Acabo de leerlo en el diario mexicano La Jornada, un periódico merecedor de consulta, y me temo que me costaría leer el reportaje, cuyo titular Lo que dicen las heridas es el que dio el diario neerlandés De Volkskrantpara lograr con su publicación el Premio a la Excelencia Periodística de la prensa europea correspondiente al año actual.
El texto documenta más de un centenar de casos (114) de menores palestinos con una edad inferior a los quince años que recibieron un único disparo en la cabeza o en el pecho durante la invasión israelí de la Franja de Gaza. Ese único disparo viene a demostrar que el patrón de las heridas apuntaba a ataques deliberados por parte de las Fuerzas de Defensa Israelíes.
Maud Effting y Willem Feenstra, los autores del reportaje eligieron expresamente ese tipo de víctimas, niños y niñas menores de quince años, si bien se dan casos de víctimas con tres, cuatro o siete años, como acaba de ser noticias estos días con un bebé asesinado por un soldado israelí. El titular de la investigación periodística, Lo que dicen las heridas, evidencia según los autores del mismo lo que una sola bala significa como objetivo de muerte deliberada, con la recopilación testimonial correspondiente de médicos y enfermeras que trabajaron en los hospitales de Gaza.
A petición del periódico, médicos y enfermeras compartieron cientos de fotos y videos de sus pacientes, radiografías, informes y anotaciones en sus diarios. También hablaron durante horas de lo que vieron en sus quirófanos para responder a la pregunta: “¿qué nos dicen las heridas sobre esta guerra?” Casi todos los menores murieron o quedaron con graves discapacidades.
Se debe recordar que en torno a 20.000 niños y niñas palestinos perdieron la vida en la Franja de Gaza, según el ministerio de Sanidad gazatí, una cifra que según la revista médica The Lancet se quedaría corta, sobre todo teniendo en cuenta que bajo el falso alto el fuego la masacre continúa. El reportaje del periódico neerlandés se publicó el año pasado y el premio se le entregó a los autores el pasado 3 de junio en la FundaciónCalouste Gulbenkian de Lisboa*.
*Por el incuestionable valor periodístico Lo que dicen las heridas, creo que sería de interés su traducción y publicación en algún diario de nuestro país.
Un Estado aconfesional no debería prestar su púlpito a ninguna fe. El precedente de León XIV rompe las costuras laicas. Mañana, ¿por qué no invitar a las Cortes a un gran imán o a los líderes protestantes? ¿Por qué no un discurso del Dalái Lama? No hay religiones de primera y de segunda. No vale decir que es “solo un gesto”. En democracia, los gestos son arquitectura institucional. A Constantino, por reconocer al cristianismo en Nicea como religión oficial del Imperio, lo premian desde entonces con el apelativo del Apóstol 13. Igual estamos ante un Apóstol 14 con Sánchez.
Juan G. Bedoya
Aviso a los fanáticos que desprecian los hechos y detestan las razones: me alegra la visita de León XIV, y que se esté desarrollando en olor de multitudes. Ninguna sorpresa. No hay en el mundo líderes que conciten tantos seguidores e igual entusiasmo. Gran parte de mis amistades son cristianos; gusta verlos estos días de muy buen ánimo. El lema de la visita apostólica se lo pide: “Alzad la mirada”. Los obispos la han tomado del Evangelio de san Juan (4, 35). Invita a alegrar los corazones porque han sido superadas amarguras del pasado. Y más adelante denota un estado de ánimo: “Os envío a segar lo que no trabajasteis; otros lo trabajaron y vosotros os aprovecháis de su trabajo”. Sinceridad bíblica.
Con la visita de León XIV, los obispos buscan espantar disgustos. Por fin, un papa. La negativa del anterior a visitarles ahondó desprestigios. En 12 años de pontificado, Francisco visitó 69 países. ¿Por qué se negó a venir a España? Los motivos eran clamorosos. No entendía que la Conferencia Episcopal execrase la Ley de Memoria Democrática. El disgusto tenía que ver con sus vivencias en Argentina, donde aún se busca a miles de personas desaparecidas a manos de la dictadura. En España también son miles. “Una sociedad no puede sonreír al futuro teniendo sus muertos escondidos”, proclamó.
Le irritaba, además, la actitud displicente de la mayoría de los prelados en el combate contra la pederastia eclesial, pero también su afán de riqueza inmatriculando (registrando a su nombre por cuatro perras) decenas de miles de bienes del pueblo, incluida la Mezquita de Córdoba. Francisco lo tomó como una espantosa desviación del Evangelio. Quería una Iglesia que oliera a oveja, pobre para los pobres, misericordiosa. Me pregunto qué pensaría ante la exhibición de privilegios y dineros desplegados para rendir pleitesía a su sucesor. El cristianismo es, en su origen, un culto a la personalidad, pero abruma el exhibicionismo con que se anuncia que hay ricos que pagan un millón por reunirse con León XIV. Cuesta creerlo. Imagino al papa argentino preguntándose qué diría Jesús estos días si visitase Madrid. Jesús no habría entendido nada.
Entre tanta parafernalia, escandaliza el empeño de la Conferencia Episcopal en lograr que León XIV entrase triunfante al Congreso a predicar a su gusto. Digo predicar; es el término correcto. El Papa está en España “en visita apostólica”. Es decir, acudió a la sede de la soberanía popular como apóstol, como enviado del Evangelio, no como jefe de un Estado, el Vaticano, que no es precisamente un modelo del que presumir: autocrático, sin algunos derechos humanos elementales (¡ay, las mujeres, cuánta marginación!), y al mando de una persona que se dice infalible y posee todos los poderes, sin oposición. Modelo para armar, titularía Julio Cortázar.
Los obispos han logrado que las Cortes y el Gobierno aceptasen tan insólita petición. Gran triunfo, pero envenenado de raíz. “La Conferencia Episcopal confirma que ha hecho una solicitud a las presidencias del Congreso y del Senado para una sesión conjunta con el Papa, por indicación de la Santa Sede”, informaron el 26 de febrero. Y llegaron a aludir a la enormidad de que el Papa presidiría una sesión conjunta con el Senado. Resultaba difícil que las Cortes y el Gobierno aceptasen la petición. Y ha ocurrido. A Constantino, por reconocer al cristianismo en Nicea como religión oficial del Imperio, lo premian desde entonces con el apelativo del Apóstol 13. Alguien quisiera ahora que a Pedro Sánchez lo apodaran ahora el Apóstol 14. Ya se hacen bromas.
En un Estado aconfesional como el español lo decidido es una humillación como la de Canosa. Peor aún. La Constitución solo alude explícitamente a la sesión conjunta de ambas Cámaras para determinadas competencias no legislativas de las Cortes relacionadas con la Corona.
Un Estado aconfesional no debería prestar su púlpito a ninguna fe. El precedente de León XIV rompe las costuras laicas. Mañana, ¿por qué no invitar a las Cortes a un gran imán o a los líderes protestantes? ¿Por qué no un discurso del Dalái Lama? No hay religiones de primera y de segunda. No vale decir que es “solo un gesto”. En democracia, los gestos son arquitectura institucional.
A este mapa hecho de raíces y ramas de olivo, las que arrancan con frecuencia los colonos israelíes con el amparo de su gobierno para desarraigar al pueblo palestino, lo acompañaban unas frases a modo de pie de imagen: "Puedes redibujar las líneas en un mapa, pero ¿puedes alguna vez desarraigar realmente una historia que ha crecido profundamente en el suelo? ¿Se define una nación por sus fronteras modernas o por sus raíces antiguas?". El 10 de abril de 1948, tras la masacre de Deir Yassin, en la que milicianos sionistas de extrema derecha asesinaron a más de un centenar de palestinos entre los que había mujeres y niños, Albert Einstein escribió una carta en la que responsabilizaba tanto al gobierno británico como a las organizaciones armadas sionistas de cualquier futura catástrofe en Palestina. Aunque Einstein apoyaba la idea de que Palestina sirviera como refugio para los judíos perseguidos, rechazó la noción de un estado basado en la supremacía de un grupo sobre otro. Creía que el nacionalismo étnico y la violencia política conducirían inevitablemente a la injusticia, la discriminación y a un conflicto interminable. La realidad actual refleja sobradamente -máxime en los últimos años- no sólo los peligros de los que Einstein advirtió sino el balance de destrucción y muerte que el Estado de Israel ha perpetrado contra el pueblo palestino. Las raíces de ese mapa de olivares no han dejado estar mojadas por aquella primera sangre que comenzó a empapar la tierra palestina hace 78 años, en una pequeña aldea próxima a Jerusalén, y que quizá Einstein no imaginara entonces hasta tal grado de barbarie (genocidio) como la perpetrada contra la Franja de Gaza a partir de octubre de 2023.
Hay mañanas que se visten de gris en los telediarios y tardes que se salvan
gracias a la palabra. El pasado 27 de mayo, la emblemática sala
Jazzville de Madrid se transformó en una asamblea de resistencia cultural y
humana durante la celebración de la sexta edición de Ética y Poética. El
proyecto, impulsado por la Plataforma del Voluntariado de España (PVE),
organización que coordina el latido de 84 ONG en todo el país, demostró que la
literatura y la acción social comparten la misma raíz.
Paz H. Páramo
El encuentro arrancó bajo el marco del Año
Internacional de las Personas Voluntarias. María Navas,
directora de comunicación de la PVE,
fue la encargada de abrir la velada con una verdad incómoda y necesaria para
los tiempos de codicia y violencia que inundan la actualidad: “El
voluntariado es donar tiempo, no dinero, y quizás es lo más importante que se
puede donar, porque el tiempo no es oro, es vida”. Tras sus
palabras, cedió el testigo al poeta, Gonzalo Escarpa, encargado de
dirigir esta edición.
«La poesía es solidaridad»
Escarpa firmó un manifiesto sobre el escenario que fijó las reglas del
juego de la noche. “No es que la poesía tenga que ver con el compromiso
social, es que la poesía es una de las formas más comunes
del compromiso”, sentenció el poeta. En un discurso ovacionado por el público,
rechazó las etiquetas comerciales y los corsés ideológicos: “No creo que exista
una poesía de la solidaridad, porque la poesía es solidaridad. Denuncia
injusticias, moviliza conciencias y acompaña luchas colectivas… No
existe una poesía del entretenimiento, como no existe un gato policía”.
Citando al pensador Santiago Kovadloff, Escarpa recordó que los
seres humanos somos «una tarea por hacer», un proyecto incompleto,
exactamente igual que un poema. Y bajo esa premisa de imperfección compartida,
dio paso a los «seis recuperadores de los fugaces parentescos de las cosas» que
conformaban el impresionante cartel de la noche.
De la infancia herida al latido de la tierra
Rosana Acquaronirompió
el fuego literario haciendo suya la máxima “lo personal es político”.
Con una lectura honda y magnética, Acquaroni recorrió versos de su trayectoria,
incluyendo poemas de Discordia de los dóciles, un poemario gestado al calor del
movimiento 15-M, y pasajes de su aclamado 18 ciervas. Sus versos viajaron desde
la crudeza de la memoria familiar y la infancia olvidada (“Soy la hija que te
aguardó despierta cada noche…”) hasta el encuentro místico con la naturaleza,
regalando a los asistentes una sobrecogedora lección de honestidad lírica.
Fotografías sentimentales de Fran Fernández
El contrapunto musical de la primera mitad de la noche lo puso el
cantautor Fran Fernández, quien
subió al escenario de Jazzville armado con su guitarra y una sensibilidad
desbordante. Fernández recogió el guante del compromiso lanzado por Escarpa,
defendiendo el papel del artista como observador de su época.
“Entendí hace muchos años que todo aquel que escriba canciones o poemas debe
ser también observador de su tiempo. Al final, una canción es una fotografía
sentimental o histórica de lo que nos toca vivir”, explicó antes de interpretar
un desgarrador tema de denuncia social donde cargó contra la indiferencia
global frente al dolor ajeno y la deshumanización de las fronteras.
Posteriormente, el músico cambió el tercio hacia la luz con su tema
inspirado en un viaje a Ghana junto a creadores como Rozalén y Pasión Vega,
recordando que “el amor es un reloj y tienes que llenarlo de
tiempo” y lanzando un mensaje de esperanza: “Aunque haya gente que hace mucho
ruido y grita demasiado, en el fondo creo que todavía hay mucha bondad, aunque
sea más discreta”.
La velada continuó expandiendo sus fronteras con la intervención de Pilar González
España. La poeta, traductora y sinóloga aportó un timbre
ancestral al escenario con una propuesta enfocada en exorcizar el
egocentrismo contemporáneo. A través de una letanía, González España
desnudó las trampas del individualismo en su poema Yo y la
mitología de no hacer nada, un texto que resonó como un espejo incómodo en la
sala al sentenciar: “Yo y ya pueden caer mil bombas si no es sobre mi cabeza
(…) casualmente yo y nada más”.
Tras ella, la cantautora argentina Guadatomó
el relevo defendiendo firmemente que «todo arte es político». Sentada ante el
público, interpretó en primer lugar No somos lo que nos dicen que somos, una
pieza escrita junto a su padre que funciona como un canto de identidad
latinoamericano frente a la explotación de sus recursos. Tras
finalizar el tema, reivindicó la importancia de regalar no solo el tiempo, sino
también la atención, para acto seguido emocionar a la sala con su composición
Antes de que la noche se vuelva madrugada, un canto a la justicia, la memoria y
la persistencia de la historia compartida.
Su actuación dio paso al torbellino de Alexis Díaz
Pimienta, el aclamado rey de la rima que llegó
desde Sevilla para demostrar por qué es considerado un chamán del verso.
Aunque el público esperaba su faceta puramente improvisada, Díaz Pimienta
defendió la poesía escrita leyendo textos de hondo calado social como Otra
poética, el durísimo poema La guerra y los niños, denunciando con crudeza
la situación de la infancia en Gaza amparado en las
demoledoras estadísticas de la ONU, sus sonetos críticos dedicados a los
dolores de Cuba, y Los Empalados, una sobrecogedora crítica contra la
indiferencia generalizada y el consumo de la violencia a través de las
pantallas planas.
Juan Carlos Mestre, profecía de la vulnerabilidad
El broche de oro y la bendición definitiva de la asamblea corrió a cargo
del Premio Nacional de Poesía, Juan Carlos Mestre. Definido por
Escarpa como «mago del orden y del caos«, Mestre volvió a demostrar por
qué es una de las voces más descomunales, generosas y necesarias de las letras
contemporáneas, colocándose, como siempre, del lado de las personas más débiles
a través del poder absoluto de la poesía.
Con su ya icónica fuerza torrencial, el bardo berciano detuvo el tiempo en
Jazzville con la lectura de su poema Antepasados («Mis antepasados inventaron
la Vía Láctea…»). Su intervención no fue un simple recital, sino una invocación
civil; un recordatorio de que la palabra poética es un acto de legítima
defensa para los desposeídos y una patria para los que no tienen voz.
Mestre envolvió la sala en una atmósfera de misticismo laico al clamar contra
los tanques y los lutos ante los masacrados, cerrando su lectura con un rotundo
y triplicado «No matarás» que resonó en el silencio de la sala como un mandato
absoluto frente a la ruina moral de la fuerza. Como colofón, un momento mágico e imprevisto unió en el escenario a Díaz
Pimienta, Guada y Fran Fernández en una improvisación conjunta que
encarnó el espíritu del ciclo, la música y la poesía unidas para despertar
conciencias.
La sexta edición de Ética y Poética cerró sus puertas en Madrid recordando
una vez más a un público, con los teléfonos apagados y el espíritu encendido,
que la belleza no es un lujo, sino el único camino de regreso a
nuestra propia humanidad.
«Dos de los bebés de mi muestra, Paulo y William, están en los grupos de apego seguro. Sin embargo, el pronóstico sobre su salud mental difiere si uno lo juzga desde la conducta de la madre hacia los otros hijos de la familia, y la respuesta de éstos hacia ella. La madre de William reparte su tiempo y afecto entre todos sus hijos. La madre de Paulo dedica su atención mayoritariamente al bebé lo cual hace sentirse abandonados y rechazados a los hijos. Quizás esto ilustra una causa por la cual la relación entre el apego del infante y la salud mental futura no es muy simple.»
Mary Dinsmore Saslter AINSWORTH (Glendale, Ohio, Estados Unidos, 1 de diciembre de 1913 – Charlottesville, Virginia, 21 de marzo de 1999): “The development of infant-mother interaction among the Ganda” en
Determinants of Infant Behavior, editado por B.M. Foss(1963).
Por mucho que sea el bienestar sentido en un momento y mucha la seguridad y la cohesión que nos hayan facilitado instituciones y personas, eso no significa nada de cara al mañana... Las figuras de apego y las sensaciones de ventura son tornadizas; es más, el mayor apego y la más nítida percepción de comodidad se vuelven, ante eventuales distancias reales o imaginadas, en desafecto (incluso, con cierta frecuencia, en odio) y malestar insoportable… De ahí el refrán (que, como todos y más allá de sus excesivas generalizaciones, tiene un fuerte componente de cotidianidad empírica), «no hay peor cuña que la del pmismo palo».
Ayer mismo, como quien dice, quienes representaban sus papeles de testaferros y valedores del poder económico real nos prometían bienestar eterno y creaban las condiciones para hacernos creer que nunca viviríamos “por encima de nuestras posibilidades”, porque su papel político era extender esas posibilidades hasta el infinito... Nos ofrecían la mayor cohesión social en el mejor de los mundos posibles y hasta, si se les forzaba un poco, se mostraban en disposición de rellenar la brecha entre el mundo rico y el mísero como habían derribado el muro que separaba al Este del Oeste.
Pero llegaron la sucesión de crisis/estafas que nos vienen sacudiendo (de la financiera a la geopolítica/bélica, pasando por la pandemia o los casi continuos desastres ecoclimáticos) desde la segunda mitad de la primera década del tercer milenio. Y a día de hoy los “eternos bienestares” y la articulación de una “creciente equidad global” están y los sentimos cada día más lejos, mientras ahora nos acusan de haber sido nosotros miesmos quienes “libremente” fuimos decidiendo “vivir por encima de nuestras posibilidades”… Y convierten aquellas promesas en viejas ensoñaciones “woke”, gastadas esperanzas que sólo pueden dejarnos varados entre la nostalgia y la melancolía.
Pero uno, como el Roberto Cantoral de La barca (1957), “no concibe la razón de que la distancia sea el olvido”. Y recuerda... Recuerda esos bancos que sustituyeron sus especialistas estructurales en evaluación de riesgos por agentes comerciales a comisión por hipotecas firmadas; recuerda esa casta política ufana haciendo gala de un crecimiento económico centrado en la burbuja inmobiliaria; recuerda esos medios de comunicación hablando del consumismo como la panacea del desarrollo eterno de toda sociedad; recuerda a ciertas personas con cargo y mando en plaza poniendo por delante la permanencia del negocio de la vida que quienes ya tenían poca vida; recuerda otras personas con cargo (que bien podrían ser las mismas) lavándose las manos ante “desastres naturales” (agua o fuego) después de haber reducido al mínimo (o incluso a la nada) cualquier plan de previsión y equipamiento para contingencias; recuerda las continuas y flagrantes violaciones de cualquier atisbo de derecho internacional por quienes, respaldados por los amos del mundo, invaden, bombardean en nombre de la paz y ocupan otros territorios (que, curiosamente, suelen tener recursos naturales de su interés)...
Resulta más evidente cada día que esa casta política que tanto “podía prometer y prometía” quiere más a sus amos (sus multinacionales, sus intermediarios, sus bancos, sus voceros) que a su pueblo... De hecho, detrae continuamente las migajas postreras de atención o afecto potencialmente dirigidas a éste para volcarlas generosamente sobre aquéllos.
Así que, a medida que la cohesión social y el bienestar común saltan por los aires, su relación con las actitudes futuras de la población se torna más compleja y problemática... Y la “salud mental colectiva” está en peligro. ¡Que no nos dejen la cabeza llena con los cadáveres de los pájaros que un día cantaban en ella!.
El Papa León XIV recibe un aplauso durante su visita al Congreso de los Diputados, a 8 de junio de 2026, en Madrid | Alberto Ortega / Europa Press
La inmensa mayoría de la población española no queremos que una religión, u otras, condicionen las leyes que pueden elaborar nuestros parlamentos y, todavía menos, que las intenten torpedear posteriormente a través de acciones que todo el mundo conocemos protagonizadas por grupos integristas y abogados del mismo cariz. Alguien dentro de la Iglesia, quizás, debería decirle a Abogados Cristianos que ese adjetivo que colocan detrás del sustantivo profesional con el que empieza su nombre no es muy apropiado para definir sus actuaciones.
Allá por los años 70 me llegó desde Italia una consigna que utilizaban las mujeres que se manifestaban por el derecho al aborto en aquel país. Si no recuerdo mal, decía algo así como «il mio corpo è mio e l’administro io». Es decir, mi cuerpo es mío y lo administro yo, aunque en castellano pierda la rima.
Volví a recordar esta consigna de las mujeres italianas durante los años en que, desde la asociación Derecho a Morir Dignamente, en concreto en mi caso desde Cataluña, luchamos denodadamente por la consecución de un nuevo derecho que, como asociación, llevábamos reivindicando desde el mismo momento de su fundación, en 1984. Nos ha costado años, pero podemos decir con alegría y espíritu de celebración que hoy en día disfrutamos de un derecho más en la disposición de nuestro propio cuerpo, a pesar de la oposición de un sector muy concreto e influyente de nuestra sociedad, la Iglesia Católica, que ha hecho todo lo posible por hurtarnos esa libertad y que, mientras lo ha conseguido, ha obligado a padecer un dolor insoportable, que no querían vivir, a tantas personas que no practicaban su religión.
Recordemos, para hacer memoria y no olvidarlos nunca, los nombres de aquellos que hicieron público su dolor, y su deseo: Ramón Sampedro, Jorge León, Madelein Z., Inmaculada Echevarría, Carlos Santos, Jordi Rodríguez, Montserrat Voltà, Jorge Aramayona, José Antonio Arrabal, Luis de Marco, José N, H., Maribel Tellaetxe, María José Carrasco, Fernando Cuesta, Antoni Monguilod… Junto a ellos, tantas otras personas que tuvieron que morir como no querían, en la clandestinidad muchos, en el exilio suizo otros y siempre sufriendo más de la cuenta. Todo esto hasta que conseguimos en 2021 que el Congreso de los Diputados aprobara la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia (LORE). A pesar de sus limitaciones, y de las trabas judiciales que en algunos casos ha conseguido poner Abogados Cristianos, podemos afirmar que esta nueva legislación, que contenía un nuevo derecho, ha ayudado a muchas personas a ahorrarse unos sufrimientos que no querían vivir.
Es decir, hoy en día somos más libres porque tenemos más derechos para el ejercicio de la libertad, la verdadera libertad que afecta a nuestras vidas, en decisiones muy importantes. Por favor, no permitamos que nos roben la preciosa palabra libertad, que siempre ha sido nuestra, los que en realidad no la estiman y, además, están al acecho para limitárnosla, o quitarnos del todo, en cuanto les dejemos.
He querido compartir estos recuerdos ahora que nos visita el papa y se está poniendo el acento informativo en su mensaje pacifista, que le ha enfrentado a Donald Trump, y a favor de los migrantes y contra el racismo, que le enfrenta a los que alimentan la xenofobia y la utilizan electoralmente. Y claro que podemos valorar muy positivamente sus declaraciones en este sentido, pero esto no puede servir para meter otras bajo la alfombra de la invisibilidad. Tampoco durante la visita del papa.
También ahora tenemos que recordar la posición, y el activismo, de la Iglesia católica en muchos otros temas. Hemos empezado con el de la eutanasia, pero recordemos también las grandes manifestaciones protagonizadas por la Iglesia y los partidos que se llaman liberales contra la ley del divorcio del año 81, cuando gritaban aquello de «Suárez, masón, queremos religión» o pronunciaron discursos donde se oyeron frases como «Cristo no murió por nosotros para que ahora vengan a plantear leyes contra él». Deberíamos recordar siempre que Alianza Popular (ahora PP) votó en contra de la Ley del Divorcio a pesar de que, una vez aprobada, parecía ser el partido que tenía más candidatos a usarla inmediatamente.
Recordemos también la campaña de la Iglesia católica contra el aborto. Respecto a este tema, no está de más recordar que hace poco más de tres años, el 12 de marzo de 2023, coincidiendo con los ataques legales al aborto en algunos estados de Estados Unidos, en las manifestaciones en Madrid contra el derecho al aborto pudimos ver a Jaime Mayor Oreja o María San Gil. También estaban en la manifestación Santiago Abascal o Espinosa de los Monteros y Rocío Monasterio. Todo esto debe servir para la reflexión sobre qué piensan del derecho a la libertad sobre el propio cuerpo los que se autonombran adalides del liberalismo. Y pensar en qué pasaría si les damos mayorías parlamentarias que les permitan hacernos retroceder a un pasado sin derechos.
Recordemos también la campaña contra el matrimonio igualitario. Público nos lo recordaba así, en un artículo de hace 7 años: «En junio de 2005 unas 180.000 personas marcharon en Madrid en defensa del ‘modelo de familia tradicional’». La marcha transcurrió desde Cibeles hasta la Puerta del Sol a grito del lema ‘la familia sí importa’. Entre sus asistentes: obispos y altos cargos del PP como Ana Botella, que encabezaba la protesta». Cuánto dolor ha provocado, y sigue provocando, la Iglesia Católica a tantos jóvenes que no podían, o no les dejan todavía hoy, reconciliarse con unos deseos sexuales absolutamente legítimos.
Pero volvamos al principio de la reflexión, a esa petición a la Iglesia católica de que quite sus manos de nuestros cuerpos, que sería como venir a decirles que respeten las leyes que nos hemos dado a través de nuestros representantes democráticamente elegidos. Claro que pueden recomendar a sus creyentes que no utilicen estos derechos. Sus creyentes, mientras los demás los conservamos, podrán decidir utilizarlos o no hacerlo. Pero habrá que recordar a la Iglesia que el reconocimiento de la diversidad y la libertad de conciencia está en la base de cualquier democracia y que como los derechos son derechos, que no obligaciones, abren el abanico de la libertad de opciones para toda la ciudadanía y no obligan a los que no quieran hacerlo a comulgar con ruedas de molino.
Y es que la inmensa mayoría de la población española no queremos que una religión, u otras, condicionen las leyes que pueden elaborar nuestros parlamentos y, todavía menos, que las intenten torpedear posteriormente a través de acciones que todo el mundo conocemos protagonizadas por grupos integristas y abogados del mismo cariz. Alguien dentro de la Iglesia, quizás, debería decirle a Abogados Cristianos que ese adjetivo que colocan detrás del sustantivo profesional con el que empieza su nombre no es muy apropiado para definir sus actuaciones.
Todavía podríamos nombrar algunos otros temas, para los que habría que añadir el adjetivo «sucias» a la consigna de las italianas con la que comenzábamos el artículo. Por ejemplo, nombrar los abusos sexuales y la pederastia de la Iglesia católica. Por ejemplo, recordar muchos otros temas relacionados con la memoria histórica y el nacionalcatolicismo de la dictadura franquista, como el Patronato de Protección de la Mujer o el bautizo en situación de agonía, tras su suicidio, de Matilde Landa en la cárcel de Palma de Mallorca, que el grupo «Apostasía colectiva Matilde Landa» se ha propuesto que no olvidemos nunca jamás. Y es que no lo tenemos que olvidar. Y, además, ¿cómo es que se atrevieron a bautizar a una mujer que se había suicidado precisamente para no traicionar sus principios pasando por ese ritual, en el mismo momento que negaban ceremonias y entierros religiosos a las familias católicas de algunos suicidas que, quizás, ellas sí, los necesitaban? O el terror infantil provocado por una educación católica poblada de pecados veniales, mortales y sacrilegios, que nos llevarían directamente a las torturas del infierno por la eternidad de la eternidad. O el papel de los curas que no dejaban escribir la última carta, la de la despedida definitiva, a los condenados a muerte, por tribunales militares en juicios sumarísimos, que no se confesaran y comulgaran. Qué dolor me produce pensarlo, conociendo ahora, como conocemos, que estas cartas de despedidas han supuesto un bálsamo para tantas familias de condenados a muerte, para tantas hijas e hijos a quienes les hurtaron la posibilidad de convivir con sus padres o madres. Así que, respecto a estos temas, una petición a la Iglesia católica durante la visita del papa, en este caso con un adjetivo añadido: «Quitad vuestras sucias manos de nuestros cuerpos».
Verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición. También esto le pedimos a la Iglesia católica española y al papa de Roma.
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Isabel Alonso Dávila es vocal de Memoria Democrática de la Dirección de Europa Laica.
Deberíamos dejar de especular sobre nuestra maldad –a fin de cuentas somos lo que somos- y ponernos de acuerdo sobre unas pocas cuestiones esenciales. Se me ocurren dos. La primera es relativa al dolor físico. Necesitamos un mundo donde poner en peligro la integridad física de las personas sea absolutamente punible. La segunda, en el fondo vinculada a la anterior, tiene que ver con los débiles en general y, en particular, con los niños. El sufrimiento de los niños es intolerable. Moriré maldiciendo a los Netanyahu del mundo que lo provocan sin ninguna piedad, pero me gustaría más ver antes de morir cómo la exigencia de poner fin al sufrimiento infantil en todo el mundo se convierte en un factor civilizatorio absolutamente innegociable e inexcusable. … Y eso valdría hasta en un pueblo de demonios.
Niña de Gaza
David Pablo Montesinos
Acudes a un psicoterapeuta porque experimentas síntomas de ansiedad, tu mente está intoxicada por pensamientos intrusivos o te devoran miedos irracionales. Por lo general te explica que debes quererte y que tu misión en la vida no es complacer a tus prójimos.
De mí han dicho que soy un hijoputa en una cuantas ocasiones, pero han sido más aquellas en las que se me ha achacado bondad excesiva, lo cual me aboca, supongo, al riesgo de recibir hostias por encima de la media.
Debo entender que estoy invirtiendo la tendencia, pues últimamente me he ganado unos cuantos enemigos. Canta Joaquín Sabina que es mentira que no tenga enemigos y que también es mentira que no tengan razón. Yo me he ganado animadversiones por exceso de embestida, por impaciencia, por actuar sin el más mínimo sentido de la oportunidad, por meterme donde no me llaman, por amar a quien no debía, por no amar a quien debía… En fin, supongo que hay pedazos de todas estas cosas en el gigantesco naufragio que es la biografía de cualquiera. Me merezco algunas de estas hostilidades, y hay opiniones que me preocupan, pero, lo siento, entre quienes me odian abundan más los cretinos.
Perdonen la arrogancia, pero sospecho que el motivo principal de algunas animadversiones, al menos desde que empecé a asomarme a la senectud, es que he decidido no someterme a ciertas tiranías. Y digo a “ciertas” porque, como cualquiera, me someto miserablemente a muchas en la vida cotidiana. Me pasa sobre todo en el trabajo. Se me insta a que apruebe el curso a alumnos que se han tocado las gónadas todo el año, que no sancione a un acosador, que aguante sus impertinencias a compañeros maleducados o que una señora que no tiene ni puta idea cuestione mi vocación o mi profesionalidad porque su dulce hija es una diosa por más que cuando la miro yo sólo veo a un mandril.
Pero los abusos no están solo en las aulas, ni mucho menos. Hay en las carreteras conductores que se comportan como matones, señoras que te empujan en el metro sin motivo, salteadores de supuestas organizaciones que se cabrean mucho si no les haces caso por la calle, especialistas en joderte la peli en las salas de cine, señoras que se cuelan en el supermercado… Me gano algún que otro odio porque, en contra de lo previsible, resulta que a veces contesto y afeo la conducta a los abusones. No lo hago siempre, ni siquiera habitualmente, pero a medida que envejezco me he dado cuenta de que si dejas que los malos ganen y te limitas a huir, el mundo termina volviéndose inhóspito sin remedio.
¿Soy mejor que ellos? A ver, ser mejor que tipos como mis vecinos del primero A no requiere grandes esfuerzos, son una tribu de indeseables. Lo que sí tengo claro es que me hallo a años luz de la perfección. ¿Cabrón? Sí, bastante, como todo el mundo excepto Vicent E., un amigo del que algún día les hablaré y al que considero venido de otro sistema solar.
Concluyo.
No estoy seguro de cuál es el camino más certero para propiciar un mundo más justo y habitable para todos. Decía Kant que un sistema normativo adecuado podría hacer posible la convivencia “hasta en un pueblo de demonios”. Quizá, puesto que Herr Kant suele tener razón, deberíamos dejar de especular sobre nuestra maldad –a fin de cuentas somos lo que somos- y ponernos de acuerdo sobre unas pocas cuestiones esenciales.
Se me ocurren dos. La primera es relativa al dolor físico. No sé cómo una mente tan laberíntica como la del simio que somos puede garantizar la paz de espíritu, pero sí creo que hay maneras de poner límites al dolor del cuerpo, es decir, el que asociamos al hambre, la enfermedad, las guerras, la violencia en todas sus formas… Necesitamos un mundo donde poner en peligro la integridad física de las personas sea absolutamente punible.
La segunda, en el fondo vinculada a la anterior, tiene que ver con los débiles en general y, en particular, con los niños. El sufrimiento de los niños es intolerable. Moriré maldiciendo a los Netanyahu del mundo que lo provocan sin ninguna piedad, pero me gustaría más ver antes de morir cómo la exigencia de poner fin al sufrimiento infantil en todo el mundo se convierte en un factor civilizatorio absolutamente innegociable e inexcusable.
Detrás de ese empujón a una profesora jubilada y solidaria con sus compañeros en las calles de Valencia, de esa violencia, de ese desprecio, se encuentran el mismo odio y la misma sinrazón que condenó a este país a la miseria moral, intelectual y económica durante siglos. Y ya ni siquiera hacen el esfuerzo de disimularlo.
Silvia Cosio
A mi abuelo Benigno el fascismo le robó un hermano durante la Guerra Civil y después le dejó sin escuela. Porque un día los matones de la Falange sacaron a todos los chiquillos de clase y les obligaron a ver cómo fusilaban a sus padres, hermanos, amigos y vecinos, y también a su maestro. Al día siguiente, el maestro asesinado fue sustituido por un cura, pero apenas un par de chicos habían regresado a aquella escuela. El resto, entre ellos mi abuelo Benigno, se tuvieron que poner a trabajar. Y todo volvió a ser como Dios manda: volvió el hambre, el analfabetismo, la superstición, el miedo y la miseria.
Pero mi abuelo Benigno nunca se olvidó de aquella terrible mañana ni de la lección empapada en sangre y envuelta en balas que el fascismo le quiso enseñar. Solo que la aprendió de manera distinta a como aquellos asesinos pretendían. Porque a mi abuelo le robaron la escuela, le cambiaron los libros por los crucifijos y le quisieron obligar a agachar la cabeza, pero él llenó su casa de palabras, leyó teatro clásico, tebeos, novelas del Oeste, enciclopedias y cualquier cosa que cayera en sus manos y no pisó una iglesia, salvo cuando se casó su hijo. Además, todos sus descendientes hemos ido a la Universidad –pública–. Una bofetada en los morros al atrasismo y a los cantos a la muerte del franquismo.
Porque, aunque las élites franquistas lograron mantener prácticamente todo el poder –el simbólico, el político, el económico y el institucional– que usurparon en el 39, tuvieron también que hacer algún pequeño sacrificio a cambio, aunque solo fuera para disimular. Y entre las cosas que se dejaron quitar estaba la educación, cuyo monopolio se le arrebató a la Iglesia para regresar a manos del Estado. Y esto es algo que todavía no nos han perdonado.
Esta guerra de las derechas contra la educación pública no fue solo cosa del franquismo, sino que hunde sus raíces en el odio histórico de las élites españolas hacia el conocimiento y la razón. Es un desprecio y una obsesión que podemos rastrear desde la Contrarreforma hasta nuestros días. Un odio atávico, como primitiva es también su propensión a los golpes de Estado y los alzamientos. Bien sea vestidos de uniforme y sotanas o con togas, las derechas españolas siempre han estado –y siguen– estando dispuestas a acabar con todo –y con todos– para recuperar el poder, para recobrar aquello que creen que es suyo por derecho propio. Y por eso les sobra la educación. Y por eso también temen y detestan la escuela pública y laica. Porque es una institución que no pueden controlar. Así que han decidido ahogarla.
Los conciertos educativos han sido la punta de lanza de la incansable ofensiva reaccionaria contra la escuela pública desde la Transición. Una gota malaya que ha ido socavando sus pilares y parasitando su financiación con la excusa de la libertad, carajo, ese escudo tras el que se protegen los liquidadores y saqueadores del Estado de bienestar. Los mismos que nos piden sacrificios mientras aumenta la brecha de la desigualdad y se llenan los bolsillos de dinero público.
Sin embargo, tras la guerra contra la escuela pública no se esconde, como ocurre con la sanidad, el ansia de hacer solo negocio. Porque con su desmantelamiento se busca liquidar su poder simbólico, pues la escuela pública es ya la única herramienta que nos queda para combatir la desigualdad y la sinrazón. Y por eso van a por ella y a por todos los que la sostienen: profesorado, familias y alumnado. Todos estos años de bombardeo propagandístico contra el oficio de enseñante, todas las estupideces y mentiras sobre la calidad de la enseñanza pública, sobre el supuesto pésimo nivel de su alumnado tenían un único propósito: desmantelar el sistema de enseñanza público para entregarlo a manos de la Iglesia y las empresas. Convertir de nuevo la educación en un sistema de dos velocidades donde el dinero y los privilegios tengan más peso que el conocimiento.
Los mismos que sacaron a rastras a mi abuelo Benigno de su escuela y le dieron una lección manchada en sangre –una lección que ni él ni todos los suyos hemos olvidado nunca–, los mismos que odiaban a los maestros y las maestras republicanos y los condenaron a muerte porque para ellos su oficio y su culpa eran la misma: entregar la educación, las palabras, la Razón y la belleza al pueblo, son los abuelos de los que hoy jalean a la policía que apalea maestras en huelga, que las empuja por la espalda y les revienta cobardemente la cara contra el asfalto. Porque detrás de ese empujón, de esa violencia, de ese desprecio, se encuentran el mismo odio y la misma sinrazón que condenó a este país a la miseria moral, intelectual y económica durante siglos. Y ya ni siquiera hacen el esfuerzo de disimularlo.
Hasta ayer a estas horas, el papa de Roma había echado mano del Evangelio en sus discursos, pero como decíamos también ayer a estas horas, una vez el gobierno de coalición social-comunista le concedió al pontífice el privilegio de hablar en la tribuna del Congreso de los Diputados, León XIV pasó de hacer Evangelio a hacer la política que corresponde a su Estado teocrático de 44 hectáreas y más de 1.400 millones de feligreses. Para satisfacción del pensamiento político más reaccionario, el obispo de Roma ha utilizado la institución más importante de un país democrático, aquella en la que se firman las leyes que los representantes de la ciudadanía acuerdan, para cuestionar varias de ellas con un descaro manifiesto por lo que comporta de injerencia en los asuntos internos de un país soberano y supuestamente aconfesional. León XIX ha justificado con esto que los diputados de Podemos y el BNG renunciaran a acudir al Congreso por estimar improcedente la presencia del pontífice en el Parlamento, primera en la historia de este país. Por contra, hasta siete minutos, siete, duraron los aplausos del resto de los representantes de los partidos políticos al término de la alocución papal, aunque el obispo de Roma haya empleado una parte de sus palabras en disentir de leyes como las del aborto y la eutanasia, aprobadas por el Parlamento español, aparte de estar en contra del matrimonio homosexual o de los derechos de las personas LGTBI, sin que la institución que preside haya reparado a las 400.000 víctimas de abusos sexuales cometidos por el clero católico en España. Posiblemente, tanto el gobierno como la oposición estarán haciendo sus cuentas de lo que conviene resaltar en su respectivo provecho político de la visita papal, pero lo que resulta evidente es que ni un ayatolá ni un obispo de Roma deberían utilizar el Parlamento de una nación democrática para cuestionar las leyes democráticas aprobadas en el mismo*.
*En medio de esta histórica sesión parlamentaria, la diputada de Junts Miriam Nogueras interrumpe los saludos del Papa para pedirle en un aparte que hable en catalán en Barcelona, como gesto de "amor" hacia los catalanes. Se lo dice en inglés, no sabemos como gesto de qué hacia un papa que habla castellano.
Declaro ante un espejo y ante el mundo, que mi libertad no cabe en el estrecho marco de un anhelo individual. La libertad que me quita el sueño y me enciende la garganta no es la del que huye a una isla desierta para hacer su capricho en soledad. Mi libertad está preñada de los otros. Es una libertad en estado de gravidez social.
Soy libre, profundamente libre, cuando hago lo que creo correcto para mi gente y para la humanidad. Y aquí reside la médula de mi ética. Lo correcto no es un mandato bajado del cielo ni el dogma de un partido; es el pan en la mesa del desposeído, es el techo que cobija al que la tormenta dejó a la intemperie, es la palabra que despierta al que el sistema durmió con su canto de sirenas. Ayudar a los desfavorecidos más que un acto de caridad, esa caridad que es fría y vertical, es un acto de amor, que es horizontal y recíproco. En esa ayuda me reconozco humano, me completo, y al hacerlo, rompo las cadenas de la indiferencia. Mi libertad es la imposibilidad de ser feliz en soledad, mientras exista un solo ser humano al que le roben la esperanza.
En este camino, la crítica se vuelve un deber sagrado. Criticar lo mal hecho no es amargura ni traición; es la más alta forma de lealtad a los sueños que nos prometieron. Es una herramienta de carpintería social para reparar la mesa coja, para enderezar la viga torcida de la casa común. El que calla ante lo mal hecho, no por prudencia estratégica sino por miedo, se encadena a la mediocridad y se hace cómplice. Mi canto es y será bisturí cuando deba extirpar la mentira, y será bálsamo cuando toque sanar la herida. No me callo, porque el silencio cómplice es la celda más pequeña y oscura.
Mi libertad se viste de fiesta cuando canto. Soy libre cantándole a lo que me inspira y me impresiona positivamente. En un mundo que hace negocio con la distopía y el miedo, voltear la mirada hacia la belleza, hacia el detalle mínimo y luminoso, es un acto de resistencia. Cantarle a la flor que nace en el asfalto, al amor que no claudica, a la dignidad de la gente humilde, al abrazo que cura más que cualquier medicina, al héroe que llenó de hospitales y escuelas un país al que llevan años asfixiando y a la vez dicen que es fallido. Mi canto es la celebración de lo que aún nos hace humanos, la prueba irrefutable de que no todo está perdido. Esa inspiración es mi combustible, y compartirla, mi modo de hacer revolución.
Finalmente, tomo la palabra, esa herramienta filosa y sagrada. Escribir sin miedo sobre mi percepción de la verdad es el ejercicio supremo de mi libertad. Mi verdad es una isla en un archipiélago; tiene sus costas, sus acantilados, sus palmeras únicas, pero está conectada por el puente submarino del respeto a las verdades de los demás. Digo lo mío con la fuerza de un huracán, pero con el oído atento al rumor de otras brisas. No pretendo imponer mi mapa del mundo, pero sí tengo el derecho y el deber de mostrar mis cartas de navegación. La verdad se vuelve más nítida cuando se frota con otras verdades, no cuando se momifica en un altar. Mi palabra es mi espada y mi escudo, pero jamás será una maza para silenciar la palabra ajena.
Por todo esto, hermanas y hermanos, mi libertad no es un puerto de llegada, es una forma de navegar. Es remar con todas mis fuerzas hacia una orilla donde quepamos todos, con el remo de la solidaridad, la vela de la crítica honesta y la brújula de un canto que busca, incesantemente, la justicia.
Esa, y no otra, es mi libertad. La que ejerzo para ser, contigo y con todos, un poco más humanos.
Si puedes, observa a tu lado y empieza regalando una sonrisa a todo el que tenga una mirada triste... ayúdale en lo que alcances....