El paroxismo contagioso ha obnubilado tantas mentes a derecha e izquierda, a opinadores e incluso a los sindicatos, que se han lanzado en tromba contra Puente. En tan sumarísimo juicio no se ha llegado ni a escuchar al ya “condenado” cuando dijo en la misma declaración: “No me voy a escudar en ningún trabajador”. Esto me lleva a estimar una mayor ética de la responsabilidad en el ministro que en la jauría que lo está linchando.
Antonio Gutiérrez Vegara
Pese a su mala fama, la fauna carroñera contribuye al equilibrio del ecosistema engullendo despojos. Por el contrario, los humanos que se ceban destrozando a otros de su especie esparcen la podredumbre e intoxican a cuantos compartimos la sociedad donde coexistimos y en la que algunos también aspiramos a convivir. Lamentablemente, la antropofagia civil y política entre españoles ha sido demasiado frecuente a lo largo de nuestra historia y reincidimos a la primera de cambio. Unos más que otros, porque a esta corrosiva dieta es más aficionada la derecha que la izquierda; y, como no hay simetría, tampoco cabe la equidistancia, ni aun para parecer ecuánime.
En estos días, Vox y el PP se están dando un atracón carroñando a Óscar Puente a cuenta de la tragedia de Urda. No quiero reproducir ninguno de los exabruptos deleznables vomitados por Santiago Abascal; él reproduce la secuencia del fascismo: deformar la realidad —materia prima de la demagogia— para enconar frustraciones; azuzar con ellas el resentimiento contra el chivo expiatorio del momento (antes fueron los judíos, ahora los inmigrantes y siempre las izquierdas) que cristalizó y vuelve a ir cristalizando en violencia.
Por el lado del PP se arrancó Juan Manuel Moreno Bonilla; fue él quien lanzó las primeras insidias contra el gobierno y sentenció: “El AVE ha dejado de ser un medio de transporte seguro”. La imprudencia puede aventarse con pose templada y tono pausado y, a veces, también son las caretas de los taimados. Alberto Núñez Feijóo secundó a los anteriores inmediatamente. Él, que señaló al maquinista del tren como único causante del descarrilamiento en Angrois en 2013 por “un despiste”, pese a que antes del accidente la dirección de Adif había desconectado el sistema de seguridad y desatendido la petición de los maquinistas de poner balizas para reducir la velocidad en aquel tramo. Aún perpetraron la crueldad añadida de exhibir en televisión al trabajador cuando era esposado por la Guardia Civil en el hospital donde le atendían.
Este aquelarre se lo debimos al entonces ministro del Interior del gobierno del PP, Jorge Fernández Díaz. Mientras, ¨protegían” a la ministra del ramo, Ana Pastor, para no dar la cara ni en el Parlamento. Después, el informe de la dirección de Adif con el que zanjaron la investigación del accidente quedó descalificado por la Agencia Europea del Ferrocarril tildándolo de “autoinvestigación”. ¡Y ahora Feijóo reclama un informe independiente! Ni la izquierda en la oposición, ni los medios que ahora braman contra el Gobierno, se apresuraron entonces a denunciar comportamientos tan despreciables ni a exigir dimisiones. Tampoco se levantaron muchas voces contra la despiadada culpabilización del maquinista.
Ahora estamos asistiendo justo a lo contrario. El comportamiento miserablemente distinto de la oposición derechista ya se ha descrito. Por el Gobierno compareció el ministro ante la prensa a las pocas horas. Expuso la reproducción de los hechos y aportó los datos conocidos hasta el momento y, ciertamente, apuntó a posibles errores humanos sin señalar a nadie en particular. En efecto, escuchados los audios de los controladores y las respuestas del maquinista del AVE 2080 extrañado de que le ordenasen marcha normal y las de la maquinista del Iryo 6076 advirtiendo de su bloqueo en la estación de Urda, es insoslayable reconocer que las órdenes cursadas fueron fatalmente erróneas.
Por muy sofisticados que lleguen a ser los soportes tecnológicos en servicios esenciales que requieran de la máxima seguridad siempre habrá personas que los controlen en última instancia: ¡afortunadamente! Pero allí donde intervengan seres humanos también hay que asumir la probabilidad de que se cometan fallos. Reconocerlos cuando se producen es ineludible para tratar de evitarlos en lo sucesivo, lo que comportará examinar y en su caso mejorar los medios y las condiciones de trabajo. Paradójicamente, el corporativismo de vía estrecha que encubre los errores de unos entorpece el avance de todos. Pero el paroxismo contagioso ha obnubilado tantas mentes a derecha e izquierda, a opinadores e incluso a los sindicatos, que se han lanzado en tromba contra Puente. En tan sumarísimo juicio no se ha llegado ni a escuchar al ya “condenado” cuando dijo en la misma declaración: “No me voy a escudar en ningún trabajador”. Esto me lleva a estimar una mayor ética de la responsabilidad en el ministro que en la jauría que lo está linchando.
También le recriminan no haber acometido adecuadamente el mantenimiento del sistema ferroviario español y lo hacen, entre otros, PP, Vox y Junts, quienes juntando sus votos el pasado 25 de junio, tumbaron un decreto específicamente dedicado a seguir renovando la red con 671 millones. No obstante el crecimiento exponencial del transporte, la liberalización un tanto abrupta del sector o el desequilibrio entre la alta velocidad y las cercanías son, entre otros muchos, parámetros que obligan a una continua adecuación de nuestra red ferroviaria, contando con la participación efectiva de los expertos, sindicatos, empresas, consumidores, partidos, etc.; es decir, tejiendo un consenso tan amplio que atesore experiencias (la de Óscar Puente incluida) y conjugue voluntades diversas; sobrando solo los carroñeros.
EL PAÍS










