Ante el propósito del Pentágono de devolver a las tropas estadounidenses un aura de masculinidad ancestral, el articulista estima que las guerras de hoy día consisten mayormente en bombardear desde lejos, sentado frente a un ordenador (el chicle es opcional), masacrar poblaciones civiles indefensas y matar niños por millares, una especialidad del ejército israelí, que chorrea testosterona por los cuatro costados. Se conoce que allá, en Israel, los soldados son todos hombres muy hombres. No tengo yo mucha idea de los últimos adelantos en industria armamentística, pero a lo mejor los misiles teledirigidos y los drones llevan un recipiente preparado para la testosterona, como los sargentos de infantería. “Aquí mi fusil, aquí mi pistola”, voceaba el sargento Hartman desfilando con el arma al hombro y estrujándose los huevos a punto de nieve.
David Torres
Estados Unidos (ya me dirán si esto es
nombre para un país serio) cada vez se parece más a los viejos anuncios del
coñac Soberano, aquel que era cosa de hombres. La semana pasada, el Pentágono
anunció que hará análisis anuales de testosterona a todos los soldados mayores
de 30 años, con el fin de restaurar el “espíritu guerrero” del ejército. A ver,
no es que fuesen a hacer exámenes anuales de matemáticas o de cultura general:
con sostener una ametralladora y apretar el gatillo mientras uno masca chicle,
suficiente. Alejandro Magno tuvo de maestro a Aristóteles y su modelo de virtud
era Aquiles, pero ni Aquiles ni Alejandro Magno con todos sus macedonios le
hubieran durado cinco minutos en el campo de batalla a un solo marine armado
con una M250 y un paquete de chicles.
Bien mirado, no parece que la
testosterona haga mucha falta en los campos de batalla actuales. Las guerras de
hoy día consisten mayormente en bombardear desde lejos, sentado frente a un
ordenador (el chicle es opcional), masacrar poblaciones civiles indefensas y
matar niños por millares, una especialidad del ejército israelí, que chorrea
testosterona por los cuatro costados. Se conoce que allá, en Israel, los
soldados son todos hombres muy hombres. No tengo yo mucha idea de los últimos
adelantos en industria armamentística, pero a lo mejor los misiles
teledirigidos y los drones llevan un recipiente preparado para la testosterona,
como los sargentos de infantería. “Aquí mi fusil, aquí mi pistola”, voceaba el
sargento Hartman desfilando con el arma al hombro y estrujándose los huevos a
punto de nieve.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, podría reemplazar sin esforzarse mucho al sargento Hartman, al Recluta Patoso, a Pedazo de Animal y a medio reparto de La chaqueta metálica. De hecho, ya los ha reemplazado, que por algo cambió el nombre de Departamento de Defensa por el de Departamento de Guerra. Defenderse es de mariquitas, pero guerrear es cosa de hombres. Por eso Hegseth no sólo posee unas mandíbulas diseñadas para mascar de una vez medio kilo de chicle y una epidermis tapizada con toda clase de tatuajes bélicos, sino que además lleva las barras y estrellas impresas en el pañuelo, en el forro de la chaqueta y probablemente hasta en los calzoncillos. Por lo visto, el patriotismo se mide básicamente en los niveles de testosterona, de ahí que a Hegseth no le gusten mucho las mujeres ni las personas trans en el ejército. Tampoco le gustan los negros, pero ése es otro tema que no tiene nada que ver con la testosterona.
Lo que pretende Hegseth es devolver a
las tropas estadounidenses un aura de masculinidad ancestral, una “buena base
biológica” a base de inyecciones de testosterona. De momento serán voluntarias,
aunque la idea es que los militares del siglo XXI parezcan neandertales
mecanizados: ahí está él mismo para dar ejemplo. En 2024 se registraron más de
ocho mil agresiones sexuales dentro del ejército, pero se ve que a Hegseth le
parecen pocas. “Se ha terminado lo de ir con pies de plomo”, dice en referencia
al modo en que se gestionan los casos de abusos contra mujeres uniformadas, una
forma de hablar, la del plomo y los pies, que resulta bastante cristalina en su
caso.
“Hay que agarrar a los países del
coño” podría ser el lema de Estados Unidos en política internacional después de
sus intervenciones en Venezuela e Irán, otra forma de hablar de la que ya había
dado pistas Trump al comentar sus relaciones con las mujeres. Un anuncio de
coñac Soberano que recuerda aquel chiste donde un mexicano se jactaba de que en
su pueblo eran todos machos muy machos. Ah, le respondía otro mexicano, pues en
mi pueblo somos la mitad machos y la mitad hembras, y no vea lo bien que lo pasamos.
Para recobrar el espíritu guerrero, Hegseth ha invocado la figura de Aquiles,
el legendario héroe griego, sin caer en la cuenta de que Aquiles, aparte de
irascible e imprevisible, desobedecía órdenes directas del mando y hacía lo que
le daba la gana. Ni siquiera mascaba chicle. Ay, el día en que se entere lo que
había de verdad entre Aquiles y Patroclo.
PÚBLICO DdA, XXII/6412









