin meta y sin fin. Ellos crearon un desierto y lo llamaron normalidad. Pero tal noción, de alcance meramente estadístico, ya fue desacreditada hace décadas.
Lo que calificamos de «normal» es producto de la represión, la negación, la escisión, la proyección, la introyección y otras formas de acción destructiva sobre la experiencia. Está radicalmente alienado de la estructura del ser (Ronald D. Laing: La política de la experiencia).
El bufón resulta ser el único cuerdo en este gran teatro de locos.
Según la UCO, Leire Díez habría maniobrado para detener investigaciones al entorno de Sánchez y habría investigado trapos sucios de quienes, como pidió Aznar, podían hacer e hicieron lo posible por desestabilizar la legislatura desde sus puestos de trabajo. Es decir, desde el PSOE habría plena conciencia de que el Estado es un queso Gruyère repleto de agujeros y no aquella cosa impecable y ejemplar por la que merecía la pena organizar una conga indignada contra los de Podemos. A propósito. Cuando los socios de Gobierno eran señalados e imputados por el Gruyère, desde el PSOE se pedía respeto por la Justicia y la conga continuaba. Por supuesto, en España no hay plena normalidad democrática. Por supuesto que esa parte de la Justicia que interacciona con la política es, básicamente, el partido más importante que tiene la derecha española. ElPSOE se ha tirado ocho años repitiendo que en la policía, como en la Justicia, todo estaba en orden. No había que contratar a Díez, había que echar a Marlaska.
Gerardo Tecé
Cuando el entonces vicepresidente Pablo Iglesias aseguró que en España no había plena normalidad democrática, ministros y portavoces del PSOE saltaron gesticulando como hooligans que protestan un córner. ¡Pero qué dice! ¡Fuera, fuera! El socialismo institucional coreó en procesión durante días que viva España, viva el rey, el orden y la ley hasta que Pedro Sánchez logró tranquilizarlos. España es una democracia plena, declaró en el Congreso en respuesta a su vice para alivio de todos. Faltaban solo dos años para que Sánchez escribiese su carta a la ciudadanía denunciando la falta de normalidad democrática en España. Fue por aquella fecha de la carta, con la imputación artístico-judicial de Begoña Gómez, cuando la UCO sitúa el comienzo de la trama Leire.
Fue entonces cuando, a aquella mujer que picaba al telefonillo de Ferraz con pruebas de suciedad cloaquera contra el Gobierno, una voz le dijo pasa. Le abrieron la puerta. Era Santos Cerdán, que de suciedad sabe. O eso dicen los informes de la UCO, que de suciedad saben. Imagínense cuánto, que ayer conocíamos que la Unidad Central Operativa le atribuye a Leire Díez haber promovido investigaciones por filtraciones dentro del cuerpo. Dicho de otro modo, a la ‘fontanera’ del PSOE se le acusa de haber hecho un trabajo que la Guardia Civil debería haber hecho y no hizo. Cuando no afectan al novio de Ayuso, las filtraciones no son cosa grave. A Leire Díez se le acusa de más cosas que investigar filtraciones policiales con fines políticos. Según la UCO, la ‘fontanera’ habría maniobrado para detener investigaciones al entorno de Sánchez y habría investigado trapos sucios de quienes, como pidió Aznar, podían hacer e hicieron lo posible por desestabilizar la legislatura desde sus puestos de trabajo. Es decir, desde el PSOE habría plena conciencia de que el Estado es un queso Gruyère repleto de agujeros y no aquella cosa impecable y ejemplar por la que merecía la pena organizar una conga indignada contra los de Podemos. A propósito. Cuando los socios de Gobierno eran señalados e imputados por el Gruyère, desde el PSOE se pedía respeto por la Justicia y la conga continuaba.
Hoy no es conga, sino cortejo fúnebre. No era el qué, sino el cómo, diremos en los discursos de recuerdo al finado. Por supuesto que en España no hay plena normalidad democrática. Por supuesto que esa parte de la Justicia que interacciona con la política es, básicamente, el partido más importante que tiene la derecha española. Claro que la policía y la Guardia Civil sabe de qué pie cojear sin disimulo. No hay duda que el entorno del presidente está siendo artísticamente imputado para derribar al Gobierno. En este preciso momento se están produciendo filtraciones y hay secretarias enviando mails personales sin que eso acabe en escándalo. La forma de tapar los agujeros del Gruyère no era negar en público para maniobrar –cutremente– en privado. Si la Justicia es una navaja en manos de la derecha, hay leyes para arrebatársela en lugar de Leire Díez investigando si un juez condujo borracho. Claro que lo hizo, para eso es juez. El PSOE, en lugar de modificar con la izquierda la fórmula de nombramientos del CGPJ tras años de secuestro, pactó con el PP seguir siendo víctima. Si con un chasquido de dedos encuentras en la policía una unidad dispuesta a salvar España de socialistas, comunistas y rojos, toma el control del Ministerio de Interior que democráticamente ostentas. En su lugar, el PSOE se ha tirado ocho años repitiendo que en la policía, como en la Justicia, todo estaba en orden. No había que contratar a Díez, había que echar a Marlaska. Las teles, periódicos y radios, también controladas por la derecha –pero no era necesaria una nueva ley de medios– lo llaman Operación Leire. Operación ridículo hubiese sido más preciso, aunque menos detectivesco.
Se lo ha pensado bastante ElDiario.es a la hora de publicar una entrevista, por fin, con el presidente del país que está sufriendo desde hace más de sesenta años un bloque criminal por parte de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos y que desde el pasado mes de enero se está viendo privado también de abastecimiento energético. La entrevista con Miguel Díez-Canel tiene lugar poco después de que el gobierno de Donald Trump anunciase sanciones también contra él, su familia y la cúpula militar. Que sepamos, el periódico digital español es el segundo medio, después de Canal Red, en considerar digna y necesaria de cobertura informativa una interviú con el primer mandatario cubano en la situación de extrema crisis que soporta el país como consecuencia del bloqueo energético impuesto por Trump. Coincide la entrevista, además, con la expulsión de varias empresas hoteleras españolas de la isla, impuesta por el gobierno estadounidense, para que se resienta aún más el turismo como principal aporte a la economía del país. En este sentido es lógico que el presidente Díaz-Canel resalte que la Unión Europea y España "tienen que proteger a su empresariado y a sus ciudadanos. No pueden permitir que les impongan leyes extraterritoriales desde otro país". Se refiere a la salida de Cuba de Iberostar y Meliá por las sanciones que impone Trump a las empresas turísticas que tengan tratos con la isla, sin que ni la Unión Europea ni España hagan el más mínimo amago por defender los intereses de esas empresas. España debe ser muy solidaria con Cuba ahora, dijo el director del Instituto Cervantes el mes pasado en La Habana, en cuya universidad inauguró el año pasado la Cátedra Cervantes. Luis García Montero debería decirle esa misma frase al presidente del Gobierno. En una entrevista con Cuba News, el director del Cervantes enfatizó los vínculos de amistad y el recuerdo del diálogo entre la cultura cubana y española, para subrayar que en las adversas circunstancias que está viviendo la isla el apoyo solidario de España debería extenderse a toda Europa, "porque creo que al defender la dignidad cubana estamos defendiendo, no a un régimen político con el que uno puede estar de acuerdo o no, sino la dignidad del diálogo entre los pueblos del mundo". Creo que la dignidad del gobierno español, y la solidaridad también con el pueblo cubano, consistiría en defender los intereses de las empresas españolas en Cuba, y en seguir el ejemplo de gobiernos como el de México, el más generoso en su colaboración de ayuda al pueblo cubano. Todo lo que nos une con aquella querida isla y todo lo que a su población se la ha castigado durante más de sesenta años, merecerían que nuestro país hubiera estado antes y ahora al frente de la solidaridad internacional.
SEMINARIO RUSO-CHINO-CUBANO EN LA HABANA
Cuba acogió por primera vez, el 3 de junio, un seminario conjunto organizado por las embajadas de China y Rusia, con motivo del 77º aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas bilaterales y del 30º aniversario de la Asociación Estratégica de Coordinación entre ambos países.
Los embajadores de China y Rusia en Cuba, Hua Xin y Víctor Koronelli, encabezaron la actividad celebrada en la sede diplomática rusa en La Habana. Al encuentro asistieron altos funcionarios de la Cancillería cubana, representantes de ambas misiones diplomáticas, miembros de las fuerzas militares de los tres países e investigadores especializados en estudios sobre China y Rusia.
Durante sus intervenciones, los diplomáticos destacaron el valor histórico de las relaciones sino-rusas y subrayaron su relevancia en el actual contexto internacional. Asimismo, afirmaron que China y Rusia se proyectan como actores responsables en favor de la paz global y el desarrollo sostenible.
Expertos cubanos participaron con ponencias centradas en aspectos clave del fortalecimiento de las relaciones entre Rusia y China. Esta solidez se refleja, entre otros elementos, en los más de 40 encuentros mantenidos entre los actuales presidentes de ambos países, que han contribuido a consolidar la alianza estratégica.
La cooperación pragmática también se manifestó en los intercambios bilaterales, que en 2025 alcanzaron los 230 millones de dólares estadounidenses, así como en el fortalecimiento de los vínculos entre los pueblos mediante la exención mutua de visados y el aumento de acuerdos en sectores emergentes como la inteligencia artificial, las tecnologías verdes y la biotecnología.
En el seminario se reiteró además el respaldo de China y Rusia a Cuba frente a las presiones externas y al bloqueo económico, comercial, financiero y energético impuesto por Estados Unidos. CGTN
Más de 20 millones de personas estaban pegadas al televisor el 3 de noviembre de 1982, pendientes de Juan Pablo II en su misa multitudinaria en el estadio Santiago Bernabéu. Era la primera visita de un Papa a España y parecía más una estrella de rock que un líder religioso. En un momento, de hecho, el Pontífice comenzó a entonar Pescador de hombres, una de las más célebres canciones de misa (Tú has venido a la orilla…). Le acompañaba una gran orquesta dirigida por su compositor, el cura vasco Cesáreo Gabaráin. Para la familia Aguilera fue un shock. Encuesta del diario El País sobre la iglesia y la pederastia. Más de la mitad de los españoles cree que la iglesia sigue ocultando casos de pederastia:https://elpais.com/.../mas-de-la-mitad-de-los-espanoles..
Césareo Gabaráin, en la portada de su disco
Julio Núñez | Íñigo Domínguez, El País, 4 de junio de 2026
Cuatro años antes, en 1978, la familia había denunciado en el colegio marista de Chamberí, en Madrid, que Gabaráin había abusado de su hijo César. Otras familias se sumaron a la denuncia. La orden les informó que el cura admitía los hechos y lo expulsó. Por eso, verle junto a Juan Pablo II fue como un puñetazo. “Fue una muestra más de que a este tipo no se le castigó, de que la Iglesia no hizo absolutamente nada y que permitió que siguiera abusando de niños allá por donde fuera”, contó Manuel, hermano de César, a este periódico en 2021 cuando destapó el caso.
Gabaráin no solo siguió en contacto con menores hasta su muerte en 1991, sino que fue nombrado prelado de honor de Juan Pablo II, apenas cinco meses después de que los maristas lo expulsaran del colegio. Cinco años después de que EL PAÍS destapara en 2021 este caso ―uno de los que cuenta con mayor número de víctimas conocidas en España, 24 hasta ahora―, la diócesis de San Sebastián (donde fue ordenado), el arzobispado de Madrid (el que le acogió desde los años sesenta) y los maristas (que lo mantuvieron como capellán en Madrid) siguen sin informar de si han abierto una investigación canónica, si han reparado a alguna víctima y quiénes fueron los altos cargos que encubrieron a Gabaráin.
No es el único caso. En vísperas de la visita de León XIV a España, del 6 al 12 de junio, los casos de cientos de víctimas no han sido resueltos por la Iglesia española. Siguen a la espera de justicia y de saber toda la verdad, que continúa siendo ocultada. Algunas de ellas fueron las primeras que dieron la cara para contar su caso y animar a otras a dar el paso. Estas son cuatro de esas historias.
El cura estrella de la música de misa
Los primeros abusos de Gabaráin denunciados ocurrieron en 1959, poco después de ser ordenado sacerdote, en su primer destino en el municipio guipuzcoano de Antzuola. Pero la mayoría de acusaciones se sitúan en el colegio marista de Chamberí, entre 1966 y 1978. Según las víctimas, seguía un método: llevaba a los alumnos a su despacho para hablarles de música y allí les agredía. En ocasiones, lo hacía en campamentos o ejercicios espirituales de los maristas. En uno de estos episodios, abusó de varios menores, que se lo contaron al hermano Aniceto Abad, ya fallecido. Este informó a los responsables del colegio. Los chavales, entre los que se encontraba César Aguilera, se lo contaron a su familia, que también acudió al centro. Al curso siguiente, Gabaráin ya no estaba. Fue trasladado primero al internado madrileño de San Fernando, de los salesianos, y luego a una parroquia en el barrio de Mirasierra, hasta su muerte.
Gabaráin fue un sacerdote muy conocido. Autor de unos 500 temas litúrgicos y el único cura que ha sido disco de oro en España, sus canciones se han traducido a varias lenguas y se corean en misas de todo el mundo, como Juntos como hermanos. Además, su tema La muerte no es el final fue elegido en 1981 como himno oficial para honrar a los caídos de las Fuerzas Armadas españolas. Ese impacto mediático le llevó a entablar amistad con futbolistas del Real Madrid y ser pater de la Vuelta Ciclista a España.
Los maristas no abrieron una investigación. La archidiócesis de Madrid, que fue la que trasladó a Gabaráin al internado y luego a Mirasierra, tampoco hizo nada. En sus archivos, contó en 2021 un portavoz, no aparecía nada sobre el asunto. Por entonces, el arzobispo de Madrid era el cardenal Vicente Enríquez y Tarancón, icono de la Transición. Se desconoce si Juan Pablo II tuvo conocimiento de los abusos cuando decidió en 1979 nombrarle prelado de honor.
La diócesis de San Sebastián, a la que pertenecía Gabaráin, sostuvo cuando el caso salió a la luz que, para abrir sus archivos y buscar información, necesitaba “un requerimiento judicial” o abrir una investigación canónica. Este periódico ha preguntado de nuevo a la diócesis si finalmente lo hizo, como les obliga la norma canónica, pero no ha recibido respuesta. Los maristas no han querido responder a las preguntas de este periódico y se han limitado a enviar un mensaje en el que se escudan en la ley de protección de datos. Es otro caso más en el que la Iglesia sigue ocultando lo que sabe.
José Manuel Ramos Gordón, durante el homenaje que recibió en la parroquia de Tábara, en Zamora, antes de ser apartado por el Vaticano por abusos a menores en 2016 |Atlas ________________
La Bañeza: el primer caso mediático de encubrimiento
Javier habló con este periódico en septiembre de 2018, poco antes de que EL PAÍS comenzara su investigación sobre el escándalo de la pederastia clerical. Por entonces, ya habían pasado tres años desde que escribió al papa Francisco para pedirle justicia y abriera un proceso contra José Manuel Ramos Gordón, el cura que había abusado de él y de su hermano gemelo a finales de los años ochenta en el seminario leonés de La Bañeza, en la diócesis de Astorga. Entonces su padre se lo contó a varios sacerdotes y el caso llegó a oídos del obispo, Antonio Briva. Pero no hizo nada.
En realidad, llevaba años sin hacer nada. Ramos Gordón ya había abusado entre 1979 y 1984 de varios menores en el colegio Juan XXIII ― en Puebla de Sanabria, Zamora, también en la diócesis de Astorga― y el obispo se limitó a trasladarlo al seminario donde estudiaba Javier. Briva ejecutó otro traslado más, en 1990, y se llevó al cura pederasta a la parroquia de Tábara, en Zamora, donde siguió en contacto con menores.
El Papa, tras recibir la carta de Javier, ordenó abrir un caso canónico. Ramos Gordón admitió los hechos y la sentencia demostró que Briva y su sucesor taparon el caso. El obispo que investigó todo, Juan Antonio Menéndez, le impuso como castigo un año de ejercicios espirituales, que nunca cumplió. Es más, Menéndez permitió que la parroquia de Tábara le hiciera un homenaje. Javier fue a quejarse sin éxito.
Entonces decidió contarlo todo en La Opinión de Zamora. Gracias a eso salieron más víctimas a la luz, se reabrió su caso y Ramos Gordón fue condenado a 10 años de exilio en un convento. Afectados de otros casos en la zona también denunciaron y su testimonio, el primero publicado por EL PAÍS en su investigación, hizo que decenas de víctimas escribieran para contar su caso. Javier es la única víctima que se ha reunido con los tres últimos presidentes de la Conferencia Episcopal Española para pedir justicia, ha escrito hasta cinco cartas al Papa y cofundó la primera asociación nacional de víctimas, Infancias Robadas.
A pesar de la exposición pública y de que el caso fue admitido por la diócesis, no ha recibido nunca ningún reconocimiento ni reparación de la Iglesia. “La lucha ha sido larguísima, con muchas trabas, con mucho dolor. He pagado un alto coste emocional y de salud. Me alegra que mi lucha haya servido a mucha gente. Pero es verdad que después de esto, todavía no ha llegado esa reparación. Y ya es demasiado tarde para eso. Lo que han hecho es imperdonable”, dice Javier, que concluye: “De la Iglesia, ya no me espero absolutamente nada. Es una institución criminal donde unos han abusado y otros han encubierto”.
Javier Paz, víctima de abusos sexuales por un cura en Salamanca, en 2018 |Javier Martín
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Salamanca: Ninguneado 15 años pese a la condena del cura acusado
Javier Paz fue una de las primeras víctimas de pederastia en la Iglesia en denunciar su caso en público, en un programa de televisión en 2014, y también una de las primeras que apareció en la investigación de EL PAÍS, en octubre de 2018. La Iglesia consideraba entonces casi como enemigos de la institución a las víctimas que aparecían en los medios, algo que en parte sigue pensando hoy. De hecho, Paz continúa pagando las consecuencias. Dar la cara ayudó a muchas víctimas a salir a la luz, pero aún hoy, 16 años después de denunciar e incluso con la condena canónica de su agresor, no ha recibido nada de la Iglesia. Su caso fue en la diócesis de Salamanca, una de las más opacas y con mayores sospechas de encubrimiento en España.
Allí también está el primer caso de un sacerdote que denunció públicamente abusos, Policarpo Díaz, pero incluso él chocó con la incomprensión de su propio obispo, José Luis Retana, que le desaconsejó denunciar y le dijo que lo mejor era llevarse el secreto a la tumba. En esta diócesis también surgió uno de los casos más graves de España, el del depredador Francisco Carreras, agresor sexual expulsado por la archidiócesis de Miami. Fue enviado de vuelta a Salamanca en los años ochenta, con la advertencia de su historial, pero recorrió durante décadas la provincia, abusando de decenas de niños y siendo trasladado periódicamente, encubierto por los sucesivos obispos. La diócesis de Salamanca jamás ha dado una sola explicación.
Javier Paz decidió aparecer en televisión después de ser ignorado durante tres años por el obispado. En marzo de 2011, denunció allí abusos de un cura, Isidro López Santos, cuando era párroco de la iglesia de San Julián, entre 1982 y 1992, desde que tenía 10 años a los 20. El obispo, Carlos López, jubiló poco después al acusado, aunque se le hizo un homenaje de despedida. Planteó a la víctima que la única forma de acceder a una indemnización era solicitarla por escrito, y Paz firmó un documento que le presentaron, pero no volvió a saber nada. Por fin llamó al obispo: “Me dijo que entendían que lo había hecho todo por dinero, y que con ese papel estaba claro, así que anulaban todo”, recuerda. Luego aparecieron otras dos víctimas; el cura admitió los abusos y fue finalmente condenado canónicamente. En la sentencia, la diócesis admitió que tuvo noticia de acusaciones contra el cura desde los años noventa, pero “no fueron consideradas verosímiles”. Esa responsabilidad es de tres obispos: Mauro Rubio, hasta 1995, ya fallecido; Braulio Rodríguez, de 1995 a 2002, que luego fue arzobispo de Toledo, y Carlos López. Se ignora el número total de víctimas, que siguen ocultas.
Pero aún hoy, 12 años después de la condena del cura, Javier Paz no ha recibido ninguna compensación. Al principio, porque la Iglesia española se negaba a darlas. Pero cuando luego puso en marcha el plan PRIVA y él solicitó una, también se la rechazaron. Un sacerdote que ha querido ayudarle, a él y a otras víctimas ignoradas por el obispado de Salamanca, habló con el actual obispo, José Luis Retana, para que les concediera una compensación, pero también se negó. “Decía que yo había hecho mucho daño a la diócesis de Salamanca”, relata Paz, una referencia a sus apariciones en prensa y a que puso en evidencia al obispo al grabar sus conversaciones. Finalmente, estas personas han podido acudir a la vía de compensación abierta en abril por el Gobierno. “El trato de parte de la Iglesia ha sido negligente, insultante y ha revictimizado a muchas personas. A mí me han ignorado. Además, hay dos obispos vivos, Braulio Rodríguez y Carlos López, que han conocido los abusos durante años y ahí siguen. Nadie les ha pedido responsabilidades. Y Retana, además, ha maltratado e insultado a las víctimas”.
¿Qué espera Javier Paz de la visita del Papa? “Tengo la esperanza de que le eche una bronca pública a los obispos y a la Iglesia. Que no sea un lavado de imagen y que hagan como que ya no ha pasado nada y que está todo resuelto. No, son responsables. Han hecho mucho daño. La Iglesia española ha desobedecido todos estos años. Y lo que yo espero del Papa es que hable claramente aquí, en España, de lo que ha pasado, que se disculpe en nombre de toda la Iglesia y pida cuentas a la Conferencia Episcopal por la tardanza en atender a las víctimas y la revictimización que hemos sufrido casi todos”.
Toledo: 17 años sin respuesta ni en España ni en el Vaticano
El caso de Carlos, nombre ficticio de esta víctima que no desea revelar su identidad, es uno de los más reveladores sobre la inacción y el encubrimiento de la Iglesia, en España y en el Vaticano. Y también de los fallos de la justicia del Estado. Carlos era un alumno del seminario menor de Toledo, que acusó de varios episodios de agresión sexual al sacerdote Pedro Francisco Rodríguez Ramos, entre 2005 y 2007. Su madre se lo dijo en 2009 al entonces obispo de la ciudad, Braulio Rodríguez (el mismo del caso anterior en Salamanca), tal como confirmó el acusado en el juicio que se celebró luego. No hizo nada. Carlos lo denunció cuando ya era mayor de edad en 2016, pero el caso tardó siete años en llegar a juicio y a una primera sentencia, en 2023, una condena de siete años de cárcel para el cura. Sin embargo, el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León luego anuló el fallo en 2024 por defectos en la instrucción. Diez años después, el caso aún está pendiente de la decisión del Supremo.
En la Iglesia, el arzobispado de Toledo no hizo nada hasta 2021, cuando se fijó fecha del juicio. Solo entonces apartó al cura del contacto con menores (12 años después de conocer el caso). Estando acusado por la Fiscalía, lo envió a Perú en viajes de misiones. Solo entonces informó al Vaticano, pese a que estaba obligado a hacerlo nada más saberlo, pero únicamente cuando EL PAÍS sacó a la luz el caso, en abril de 2021. Del mismo modo, la primera vez que la archidiócesis de Toledo llamó al denunciante fue en noviembre de 2022, al día siguiente de que EL PAÍS preguntara por el caso al obispo auxiliar de la ciudad, César García Magán, en la primera rueda de prensa que dio como secretario general de la Conferencia Episcopal (CEE). Pese a que Toledo desobedeció las normas vaticanas y comunicó al caso 12 años después de conocerlo, García Magán, que sigue en el cargo, dijo en esa rueda de prensa que la diócesis había “hecho los deberes”. En este obispado ha habido otros graves casos de abusos cuya gestión está en entredicho, como el del cura José Luis Galán, condenado en 2021 a ocho años de cárcel, pero que para la Iglesia sigue siendo inocente.
El secretario general de la CEE, César García Magán, en una rueda de prensa el pasado 24 de abril de 2026 |Isa Saiz (Europa
Press)
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Entre 2022 y 2023, Carlos decidió acudir al Vaticano. Logró reunirse con el papa Francisco, que en 2024 forzó al arzobispado de Toledo a abrir por fin un proceso canónico del caso, pero aún sigue abierto dos años después. Carlos, además, denunció su caso en varios organismos vaticanos y en la Secretaría de Estado. También presentó en Roma otra denuncia en octubre de 2023 por encubrimiento y otras acusaciones contra cuatro obispos (Braulio Rodríguez, su sucesor Francisco Cerro, García Magán y otro sin identificar que conoció el caso). Lo hizo ante el Dicasterio de los Obispos, cuando estaba al frente Robert Prevost como prefecto. “Denuncié en su dicasterio, y lo más probable es que no le notificaran nada. Las personas que nos recibieron a mí y a otro sacerdote que me acompañó nos trataron fatal, casi ni quisieron recibirnos y nunca me respondieron”, afirma. Nadie del Vaticano le ha respondido nunca hasta hoy.
No espera gran cosa de la visita del Papa. “Yo siento que estoy completamente abandonado. Por una institución que en público dice lo contrario, que hay que estar con las víctimas. Hoy, 17 años después, las personas que he denunciado, por su responsabilidad, siguen en su puesto”, lamenta. “También me siento completamente abandonado por el Estado. Y el sistema de compensación con el Defensor del Pueblo deja fuera a víctimas como yo [casos no prescritos denunciados en los tribunales]. Llevo 10 años de calvario judicial y me quedo fuera. Cero reparación. En mi caso van a encontrar cualquier cosa para cerrar el caso. Hace 20 años un sacerdote abusó sexualmente de mí. Desde hace 17 años también la Iglesia está abusando espiritualmente. Lo peor de todo es que les damos absolutamente igual”.