Difícilmente se osa comentar en un gran medio cómo la estrategia de la araña del capitalismo neoliberal multiplica la riqueza de unos pocos, mientras aumentan las dificultades de la mayoría. Esa dinámica se mantiene imperturbable -escribe el articulista-, sin que ni la crisis financiera de 2008 ni la sociosanitaria de la COVID-19 hayan conseguido enlentecerla. Tal plan de choque se sostiene en tres columnas: la intensificada desregulación del sector privado, la privatización de cualquier servicio público del que sacar ganancias y el recorte sin precedentes de la fiscalidad de ricos y grandes empresas complementado con acentuadas podas del gasto público. Pero esto no parece un tema que pueda interesar a nadie. Se obtiene mucho más share acusando al Coletas o al Perro Sanxe de la muerte de Manolete, dice Monterrubio, o loando los dudosos logros de alguna dirigente ultraconservadora. Eso por no hablar de la incesante labor de blanqueo del fascismo puro y duro, transformado por la magia catódica en centroderecha, tal como obliga escribir el diario ABC a sus colaboradores.
Antonio Monterrubio
En el campo de la información deformativa
en la España de hoy, hay barra libre para cualquier basura mientras sirva los
intereses de poderes que están en la mente de todos y de sus sicarios, que
también. Disfrazada bajo el respetable peplum
de la libertad de expresión, se ha instalado una maloliente libertad de mentir, calumniar, insultar
y engañar, una bien engrasada maquinaria de manipulación. A su servicio
encontramos un diligente ejército de intrépidos reporteros que son en realidad
troles con patente de corso. Dedicados a tiempo completo a proclamar el
evangelio del neoliberalismo autoritario y la privatización de todo lo que se
menee, son curiosamente beneficiarios de suculentas subvenciones de entidades
públicas regidas por sus marionetistas. Ello no es óbice para que a su vez
reciban las correspondientes 30 monedas de los amos de su voz. Maravillosa
ilustración de esa colaboración público-privada en la que tanto creen ciertos
políticos profesionales. A los periodistas conservadores honrados, los ojos
deben de hacerles chiribitas ante la perspectiva de compartir mesa y mantel con
esta fauna que degrada un oficio a priori
hermoso, anegándolo en un lodazal de miseria moral.
De igual modo y manera, el sobado mantra
de la independencia del Poder judicial
encubre el habitual uso de una doble vara de medir apenas disimulada por el
escamoteo mediático. Se puede perseguir o injuriar impunemente a según quién
mientras se lamen las botas de los poderosos. Miles de pequeños y medianos
inversores son estafados en la salida a bolsa fraudulenta de una entidad
bancaria. La Justicia, a pesar de todos sus desvelos, no halla culpable alguno.
Un CGPJ elegido con una mayoría parlamentaria muy distinta y cuyo mandato
caducó años atrás se afana en nombrar para puestos decisivos a jueces que, uno
tras otro, cojean del pie derecho. El largo brazo se muestra incapaz de
discernir quién será, será ese enigmático M. Rajoy que figura en cierta
contabilidad extracontable, a la vez que parece creer que, en unas cuentas
suizas reales como la vida misma, los millones surgen por generación
espontánea. Pero todos somos iguales ante la ley. Así eructó Zaratustra.
Un aire de familia une prácticas poco
honorables de antaño y de hogaño. La ley del embudo con coberturas ideológicas
variadas ha resistido bien el paso de los siglos.
La
ley es tela de araña
[…]
Hay
muchos que son dotores
y
de su cencia no dudo.
Mas
yo soy un negro rudo
y,
aunque de esto poco entiendo,
estoy
diariamente viendo
que
aplican la del embudo.
(José Hernández: Martín Fierro)
Se han afinado los mecanismos de normalización, las técnicas diseñadas
para conseguir que el grueso de la población se conforme a y con unas reglas
dictadas en beneficio de pocos y en detrimento de muchos. La tecnología de
fabricación de la resignación propia de tiempos preindustriales ha sido sustituida
por la del consentimiento, infinitamente más eficaz. Antes el orden existente
se pregonaba como natural e inalterable, en última instancia establecido y
querido por Dios y por tanto inapelable e inamovible, se imponía mediante el
recuerdo constante de que la realidad era la que era. Si ya era difícil
presentar reclamaciones al maestro armero, hacerlo al Creador se antojaba fuera
del alcance de los límites humanos. Hoy en cambio, reina gracias al olvido permanente.
Se publicita y se vende como fruto de consensos y acuerdos entre y para todos,
aunque nadie sepa cómo, cuándo ni dónde hemos dado nuestra aquiescencia a unas
reglas del juego cuyo desequilibrio es notable.
Las falacias que se repiten machaconamente
acaban calando, dejando huella en la mente, como muy bien sabía aquel tenebroso
gurú de la propaganda política que fue Goebbels. Sus epígonos, a menudo
autoetiquetados de liberales, no
están tan seguros de sí y prefieren vomitarla no miles, sino millones de veces,
para que no subsistan dudas. Por otro lado, lo que no aparece en los grandes
canales de difusión no existe. Las plataformas mediáticas ejercen un monopolio
del discurso, consiguiendo que solo se hable de aquello a lo que dan cancha.
Independientemente de que se trate de exageraciones, semiverdades o mentiras
cochinas, pues hace tiempo que la verdad y el periodismo sellaron su divorcio.
Al no poder asomar la nariz noticias
inquietantes, no nos enteramos de la misa la media en lo referente a
chanchullos y trapacerías de príncipes y potestades, gobiernos e instituciones,
y, desde luego, de los poderes económicos y financieros. En lo más hondo del
más oscuro cajón se ocultan tenebrosas realidades. Difícilmente se osa comentar
en un gran medio cómo la estrategia de la araña del capitalismo neoliberal
multiplica la riqueza de unos pocos, mientras aumentan las dificultades de la
mayoría y un número creciente de personas quedan descolgadas. Sin embargo, esa
letal dinámica continúa imperturbable su marcha sin que ni la crisis financiera
de 2008 ni la sociosanitaria de la COVID-19 hayan conseguido enlentecerla. Se
trata de un plan de choque sencillo, sostenido en tres columnas: la
intensificada desregulación del sector privado, la privatización de cualquier
servicio público rentabilizable, y el recorte sin precedentes de la fiscalidad
de ricos y grandes empresas complementado con acentuadas podas del gasto
público.
Pero esto no parece un tema que pueda
interesar a nadie. Se obtiene mucho más share
acusando al Coletas o al Perro
Sanxe de la muerte de Manolete, o loando los dudosos logros de alguna
dirigente ultraconservadora. Eso por no hablar de la incesante labor de
blanqueo del fascismo puro y duro, transformado por la magia catódica en centroderecha. Con frecuencia, mazo y
procesador de texto se unen en lóbrega simbiosis para establecer tribunales
neoinquisitoriales con desprecio absoluto a la honestidad y la verdad. Esto hay
que decirlo alto y claro. Las proclamas retóricas acerca de los elevados estándares
de nuestra democracia y la política del «todo va bien, señora baronesa» no
pueden disimular las oscuras sombras que nos vigilan.
DdA, XXII/6275





