martes, 30 de diciembre de 2025

LA POLÍTICA DE "SUMAR" SE ASEMEJA AL CLOQUEO DE UNA GALLINA CLUECA


El columnista del diario La Voz del Sur considera que un partido de izquierdas no llega a las instituciones para ser un mero gestor de lo existente, sino para ejercer el poder. La participación de Sumar en el gobierno del PSOE se ha convertido en un escaparate de políticas reactivas, donde solo se recuerdan logros de la legislatura anterior en la que Podemos era el elemento clave para presionar hacia avances de transformación progresista. La política de Sumar se ha acabado asemejando al cloqueo de una gallina clueca: un aparente estruendo constante, una gestualidad hiperactiva que anuncia hitos inminentes, pero que no cristaliza en una transformación real de las condiciones materiales. Se despliega una retórica de la ambición para, inmediatamente, arrodillarse ante el socio mayoritario. El futuro de una alternativa política de izquierda soberana solo será viable si emana de un proyecto con raíces, identidad y la firmeza moral de no haber claudicado. Donde esté Sumar allí no es.



Salvador Soler

El tablero político español atraviesa una fase de reconfiguración que exige una lectura despojada de eufemismos. Lo que originalmente se publicitó como una estrategia de 'ensanchamiento' del espacio a la izquierda del PSOE, ha revelado ser, como algunos advertimos desde muy temprano, bajo el prisma de los hechos, una calculada operación de demolición institucional. El proyecto Sumar, liderado por Yolanda Díaz, no se ha desarrollado como el revulsivo necesario para fortalecer el bloque histórico que representaba Unidas Podemos, sino que ha subvertido el mandato de quienes confiaron en ella para consolidar dicho espacio, ejecutando en su lugar una estrategia de desmantelamiento sistémico de la izquierda.

Esta deriva ha supuesto una quiebra de confianza terminal hacia la figura de Yolanda Díaz, en quien se depositó la responsabilidad de expandir el llamado grupo confederal. Lejos de proteger un legado, el de Podemos, que alcanzó hitos legislativos sin precedentes y una expansión de derechos sociales inédita en nuestra democracia, la arquitectura de Sumar —y de las fuerzas políticas que la integran— fue diseñada con el objetivo específico de dinamitar esa estructura confederal parlamentaria desde sus cimientos; una demolición que, a la luz de la realidad actual, se ha consumado de forma efectiva.


La génesis de Sumar se halla intrínsecamente ligada a una contradicción insalvable. Mientras el electorado de izquierdas percibía el proyecto como un necesario impulso renovador, su dirección política —con la colaboración estratégica de la cúpula del PCE e indirectamente de CC.OO.— articulaba un programa de debilitamiento sistemático dirigido contra Podemos. Esta maniobra no solo ha derivado en una fragmentación y debilitamiento del sufragio de izquierdas, sino que ha institucionalizado una lógica de deslealtad hacia una ciudadanía que confió en una promesa de ampliación del espacio morado. La realidad ha terminado por revelar que aquel discurso, supuestamente transformador, no era sino una fórmula de subordinación política al PSOE, desactivando cualquier capacidad de impugnación real frente al socio mayoritario. Pedro Sánchez estuvo detrás de la operación Sumar con el objetivo, que no ocultó nunca, de dormir mejor mirando a la derecha.

El estropicio electoral de Por Andalucía en las elecciones autonómicas de junio de 2022 fue el primer síntoma de este desvío estratégico: un ensayo fallido que impusieron Yolanda Díaz e IU en el sur para liquidar a Podemos. En este contexto, la formalización de Sumar como estructura partidista fue la culminación del ensayo destructivo fallido. Su propia naturaleza dificulta la articulación de cualquier alianza coherente, pues nace de una matriz diseñada para erosionar la pluralidad y neutralizar la fuerza transformadora que representa Podemos.

Un partido de izquierdas no llega a las instituciones para ser un mero gestor de lo existente, sino para ejercer el poder. Sin embargo, la participación de Sumar en el gobierno del PSOE se ha convertido en un escaparate de políticas reactivas, donde solo se recuerdan logros de la legislatura anterior en la que Podemos era el elemento clave para presionar hacia avances de transformación progresista. La política de Sumar se ha acabado asemejando al cloqueo de una gallina clueca: un aparente estruendo constante, una gestualidad hiperactiva que anuncia hitos inminentes, pero que no cristaliza en una transformación real de las condiciones materiales. Se despliega una retórica de la ambición para, inmediatamente, arrodillarse ante el socio mayoritario. Al final, la gestión de Sumar se mimetiza con el orden establecido hasta volverse indistinguible de él.

Así, en lo que concierne a la Vivienda se ha aceptado la agenda del PSOE, protegiendo los intereses de inmobiliarias y fondos de inversión. En cuanto a la Geopolítica, se sitúan de perfil ante el falso pacto de paz en Gaza, comparten la política armamentística ordenada por Trump y, sobre la Corrupción, ignora, a sabiendas, que el PSOE, al igual que el PP, es un partido que hace negocios con las mismas empresas que prosperaron en el franquismo, incapaz de romper con el pacto de la Transición del "todo atado y bien atado".

En el momento actual, la regeneración del espacio de izquierda no complaciente no admite más experimentos tipo Sumar o Por Andalucía, el modelo lo ha iniciado Unidas por Extremadura y consiste en articular una política de alianzas de amplio espectro, con un marcado carácter soberanista y federal, con una voluntad nítidamente transformadora. Queda claro que el bloque histórico de la izquierda transformadora no puede cimentarse sobre las cenizas de la deslealtad ni bajo la tutela de quienes intentaron liquidar a Podemos para asegurar su propia comodidad institucional. Sumar es un espectro sin substancia que por su propia naturaleza ha achicado el espacio de la izquierda. El futuro de una alternativa política de izquierda soberana solo será viable si emana de un proyecto con raíces, identidad y la firmeza moral de no haber claudicado. Donde esté Sumar allí no es. Sumar y “movimiento” debería camuflarse junto al PSOE, para el que trabaja desde despachos adjuntos. Alguien tiene que decirlo.


LA VOZ DEL SUR  DdA, XXI/6213

EL BLOG DE ÁNGEL VIÑAS NOS ANUNCIA DOS LIBROS PRÓXIMOS

Como es muy de celebrar para quienes somos sus lectores que el profesor Ángel Viñas regrese a las redes con un blog personal en el que reflexionará sobre historia e historiadores, del que este Lazarillo será seguidor fiel, no me resisto a insertar el primer texto con el que nos lo anuncia mi estimado y admirado historiador. Lo hace, además, dando por adelantado la noticia de que dedicará un post especial a un próximo libro que se publicará a través del blog, sin que de momento nos de más información sobre su contenido. Sí nos comenta Viñas que ya está en las librerías desde el pasado mes de noviembre el que escribió con Guillem Martínez Molinos, El oro negro de Franco (ed. Crítica) y el que saldrá en unos meses, publicado por la Cátedra de Memoria Histórica de la Universidad de Salamanca, titulado El doloroso camino de una familia de Ciudad Rodrigo, basado en los recuerdos escritos por uno de los supervivientes en una provincia donde también fue brutal la represión, aunque apenas hubiera resistencia armada a los militares sublevados en 1936 (La represión franquista en el sudoeste de Salamanca, 1936-1948, de Ángel Iglesias Ovejero). Salud, profesor Viñas, es un auténtico placer seguir contando con su saber y trabajo.

Manifestación franquista en Salamanca en 1937, tras la entrada en Gijón de las tropas sublevadas

Ángel Viñas

Hubo un tiempo en que mantuve un blog primero bisemanal y luego semanal sobre historia. Fue cuando me jubilé de la UCM, en donde llevaba algunos años impartiendo clases de Historia contemporánea española y de Economía de la UE. En él solo en raras ocasiones me referí a esta. Creí, y sigo creyendo, que el deber de un historiador español con la experiencia investigadora y gestora de un servidor estribaba en husmear por rincones recónditos, inexplorados y, sin embargo, desfigurados que alumbrarían partes del período histórico comprendido desde la República hasta el final del franquismo.

Lo mantuve durante varios años (creo que ocho o nueve). Ha desaparecido de internet. También llegó un momento en que la investigación y redacción de varios libros no me dejaron tiempo disponible; porque las personas que cuidaban del blog en la Editorial Crítica asumieron otras responsabilidades y porque creí, ingenuamente, que una vez en internet era poco menos que inalterable al paso del tiempo. De todas maneras guardé todas las entradas en el ordenador y todavía las conservo.

Ahora he llegado a la conclusión de que mi tiempo como historiador de archivo ha llegado a su fin. En el período 2025-2026 habrán salido tres libros en los que he participado con esta característica. El primero ha sido EL ORO NEGRO DE FRANCO, escrito con un colega y amigo, Guillem Martínez Molinos. Se ha publicado en CRITICA el 19 de noviembre. Fecha elegida no por azar.

El próximo libro en salir es el estudio de caso de dos asesinatos de miembros de la misma familia. Aparecerá en estos meses próximos. Lo publica la Cátedra de Memoria Histórica de la Universidad de Salamanca. Se titula EL DOLOROSO CAMINO DE UNA FAMILIA DE CIUDAD RODRIGO. Soy muy amigo de uno de los supervivientes que ha escrito sus recuerdos y que servidor ha contextualizado y comentado a los niveles macro, meso y micro histórico. Es innecesario señalar que en Salamanca (como en grandes partes de la otrora Castilla la Vieja) no hubo combates en 1936. Las fuerzas sublevadas, las escuadras falangistas y los gánsteres al servicio de los terratenientes hicieron todas las labores de limpieza. Sin piedad.

Al tercer libro debo dedicarle un post especial. Lo haré en este nuevo artilugio en el que me ha metido mi hijo, que sabe de informática mucho más de lo que yo pudiera aprender en lo que me queda de vida.

DdA, XXI/6213

¿SE EXHUMARÁN LOS RESTOS DE UNAMUNO PARA ESCLARECER LA CAUSA DE SU MUERTE?


Félix Población

Puede que sea este el primer año en que, con motivo de la fecha en que falleció en Salamanca Miguel de Unamuno (31 de diciembre de 1936), más artículos he leído en los periódicos sobre la posibilidad de que el escritor vasco y rector varias veces de la Universidad de Salamanca fuera asesinado por los militares sublevados ese año, dando lugar a la infausta y larga, demasiado larga, Guerra Civil. 

Artículos así hace unos cuantos años eran algo bastante impensable porque la muerte de don Miguel contó durante buena parte del actual periodo democrático con la versión oficial como dominante, del mismo modo que ocurrió en la España dictatorial. A favor del asesinato de Unamuno, sin llegar hasta ahora a certificarlo porque se carece del análisis científico de sus restos mortales, se han aportado algunas publicaciones y un excelente documental (Palabras para el fin del mundo, 2020), de Manuel Manchón. Uno de los últimos y valiosos documentos proclives a esta hipótesis es la carta que don Miguel escribió al escritor Henry Miller, dos meses después de su enfrentamiento con el general felón Millán Astray en el paraninfo de la Universidad y tres semanas antes de fallecer en extrañas circunstancias en su casa, donde había sido recluido bajo vigilancia por las autoridades golpistas.

En esa carta, aportada por el investigador Carlos Sa Mayoral y depositada en la Casa-Museo Unamuno de Salamanca, el escritor vasco comunica a su colega que teme ser asesinado, tal como el propio investigador ha expuesto en sus trabajos a propósito de la  involucración del general Franco en la persecución sufrida por don Miguel en los últimos meses de su vida. Llega a decir Unamuno que hay orden de asesinarle si trata de huir (algo que participó también en alguna otra comunicación epistolar) y describe la terrible situación que se vivía en la España dominada por los sublevados, instando a Miller a denunciarlo en París. 

Sa Mayoral es autor de un interesante libro, comentado en este mismo DdA  (Miguel de Unamuno: ¿muerte natural o crimen de Estado?), una de cuyas copias originales tuvo la amabilidad de entregarme hace unos años, en el que sostiene que el general Francisco Franco pudo haber planteado incluso la muerte de don Miguel. Que la carta a Miller fuera secuestrada por el Servicio de Información Militar contribuye a defender la teoría de Carlos Sa Mayoral. 

Un reciente artículo de Miguel Aizpuru, publicado en el diario El Correo, hace constar que hay indicios de criminalidad en la muerte del autor de Vida de don Quijote y Sancho. Trabajan en ello dos grupos de investigación, uno de la Universidad de Salamanca y otro de la Universidad del País Vasco. Francisco Javier de Santiago, director del Máster de Análisis de la Conducta Criminal del primero de los centros, cree que hay evidencias que apuntan a un asesinato. Asegura que en el transcurso del año académico podrán darse significativos avances al respecto.

Según leo en El Correo, está sobre la mesa la posibilidad de que los restos mortales del escritor sean exhumados, opción para la que el grupo investigador cuenta con el equipo de medicina legal Aranzadi, especializado en la exhumación y reconocimiento de las víctimas del franquismo enterradas en fosas y cunetas sin nombre . Según Javier de Santiago, se trata de una posibilidad que los descendientes de don Miguel están sopesando, si bien les preocupa la politización y revuelta mediática que podría originarse con la noticia. 

La exhumación podría descartar o certificar finalmente, 89 años más tarde, si Unamuno fue víctima de un asesinato por parte de los vencedores de la Guerra Civil, como lo fueron algunos sus amigos: Casto Prieto, alcalde de Salamanca, Atilano Coco, pastor protestante o Valeriano Vila, rector de la Universidad de Granada. Si se encontrara pelo en el nicho, hasta se podría saber si fue envenenado, tal como se comentó en los días de su repentina muerte estando en su casa con el falangista Bartolomé Aragón, y también me dijo hace algo más de treinta años una anciana profesora de una de las familias más carismáticas de la cultura y la enseñanza de Salamanca. 

También podría haber fallecido don Miguel a causa de una inyección letal o por muerte violenta. Desde luego, a causa de una hemorragia bulbar, sin haberle practicado autopsia al cadáver, no, porque en estos casos era obligada. El certificado médico, extendido por un doctor que fue amigo de Unamuno, podría ser una pista para indicar que una muerte por tal motivo y sin autopsia daba lugar a ser cuestionada. Como es sabido, don Miguel fue enterrado con precipitación, sin que ningún familiar estuviera junto al féretro. Su cadáver fue conducido al cementerio a hombros de falangistas, hasta el punto de que algún investigador habla de secuestro. 

Félix Maraña, autor a su vez de un artículo titulado Vuelve a morir Unamuno, publicado también en el diario El Correo (28/12/25), me comenta que la exhumación de los restos mortales del escritor es una obligación moral que hasta debería incumbir al Estado, como un reconocimiento tardío pero necesario de la  memoria de don Miguel, que el 12 de octubre se enfrentó al general Millán Astray después de que éste gritara ¡Viva la Muerte! y ¡Muera la inteligencia!

Maraña, al tiempo que celebra en su artículo el interés de la Universidad del País Vasco por esclarecer la muerte de Unamuno, insta al centro académico a recuperar y activar la Cátedra Unamuno, por el arraigo a su país natal que tanto el escritor como su esposa Concha, natural de Gernika, mantuvieron a lo largo de su vida. Si los últimos meses de la existencia de don Miguel estuvieron marcados por su episodio frente al general mutilado, el arresto bajo vigilancia en su domicilio y su extraña muerte con indicios por ahora de criminalidad, ¿cómo habría reaccionado Unamuno si hubiera vivido cuatro meses más ante el bombardeo y el ¡Viva la muerte! de los aviones de la Legión Cóndor sobre la Gernika de su mocedad con Concha, a la que conoció de adolescente?

*Muy recomendable es el artículo que Félix Maraña publicó también en El Correo (27/12/25) sobre Eduardo Ortega y Gasset, el gran apoyo de Unamuno en el exilio. Con el hermano del filósofo publicó Unamuno durante su destierro en Hendaya la revista mensual Hojas Libres, donde se escribieron las críticas más duras contra el rey Alfonso XIII y el dictador Miguel Primo de Rivera. Me gustaría creer en la posibilidad de que se recuperase la colección íntegra de estas Hojas, de las que Maraña tiene algunos números, adquiridos en Nueva York.

DdA, XXI/6213

EL SILENCIO DEL PERIODISMO ANTE LAS MATANZAS DE LOBOS ES UN GESTO POLÍTICO PROFUNDO

 En su magnífico artículo publicado ayer en Infolibre, el autor escribe que cuando el periodismo calla ante la eliminación del lobo —esa vida que no obedece, que no firma convenios, que no reconoce jerarquías humanas—, no solo consiente una violencia ecológica, consiente la derrota simbólica de la razón como principio organizador del mundo. Y allí donde la razón abdica, donde el periodismo templa gaitas, el reino avanza. No como excepción o paréntesis, sino como un orden que se siente a sí mismo eterno y que tiembla cuando escucha, de noche en lontananza, el aullido de un lobo. No tememos que el lobo nos devore; tememos que no nos necesite, que exista un orden vivo que no pase por nosotros, que no nos consulte, que no nos legitime.

Paco Catalán

Pedro Vallín

El periodismo no consiste en dar la palabra a todos sino en ordenar el mundo según criterios de veracidad, relevancia y evidencia. Cuando eso desaparece, lo que queda es una almoneda de relatos. Y ahí es donde toman cuerpo y potencia los mitos milenarios sobre el lobo que hoy padecemos y leemos en prensa como si, en vez de tradición y folclore, fueran evidencias económicas o biológicas. Que los gobiernos democráticos se sometan al imperio de la ignorancia y el folclore analfabeto es pues la grieta por la que se legitima un orden premoderno, basado en la hombría y las armas. Poco importan la evidencia económica de que la mayor amenaza al ganadero sean los costes de los piensos, la competencia de sus productos en un mercado global, la ganadería intensiva, las enfermedades y hasta los perros asilvestrados abandonados por los cazadores, y la evidencia científica de que no hay sobrepoblación de lobos en nuestros montes, cuando lo que toca es devolver al varón su dominio y sus escopetas para refundar el reino. Y ante esto, el periodismo no debería equidistar.

Europa vive con la convicción íntima de que dentro del continente ya no hay afuera. Dentro de nuestras fronteras ya no cabe la jungla ni el territorio salvaje, no hay terra incognita, no hay amenaza ni vacíos en el mapa. Todo está medido, parcelado, explotado, perimetrado, bautizado y asegurado. Por eso siempre sorprende la relación que el cine hollywoodiense ha establecido con el horizonte y con el territorio de frontera. Estados Unidos no es un país, es un subcontinente y mayormente está despoblado. No hay apenas nada ni nadie lejos de las costas, como sabe cualquiera que haya recorrido la famosa Ruta 66 entre Chicago y Los Ángeles y en la que no hay ni gasolineras. La percepción por aquí es que un individuo abandonado al azar en Europa solo tiene que andar unas horas para terminar topándose con una vía de tren, un lindero, una autopista o un pueblo. Gust van Sant ya nos explicó cómo opera esa creencia en Estados Unidos, en la hipnótica Gerry (2002), historia de dos muchachos que pueden morir porque se pierden en el desierto y son incapaces de regresar a su coche.

El territorio europeo, bien al contrario, es un palimpsesto de usos agrícola, urbano, industrial, logístico, turístico o ambiental. Incluso lo natural está planificado como excepción y delimitado con una declaración de protección que, aunque ellos no lo sepan, les dice a los buitres, los osos, las cabras, las garzas y los lobos dónde acaban su imperio y su libertad. El parque natural no es un resto salvaje, sino una decisión administrativa de la que las especies han de hacerse cargo porque su maqueta son el terrario, la pecera y el zoo. En ese contexto, claro, el lobo es un escándalo ontológico porque existe sin permiso.

Las reservas y parques cumplen una función tranquilizadora: nos permiten decir “la naturaleza sigue ahí”, pero bajo condiciones muy precisas. La fauna salvaje se acepta siempre que esté localizada, sea visible de forma regulada y no altere la vida productiva. El parque natural es una estabulación elegante que sustituye la reja por la demarcación, que suplanta la jaula con el mapa. La naturaleza no desaparece, pero se convierte en un decorado ético. El lobo no entiende ese pacto y no respeta ese encuadre. Atraviesa parques y no parques, zonas protegidas y explotadas, mapas verdes y mapas económicos. No se acerca a nuestras casas y huertos porque huye del hombre y sus asuntos, pero no habita un espacio “natural”, sino un continuum que nuestra cultura insiste en fragmentar; el lobo demuestra que la separación entre lo productivo y lo salvaje es una ficción humana, no una ley biológica o territorial.

El lobo encarna la persistencia sin escenario. Otras especies sobreviven en Europa como reliquias escenográficas: el ciervo para la foto, el oso para el documental o el ave para el observatorio. El lobo, en cambio, sobrevive sin escena, no necesita ser visto y apenas lo es, no se deja consumir como experiencia y eso lo hace irreductible al régimen cultural del turismo ambiental. Y lo que no puede convertirse en experiencia ni en relato positivo se vuelve sospechoso. La modernidad europea ha hecho algo extraordinario: ha transformado el territorio en infraestructura continua. Incluso el campo es ya una extensión de la ciudad: produce, abastece, compensa y decora. Es la cabina de fumadores del aeropuerto para los que buscan silencio y olor a estiércol. El lobo introduce una grieta en esa ilusión porque muestra que el territorio no está cerrado, que todavía hay flujos vivos no gobernados, que el mapa no agota ni dirige el espacio. No se compadece de nuestros dibujos y por eso su mera existencia genera ansiedad, al ser la prueba de que el control es incompleto. Es un error del sistema porque, en un mundo completamente ordenado, todo lo que existe debe tener una función clara y el lobo no la tiene. No produce. No embellece. No enseña. No se ve. No pide, toma. Así que pasa a ser leído como error, como fallo de diseño. Y los errores, en la lógica técnica, se corrigen.

Es el resto salvaje que no cabe en la vitrina. Europa acepta la naturaleza como memoria, como patrimonio y como simulacro, pero lo que no acepta es la naturaleza como presente autónomo y ufano. El lobo no es nostalgia, es actualidad, no representa un pasado perdido, sino un presente incómodo en el que la vida todavía no ha sido completamente domesticada. Por eso molesta más que la jungla lejana, que solo cumple su función exótica de amenaza. El lobo está aquí y desmiente el relato del orden total. El conflicto con el lobo no es ecológico, ni rural, ni siquiera cultural en sentido estricto. Es un conflicto con la idea misma de Europa como espacio cerrado, estable, sin sobresaltos ontológicos. Es un conflicto político. El lobo es la prueba viviente de que el territorio no es solo un proyecto humano y de que, incluso en un continente exhausto de mapas, todavía hay vida que no acepta vivir en reserva.

El conflicto con el lobo no es ecológico, ni rural, ni siquiera cultural en sentido estricto. Es un conflicto con la idea misma de Europa como espacio cerrado, estable, sin sobresaltos ontológicos. Es un conflicto político

El lobo es el enemigo inaugural del hombre en esta región del mundo, de ahí que su impregnación en el folclore esté llena de atavismos y poseída por la potencia de leyendas sombrías. De algún modo, es el primer enemigo organizado, no es un depredador ocasional como el oso ni una amenaza exótica como el león, caza en grupo, es noctámbulo y es esquivo, compite por las mismas presas, entiende el territorio —su territorio— y aprende de cada caso. Eso lo convierte en algo más inquietante que una bestia, lo convierte en un rival. El miedo al lobo no es solo miedo a ser devorado, es miedo a perder el control del entorno, el temor a que haya otra inteligencia sofisticada operando en la misma escena.

Durante siglos, el lobo marcó el lindero entre lo habitado y lo salvaje, su acción furtiva, hinchada de fábula, acechaba en los espacios fronterizos, en los bosques, en la noche, en los caminos carreteros, en los collados de la montaña y en los pastos de altura, pero la tradición no lo consideraba una amenaza para el adulto armado y el acervo lo bautizó como el enemigo del rebaño y del niño, el depredador de lo vulnerable. El acervo lo convirtió en vil porque no se hacen batidas contra el bien. El lobo no mata a los héroes, cuenta la leyenda, sino que desordena el reino de los héroes. La tradición cristiana, con sus metáforas de pastores y corderos, terminó de condenarlo a la leyenda negra. El lobo es el falso pastor, el devorador de corderos, el simulador. No es peligroso por lo que hace sino por lo que es, emparentado al engaño, a la herejía, a la amenaza oculta, al mal que se disfraza, planifica, acecha y porfía. Una vez convertido en alegoría de la noche y del bosque, en enemigo del rebaño y del pastor, ya no cabe redención posible, el lobo es anticristiano. El lobo es un enemigo de Dios.

Pero no es un Otro absoluto, porque un lobo es poco más que un perro salvaje. No es una especie distinta, ni siquiera en sentido simbólico. Si el perro es el lobo que aceptó el pacto para proteger al rebaño y obedecer al pastor, eso convierte al lobo en una figura moral, un perro que no se sometió y que encarna la desobediencia originaria de la naturaleza al orden humano. Por eso su parentesco con el perro no lo redime, lo condena por ser el hermano que rechazó la civilización de la fuerza. Que nos rechazó a nosotros.

Y hoy aún es una anomalía. Hoy el lobo no amenaza a las personas, no compite con nuestra supervivencia y no puede ser integrado como espectáculo. Es decir, ya no cumple ninguna función, salvo la simbólica, la de dar carta de naturaleza a las pesadillas del hombre blanco y sus armas. Y los símbolos sin función material tienden a volverse residuos ideológicos muy resistentes. El odio al lobo persiste en un imaginario legendario y anticientífico no porque haga daño, sino porque sigue ocupando el lugar mental del enemigo necesario. En última instancia, el atavismo del lobo habla menos del animal que de nosotros, pues encarna lo que no obedece, lo que no se deja gestionar, lo que no puede monetizarse ni exhibirse. En una época obsesionada con la gestión, la trazabilidad y el control, el lobo resulta intolerable, no por feroz, sino por soberano.

Es un resto indisciplinado de un mundo antiguo inserto en un mundo obediente y colmado que no tolera residuos y atribuye a cada especie una función productiva, a cada espacio un uso y a cada riesgo un protocolo y un seguro de responsabilidad. El lobo es un resto de otro orden que no encaja del todo en ningún esquema moderno porque no es fauna carismática —rara vez se deja ver y cuando lo hace, una vez fotografiado, no es mucho más que un perro grande—, no es recurso económico, no es amenaza real y no es espectáculo. Es literalmente lo que sobra y las sociedades modernas toleran mal las indisciplinas ante el orden, las interpretan como fallos del sistema en un mundo en que la gestión es un dogma. Nuestro tiempo ha sustituido la idea de dominio por la de gestión, que es “dominio con propósito y resultados”. No conquistamos la naturaleza, la administramos. Pero eso exige algo previo, que la naturaleza sea previsible. Y el lobo rompe esa promesa, aparece donde no estaba previsto, se mueve sin autorización y no atiende a incentivos. No es tanto un animal salvaje como un agente no gobernable. Aquí yace el nervio profundo de la controversia, el lobo no acepta el contrato social, no negocia, no pide compensaciones ni se integra en planes de desarrollo rural. Vive. Y eso es un escándalo simbólico, porque en el fondo nos recuerda que hubo un mundo anterior al nuestro y podría haber uno posterior. El lobo nos precede y pretende sobrevivirnos. Y seguro lo hará.

La nostalgia del mundo disciplinado por la fuerza no es más que el miedo a que la historia no haya terminado. Durante siglos, el bosque fue el afuera absoluto y hoy ya no lo es físicamente, pero sigue siéndolo mentalmente. El lobo mantiene viva esa frontera. No tememos que el lobo nos devore; tememos que no nos necesite, que exista un orden vivo que no pase por nosotros, que no nos consulte, que no nos legitime. Eso es humillante para una especie que se ha contado a sí misma como centro moral del planeta y cumbre de una pirámide cuyas jerarquías diseñó Dios —quizá el mundo lo pensó otro Dios, lo ideó para los lobos y nos convirtió en sus mascotas amaestradas, alimentando a nuestros perros y dejando que nos saquen a pasear con una correa que solo creemos dirigir nosotros—. Nuestro mundo disciplinado es un mundo sin fricción, un mundo de carreteras seguras, cadenas productivas limpias y relatos claros de víctimas y culpables, de costes y beneficios. El lobo introduce fricción, ambigüedad y pérdida, obliga a aceptar que no todo daño es injusticia, que no todo conflicto tiene solución técnica ni toda pérdida tiene compensación, y eso choca frontalmente con el imaginario contemporáneo, que necesita creer que cualquier molestia es una mala gestión pendiente de corregirse.
Acude entonces la pulsión exterminadora como nostalgia política, por eso el deseo de eliminar al lobo no es solo económico o cultural, es político en un sentido profundo, es el anhelo de cerrar el mundo, de clausurarlo y de someterlo. Matar al lobo es afirmar que no hay exterior, no hay resto, no hay vida fuera del diseño humano civilizador pensado por hombres armados. No hay nada más allá del reino. En cierto sentido, la guerra contra el lobo es el regreso del reino, en tanto territorio sometido por la espada, y es la muerte de la república, en tanto tierra gobernada por la razón y el convenio. Es decir, la guerra contra el lobo es la guerra del presente que amenaza a la gente de bien con sus campos vallados y sus cunetas.

Es una fantasía de soberanía total que en el caso español se sazona y adjetiva por la memoria de los maquis, que habitaban la noche y el bosque, y se insubordinaban a un orden de soldados y curas. Es decir, rebeldes de un orden de armas y cuentos. Un orden premoderno; el mismo que opera en la cabeza del cazador. El lobo se alza como recordatorio intolerable de que hubo quien no se sometió y se dijo libre, refugiado en el bosque. Mucho de la caza de maquis hay hoy en la pasión por la batida contra los lobos. En última instancia, el lobo nos recuerda algo que preferiríamos olvidar, que la vida no está organizada para complacernos, que no todo lo que existe ha de tener sentido para nosotros y que la disciplina absoluta es una ficción autoritaria aplicada a un mundo que existía antes y que existirá después. Por eso el lobo no se redime ni siquiera siendo raro, nocturno e invisible, pues su función simbólica no es aparecer, sino persistir. La racionalización total del espacio solo es posible si se conserva un enemigo arcaico que justifique su violencia fundacional de mapas y usos. El enemigo del lobo es pues la nación. El lobo no es lo contrario del orden moderno sino su chivo expiatorio.

Todo eso nos dicen la cultura y la ciencia sobre la gestión cinegética del lobo. Que quienes buscan su extermino buscan el regreso del reino y el adiós de la república, que persiguen la hegemonía del cazador sobre el ganadero, que ansían que los hombres vuelvan a ordenar un mundo de cristianos supersticiosos en el que las mujeres esperen en el aprisco la suerte de la caza del hombre. Todo eso, en fin, sabe o debería saber cualquier periodista que se disponga a explicar por qué gobiernos civilizados quieren cazar lobos y llamar a sus matanzas “extracciones” cuando no hay evidencia alguna de sobrepoblación.

La desgracia es que el periodismo ha confundido escuchar al afectado con suspender el juicio. El ganadero no miente necesariamente —aunque muy a menudo sí—, pero no siempre sabe por qué se produjo una baja en el ganado. El cazador no describe la realidad, defiende un orden simbólico en el que pretende recuperar su condición de depredador alfa. Equiparar eso a la ciencia no es empatía, es pereza epistémica. Cuando el periodismo pone en pie de igualdad décadas de investigación científica, siglos de bagaje cultural sobre el mito del lobo y datos contrastados sobre depredación real con el testimonio interesado de quien quiere una indemnización o con el discurso beligerante de un colectivo que se siente desafiado no está siendo neutral, está abdicando.

Hay una cobardía estructural cuando el periodismo local y regional teme aparecer como ajeno al territorio, como aliado de “los de fuera”, los científicos, los ecologistas o los técnicos, así que opta por una falsa cercanía, legitimando el discurso del paisano aunque sea erróneo, analfabeto o vil, reproduciendo el mito porque “es lo que se oye aquí”. Es una forma rural de populismo informativo, confundiendo proximidad con verdad y testimonios con rigor. Hay algo muy revelador en esa actitud, porque el lobo es el único depredador europeo que aún desafía simbólicamente al cazador. Eso convierte el conflicto en algo más que un dilema económico, es una empresa narcisista. El periodismo rara vez se atreve a nombrarla y prefiere hablar de “tradiciones”, “equilibrios” o “control poblacional”. No dice lo evidente: que hay una guerra declarada porque el lobo rompe la fantasía de dominio absoluto del varón armado. Y al callarse, el periodismo legitima esa guerra.

El periodista apegado al lugareño no combate el atavismo, lo administra; no desmonta la leyenda negra, la normaliza, y no señala el interés oculto, lo blanquea como “testimonio”. Es oscurantismo moderno, que no niega la luz sino que reduce su intensidad hasta que todo parezca igual de visible y penumbroso.
El silencio del periodismo ante las matanzas de lobos no es neutro ni menor, es un gesto político profundo, aunque se disfrace de prudencia. Al renunciar a confrontar el mito con el conocimiento, al equiparar la razón con el interés armado de legitimidad ancestral, el periodismo abdica de su función republicana y se convierte en notario del regreso del reino. Porque el reino, el feudo, no vuelve con coronas, sino con relatos sobre el territorio entendido como propiedad viril, defendida a tiros, regida por la fuerza y la costumbre, donde la palabra ilustrada estorba y la ciencia es sospechosa de extranjería. La república, en cambio, exige algo más incómodo, exige aceptar límites, negociar con lo real, reconocer que no todo daño es agravio ni toda pérdida una infamia reparable a balazos. Cuando el periodismo calla ante la eliminación del lobo —esa vida que no obedece, que no firma convenios, que no reconoce jerarquías humanas—, no solo consiente una violencia ecológica, consiente la derrota simbólica de la razón como principio organizador del mundo. Y allí donde la razón abdica, donde el periodismo templa gaitas, el reino avanza. No como excepción o paréntesis, sino como un orden que se siente a sí mismo eterno y que tiembla cuando escucha, de noche en lontananza, el aullido de un lobo.

INFOLIBRE  DdA, XXI/6213

lunes, 29 de diciembre de 2025

VICENT SE PROPONE SEGUIR SIENDO JOVEN EN 2026

Con su última columna dominical del año en la última página del diario El País, Vicent se propone volver a ser joven el año que viene, cuando todo lo que evoca se presta más que nunca a la utopía . Cree el escritor que así volverá a aquel despertar de sus veinte años, cuando Hugh Thomas y Gerald Brenan le abrieron la luz de la memoria silenciada, esa que tanto seguimos necesitando para que no nos la vuelvan a silenciar.



Manuel Vicent

Ya verás, este año 2026 que empieza volverás a ser joven como aquel día en que supiste que la Guerra Civil no sucedió como la contaban los padres vencedores. Tenías 20 años cuando cayeron en tus manos dos libros de la editorial Ruedo Ibérico, La guerra civil española, de Hugh Thomas y El laberinto español, de Gerald Brenan. Estaban prohibidos. Un librero amigo los sacó del fondo de la trastienda y te los entregó envueltos en papel de periódico con un gesto misterioso de complicidad. Los leíste con una avidez morbosa como quien se bebía un extraño licor que al mismo tiempo que te turbaba te abría los ojos. Desde aquel momento empezaste a querer saberlo todo sobre aquella contienda fratricida y a partir de entonces fuiste marcado a fuego como una res con la divisa de progresista. Ya verás, este año 2026 volverás a ser joven si sigues imaginando que en Mayo del 68 estuviste en las barricadas de París. Siempre decías que habías estado allí. No importa que confundieras el deseo con la realidad. Lo cierto es que te hubiera gustado llevar una pancarta por el bulevar Saint-Michel y escribir en las paredes del teatro Odeón aquellas proclamas revolucionarias tan estéticas que al recordarlas aún te encienden el corazón: prohibido prohibir; la imaginación al poder; sed realistas, pedid lo imposible; debajo de los adoquines está el mar. Ya verás, este año 2026 volverás a ser joven si todavía te sientes orgulloso de aquella lucha establecida en el asfalto que trajo a España la libertad y la democracia contra la dictadura y a ti te llevó a la cárcel; no importa si el día en que llegó el inevitable desencanto no supiste distinguir el cabreo por verte viejo y el hecho de que tus sueños no se habían cumplido. Lo cierto es que, llegado el momento, te jugaste el tipo a los pies de los caballos de la policía aquella primavera bajo las floridas acacias. Si consideras que esto sucedió ayer mismo y puede volver a suceder mañana, seguirás siendo joven como entonces este año 2026 que empieza.

DdA, XXI/6212

GRITOS CON CITA Y GLOSA (LVI): LA LIBERTAD DEL MÁS FUERTE O EL RETORNO AL MEDIEVO DE LOS PECES MUERTOS


José Ignacio Fernández del Castro

«Retrocedemos cada vez más a unos abominables niveles de desigualdad 
que no se recordaban desde la era del capitalismo temprano.»
Zygmunt BAUMAN (Poznań, Polonia, 19 de Noviembre de 1925- 
Leeds, West Yorkshire, Inglaterra, Reino Unido, 9 de enero de 2017):
This is Not a Diary (2012).

Aquí y ahora, con todo descaro, parapetada tras la nebulosa de esas crisis periódicas (y diversificadas) a cuyo advenimiento tanto contribuyen y que tan bien le vienen para justificar sus actos, la casta política, siempre presta a servir a sus verdaderos amos (que no son precisamente las buenas gentes todavía votantes), está haciendo retroceder las bases de la sociedad (eso que alguna vez se consideró como el contrato social del Estado del Bienestar) a niveles premodernos.

La construcción de la vieja sociedad burguesa en el capitalismo temprano y pujante se hizo a costa, evidentemente, del desarrollo de niveles de desigualdad tan gigantescos como abominables... Pero, al menos, entonces se desarrollaba paralelamente una cierta estructura paternalista a través de la cual la próspera burguesía, de paso que entresacaba de orfanatos y escuelas la mano de obra más adecuada para que todo siguiese funcionando, intentaba minimizar, con economatos u hospitales, el conflicto latente en la propia opresión del proletariado.

Todo ese núcleo del paternalismo burgués (con la progresiva universalización de una escuela más normalizadora que emancipadora, por ejemplo) fue el que, de algún modo, asumido y desarrollado por las más pujantes naciones industriales del siglo XX, dió lugar a la articulación del llamado Estado del Bienestar, cuyas diversas formas e instrumentos no fueron sino intentos institucionalizados de compensación de las desigualdades y fortalecimiento de la cohesión social.

Unas formas e instrumentos devastados hoy por los ajustes impuestos por intereses ligados a una economía neoliberal que se autorrepresenta como única alternativa... Pero lo que realmente se está aceptando con ello es la rendición de la política a un determinado modo de entender la economía (como simple “ley del más fuerte”), la subsidiaridad del poder público ante unos poderes privados que hacen y deshacen a capricho y mantienen las instituciones políticas formales como simples mediadores útiles para legitimar ese antojo (como bien muestran la ola ultra que sacude los parlamentos y gobiernos por todo el mundo)... ¡Ah!, y vincular lo público (residual) al curioso y nada liberal principio de la “privatización de beneficios y socialización de pérdidas”.

Aquí y ahora, pues, en la economía mundializada (que no global), con centros de decisión totalmente separados de los centros de producción y consumo (también drásticamente separados entre sí), el paternalismo ha muerto y el Estado Social de Derecho agoniza en su función postrera legitimadora de “lo que hay”... En este perverso devenir, no sólo crece la desigualdad, sino que también lo hace la insolidaridad (entre personas, colectivos, pueblos o naciones) y se dispara hasta el fratricidio (más o menos simbólico), mientras la libertad se identifica con esa “ley del más fuerte” según la cual, lisa y llanamente, quien más tiene, más puede.

¿Estamos dispuestos a aceptar sumisamente ese retorno a una oscura forma de medievo (aunque sea sin teocracia)? O sea, a comportarnos como seres inertes; porque sólo los peces muertos siguen mansamente la corriente.

DdA, XXI/6212

ZARA TAMBIÉN SE QUIERE MERENDAR LOS MERCADILLOS DE PUEBLO

 

IA Zara cistierna


Lazarillo


Es el mercado, amigos, que diría aquel delincuente que tuvimos por ministro de Economía. Y la gran empresa multinacional de quien nació en la montaña leonesa, Zara, no contenta con su presencia en tantísimas ciudades del planeta (1939 tiendas), se ha propuesto hacer negocio también en aquellas localidades leonesas donde se instala semanalmente el tradicional mercadillo al que concurren los pequeños comerciantes ambulantes. Esta competencia desleal donde la haya se iniciará en Cistierna y proseguirá por otros pueblos y villas de la montaña leonesa, según leemos en el Diario de Valderrueda. A los puestos callejeros de siempre, donde los vendedores hacen frente al frío invernal con sus mercancías a la intemperie, se juntará un confortable camión con dos plantas, espacios expositivos, probadores y una selección de prendas que con toda probabilidad causará el consiguiente perjuicio a quienes se ganan la vida viajando con sus camionetas de pueblo en pueblo, haciendo frente a los duros inviernos y a unas carreteras que en no pocos casos dejan bastante que desear. Sólo hace falta que Mercadona o cualquier empresa similar de alimentación haga lo propio para acabar con los mercadillos rurales. Lo más gracioso es que un portavoz de Zara ha dicho que se pretende "complementar, no sustituir, la oferta comercial existente, sumando un elemento novedoso sin perder la esencia tradicional de los mercadillos". Amancio Ortega nació en la localidad leonesa de Busdongo y de seguro que se sentirá satisfecho con ese criterio. 

DdA, XXI/6212 

¿POR QUÉ OLEIROS SE PERMITE DAR PÚBLICA VOZ A ESTA VERDAD?

 


Félix Población

Creo que a un significativo número de españoles, en cualquiera de las comunidades autónomas de este país, nos gustaría encontrar en las calles de nuestras ciudades un gran cartel como el que luce el municipio coruñés de Oleiros. Después de haber estado tele-asistiendo durante más de dos años al genocidio palestino en la Franja de Gaza y haber soportado la información aportada durante meses por parte de muchos medios sin calificar de asesinatos la masacre de menores, mujeres y ancianos, tener en nuestra calles un mensaje como el que interpreta nuestros sentimientos viene a ser una mínima consolación ante la barbarie. Oleiros consta de nueve parroquias con una población de casi 40.000 habitantes. Detrás de ese cartel está un gobierno municipal representado por Alternativa dos Veciños, una candidatura independiente creada en 1979,  que es a su vez representación de las asociaciones de vecinos del municipio, al que  gobierna  desde 1987. Ángel García Seoane es el alcalde desde 2003, pero ya desempeñó el cargo en años anteriores. No debe venir haciéndolo nada mal porque en las últimas elecciones municipales Alternativa dos Veciños logró el 54 por ciento de los votos. Muy por detrás quedó el Partido Popular, con un 28 por ciento. Personalmente creo que este tipo de noticias deberían ser resaltadas mediáticamente en un país donde los dos partidos hegemónicos se enzarzan en el y tu más de las corrupciones, día tras día, año tras año. A lo peor no se difunden estos buenos y excepcionales ejemplos para que nos acostumbremos al lodazal y creamos que todos los políticos son iguales, cuando sabemos que no. Nuestra enhorabuena al municipio de Oleiros por dar voz al humano sentir ante la barbarie del gobierno de Netanyahu contra el pueblo palestino y su equiparación con la de Hitler en los campos de exterminio. El mensaje casi hasta suena mejor en la lengua de Curros Enríquez y Castelao.

DdA, XXI/6212