domingo, 11 de enero de 2026

LA TERRORISTA DE VANCE, RENEE GOOD, POETA, MADRE Y CIUDADANA SOLIDARIA


Lazarillo

La congresista Alexandria Ocasio-Cortez destroza la enfermiza y retorcida respuesta de J.D. Vance al asesinato de Renee Good con una simple declaración. Ayer quiso éste "justificar" el asesinato a sangre fría de una madre y poeta estadounidense por un agente federal. Lo hizo de modo vomitivo, difamando a Renee Good como una terrorista integrante de una supuesta red izquierdista que merecía morir por negarse a obedecer a un matón enmascarado con un arma. Muchos hemos tenido oportunidad de escuchar a Renee hablando en español y mostrando su solidaridad, afecto y cariño hacia los inmigrantes perseguidos y deportados. Mucha inmundicia moral ha de haber en quien ataca así a la víctima de un asesinato y ya no puede responder a sus difamaciones. Por suerte, hay una congresista que sí lo ha hecho: "Entiendo que el vicepresidente Vance cree que disparar tres veces en la cara a una joven madre de tres hijos es una América aceptable en la que él quiere vivir, pero yo no. Esa es una diferencia fundamental entre el vicepresidente Vance y yo. Yo no creo que el pueblo estadounidense deba ser asesinado en la calle". Puede que, como ha escrito alguien, en la elección entre demócratas y republicanos el próximo mes de noviembre esté la elección entre civilización y barbarie no sólo en Estados Unidos, sino también en el ámbito occidental de influencia mundial de ese país.

El poeta Danez Smith también vive en Minneapolis y escribió una elegía para Renee Nicole Good. La traducción es de Alejo Morales.

Renee, como seguramente hiciste​​ tantas veces, pienso en los niños. Pienso en tu hijo, ahora huérfano de padres. No sé cómo murió su padre, si por causas médicas o accidentales, pero sé que la muerte de su madre fue intencional. Veo el video y veo cómo los motivos de una masculinidad envenenada animan a los​​ agentes​​ a actuar. Veo el video de los agentes de ICE derribando y gaseando a los estudiantes en la preparatoria Roosevelt poco después de tu asesinato, y una vez más la mano del mal alcanzando a nuestros hijos. James Baldwin, nuestro compañero poeta, nos dijo que todos los niños son nuestros hijos. Nuestros hijos fueron golpeados y gaseados a manos de una fraternidad del abuso​​ financiada por el​​ Estado. Nuestros hijos, gaseados y magullados por una agencia bipartidista, actualmente dirigida por el partido que dice estar decidido a proteger a nuestros hijos, a menos que las manos que los pongan en peligro sean​​ las suyas. Nuestros hijos, gaseados y atacados por el partido que envía pensamientos y oraciones mientras una y otra y otra vez las balas resuenan como campanas, despidiendo a nuestros hijos de sus vidas. Vecina, el distrito escolar ha cancelado las clases por el resto de la semana para proteger a nuestros hijos del gobierno. Vecina, tu hijo ahora es uno de esos niños sin madre, uno de esos niños sin padre que crecen en un país que mató​​ a su madre y luego lo justifica hasta borrarla. Tus hijos, sin madre, y el presidente dice: "Bien".

DdA, XXII/6224

"YO LE DIJE A CHÁVEZ QUE HABÍA CORRUPTOS EN SU PROCESO REVOLUCIONARIO"

El profesor Torres López asistió en directo al proceso revolucionario vivido en Venezuela bajo la presidencia de Hugo Chávez. Sabe, por lo tanto, que con la revolución bolivariana los “nadies” recibieron servicios y ayudas del Estado por primera vez en su vida.  Lo que acaba de suceder en Venezuela es un crimen más de Estados Unidos y tengo muy claro que el sufrimiento de su pueblo es, ante todo, consecuencia de una agresión continuada de los gobiernos de la Casa Blanca: un crimen político, económico y social que debe ser condenado sin reservas, gobierne quien gobierne en Caracas. Pero las izquierdas no pueden defender con credibilidad la emancipación de los pueblos si relativizan la democracia, los derechos humanos, la justicia, la no violencia o la paz. Cuando se asumen como valores de quita y pon -escribe Juan Torres- es imposible impulsar y sostener procesos transformadores: se vacían por dentro y se dejan sin futuro.


Juan Torres López

Cuando quedaban unos meses para acabar el curso académico 2001-2002, un colega me dijo que dos profesores de la Universidad de Valencia estaban buscando a un economista académico para incorporarse, durante el periodo estival, a un equipo de consultoría internacional que deseaba crear el presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

Yo acababa de pasar por un periodo de sufrimiento personal, por razones que no vienen al caso, y vi allí la oportunidad de poner distancia. Además, me atraía esa actividad, así como conocer con mayor profundidad un país del que había leído bastante, pues allí se encontraba desde hacía años una familiar a la que siempre he querido y admirado mucho. Acepté la oferta y me fui en cuanto acabé la actividad del curso académico (por cierto, sólo a cambio de una muy reducida dieta para gastos del día a día, y no haciéndome rico, como puede comprobar fácilmente quien indague un poco sobre mi vida).

Ahora que me acabo de jubilar es posible que escriba una especie de memorias de los dos periodos en los que estuve allí, cargados de anécdotas, información y conocimientos que quizá sirvan –además de para pasar un buen rato– para dar un poco de luz sobre lo ocurrido durante el último cuarto de siglo en aquel país. En este artículo, sin embargo, me limitaré a exponer en voz alta una reflexión rápida sobre algo que en estos últimos días me dicen que no es la hora de expresar en público (una advertencia de silencio más de las que, curiosamente, siempre tienen en mí el efecto contrario al perseguido por quienes me las hacen).

Cuando en 2002 comentaba a mis amigas y amigos de izquierdas que me iría unas semanas de consultor a Venezuela para trabajar en el entorno del presidente Chávez recibía siempre la misma respuesta. Fueran del PSOE, de IU, del PCE o de otras organizaciones políticas o sindicales me decían que cómo hacía eso, que estaba loco, pues –según me aseguraban– Chávez era un militar golpista, de derechas e impresentable. Una opinión que mantenían incluso quienes tenían amplia experiencia como dirigentes y que duró mucho tiempo.

Tanto fue así, que una de las tareas que nos encomendamos quienes estábamos en aquel equipo fue la de difundir del modo más realista posible lo que estaba sucediendo en Venezuela, la naturaleza del proceso constituyente, las primeras medidas económicas, lo que había ocurrido con el golpe petrolero y, en fin, las expectativas de transformación social que se estaban abriendo.

No fue fácil porque el prejuicio en los ambientes de izquierdas hacia la revolución bolivariana era muy fuerte, y no sólo en sus primeros tiempos. Sirva de ejemplo lo siguiente. Bastante más tarde, y sabiendo quienes organizaban una de las jornadas de Economía Crítica que se celebraron por entonces en España que yo había estado en aquel país, me invitaron a realizar una ponencia sobre la experiencia venezolana. Para explicar el apoyo social tan grande que tenía el chavismo de entonces, expliqué –entre otras cosas– lo que había supuesto la llamada Misión Identidad. Gracias a ella, en el momento en que lo expuse ya se había concedido la cédula (nuestro documento nacional de identidad) a cerca de diez millones de personas. Cuando acabé mi exposición tomó la palabra una académica de izquierda muy conocida y respetada para decir que eso había que entenderlo como puro electoralismo. Argumentó que Chávez lo habría hecho con el exclusivo propósito de conseguir el voto de esa gente.

Alguien con una amplísima formación, con un compromiso político ejemplar durante décadas y referente de la izquierda y de la economía crítica en toda España no se percataba de que lo que estaba llevándose a cabo en Venezuela era una auténtica revolución. No entendía que, con ese acto concreto de conceder la cédula, se convertía en ciudadanos y ciudadanas a quienes antes no eran, sencillamente hablando, sino “nadies”, personas que, para el Estado y la administración, no existían porque ni siquiera podían identificarse. Si a eso se añadía que comenzaban a recibir derechos, servicios y ayudas sociales, muy modestos pero por primera vez en su vida, se podía entender claramente por qué y cómo se estaba forjando una base social de militancia y apoyo electoral que iba a ser inquebrantable por muchos años.

Las cosas, la mayoría de las veces, son mucho más elementales de lo que parecen a simple vista. Al acabar una charla en Petare a la que me invitó un sacerdote belga que llevaba allí muchos años, se me acercó un señor muy mayor y me dijo, mientras me enseñaba su dentadura reluciente: “¿Sabe usted por qué voy a votar siempre al comandante Chávez y por qué daría mi vida por él?”. Enseguida, él mismo me respondió: “Porque ahora me puedo reír”.

Mi colega seguramente también seguiría creyendo que arreglarle la boca y operar de cataratas a decenas de miles de personas, o poner centros de salud con médicos cubanos, muy modestos y elementales, pero capaces de atender a quienes hasta entonces no había recibido el más mínimo servicio médico, eran igualmente medidas de electoralismo chavista.

Salvando algunos casos excepcionales, las izquierdas españolas tardaron en entender lo que estaba ocurriendo en Venezuela y le prestaron su apoyo con retraso. Con el paso del tiempo, las cosas cambiaron y comenzaron a manifestarse apoyos, incluso por parte del PSOE de Rodríguez Zapatero, aunque casi siempre careciendo del necesario sentido crítico. Sobre todo, con uno de los aspectos que más gravemente minó la pureza inicial del proceso revolucionario, la corrupción.

Al poco tiempo de llegar a Venezuela en el verano de 2002, como he dicho, el presidente Chávez me expresó claramente lo que quería de mí: “Quiero que me des tu opinión, cuando te la pida, con plena independencia y sin dejarte llevar por lo que oigas en mi entorno, o en mi país”. Cumpliendo con esa demanda, al poco tiempo me encontré en la primera de las situaciones en la que me consta que se sintió incómodo conmigo (aunque debo decir enseguida que eso no impidió que a partir de ahí me siguiera pidiendo opinión y que lo hiciera siempre con total cordialidad e incluso afecto). Me solicitó una noche mi opinión sobre la situación del país y le dije que había algo que me preocupaba especialmente. “¿Qué es?”, me dijo, y le contesté que me refería a la corrupción. Enseguida me empezó a poner al tanto de detenciones de opositores corruptos que se habían producido en las últimas semanas. Yo lo sabía y no tuve más remedio que contestarle con el argumento que uno de mis compañeros de equipo utilizaba siempre que hablábamos de ese cáncer que se extendía también entre las propias filas del chavismo: “Presidente –me atreví a decirle–, mientras usted anuncie cinco detenciones, como acaba de pasar, y ninguna de ellas sea de alguno de los muchos corruptos que hay en el Proceso (así se hablaba por entonces de la revolución), sus medidas ni serán creíbles, ni eficaces. Detenga a tres corruptos de la oposición y a dos de los de ustedes, como poco, y la gente comenzará a creer que de verdad se quiere acabar con la corrupción”. Me miró serio, calló y cambió de tema.

Es verdad que la corrupción había sido siempre un mal endémico de Venezuela, pero la revolución bolivariana no sólo no le puso coto efectivo desde el inicio, sino que ella misma se vio envuelta muy pronto en multitud de casos que provocaban frustración, desaliento y creciente desafecto hacia sus dirigentes. Además, lógicamente, de problemas económicos, pues paralizaban la producción y distribución de bienes y servicios, haciendo perder millones de bolívares y dólares al Estado. Es decir, al pueblo.

Cuando explicaba todo esto a la gente de izquierdas que ya se habían convertido al chavismo, lo que volvía a recibir era la incomprensión, el recelo y la crítica que tuve cuando les decía sin éxito, al inicio, que había que apoyar lo que se estaba gestando.

Con el paso del tiempo, los procesos se agudizaron y la revolución degeneraba sin parar. Principalmente, eso no puede olvidarse y hay que reconocerlo, por las dificultades extraordinarias que producían la presión y el ataque exterior, pero también por la traición a sus ideales originarios y a la corrupción, cada día en mayor medida, de una gran parte de su clase dirigente.

Aunque se mantenía la retórica revolucionaria y se intentaba garantizar derechos y proporcionar ayudas, la situación económica, política y social se fue deteriorando a pasos agigantados. Comenzó a extenderse la represión en la misma proporción en la que se perdía apoyo popular, se limitaban libertades y negaban derechos, se corrompían las elecciones y Nicolás Maduro terminó convertido en un pésimo y autoritario gobernante, encabezando un régimen que, desde un punto de vista progresista, apenas tenía por dónde salvarse, si se dejaba aparte su retórica antiimperialista. Es sintomático, por ejemplo, que el Partido Comunista de Venezuela terminara estando contra el Gobierno de Maduro, denunciara la “persecución y criminalización del movimiento obrero” y que, “ante la situación de hostigamiento por parte de Estados Unidos, lejos de que la élite gubernamental busque una salida democrática (…) lo que hace es continuar avanzando en sus despropósitos autoritarios, antidemocráticos”.

Las izquierdas españolas, sin embargo, volvían a no percatarse de la realidad y a estar mal sincronizadas con lo que iba pasando en Venezuela. Llegaron tarde a la hora de apoyarla, y tarde se van a dar cuenta de que han seguido apoyando lo que no ha merecido ser apoyado.

No hablo, por supuesto, de los miles de venezolanas y venezolanos que han seguido fieles a los ideales que impulsaron la revolución y a quienes se debe lo bueno que ha quedado. Todos ellos, como el conjunto del pueblo venezolano, merecen reconocimiento y apoyo. Me refiero a la mayor parte de la clase dirigente encabezada por Nicolás Maduro que es corresponsable, junto a los grandes grupos de poder oligárquico de Estados Unidos, del empobrecimiento de su pueblo y de la enorme tragedia que es muy posible que esté por venir.

He escrito en estos días lo que pienso sobre lo que acaba de suceder en Venezuela (Un crimen más de Estados Unidos) y tengo muy claro que el sufrimiento de su pueblo es, ante todo, consecuencia de una agresión continuada de Estados Unidos: un crimen político, económico y social que debe ser condenado sin reservas, gobierne quien gobierne en Caracas.

Pero precisamente porque esa agresión existe y es tan brutal, no se le puede responder renunciando a principios que siempre han de ser ingredientes fundamentales de la transformación social progresista. Las izquierdas no pueden defender con credibilidad la emancipación de los pueblos si relativizan la democracia, los derechos humanos, la justicia, la no violencia o la paz. Cuando se asumen como valores de quita y pon es imposible impulsar y sostener procesos transformadores: se vacían por dentro y se dejan sin futuro.

Esos valores no pueden ser meros adornos morales que se utilizan cuando conviene. Su defensa y puesta en práctica es una condición que inexcusablemente ha de darse para que la transformación social no derive en autoritarismo, corrupción o en una simple sustitución de las élites. Si sólo se exigen cuando los pisan “los otros” y se excusan cuando los vulneran “los nuestros”, no sólo se pierde autoridad moral: se renuncia así, en la práctica, a la posibilidad de construir formas de vida alternativas justas y liberadoras que sean creíbles y permanentes para los pueblos.

Sé perfectamente que no es fácil hacer efectivos esos principios cuando se tiene enfrente a un enemigo que no los respeta, ni consiente que se ejerzan en beneficio de toda la sociedad, pero es imprescindible hacerlo. Nadie dijo que cambiar un mundo dominado por una oligarquía tan inhumana y poderosa como la de hoy día fuese una tarea simple y sencilla.

CTXT 

ANTONIO MONTERRUBIO: UNA SOCIEDAD AMNÉSICA SE ABOCA AL DECLIVE INTELECTUAL Y ÉTICO

 

presentación del ensayo "El serano", de Antonio Monterrubio 

Félix Población

Fue muy satisfactorio para mí presentar en la Biblioteca Pública de Zamora, el pasado viernes, el nuevo libro de ensayos del escritor sanabrés Antonio Monterrubio. El libro ha sido publicado por Castilla Ediciones y es un alegato en pro del lenguaje como instrumento de creación y acción, y en contra del lenguaje como arma de destrucción masiva a través de la difusión de infundios, patrañas o informaciones tergiversadas o manipuladas, bien sea por determinados medios de información y digitales varios o por las redes sociales. En la obra, titulada El serano, en homenaje a las reuniones comunitarias vespertinas que se tenían en los pueblos de determinadas zonas del noroeste español, se vindica lo humano en unos tiempos de creciente deshumanización, así como el valor de la memoria como herramienta imprescindible para la reflexión. Una sociedad amnésica, escribe Monterrubio, está condenada al declive intelectual y a la decadencia ética. La condena de la necesidad de memoria forma parte de una estrategia encaminada a borrar la diferencia entre bien y mal, moral e inmoral, lo justo y lo injusto, hasta invertir incluso sus significados. La razón por la que ciertos partidos políticos vienen patrocinando la desmemoria histórica es la culpabilidad. También se podría considerar que una democracia que no cultive una memoria democrática, como una democracia en la que no se eduque a la ciudadanía, son carencias que afectan a la propia estabilidad de la democracia. El autor ofreció en su pormenorizada y ágil disertación un interesante resumen de las claves de su libro, seguido con atención por el público asistente. Quedamos a la espera de más ensayos de este escritor zamorano que antes de ponerse a la tarea, llegado a la frontera la jubilación, acumuló mucha vida y saber de lecturas, razones, vivencias y sentires, siempre a la luz del espíritu de la Ilustración. Los suficientes como para notársele en el celo, efusión y diligencia que pone Antonio en compartir ese bagaje a la hora de exponerlo en público en una sala y, también, a lo largo y hondo no sólo de los cuatro libros publicados en los últimos cuatro años sino de los artículos que suele firmar con regularidad en El Cuaderno, Nueva Tribuna, El viejo topo, Nueva Revolución y también en este DdA. "Por doquier impera la simulación y, para mantener hinchada la burbuja -piensa el autor de El serano-, se echa mano de la más letal de las armas de destrucción intelectual: la simplificación". Utilizando una expresión de mi estimado Antonio Monterrubio, se podría decir que nuestra época se prodiga en el insistencialismo de la simplificación.* 

*Vaya desde aquí el agradecimiento del autor y el mío a quienes mostraron su interés por el libro acudiendo al acto.

DdA, XXII/6224

viernes, 9 de enero de 2026

LA MIRADA DE UN NIÑO DE GAZA

 


Lazarillo

Esos ojos tienen sólo cinco años,
pero han vivido la barbarie y no pueden decirnos
nada más que su rastro de sangre,
la sangre de un hermano asesinado y una madre lisiada
por el odio de los invasores de su tierra de olivos.

Adam Abu Halib necesita tratamiento para sus ojos
y también para su alma mutilada,
sólo así se evitará que a esos ojos y a ese alma
los nuble la tiniebla.
Puede que nos asuste la expresión de esos ojos,
pero es la que le queda a un niño de sólo cinco años
después de haber visto y sentido tanto horror.

Alguien debe curar de inmediato
las heridas físicas de esos ojos,
porque sobre la honda y hosca herida
que expresa esa mirada,
habría que desplegar tanta justicia y humanidad
que quizá no fueran las suficientes nunca
para reparar en lo posible todo lo que nos grita a la cara.

Y TODAVÍA LOS MEDIOS TITULAN ASÍ



DdA, XXI/6223

EL DISCURSO DEL PODER, LAS PALABRAS Y EL SILENCIO

El reciente bombardeo de Estados Unidos contra distintos objetivos en Venezuela ha vuelto a poner en evidencia una verdad incómoda pero persistente: el poder no se ejerce únicamente mediante la fuerza material, sino, y sobre todo, a través de un entramado discursivo que organiza la percepción de los hechos, jerarquiza significados y delimita lo decible y lo no decible. El lenguaje no acompaña pasivamente la acción política y militar; la precede, la legitima y, en muchos casos, la absuelve. Muy interesante el artículo de este doctor en Filosofía del Lenguaje por la Universidad Complutense. El bombardeo sobre Venezuela y el secuestro de su presidente, según García Molina, revelan una de las estrategias centrales del discurso del poder: la construcción de realidades virtuales mediante el relato y el ocultamiento de las realidades fácticas mediante el silencio.


Dr. Bartolo García Molina
De entrada, quiero dejar clara mi posición ideológica, no como gesto provocador sino como acto de honestidad discursiva: soy “izquierdoso”, “zurdo”, “woke”, o como prefieren denominarnos ciertos sectores de la ultraderecha. Al mismo tiempo, considero imprescindible precisar que no respaldo dictadura alguna, ni de derecha ni de izquierda. No soy militante de ningún partido, aunque trato de practicar la moral comunista. Las descalificaciones personales pueden ahorrárselas: no las tomaré en cuenta. Las objeciones sustentadas en argumentos, razonamientos y evidencias, en cambio, serán siempre bienvenidas. Mi posicionamiento enunciativo busca transparentar el lugar desde el cual escribo, algo que el propio discurso hegemónico suele ocultar bajo el ropaje de la supuesta neutralidad.
Empecemos. El reciente bombardeo de Estados Unidos contra distintos objetivos en Venezuela ha vuelto a poner en evidencia una verdad incómoda pero persistente: el poder no se ejerce únicamente mediante la fuerza material, sino, y sobre todo, a través de un entramado discursivo que organiza la percepción de los hechos, jerarquiza significados y delimita lo decible y lo no decible. El lenguaje no acompaña pasivamente la acción política y militar; la precede, la legitima y, en muchos casos, la absuelve.
En los reportes informativos sobre esta agresión, se repiten con notable insistencia ciertos sustantivos que no son elegidos al azar. Me detengo en tres de ellos, presentados aquí en orden alfabético: ataque, captura y dictadura. Cada uno de estos términos activa un paradigma semántico específico y, al mismo tiempo, silencia otros significados posibles que resultarían políticamente incómodos.

Desde la lingüística estructural, Ferdinand de Saussure y Celso J, Benavides y Carlisle González nos enseñaron que las palabras se organizan en la mente en paradigmas: conjuntos de signos asociados por afinidades semánticas, morfológicas o funcionales. Al producir un discurso, el hablante selecciona un término y excluye los demás. Esta selección nunca es inocente, pues cada elección implica una toma de posición ideológica o de cortesía. En el discurso periodístico —que se proclama objetivo y aséptico— esta operación resulta especialmente significativa. Veamos el uso de los tres sustantivos referidos.
ATAQUE
Cuando los medios optan por el sustantivo ataque para referirse al lanzamiento de misiles contra objetivos en territorio venezolano, dejan fuera otros términos igualmente disponibles en el paradigma: agresión, asalto, bombardeo, ofensiva, agravio, etc. No se trata de simples sinónimos intercambiables: cada uno conlleva una carga semántica y jurídica distinta. Ataque puede sugerir una acción puntual, casi defensiva, mientras que agresión remite de inmediato a la violación del derecho internacional y al uso ilegítimo de la fuerza. Al elegir ataque, el discurso informativo atenúa la gravedad del hecho y desactiva su potencial condena moral y legal. Lo que se silencia no es solo una palabra, sino un marco interpretativo completo.
CAPTURA
Algo similar ocurre con el uso reiterado del término captura. En su mismo paradigma se encuentran secuestro, toma, apresamiento, detención, arresto. Sin embargo, captura evoca una acción casi técnica, propia del lenguaje policial o cinematográfico, desprovista de violencia ilegítima. Secuestro, en cambio, introduce la idea de abuso, ilegalidad y vulneración de derechos. Al insistir en que se trató de una captura, el discurso mediático neutraliza de antemano cualquier lectura que asocie la acción con un asalto o una violación flagrante de la soberanía. No hay aquí ingenuidad ni descuido terminológico: hay una estrategia discursiva deliberada.
DICTADURA
El tercer término, dictadura, resulta especialmente revelador. En su paradigma figuran palabras como gobierno, régimen, sistema, administración, presidencia. Es posible —e incluso probable— que el gobierno de Nicolás Maduro reúna características propias de una dictadura. No es ese el punto que discuto. Lo que interroga un analista del discurso es la asimetría: ¿por qué a ciertos gobiernos se les adjudica con entusiasmo y desparpajo la etiqueta de dictadura, mientras que a otros —igualmente autoritarios— se los nombra con eufemismos cuidadosamente administrados? Resulta llamativo, por ejemplo, que a figuras como Abu Mohamad al Golani, presidente actual de Siria y principal comandante del Estado Islámico, nunca se las designe bajo esa categoría, pese a prácticas que podrían justificarla. La cuestión no es quién merece el rótulo, sino quién tiene el poder de imponerlo discursivamente y con qué fines.
Estos tres casos bastan para mostrar que una prensa que se proclama objetiva y que abusa, cuando le conviene, de expresiones como “presuntamente”, aquí ni siquiera guarda las apariencias. A esta selección léxica sesgada se suma un elemento aún más elocuente: el silencio. Silencio sobre el número de víctimas mortales y heridos, sobre las propiedades destruidas, sobre la violación del derecho internacional, sobre la doble moral que permite condenar unas acciones mientras se justifican otras idénticas. El silencio no es ausencia de discurso: es una forma poderosa de decir sin decir; y de callar lo que no conviene decir.
Las acciones de Estados Unidos en Venezuela revelan, así, una de las estrategias centrales del discurso del poder: la construcción de realidades virtuales mediante el relato y el ocultamiento de las realidades fácticas mediante el silencio. Nombrar es ejercer poder; callar, también. Entre palabras cuidadosamente elegidas y omisiones estratégicas, el discurso dominante no solo informa: produce sentido, legitima la violencia y administra la indignación pública.

DdA, XXII/6223

DE LA BANALIDAD DEL MAL A SU CELEBRACIÓN

 Son muchos, ciudadanos conocidos y anónimos, quienes andan estos días reubicándose en el mapa político que propone Donald Trump, escribe el columnista de CTXT en su último artículo. Ese en el que, entre un niño asesinado y un tanque israelí que dispara, uno empatiza con el tanque. Ayer justificaban que el terrible régimen de terror chavista siga en el poder porque al jefe Trump le conviene. Hoy justifican que un matón del ICE hiciera su trabajo asesinando a sangre fría a una rubia ciudadana norteamericana que protestaba desde su coche por la persecución contra sus vecinos de piel oscura. Hace meses dejaron de ver como enemigo a Putin al descubrir que era amigo de Trump y comenzaron a insultar al héroe Zelenski.



Gerardo Tecé

Con Trump te indignas por sus barbaridades, pero aprendes una barbaridad. Era la tarde del 3 de enero cuando el señor naranja nos dio a todos una lección magistral para comenzar el año y, quién sabe, la nueva era. Ya conocen los detalles. Horas antes, el presidente de EEUU había ordenado, como el que ordena unas pizzas, secuestrar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Una forma de libertad como otra cualquiera y ahora tocaba dar una rueda de prensa para regodearse ante los medios internacionales explicando que sheriff no hay más que uno y que tiene pelazo rubio. La derecha planetaria, especialmente la española –esa que le pone velas al franquismo mientras sufre por la falta de calidad democrática en un país muy concreto del planeta, y muy lleno de petróleo, llamado Venezuela– daba brincos de alegría. No era para menos, porque en el esquema mental de los Feijóo, Abascal o Ayuso, Trump era el primo de Zumosol que sabría lo que hay que hacer para defender los intereses de la gran familia derechista cuyos primos viven entre Caracas y Salamanca –barrio. Una familia que estaba a punto de quedarse con el culo al aire, y no los culpo. Nadie imaginábamos que Trump fuese a degollar políticamente en vivo y en directo a Corina Machado, la Ayuso del otro lado del charco, para apostar por la continuidad de un chavismo que ya sabe cómo se perfora un pozo petrolífero y se llena un barril.

De Trump aprendemos cada día y quizá el mayor de los aprendizajes haya sido este último. El que nos dice que el ultraderechismo es consecuencia del hijoputismo y no al revés. Es decir, que primero uno es mala persona, mentiroso, racista, machista y sin escrúpulos, y luego la gente tiende a pensar que uno se debe a la ultraderecha cuando no tiene por qué ser así. Trump odia a la golpista Corina Machado porque le dieron el Nobel de la Paz, pero adora al líder supremo de la comunista Corea del Norte porque le divierte que, cuando un ministro le decepciona, suelte una jauría de perros hambrientos. Puede que estemos ante categorías antiguas cuando hablamos de derecha e izquierda planetaria. Nos lo demuestra Trump apoyando a Delcy Rodríguez y cabreando al ultraderechista Aznar, que pidió un golpe de Estado hecho a su medida y le han mandado una batamanta para que se siente en el sofá y llore: no hay negocio para ti, Jose Mari, ándale, ándale. En realidad, las categorías de la era Trump son hoy diferentes. Por un lado están quienes no aceptan que la ley del más fuerte gobierne el mundo; por otro, las malas personas con poder dispuestas a intentar que así sea; y en último lugar, una legión de lamebotas, que es la categoría más preocupante, más patética y también más divertida.

En una entrevista a Corina Machado, la venezolana se ofrecía a regalarle su Premio Nobel al amo, a ver si así se le pasaba el enfado y la dejaba ser presidenta como ella había soñado. En un vídeo simpatiquísimo, el simpatiquísimo torero Francisco Rivera Ordóñez mostraba su agradecimiento a Donald Trump por haber secuestrado a un presidente y a un país entero robándole su petróleo y le pedía que se animase también con España. Patriotas se llaman. En un tuit, el prestigioso intelectual Marcos de Quinto echaba cuentas de cómo Trump podría ofrecerle un millón de euros a cada ciudadano de Groenlandia para así sobornar a toda una población y satisfacer las ansias imperialistas de Estados Unidos, pero también suyas porque la patria de un chupabotas siempre es, ante todo, el interés del poder. Son muchos, ciudadanos conocidos y anónimos, quienes andan estos días reubicándose en el mapa político que propone Donald Trump. Ese en el que, entre un niño asesinado y un tanque israelí que dispara, uno empatiza con el tanque. Ayer justificaban que el terrible régimen de terror chavista siga en el poder porque al jefe Trump le conviene. Hoy justifican que un matón del ICE hiciera su trabajo asesinando a sangre fría a una rubia ciudadana norteamericana que protestaba desde su coche por la persecución contra sus vecinos de piel oscura. Hace meses dejaron de ver como enemigo a Putin al descubrir que era amigo de Trump y comenzaron a insultar al héroe Zelenski. En un derroche de coherencia, un votante de Trump casado con una peruana detenida en Estados Unidos es noticia hoy porque el tipo defiende a su presidente. Vienen tiempos de horror, sin duda, pero también de echarse unas risas. Hannah Arendt escribió hace 60 años sobre la banalidad del mal sin imaginarse que hoy le tocaría escribir sobre la celebración del mal, incluso a costa de uno mismo.

CTXT DdA, XXII/6223

¿ESTAMOS EMPEZANDO A PAGAR EL DECLIVE DE ESTADOS UNIDOS?

 EL SECUESTRO DE MADURO, UN EPISODIO FRAGMENTADO DE LA TERCERA GUERRA MUNDIAL

No hay que esforzarse demasiado para entender los motivos que han empujado a un Trump histriónico al robo descarado con uso de la fuerza. La crisis de la hegemonía estadounidense, con Rusia y sobre todo China al fondo, lo explica suficientemente.

Doménico Moro

El acto de guerra estadounidense contra Venezuela, que resultó en el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro y su esposa, es de naturaleza imperialista y representa un episodio de lo que el papa Francisco llamó «una tercera guerra mundial librada a pedazos». El secuestro y el bombardeo aéreo que lo acompañó, que causaron decenas de muertes entre civiles y militares venezolanos, son ilegales y, al violar la soberanía de Venezuela, violan el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas (Artículo 2).

Trump justificó la acción militar alegando que Maduro era el jefe de un cártel de la droga y un narcoterrorista. Así, valiéndose de una ley estadounidense aprobada tras el ataque a las Torres Gemelas, logró eludir la autorización del Congreso estadounidense. Sin embargo, lo cierto es que la ONU ha declarado que Venezuela no produce ni vende drogas, que no operan cárteles de la droga en el país y que el tráfico de drogas hacia Estados Unidos utiliza la ruta del Pacífico, no el Caribe, donde se encuentra Venezuela. Trump fue acompañado por Giorgia Meloni y su gobierno, quienes calificaron la acción militar de «legítima», demostrando una vez más su supina alianza con Estados Unidos. Evidentemente, para Meloni, en este caso no hay «agresor y atacado», a diferencia de Ucrania.

Las causas reales de la agresión contra Venezuela son otras.

En primer lugar, está el deseo de Estados Unidos de controlar el petróleo venezolano, como lo ha declarado el propio Trump, al afirmar absurdamente que el gobierno venezolano le «robó» activos petroleros estadounidenses, a pesar de que la materia prima fue nacionalizada en 1976. Venezuela es, desde este punto de vista, el país más importante del mundo, pues posee las mayores reservas probadas de petróleo, 303 mil millones de barriles, significativamente superiores incluso a las del segundo país más grande, Arabia Saudita, con 267 mil millones de barriles [i] . Sin embargo, dado que el interés del imperialismo no reside tanto en explotar las materias primas para sí mismo, sino en impedir su explotación por parte de sus competidores, para Estados Unidos era inaceptable que China pudiera ejercer el control sobre este importante recurso. De hecho, el país oriental fue el segundo destino de las exportaciones venezolanas en 2024, con 2.700 millones de dólares, solo superado por India con 3.200 millones [ii] , además de haber otorgado miles de millones de dólares en préstamos a Venezuela.

El conflicto con China y Rusia, que mantenían acuerdos militares con Venezuela, es la principal causa del ataque, parte de una cadena de acontecimientos que ha caracterizado durante mucho tiempo la guerra indirecta entre Estados Unidos (y los europeos), por un lado, y Rusia y China, por el otro. En este sentido, cabe destacar que la administración Trump representa un salto cualitativo en comparación con otras administraciones. Uno de los pilares del documento de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (noviembre de 2025) es la reconquista del dominio en el hemisferio occidental, es decir, las Américas. El documento afirma que Trump pretende revivir la doctrina establecida por el presidente Monroe en 1823 para reclamar las Américas como un territorio libre de la influencia de otras potencias, que en aquel entonces eran europeas, concretamente Francia y España. Y lo que es más importante, afirma: «Impediremos que competidores fuera del hemisferio occidental posicionen fuerzas u otras fuentes de amenaza, o se apoderen o controlen activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio. Este corolario de Trump es una restauración sensata y contundente del poder y las prioridades estadounidenses, en consonancia con los intereses estadounidenses». [iii]

En realidad, la agresión contra Venezuela no comenzó hoy, y el ataque de Trump forma parte de un proceso que se remonta a 2014, cuando Estados Unidos y la Unión Europea impusieron sanciones cada vez más severas, que en esencia equivalieron a una guerra económica contra el país caribeño. Las sanciones han afectado gravemente al sector petrolero, obstaculizando la exportación de crudo y la importación de maquinaria y repuestos para la industria extractiva. El impacto ha sido severo en toda la economía venezolana, que, al igual que otras economías dependientes de Sudamérica, se basa en un «monocultivo», en este caso el petróleo, que representó el 72% de las exportaciones totales en 2024. Un indicador de la severidad de las sanciones es que en 2015 Venezuela, gracias a las exportaciones petroleras, tuvo un superávit comercial de casi 4.000 millones de dólares, mientras que en 2024 registró una deuda de 600 millones [iv] . Otro indicador es la producción, que en 2024 fue de 920.000 barriles de petróleo diarios, y las exportaciones, de tan solo 660.000 barriles. Estas cifras son extremadamente bajas, especialmente considerando que Venezuela posee las mayores reservas de petróleo del mundo y en comparación con las registradas por Arabia Saudita, el segundo mayor poseedor de reservas, que, también en 2024, produjo casi 9 millones de barriles diarios y exportó más de 6 millones, es decir, diez veces más. Incluso Libia, un país políticamente inestable durante años y dividido en dos bandos enfrentados, supera a Venezuela, con 1,14 millones de barriles diarios de producción y 1,08 millones de exportaciones [v] .

Por lo tanto, la agresión contra Venezuela y el secuestro de Maduro representan una clara advertencia para Rusia y, en especial, China, que, de hecho, han expresado su enérgica condena a Estados Unidos. Representan, además, un acto de guerra imperialista por parte de Estados Unidos, cuyo objetivo es mantener su esfera de influencia en lo que, según la Doctrina Monroe, ha considerado durante mucho tiempo su propio patio trasero, donde puede actuar a su antojo, incluso entrando y secuestrando a un presidente mientras se encuentra en su propia casa. La comprensión de la Doctrina Monroe por parte de Estados Unidos desde sus inicios queda demostrada por la guerra de conquista contra México en 1846, tras la cual Estados Unidos se anexionó los actuales estados de Texas, California, Arizona y Nuevo México. Los dos últimos siglos han estado marcados por innumerables intervenciones militares directas e indirectas, como el golpe de Estado de 1973 en Chile, durante el cual fue asesinado el presidente Allende, y su apoyo a la Contra contra el gobierno legítimo de Nicaragua en la década de 1980. Hoy, Trump, en cierto modo, recuerda al presidente Theodore Roosevelt, quien a finales del siglo XIX apoyó el imperialismo colonial estadounidense, que comenzó con la toma de algunas colonias españolas, incluyendo Filipinas. La acción contra Venezuela, además, sienta un precedente peligroso incluso para aquellos países en los que Trump ya ha expresado sus ambiciones, empezando por Groenlandia. Después de todo, como escribió Lenin en 1916: «El imperialismo es la era del capital financiero y los monopolios, que en todas partes desarrollan la tendencia hacia la dominación, no hacia la libertad». [vi]

El dominio inherente del imperialismo, especialmente del estadounidense (y europeo), queda confirmado por Trump, quien fue elegido con una plataforma que, entre otras cosas, exigía no librar guerras en el extranjero. Además, en su documento de estrategia, Trump declara que su principal objetivo es oponerse al declive de Estados Unidos y restaurar su dominio mundial. 

    LABORATORIO21/TOPOEXPRESS

¿PRISIÓN PARA RIVERA Y QUILES? ESO QUEDA PARA PABLO HASÉL


Félix Población

Habrá que seguir con atención la iniciativa emprendida por quien fuera senador de Compromís, Carlos Mulet, al denunciar ante la Fiscalía a Fran Rivera, que no sé si es o ha sido matador de toros, y a Vito Quiles, un pseudo-periodista pagado por la derecha extrema, por haber pedido ambos públicamente al presidente Donald Trump que intervenga militarmente en nuestro país y haga con Pedro Sánchez lo que hizo hace una semana en Venezuela, atacando a la nación, matando a un centenar de personas y secuestrando a su presidente y esposa*. Entiende Mulet que uno y otro pueden haber incurrido en una serie de delitos contemplados en el Código Penal, como traición (artículo 581); provocación, proposición o conspiración para traición (artículo 585); provocación a delitos contra el orden constitucional (artículos 544, 548 y concordantes); agravante de publicidad (artículo 22.3); detención ilegal/secuestro -como delito provocado- (163 a 168); provocación, proposición o conspiración para delinquir (17 y 18); delitos contra las instituciones del estado (493 y siguientes) y amenazas graves indirectas (artículo 169). Se trata, en efecto, de ocho delitos, ocho, que podrían comportar entre cinco y diez años de prisión. Debemos recordar que el rapero Pablo Hasél lleva casi cinco años en la cárcel de Ponent (Lleida) por cantar, después de haber sido condenado a seis porque el tribunal consideró que las letras de sus canciones enaltecían el terrorismo e injuriaban a la Corona en la persona del hoy rey emérito huido de España. No se qué pensará el discreto lector de este modesto DdA, pero yo no veo en la cárcel a esos dos tipejos, pese a merecerla y la buena voluntad puesta en ello del exsenador Mulet denunciándolos. Hay que agradecerle, no obstante, su fe en la justicia todavía.

*"Nos dicen que Venezuela no tiene un gobierno democrático pero no quieren que preguntemos si Venezuela tiene una oposición democrática", artículo de Jonathan Martínez en el diario Público.

DdA, XXII/6223

jueves, 8 de enero de 2026

¿SECUESTRÓ TAMBIÉN TRUMP LO QUE OCURRE EN VENEZUELA?

4 DE ENERO, CARACAS
Ministerio del Poder Popular

Lazarillo

Como bien saben los lectores de esta modesta bitácora, este Lazarillo es lector habitual de algunos de los más prestigiosos diarios de América Latina, a los que los diarios más importantes de este país nuestro no suelen prestar la menor atención porque sus intereses empresariales no coinciden con la línea editorial de periódicos como el mexicano La Jornada o el argentino Página/12. Pues bien, en el primero de estos diarios podemos leer cada día una breve sección que tiene el carácter de un editorial abreviado, si bien es tan abreviado a veces que como no se tenga un conocimiento del contexto de lo que leemos, no se puede interpretar del todo, máxime si se refiere a asuntos de política interna del país en donde el periódico se publica. Hoy, sin embargo, sí sabemos del contexto porque el tema es Venezuela y quien lo escribe tiene conocimiento de que determinadas informaciones, como las multitudinarias manifestaciones que se registran en Caracas y otras ciudades en repudio por el ataque armado sufrido por la nación y el secuestro de su presidente y esposa, no se difunden en la mayoría de los medios de información internacionales. O, como ha ocurrido en los telediarios de nuestra televisión pública, se ofrecen de forma manipulada, recortando la perspectiva multitudinaria de las marchas. Imágenes de Trump el invasor, sin embargo, abundan hasta la saciedad, así como las de venezolanos manifestándose a favor del secuestro y ataque armado a su país que causó un centenar de muertos. ¿También secuestró EU las cámaras de los principales noticiaros del mundoleemos en Rayuela, título de la sección. Porque cubren en todos los sentidos a Trump, pero no lo que pasa en el país invadido...".La portada de La Jornada sí refleja esas manifestaciones: La indignación recorre Caracas y otras capitales, leemos

DdA, XXII/6221

LOS AGENTES DE ICE MATAN PORQUE TRUMP SE CISCA EN LA MEMORIA DE SU MADRE

https://www.facebook.com/reel/923707203855396

Félix Población

En medio de la gran mayoría de informaciones indignas de crédito que se difunden a través de las redes sociales y que tenemos ocasión de observar cuando, como en estos días, tiene lugar un episodio histórico de la gravedad que tiene la acción armada de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro del presidente de aquella república, determinadas noticias de naturaleza comprobada cobran a través  de esos mismo medios de comunicación una materialidad y relevancia mayores que las que nos pueden ofrecer otros canales más convencionales como la prensa, la radio o la televisión. 

En esta ocasión, como en otras, son estos medios convencionales los que recurren a las redes sociales para informar. Se trata de la muerte a tiros de una ciudadana estadounidense por parte de un agente del servicio de inmigración y aduanada de ese país (ICE), caracterizado por la persecución, detención y deportación de migrantes en redadas que, como acaba de ocurrir con los migrantes procedentes de Venezuela, celebraban en las calles que el presidente que los va a expulsar secuestrara al presidente de su propio país.

El suceso ocurrió en el estado de Minnesota y la víctima se llama Renee Good, de 37 años, residente en Minneapolis, según leo en BBC. Vídeos difundidos en medios de comunicación y redes sociales muestran desde varios ángulos el vehículo en el que viajaba la mujer bloqueando parcialmente una calle en el momento en que se aproximan los agentes migratorios. 

Estos tratan de abrir la puerta de la conductora, que aparentemente trata de huir acelerando a la derecha. Uno de los agentes, que trataba de bloquear el paso del vehículo, responde con varios disparos hacia el asiento de la conductora, cuyo auto acaba fuera de control y empotrado contra otro que se encontraba estacionado.

Las imágenes son tan explícitas de la facilidad con la que los agentes recurren a las armas con intención de matar que dan idea de las órdenes de mando que reciben de sus superiores en lo referente a las políticas de deportación. Pero esta vez la víctima no ha sido una de las personas perseguidas, sino una ciudadana estadounidense, poeta según leo, cuyo gesto solidario quizá se debió al recuerdo de sus antepasados, cuando llegaron a aquel país en busca del porvenir que ahora pretenden otros.

Si esa conciencia histórica de lo que fueron los suyos en el pasado tuviera la suficiente fuerza entre la población de Estados Unidos, quizá lo que está ocurriendo no sucedería. Pero allí hasta su propio presidente se está cagando con su política en la memoria de juventud de su propia madre, Mary Anne MacLeod (1912-2000), una trabajadora doméstica escocesa, esposa del empresario Fred Trump, que emigró a Estados Unidos en 1930 y diez años más tarde fue ciudadana estadounidense*.

*El alcalde de Minneapolis Jacob Frey dijo después del asesinato de Renee Good lo que cada vez más gente piensa: "ICE, get the fuck out of Minneapolis!" (¡ICE, váyanse a la chingada de Minneapolis!). Ojalá otros alcaldes y gobernadores sigan su ejemplo.

¿CÓMO QUE EN DEFENSA PROPIA?

¿Se puede atropellar de lado?

DdA, XXII/6221