jueves, 19 de marzo de 2026

VAROUFAKIS: NI LA GUERRA ES LA PAZ, NI LA OCUPACIÓN ES LA LIBERTAD

Según el articulista (SINPERMISO),  debemos presionar a nuestros gobiernos para que detengan los bombardeos. Para poner fin a las sanciones que matan de hambre a los pobres y enriquecen a los contrabandistas del régimen. Para desmantelar la maquinaria propagandística que nos dice que la guerra es paz y la ocupación es libertad. Entonces, y sólo entonces, el pueblo iraní, ejerciendo su inmenso poder propio, podrá recuperar su futuro tanto de manos de los teócratas como de sus propiciadores imperiales.

Yanis Varoufakis

Una vez más, me encuentro atrapado en el dilema de oponerme a una guerra ilegal desatada por los Estados Unidos y sus aliados contra un país cuyo régimen rechazo con vehemencia. Es una carga ingrata, pero que los occidentales de izquierdas tenemos el deber de asumir, para no legitimar a los regímenes a los que nos oponemos, tanto en el país que está siendo bombardeado como en Occidente.

En 1999, tras haber hecho campaña anteriormente contra el régimen de Slobodan Milošević, denuncié el bombardeo de la OTAN sobre Yugoslavia. En 2003, tras dos décadas de campaña contra Sadam Husein, me manifesté contra la invasión de Irak por parte de la coalición norteamericana. En 2011, aunque era crítico con el régimen de Muamar el Gadafi, me opuse a los bombardeos liderados por los Estados Unidos sobre Libia que la convirtieron en un Estado fallido. El año pasado, aunque horrorizado por el despiadado reinado de Bashar al-Assad, lamenté las maquinaciones de los Estados Unidos e Israel que entregaron Siria a un antiguo miembro de Al Qaeda. Y ahora, después de haber celebrado la rebelión “Mujer, Vida, Libertad” tras la muerte de Mahsa Amini estando detenida, y tras haber criticado durante muchos años la teocracia de la República Islámica, el capitalismo de amiguetes y la brutalidad con las mujeres y las minorías, escribo estas líneas para condenar, con todas mis fuerzas, el plan norteamericano-israelí para destrozar Irán.

No se trata de neutralidad. Esto no es “neutralidad entre ambas partes”. Se trata del deber de la izquierda occidental. Cuando la pandilla que gobierna nuestro barrio lanza un ataque no provocado contra una pandilla que tampoco aprobamos, matando a transeúntes inocentes, nos negamos a permanecer neutrales o a tomar partido. Denunciamos a ambas, pero reconocemos un deber especial y primordial, el de detener a nuestra pandilla: porque son nuestros impuestos los que financian sus bombas, es nuestro silencio el que otorga consentimiento, son nuestros gobiernos los que están matando, en nuestro nombre.

Así pues, echémosle un vistazo a nuestros pandilleros. La afirmación occidental de que los Estados Unidos y Europa, por no hablar de Israel, quieren democracia, estabilidad y normalidad en Irán es una fabulación. Los orígenes de la tragedia iraní de la postguerra se remontan al golpe de Estado anglo-norteamericano de 1953 que derrocó al gobierno democráticamente elegido de Mohammad Mosaddeq, por tener la audacia de querer el petróleo iraní para el pueblo iraní. Fue entonces cuando los Estados Unidos y el Reino Unido perdieron toda pretensión moral como defensores de la democracia iraní al restaurar el poder absoluto del Sha, un monarca corrupto y autocrático que gobernaba Irán como un feudo para las corporaciones occidentales. Para mantenerlo en su trono de pavo real, la CIA ayudó a crear y adiestrar a la SAVAK [Oficina de Inteligencia y Seguridad Nacional], una policía secreta tan brutal que se convirtió en sinónimo de tortura. A lo largo de 26 años, los gobiernos de los Estados Unidos y el Reino Unido hicieron todo lo posible por negar a los iraníes cualquier atisbo de democracia. Una larga trayectoria de autoritarismo desencadenó la revolución de 1979 que derrocó al Sha.

Fue una revolución amplia y popular que, en un principio, movilizó no solo a islamistas, sino también a liberales, socialistas y comunistas. Sin embargo, los movimientos laicos que apoyaron al ayatolá Jomeini y vitorearon su regreso del exilio en París no sabían que Washington se había alineado con las facciones islamistas más reaccionarias en cuanto se dio cuenta de que los revolucionarios iban a triunfar. ¿Uno de los primeros actos bárbaros del nuevo régimen? La detención y ejecución sumaria de los dirigentes del Tudeh [Partido de las Masas], el gran partido comunista que había apoyado a Jomeini. Este intercambio de favores entre Washington y el régimen islámico durante la Guerra Fría, debería hacer reflexionar a los izquierdistas de hoy que viven bajo la ilusión de que la República Islámica está próxima a la agenda y los valores antiimperialistas de la izquierda.

Por supuesto, hay una razón por la que a los izquierdistas occidentales les resultó bastante fácil dejarse seducir por los elementos antiimperialistas y más populistas de la República Islámica. Las contradicciones, en las que la izquierda debería deleitarse, no pueden ser más intensas en el caso de la República Islámica: un régimen que adoptó, por un lado, un discurso antiimperialista como parte de su proyecto global para resucitar una ficticia edad de oro islámica, mientras que, por otro lado, aplastaba a la izquierda y su agenda emancipadora.

La confusión se agravó a la luz de la mayor fortaleza de la República Islámica. En marcado contraste con las plutocracias suníes, el movimiento chií liderado por Jomeini demostró cierto compromiso con las masas pobres y desoladas del mundo musulmán que incluía no solo la redistribución de la renta y, al menos inicialmente, campañas anticorrupción, sino también un apoyo genuino a los palestinos, a quienes casi todos los regímenes árabes habían abandonado por aquel entonces. Todo ello ofrecía una fuente poco común de esperanza emancipadora.

Tal como cabía esperar, esto condujo también a un enfrentamiento directo con los rivales suníes de la República Islámica. En 1980, incitado por Washington y financiado por Kuwait, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, Sadam Husein invadió Irán. Si alguna duda había de que Sadam fuera un títere de Estados Unidos, recordemos lo que ocurrió cuando, en 1987, un avión de combate iraquí disparó misiles Exocet contra el buque USS Stark, matando a 37 marineros norteamericanos e hiriendo a 21: el presidente Reagan declaró que “el villano de la historia es Irán”, a la vez que los diplomáticos norteamericanos volaban a Bagdad para impartirle a Sadam su absolución. En 1988, Sadam recurrió al uso de armas químicas contra las aldeas kurdas de Irak, ataques de los que los Estados Unidos tenían conocimiento y en los que fueron cómplices. Años más tarde, tras la invasión norteamericana de Irak, circulaba un chiste en Washington: “¿Cómo sabe usted que Sadam disponía de armas químicas?”, le preguntaban al portavoz de la Casa Blanca. “Es que guardamos los recibos”, respondió.

Las credenciales antiimperialistas de Teherán también se vieron reforzadas por la invasión israelí del Líbano en 1982, que dio lugar a un movimiento social y de resistencia financiado por Irán: Hezbolá. Esto le permitió al régimen iraní presentarse, con cierta justificación, como la única potencia regional dispuesta y capaz de proteger a los palestinos en particular y a los árabes en general de la violencia israelí, al tiempo que proporcionaba algunos servicios sociales básicos a los pobres. Además, a medida que la desigualdad alcanzaba niveles sin precedentes en la región, especialmente tras el enorme aumento de la mano de obra excedentaria a nivel mundial, el atractivo de Irán entre las masas se disparó. Como era de esperar, los Estados del Golfo vecinos de Irán se mostraron preocupados y, por ello, unieron sus fuerzas con los Estados Unidos para “contener” a Irán.

En 1991, una disputa familiar occidental llevó a los Estados Unidos a invadir Irak. Sadam estaba furioso porque Kuwait, que a instancias de Washington y las plutocracias del Golfo le había prestado gran parte del dinero para librar la guerra de ocho años contra Irán, le pedía que le devolviera el dinero, y estaba aumentando tanto su producción de petróleo que los propios ingresos de Irak se estaban tambaleando. Sadam, ya porque fuese confundido por los norteamericanos o porque los malinterpretó, pensó que contaba con su bendición para ocuparse de Kuwait invadiendo el país. Una vez que pisaron las botas norteamericanas suelo sagrado en Arabia Saudí, el fundamentalismo suní condujo a la formación de Al Qaeda, a la tragedia de las Torres Gemelas y a la desastrosa invasión de Irak por parte de Bush hijo, lo que, a su vez, dio lugar al ISIS, otro movimiento terrorista suní. Todos estos acontecimientos hicieron que la República Islámica pareciera moderada y relativamente progresista: un país que, aunque se alegraba de apoyar a los movimientos de resistencia popular locales que se enfrentaban a los enemigos regionales de Irán (en Palestina, Yemen, etc.), nunca invadió directamente ningún otro país y que resultó fundamental en la lucha contra Al Qaeda y, lo que es más impresionante, en la eliminación del ISIS.

A la luz de esta rica y trágica historia, la República Islámica debe entenderse como un poderoso sistema surgido de una crisis que se prolonga desde hace décadas, provocada por los Estados Unidos y alentada por Israel. Pero igualmente importante resulta comprender su economía política, que entra en contradicción con su postura antiimperialista hacia el exterior y se muestra hostil hacia todo lo que representa la izquierda. Desde los años 90, la privatización ha estado en pleno apogeo en un Irán en el que la facción reformista consideraba la inversión extranjera y la integración en el mercado mundial (esencialmente la Unión Europea y el Reino Unido) como único vehículo para contener su crisis. Al mismo tiempo, la coalición conservadora, bajo dominio de la Guardia Revolucionaria, estableció y controló empresas privatizadas, con el objetivo de expandirse a los mercados regionales.

Después de que Trump 1.0 pusiera fin al plan de Obama de reintegrar a Irán a los circuitos occidentales de comercio y finanzas, la facción conservadora se alineó de manera oportunista con China y, en menor medida, con Rusia. Sin embargo, durante todo este tiempo, han estado aplicando medidas de desregulación y eliminando las ayudas a los pobres, lo que ha provocado levantamientos populares espontáneos que reclaman justicia social. Luego, la crisis de 2008, que vio a China emerger como fuerza estabilizadora a escala global, motivó que la facción conservadora se volviera aún más hacia China y Rusia con la esperanza de eludir las sanciones norteamericanas y aliviar las tensiones que había causado su propio capitalismo de amiguetes.

Avancemos hasta 2022, cuando el asesinato de Mahsa Amini, una kurda suní de 17 años, desencadenó el movimiento “Mujer, Vida, Libertad”. Los comentaristas occidentales, cayendo una vez más en el error de las ilusiones proyectivas, imaginaron que ese levantamiento era prooccidental. No fue así en absoluto. Más bien, combinaba el descontento causado, por un lado, por la creciente desigualdad tras el giro de la economía iraní hacia un neoliberalismo con características islámicas conservadoras y, por otro, por las tensiones étnicas, sobre todo entre los kurdos.

Esa rebelión se vio derrotada no sólo por una represión brutal, sino, lo que es más importante, por la invocación al miedo a la desintegración del país: la perspectiva de que Irán se convirtiera en una nueva Siria o una nueva Libia, algo que ansía Benjamin Netanyahu y en lo que lleva años tratando de cooptar a los Estados Unidos para que lo haga realidad. Por eso el régimen sigue contando con el apoyo continuado de un amplio sector de la población, incluidos aquellos que, por lo demás, se oponen ideológicamente al régimen: pueden esperar y rezar por el fin de la República Islámica, pero también consideran que la desintegración de Irán es un mal peor que el régimen actual. Plenamente conscientes de que Trump y Netanyahu no pueden ni quieren traerles un Irán estable y democrático, las bombas norteamericanas e israelíes que hoy caen sobre ellos dan lugar a una mayor tolerancia hacia el régimen actual…hasta por parte de sus oponentes.

Y así llegamos hasta hoy: Mojtaba Jamenei, hijo de Ali Jamenei, es ahora el nuevo líder supremo de Irán. Los Estados Unidos e Israel han matado a su padre, a su madre, a su esposa, a su hermana y, muy probablemente, a uno de sus hijos. El régimen es brutal, impopular entre amplios sectores de su propia juventud y económicamente esclerótico. También es producto de 70 años de arrogancia y agresión occidentales. No va a desaparecer con los bombardeos. No se moderará por las sanciones. ¿Qué debe hacer y decir la izquierda en este contexto?

Debemos, sugiero, empezar por responder a los imperialistas liberales que nos preguntan: “¿Pero qué pasa con las mujeres? ¿Y la libertad?”. A ellos les digo esto: las mujeres de Irán no necesitan que Washington o Tel Aviv les lancen bombas los F-35. El camino hacia el lema “Mujer, Vida, Libertad” no pasa por las ruinas humeantes de Teherán. Pasa por la derrota de los mismos poderes que llevan 70 años asegurándose de que Irán nunca conozca la paz ni la democracia. El pueblo de Irán debe liberarse primero de las garras de la horrible elección entre el régimen actual y un destino peor que el de Irak, Libia y Siria juntos.

Nuestra tarea, como gente de izquierda en Occidente, consiste en presionar a nuestros gobiernos para que detengan los bombardeos. Para poner fin a las sanciones que matan de hambre a los pobres y enriquecen a los contrabandistas del régimen. Para desmantelar la maquinaria propagandística que nos dice que la guerra es paz y la ocupación es libertad. Entonces, y sólo entonces, el pueblo iraní, ejerciendo su inmenso poder propio, podrá recuperar su futuro tanto de manos de los teócratas como de sus propiciadores imperiales.

SINPERMISO  DdA, XXII/6292

SILVIO ES MUCHO SILVIO PARA HABLAR EN VANO


Félix Población

Es improbable que Donald Trump invada Cuba militarmente, por más que fanfarronee al respecto. Como me parece que está ocurriendo en Venezuela, hay otros caminos para evitar capítulos como el de Bahía Cochinos, si bien no debemos olvidar que sobre Caracas hubo una agresión militar al objeto de secuestrar al presidente de aquella república, sobre cuyo encarcelamiento se va acumulando el olvido. No obstante, como debe hacer un país y una ciudadanía conscientes de su soberanía e independencia, estos días se suceden las declaraciones en las que, desde el presidente cubano hasta su más prestigiosa figura de la cultura, el cantautor Silvio Rodríguez, manifiestan su disposición de defender resueltamente Cuba con las armas. Mientras Díaz-Canel afirma que cualquier agresor externo chocará con una resistencia inexpugnable, el cantautor octogenario de "Yo me muero como viví", ha exigido su AKM "si se lanzan. Y conste que lo digo muy en serio". Que encontremos estas actitudes frente a las bravatas de Donald Trump, cuando desde hace tres meses todo un pueblo no recibe un sólo buque petrolero que suministre energía a la isla -castigada más de medio siglo con un embargo de lesa humanidad-, debería al menos llamarnos la atención, en contraste con la frivolidad con la que desde la mayoría de los medios de información se habla de una supuesta invasión cuyo balance sería la pérdida de miles de vidas humanas. Porque si las palabras del presidente del país podrían cuestionarse por motivo políticos debidos al cargo que ocupa al frente de la nación, es incuestionable que el mensaje dado por un poeta de la canción, admirado en todo el mundo de lengua española, tiene tanto poder de convicción como poder de poesía tienen su guitarra, su voz y los versos de sus canciones. Silvio es mucho Silvio para hablar en vano. No se calla el cantor, porque la vida de un pueblo y otros muchos pueblos lo acompañan: "Que tiemble la injusticia cuando lloran/ los que no tienen nada que perder./ Que tiemble la injusticia cuando llora/ el aguerrido pueblo de Fidel". Un poeta en Cuba acaba de hablar para exigir su fusil. Con un mundo en el que avanza la barbarie, protagonizada por dos ancianos mandatarios imperialistas, la palabra de Silvio es mucha para hablar en vano.

DdA, XXII/6292

"LA BALA", PARA VER SI PODEMOS MEJORAR LO QUE NOS QUEDE COMO PAÍS

 

Carlos Iglesias: ‘Tenemos que pasar página una vez que la hayamos leído, que es justamente lo que dice la película’

Aunque de esta película se hable mucho menos que de la de Santiago Segura, es de celebrar que Nueva Revolución haya entrevistado a Carlos Iglesias, actor, guionista y director de "La bala",  un thriller en clave de memoria que no dejará a ningún espectador indiferente. Narra la historia de un sacerdote que cumple la promesa hecha a su madre de recuperar el cadáver de su tía, enfermera fallecida en la URSS durante la Segunda Guerra Mundial. Las averiguaciones sobre la causa de la muerte acaecida 80 años antes le revelarán hechos del pasado absolutamente insospechados, que harán tambalear tanto sus creencias como las ideas que tenía sobre su origen familiar. Se trata de ver si somos capaces de reconocernos en esos antepasados que hicieron lo que hicieron. Y ver si podemos mejorar lo que nos quede como país, dice Iglesias.

 Sol Gómez Arteaga 

Carlos Iglesias Serrano (Madrid, 1955) no necesita presentación. Es una de las caras más conocidas de la televisión y el cine en España. Formado en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) es actor, director de cine y guionista. Entre multitud de trabajos en TV, cine y teatro, se dio a conocer en “Esta noche cruzamos el Mississippi” (Telecinco, 1995-1997). Interpretó el papel de Benito Lopera en la serie “Manos a la obra” (Antena3, 1998-2001), y en la secuela o continuación “Manolo y Benito Corporeision” (2006-2007). Es director y protagonista de la película “Un franco, 14 pesetas” (2006), relato autobiográfico sobre un grupo de españoles que emigran a Suiza, interpretación que le valió la nominación al premio Goya como mejor actor novel. Otros trabajos destacados incluyen “Ispansi” (¡Españoles!) (2011), que narra el envío de miles de niños a la Unión Soviética al comienzo de la Guerra Civil española y “2 francos, 40 pesetas” (2014).

¿Es ‘La Bala’ una película necesaria? ¿Por qué hay que seguir hablando de Memoria histórica en el año 2026?

Bueno, digamos que aporta su grano de arena para entender un poco el conflicto de derechas e izquierdas con respecto a la memoria histórica y a los enterrados en cunetas. Yo creo que, obviamente, no es imprescindible. Ninguna película lo es, pero todas las que tratan este tema con un distanciamiento y con poca pasión, pero con mucho espíritu reconciliador, son positivas. Ayudan a entender.

¿Qué aporta de diferente ‘La Bala’ a las historias ya contadas sobre la Guerra Civil?

Es una visión desde el presente sobre un hecho que ocurrió en la Segunda Guerra Mundial en la que también estuvimos implicados con la participación en la División Azul. Es un thriller, con lo cual no solo aporta memoria democrática, sino que además crea un interés, un “suspens” como se decía antes, en tanto película policíaca, de investigación. Y, sobre todo, está contada desde una ideología opuesta a la del autor. Esto yo creo que es muy higiénico, porque siempre que se escribe un guion escribes desde tu lado. Aquí el esfuerzo mayor ha sido ponerse en el lugar del otro.

Cada personaje del thriller presenta contradicciones y tensiones internas que consiguen mantener a los espectadores en vilo los noventa y seis minutos que dura la película. ¿Qué supuso para ti escribir ese impresionante guion, meterte en la piel del protagonista principal, Julián, un cura obsesionado con la búsqueda de una verdad familiar para él desconocida, y dirigir la película con un elenco de personajes de la talla de Silvia Marsó, Carlos Hipólito, Miguel Rellán, Eloísa Vargas, Manuel Morán o Paula Iglesias, entre otros?

Me preguntas qué supuso para mí meterme en la piel de un sacerdote de derechas. La verdad es que no fue difícil, porque yo creo que todos tenemos amigos de derechas o yo, por lo menos, los tengo. Somos muy buenos compañeros y muy buenos amigos para todo, exceptuando justamente para hablar de política. Ahí mejor nos callamos o cambiamos de tema porque demostramos unas pasiones y unos intereses propios que chocan, obviamente, con los del otro, y que evitamos porque queremos seguir manteniéndonos como amigos. En este caso mucho más, porque esa ideología la vas a hacer pública para todos los espectadores que vayan a ver la película. Hay que ponerse en el lugar de Silvia Marsó, en el lugar del sacerdote. También en el lugar de la hermana del sacerdote, que es el personaje más completo, más complicado, más difícil, que tiene unas contradicciones tremendas y las tiene, además, desde hace mucho. Es un placer escribir y es un placer hacerlo en absoluta libertad. A veces yo tenía miedo de estar poniéndome demasiado en un lado o en otro porque hay que mantener un equilibrio para que el guionista no tome partido, para que el partido lo tome realmente el espectador. En los guiones se puede sugerir, pero nunca darlo “masticadito”, pues si lo damos “masticadito” el espectador ya no tiene nada que aportar y eso no es bueno.

En ‘La Bala’ intercalas dos planos temporales distintos: Uno trascurre durante la Segunda Guerra Mundial, otro en el año 2019. ¿Te has inspirado en hechos reales para contar esta historia?

Sí, me he inspirado en dos hechos reales. Uno el que salta a primera vista, que es el de los hermanos Garrido. Los conocí cuando hice una película que se llamaba “Ispansi” sobre los niños de la guerra. En ese momento la embajada rusa nos hizo un ágape en un acto muy bonito. Y allí se presentaron estos dos señores. Al preguntarles qué hacían en la embajada rusa me dijeron que ellos habían traído los cuerpos de cantidades de expedicionarios españoles, porque el primero que buscaron fue el de su tío que tenía una bala alojada justamente en la cadera. Todo eso de la bala, cómo se averigua la distancia a la que fue disparada, es lo que inspira una parte de la película.

La otra la inspira una historia que yo quería contar desde hace mucho tiempo, que es la historia de los enterrados en cunetas en nuestro país, los que están en fosas comunes que todavía no se han podido recuperar. Al encontrar a estos dos hermanos, de pronto me topé con unos aliados que no había buscado porque no sabía que existían. Pero de alguna forma me facilitaba muchísimo el trabajo porque ya podía poner dos ideologías enfrentadas pero una misma humanidad. Por eso la película ha conseguido llegar a tantísima gente de ideologías distintas, porque si estás de acuerdo con una forma de actuar no puedes estar en contra de la otra ni muchísimo menos. Sería absurdo.

En esta ocasión tratas un tema controvertido y complejo como es el tema de la Memoria Histórica, ¿qué buscas con esta apuesta?

Un poco lo que he buscado ya en mis anteriores películas, que es contar una parte de nuestra historia. Tocar un tema peliagudo que al menos un sector de nuestra sociedad quiere olvidar o que no salga a la luz. Pero yo creo que las heridas se curan oxigenándolas, sacándolas, hablando de ellas. Esto es absolutamente imprescindible. Tardé cuatro años en poder conseguir hacer “Un franco, 14 pesetas” porque no encontraba un productor que entendiese que había que hablar de cuando nosotros fuimos emigrantes. En el momento que hice la película ya no lo éramos y todos me decían: “¿Pero qué necesidad hay de contar eso tan feo de que nosotros fuimos inmigrantes?” “¿Feo por qué?” “Porque es feo”. Yo creo que un poco va en esa línea. O hablar de los niños de la guerra que mandó la República a la Unión Soviética, algo que muy poca gente conocía cuando hice “Ispansi”, sobre todo gente joven, gente de mi edad encontré muy poca, pero gente más joven que yo, precisamente, no encontré a nadie. En esa línea estamos, en hablar de los enterrados en cunetas y de aquellos que nos trajimos de la Unión Soviética, aunque toque las pelotas a mucha gente. En definitiva, ver si somos capaces de reconocernos en esos antepasados que hicieron lo que hicieron. Y ver si podemos mejorar lo que nos quede como país.

¿Qué ha sido hasta ahora lo más gratificante para ti de este thriller? ¿Con qué aprendizajes y aportaciones te quedas?

Lo más gratificante hasta el presente ha sido justamente que funcione la fórmula que había ideado para poder llegar a unos y a otros, y que a la salida del cine se hable justamente de este tema. Y eso sí está ocurriendo a día de hoy. Estoy absolutamente seguro de que ocurre porque ya son muchos los pases y los coloquios que he mantenido con el público después de la película. En algunos casos, ha corrido la voz entre personas de derechas de que la película cuenta también cosas de ellos, y lo cuenta con mucha humanidad y con mucho tacto.

El martes pasado, sin ir más lejos, ocurrió algo muy bonito, el enfrentamiento de un hombre de derechas y de mucha gente de izquierdas que llenaba el cine, pero fue un enfrentamiento acogedor, necesario, donde cada uno expuso sus razones opuestas a las del otro. Todos reconocieron que la película era una auténtica maravilla y que funcionaba muy bien para hacer justamente lo contrario, podernos dar un abrazo por fin de una vez por todas, porque han pasado ya muchos años y tenemos que pasar página una vez que la hayamos leído, que es justamente lo que dice la película.

A través de la trayectoria por distintos cines de España en los que se ha proyectado la película desde su estreno en noviembre de 2025, ¿crees que hay interés por parte de la población más joven en conocer uno de los episodios más traumáticos de la historia más reciente de nuestro país?

Ocurre que la película se ha proyectado en unos horarios en que los jóvenes o están estudiando o están trabajando. La gente que más acude a los museos, a las exposiciones, a los conciertos, al teatro o al cine es gente mayor que tiene el tiempo para hacerlo, sobre todo si pones unos horarios complicados para el resto del público. En aquellos casos en que he visto gente joven y me he acercado a ella, la verdad es que es que ha sido muy receptiva. A lo mejor, obviamente, no eran jóvenes de quince años, hablo de gente de veinticinco, de treinta años. Algunos ya estaban enterados y habían acudido al cine precisamente porque sabían de qué iba; a otros les sorprendió la película porque no se la esperaban en absoluto y, sin embargo, a partir de entonces han tenido interés de seguir investigando sobre sus raíces. Y hubo quienes me contaban historias que les habían transmitido sus antepasados y que estaban directamente relacionadas con la película. Me gustaría llegar más lejos, a las universidades, a colegios si fuera posible, no para proyectarla entre el público infantil, pero sí entre los jóvenes que ya pueden pensar y razonar las cosas. Para ello necesitaría algún apoyo que por ahora no he tenido.

¿Qué les dirías a los potenciales espectadores que aun no han tenido la oportunidad de ver la película?

Les diría, obviamente, que la vean. Sé que es complicado ver mi película porque en este momento solo estamos los martes a las seis en el cine Ideal de Madrid. He hecho una gira, sobre todo, por gran parte del norte de España, pero no he llegado a Barcelona, no he llegado a Sevilla, no he llegado a Valencia. En fin, me faltan cantidad de ciudades. No sé si algún día lo conseguiré. Por ahora estoy muy orgulloso del eco que ha tenido la película porque no tenemos nada de publicidad o funcionamos solo con el boca a boca, con lo poco que yo puedo subir a las redes sociales y no sé el seguimiento que pueda tener eso. Pero se está llenando todos los martes a las seis de la tarde el cine Ideal de Madrid. Los que estén cerca, los que puedan acercarse, pues sería maravilloso tenerles y que me digan de dónde vienen. Me he encontrado gente que ha venido de Salamanca, de Valladolid, de Murcia, de Toledo. Yo sé que es un esfuerzo extra. Pero así son las cosas. No soy Santiago Segura y, por desgracia, no tengo el éxito que él tiene.

No eres Santiago Segura pero estoy convencida de que haces mejor cine que él. Desgraciadamente el talento a veces no va aparejado a la audiencia. Te agradezco la entrevista y te deseo que ‘La Bala’ siga impactando conciencias.

NUEVA REVOLUCIÓN  DdA, XXII/6292

LA BANDA SONORA DE MI NIÑEZ FUE LA TOS DE MI PADRE


Valentín Martín

Al leer lo que Gabriel Calvo ha escrito de mí en el periódico que alumbra la Sierra de Francia me ha brotado un azogue. Primero por venir de quien viene, un humanista más allá del juglar. Él no lo sabe o no alcanza a medir el meollo que se trae entre manos escribiendo con la pureza de un hombre cabal nuestra historia absoluta sin contaminación ni expolios, la de ayer, la de hoy, y la de mañana también.
Luego está el donde. Un mensajero de papel lejos de las euforias en torno a caudillos, de la catequesis partidista y otras señales de humo. En las calles del pueblo me encontraréis, decía Federico a quien siguen prohibiendo, qué pánico tienen a la libertad. Pues ahí, entre la gente estamos los tres: el papel, el humanista y yo.
Gabriel Calvo ha sumado también a mi padre, un hombre al que mi hijo Rodrigo no conoció, y que sueña como una leyenda para él, según dijo en la espléndida presentación de un libro mío en el Café Comercial.
Mi padre fue cabeza de familia a los 12 años. De repente, 8 huérfanos en el campo, una hermanita de 2 cerraba la lista. Luego la muerte también de hijos, y la enfermedad que pudrió muy pronto su natural alegría de vivir. Yo vi a mi padre asfixiarse sobre el rastrojo, tratando de ayudarme a mí -un niño - a agavillar la mies que mi hermano segaba. Cuando se quedó en casa y dejó el campo fue para sobrevivir un poquito más. Y ahí empieza otra deuda mía con él. Arrumbado en la soledad, quiso hablar las veces que regresé, y encontró un mutismo que hoy no logro explicar. Ya al final de su tiempo, no bajó del dormitorio que había elegido para asomarse a la vida. Desde la alta ventana que daba al corral, veía a la Salina, la Morucha, la burra blanca, el burro Aquiles, las gallinas, el soldado alemán que yo había cincelado en la pared de la panera, todo su mundo estaba allí.
Gabriel Calvo recuerda que fue aperador de Anguas. La única ventaja que tenía allí sobre los demás criados es la de poner la saca con paja para dormir en el escaño y los demás en el suelo de la cocina de los amos. Cuando murió tan temprano, se supo que esos amos que le querían tanto no habían cotizado ni una peseta por él.
La banda sonora de mi niñez fue la tos de mi padre. La de hoy, la tristeza de no haberle dicho lo mucho que lo amé.

DdA, XXII/6292

miércoles, 18 de marzo de 2026

EL ALCALDE DE OLEIROS RECUERDA SU AMISTAD CON FIDEL CASTRO

 


Por su indudable interés en las actuales circunstancias que vive aquella querida isla y su no menos querido pueblo, el concello de Oleiros ha difundido esta entrevista con el alcalde desde 2003 del municipio gallego, Carlos García Seoane. La entrevista se celebró en en Centro Fidel Castro Ruz. En ella se nos cuenta una no menos interesante referencia sobre el comienzo de su amistad del alcalde gallego con Fidel, hijo de emigración gallega a Cuba, con ocasión de la escala que el líder revolucionario hizo en Madrid, cuando García Seoane propuso que su municipio nombrara a Fidel concejal de honor, mientras que desde la derecha gallega se planteó la posibilidad de apedrearlo si visitaba Galicia.

DdA, XXII/6291

MÉXICO MORENA: LA TEORÍA NECESITA PONERSE A LA ALTURA DE LA REALIDAD

Muy interesante el artículo del firmante, profesor de la Universidad Latina de América, por lo que es recomendable leerlo en su integridad: ¿Está la izquierda ampliando derechos? ¿Está reduciendo desigualdades? ¿Está fortaleciendo lo público? ¿Está generando condiciones para que las personas dispongan de su tiempo de manera más libre? ¿Está construyendo poder social que permita sostener y profundizar esos cambios? Si la respuesta, aunque sea parcialmente, es sí, entonces tal vez el problema no es que la realidad no esté a la altura de la teoría, sino que la teoría necesita ponerse a la altura de la realidad.



Gerardo Flores Peña

Hay una forma particularmente cómoda de declararse de izquierda: no disputar el poder, sino custodiar una definición. No intervenir en la realidad, sino vigilar los límites de lo que se considera ideológicamente aceptable. En ese gesto —que se presenta como rigor, pero muchas veces es repliegue— aparece una sentencia cada vez más repetida: Morena no es izquierda. No lo es, dicen, porque no encarna una política abiertamente anticapitalista, porque no rompe con el orden global, porque no adopta una posición permanentemente confrontativa, porque no anuncia —ni ejecuta— una ruptura revolucionaria en los términos clásicos.
Pero si uno se detiene un momento en esa afirmación, lo primero que salta no es su radicalidad, sino su vacío. Porque cuando se pregunta qué significaría, en las condiciones actuales, esa izquierda “verdadera”, la respuesta se vuelve difusa. ¿Cuál es la estrategia concreta para disputar el poder? ¿Cómo se construyen las mayorías necesarias para sostener una transformación estructural? ¿Qué forma institucional adoptaría esa ruptura? ¿Cómo se resuelve la correlación de fuerzas, interna y externa, en un mundo donde los márgenes de soberanía están permanentemente tensionados por el capital financiero, las cadenas globales de valor y el poder militar de las grandes potencias?
Ahí, donde debería comenzar la política, suele comenzar el silencio. O, en el mejor de los casos, la apelación abstracta a la “lucha de clases”, como si nombrarla sustituyera la tarea de organizarla. Se invoca la revolución, pero no se explica su viabilidad. Se denuncia el capitalismo, pero no se traza el camino para desmontarlo en condiciones reales. Y en ese desplazamiento —de la estrategia a la consigna— la izquierda corre el riesgo de convertirse en una posición moral antes que en una fuerza histórica.
Lo interesante es que este debate no ocurre en el vacío. Se da en un momento donde, a nivel global, la pregunta por la viabilidad de la izquierda ha regresado con una fuerza inusitada. No por nostalgia, sino por crisis. Crisis ecológica, crisis de reproducción social, crisis de legitimidad de las democracias liberales, crisis de un modelo económico que ha llevado la desigualdad a niveles obscenos. En ese contexto, la expectativa —particularmente en sectores progresistas del norte global— es encontrar experiencias que demuestren que ejercer el poder desde la izquierda no solo es posible, sino eficaz.
Y es ahí donde México empieza a aparecer en el radar. No como utopía, ni como excepción exótica, sino como un caso concreto de disputa estatal en clave progresista. Lo que señalan observadores como Kurt Hackbarth y José Luis Granados Ceja no es menor: en México se están implementando políticas que revierten —al menos parcialmente— décadas de desmantelamiento neoliberal. La construcción masiva de vivienda pública por parte del Estado, en contraste con el modelo de subcontratación privada que produjo periferias inhabitables; la reorientación de la política energética, que permite contener el precio de los combustibles en un entorno global inflacionario; la articulación de infraestructura, servicios y desarrollo territorial; la expansión de programas sociales que no se presentan como caridad, sino como derechos.
No se trata de propaganda. Se trata de hechos verificables que, en otros contextos, serían leídos sin ambigüedades como políticas de izquierda. Sin embargo, en ciertos sectores militantes, estos mismos procesos son desestimados por no cumplir con un estándar de radicalidad previamente definido. Y entonces la pregunta se vuelve inevitable: ¿el problema es lo que está ocurriendo en México o el marco teórico desde el cual se evalúa?
Aquí es donde la discusión con Martin Hägglund resulta particularmente pertinente. En su libro "Esta vida", Hägglund plantea una crítica al capitalismo que no se limita a su dimensión distributiva, sino que apunta a su núcleo temporal. El capitalismo, sostiene, no solo organiza la producción de bienes, sino la estructura misma de nuestro tiempo: determina cuánto de nuestra vida está subordinado a la necesidad de trabajar para sostener el sistema. Desde esta perspectiva, la emancipación no es simplemente la abolición del mercado o la propiedad privada en abstracto, sino la transformación de las condiciones que permiten a las personas disponer de su tiempo de manera verdaderamente libre.
Pero —y aquí está el punto clave— esa transformación no puede pensarse al margen de las instituciones. Hägglund insiste en que el socialismo democrático implica la ampliación y profundización de formas colectivas de autogobierno que permitan decidir, de manera social, cómo se organiza la producción, la distribución y el uso del tiempo. No hay, en su planteamiento, una idealización de la ruptura instantánea, sino una apuesta por procesos de democratización material que necesariamente pasan por la disputa del Estado.
Esto introduce una tensión fundamental que muchas veces se evade en el debate contemporáneo: la diferencia entre una política de la pureza y una política de la transformación. La primera se mide por su coherencia interna, por su fidelidad a ciertos principios abstractos, por su capacidad de denunciar las contradicciones del sistema. La segunda se mide por su capacidad de alterar esas contradicciones en la práctica, de modificar relaciones de poder, de producir efectos concretos en la vida de las personas.
El problema es que, cuando la primera se absolutiza, la segunda se vuelve sospechosa. Gobernar deja de ser una tarea estratégica y se convierte en una concesión. La negociación se interpreta como traición. La construcción de mayorías como dilución ideológica. Y en ese marco, cualquier experiencia que no encarne la ruptura total es descartada como insuficiente.
Pero la historia política —particularmente en América Latina— muestra algo distinto. Muestra que los procesos de transformación más duraderos no han sido aquellos que se proclamaron más radicales en el discurso, sino aquellos que lograron articular fuerza social, legitimidad democrática y capacidad institucional. La Revolución Mexicana misma, con todas sus contradicciones, produjo una de las constituciones más avanzadas de su tiempo, estableciendo derechos sociales que hoy siguen siendo referencia. Los ciclos progresistas del siglo XXI, desde Brasil hasta Bolivia, demostraron que es posible reducir la pobreza, ampliar derechos y recuperar soberanía sin necesidad de una ruptura insurreccional inmediata.
Esto no significa negar los límites de esas experiencias. Significa comprender su lógica. Porque el poder no se ejerce en el vacío, sino en un campo de fuerzas. Y en ese campo, las transformaciones requieren no solo voluntad política, sino correlación de fuerzas, capacidad organizativa y, sobre todo, tiempo.
Volvamos entonces a la crítica inicial. Decir que Morena no es izquierda porque no ha abolido el capitalismo o porque no ha adoptado una postura permanentemente confrontativa con el imperio norteamericano puede sonar radical, pero ¿es analíticamente útil? ¿Permite entender el momento histórico? ¿Ayuda a construir alternativas? ¿O más bien funciona como un mecanismo de autoafirmación que evita la tarea más difícil: pensar la transición en condiciones reales?
Porque esa es, en última instancia, la cuestión de fondo. No si el capitalismo es problemático —eso es evidente—, sino cómo se le disputa. No si la lucha de clases existe, sino cómo se organiza en contextos específicos donde además venimos de ser derrotados ahora que el 1% de la población controla el 80% de los recursos. No si el Estado es un terreno de conflicto, sino cómo se interviene en él sin perder horizonte estratégico.
La experiencia mexicana, con todas sus tensiones, está ensayando una respuesta. No perfecta, no definitiva, pero sí material. Está mostrando que es posible reconstruir capacidades públicas, reorientar el gasto hacia sectores históricamente excluidos, disputar narrativas y sostener una legitimidad política amplia. Está mostrando que la izquierda puede gobernar sin renunciar a su base social, que puede hablar de derechos sin esconder la redistribución, que puede enfrentar presiones externas sin colapsar internamente.
¿Es suficiente? No. ¿Es contradictorio? Sí. ¿Es, sin embargo, más cercano a una política transformadora que a una política testimonial? Difícilmente puede negarse.
Y entonces la pregunta se desplaza. Ya no se trata de decidir si Morena encaja en una definición previa de izquierda, sino de evaluar si esa definición permite pensar la realidad actual. Porque una teoría que no puede dar cuenta de los procesos concretos, que no puede distinguir entre avances parciales y regresiones, que no puede orientar la acción política en contextos específicos, corre el riesgo de convertirse en un ejercicio estético.
Hay algo profundamente irónico en todo esto. Mientras ciertos sectores de la izquierda se encierran en debates sobre autenticidad, la derecha no tiene ese problema. La derecha disputa el poder sin complejos, construye alianzas, define estrategias, interviene en las instituciones, produce efectos materiales. No se pregunta si es “suficientemente de derecha”. Actúa.
La izquierda, en cambio, parece a veces atrapada en una pregunta que, siendo importante, no puede ser el punto de llegada: ¿qué somos? La cuestión más urgente es otra: ¿qué hacemos? ¿Cómo intervenimos en un mundo donde las condiciones de vida de miles de millones dependen de decisiones políticas inmediatas? ¿Cómo construimos procesos que, sin renunciar a horizontes más amplios, produzcan mejoras concretas aquí y ahora?
Hägglund ofrece una pista cuando insiste en que la libertad no es una abstracción, sino una condición material. Ser libre implica tener tiempo, recursos, seguridad. Implica no estar sometido a la necesidad permanente de sobrevivir. Y eso no se logra con declaraciones, sino con políticas. Con sistemas de salud, con educación pública, con vivienda digna, con salarios justos, con infraestructura. Es decir, con Estado.
Por eso resulta problemático descartar cualquier proyecto que opere en ese terreno como “no suficientemente radical”. Porque, en la práctica, lo que se está descartando no es una forma de hacer política, sino la posibilidad misma de transformar las condiciones materiales de vida en el corto y mediano plazo.
Esto no implica abandonar la crítica. Implica situarla. Implica entender que la función de la crítica no es deslegitimar toda acción imperfecta, sino orientar su profundización. Señalar límites, sí, pero también identificar posibilidades. Reconocer contradicciones, pero sin perder de vista los avances.
Tal vez el punto más importante para mí, de toda esta discusión es que obliga a asumir una responsabilidad política. Es mucho más sencillo colocarse en un lugar de pureza y evaluar desde ahí a quienes gobiernan. Lo difícil es intervenir, organizar, disputar, asumir costos, construir mayorías, negociar sin perder horizonte, avanzar en condiciones adversas.
Y sin embargo, esa es la tarea.
Porque al final, la historia no se decide en el terreno de las definiciones, sino en el de las relaciones de poder. No en la coherencia de los discursos, sino en la capacidad de transformar la realidad. Y en ese terreno, la pregunta por la izquierda no puede resolverse con un checklist ideológico, sino con una evaluación concreta de procesos concretos.
¿Está la izquierda ampliando derechos? ¿Está reduciendo desigualdades? ¿Está fortaleciendo lo público? ¿Está generando condiciones para que las personas dispongan de su tiempo de manera más libre? ¿Está construyendo poder social que permita sostener y profundizar esos cambios?
Si la respuesta, aunque sea parcialmente, es sí, entonces tal vez el problema no es que la realidad no esté a la altura de la teoría, sino que la teoría necesita ponerse a la altura de la realidad.
Y eso implica, necesariamente, abandonar la comodidad de la pureza para entrar en la incomodidad de la política.

DdA, XXII/6291

DURA RÉPLICA DE IRÁN A LA MUERTE DE ALI LARIYANI: MÁS DE 200 MUERTOS EN TEL AVIV

 TEL AVIV TRAS EL ASESINATO DE ALI LARIYANI

Publicada: miércoles, 18 de marzo de 2026 9:58

Ana Cardo

Como en Europa apenas tenemos información sobre los daños que originan los drones y los misiles iraníes en Israel, no está de más consultar las agencias informativas del país agredido militarmente por los gobiernos de Netanyahu (en paradero desconocido desde hace muchos días) y Trump. Es el caso de la réplica armada con la que Irán ha respondido al asesinato del secretario del Consejo de Seguridad de aquella república, Ali Lariyani: la agencia Hispan TV nos dice que se trata nada menos que de la sexagésimo primera oleada de ataques contra Tel Aviv, "centro de las perversidades del régimen salvaje sionista, según el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica. “En esta operación relámpago e intensa -afirman esas fuentes-, los misiles Jorramshahr 4 y Qadr, dado el colapsado sistema de defensa aérea multicapa y superavanzado del régimen sionista, impactaron exitosamente contra más de un centenar objetivos militares y de seguridad". Según el comunicado, tras este ataque relámpago aeroespacial del CGRI, la electricidad ha sido cortada en algunas partes de Tel Aviv y el control de la situación y la posibilidad de rescate por las fuerzas internas se ha vuelto más difícil. Las bajas iniciales del régimen de Israel en esta respuesta de Irán se estiman en más de 230 muertos y heridos. Irán informó la noche del martes el asesinato del secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Lariyani, junto a su hijo y sus compañeros en un ataque terrorista estadounidense-sionista. La ceremonia fúnebre de estos mártires se celebrará hoy miércoles con la participación masiva del pueblo en Teherán, la capital.

DdA, XXII/6291

DE MOMENTO, IRÁN ESTÁ GANANDO LA GUERRA

Todo el mundo percibe que esta guerra es un error de ese Nerón narcisista sospechoso de pedofilia. Cuando Trump solicita la ayuda militar de sus vasallos europeos para profundizar el desastre, todos se escaquean. Su propio aspecto, el lunes 16 de marzo, cuando se jactaba del martirio de Cuba, no era muy bueno. Tampoco lo es desde hace algunos días el de algunos propagandistas israelíes. Y es que Irán está ganando la guerra y todo el mundo se está dando cuenta de la magnitud del estropicio. Esta guerra es asimétrica porque la superioridad tecnológica y la capacidad militar de uno de los bandos es abrumadora, pero de momento Irán la está ganando. 


Rafael Poch

No hay duda de que la población iraní está sufriendo la guerra mucho más que cualquiera de las otras implicadas, sea en Israel o en los países del Golfo, o Estados Unidos, donde no hay daño alguno. Pero a juzgar por lo visto, hay una diferencia en la capacidad de resistencia: ni los israelíes, ni los estadounidenses, ni los habitantes de los países del Golfo, aguantarían el nivel de destrucción de infraestructuras, hospitales, escuelas y centros administrativos, por no hablar de la eliminación de toda una línea de primeras figuras de la dirección política, militar y religiosa, sin experimentar un seísmo político y social. Irán asume todos esos daños que sus adversarios no pueden asumir.

Contemplado desde Israel, la diferencia de tamaño es importante. Irán es unas 75 veces mayor que Israel. Eso quiere decir que si se lanzan una cantidad semejante de misiles y bombas, Israel resulta más destruido por una cuestión de tamaño.

Otra diferencia de escala es que, aunque toda la marina de guerra de Irán haya sido destruida, excepto, al parecer, los submarinos y las temibles flotillas de lanchas rápidas lanzamisiles, todos esos barcos y recursos hundidos tendrían menos peso y consecuencias que el hundimiento de un solo barco de guerra de Estados Unidos.

El hundimiento de una sola nave americana o el derribo de los tres o cuatro aviones de Estados Unidos hasta ahora reportados representan una humillación para ese país. Lo mismo puede decirse de la destrucción de sus bases y radares en los países del Golfo. La abrumadora destrucción militar sufrida por Irán no es humillante. Todo eso sí lo es para Estados Unidos, y la experiencia histórica sugiere que la humillación militar de una superpotencia es letal para ésta.

Algo parecido puede decirse sobre los bombardeos y misiles lanzados que destruyen Irán o el Líbano y que matan a diario a centenares de civiles. Especialistas como el historiador Ervand Abrahamian estimaban en un 20% o 30% el nivel de apoyo de la sociedad iraní al gobierno de Teherán, pero la guerra suele inducir una unión de país más que un impulso de cambio de régimen. Parece que los adversarios del régimen en Irán no están entusiasmados ante la perspectiva de que su país se convierta en una nueva Libia, Irak o Siria. Por el contrario, cada misil iraní o de Hezbolá que alcanza territorio israelí plantea preguntas críticas sobre la eficacia de la defensa de un país acostumbrado a agredir sin consecuencias. En las bases del Golfo, las preguntas son sobre la conveniencia de una arquitectura de seguridad que no solo ya no les garantiza inmunidad sino que evidencia que las monarquías de la región van muy por detrás del régimen israelí en las prioridades de defensa de Washington.

Además de la reserva de misiles de la que disponga –y parece que son bastantes y que los más temibles apenas se están empezando a utilizar ahora– Irán dispone de un arma definitiva que es el cierre del estrecho de Ormuz. Hay consenso acerca de que la interrupción del suministro de gas y petróleo, si se prolonga, puede ocasionar importantes perjuicios a la economía occidental, incluida una recesión económica global. Aunque el manejo de este recurso no sea selectivo, y permita la circulación de buques con destino a países no hostiles a Irán, las consecuencias varían mucho de un país a otro. Rusia, por ejemplo, es inmune y podría beneficiarse por los aumentos de los precios del gas y el petróleo. China tiene reservas para suplir durante varios meses una interrupción del suministro del Golfo Pérsico, y además dispone del suministro ruso. Para India y los países europeos sería mucho más complicado, y para Japón y Taiwán sería dramático en un plazo muy breve.

Estados Unidos importa poco petróleo de la región afectada, pero la mera interrupción de esa pequeña cantidad está aumentando los precios de la gasolina y el diésel significativamente, con gran repercusión para el transporte y los precios en general. El consumidor americano puede convivir con la masacre de centenares de miles de seres humanos propiciada por su Gobierno en el otro extremo del mundo, pero no con el incremento de algunos dólares del precio de los combustibles.

Y, finalmente, todo el mundo percibe que esta guerra es un error de ese Nerón narcisista sospechoso de pedofilia. Cuando Trump solicita la ayuda militar de sus vasallos europeos para profundizar el desastre, todos se escaquean. Su propio aspecto, el lunes 16 de marzo, cuando se jactaba del martirio de Cuba, no era muy bueno. Tampoco lo es desde hace algunos días el de algunos propagandistas israelíes. Y es que Irán está ganando la guerra y todo el mundo se está dando cuenta de la magnitud del estropicio. Esta guerra es asimétrica porque la superioridad tecnológica y la capacidad militar de uno de los bandos es abrumadora, pero de momento Irán la está ganando. 

CTXT  DdA,XXII/6291