miércoles, 23 de septiembre de 2026

ED SHEERAN QUERÍA SEGUIR CAYENDO BIEN SIN TENER QUE MOJARSE ANTE LA BARBARIE


Lo peor de los tiempos oscuros no es la oscuridad, sino quienes aseguran que la penumbra tampoco es para tanto. Ed Sheeran quería seguir siendo igual de rico, llenando los mismos estadios y cayendo igual de bien sin tener que mojarse ante la barbarie. No es posible y es una gran noticia que ahora lo sepa.

Gerardo Tecé

En los inicios de las redes sociales una parodia se hizo viral. Una pareja de adolescentes –chico y chica– viajaban en el bus haciéndose arrumacos, dándose cariño. En la siguiente parada, sube un grupo de chavales con ganas de liarla y se acercan hasta ella. Empiezan a rodearla, molestándola, acosándola. Para evitar problemas, su novio le suelta la mano disimuladamente, gira la cabeza y se tapa la cara con la mano mientras mira por la ventanilla fingiendo no conocerla de nada. Estos días, gracias a Ed Sheeran, he recordado aquel vestigio arqueológico audiovisual, aquella joya del patetismo.

Si hay alguien que aún no conozca la historia, Ed Sheeran es un cantante británico que a sus 35 años ya hace media vida que disfruta de fama mundial y éxito económico. Un tipo con aspecto de buena gente que llena estadios en Norteamérica y Europa y que en las últimas semanas se ha visto salpicado, según sus propias palabras, “por un debate encarnizado”. Me he visto salpicado por un debate encarnizado, le dijo también a su novia –exnovia de facto– el chaval del autobús cuando los matones por fin se bajaron y él pudo recuperar la voz.

El resumen de lo ocurrido es bien conocido. En mitad de la gira estadounidense, el telonero de Sheeran, un rapero llamado Macklemore, mostró su apoyo a Palestina y criticó el genocidio que está cometiendo Israel. Señores con dinero, promotores y propietarios de estadios, le dijeron al bueno de Sheeran que, o cambiaba de telonero, o se suspendían los conciertos que quedaban. Al parecer, criticar el asesinato de niños había resultado violento para quienes defienden el asesinato de niños. Y Sheeran dijo sí, giró la cabeza y miró por la ventanilla porque, según palabras del propio cantante, él no quiere que en sus conciertos se hable de política, sino de amor. Matar o no matar niños, esas dos opciones políticas, respetables ambas. Me pregunto si habría forma de usar la IA para meter la cara de Sheeran en aquel vídeo viral. Cuando es para cosas importantes, el uso de la IA es más que recomendable.

Tras mostrarse al mundo como el ser más patético del mes de septiembre –diría de la década, pero la competencia es feroz–, Ed Sheeran se encontró con que los posibles teloneros sustitutos de Macklemore se negaban a ocupar el lugar del rapero. Se negaban a la oportunidad que suponía para ellos acompañar a una superestrella como Sheeran. También su banda, formada por tipos que de verdad necesitan el dinero de los conciertos para pagar sus alquileres e hipotecas, le dijeron adiós y le desearon suerte en sus intentos de cobrar millonadas por defender el amor sin criticar el genocidio. Roger Waters, de Pink Floyd, lo explicó bien: hay dos tipos de personas en este mundo, los que hacen lo correcto y los idiotas como Ed Sheeran. How I wish you were there, le faltó decirle Waters a Sheeran, refiriéndose a Gaza.

Lo peor de los tiempos oscuros no es la oscuridad, sino quienes aseguran que la penumbra tampoco es para tanto. Gracias a Ed Sheeran porque sin gente como él todo esto no sería posible, agradecería Netanyahu en su discurso como ganador del Nobel al mejor genocidio. Al tiempo. Y es que Sheeran representa a la perfección al progre cómodo, ese espécimen que vive en la música, en las tertulias de televisión y en nuestros grupos de amigos. Que observa las angustias que provoca esta ley del más fuerte, este auge fascista, pero que no quiere que la angustia le llegue a su puerta en forma de enemistades con el poder. Tipos como Sheeran siempre encuentran la forma de evitar llamar a las cosas por su nombre y ser señalados. No son fascistas, son españoles descontentos, no hay que usar la palabra genocidio tan alegremente, esperemos a ver qué dice el sillón G mayúscula de la RAE. Ed Sheeran quería seguir siendo igual de rico, llenando los mismos estadios y cayendo igual de bien sin tener que mojarse ante la barbarie. No es posible y es una gran noticia que ahora lo sepa.

CTXT  DdA, XXII/6474

LA BAJEZA MÁS ABYECTA Y SUICIDA DE NUESTRO TIEMPO



Hoy a mediodía y pese a la resistencia de unos cientos de personas, un fondo buitre ha desahuciado a MariCarmen, una mujer de 87 años, del piso de alquiler que ocupaba desde hace más de setenta años. MariCarmen se quedará sin casa, pero las administraciones dejan morir un poco más nuestra democracia, escribe Unai Sordo. ¿Qué leyes son las que permiten la mercantilización de un derecho hasta estos niveles de crueldad?, se pregunta. Es de esperar que la convocatoria prevista para hoy por los activistas antidesahucios de la Comunidad de Madrid a la siete de la tarde, frente al ático que adquirió el gobierno autonómico en Chamberí, cuente con una masiva asistencia. Hay circunstancias en la que se requiere una masiva repulsa popular y esta es una de ellas, aunque van siendo ya unas cuantas. Por favor, después de todo esto, no dejemos a MariCarmen sola, ya que se ha repetido tanto durante estos años que no lo estaba. Recordemos, PP, Junts y Vox impidieron hace meses en el Congreso la moratoria de desahucios.

Sergi Bellver

No suelo prodigarme, por varios motivos, pero cada vez que me expreso contra el capitalismo salvaje y otras marcas blancas del fascismo, viene algún superlópez de capa, pulsera y bandera a afearme el gesto con el aburridísimo comodín de «la superioridad moral de la izquierda».
Hay días, como hoy, cuando una banda de carroñeros con corbata se agarra al infame vericueto de una ley franquista para desahuciar en Madrid a una anciana que pagaba su alquiler, mientras algunos todavía tienen el cuajo de defender lo indefendible para justificar semejante abuso, en que la realidad pone a cada uno en su sitio sin necesidad de demasiadas palabras.
Creo que ya no es un tema de «moral», sino de simple y llana humanidad.
Que la falta de humanidad sea vertical y los ricos intenten mantener sus privilegios a toda costa es odioso, pero tiene lógica en esta ley de la selva desatada. Sin embargo, que sea cada vez más horizontal en todo el mundo y la mitad de los obreros les haga el trabajo sucio y los jalee, es la bajeza más abyecta y suicida de nuestro tiempo*.


DdA, XXII/6474

ESCRIBIR Y CREAR: CLARÍN ADENTRO: EL RECÓNDITO TALLER DEL ESCRITOR

Jean-François Botrel, egregio hispanista francés, dedicó buena parte de su actividad investigadora a sopesar, medir y delimitar la obra de Clarín como si fuera la de un vasto continente, por lo que puede considerársele, con toda justicia, el mayor explorador de la obra clariniana o, al menos, el que ha llegado más lejos, el primero que ha alcanzado el Finisterre clariniano. Esa inmersión y cercanía permanente en la obra del autor de El gallo de Sócrates hace que Botrel también sea quien mejor ha analizado la compleja personalidad de Leopoldo Alas, quien más ha profundizado, Clarín adentro, en su tarea de escribir y crear.


Ricardo Labra

Leopoldo Alas, Clarín, es un escritor que todavía resulta paradójico para cualquiera que se adentre en su obra. Y es que, hasta fechas relativamente recientes, solía considerársele autor de dos novelas, especialmente de La Regenta, y de algunos cuentos; un escritor de obra exigua, acorde con su vida corta. Sin embargo, nada más alejado de la realidad que esa cómoda etiqueta pseudoacadémica con la que se despachaba al arrinconado Clarín no solo en los libros de texto, cuando se le citaba, sino también entre lectores y algún que otro crítico de los que se consideraban especializados en los autores del realismo español del siglo xix.

Por eso no deja de producir cierta perplejidad que la obra del hacedor de Guimarán resulte, para cualquiera que transite por sus páginas, un dédalo casi insondable. A su producción narrativa hay que añadir una ingente labor periodística y crítica, artículos, ensayos, cuentos, folletos, discursos, traducciones, cartas y textos de muy diversa naturaleza que desbordan ampliamente la imagen escolar del novelista de La Regenta.

Leopoldo Alas no dejó de escribir prácticamente un solo día de su vida; por eso su obra oculta, o menos transitada por los lectores, ocasiona una admirativa impotencia en todo aquel que se sumerja en sus páginas. Esa dimensión y vastedad de su obra quizá sea la principal causa de que todavía no exista una clara categorización de ella ni de su poliédrica personalidad intelectual.

Clarín fue novelista, cuentista, crítico, periodista, profesor, polemista y lector voraz; pero, sobre todo, fue un escritor que hizo de la escritura una forma permanente de intervención en su tiempo. Su obra no puede entenderse como una sucesión de piezas aisladas, sino como un vasto taller en el que literatura, crítica, pensamiento y periodismo se entreveran continuamente.

Jean-François Botrel, egregio hispanista francés, dedicó buena parte de su actividad investigadora a sopesar, medir y delimitar la obra de Clarín como si fuera la de un vasto continente, por lo que puede considerársele, con toda justicia, el mayor explorador de la obra clariniana o, al menos, el que ha llegado más lejos, el primero que ha alcanzado el Finisterre clariniano. Esa inmersión y cercanía permanente en la obra del autor de El gallo de Sócrates hace que Botrel también sea quien mejor ha analizado la compleja personalidad de Leopoldo Alas, quien más ha profundizado, Clarín adentro, en su tarea de escribir y crear.

Botrel es el agrimensor de la obra del hacedor de Guimarán, al que todos acudimos cuando tratamos de descomponer en cifras el palimpsesto clariniano. En el prólogo de su libro Escribir y crear: Clarín adentro, ya nos da unas precisas coordenadas de la obra clariniana, de su incesante creación y escritura:

«[…] son prueba “los miles de versos y versos de su niñez, las docenas de obras dramáticas o líricas no todas herméticamente quemadas o los cincuenta y pico números de Juan Ruiz, el periodiquito de su adolescencia, los poco menos que noventa artículos al año que produjo de 1875 a 1901, con puntas de más de ciento cincuenta, sus dos novelas publicadas en vida (La Regenta y Su único hijo) y sus ciento y cuarenta y pico cuentos, sus Folletos literarios, sus múltiples ensayos y/o discursos, sus traducciones, etc., equivalentes a más de 37 millones de letras de molde, en total».

Pero Botrel no se limita a realizar una cuantificación estadística de la obra de Clarín, sino que su prospección llega hasta los últimos resortes creativos del hacedor de Guimarán, como demuestra en sus investigaciones, por lo que su desglose cuantitativo no deja de ser una consecuencia indirecta de su perspicaz indagación. Botrel es quizá el primer investigador que aborda la obra de Clarín desde una perspectiva global, como el gran intelectual europeo que emana de su obra, tanto narrativa —novelas, cuentos—, periodística —Paliques, crítica literaria— como de su obra fáctica —cartas, conferencias— e incluso no nata, como Bárbara. El redentor, Papa o Dios, o de la que solo quedan principios o fragmentos, como sucede con su proyecto más antiguo, Juanito Reseco. Ello hace que su acercamiento al autor de La Regenta y de Pipá nos muestre al escritor total, evitando las sinécdoques investigadoras con las que se suele abordar la obra de Clarín, unas veces como autor de La Regenta y otras, como cuentista, como periodista y crítico literario, como si cada una de estas facetas literarias fuese una unidad separada, pero capaz de explicar en sí misma el conjunto de la obra clariniana. En este caso, las partes no son el todo, sino que configuran o prefiguran un todo que todavía no ha llegado a concretarse, ya que Clarín, como desvelan las investigaciones de Botrel, no se acomoda a las reduccionistas etiquetas con las que la historiografía suele sistematizarlo.

Gracias a esta dedicación investigadora, Botrel no solo ha podido rescatar algunos manuscritos perdidos, sino también exhumar algunos de sus primeros cuentos, como «Estilicón» y «Post Prandium (Cuento trascendental)»; y, sobre todo, conocer y estudiar cómo componía y escribía Clarín, no solo sus obras de ficción, sino su inmensa producción fáctica, así como aquella en la que la realidad y la ficción se entreveran.

Botrel es quien mejor ha estudiado cómo creaba y escribía el hacedor de Guimarán. Casi podría decirse, sin forzar demasiado la imaginación, que estuvo sentado al lado de Clarín viendo cómo componía sus obras, ya que son muchas las horas que Botrel ha pasado observando detenidamente, a través de su lupa filológica, cómo escribía Clarín, para analizar, como un entomólogo, su proceso de creación.

Botrel llega a demostrar, siguiendo las cuatro fases señaladas por Pierre-Marc de Biasi, que Clarín trabajaba prácticamente sin «antetextos», lo que quiere decir que escribía directamente sin quedarse, salvo contadísimas excepciones, con el manuscrito:

«La escritura es, pues, una proyección urgente, inmediata o mínimamente mediatizada, en la forma impresa: periódico o libro, con o sin corrección de pruebas de imprenta, y nadie puede razonablemente imaginar que, para La Regenta o Su único hijo, se encuentre algo parecido a los 75 “cahiers de brouillon” y cuatro “carnets de note” que acompañaron y sirvieron a la génesis de À la recherche du temps perdu, de Marcel Proust».

Clarín, más que autor de mapa o de brújula, siguiendo la distinción que hizo célebre Javier Marías, es un autor que no confecciona su obra por escrito, que confía a su memoria la reconstrucción mental, en ocasiones durante años, de la trama general de sus obras. No obstante, cuando las vierte directamente en el papel, generalmente cuando ya las tiene comprometidas a un editor o impresor, se deja llevar en ocasiones por los meandros de la escritura —como evidencian los dos volúmenes de la primera edición de La Regenta—, por lo que las correcciones y modificaciones las realiza habitualmente en las pruebas previas a la impresión definitiva: «Las primeras pruebas las considera Clarín como una especie de copia impresa pasada en limpio de su original, lugar imprescindible para establecer un diálogo con su propio texto».

Clarín, como indica Botrel, fue un escritor poco valorado por sus coetáneos, que lo consideraban sobre todo un crítico literario pro causa eorum. En esta dolorosa postergación como escritor tal vez se encuentre, como compensación, su enfermiza propensión a convertir cualquiera de sus textos en dinero y, aunque en menor cuantía, también sus obras de creación literaria. Esta justificación compensadora de su frustrada actividad literaria estaba solapada bajo el interés mayor que Clarín proclamaba a los cuatro vientos: el de defender los garbanzos de sus hijos.

Además de las razones literarias esgrimidas, Clarín también defendía su condición de intelectual y, por lo tanto, su visión del mundo y su independencia crítica, que lo llevó a ejercer, para imponer su criterio, una deliberada combatividad como táctica y, como señala Botrel, «acaso también como manera de ser, que en algún momento pudo ser percibida como agresividad».

Pero Botrel llega a realizar la descripción más perturbadora de Clarín al ir más allá de los tópicos y los lugares comunes que sobre el autor se han venido repitiendo a lo largo del tiempo, algunos incluso para perfilarle una especie de leyenda negra:

«Podríamos preguntarnos si el seudónimo Clarín no llega a ser un verdadero heterónimo, sintomático del perpetuo desdoblamiento entre el escritor público, seguro y dominador hasta en el desprecio, y el hombre, humanamente frágil e hipersensible que, en momentos de crisis, no puede sostener el personaje social detrás del cual se refugia y tiene que crear otros personajes literarios como catarsis para sus continuas tensiones y búsquedas de solución para sus profundos desequilibrios».

Botrel reúne en Escribir y crear: Clarín adentro ocho trabajos sobre el hacedor de Guimarán, que adquieren otro significado al conformar, en su connotación, un libro nuevo, que muestra en su crudeza los interiores ahumados de Clarín y también la inagotable fuente de donde emana su deslumbrante creatividad.

Botrel nos muestra en este libro el taller de Clarín, un espacio recóndito y casi secreto, en el que podemos sentir, en su quehacer creativo, al hacedor de Guimarán. Llave que generosamente ofrece al lector el mayor agrimensor de su obra. Gracias al libro de Jean-François Botrel, lo sabemos (o lo recordamos) todo en lo que atañe a la manera de escribir de Clarín.

EL CUADERNO  DdA, XXII/6474


PALESTINA EN LA ONU Y NETANYAHU CASI SE QUEDA SOLO



Lazarillo

Dos imágenes a considerar en la Asamblea General de la ONU que se viene celebrando estos días. Por un lado, la de la delegación de Palestina sentada por primera vez en la historia del organismo internacional entre los Estados miembros que lo integran, después de que se aprobara con 152 votos  una resolución que exigía revertir el bloqueo de la delegación palestina por parte de Estados Unidos. Sólo tres países votaron en contra: Estados Unidos, Israel y Paraguay. Se abstuvieron cuatro: Colombia, Honduras, Panamá y Perú.

La otra imagen, en el mismo escenario, capta la masiva retirada con algún abucheo de los delegados de la mayoría de los países cuando el primer ministro de Israel Benjamin Netanyahu apareció en la tribuna para leer su discurso. No es que sea para llenarnos de júbilo mientras en Gaza las tropas israelíes siguen asesinando bajo un alto el fuego a la población palestina, pero ambos imágenes han de tenerse en cuenta porque reconfortan al menos un poco, tal como está el mundo con Trump y Netanyahu como principales responsables.

DdA, XXII/6474

LAS TELEVISIONES, CONTRA TRUMP A 6 MESES DE LAS ELECCIONES MDM

 BS, NBC, ABC y Fox News anunciaron que suspenden la cobertura conjunta de las actividades del presidente Donald Trump en solidaridad con CNN, MS NOW y Politico, los cuales fueron vetados de la Casa Blanca por el mandatario. Las seis cadenas de televisión mencionadas llevan a cabo un seguimiento permanente y rotatorio de la agenda presidencial, es decir, que en ocasiones sólo una de ellas acude físicamente a los eventos, pero comparte las imágenes obtenidas con todas las demás. Por ello, la negativa de CBS, NBC, ABC y Fox News a ser cómplices de la censura contra sus colegas deja a Trump sin una sola televisora de alcance nacional que lo siga a donde vaya y difunda sus declaraciones. The New York Times y The Washington Post, los dos medios escritos más importantes del país, no dejarán de cubrir las actividades del Ejecutivo, pero se abstuvieron de tomar y divulgar fotografías de sus eventos hasta la medianoche de ayer como un gesto simbólico de respaldo.



EDITORIAL

La restricción a CNN, MS NOW y Politico no es, ni de lejos, el primer intento de Trump por callar a cualquier voz que no sea lo suficientemente obsecuente con él. Hasta la fecha, exige en tribunales 15 mil millones de dólares al Times por la presunta difamación en su contra durante la cobertura de la campaña presidencial de 2024, así como 10 mil millones a The Wall Street Journal por publicar un reportaje en el que se afirmaba que en 2003 el mandatario escribió una carta de cumpleaños con tono lascivo a su difunto amigo y violador de menores, Jeffrey Epstein. También demandó a CBS News y ABC News (filiales de Paramount Global y Disney, respectivamente) por una entrevista y afirmaciones de un presentador que no fueron de su agrado. Estos dos casos se saldaron con acuerdos extrajudiciales –eufemismo para extorsiones– por 16 y 15 millones de dólares.

Pese a éstos y muchos otros antecedentes, el conflicto actual lleva a un nivel inédito la ruptura del magnate con la prensa y es muestra del desquiciamiento que le ha llevado a pelearse no sólo con quienes percibe como enemigos, sino incluso con sus más cercanos aliados. La participación en el boicot de Fox, un conglomerado tan abiertamente trumpista y favorable al Partido Republicano, es el mejor indicador de que el mandatario ha cruzado todas las líneas rojas de la institucionalidad y la cultura política estadunidenses. Además, ha elegido el peor momento posible para embarcarse en un pleito innecesario: a sólo seis semanas de las elecciones de mitad de mandato y con su popularidad por los suelos.

De acuerdo con una encuesta de Reuters/Ipsos, el índice de aprobación del presidente cayó a 32 por ciento, el nivel más bajo en sus dos mandatos. Lo más inquietante para él y su partido es la velocidad del desplome, pues apenas en una semana el respaldo general retrocedió tres puntos y el de sus correligionarios, nueve, al pasar a 73 por ciento desde el 82 por ciento anterior. Ya en julio pasado, una encuesta de CNN encontró una cifra récord de 73 por ciento de adultos quienes creen que no ha prestado suficiente atención a los problemas más importantes del país, y Trump no hace nada por disipar esta percepción: en mayo dijo no pensar “ni un poco” en la situación financiera de los estadunidenses durante las negociaciones con Irán, y apenas hace una semana reiteró que los precios más altos de la gasolina son un pequeño costo a pagar por su guerra en Medio Oriente.

En suma, cabe saludar la solidaridad entre los grandes medios de comunicación estadunidenses frente al ataque contra la libertad de expresión, aunque este cierre de filas sea tardío y se produzca cuando ya transcurrió una década de normalizar agresiones inadmisibles a comunicadores, desde reporteros de a pie hasta importantes figuras mediáticas. La determinación de las televisoras para mantenerse unidas y los resultados de los comicios de noviembre próximo parecen factores decisivos en la posibilidad de rescatar la democracia estadunidense, con todos los defectos que ésta ya presentaba antes del trumpismo.

LA JORNADA  DdA, XXII/6474

MURIÓ FRANCES SAUNDERS, AUTORA DE "LA CÍA Y LA GUERRA FRÍA CULTURAL"

 Frances Stonor Saunders murió a los sesenta años de edad el pasado 31 de agosto, víctima de un tumor cerebral. Con ella desaparece una de esas investigadoras que logran algo infrecuente: escribir un libro después del cual resulta imposible contemplar de la misma manera toda una época histórica o el perfil de algunos de sus personajes, ni más ni menos. “Who Paid the Piper? The CIA and the Cultural Cold War”, publicado en 1999 y conocido en su versión castellana con el título de “La CIA y la guerra fría cultural”, no fue simplemente una simple investigación sobre operaciones de espionaje. Fue la reconstrucción minuciosa, elaborada y sin concesiones de uno de los mayores dispositivos conocidos de intervención política sobre la cultura y la intelectualidad occidental. Su lectura sigue siendo muy recomendable y ahora puede servir también de merecido homenaje póstumo a su autora, que inició su investigación casi accidentalmente en 1995, mientras estudiaba las relaciones entre el expresionismo abstracto estadounidense, sus instituciones y los organismos de inteligencia de aquel país. Lo que Saunders descubrió fue la otra cara del poder imperial estadounidense.



Manuel Medina

Saunders había llegado a aquella historia casi accidentalmente. Nacida el 14 de abril de 1966 en Windsor, Berkshire, era hija de Julia Stonor y de Donald Saunders, nacido Donald Slomnicki cerca de Bucarest y llegado a Gran Bretaña como refugiado después de la Segunda Guerra Mundial. Sus padres se separaron cuando ella tenía ocho años. Estudió Literatura Inglesa en St Anne's College, Oxford, y se graduó en 1987. Tras pasar por Roma y por el ambiente cultural británico de finales de los ochenta, comenzó a trabajar como documentalista para televisión.
Sería precisamente la televisión la que la conduciría hacia el asunto que marcaría su vida intelectual. En 1995 realizó para Channel 4 la serie documental Hidden Hands: A Different History of Modernism. Mientras investigaba las relaciones entre el expresionismo abstracto estadounidense, sus instituciones culturales y los organismos de inteligencia norteamericanos, Saunders encontró los primeros hilos de una trama mucho mayor.

Una CIA que no necesitaba llevar pistola

Lo que Saunders descubrió era extraordinario porque mostraba otra cara del poder imperial estadounidense. No se trataba ahora de golpes de Estado, operaciones paramilitares, intervenciones militares o espionaje convencional. Era una lucha por determinar qué libros se leían, qué revistas adquirían prestigio, qué escritores viajaban por el mundo, qué exposiciones llegaban a las grandes capitales europeas y qué concepciones políticas podían presentarse como expresión espontánea de la intelectualidad occidental.
El eje de aquella enorme operación fue el Congress for Cultural Freedom, el Congreso por la Libertad de la Cultura, creado en 1950 y financiado clandestinamente por la CIA. La propia historia oficial de la agencia acabaría definiéndolo como una de sus operaciones encubiertas más audaces y eficaces de la Guerra Fría.
Desde París, y bajo la dirección administrativa de Michael Josselson, que era agente de la CIA, aquella organización estuvo articulando durante años una red internacional de intelectuales, revistas, congresos, conciertos, traducciones, exposiciones y organizaciones culturales. En su momento de mayor expansión llegó a tener presencia en decenas de países y sostuvo más de veinte publicaciones de prestigio.
Saunders siguió el dinero. Revisó documentos desclasificados, archivos privados y correspondencia y entrevistó durante años a protagonistas de aquel mundo.
El resultado demostraba que detrás de una parte nada desdeñable de la aparente espontaneidad de la vida cultural occidental existía una verdadera política de Estado. Su libro obtuvo el premio Gladstone de la Royal Historical Society, fue traducido a numerosos idiomas —el periódico The Guardian cifra actualmente en 17 las traducciones— y convirtió a una autora que apenas superaba los treinta años en una referencia internacional.
Revistas como Encounter en Gran Bretaña, Preuves en Francia o Der Monat en Alemania formaron parte de aquel universo. La CIA organizó o financió congresos, sufragó viajes, promovió publicaciones y utilizó fundaciones y organizaciones intermediarias para ocultar el origen del dinero. También impulsó internacionalmente determinadas manifestaciones de la vanguardia estadounidense: el expresionismo abstracto podía presentarse ante Europa como demostración de que Estados Unidos era el territorio de la libertad creadora frente al realismo socialista soviético. Jackson Pollock se convirtió así, sin necesidad de recibir instrucciones de un agente de inteligencia, en una pieza de aquella representación cultural de la superioridad estadounidense.

Los grandes nombres de la intelectualidad occidental

Y aquí residía probablemente la parte más explosiva de la investigación de Saunders: los nombres. Por aquellas páginas desfilaban algunos de los escritores, filósofos, historiadores, críticos y artistas más importantes del siglo XX.
Arthur Koestler, Sidney Hook, James Burnham, Melvin Lasky, Irving Kristol, Stephen Spender, Ignazio Silone, Nicolas Nabokov, Isaiah Berlin, Hannah Arendt, Robert Lowell, Leonard Bernstein, Bertrand Russell, Mary McCarthy, Arthur Schlesinger Jr. y Jackson Pollock aparecen, con relaciones de naturaleza y grado muy diferentes, dentro del enorme entramado cultural que investigó Saunders. La presentación estadounidense de The Cultural Cold War menciona expresamente a Arendt, Berlin, Bernstein, Lowell, Orwell y Pollock como figuras convertidas en instrumentos idóneos de aquella guerra cultural.
Pero precisamente por respeto al rigor de Saunders conviene hacer una distinción decisiva: no todos aquellos intelectuales fueron agentes directos de la CIA ni todos conocían la procedencia del dinero. Ese matiz vuelve todavía más inquietante la historia.
Michael Josselson sí era un hombre de la CIA y dirigió el aparato del Congreso durante años. Otros intelectuales participaron intensamente en organismos, congresos o revistas sostenidos clandestinamente por la agencia, aunque su grado de conocimiento sobre el origen de los fondos continúa siendo objeto de controversia historiográfica. La propia CIA reconoce, por ejemplo, que Arthur Koestler actuó inicialmente sin saber que estaba contribuyendo a una operación patrocinada por la agencia, y que Sidney Hook participó en actividades anteriores cuyo respaldo secreto desconocía.
Encounter, negaron haber sabido que detrás del Congreso se encontraba la CIA. La controversia sobre qué sabía cada cual y desde cuándo acompañaría para siempre a aquella generación.
Por eso, reducir el hallazgo de Saunders a una relación de escritores “comprados” por la CIA empobrecería extraordinariamente su investigación. Su descubrimiento era bastante más profundo. El poder no necesitaba necesariamente decirle a un novelista qué debía escribir. Podía seleccionar qué novelista recibía traducciones, revistas, viajes, congresos, premios, difusión internacional y acceso a determinados circuitos de prestigio.
Podía crear el escenario. Y dejar que los intelectuales actuaran dentro de él. Esa es posiblemente la revelación más perdurable de “La CIA y la guerra fría cultural”.
Incluso George Orwell, cuyo nombre aparece en la investigación y en las presentaciones posteriores de la obra, exige esa precisión. No fue exactamente un “agente de la CIA”. Sus conocidas relaciones se produjeron fundamentalmente con el aparato policial británico de propaganda anticomunista. Saunders lo integró en una reconstrucción mucho más amplia de aquella red atlántica de instituciones, intelectuales y servicios occidentales. Lo mismo ocurre con numerosos artistas e intelectuales cuya obra fue promovida o instrumentalizada sin que necesariamente conociesen quién estaba detrás de determinados mecanismos de financiación. El propio subtítulo conceptual del libro podría resumirse así: instrumentos del servicio secreto estadounidense, lo supieran o no.
Justo ahí radicaba también la enorme trascendencia política del trabajo. Saunders no descubría simplemente que Washington “hacía propaganda” —como también la hacía la Unión Soviética—, sino que demostraba la contradicción existente entre el discurso de una cultura occidental supuestamente independiente del Estado y el funcionamiento real de una formidable política clandestina destinada a orientar aquella cultura.
Incluso la CIA, décadas después, reconocería sin ambages que el Congreso había sido una operación encubierta propia y que su propósito consistía en disputar la influencia comunista entre artistas e intelectuales.
Mucho más que un solo libro

El extraordinario impacto de aquella investigación corrió algunas veces el riesgo de ocultar el resto de la obra de Saunders.
En 2004 publicó Hawkwood: Diabolical Englishman, sobre el mercenario inglés del siglo XIV John Hawkwood. Seis años después apareció The Woman Who Shot Mussolini, la biografía de Violet Gibson, la aristócrata angloirlandesa que en 1926 disparó contra Benito Mussolini y estuvo a punto de matarlo. Saunders tenía una extraordinaria capacidad para encontrar detrás de personajes aparentemente secundarios, una puerta de entrada hacia las grandes estructuras históricas.
Trabajó asimismo como responsable de cultura del semanario británico New Statesman, produjo numerosos documentales radiofónicos para la BBC y presentó “Meeting of Minds”, dedicado a encuentros decisivos entre figuras de la historia intelectual. En 2018 fue elegida miembro de la Royal Society of Literature.
Pero su último gran libro sería muy diferente a todos los que le precedieron. En “The Suitcase: Six Attempts to Cross a Border”, publicado en 2021, la investigadora que había pasado décadas abriendo los archivos secretos de instituciones poderosas abrió finalmente el archivo de su propia familia.
Una vieja maleta que había pertenecido a su padre contenía cartas, fotografías y documentos que la condujeron hacia la historia del joven Donald Slomnicki, refugiado de Europa oriental que terminaría reconstruyendo su vida en Gran Bretaña. El libro se convirtió en una meditación sobre el exilio, las fronteras, la memoria y el progresivo hundimiento de su padre en el Alzheimer.
The Suitcase obtuvo en 2022 el PEN Ackerley Prize, dedicado a las memorias y autobiografías literarias. Era casi el reverso perfecto de “Who Paid the Piper?”: después de investigar cómo los Estados fabrican memoria y relato, Saunders se preguntaba cómo una familia reconstruye los suyos cuando quedan apenas una maleta, unas fotografías y algunos documentos dispersos.
Frances Stonor Saunders supo antes de morir que “Who Paid the Piper?” sería reeditado nuevamente. Difícil imaginar un destino más apropiado para un libro escrito hace casi tres décadas y cuya pregunta central permanece completamente viva: ¿quién paga aquello que una sociedad termina considerando cultura independiente, pensamiento libre y opinión espontánea?
La respuesta que Saunders encontró para los años de la Guerra Fría resultó incómoda porque obligaba a mirar más allá de los discursos. Allí donde parecía existir solamente una revista prestigiosa podía haber una Fundación. Detrás de aquella Fundación podía encontrarse otra institución. Y detrás de esta, finalmente, podía estar una Agencia de inteligencia. Su mérito consistió, justamente, en seguir esos entrelazados hilos hasta el final.
Por eso, su prematura muerte, conocida con cierto retraso, ha tenido para mí un significado especialmente doloroso. La lectura de su libro “La CIA y la guerra fría cultural” me permitió comprender en toda su dimensión el papel desempeñado por una parte significativa de la intelectualidad europea en las grandes batallas políticas e ideológicas de la Guerra Fría.
Aquellos mismos años sesenta habían coincidido, además, con el final de mi adolescencia, una etapa marcada por una insaciable necesidad de leer y de conocer, vivida en un país donde acceder a determinados libros podía convertirse todavía en una aventura incierta y, en no pocas ocasiones, también frustrante.
Frances Stonor Saunders nos deja, —me deja— , una enseñanza elemental a la hora de tratar de comprender la naturaleza del poder: nunca basta con saber quién habla. Hay que averiguar también quién construyó el escenario desde el que lo hace, quién fue el que le abrió las puertas, quién se encargó de “distribuirle” el prestigio y, sobre todo, quién fue el que se encargó de pagarle al flautista.

CUBA/DEBATE DdA, XXII/6474

martes, 22 de septiembre de 2026

¿DE QUÉ SE REÍA MAZÓN EN EL CONGRESO?


Se lo preguntó Rufián durante su intervención de ayer en la que el portavoz de Esquerra Republicana le planteó una serie de preguntas dirigidas a Mazón por los familiares de las víctima de la DANA. No obtuvo ninguna respuesta, salvo esa sonrisa que define a quien sigue viviendo de su poltrona política como diputado autonómico después de una catástrofe cuyo balance se hubiera podido evitar, al menos en parte, con una buena gestión a cargo del gobierno que ese señor presidía.


Ricardo Miñana

Mazón se comportó este lunes en el Congreso como un auténtico déspota. Sin contestar a las preguntas, altivo y riéndose. Frente a él, la dignidad de las víctimas. Junto a él, el PP de Feijóo.
Lo de Mazón en el Congreso es difícil de calificar sin sentir indignación.
Ante una tragedia que dejó 232 personas muertas, comparece de nuevo sin dar las explicaciones que se le reclaman, evita responder a numerosas preguntas y se parapeta detrás de resoluciones judiciales para proclamar que está exonerado.
Mientras las familias siguen intentando convivir con una tragedia que nunca podrán olvidar, Mazón parece más preocupado por demostrar que él no tiene responsabilidad que por explicar qué hizo, qué sabía y qué decisiones se tomaron durante aquellas horas críticas.
Y hay algo especialmente doloroso: la propia investigación judicial ha señalado que la falta de avisos adecuados y con suficiente antelación sobre el peligro que corrían las personas resultó mortal en numerosos casos.
Nadie está diciendo que un político pueda ser condenado sin una sentencia. Eso corresponde a los tribunales. Pero una cosa es la responsabilidad penal y otra muy distinta la responsabilidad política
y moral.
Un presidente de la Generalitat tenía la obligación de estar al frente de una emergencia de semejante magnitud, de dar explicaciones y de asumir las decisiones de su Gobierno. Lo que no puede hacer es esconderse detrás de un documento judicial y pretender que con eso desaparezca todo lo ocurrido.
Las víctimas no necesitan excusas. Las familias no necesitan discursos defensivos. Necesitan verdad, explicaciones y responsabilidades.
La justicia decidirá las responsabilidades penales que correspondan. Pero ningún auto, ningún documento y ninguna estrategia de defensa pueden borrar la tragedia ni devolver a quienes murieron aquel 29 de octubre.
232 vidas no son una cifra. Son 232 historias, 232 familias y un dolor que seguirá ahí cuando todos los discursos políticos hayan terminado.
Y ante una tragedia de esta magnitud, lo mínimo exigible a quien estaba al frente de la Generalitat es algo muy sencillo: dar la cara.

DdA, XXII/6473

QUÉ BESTIALIDAD TAN INCONMENSURABLE ES ESTO DE LA MATERNIDAD, AMIGAS



Singlutenia Maralar

Que todo el amor del mundo cabe en un útero es una certeza que solo las que lo hemos experimentado podemos describir. Nueve meses en los que nuestro cuerpo deja de ser nuestro para convertirse en una arquitectura sagrada; en un refugio donde la vida se trenza en el silencio más absoluto. Carne creando carne. La existencia abriéndose paso en una intimidad que raya en lo divino. Sin embargo, esa biología majestuosa y emocional tan deslumbrante choca de frente, demasiadas veces, con una realidad desoladora cuando la medicina olvida la dignidad.
El viaje de la maternidad encierra una paradoja sangrienta. A la mujer se la venera en abstracto mientras lleva, permitidme que lo llame "milagro", el milagro dentro, pero con frecuencia se la despoja de su condición de persona en cuanto cruza la puerta de una consulta médica. Casi desde las primeras semanas de gestación, el acompañamiento se transforma, en no pocos casos, en una cadena de protocolos fríos, juicios paternalistas y miradas deshumanizadas. Hay profesionales que parecen gestionar el proceso como si inspeccionaran a un animal de carga antes del matadero, que pasan de ti y que responden a tus temores como si fueran histerias y que te hacen sentir que tus tiempos son un estorbo en la agenda del quirófano. La violencia obstétrica se disfraza de condescendencia, de maniobras no consentidas, de desinformación deliberada y de una brutalidad rutinaria que deja cicatrices invisibles mucho más profundas que las del periné.
El clímax de este choque entre la belleza romántica del embarazo (para quien así la sienta) y la crueldad acontece en el parto, un instante absolutamente único e irrepetible en la historia del ser humano. Lo que una mujer experimenta cuando su cuerpo se abre para dar paso a otra vida no se puede explicar a quien no lo ha habitado. Parir es una tempestad donde conviven la preocupación más devoradora, el miedo más primario, una vulnerabilidad absoluta, la incertidumbre del abismo, el dolor más salvaje que la carne puede soportar y, sosteniéndolo todo, un amor de infinitas dimensiones. Pero además, se siente también una soledad insondable, la intuición de estar caminando en el filo entre la vida y la muerte completamente sola. Y en esta soledad tan amenazante, es precisamente donde nace la valentía obligada de la mujer. Ninguna mujer elige ser heroica; el sistema la fuerza a serlo para sobrevivir a su propio hijo. Lidiar con el dolor del parto requiere coraje; hacerlo mientras se combate cierto desprecio, la prisa o la frialdad de quien sostiene el bisturí exige una fortaleza casi sobrenatural. El tipo que me ayudó a traer a este mundo a mi hijo, hace ahora diecinueve años, era una especie de bucanero que me hablaba como si tirara cada palabra a la basura, que me rajó el periné sin previo aviso y que me lo cosió con una originalidad que aún hoy se ve.
El parto fue espantoso, marcado por ese trato desgarrador que empañó lo que debió ser un santuario. Pero cuando lo recuerdo, cada 21 de septiembre es obligado, siento que el tiempo ha hecho su trabajo purificador. La brutalidad del momento se ha disuelto con los años y la magia insondable de ese útero que lo dio todo permanece intacta. Aquel horror no pudo con la inmensidad del amor que nació esa noche.

Qué bestialidad tan inconmensurable es esto de la maternidad, amigas. Y pensar que el cincuenta por ciento de la población tiene que parir al cien por cien... No, no me parece justo, y tal vez aquí, esté el principio de toda la desigualdad... 

DdA, XXII/6472

EL EJEMPLO DE DIE LINKE, VENCEDORA EN BERLÍN


Félix Población

Desde que surgió Die Linke, conocido como Die Linkspartei (El Partido de la Izquierda) en Alemania (2007), siempre pensé que un nombre así es el que debería plantearse la izquierda en España, desperdigada en siglas y egos diversos, así como en partidos territoriales varios. Sigo pensando que después de tantas experiencias frustradas por juntar de una vez a una izquierda a la izquierda del PSOE, el electorado de izquierda de este país podría encontrar un incentivo con un único nombre a la hora de votar en cualquier comunidad autonómica. Creo que agradecería en cierto modo un sustantivo tan definido, sobrio y reparador  como el que nombra a la izquierda en Alemania y que este domingo ha cosechado su mayor éxito en la capital-estado de Berlín, donde venció con autoridad a los demás partidos, incluida a esa extrema derecha tan crecida en aquel país. Elif Eralp, hija de refugiados turcos, podría ser por lo tanto la alcaldesa de Berlín, gracias sobre todo al voto joven y centrar en el alquiler el asunto capital de una campaña muy trabajada. Para ello propone Die Linke poner límite a los precios y hacer que las viviendas en poder los fondos buitre vuelvan a ser públicas. Die Linke ha logrado casi el 26 por ciento de los votos, por lo que ha duplicado lo conseguido en los comicios anteriores. Cabe la posibilidad, por lo tanto, de que en pleno despegue de la extrema derecha en la nación donde más nefastos fueron sus éxitos electorales y que ha vuelto a ganar en el estado de Mecklemburgo-Antepomerania, una mujer de ascendencia inmigrante lidere por primera vez en la historia un estado alemán. Contando como asesor a Morris Katz, el mismo que llevó a Zohoran Mamdani a la alcaldía de Nueva York, Die Linke ha hecho de la vivienda el corazón de su campaña, poniendo como prioridades además el costo de la vida y la desigualdad social. O sea, la vida cotidiana, con el consiguiente respaldo de los sectores más jóvenes de la población. Junto a ello, la izquierda alemana defiende el derecho de los palestinos a un estado propio y muestra una política antimilitarista que contrasta con las postura de los demás partidos. Cabe preguntarse si una reacción así del electorado más joven sería posible en España, por ejemplo en la Comunidad de Madrid, con un partido que aglutinase a la izquierda y emprendiera una campaña como la de Die Linke. Siento decirlo pero me temo que no, incluso con Morris Katz a la batuta y su feliz estrategia de convertir en objetivos concretos asuntos tales como alquileres, trabajo, sanidad o transporte, con miles de voluntarios dialogando durante la campaña electoral puerta a puerta con el electorado*.

*Ciertamente, el programa que más se acerca al de Die Linke es el de Podemos, "Paz, casa, trabajo". Pero volver a empezar es más que complicado.

**El alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, expresó su interés en trabajar con la presidenta Claudia Sheinbaum, la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, y otros representantes de México para atender problemas que, señaló, comparten distintas ciudades, como el costo de vida, la vivienda y las condiciones laborales. “Quiero trabajar con la presidenta Sheinbaum, así como con otros líderes de todo México. Las crisis que enfrentamos son crisis globales. Observamos con admiración las iniciativas de Sheinbaum y las formas como está enfrentando temas como el costo de la vida, así como la importancia de garantizar condiciones dignas para personas trabajadoras”, afirmó Mamdani.

DdA, XXII/6472  

SOBRE LA ESPERANZA DE VIDA COMO DURACIÓN MEDIA DE NUESTRO NAUFRAGIO



José Ignacio Fernández del Castro

«Esto era la libertad. La libertad consistía en perder toda esperanza.»
Charles Michael, Chuck, PALAHNIUK; (Pasco, Washington, Estados Unidos, 21 de febrero de 1962):  Fight Club –El cdlub de la lucha- (1996).

En un lugar, aquí y ahora, donde individuos ultras organizados pueden dar palizas a ciudadanos cuyo “delito” es participar en un espacio festivo con un chiringuito que promociona una sociedad más igualitaria e inclusiva (porque, a fin de cuentas son “buenos chavales de buena familia” que sólo tienen el defectillo de “odiar a los rojos y a los maricones” como parte de su “amor a España”) o amenazar gravemente la propia vida de una diputada ceutí creyendo que era una responsable de una organización que planeaba traer ayuda a los inmigrantes que pueblan las calles y playas de la ciudad (porque lo que hay que hacer es “cazarlos y que no reciban ni agua y se vayan por donde han venido… o se atengan a las consecuencias”)… En un país donde los pequeños robos de gentes condenadas a la condición de lumpen suponen la entrada en una espiral de encarcelamientos sucesivos. mientras los grandes delincuentes financieros campan a sus anchas y los “defensores del orden” proclives a la desmesura represiva (aún cuando sean condenados en firme por algún tribunal despistado) encontrarán siempre la comprensiva complicidad del indulto por parte de una casta política a cuyos intereses particulares (y “transferidos”) sirven como eficaces esbirros… En un país, un continente, un mundo así, ¿qué esperanza cabe?.

Todas las industrias culturales (desde la prensa hasta el cine de masas), diestramente controladas por el poder económico transnacional (tras una pátina de apariencia díscola) se ocupan afanosamente de generar un imaginario colectivo que derive en comportamientos de sumisión aprendida y criminalización social de la rebeldía... Pero, claro, el oprobio es tanto, la voluntad de rapiña final con la que los poderosos tratan de convertir en negocio los últimos reductos de lo común es tan descarnada (dejando a crecientes masas de población en la más inhóspita de las intemperies), que la opresión simbólica no basta.

Y vuelven las porras y las togas actuando contra el pueblo al que dicen defender...
Ese entramado normativo-represivo que va configurando su idea de libertad (la de los eternos amos) como pérdida de toda esperanza (para esos súbditos que, precarizados, ya ni podemos practicar siquiera el “libre consumo” en los mercados). Porque, a fin de cuentas, aquí y ahora, la esperanza de vida nos es más ya que la duración media de nuestro naufragio… Personal y colectivo.

DdA, XXII/6472