Verdades, mentiras y contradicciones de la visita papal a España (contando Catalunya en esta ocasión) e incluso Las Palmas y Santa Cruz y no sólo a ese crisol ayusista de hispanidad que es Madrid.
Manuel Garí Ramos
Verdades, mentiras y contradicciones de la visita papal a España (contando Catalunya en esta ocasión) e incluso Las Palmas y Santa Cruz y no sólo a ese crisol ayusista de hispanidad que es Madrid.
Manuel Garí Ramos
Ana Cardo
De entre todos los actos que la televisión pública nos viene transmitiendo hasta ahora a destajo con motivo de la visita del para León XIV a España, como si España siguiera siendo aquel Estado confesional de la dictadura franquista, quizá el de mayor prestancia escénica con relación al contenido expuesto sea el que tuvo por voz y presencia las del afamado actor andaluz Antonio Banderas, hasta el punto de emocionar visiblemente al pontífice en algún momento de la lectura. Banderas, partiendo de su memoria infantil primera y de las procesiones de Semana Santa en su Málaga natal, reivindicó a la iglesia católica como la institución que más arte ha generado en la historia, al arte como alternativa a la violencia y a Jesucristo como icono de paz, sacrificio y fuente de inspiración para grandes artistas universales. “Con total seguridad la figura más representada en la historia del arte ha sido Jesucristo”, señaló durante una intervención en la que defendió que el arte no es solo belleza, sino también “pregunta, reflexión, contraste y revolución”. El actor también se refirió al papel de la tecnología y la necesidad de preservar lo humano frente a las máquinas. En ese sentido, recordó que “la Inteligencia Artificial tiene que estar al servicio del ser humano y no al revés”, una idea que conectó con el mensaje del encuentro y con la preocupación por el impacto de la tecnología en la sociedad actual. Banderas terminó su breve alocución recordando su musical Godspell, la obra teatral basada en el evangelio según San Mateo, para confesar -tal como enuncia este título- que "ha sido víctima del hechizo de Dios".
DdA, XXII/6371
Del muro de África Bovaria
Ángel era judío y dueño de una de las panaderías más famosas de Alemania. Cuando le preguntaban cómo había sobrevivido al Holocausto, solía contar esta historia:

Si Estados Unidos afirma que su seguridad nacional está amenazada por Cuba es porque sabe que su hegemonía no descansa en la superioridad de su modelo, sino en la capacidad de impedir que las demás naciones del planeta sean soberanas y elijan vivir de otro modo. Lo que Trump y su Administración le están diciendo al mundo cuando declaran que Cuba es una amenaza existencial para una potencia gigantesca como Estados Unidos es que su miedo no viene de los misiles ni de los ejércitos enemigos, sino de las ideas que sean diferentes a las que defienden para ocultar para qué intereses trabajan.
Llevo semanas sin poder dormir desde que he descubierto que vivimos al borde del abismo. Pete Hegseth, secretario de Defensa de los Estados Unidos, tuvo la valentía de alertarnos hace unos días: Cuba supone una amenaza a la seguridad nacional de la Estados Unidos, primera potencia militar del planeta. Y debió decirlo en serio porque el secretario de Estado, Marco Rubio, lo acaba de confirmar nuevamente hace unas horas.
Es impresionante. Se necesita respirar hondo y procesar bien lo que nos están diciendo.
Estamos hablando de la seguridad nacional de Estados Unidos, un país que ha presupuestado 1,5 billones de dólares para gasto militar en 2026; que tiene casi 1,5 millones de personas alistadas en todos sus ejércitos y 800.000 reservistas; casi 800 bases o establecimientos militares distribuidos en 80 países; 11 portaaviones nucleares operativos; 370 buques de combate, entre ellos 48 submarinos nucleares de ataque y 14 con misiles balísticos; 13.000 aeronaves militares entre todas las ramas; más de 5.500 ojivas nucleares, de las cuales, unas 1.700 están desplegadas y listas para su empleo; y 400 misiles balísticos intercontinentales.
Una isla cuyo presupuesto militar es casi 9.000 veces menor que el de Estados Unidos; que tiene 26 veces menos personal activo en el ejército; que dispone de un avión militar por cada 500 de Estados Unidos; que no tiene portaaviones, ni submarinos y sólo unas decenas (quizá 60 o 70) de patrulleras y buques ligeros, frente a los 370 de Estados Unidos. Y, por supuesto, que no dispone ni de ojivas nucleares, ni de ninguna base en el extranjero. Un país cuyo PIB total es 14 veces menor que el gasto que Estados Unidos realiza sólo en sus ejércitos.
A ver: ¿Puede ser verdad que una isla con esos recursos militares tan menguados, cuyo ejército carece de suministros de repuestos rusos desde 2022; que, sin moneda extranjera y sometida a un bloqueo brutal, no puede importar material militar nuevo; sin industria de defensa propia capaz de producir armamento mayor, constituye una amenaza para la seguridad nacional de la gran potencia militar, económica y financiera del planeta, según afirman los máximos responsables del ejército y la política exterior estadounidenses?
¡Basta ya de mentiras! Hay que ser muy torpe para dejarse engañar.
Lo que ocurre en realidad es que Estados Unidos necesita crear enemigos artificialmente (en Cuba, en Irán, en Venezuela o en cualquier lugar del mundo) para robar su riqueza y para mantener un gasto militar billonario que no es sino el ingreso contante y sonante de las grandes corporaciones: del complejo militar-industrial de cuyo peligro ya advirtió el propio presidente Dwight D. Eisenhower en su discurso de despedida en 1961.
Los responsables de la Administración que gobierna Estados Unidos necesitan recurrir al miedo y a decir que su seguridad está amenazada para justificar el expolio a otras naciones que cada día reconocen más abiertamente y para que nadie le pregunte en su propio país por qué no gastan ese dinero ingente en sanidad, educación o vivienda. Ya está bien de mentiras: si no existiera Cuba, tendrían que inventarla.
Llevan décadas haciendo lo mismo y por eso Cuba ha estado entrando y saliendo de la lista de estados patrocinadores del terrorismo al ritmo de los intereses electorales de cada Administración, no al de algún tipo de evidencia. Lo reconoció el propio Gobierno de Biden cuando la retiró de la lista al confesar que «no tenía información que respaldara la designación», como ya ocurrió antes con Obama.
Detrás de las declaraciones de Washington afirmando que Cuba constituye una amenaza «inusual y extraordinaria», sólo hay mentiras que revelan la extraordinaria inseguridad que sobre sí misma siente una potencia como Estados Unidos que precisa robar y asesinar para sobrevivir como tal. ¿Quién puede creer que su seguridad está realmente amenazada por una isla con apagones crónicos y 110 millones de dólares en defensa?
Lo mismo que dije hace unos días cuando escribí sobre la acusación de la fiscalía estadounidense a Raúl Castro, digo ahora que no tengo necesidad de defender a Cuba ni a su régimen. Es otra cuestión la que se plantea. Si Estados Unidos afirma que su seguridad nacional está amenazada por esa isla es porque sabe que su hegemonía no descansa en la superioridad de su modelo, sino en la capacidad de impedir que las demás naciones del planeta sean soberanas y elijan vivir de otro modo.
Lo que Trump y su Administración le están diciendo al mundo cuando declaran que Cuba es una amenaza existencial para una potencia gigantesca como Estados Unidos es que su miedo no viene de los misiles ni de los ejércitos enemigos, sino de las ideas que sean diferentes a las que defienden para ocultar para qué intereses trabajan. Y de ahí viene su principal problema: se pueden bombardear y destruir barcos, aviones, escuelas, hospitales… como suele hacer Estados Unidos, pero no las ideas, los ideales y la voluntad de los pueblos. A Cuba podrán doblegarla con la fuerza y el terror de un ejército 9.000 veces más poderoso y con una economía más de 250 veces más grande, como han hecho con otros países semejantes. Pero nada podrá impedir que, antes o después, un imperio basado sobre el poder y la fuerza de los pocos termine sucumbiendo ante la razón y la fuerza de los muchos.
PD. Ilustro este artículo con una imagen de Máximo Gómez, héroe de la independencia cubana, como homenaje al gran patriota del que tengo el honor de ser descendiente.
GANAS DE ESCRIBIR DdA, XXII/6370
Ana Cardo
Se están logrando unos altísimos registros de audiencia con la programación que la televisión pública está dedicando al viaje y estancia de León XIV en España. Estoy por asegurar que ni con la derecha en el Gobierno habría obtenido el pontífice una cobertura informativa tan intensa*, si bien León XIV, por sus discursos y la programación de los actos que preside, está pareciendo estar más cerca de lo que Pedro Sánchez representa internacionalmente que la actual derecha española. Sin necesidad del papa de Roma, la programación de la televisión pública ha logrado sobrepasar en audiencia a La Sexta, por lo que se diría que en este canal se están mostrando un tanto nerviosillos . Sobre todo después de que Javier Ruiz y Jesús Cintura, dos de los protagonistas -con Silvia Inchaurrondo- en el alza de audiencia de TVE con sus respectivos programas de mañana y tarde, sugiriesen una campaña en contra de RTVE por parte de los canales privados, al parecer por motivos económicos: menos audiencia, menos publicidad. Antonio García Ferreras habló en su programa de que se les critica por el seguimiento de los casos de corrupción que afectan al PSOE, pero el ahijado de Florentino Pérez dice que esto es en cierto modo defender a la izquierda, "porque si tienes convicciones de izquierdas lo que no puedes hacer es taparte la nariz, mirar para otro lado, o mentir y manipular porque te amenacen. Eso es defender a la izquierda de este país". Bien lo sabe él por hacer lo que hizo con Podemos. Lo gracioso es que, por alinearse con su jefe, el director de La Sexta Noticias, se manifestó pidiendo "decencia antes que audiencia", en referencia a la subida que registra TVE y a la bajada que afecta a La Sexta, superada también por Cuatro TV. Lo de "decencia antes que audiencia" es la divisa de Ferreras desde que dijo aquello de "es demasiado burdo pero vamos con ello", difundiendo patrañas contra Podemos.
*Si el papa fuera un ayatolá venido de Irán...
Najat El Hachmi para El Pais, 7 de Junio de 2026.-
DdA, XXII/6370
A algunos lectores nos hubiera gustado que el autor del artículo fuera más crítico con el hecho que comenta recurriendo a un par de caídas propias, porque entre las lacras del ministro Marlaska, la de esta profesora jubilada no se debería olvidar, máxime cuando el comportamiento de sus agentes es tan distinto -casi cordial- con los manifestantes de extrema derecha. En vez de quedarse en casa, escribe Muñoz Molina, la profesora jubilada agredida en Valencia salió a defender la escuela pública. El policía, que corre tras ella, tan solo le da un golpe como de pasada con la mano, y sigue hacia adelante, en la tarea sin duda hercúlea de reprimir no a unos vándalos borrachos del fútbol, ni a los hooligans que luchan contra el sistema incendiando autobuses y contenedores de basura, sino a unos profesores con camisetas verdes que han recurrido a la movilización y a la huelga como último recurso contra la destrucción programada de la enseñanza pública, que incluye el empobrecimiento de los que la imparten y la degradación de sus condiciones de trabajo.
Antonio Muñoz Molina
Hay un momento impreciso en la vida en el que uno empieza a tener miedo de caerse. Se da cuenta de que ya no baja tan rápido las escaleras, pero no recuerda desde cuándo sigue con la mano la baranda, aunque todavía no se apoye en ella. Caminar erguido sobre dos piernas es una facultad muy rara en el mundo animal. Los homínidos que precedieron en unos cuantos millones de años a nuestra especie tardaron mucho en dominarla.
Caminar erguido es algo que hace sin dificultad casi todo el mundo, pero basta ver el lento aprendizaje de un bebé para apreciar todo el trabajo que cuesta, y los peligros que el nuevo andarín tiene que superar, incluyendo el dominio de esa complicada invención humana que son las escaleras. En un texto célebre, Instrucciones para subir una escalera, Julio Cortázar logró expresar con humorismo la cantidad de movimientos mínimos y coordinaciones musculares y espaciales que necesitaría aprender quien, careciendo de cualquier información o adiestramiento previo, y basándose solo en la lectura de un manual, decidiera emprender un ascenso que para el bebé explorador tendrá algo de la dificultad y el misterio de escalar una pirámide precolombina. El accidentado, el que sobrevive a un ataque, el que ha pasado unos meses en cama, descubre la casi imposibilidad de lo que en otra época le pareció obvio, y ahora cada simple paso es una conquista y una proeza. El niño atolondrado se cae y se hace sangre en la nariz y prorrumpe en un llanto trágico, pero su cuerpo es tan elástico como su mente, y un poco después de alarmar a los adultos ya está corriendo sin miedo alguno de nuevo.
Caerse de adulto es una experiencia muy rara. El tropezón, el traspiés, la caída, son más rápidos que el cerebro, y cuando uno empieza a comprender lo que le ha pasado está derribado en el suelo, con una curiosa sensación de vergüenza que se acentúa si hay testigos de su contratiempo, alguno de los cuales lo mirará con reprobación desde arriba, con la soberbia propia de los bípedos, mientras un samaritano de buen corazón se inclinará para ayudarle, agravando su desconsuelo. Una mañana, hace bastantes años, volvía yo corriendo del Retiro, atravesando enérgicamente la Castellana a la altura de Cibeles, y en un instante mi excesiva satisfacción de deportista se vio desbaratada cuando tropecé y me caí al arrancar después de la pausa del semáforo en rojo. Hasta ese momento, yo había sido un hombre maduro y saludable que había madrugado para correr al fresco de la mañana de verano. Caído bocabajo en el asfalto era un cincuentón con gafas y con un pantalón de deporte inapropiado a mis años. Por suerte, había tenido la precaución instintiva de poner por delante las manos.
Cuando de adolescentes nos dio por llevar las manos hundidas en los bolsillos del pantalón vaquero, en un gesto que nos parecía de terquedad indómita, nuestras madres nos advertían con anticuada sensatez: “No lleves las manos en los bolsillos, no vayas a caerte”. Por esos mismos años, en las imágenes furtivas de manifestaciones antifranquistas, se veía a trabajadores o estudiantes corriendo delante de los grises, que daban mucho más miedo cuando cargaban a caballo, con porras más largas para dar zurriagazos desde sus altas monturas. Para el que estaba caído e inerme en el suelo, las botas negras de aquellos antidisturbios uniformados de gris no eran menos amenazadoras que los cascos de los caballos, a los que al fin y al cabo nadie podría acusar de crueldad.
A ciertas edades una caída puede ser ese brusco escalón que lo deposita a uno en la vejez, en la conciencia amarga de una fragilidad que hasta entonces no se le había revelado. Los huesos son más quebradizos, las articulaciones más rígidas. Al caerse de boca, que es la peor de las caídas, la cara sufre el efecto del golpe contra una materia dura y áspera, piedra o asfalto; arreglos dentales sofisticados pueden romperse, fracturarse el cartílago de la nariz, los huesos de los pómulos y la barbilla.
En una de las medianoches espectrales de la pandemia, dando el paseo reglamentario a mi perra, tropecé con una de esas losas mal ensambladas que son una de tantas trampas municipales, y como hacía frío y llevaba las manos en los bolsillos, incumpliendo una vez más el consejo de mi madre, me di un golpe en toda la cara al caer, y tardé un rato en comprender lo que me había pasado. Tenía el lado derecho de la cara contra el feroz granito de Madrid. No había nadie. No podía pedir ayuda. Sacar las manos de los bolsillos y apoyarme en los codos para incorporarme era una tarea más difícil porque me costaba salir del estupor de la caída. Notaba el choque en la bóveda de hueso del cerebro. En torno a mi ojo derecho se había incrustado uno de los óvalos de metal de las gafas. La perra esperaba con paciencia a que me levantara. Cuando me miré en un escaparate, mi cara era la de un desconocido. La sangre caía de la nariz y del contorno herido del ojo derecho. Yo era un zombi manchado de sangre en la medianoche desierta del confinamiento.
En la plenitud de la fortaleza física hay un desbordamiento de soberbia, un desdén hacia el torpe, el que no está en forma, el lento, el viejo. El fuerte no sabe lo fácilmente que puede hacer daño; a veces lo sabe y lo disfruta, porque además no corre el menor peligro de sufrir una respuesta violenta. El policía antidisturbios que tiró contra el suelo a la profesora jubilada en Valencia no necesitó darle un empujón, menos aún golpearla con la porra. El hábito televisivo de repetir imágenes en bucles incesantes da la impresión de que la mujer está cayendo a cada momento, una y otra vez. El policía, que corre tras ella, tan solo le da un golpe como de pasada con la mano, y sigue hacia adelante, en la tarea sin duda hercúlea de reprimir no a unos vándalos borrachos del fútbol, ni a los hooligans que luchan contra el sistema incendiando autobuses y contenedores de basura, sino a unos profesores con camisetas verdes que han recurrido a la movilización y a la huelga como último recurso contra la destrucción programada de la enseñanza pública, que incluye el empobrecimiento de los que la imparten y la degradación de sus condiciones de trabajo.
El policía lleva casco y guantes y corre con la soltura y la fuerza de un varón joven y corpulento que se somete a un riguroso entrenamiento físico. La profesora, que está jubilada y tiene 68 años, aunque no por eso haya perdido su coraje de luchadora, cae al suelo y está claro que al principio no se da cuenta de lo que le ha sucedido, porque el golpe fue instantáneo y le vino por detrás. El que cae tarda en comprender que eso tan raro y doloroso que le sucede es que se ha caído. Profesoras jubiladas de sesenta y tantos, de setenta y tantos años, siguen siendo la sal de la tierra, igual que cuando transmitían el amor por el conocimiento y la literatura en las aulas. Leen más todavía, al tener más tiempo, forman clubes de lectura, visitan a media mañana los museos, acuden a conciertos y funciones teatrales, aprovechan los precios reducidos para no perderse un estreno en el cine.
Cuando yo era niño, muchas mujeres de esa edad eran viejas de luto, o eso se creía que eran. Esta profesora, en vez de quedarse en su casa disfrutando su pensión, ha mantenido su fervor de antigua militancia, ha sentido que rejuvenecía defendiendo la escuela pública, que desde hace ya mucho más de un siglo es la causa cardinal del progresismo en España, nunca resuelta, nunca garantizada. No hemos visto su cara, aunque sabemos que tiene fracturada la barbilla y el tabique nasal, como es propio de quien cae de boca. Tardó muy poco en levantarse, porque sus compañeros la asistieron mientras gritaban: “¡Vergüenza!”. A gente así no la doma nadie.
EL PAIS DdA, XXII/6369
Buen momento el de un poemario para entrevistar al escritor y poeta Felipe Alcaraz, que acaba de publicar el titulado Barrio Alto (Final de viaje) y que se declara perplejo en los tiempos que corren, si bien no inmóvil, como le cuenta a Raúl Bocanegra en el diario Público, abriendo la charla con una frase del pueblo que oyó a una mujer de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), justamente en el Barrio Alto. Le preguntaron: ¿Qué? ¿Cómo te va la vida? Y ella respondió: Aquí en la putada de seguir viva. Tenemos que seguir luchando, si no, habrán ganado los que quieren que nos muramos cuanto antes". Frente a a quienes dicen que seamos rigurosos, que esto no es exactamente fascismo, entiende Alcaraz que si el fascismo es un capitalismo de excepción, un capitalismo cabreado en esta etapa, pues sí es fascismo, neofascismo, y vendrá, como decía Saramago, con traje de Armani y con corbata y hablando de libertad.
El histórico dirigente comunista (1943), exsecretario general del Partido Comunista de Andalucía (PCA), exdiputado en el Congreso de los Diputados, expresidente ejecutivo del Partido Comunista de España (PCE) y exportavoz federal de Izquierda Unida, dice que "Sanlúcar de Barrameda, junto a Linares, son de los pueblos de mediana población con más pobreza y paro de Europa. Pero allí es distinto [se vive] de una forma especial, hay un terremoto lento, un thriller inminente de la gente, una lucha, una resistencia frente al Estado, que lo que quiere es que la gente se muera cuanto antes para evitar gastos. Y la gente se defiende", reflexiona.
Para Alcaraz, la poesía también es una herramienta de lucha política.
"Las banderas de los pobres —afirma— son la ropa tendida en la azotea
tremolando al viento. Es la indicación de aquí están los pobres, que tienen en
el atardecer de Sanlúcar su ópera. El atardecer es la ópera de los pobres.
Y lo hago desde ese punto de vista de, como diría Machado, la demofilia,
del amor por la gente. El padre de Machado firmaba como Demófilo,
el que ama a la gente, los artículos". "Todo acto
revolucionario, decía el Che, comporta de principio un acto de amor. Esa
relación con la gente y cómo resiste, se olvida. Como hay en este país, unos
millones de pobres que no se ven", añade Alcaraz.
"Ahí estoy —abunda en este asunto— haciendo poesía como una lucha
ideológica más. ¿Por qué? La base de la poesía que hacemos los que no
queremos estar en la norma [está en] Bertold Brecht, en Pier Paolo
Pasolini, en Blas de Otero, toda esta gente. Aparece entonces una poesía
absolutamente distinta, jamás panfletaria, pero de estructura diferente, la que
hizo Javier Egea, el poeta de Granada. Es una poesía distinta a la
lírica, el alarido del yo profundo. Esta vez el alarido viene de fuera, de
los conflictos sociales y también de los internos, pero visto de otra
manera. Por ejemplo, lo del amor no es el amor que termina en una joyería, en
una tienda o en el Corte Inglés. Es el amor como dijo Alan Badiou: la
relación entre dos personas, con independencia del sexo, en una relación
especial. Es la unidad mínima de comunismo".
Además de la letra P que inauguran las palabras perplejo y poesía,
hay otras dos pes que dan comienzo a los vocablos pintura y, claro
está, política, que son otras de las dos cuestiones que ocupan, desde
siempre y aún hoy, el tiempo de Alcaraz. La última instantánea de Antonio
Machado es el título de la exposición de pinturas que ha inaugurado en
Sevilla esta semana, en paralelo a la presentación de su poemario, en la sala
El Cachorro, y que estará abierta hasta el próximo 27 de junio.
"He hecho una serie de pinturas a partir de
una fotografía que hizo Corpus Barga a Machado en la estación de
Portbou, cuando iba de camino a Colliure. Antonio Machado tenía una
expresión entre esperanza y desesperación. Con 63 años aparentaba 93. Esa es la
última instantánea de Antonio Machado y sobre esa foto he hecho una serie de
retratos. Esta última fotografía se oculta a veces porque demuestra lo que es
la terrible historia de España, este país de centenares de golpes, asonadas y
pronunciamientos. Y esa cara demacrada de Machado, absolutamente rota que
intenta al final expresar también algo de esperanza es algo que se está
ocultando mucho".
La situación política actual es lo que tiene fundamentalmente
"perplejo" a Alcaraz. Así describe el mundo de hoy: "Dicen
que seamos rigurosos, que esto no es exactamente fascismo, pero si el fascismo
es un capitalismo de excepción, un capitalismo cabreado en esta etapa, pues sí
es fascismo, neofascismo y vendrá, como decía Saramago, con traje de
Armani y con corbata y hablando de libertad. Entonces, en España esto se
traduce en recomponer el inconsciente franquista. Con eso de 'se vivía mejor
entonces', están relanzando el inconsciente franquista que se junta con esta
gran internacional de Donald Trump, una especie de extraliberalismo, que están
creando un nuevo orden mundial".
"Yannis Varoufakis —prosigue— ha hablado de tecnofeudalismo. Creo
que no, que es simplemente el capital postmoderno que ha convertido todo en
mercado, todo: espacio, obra, materia y carne. El mundo es mercado, todo
es mercado. Estamos en un presente rabioso, radical, donde la mentira bien
dicha equivale a la verdad y aquí hay que meter la crisis del periodismo y de
la política, de la política representativa y la organizada. Hay que salir de
esa situación que se va agrandando y que parece que en las próximas generales
se puede concretar".
PÚBLICO DdA, XXII/6369
Lazarillo
Si el curioso lector, máxime quienes tienen un conocimiento de la historia contemporánea del teatro en España, repara en el currículum del actual consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, observará que quien fuera director de escena y gerente de los Teatros del Canal, es hijo de dos profesores e investigadores de teatro, se formó en el Teatro Universitario de Murcia, es licenciado en Derecho y tiene acreditado un doctorado cum laude con una tesis sobre Adolfo Marsillach y los montajes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Se podría decir que el Mariano de Paco que considera al calor, bien sea a la murciana o a la madrileña, un motivo de inspiración más que un agobio para los alumnos que se torran en los colegios de Madrid por carencia de ventilación, lo que escenificó en la Asamblea de Madrid no fue un alarde de idiotez o ignorancia propio de un tarugo con corbata, sino una provocación en toda regla, acaso para demostrar que bajo el gobierno de su jefa todo cabe sin que cambie nada. Lo lógico en este caso sería que Mariano de Paco desapareciera de la escena política que ocupa, cesado o dimitido, pero no ocurrirá tal en un gobierno que viene haciendo de la provocación insultante un continuado happening mediático. Lo de Mariano de Paco ha sido eso, siguiendo la escuela del jefe de gabinete de su jefa. Quedamos a la espera del próximo sainete, que contará como es habitual con la claque de los medios al servicio del gobierno autonómico madrileño*.
*La climatización de los centros públicos es lo que corresponde a un país del siglo en que vivimos.
DE LA OFICINA DEL ESPAÑOL EN MADRID AL INSTITUTO DEL MESTIZAJE EN BADAJOZ
DdA, XXII/6369

José Luis Lanao
Trump está de moda, de la mala. Es el personaje del año. Combina bombardeos con gambetas. Es un hombre que mata bien. Demasiado bien. Mata al por mayor, sin establecer grandes distinciones morales entre una matanza u otra. Sus guerras se suceden como quien lanza carozos de aceitunas, una detrás de otra. Las escupe como si fueran “realitys” televisivos, sin mucho contenido, algo de consumo rápido, para pasar al siguiente conflicto. Una forma macabra de hacer política. ¿Cuánto tardamos en reconocer quiénes nos van a joder la vida? ¿Les suena?
Existe una tropa de ultraliberales enajenados que han construido un sistema de normalización del horror tan eficaz que ya no hace falta ni órdenes, ni censura. La barbarie ya no se oculta, queda diluida en miles de contenidos banales y la siempre generosa tarjeta de crédito humeante. Queremos vidas esponjosas, ligeritas, licuadas, para distraernos, con poco peso. Así se abrió un nuevo frente, más correoso y más difícil de derribar: el que conforman los indiferentes. Sujetos que se han excluido de la realidad, que carecen de ideales o han dejado de buscarlos. El orden mundial cambia, pero resulta inquietante la tranquilidad con que renunciamos a la defensa de nuestras convicciones.
En esa manía de pensar y pensarnos, debemos reconocer que nos pensamos poco. En este mundo de irreconocibles espejos deformantes, de realidades no imaginadas, ¿con qué criterio ético y moral se puede aceptar que un copartícipe genocida entregue el máximo galardón del fútbol internacional en el próximo Mundial, y no se nos caiga la cara de vergüenza? Miserable imagen nos espera: Trump entregando la copa del Mundial y el mismo hombre a la misma hora asesinando civiles inocentes al otro lado del mundo. Qué secuencia de la infamia más abyecta. ¿Cómo se juzga esto? No sé cómo lo juzgarán nuestros descendientes, pero habrá que dejarles bien razonado el cinismo; si no, se lo van a creer.
Quienes hoy cierran los ojos deberían recordar que quien normaliza el comportamiento de un genocida eleva su impunidad, y cuanto más se toleran sus desmanes, más se agranda su poder. Mientras transigimos con cada silencio o gesto de indulgencia, con cada crítica aplazada, contribuimos a ampliar su margen de maniobra. En realidad, no llegamos tarde a reconocer el genocidio gazatí, sino a admitir que siempre supimos que lo era.
Quienes así pensamos no estamos en contra del Mundial, interpelamos si es moralmente ético que se juegue en un país que, en la actualidad, bombardea ciudades y mata niños inocentes. Resulta cuanto menos aberrante que un genocida sea uno de los protagonistas del mayor espectáculo popular del planeta, cuando, como mínimo, debería ver el acontecimiento deportivo desde el Tribunal de La Haya.
Página/12 DdA, XXII/6369
Amelia