La palabra civilización está ligada etimológicamente al latín civitas 'ciudad'. Era el ámbito en el que palpitaba una comunidad social y política viva, donde los hombres compartían experiencias y aspiraciones, escribe Antonio Monterrubio en este artículo. Un modelo de vida, a su entender, bien distinto al que ocupa hoy a los huéspedes de Megalópolis. En sus calles y plazas puede contemplarse un ajetreado agregado al por mayor de mónadas que ni ven ni oyen. Son como bolas de billar americano cuyo afán máximo es lanzar a los otros hacia el agujero más cercano. La ciudad clásica fue fruto de la creatividad de ese mundo mediterráneo que los exbárbaros del norte quieren reducir hoy a parque temático de sol y playa habitado por camareros. Allí tenían su sitio la alta cultura, el buen gusto, el arte de vivir. Era el hogar adecuado para quienes se reconocían en la noción de humanidad.
Edvard Munch imaginó –o retrató– una Tarde en Karl Johann
Antonio Monterrubio
En la primera década del siglo XXI, Eva Illouz introdujo en la sociología el concepto, particularmente rico, de capitalismo emocional.
Los discursos emocional y económico se moldean mutuamente de modo tal que el afecto es convertido en un aspecto esencial de la conducta económica, y la vida emocional –en especial de la clase media– sigue la lógica de las relaciones y el intercambio económico (La salvación del alma moderna).
La quimera consumista y los engranajes económicos invaden, colonizan y parasitan los vínculos, tanto de las personas con los objetos como de ellas entre sí. La vida privada se satura de emociones al tiempo que se hace pública y notoria. La intimidad deviene categoría central y se apodera del escenario público, tomándolo por asalto. Lo interior se da la vuelta, pasa a ser exterior y, por ende, contable, medible y pesable, carne de control social. La mirada continua de los otros es el método de vigilancia perfecto, el Panóptico ideal.
La ideología emocionalista determina que, en la actualidad, el hedonismo esté hipotecado al Capital. La alegría y el placer se agostan, se embotan al volverse normativos y regulados. Olvidando su ambivalencia, su ambigüedad constitutiva, las emociones y los sentimientos se fosilizan. Los que fueron oasis de libertad personal han sido desecados, asfaltados y reducidos a componente impersonal de una anodina autopista o de una circunvalación.
Como Marx puso negro sobre blanco en El Capital, el valor no es algo inherente a los objetos, sino el resultado de una relación social. Esto no reza solo para la mercancía. En esta época de tecnodependencia y borrachera sin fin de despilfarro, el consumo, la publicidad, el espectáculo, Internet y las mafias de la información someten al individuo a un proceso constante y oneroso de evaluación, revaluación y devaluación. Su valor cotiza en una Bolsa que no cierra en laborales ni en festivos, ni de día ni de noche. Bolsa que, por lo demás, se parece bastante a un bingo. Halagando al paciente hasta límites que dejan atrás la moral y la misma lógica, el Tinglado consigue su propósito: disolver la subjetividad. Cuando el yo se ve despojado de carácter propio y constreñido a construirse una personalidad-máscara a base de artefactos y actividades que son los mismos para todos, la autonomía pierde pie.
Esto es perfectamente extrapolable al otrora florido campo de los sentimientos y las emociones. Los vínculos se rompen o disuelven con facilidad porque, al igual que las cosas, las personas se han vuelto intercambiables. Hipnotizadas por una supuestamente ilimitada libertad de elección, repiten una y otra vez los mismos gestos vacíos, las mismas palabras huecas. Llaman libertad a su derecho a no decidir, a no elegir entre diferentes opciones cuál es la que realmente desean, a no ser protagonistas de su vida, sino marionetas invitadas. La noción de permanencia se ha perdido. Todo es temporal, fugaz, precario, inasible. La volatilidad es la esencia de la vida líquida contemporánea. La idea de compromiso se ha tornado quimérica. La santísima trinidad a la que se encomiendan los fieles de la nueva religión tecnofeudal es yo-aquí-hoy. No hay más tiempo que el instante presente ni otro lugar que aquel que sus pies pisan. El exterior es una entelequia incomprensible que solo ha de servir para la imposible satisfacción de un ego insaciable y extraviado. El solipsismo –intelectual y moral– es el auténtico príncipe de este mundo.
Hacía ya varias décadas que solidaridad, fraternidad e incluso empatía raramente salían del marco familiar, hortus conclusus de toda preocupación por el prójimo. Pero los últimos lustros han hecho retroceder aún más las fronteras de su esfera de acción. Para la mayoría, no existe otro objeto digno de atención que uno mismo. De ahí que los lazos resulten más frágiles que la porcelana fina y sean virtuales, es decir, carentes de asiento físico –y de realidad–. La sociabilidad ha mutado en campo de exhibición y concurso de colas de pavo real, convencido cada ejemplar de ostentar, si no la más rica, al menos la más aparente.
Toda actividad compartida se transforma en un mercado; la emulación y la competición son las relaciones sociales por defecto. Para las mentalidades posmodernas, adictas al nomadismo sin fin, cualquier tipo de vínculo es un mero contrato de asociación de duración indefinida, pero denunciable en todo momento, y que en ningún caso supone compromiso. Si las partes contratantes continúan aceptando esta Sociedad Limitada, no es por deseo de permanencia en el tiempo ni por una suficiente satisfacción mutua, sino porque los intereses personales e intransferibles –psicológicos, sociales, económicos– así lo aconsejan. El cálculo sensato toma el lugar del proyecto común. La confianza, el intercambio, la reciprocidad e incluso la cooperación se esfuman. El hiperindividualismo, el imperio del yo-rey, es incompatible con la disposición a ser vulnerable. El cortoplacismo paraliza la facultad de sentir.
La producción y el consecuente consumo masivo de mercancías llevó a una progresiva uniformización, no de los seres humanos, como a veces se dice con injustificado optimismo, sino de los miembros de las clases medias de los países desarrollados. Alcanzado cierto nivel de confort, estos secundarios imprescindibles en la trama del capitalismo industrial empezaron a elaborar demandas de desmasificación y singularización. Exigían mercancías y servicios con sello de distinción, que marcaran la diferencia, que dejaran claro su estatus especial.
Con esta nueva modalidad de oferta, los empresarios encontraron la oportunidad de luchar contra la saturación de los mercados aguzando el apetito de los consumidores mediante el suministro de productos de «calidad», que proporcionan a la vez una seguridad más elevada y una mayor «autenticidad» (Boltanski, Chiapello: El nuevo espíritu del capitalismo).
De ahí la proliferación de bares con encanto, restaurantes con estrellas, turismo exótico, experiencias inolvidables, spas, balnearios y talasoterapia, cafeterías psicodélicas, boutiques bio y demás parafernalia del buen gusto middleclass. El hisopo con agua bendita qui tollis peccata mundi se sustituyó, en la versión parvenu de la redención, por un aspersor de vinagre balsámico. Aunque quizás este sea más una herramienta para exorcizar la angustia, el malestar, la amargura y la tristeza que, pese a los bienes y servicios materiales, no acaban de irse. Además, el espejismo no tarda en desvanecerse. El consumo de élite sigue estando solo al alcance de la clase gozante. Las clases medias, o los restos de su naufragio, han de conformarse con el simulacro de alcurnia que pueden ofrecer una producción y un consumo de masas. Es el mundo del homo gregis, desprovisto de individualidad y de atributos.
No habrá paz para el súbdito zombi del Imperio de la obsolescencia programada. En la jungla de asfalto, nadie conoce a nadie. La gran ciudad es un inmejorable laboratorio donde estudiar los devastadores efectos de las operaciones y tejemanejes económicos encaminados a alimentar el insaciable apetito de la diosa madre capitalista: la Acumulación. Los catastróficos resultados de esa quimera del oro que es la fiebre del crecimiento ilimitado no disuaden a quienes se llenan con ella los bolsillos. Después de ellos –o a la vez– ya puede venir el diluvio. La metrópoli no es una ciudad salida de su cauce, sino una región. Para subsistir necesita un entramado cuya expansión no puede detenerse. Su enormidad hace que la medida humana, en todos los sentidos de la expresión, se pierda de vista. Ella y su área de influencia, su Hinterland, son la negación, la antítesis de una comunidad. Se trata de agregados de soledades que a duras penas se soportan unas a otras.
Nada revela de manera más visible la abrumadora decadencia de la ciudad moderna que la omnipresente inmundicia y porquería que se junta en sus calles, el ruido y la masiva congestión que llena sus vías, la apatía de su población hacia las cuestiones cívicas y la espantosa indiferencia del individuo ante la violencia física que se inflige públicamente a los demás (Murray Bookchin: Los límites de la ciudad).
La singularidad, el aura que daba a cada urbe su calor y su color particular, no solo se está difuminando: ya no existe. En sus centros gentrificados e indistinguibles, desbordantes de estructuras estandarizadas y paraísos de pacotilla, conglomerados de establecimientos vulgares y pretenciosos, tiendas clónicas, aburridas y ridículas, orgías de ruido y neones, el buen gusto agoniza.
Calle de París, tiempo lluvioso es un cuadro pintado en 1877 por Gustave Caillebotte. Renunciando a la simetría y armonía de la composición, tan estimadas en su época, presenta dos mitades bien distintas. A la izquierda, una panorámica permite distinguir los edificios del fondo. A la derecha, vemos una pareja burguesa en primer plano. Llueve. El pavimento mojado brilla. Los paseantes refugian su soledad bajo los paraguas. Porque aquí las personas ni se miran las unas a las otras. Todos, hombres y mujeres, visten de oscuro en un día oscuro. Cada uno va consigo mismo, y ni solicita ni admite otra compañía. La escena se desarrolla en el mismísimo cogollito despejado por Haussmann. Los protagonistas son gentes acomodadas, que jamás han pasado apuros a fin de mes. Y sin embargo, la sensación que transmiten es de desolación. El calor humano se está evaporando, y la culpa no es de la lluvia. En una ciudad desangelada, los espíritus tiritan.
Quince años después, Edvard Munch imaginó –o retrató– una Tarde en Karl Johann, importante arteria de Copenhague. Asistimos a una procesión de seres inexpresivos, de rostros de palidez enfermiza, una auténtica sonata de espectros. El espacio urbano convertido en un ecosistema hostil para la fraternidad es un escenario de angustia, ansiedad, temor y temblor. El egocentrismo es una enfermedad mortal.
Mucho se habla de la polución del aire y el agua en las ciudades, aunque poco se dedica a ponerle un coto. En cambio, casi no se menciona la carga contaminante que ellas mismas suponen sobre el medio ambiente. Toneladas de basura, residuos tóxicos y orgánicos acaban quién sabe dónde. El transporte requerido para satisfacer las monstruosas necesidades de su vientre deja una huella de carbono salvaje. Su insaciable sed perturba los ciclos hidrológicos de enormes zonas a su alrededor. El crecimiento constante desbarata equilibrios de siglos. Todo parece abocar al urbanismo descarnado de algunos cuadros de Paul Delvaux donde, sobre pedregales yermos, un hombre de chaqué, bastón y bombín se cruza sin mirarse con una mujer a punto de devenir planta. Este es el trasfondo que ocultan las bulliciosas muchedumbres que patean las calles, los edificios y los túneles de ciudades que han perdido su carácter de crisol de productos culturales y sociales esenciales.
Un proverbio medieval, extendido por toda esa Europa que recuperaba una tradición urbana perdida durante siglos, aseguraba que «el aire de la ciudad libera a quien lo respira». Desde luego, se refería en primera instancia a la huida de la servidumbre, pero en su sentido más amplio fue también cierto durante siglos. Ahora ese aire se ha tornado irrespirable en muchos casos. La ciudad como expresión de la comunidad se está desvaneciendo. En su lugar surge un ente insufrible y opresor del que apenas hay refugio tras la puerta del propio hogar. Desaparecidos el espíritu de cooperación y la solidaridad, el único espacio que queda es para la producción y el consumo. Los últimos mohicanos urbanos del intercambio de ideas y emociones son una especie en peligro de extinción. Los valores morales están en decadencia. Solo los contantes y sonantes tienen hoy derecho de ciudad.
La palabra civilización está ligada etimológicamente al latín civitas 'ciudad'. Era el ámbito en el que palpitaba una comunidad social y política viva, donde los hombres compartían experiencias y aspiraciones. Un modelo de vida bien distinto al que ocupa hoy a los huéspedes de Megalópolis. En sus calles y plazas puede contemplarse un ajetreado agregado al por mayor de mónadas que ni ven ni oyen. Son como bolas de billar americano cuyo afán máximo es lanzar a los otros hacia el agujero más cercano. La ciudad clásica fue fruto de la creatividad de ese mundo mediterráneo que los exbárbaros del norte quieren reducir hoy a parque temático de sol y playa habitado por camareros. Allí tenían su sitio la alta cultura, el buen gusto, el arte de vivir. Era el hogar adecuado para quienes se reconocían en la noción de humanidad.
Hoy la ciudad es patrimonio del hombre del rebaño desposeído de sí mismo, adicto a las ilusiones y los engaños, temeroso de la luz. La puebla una clientela anhelada por los más tenebrosos fantasmas de otro tiempo, que enseñan de nuevo la patita por debajo de la puerta. La reposición del paradigma del macho blanco heterosexual y depredador es una estafa premeditada y alevosa. Tenemos delante una reacción de las pulsiones más primarias y salvajes de personajes que sienten peligrar supuestos privilegios de nacimiento por género, etnia, orientación o clase. Una colección de elementos donde cada cual va a lo suyo, todos gritan, nadie escucha y la idea de lo común ha desaparecido es un conjunto, pero no una comunidad. La pérdida del diálogo y la fraternidad transforma el lugar de la realización de los sueños y afanes de los hombres en un tétrico campo de oscuras madrigueras.
Ciudad del cáncer
Otoño urbano
Tristeza de verano
Las grandes arterias de la ciudad vieja
Fantasmas en coches
Sombras eléctricas.
(Jim Morrison: Las nuevas criaturas)
DdA, XXII/6454