sábado, 15 de agosto de 2026

FIDEL Y GARCÍA MÁRQUEZ EN LA CASA NATAL DEL LÍDER REVOLUCIONARIO

Que Fidel Castro, el año en que cumplió setenta de edad, invitara al escritor  colombiano Gabriel García Márquez a que lo acompañara en la visita que hizo a su pueblo y casa natales, denota lo arraigada e intensa que fue la amistad entre el autor de Cien años de soledad y el líder histórico de la revolución cubana, del que este mes se ha cumplido el centenario de su nacimiento. Esa amistad se mantuvo durante décadas, así como el respeto del escritor por la revolución cubana. La primera vez que escuchó García Márquez hablar de Fidel fue a través del poeta Nicolás Guillén, en 1955. El escritor colombiano describió en vida la relación de amistad que mantenía con Castro, como una “amistad de intelectuales”, que se fue forjando en enero de 1959, cuando llegó a la isla como periodista, a cubrir la llegada al poder de los guerrilleros “barbudos” que comandaba Fidel: "La nuestra es una amistad intelectual, cuando estamos juntos hablamos de literatura", dijo Gabo en 1981 -un año antes de recibir el Premio Nobel- para explicar cómo eran sus encuentros. “Nuestra amistad fue fruto de una relación cultivada durante muchos años, en que el número de conversaciones, siempre para mí amenas, sumaron centenares”, relató Castro en 2008, cuando recibió a Gabo y su esposa Mercedes, dos años después de la crisis de salud que lo llevó a dejar de ser primer mandatario del país en 2006. Por su parte, Gabriel García Márquez dijo en 2009, en un artículo que publicó en Cuba Debate, que admiraba de Fidel "su devoción por la palabra, su poder de seducción. Va a buscar los problemas donde estén. Los ímpetus de la inspiración son propios de su estilo. Los libros reflejan muy bien la amplitud de sus gustos. Dejó de fumar para tener la autoridad moral para combatir el tabaquismo". El texto continuaba diciendo: "Le gusta preparar las recetas de cocina con una especie de fervor científico. Se mantiene en excelentes condiciones físicas con varias horas de gimnasia diaria y de natación frecuente. Paciencia invencible. Disciplina férrea. La fuerza de la imaginación lo arrastra a los imprevistos. Tan importante como aprender a trabajar es aprender a descansar". La periodista Alionuska Vilche recogió lo que escribió el periodista Cleanel Ricardo a propósito de la visita de Fidel Castro y García Márquez a la casa y pueblo natales del primero en 1996: "Fue, quizás, uno de los pocos amigos entrañables que el líder llevó hasta su casa natal, el lugar más íntimo de su memoria, para compartir no la grandeza de la Revolución, sino el pequeño y silencioso milagro de la infancia", escribe Vilche.

fidel gabo biran

El 13 de agosto de 1996 no era un día cualquiera. El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz cumplía 70 años y había elegido regresar a su tierra natal. Pero no viajó solo. A su lado, como un viejo cómplice de aventuras, lo acompañaba el escritor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura, junto a su esposa, Mercedes Barcha. Así lo registró la historia, y así lo narró el periodista holguinero Cleanel Ricardo, testigo presencial de aquella jornada inolvidable del 15 de agosto, en una crónica publicada en este periódico días más tarde. Durante horas, Fidel guió a sus invitados por cada rincón de la finca, el lugar que lo vio nacer y crecer junto a sus seis hermanos. "Les llevó horas caminar el lugar", escribió Cleanel Ricardo, "pero apenas pasó el tiempo, o sucedió que nadie pudo medirlo".

El recorrido fue minucioso. Fidel, vestido con su tradicional uniforme verde olivo, condujo a Gabo y a Mercedes por los pasillos, los corredores, el sótano y las habitaciones de la casona de madera de arquitectura rural española. Mostró la escuelita donde aprendió sus primeras lecciones y el punto exacto donde él y sus hermanos vieron la luz primera. El grupo se detuvo ante el panteón donde reposan los restos de sus padres, Ángel y Lina, y los abuelos. Fidel, con un gesto de profundo respeto, colocó un ramo de flores sobre la tumba.

Quienes vivieron la ocasión recuerdan una atmósfera de fraternidad y calidez. El cielo estaba despejado, el sol iluminaba cada rincón y, a lo lejos, los Pinares de Mayarí se perfilaban teñidos de un azul brumoso. "Era como tocar con las manos, la vista y el extra del cariño cada pulgada intacta, cada metro cuadrado de un espacio vital", anotó Cleanel.

El encuentro era el resultado de una amistad cultivada durante décadas. Fidel, en sus posteriores Reflexiones, lo dejó claro: "Nunca tuve el privilegio de conocer Aracataca, el pueblito donde nació Gabo, aunque sí el de celebrar con él mi 70 cumpleaños en Birán, adonde lo invité".

Aquel día, Gabo estaba allí como el amigo con quien había compartido en muchas ocasiones y sostenido incontables conversaciones, las cuales el Comandante definió como "una receta contra las fuertes tensiones". Para Fidel, García Márquez era "un hombre con bondad de niño y talento cósmico, un hombre de mañana, al que agradecemos haber vivido esa vida para contarla".

La fotografía de aquella jornada muestra al autor de Cien años de soledad vestido con un mono deportivo y zapatos blanquísimos, con una mirada atenta, casi de asombro, mientras Fidel, como un anfitrión orgulloso de sus raíces, desgranaba la historia de su vida ante los ojos del autor del realismo mágico. Fue, quizás, uno de los pocos amigos entrañables que el líder llevó hasta su casa natal, el lugar más íntimo de su memoria, para compartir no la grandeza de la Revolución, sino el pequeño y silencioso milagro de la infancia.

El recorrido quedó así grabado en la memoria de ambos. Para Fidel, fue un viaje a la semilla, para Gabo, una lección de humanidad, y para la historia, el testimonio de que la amistad más profunda no necesita grandes discursos, basta con una caminata por los pasillos del recuerdo.

DdA. XXII/6437

LOS BUITRES JÓVENES SE DESPLOMAN SOBRE UBRIQUE

 


Ana Cardo

Nuestro agradecimiento desde aquí al naturalista de Ubrique Antonio García y a la policía local de esta ciudad gaditana por su valiosa colaboración en recoger y facilitar la recuperación de los jóvenes buitres de la colonia de la Sierra de Ubrique, afectados por las altas temperaturas estivales. Se trata de un fenómeno que con el exceso de calor, la sed y el hambre ocasiona desorientación y exhaustación en estas aves, sin fuerzas suficientes para remontar el vuelo y regresar a sus lugares habituales de nidificación. Hasta la fecha, cuando aún faltan unas cuantas semanas para que se acabe estacionalmente un verano que podría ser el más dañado en desastres ambientales, han sido once los buitres atendidos, con unos últimos rescates en la urbanización La Calesas y en la carretera del pantano. El buitre que aparece en la foto en brazos de Antonio fue recuperado cuando se encontraba debajo de un vehículo, dando acaso por perdido el remonte de sus poderosas alas. Los buitres son atendidos en el Centro de Recuperación de Especies Amenazadas del Puerto de Santa María. Calor, sed y hambre podrían ser la causa de que los buitres jóvenes se desplomen sobre Ubrique, con la consiguiente preocupación entre la ciudadanía. La distópica imagen del fenómeno podría ser un indicio más del cambio climático.

DdA, XXII/6437

viernes, 14 de agosto de 2026

MORENO BONILLA BATE RÉCORDS: 45.000 HECTÁREAS QUEMADAS EN NIEBLA Y SIGUE...


Nunca antes ardió tanto en España, ni nunca tan tarde se incorporó un presidente autonómico (de vacaciones) al cometido que le toca: más de una semana en dar la cara.

Ana Taboada Coma

El Sur arde. Día a día miramos con preocupación las noticias y el avance del fuego.
El incendio de Niebla, Huelva, ya ha arrasado más de 45.000 hectáreas. Es el más grande de Andalucía y de España en lo que va de siglo. Y sigue fuera de control.
Mi solidaridad total con los pueblos afectados, con los vecinos que lo han perdido todo, y con quienes están dejando la piel para apagarlo.
¿Falta de recursos? ¿Falta de prevención? Unas temperaturas tan exageradas que hicieron saltar los termómetros, un viento traicionero y probablemente también negligencia humana...
Mientras tanto Moreno Bonilla disfrutaba de sus vacaciones y tardó más de una semana en aparecer públicamente y dar la cara.
En fin. Esto son las consecuencias de sustituir bomberos por toreros. Prevención por circo.
Ahora toca lo más duro: recuperación, reforestación y planificación responsable. Devolverle la vida a una tierra herida que llevan años abandonada a su suerte.

DdA, XXII/6436

LOS HUESOS DE LOS REYES DE ARAGÓN


Lazarillo

Lo acabamos de leer y desde la Fundación José Antonio Labordeta nos llega una impactante fotografía que revela hasta qué punto el fuego cerca al antiguo monasterio de San Juan de la Peña, en la provincia de Huesca. La información se refiere a la retirada del histórico lugar de cuadros, esculturas y huesos, los de los primeros reyes de Aragón. Tal retirada la ha llevado a cabo la Unidad Militar de Emergencias. Las llamas han llegado hasta casi el mismo edificio, sin que al parecer haya afectado a su estructura. La fundación del cantautor aragonés, al que tuvo el gusto de conocer este Lazarillo, nos participa el vacío y el dolor que supone este incendio, otro incendio más en esta España que no deja de arder cada verano, casi por costumbre y sobre todo por nefasta gestión forestal, y que en este caso ha dejado arrasadas zonas extensas de La Hoya y La Jacetania, hasta llegar a los pies mismo del histórico monasterio. Pueblos y aldeas vienen siendo desalojadas estos últimos años cada vez que las llamas queman los montes. En esta ocasión, ha sido el arte y la historia lo que se ha preservado en San Juan de la Peña. Las imágenes de los restos mortales de los reyes de Aragón siendo retiradas del monasterio por la UME son una variante singular en estos episodios de desastre que cada año sufre el país.

DdA, XXII/6436

LAS VÍCTIMAS DE LAS "HORDAS ROJAS" Y SU PRIVILEGIO DE BANDO


Félix Población

Siempre es un buen momento para recordar las atenciones que la dictadura franquista tuvo para con sus víctimas durante la Guerra de España. Más que nada porque entonces, durante la dictadura, no valía argüir que aquello era "levantar heridas", tal como se viene haciendo desde que hace un cuarto de siglo, pasado otro cuatro de siglo desde la muerte del dictador, la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) inició la exhumación de las víctimas republicanas asesinadas por los sublevadas y enterradas sin identidad en fosas y cuentas. Cofundador de esa asociación fue mi estimado Santiago Macías, que tiene nombre de trovador medieval gallego, autor de un excelente y documentado libro que recupera la historia del luchador antifranquista Manuel Girón, así como la memoria de la primera guerrilla creada en El Bierzo después de la guerra (El monte y la muerte). Santiago nos aporta hoy este documento, que data del 14 de mayo de 1940, un mes después de que se proclamara en España la Victoria de los sublevados, no la paz, pues la represión se prolongaría en el tiempo. La orden del ministro de Gobernación, aparecida en los Boletines Oficiales de cada provincia, dice literalmente: «...todo aquel que desease exhumar el cadáver de alguno de sus deudos asesinados por la horda marxista, para ser inhumado en el cementerio, podía solicitarlo dentro del plazo de seis meses, sin que tuviera que abonar derechos sanitarios de ninguna clase». Que noventa años después de iniciada aquella barbarie con la sublevación militar, todavía haya habido y siga habiendo quienes digan a los descendientes de las víctimas republicanas, por querer hacer lo propio, que esto es "levantar heridas" resulta indignante. Como dice Santiago, "la memoria del franquismo fue un privilegio de bando; la que hoy se reivindica no es revanchismo, sino una cuestión de humanidad básica. Es, sencillamente, pura empatía y derechos humanos elementales". Lo deplorable es que esta vindicación siga siendo al día de hoy una deuda de las más vergonzosas de la democracia coronada española.

DdA, XXII/6436

CONDENADO MILANS DEL BOSH, FUE HOMENAJEADO EN UNA CAPITANÍA GENERAL


Sucedió una noche de guardia en la Capitanía General de Sevilla en octubre de 1982, el mismo mes que el Partido Socialista ganó las elecciones generales con las promesas del "Cambio". Lo cuenta el autor, uno de los soldados de guardia, en su siempre interesante blog y es sin duda un recuerdo relevante sobre aquel periodo histórico, aunque a quienes vivimos aquellos años no nos sorprenda en exceso: "Al otro lado de la pared -escribe Serna- se estaba celebrando el homenaje clandestino a un militar de máxima graduación. Oíamos las reverencias sin verlas. Oíamos los saludos y los taconazos preceptivos, ejecutados con el mayor énfasis. Oíamos las voces de generales y jefes de Estado Mayor que se cuadraban ante alguien a quien trataban como superior jerárquico. Le presentaban sus respetos, lo felicitaban, se declaraban orgullosos, decían, de haber sido sus subordinados". El así homenajeado era el general Milans del Bosh. "Semanas antes -anota también Serna- en la II Sección, la de Información, a la que yo estaba destinado como ordenanza, me habían hecho triturar unos expedientes comprometedores. La orden había sido tajante. Me la había dado mi teniente coronel.—Serna, destruya esos documentos uno a uno sin leer su contenido. No se le ocurra —me gritó". Justo Serna, que es historiador, añade: Entre las carpetillas que destruí, pero que pude leer fugazmente, estaba el expediente dedicado a Jaime Milans del Bosch y Ussía". Sigo confiando en que, cuando llegue la Tercera, sabremos todo lo que se sigue ignorando de aquel 23-F y sus efectos derivados.


Justo Serna

A pesar de haberlo anunciado en otra parte, aún no he revelado cómo conocí a Jaime Milans del Bosch y Ussía. Casi me da pereza contarlo. E incluso algo de miedo. Algo de miedo me queda, sí.
Durante años solo a muy pocas personas relaté la inquietante anécdota. Eso sí, más de una vez. Uno puede convertirse en un tipo pesado, fastidioso, cuando cree haber sido testigo mudo de un episodio histórico. Vale, de acuerdo: un episodio minúsculo, pero histórico.
Al final lo revelo aquí y ahora, sin adornos, sin añadidos, sin fantasías. Revelo, sí, públicamente un secreto oficial. Es modesto, pero desconcertante y efectivamente reservado: máximo secreto. Este asunto menor dice mucho de lo que era la España castrense de 1981 y 1982.
Para quienes no vivieron aquellos años bastarán unos pocos datos. El teniente general Jaime Milans del Bosch era el jefe de la III Región Militar, con sede en Valencia, en febrero de 1981.
En la tarde del día 23, mientras el teniente coronel Antonio Tejero mantenía secuestrado al Congreso de los Diputados, Milans del Bosch publicó un bando por el que declaraba el estado de excepción y establecía un toque de queda que empezaba a las 21 horas, si no recuerdo mal.
Por entonces yo era un joven de veintipocos años que estaba a punto de acabar la carrera universitaria. Tenía todo el porvenir por delante y una eternidad de muchas décadas por vivir.
Aquella tarde, aquella noche, que un golpe de Estado pudiera quebrar la recientísima democracia de que disfrutábamos me derrumbó. Y más cosas. Me aturdió, me enervó y me irritó hasta extremos indecibles. Y me atemorizó, claro. Como a tantos otros jóvenes y no tan jóvenes que no teníamos madera de héroes.
Un familiar, primo hermano mío, militar de carrera, era esa noche el oficial de la guardia dispuesta a la entrada de Capitanía, en Valencia. Según me reveló días después, mi pariente había recibido una sola orden directa de Milans del Bosch.
—Si vienen a detenerme, dispara —le espetó.
Al cabo del tiempo, no sé cuánto, mi primo abandonaría el ejército y la carrera militar. Según me contó entonces, la causa era el malestar general y la úlcera que una circunstancia tan extrema le había ocasionado. Eso es lo que él me dijo.
Punto y aparte.
En octubre de 1982, una noche, dos soldados de la Capitanía General de la II Región Militar, con sede en Sevilla, debían realizar un servicio. Era lo que se llamaba una guardia de Estado Mayor, una obligación molesta y frecuente.
Se trataba de pasar la noche en vela, o parte de la noche. Los soldados no debían permanecer en posición de firmes o de descanso. No hacían guardia en una garita, sino en la planta de Estado Mayor. Durante las horas que les correspondían debían permanecer sentados en una pequeña dependencia adosada a la sala noble, portando sus respectivos subfusiles. Descargados, eso sí.
Uno de esos soldados era yo. Las horas no pasaban veloces y, para matar el aburrimiento, leía. Recuerdo que por entonces llevaba conmigo, con las tapas forradas de papel de periódico, la Antología de Antonio Gramsci editada por Manuel Sacristán. Un soldado español, en una Capitanía General, hacía guardia con un subfusil descargado y leía a Gramsci a escondidas.
Lo habitual en una guardia de Estado Mayor era que el jefe dejara abierta la puerta de aquella dependencia tan angosta. Sin embargo, aquella noche de octubre el comandante nos advirtió a gritos, con severidad y con mucho aspaviento.
—Voy a cerrar la puerta.
Nosotros permanecíamos mudos, expectantes y con un miedo cerval, al menos en mi caso.
—Por supuesto no vais a ver nada ni oír nada —añadió—. Si contáis lo que pasa en la sala —dijo, refiriéndose al salón noble— os empuro, os meto un Consejo de Guerra del que no salís vivos.
Probablemente era una amenaza que no habría podido cumplir. Una baladronada, quizá, en el caso de habernos sorprendido espiando. Eso puedo pensarlo ahora. Entonces no. En aquel momento no era únicamente una amenaza intimidatoria. Era el terror posible.
No debíamos ver, no debíamos oír y, sobre todo, no debíamos contar.
Por supuesto desatendimos la orden. Escuchamos. Adivinamos y recreamos, con detalle y cuidado, lo que allí al costado ocurría.
¿Y qué ocurría?
Al otro lado de la pared se estaba celebrando el homenaje clandestino a un militar de máxima graduación. Oíamos las reverencias sin verlas. Oíamos los saludos y los taconazos preceptivos, ejecutados con el mayor énfasis. Oíamos las voces de generales y jefes de Estado Mayor que se cuadraban ante alguien a quien trataban como superior jerárquico. Le presentaban sus respetos, lo felicitaban, se declaraban orgullosos, decían, de haber sido sus subordinados.
Y aquel hombre respondía. Más aún: arengaba a los congregados. Nosotros escuchábamos al otro lado de una puerta que no debíamos abrir.
Aquel militar había sido condenado meses atrás por su participación en la rebelión del 23-F. El Tribunal Supremo había confirmado en abril de 1982 la condena a treinta años de reclusión de Jaime Milans del Bosch como coautor de un delito de rebelión militar. La condena implicaba además la pérdida de empleo y la inhabilitación.
Pero esa noche, al otro lado de la pared, no parecía un condenado. No parecía siquiera un antiguo teniente general. Por el tono de los saludos, por los taconazos, por las felicitaciones, por el respeto con que se dirigían a él, seguía siendo para aquellos hombres el superior.
Nosotros todavía no lo habíamos visto. Pero lo oíamos. Y lo que oíamos daba pavor.
Su pronunciamiento era estridente en las formas y exaltado por las alertas con que amenazaba. Hablaba de una conspiración que, según él, estaba en marcha. Hablaba de España en peligro. Conminaba a los allí presentes a conjurarse para echar a los políticos y al rey.
Los dos soldados que hacíamos guardia en las dependencias de Estado Mayor nos mirábamos atónitos, con una inquietud y un malestar crecientes, sin saber qué hacer, qué decir, qué callar. Si nuestros sentidos no nos engañaban, estábamos escuchando algo que se parecía peligrosamente a otra rebelión militar.
¿De verdad estaba ocurriendo aquello? Yo había cursado la carrera de Historia y creía que la circunstancia era excepcional. Histórica, propiamente.
Hoy sé algo más. Sé que aquello no fue una nueva rebelión militar. Fue otra cosa quizá más reveladora: un acto de homenaje y sumisión a un golpista que ya había sido condenado.
También sé lo que entonces ignoraba. Milans era ya un preso. Había sido apartado de su primer centro de reclusión para dificultar sus contactos. Había llegado desde Madrid en un avión militar, había hecho escala en Sevilla y al día siguiente sería trasladado a su nuevo destino: Algeciras.
Todo ocurría, además, en octubre de 1982, inmediatamente antes de las elecciones generales que ganarían los socialistas y cuando acababa de descubrirse otra trama golpista, la llamada Operación Cervantes.
Pero aquella noche yo no sabía todo eso. Aquella noche estaba sentado detrás de una puerta con un subfusil descargado y escuchaba.
No me inquietaba únicamente Milans del Bosch. Me provocaba estupor y decepción confirmar en manos de quiénes estábamos los soldados: dos jóvenes convertidos involuntariamente en testigos mudos de aquel acto. ¿Qué podían hacernos?
Antes de la medianoche, la puerta de aquella humilde dependencia se abrió y el comandante nos hizo salir. El vocerío se hizo más intenso, más cercano. Yo sentí pánico.
Salimos con la cabeza gacha, cargando con los subfusiles. Habíamos recibido la orden de no ver nada y procurábamos, al menos en apariencia, obedecerla.
Pero miré.
Miré de soslayo y entonces lo vi. O, mejor dicho, lo entreví.
Jaime Milans del Bosch estaba allí, a escasos metros. El hombre cuya voz acabábamos de escuchar detrás de la puerta, el hombre ante quien se habían cuadrado generales y jefes, el condenado por rebelión militar, estaba allí, físicamente, delante de nosotros.
Yo bajé la cabeza.
Y fue entonces cuando recordé otra cosa.
Semanas atrás, en la II Sección, la de Información, a la que yo estaba destinado como ordenanza, me habían hecho triturar unos expedientes comprometedores. La orden había sido tajante. Me la había dado mi teniente coronel.
—Serna, destruya esos documentos uno a uno sin leer su contenido. No se le ocurra —me gritó.
Otra orden: no leer.
Por supuesto, yo también había incumplido aquel mandato, extremando la cautela y haciendo como que aquello no iba conmigo. Destruía los documentos uno por uno y leía. Apenas podía hacerlo: un nombre, una fecha, unas líneas rápidas antes de introducir las hojas en la trituradora.
Entre las carpetillas que destruí, pero que pude leer fugazmente, estaba el expediente dedicado a Jaime Milans del Bosch y Ussía.
Primero me habían ordenado no leer. Después me ordenaron no escuchar. Luego, no mirar. Y finalmente, no contar.
Durante muchos años cumplí al menos esta última orden. Las otras no.
A la fuerza, que no de grado, un futuro historiador había triturado uno de los documentos más relevantes que había tenido en sus manos: un documento referido a un conspirador del siglo XX.
Y aquella noche, poco después, ese futuro historiador, vestido de soldado y con un subfusil descargado, había oído su voz y había entrevisto su rostro.

DdA, XXII/6436

IGNACIO RAMONET ESCRIBE SOBRE SU AMIGO FIDEL CASTRO

Ningún periodista tuvo oportunidad de hablar tanto y  estar tantas horas con Fidel Castro, líder de la revolución cubana de 1959, como Ignacio Ramonet, exdirector de Le Monde Diplomatique y la persona que escribió junto a su entrevistado esa voluminosa biografía a dos voces, de recomendable lectura, que tanto se silenció en España, habiendo sido una obra muy leída en América Latina. Por eso es valioso y también recomendable el artículo que Ramonet escribe con motivo del centenario del nacimiento de Fidel, cuya personalidad fue la que más impresionó al periodista, habiendo sido bastantes las que tuvo la oportunidad  de conocer y tratar en su dilatada carrera profesional. "En un panorama mediático donde a menudo se reduce a Fidel Castro a la condición de ícono adorado o de ogro abominado -escribe Ignacio-, propongo optar por un camino más desafiante: captar la complejidad de una vida extraordinaria sin caer en la hagiografía ni en la condena ideológica. Cuando se cumplen, este 13 de agosto de 2026, cien años del nacimiento de Fidel, este enfoque se ha vuelto esencial".

Lo primero que llamaba la atención en Fidel Castro no era su uniforme, ni su estatura, ni su barba, ni siquiera su elocuencia. Era su curiosidad. Tras largas horas de conversaciones para nuestro libro Fidel Castro: biografía a dos voces, o Cien horas con Fidel, cuando todos los demás estábamos agotados, él seguía formulando preguntas, buscando aclaraciones, hurgando en detalles históricos o científicos con una energía intacta. A menudo he pensado que ese era el secreto de su longevidad política: antes que un hombre de poder, Fidel era un hombre de conocimiento.

A lo largo de mi carrera periodística, he tenido la oportunidad de conocer a importantes jefes de Estado, dirigentes políticos, intelectuales y líderes que dejaron huella en su época. Pocos de ellos, sin embargo, me impresionaron tanto como Fidel Castro. No me refiero aquí al mito, tan a menudo cultivado por sus admiradores como por sus adversarios. Hablo del hombre, del ser humano al que tuve el privilegio de conocer de cerca durante muchos años, de interrogar durante incontables horas y de observar en detalle mientras razonaba en voz alta, reconstruía episodios históricos hasta el más mínimo detalle y articulaba hechos de apariencia insignificante con una amplia perspectiva geopolítica.

Sus mecanismos cerebrales impresionaban. Poseía una memoria prodigiosa. Pero más notable aún era, insisto, su curiosidad intelectual, la cual se mantuvo intacta hasta el final de sus días. Nada de lo que concernía al mundo le era ajeno.

Estas conversaciones con él me enseñaron una lección esencial: para comprender a Fidel, había siempre que mirar más allá de su imagen pública, de su figura mediática.

Su vida estuvo entrelazada con la historia de Cuba durante más de medio siglo, pero también reflejó las grandes convulsiones de la segunda mitad del siglo XX: la descolonización, la Guerra Fría, los movimientos de liberación nacional, la globalización neoliberal, la crisis climática y el consiguiente surgimiento de un mundo más diverso, más multipolar en el que las antiguas potencias occidentales ya no ostentan el monopolio de la toma de decisiones.

Precisamente porque Fidel Castro ocupa un lugar tan singular en la historia contemporánea, cualquier nuevo texto sobre él puede parecer, a primera vista, superfluo. ¿Qué más se puede decir sobre un hombre al que ya se le han dedicado tantísimos libros? La respuesta es sencilla: cada época plantea nuevas preguntas al pasado, y cada generación reinterpreta a las grandes figuras históricas a la luz de sus propias inquietudes.

En un panorama mediático donde a menudo se reduce a Fidel Castro a la condición de ícono adorado o de ogro abominado, propongo optar por un camino más desafiante: captar la complejidad de una vida extraordinaria sin caer en la hagiografía ni en la condena ideológica. Cuando se cumplen, este 13 de agosto de 2026, cien años del nacimiento de Fidel, este enfoque se ha vuelto esencial.

Durante décadas, la figura del líder de la Revolución cubana quedó atrapada en una pugna de relatos. Para algunos, sigue siendo un símbolo de resistencia frente al imperialismo; para otros, encarna todos los excesos del socialismo de Estado. Estas visiones contrapuestas —por muy legítimos que sean los sentimientos que las sustentan— a menudo terminan oscureciendo una realidad histórica mucho más matizada.

La misión del historiador no es avivar pasiones, sino, ante todo, arrojar luz sobre los hechos. Por eso me gustaría aquí recordar que Cuba no puede entenderse al margen de la relación singular que ha mantenido durante más de un siglo con su poderoso vecino: Estados Unidos.

La Revolución de 1959 nunca se desarrolló en un entorno normal. Desde el principio, se enfrentó a intentos de desestabilización, a una invasión armada, a un bloqueo económico destinado a prolongarse durante décadas y a una constante confrontación mediática y política. Ninguna evaluación seria de las decisiones del gobierno cubano puede pasar por alto esta realidad.

Lo cual no significa que todo pueda explicarse —y mucho menos justificarse— mediante presiones externas. El propio Fidel Castro sabía que toda revolución genera sus propias contradicciones, errores y rigideces. A veces hablaba de esto con una franqueza y una fuerza autocrítica que sorprendía tanto a sus detractores como a sus admiradores

Su ambición no era construir una sociedad perfecta —él sabía que tal cosa no existía—, sino preservar la independencia nacional, requisito fundamental, según él, para cualquier política de justicia social.

Otro aspecto llamativo de su figura era la extraordinaria amplitud de sus horizontes. Su visión trascendía con creces las fronteras de Cuba. África ocupaba un lugar especial en su pensamiento. América Latina y el Caribe constituían su ecosistema geopolítico natural. Asia despertaba cada vez más su interés a medida que hacia allí se desplazaba el centro de gravedad del mundo. Mucho antes de que el término se generalizara, él ya había previsto la emergencia de un Sur Global y el advenimiento de un orden internacional multipolar y multicéntrico.

Con la distancia, esa intuición resulta hoy singularmente lúcida. El mundo que se perfila ante nuestros ojos ya no es el que surgió tras el colapso y la implosión de la Unión Soviética.

Nuevas potencias se consolidan, los países del Sur Global reclaman mayor autonomía, el síncope climático amenaza a la humanidad, las tecnologías ligadas a la IA cambian todas las reglas del juego y el equilibrio de poder internacional atraviesa una profunda reestructuración.

Revisitar la figura de Fidel Castro en este contexto no es un ejercicio de nostalgia; es una forma de comprender mejor ciertas dinámicas clave de nuestro presente.

No pretendo convencer al lector de que admire a Fidel Castro. En cambio, le propongo algo más valioso: entenderlo. Comprender cómo un joven abogado de Santiago de Cuba se convirtió en una de las figuras políticas más influyentes del siglo pasado; comprender cómo una pequeña isla caribeña logró ejercer, a escala mundial, una influencia diplomática y moral muy superior a lo que cabría esperar por su tamaño; y, por último, comprender por qué —casi diez años después de su fallecimiento— Fidel Castro sigue ocupando un lugar tan singular y tan especial en el imaginario político mundial.

Las grandes figuras históricas son objeto de constante reinterpretación. Las pasiones se aplacan, los archivos se abren y las perspectivas cambian. La Historia va ocupando gradualmente el lugar de la controversia.

Este proceso es esencial; nos aleja de las vanas polémicas y permite acercarnos a la verdad sin pretender jamás poseerla por completo.

Espero que los lectores recorran esta corta nota con esa misma apertura de espíritu. Atentos tanto a los hechos como al contexto. Sobre todo, que piensen en un Fidel Castro profundamente humano: estratega y visionario; a veces obstinado, a menudo audaz e incluso temerario, pero siempre convencido de que los pueblos pueden escribir su propia historia.

Esta convicción, más que ninguna otra, explique probablemente por qué el nombre de Fidel Castro sigue siendo inseparable de los grandes debates sobre soberanía, justicia social e independencia de las naciones.

Al repensar hoy en el comandante de la Revolución cubana, con ocasión de su centenario, el lector no se limita a meditar sobre la vida de un líder; se adentra en una época histórica convulsa cuyos ecos palpitantes siguen moldeando nuestro mundo actual y su futuro.

DdA, XXII/6436

ESCRIBE PETRO: NO SE NECESITA MATAR SERES HUMANOS, SINO QUITARLES SU ALMA



Gustavo Petro

Este es el final de la soberanía nacional e individual de las y los colombianos, y de su propia intimidad, que vendió Abelardo para que le hicieran el fraude electoral. Por eso el saboteo del grupo empresarial antioqueño al proyecto del megadatacenter en Santa Marta, que dejé financiado solo con la condición de que la soberanía de los datos fuera de la nación colombiana. Ya no me responden a mi celular sino los bots de las empresas privadas israelíes; luego voy a desactivar la función de respuestas a estos mensajes
El proyecto "Palantir" de los EEUU, que implica que todos los datos de la humanidad pasan a los EEUU, y con ellos nos vigilarán y decidirán lo que podríamos llamar "un juicio final", convertirá el aparato tecnocientífico/militar no en el enemigo de los narcotraficantes, sino en el enemigo de la humanidad.
El escape planteado por Elon Musk, a Marte u otro lugar, es una ficción si no hay más humanidad.
No se necesita matar seres humanos, sino quitarles su alma.
La inteligencia artificial debe ser un bien de la humanidad y controlable solo por la humanidad. Alguna nación libre del mundo debe plantear este debate que ya no es de seguridad nacional colombiana, sino de la seguridad de la vida de la humanidad.

DdA, XXII/6436

jueves, 13 de agosto de 2026

EL ECLIPSE QUE TODO LO ECLIPSA, HASTA LO DE CEUTA


Ante esta situación social, política y de defensa de nuestro país, nadie nos está dando seguridades de que se resolverá rápidamente y no podrá volver a repetirse, porque todos los medios de comunicación están ocupadísimos ofreciéndonos datos de lo que supone el eclipse de sol que se va a producir en pocos minutos, mientras estoy escribiendo, para la vida de los españoles.

Lidia Falcón

Si ante el conocimiento de la llegada de los miles de marroquíes a Ceuta las autoridades y las televisiones hubiesen estado informando tanto a los medios de comunicación como a la ciudadanía con el interés con que lo están haciendo del eclipse de sol, otro hubiera sido el comportamiento del Presidente de la ciudad, del presidente del gobierno, de los ministros, de los partidos políticos, de las fuerzas de seguridad, y otra muy distinta la situación de los emigrantes, de los menores no acompañados, de los vecinos ceutíes y del Ejército, de la Guardia Civil y del gobierno del Estado.

No sabemos cuánto tiempo atrás estuvieron intercambiando por las redes sociales el plan del viaje los miles de marroquíes que se preparaban para cruzar a nado desde el continente africano hasta la ciudad española. No lo sabemos porque no nos lo han explicado, como en cambio nos tienen aburridos contando las vicisitudes que pasarán los que se disponen a recorrer medio planeta para ver como se hace de noche media hora antes de lo normal en esta época del año.

Aquí, en este país miembro de la Unión Europea, el continente más rico, liberal, democrático y defensor de los derechos humanos del mundo, ninguno de los que gobiernan y dirigen la defensa de nuestro territorio, vigilan los movimientos migratorios y controlan el tráfico terrestre y marítimo, son responsables de la seguridad de los que habitan esa ciudad, y deben garantizar la paz y la convivencia de los ceutíes, se enteraron de la invasión que se preparaba. Fueron espectadores sobresaltados cuando miles y miles de hombres, muchachos adolescentes, niños, y hasta algunas mujeres que portaban bebés aparecieron desafiando los riesgos del mar, con sus solos brazos, en las playas de Ceuta.

Una semana después de esta gesta multitudinaria, los representantes del gobierno de la ciudad, los ministros y el presidente del gobierno de España, nos muestran sus semblantes desconcertados, y balbucean declaraciones incomprensibles mientras los políticos de la oposición les insultan y piden severas represalias, no sé contra quien, porque aparte de los ahogados, los supervivientes mal respiran echados en el suelo de cemento de los muelles, al sol, esperando que algunos ceutíes caritativos les lleven una botella de agua. Porque tampoco ninguno de los representantes españoles, ni del gobierno ni de la oposición, se atreve a pedirle explicaciones a Marruecos, que ya sabemos que su ilustre y democrático rey es omnipotente e impune y no da explicaciones, y sus ministros y sus fuerzas de seguridad nunca hemos sabido a qué se dedican.

Los responsables de la seguridad de nuestra nación, los que sea que trabajan para ello en el llamado CNI (Centro Nacional de Inteligencia) no han dado muestra alguna de que posean esa cualidad. No sabemos si vigilan las redes sociales para saber lo que en ellas se organiza y amenaza, y si lo hicieron y leyeron algunos de los miles de mensajes que estaban convocando a sus iguales a iniciar ese insólito y peligroso éxodo, los tomaron en serio o se quedaron con la idea de que eran bromas como las que se difunden por el tenebroso mundo que ha creado Internet. El resultado, ya visto, es que no reaccionaron al peligro que se venía encima, ni avisaron a sus superiores, ni informaron a los gobernantes de la ciudad ni del Estado ni siquiera hicieron alguna llamada a sus amigos periodistas. Y todos, todos, se quedaron pasmados, cayéndoseles la baba mientras la mayoría de los marroquíes, que tienen genes de conquistadores, alcanzaban las playas y se acercaban a la ciudad.

La ministra de Defensa, no debe de tener instrucciones de en lo que consiste su ministerio, muy sonriente, proclamaba con un tono enfático y solemne que el ejército español está siempre defendiendo a su patria.

El ministro de Interior, el que fue ilustre juez y ahora se ocupa de proteger a los españoles de los robos y agresiones de vagos y maleantes, balbuceó algunas frases ante el micrófono de la televisión, pero he de confesar que no me enteré de lo que dijo , por lo que deduzco que no debió de ser trascendental. Pero supongo que los ceutíes deben estar anhelantes de saber qué les va a suceder si no se resuelve rápidamente el destino de los miles de marroquíes que siguen en las calles, las plazas y las playas de su ciudad.

El Presidente de Ceuta insiste, con algo de desesperación, que ellos no tienen medios con los que hacerse cargo ni de la vigilancia de las playas ni del mantenimiento del orden en la ciudad, ni del alojamiento de los menores no acompañados, que hasta que llegó la avalancha eran 89.

Otros personajes que han aceptado contestar a algunas preguntas de los periodistas, aseguran que no sabían nada, el Presidente del Gobierno confirma, con tranquilidad, que el servicio de inteligencia no le avisó, y no nos explica que piensa hacer para remediar tal comportamiento.

A los únicos que vemos llevarles agua a los náufragos, algunos trapos para que se tiendan en el suelo, y hasta atenderlos psicológicamente es a los voluntarios de la Cruz Roja, como son las vecinas ceutíes las únicas que entregan bocadillos a menores y exhaustos nadadores.

Es decir, en resumidas cuentas, el gobierno de España repite con la boca llena de pasión que Ceuta es España, eso también afirman los políticos de la oposición, eso chillan los ceutíes, ese es el estribillo más contundente contra las reclamaciones del rey Mohamed VI de que le devuelvan las ciudades que le robaron en tiempos pretéritos, y en ese cantar llevan, que yo sea testigo, noventa años, y cuando, dicen que, por su cuenta, los jóvenes marroquíes, y mujeres y menores, asaltan la ciudad modelo de la españolidad, ni el Presidente de la ciudad, ni el Ejército, ni la Guardia Civil, ni la policía nacional, ni aún siquiera la policía municipal, ni los aguerridos militantes de la oposición política, salen a la calle a defender España.

Y por supuesto, nadie de los que gobiernan y administran y defienden nuestro país explica cómo van a alojar y alimentar a los mil quinientos niños que se deshidratan en las playas y en los muelles de la ciudad, donde van a meter a los adultos que vagan por las calles sin comida ni albergue, ni cómo van a proteger y a tranquilizar a los ceutíes, que se han encontrado con la invasión de su ciudad más inimaginable. Pero supongo que seguirán cobrando su sueldo.

Ante esta situación social, política y de defensa de nuestro país, nadie nos está dando seguridades de que se resolverá rápidamente y no podrá volver a repetirse, porque todos los medios de comunicación están ocupadísimos ofreciéndonos datos de lo que supone el eclipse de sol que se va a producir en pocos minutos, mientras estoy escribiendo, para la vida de los españoles.

DdA, XXII/6435

FIDEL CASTRO, EL GENOCIDIO DEL PUEBLO PALESTINO Y EL DEL PUEBLO CUBANO

 


Félix Población

Con motivo del centenario del nacimiento de Fidel Castro Ruz (1926-2016), líder histórico de la revolución cubana, viene bien este pasaje de la memoria histórica que lo tiene por protagonista. Sobre todo ahora, con casi tres años ya del genocidio en la Franja de Gaza, sumados a los decenios de invasiones, cárceles y opresión a los que viene siendo sometido el pueblo palestino por el sionismo y el imperialismo internacional. Lo que vemos en el vídeo debería constituir un ejercicio de reconocimiento a la visión histórica de Fidel Castro cuando, en la Asamblea General de la ONU celebrada en 1979, calificó por primera vez de genocidio lo que al día de hoy es también un dictamen del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, con el primer ministro de Israel bajo órdenes de arresto por la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y contra la humanidad. Ningún Jefe de Estado entonces se atrevió a manifestar tan rotundamente lo que Castro expuso por primera vez y ahora escuchamos hasta al propio presidente de nuestro país. La imagen de Fidel con la kufiya sobre los hombros, así como la postura de Cuba contra el apartheid en Sudáfrica, forman parte de dos de los hitos de solidaridad más dignos de la política internacional liderada por Castro, junto a sus expediciones médicas al tercer mundo. Hoy su país se enfrenta al más riguroso y criminal de los bloqueos aplicados por los sucesivos gobiernos de la Casa Blanca durante más de sesenta años, condenado por casi todos los Estados representados en la ONU. Se ha llegado a decir que lo que Estados Unidos comete también ahora en Cuba es un lento genocidio, como no lo sufrió nunca en la historia contemporánea pueblo alguno. Creo que el país que lo debería denunciar en la ONU, como hiciera Fidel Castro en 1979 en defensa del pueblo palestino, es España, por razones de historia y empatía con el pueblo y las isla a la que tantos españoles emigraron en el pasado buscando horizontes de vida.

DdA, XXII/6435