sábado, 6 de junio de 2026

"¡VERGÜENZA!". A GENTE ASÍ NO LA DOMA NADIE

A algunos lectores nos hubiera gustado que el autor del artículo fuera más crítico con el hecho que comenta recurriendo a un par de caídas propias, porque entre las lacras del ministro Marlaska la de esta profesora jubilada no se debería olvidar, máxime cuando el comportamiento de sus agentes es tan distinto con los manifestantes de extrema derecha. En vez de quedarse en casa, escribe Muñoz Molina,  la profesora jubilada agredida en Valencia salió a defender la escuela públicaEl policía, que corre tras ella, tan solo le da un golpe como de pasada con la mano, y sigue hacia adelante, en la tarea sin duda hercúlea de reprimir no a unos vándalos borrachos del fútbol, ni a los hooligans que luchan contra el sistema incendiando autobuses y contenedores de basura, sino a unos profesores con camisetas verdes que han recurrido a la movilización y a la huelga como último recurso contra la destrucción programada de la enseñanza pública, que incluye el empobrecimiento de los que la imparten y la degradación de sus condiciones de trabajo. 



Antonio Muñoz Molina

Hay un momento impreciso en la vida en el que uno empieza a tener miedo de caerse. Se da cuenta de que ya no baja tan rápido las escaleras, pero no recuerda desde cuándo sigue con la mano la baranda, aunque todavía no se apoye en ella. Caminar erguido sobre dos piernas es una facultad muy rara en el mundo animal. Los homínidos que precedieron en unos cuantos millones de años a nuestra especie tardaron mucho en dominarla. 


Caminar erguido es algo que hace sin dificultad casi todo el mundo, pero basta ver el lento aprendizaje de un bebé para apreciar todo el trabajo que cuesta, y los peligros que el nuevo andarín tiene que superar, incluyendo el dominio de esa complicada invención humana que son las escaleras. En un texto célebre, Instrucciones para subir una escalera, Julio Cortázar logró expresar con humorismo la cantidad de movimientos mínimos y coordinaciones musculares y espaciales que necesitaría aprender quien, careciendo de cualquier información o adiestramiento previo, y basándose solo en la lectura de un manual, decidiera emprender un ascenso que para el bebé explorador tendrá algo de la dificultad y el misterio de escalar una pirámide precolombina. El accidentado, el que sobrevive a un ataque, el que ha pasado unos meses en cama, descubre la casi imposibilidad de lo que en otra época le pareció obvio, y ahora cada simple paso es una conquista y una proeza. El niño atolondrado se cae y se hace sangre en la nariz y prorrumpe en un llanto trágico, pero su cuerpo es tan elástico como su mente, y un poco después de alarmar a los adultos ya está corriendo sin miedo alguno de nuevo.


Caerse de adulto es una experiencia muy rara. El tropezón, el traspiés, la caída, son más rápidos que el cerebro, y cuando uno empieza a comprender lo que le ha pasado está derribado en el suelo, con una curiosa sensación de vergüenza que se acentúa si hay testigos de su contratiempo, alguno de los cuales lo mirará con reprobación desde arriba, con la soberbia propia de los bípedos, mientras un samaritano de buen corazón se inclinará para ayudarle, agravando su desconsuelo. Una mañana, hace bastantes años, volvía yo corriendo del Retiro, atravesando enérgicamente la Castellana a la altura de Cibeles, y en un instante mi excesiva satisfacción de deportista se vio desbaratada cuando tropecé y me caí al arrancar después de la pausa del semáforo en rojo. Hasta ese momento, yo había sido un hombre maduro y saludable que había madrugado para correr al fresco de la mañana de verano. Caído bocabajo en el asfalto era un cincuentón con gafas y con un pantalón de deporte inapropiado a mis años. Por suerte, había tenido la precaución instintiva de poner por delante las manos. 


Cuando de adolescentes nos dio por llevar las manos hundidas en los bolsillos del pantalón vaquero, en un gesto que nos parecía de terquedad indómita, nuestras madres nos advertían con anticuada sensatez: “No lleves las manos en los bolsillos, no vayas a caerte”. Por esos mismos años, en las imágenes furtivas de manifestaciones antifranquistas, se veía a trabajadores o estudiantes corriendo delante de los grises, que daban mucho más miedo cuando cargaban a caballo, con porras más largas para dar zurriagazos desde sus altas monturas. Para el que estaba caído e inerme en el suelo, las botas negras de aquellos antidisturbios uniformados de gris no eran menos amenazadoras que los cascos de los caballos, a los que al fin y al cabo nadie podría acusar de crueldad.


A ciertas edades una caída puede ser ese brusco escalón que lo deposita a uno en la vejez, en la conciencia amarga de una fragilidad que hasta entonces no se le había revelado. Los huesos son más quebradizos, las articulaciones más rígidas. Al caerse de boca, que es la peor de las caídas, la cara sufre el efecto del golpe contra una materia dura y áspera, piedra o asfalto; arreglos dentales sofisticados pueden romperse, fracturarse el cartílago de la nariz, los huesos de los pómulos y la barbilla. 


En una de las medianoches espectrales de la pandemia, dando el paseo reglamentario a mi perra, tropecé con una de esas losas mal ensambladas que son una de tantas trampas municipales, y como hacía frío y llevaba las manos en los bolsillos, incumpliendo una vez más el consejo de mi madre, me di un golpe en toda la cara al caer, y tardé un rato en comprender lo que me había pasado. Tenía el lado derecho de la cara contra el feroz granito de Madrid. No había nadie. No podía pedir ayuda. Sacar las manos de los bolsillos y apoyarme en los codos para incorporarme era una tarea más difícil porque me costaba salir del estupor de la caída. Notaba el choque en la bóveda de hueso del cerebro. En torno a mi ojo derecho se había incrustado uno de los óvalos de metal de las gafas. La perra esperaba con paciencia a que me levantara. Cuando me miré en un escaparate, mi cara era la de un desconocido. La sangre caía de la nariz y del contorno herido del ojo derecho. Yo era un zombi manchado de sangre en la medianoche desierta del confinamiento.


En la plenitud de la fortaleza física hay un desbordamiento de soberbia, un desdén hacia el torpe, el que no está en forma, el lento, el viejo. El fuerte no sabe lo fácilmente que puede hacer daño; a veces lo sabe y lo disfruta, porque además no corre el menor peligro de sufrir una respuesta violenta. El policía antidisturbios que tiró contra el suelo a la profesora jubilada en Valencia no necesitó darle un empujón, menos aún golpearla con la porra. El hábito televisivo de repetir imágenes en bucles incesantes da la impresión de que la mujer está cayendo a cada momento, una y otra vez. El policía, que corre tras ella, tan solo le da un golpe como de pasada con la mano, y sigue hacia adelante, en la tarea sin duda hercúlea de reprimir no a unos vándalos borrachos del fútbol, ni a los hooligans que luchan contra el sistema incendiando autobuses y contenedores de basura, sino a unos profesores con camisetas verdes que han recurrido a la movilización y a la huelga como último recurso contra la destrucción programada de la enseñanza pública, que incluye el empobrecimiento de los que la imparten y la degradación de sus condiciones de trabajo. 


El policía lleva casco y guantes y corre con la soltura y la fuerza de un varón joven y corpulento que se somete a un riguroso entrenamiento físico. La profesora, que está jubilada y tiene 68 años, aunque no por eso haya perdido su coraje de luchadora, cae al suelo y está claro que al principio no se da cuenta de lo que le ha sucedido, porque el golpe fue instantáneo y le vino por detrás. El que cae tarda en comprender que eso tan raro y doloroso que le sucede es que se ha caído. Profesoras jubiladas de sesenta y tantos, de setenta y tantos años, siguen siendo la sal de la tierra, igual que cuando transmitían el amor por el conocimiento y la literatura en las aulas. Leen más todavía, al tener más tiempo, forman clubes de lectura, visitan a media mañana los museos, acuden a conciertos y funciones teatrales, aprovechan los precios reducidos para no perderse un estreno en el cine. 


Cuando yo era niño, muchas mujeres de esa edad eran viejas de luto, o eso se creía que eran. Esta profesora, en vez de quedarse en su casa disfrutando su pensión, ha mantenido su fervor de antigua militancia, ha sentido que rejuvenecía defendiendo la escuela pública, que desde hace ya mucho más de un siglo es la causa cardinal del progresismo en España, nunca resuelta, nunca garantizada. No hemos visto su cara, aunque sabemos que tiene fracturada la barbilla y el tabique nasal, como es propio de quien cae de boca. Tardó muy poco en levantarse, porque sus compañeros la asistieron mientras gritaban: “¡Vergüenza!”. A gente así no la doma nadie.


EL PAIS  DdA, XXII/6369

SI EL FASCISMO ES UN CAPITALISMO DE EXCEPCIÓN, AQUÍ ESTÁ, HABLANDO DE LIBERTAD

Buen momento el de un poemario para entrevistar al escritor y poeta Felipe Alcaraz, que acaba de publicar el titulado Barrio Alto (Final de viaje) y que se declara perplejo en los tiempos que corren, si bien no inmóvil, como le cuenta a Raúl Bocanegra en el diario Público, abriendo la charla con una frase del pueblo que oyó a una mujer de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), justamente en el Barrio Alto. Le preguntaron: ¿Qué? ¿Cómo te va la vida? Y ella respondió: Aquí en la putada de seguir viva. Tenemos que seguir luchando, si no, habrán ganado los que quieren que nos muramos cuanto antes". Frente a a quienes dicen que seamos rigurosos, que esto no es exactamente fascismo, entiende Alcaraz que si el fascismo es un capitalismo de excepción, un capitalismo cabreado en esta etapa, pues sí es fascismo, neofascismo, y vendrá, como decía Saramago, con traje de Armani y con corbata y hablando de libertad.


El histórico dirigente comunista (1943), exsecretario general del Partido Comunista de Andalucía (PCA), exdiputado en el Congreso de los Diputados, expresidente ejecutivo del Partido Comunista de España (PCE) y exportavoz federal de Izquierda Unida, dice que "Sanlúcar de Barrameda, junto a Linares, son de los pueblos de mediana población con más pobreza y paro de Europa. Pero allí es distinto [se vive] de una forma especial, hay un terremoto lento, un thriller inminente de la gente, una lucha, una resistencia frente al Estado, que lo que quiere es que la gente se muera cuanto antes para evitar gastos. Y la gente se defiende", reflexiona.

Para Alcaraz, la poesía también es una herramienta de lucha política. "Las banderas de los pobres —afirma— son la ropa tendida en la azotea tremolando al viento. Es la indicación de aquí están los pobres, que tienen en el atardecer de Sanlúcar su ópera. El atardecer es la ópera de los pobres. Y lo hago desde ese punto de vista de, como diría Machado, la demofilia, del amor por la gente. El padre de Machado firmaba como Demófilo, el que ama a la gente, los artículos". "Todo acto revolucionario, decía el Che, comporta de principio un acto de amor. Esa relación con la gente y cómo resiste, se olvida. Como hay en este país, unos millones de pobres que no se ven", añade Alcaraz.

"Ahí estoy —abunda en este asunto— haciendo poesía como una lucha ideológica más. ¿Por qué? La base de la poesía que hacemos los que no queremos estar en la norma [está en] Bertold Brecht, en Pier Paolo Pasolini, en Blas de Otero, toda esta gente. Aparece entonces una poesía absolutamente distinta, jamás panfletaria, pero de estructura diferente, la que hizo Javier Egea, el poeta de Granada. Es una poesía distinta a la lírica, el alarido del yo profundo. Esta vez el alarido viene de fuera, de los conflictos sociales y también de los internos, pero visto de otra manera. Por ejemplo, lo del amor no es el amor que termina en una joyería, en una tienda o en el Corte Inglés. Es el amor como dijo Alan Badiou: la relación entre dos personas, con independencia del sexo, en una relación especial. Es la unidad mínima de comunismo".

Además de la letra P que inauguran las palabras perplejo y poesía, hay otras dos pes que dan comienzo a los vocablos pintura y, claro está, política, que son otras de las dos cuestiones que ocupan, desde siempre y aún hoy, el tiempo de Alcaraz. La última instantánea de Antonio Machado es el título de la exposición de pinturas que ha inaugurado en Sevilla esta semana, en paralelo a la presentación de su poemario, en la sala El Cachorro, y que estará abierta hasta el próximo 27 de junio.

"He hecho una serie de pinturas a partir de una fotografía que hizo Corpus Barga a Machado en la estación de Portbou, cuando iba de camino a Colliure. Antonio Machado tenía una expresión entre esperanza y desesperación. Con 63 años aparentaba 93. Esa es la última instantánea de Antonio Machado y sobre esa foto he hecho una serie de retratos. Esta última fotografía se oculta a veces porque demuestra lo que es la terrible historia de España, este país de centenares de golpes, asonadas y pronunciamientos. Y esa cara demacrada de Machado, absolutamente rota que intenta al final expresar también algo de esperanza es algo que se está ocultando mucho".

La situación política actual es lo que tiene fundamentalmente "perplejo" a Alcaraz. Así describe el mundo de hoy: "Dicen que seamos rigurosos, que esto no es exactamente fascismo, pero si el fascismo es un capitalismo de excepción, un capitalismo cabreado en esta etapa, pues sí es fascismo, neofascismo y vendrá, como decía Saramago, con traje de Armani y con corbata y hablando de libertad. Entonces, en España esto se traduce en recomponer el inconsciente franquista. Con eso de 'se vivía mejor entonces', están relanzando el inconsciente franquista que se junta con esta gran internacional de Donald Trump, una especie de extraliberalismo, que están creando un nuevo orden mundial".

"Yannis Varoufakis —prosigue— ha hablado de tecnofeudalismo. Creo que no, que es simplemente el capital postmoderno que ha convertido todo en mercado, todo: espacio, obra, materia y carne. El mundo es mercado, todo es mercado. Estamos en un presente rabioso, radical, donde la mentira bien dicha equivale a la verdad y aquí hay que meter la crisis del periodismo y de la política, de la política representativa y la organizada. Hay que salir de esa situación que se va agrandando y que parece que en las próximas generales se puede concretar".

PÚBLICO  DdA, XXII/6369

LA PROVOCACIÓN INSULTANTE DE MARIANO DE PACO


Lazarillo

Si el curioso lector, máxime quienes tienen un conocimiento de la historia contemporánea del teatro en España, repara en el currículum del actual consejero de Cultura de la Comunidad de Madrid, observará que quien fuera director de escena y gerente de los Teatros del Canal, es hijo de dos profesores e investigadores de teatro, se formó en el Teatro Universitario de Murcia, es licenciado en Derecho y tiene acreditado un doctorado cum laude con una tesis sobre Adolfo Marsillach y los montajes de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Se podría decir que el Mariano de Paco que considera al calor, bien sea a la murciana o a la madrileña, un motivo de inspiración más que un agobio para los alumnos que se torran en los colegios de Madrid por carencia de ventilación, lo que escenificó en la Asamblea de Madrid no fue un alarde de idiotez o ignorancia propio de un tarugo con corbata, sino una provocación en toda regla, acaso para demostrar que bajo el gobierno de su jefa todo cabe sin que cambie nada. Lo lógico en este caso sería que Mariano de Paco desapareciera de la escena política que ocupa, cesado o dimitido, pero no ocurrirá tal en un gobierno que viene haciendo de la provocación insultante un continuado happening mediático. Lo de Mariano de Paco ha sido eso, siguiendo la escuela del jefe de gabinete de su jefa. Quedamos a la espera del próximo sainete, que contará como es habitual con la claque de los medios al servicio del gobierno autonómico madrileño*.

*La climatización de los centros públicos es lo que corresponde a un país del siglo en que vivimos.

DE LA OFICINA DEL ESPAÑOL EN MADRID AL INSTITUTO DEL MESTIZAJE  EN BADAJOZ



DdA, XXII/6369

VERGONZOSO: UN COPARTÍCIPE GENOCIDA ENTREGARÁ LA COPA DEL MUNDIAL

 FOTO AFP 
   donald trump  pelota  balon  futbol

El periodista, exjugador de Vélez y de algunos clubes de España se pregunta en este artículo, en este mundo de irreconocibles espejos deformantes, de realidades no imaginadas, ¿con qué criterio ético y moral  se puede aceptar que un copartícipe genocida entregue el máximo galardón del fútbol internacional en el próximo Mundial, y no se nos caiga la cara de vergüenza? Miserable imagen nos espera: Trump entregando la copa del Mundial y el mismo hombre a la misma hora asesinando civiles inocentes al otro lado del mundo.


José Luis Lanao

Trump está de moda, de la mala. Es el personaje del año. Combina bombardeos con gambetas. Es un hombre que mata bien. Demasiado bien. Mata al por mayor, sin establecer grandes distinciones morales entre una matanza u otra. Sus guerras se suceden como quien lanza carozos de aceitunas, una detrás de otra. Las escupe como si fueran “realitys” televisivos, sin mucho contenido, algo de consumo rápido, para pasar al siguiente conflicto. Una forma macabra de hacer política. ¿Cuánto tardamos en reconocer quiénes nos van a joder la vida? ¿Les suena?

Existe una tropa de ultraliberales enajenados que han construido un sistema de normalización del horror tan eficaz que ya no hace falta ni órdenes, ni censura. La barbarie ya no se oculta, queda diluida en miles de contenidos banales y la siempre generosa tarjeta de crédito humeante. Queremos vidas esponjosas, ligeritas, licuadas, para distraernos, con poco peso. Así se abrió un nuevo frente, más correoso y más difícil de derribar: el que conforman los indiferentes. Sujetos que se han excluido de la realidad, que carecen de ideales o han dejado de buscarlos. El orden mundial cambia, pero resulta inquietante la tranquilidad con que renunciamos a la defensa de nuestras convicciones.

En esa manía de pensar y pensarnos, debemos reconocer que nos pensamos poco. En este mundo de irreconocibles espejos deformantes, de realidades no imaginadas, ¿con qué criterio ético y moral se puede aceptar que un copartícipe genocida entregue el máximo galardón del fútbol internacional en el próximo Mundial, y no se nos caiga la cara de vergüenza? Miserable imagen nos espera: Trump entregando la copa del Mundial y el mismo hombre a la misma hora asesinando civiles inocentes al otro lado del mundo. Qué secuencia de la infamia más abyecta. ¿Cómo se juzga esto? No sé cómo lo juzgarán nuestros descendientes, pero habrá que dejarles bien razonado el cinismo; si no, se lo van a creer.

Quienes hoy cierran los ojos deberían recordar que quien normaliza el comportamiento de un genocida eleva su impunidad, y cuanto más se toleran sus desmanes, más se agranda su poder. Mientras transigimos con cada silencio o gesto de indulgencia, con cada crítica aplazada, contribuimos a ampliar su margen de maniobra. En realidad, no llegamos tarde a reconocer el genocidio gazatí, sino a admitir que siempre supimos que lo era.

Quienes así pensamos no estamos en contra del Mundial, interpelamos si es moralmente ético que se juegue en un país que, en la actualidad, bombardea ciudades y mata niños inocentes. Resulta cuanto menos aberrante que un genocida sea uno de los protagonistas del mayor espectáculo popular del planeta, cuando, como mínimo, debería ver el acontecimiento deportivo desde el Tribunal de La Haya.

Página/12  DdA, XXII/6369

viernes, 5 de junio de 2026

UN PERRO ES ALGUIEN QUE SE QUEDA A TU LADO CUANDO TODO ESTÁ MÁS OSCURO



Amelia

Me llamo Amelia. Mi marido se llama Leandro. Tenemos setenta y cinco y setenta y seis años, y llevamos casados desde que yo tenía veintitrés.
Me dicen que ya no se hace así, pero nosotros lo hicimos así — y nos fue bien. Nos jubilamos hace diez años. Leandro fue profesor de taller en un instituto, y yo, bibliotecaria. Cuando nuestra hija Marta nos dijo que los nietos ya eran mayores para «acordarse de verdad de la abuela y el abuelo», Leandro anunció que íbamos a recorrer el país en autocaravana antes de que, como él decía, «el cuerpo se acuerde de que está cansado».
Compramos una autocaravana de segunda mano. La preparamos para seis semanas. Llevamos al perro — Rayo, un pastor alemán, ocho años entonces, cuarenta y dos kilos, con esa cara seria, atenta y levemente desconfiada que la raza lleva como uniforme. Leandro lo había criado desde cachorro.
Seis semanas. De este a oeste, por el camino largo. La casa de Marta en el norte fue el principio. Su hermana Cristina en el sur, el final. Todo lo de en medio era simplemente el camino.
Aquella noche fue el cuarto martes del viaje. Estábamos en una carretera que no sabría reconocer aunque mi vida dependiera de ello. Habíamos parado en un arcén amplio de grava para dormir — a Leandro le gustaba conducir mucho y parar tarde, y odiaba los campings de pago. «El campo abierto es gratis», decía. Era una de las pocas cosas en las que tenía opiniones firmes.
Yo leía en la cama del fondo. Él estaba delante, cerrando la cabina para la noche. Y entonces le oí hacer un sonido.
No era una palabra. Era un pequeño «hh» — el sonido que hace un hombre cuando algo le golpea en el pecho sin que lo vea venir — y luego lo oí caer. Se golpeó contra la mesa plegable y se deslizó al suelo de la autocaravana con ese derrumbe lento y lateral que voy a ver el resto de mi vida.
Fui hacia él. Mis rodillas ya no son lo que eran. Fui de todas formas. Me arrodillé a su lado en el suelo, y su cara era gris — no pálida, gris, del color que toma una cara cuando la sangre deja de hacer lo que tiene que hacer — y su mano derecha estaba sobre el pecho y sus ojos estaban abiertos buscándome.
Dije su nombre. Él intentó decir el mío.
Voy a contaros lo que entendí en ese segundo, porque fue lo que determinó todo lo que hice después. Mirando su cara, entendí que no teníamos mucho tiempo. Y entendí que la única posibilidad estaba fuera de la autocaravana, no dentro.
Cogí el teléfono. Sin cobertura. Por supuesto, sin cobertura. Llevábamos dos días perdiéndola y recuperándola.
Me levanté de ese suelo más rápido de lo que me había movido en quince años, fui hasta la parte delantera y miré la carretera. No había nada. Ni faros en ninguna dirección. Solo oscuridad, estrellas y ese silencio que te llena los oídos como algodón.
Yo no conduzco. No he conducido desde 1994, cuando un problema de oído me quitó el equilibrio una temporada, Leandro tomó el volante en silencio y yo en silencio nunca lo recuperé. No podría haber arrancado esa autocaravana. No podría haberla conducido. No podría haber parado un coche que no estaba en la carretera.
En ese arcén tenía dos cosas. Una era un marido muriéndose en el suelo. La otra era un pastor alemán de cuarenta y dos kilos parado en el pasillo, mirándome, esperando, como Rayo siempre miraba y esperaba — con las orejas ya levantadas y todo el cuerpo inclinado hacia delante, como si hubiera notado que la noche había cambiado de marcha antes que yo.
Abrí la puerta de la autocaravana. Señalé hacia la oscuridad. No recuerdo exactamente lo que hizo mi voz, pero las palabras sí las recuerdo, porque no me han abandonado.
— Rayo. Ve. Ve a buscar a alguien. Por favor.
Saltó a la oscuridad tan rápido que apenas vi su silueta desaparecer. Se fue — al aire negro de la noche, a la nada.
Volví con Leandro. Me senté a su lado en el suelo, cogí su mano. Estaba caliente, pero él estaba muy quieto — no quieto como cuando uno duerme, sino quieto como cuando algo dentro hace todo lo posible por no detenerse. Le hablé. No recuerdo qué. Algo sobre Marta y Cristina. Algo sobre que todavía no habíamos llegado al final del viaje. Algo bastante tonto sobre que me había prometido enseñarme la sierra.
No sé cuánto tiempo pasó. Quizás diez minutos. Quizás veinte. En la oscuridad en el suelo de una autocaravana junto a un marido que se está muriendo, el tiempo deja de ser lo que normalmente es.
Y entonces oí algo fuera.
Voces. Una voz de hombre, luego una de mujer. Pasos sobre la grava. Un golpe en la puerta.
— ¡Oiga! ¿Hay alguien? Su perro se ha puesto en medio de la carretera y no se movía. Hemos salido del coche y ha echado a correr hacia aquí, y...
Abrí la puerta.
Era una pareja joven. Treinta y tantos, quizás algo más. Iban de camino hacia el sur. El hombre vio a Leandro enseguida, le dijo algo a su mujer, y ella ya estaba llamando — ellos sí tenían cobertura, otra compañía — mientras él ya estaba junto a Leandro, con una voz tranquila y segura. Resultó ser técnico de emergencias médicas, volviendo de unas jornadas de formación.
Técnico de emergencias. Volviendo de una formación médica. Detenido por un pastor alemán en medio de una carretera vacía a la una de la madrugada.
La ambulancia llegó a los dieciocho minutos.
Leandro había tenido un infarto. Grave, dijeron los médicos después, con esa entonación con la que entendí que si hubiera pasado un poco más de tiempo, la conversación habría sido otra.
Estuvo diez días ingresado. Yo viví en la autocaravana en el aparcamiento del hospital. Rayo vivió conmigo.
Al décimo día, Leandro salió del hospital por su propio pie, apoyado en mi brazo. Vio a Rayo junto a la puerta de la autocaravana. Se arrodilló delante de él — los médicos probablemente no lo habrían aprobado — y lo abrazó con los dos brazos.
Rayo se dejó abrazar. Quieto, serio, con esa cara suya que decía: «Todo en orden. Lo encontré. Lo traje».
A casa llegamos al final. Un poco más tarde de lo previsto.
Cristina salió a la puerta y nos miró a nosotros, luego a Rayo, luego otra vez a nosotros.
— Papá — dijo —, tienes cara de tener algo que contar.
— Lo tengo — dijo Leandro —. Pero primero que entre Rayo. Se lo ha ganado.
Ahora tiene once años. El hocico casi todo blanco. Camina más despacio que antes. Pero cuando Leandro entra en una habitación, sigue levantando la cabeza y inclinándose un poco hacia delante — por si acaso. Como si siempre estuviera listo.
Pienso mucho en aquella noche. En la oscuridad. En la puerta que abrí sin saber si había alguien al otro lado. En cómo dije «por favor» — no a Rayo, creo. Solo a la noche.
Y en que la noche respondió.
¿Creéis que los perros entienden más de lo que pensamos? ¿O que a veces, en el momento justo, aparece exactamente lo que se necesita? Si esta historia os ha emocionado, compartidla con quienes saben que un perro no es solo un animal. Es alguien que se queda a tu lado cuando todo está más oscuro.

DdA, XXII/6368

LA CLAVE DE BÓVEDA DEL TINGLADO ES LA EXPLOTACIÓN

A medida que el caos ético –es decir, el infierno– toma posesión de la tierra, se va olvidando que el turbo-capitalismo exprime inmisericordemente al conjunto de la sociedad, a la par que destruye sistemáticamente la naturaleza, escribe el autor del artículo, que formará parte de un nuevo libro de Antonio Monterrubio. La lucha contra la exclusión es necesaria, pero no suficiente. La clave de bóveda del Tinglado es la explotación, y así debe señalarse. Tan delicada es la situación que incluso los más elementales derechos humanos han de ser hoy reivindicados y exigidos. No basta con inscribirlos en grandes declaraciones institucionales, hay que hacerlos encarnar en el modo en que los hombres viven. Si no existen en la familia, el barrio, los institutos y facultades, las oficinas y hospitales, las fábricas y supermercados, entonces no significan nada, están escritos en el agua.


Antonio Monterrubio
Habitamos un punto del espacio-tiempo en el que ante nuestra mirada desolada convergen y coinciden lo patético y lo grotesco. Los ejes de coordenadas están desvencijados, el origen es ilocalizable y las trayectorias han devenido giros y espirales sin sentido. Un oligarca puede alquilar para su fastuosa celebración nupcial nada menos que la entera ciudad de Venecia con sus palacios, canales, teatros, museos y góndolas. Mientras tanto, a lo largo y ancho de nuestra pequeña esfera azul, los miles de personas que trabajan para él sobreviven entre la precariedad, la rutina y el hastío. Paralelamente, sus divisiones blindadas de asesores fiscales y sus jenízaros del derecho corporativo se estrujan las neuronas en la insana tarea de hacer que el porcentaje de impuestos sobre sus beneficios sea absurdamente minúsculo.
Las oligarquías basan su lógica de la dominación en lograr convencer a la población de que su autoridad indiscutible es ley divina o, en todo caso, natural. Su promesa estrella es una redención total y definitiva, pero siempre pospuesta. La fragilidad del mensaje excluye que su estrategia de persuasión se enfrente a una competencia que pueda hacerle sombra. Las élites no ignoran que el conocimiento, la sabiduría, la reflexión o la ética son armas de deslegitimación de su autoproclamado derecho a gobernarlo todo. Por eso el Tinglado se esfuerza tanto en acaparar los canales por los que circulan información, comunicación, educación y cultura. Hasta los más estrechos capilares son objeto de vigilancia y de intervención. No solo aspiran al monopolio del Poder; también decretan que la Verdad es propiedad privada, dificultando, debilitando o suprimiendo el debate abierto.
La libertad para hablar se queda en agua de borrajas si no incluye el derecho a ser escuchado. En una democracia plena y auténtica, la hermenéutica de la realidad exigiría el diálogo competitivo de voces plurales salidas de una comunidad de ciudadanos libres. Y ahí, por cierto, no existirían enemigos a eliminar, a lo sumo adversarios políticos o ideológicos con los que se habría de confrontar. Claro que tal cosa requeriría coraje y, sobre todo, asumir el riesgo de la derrota –situación y posición intolerable para quienes consideran que las riendas les pertenecen por derecho natural–. Así pues, apuestan por eliminar, silenciar o, al menos, volver tartamuda cualquier oposición y disidencia. El relato único se les hace imprescindible, máxime cuando necesitan degradar los controles y las instituciones que podrían y deberían poner límites a sus abusos y corrupción.
De todos los factores que generan desigualdad, el más importante y decisivo es el dinero. Hacernos olvidar esta aplastante evidencia es una de las tareas fundamentales de los aparatos ideológicos que sirven a quienes conocen la combinación de la caja fuerte. Los que manejan los caudales pueden comprar los favores de señores feudales venales de poderes menores, granjeándose así la sumisión de burgueses y villanos. Hasta la consabida expresión la voz de su amo es engañosa, pues quien habla –y su discurso es inevitablemente performativo– es el Capital. Disputarle la hegemonía parece una quimera; en todo caso, sería un trabajo propio de titanes abocado a un fracaso casi seguro. Sin embargo, una sociedad genuinamente decente y democrática no tendría necesidad de héroes caídos. Algo falla en este videojuego que se nos presenta como única realidad posible.
Las convulsiones que periódicamente agitaban las aguas del capitalismo no eran sino una agudización temporal de su normalidad. Hoy la crisis se ha cronificado, y se desvanecen las expectativas de revertirla a una serie de brotes que puntuaban periodos de relativa estabilidad. La precariedad, los bajos salarios, la voladura (des)controlada del ascensor social o la entronización del cada uno para sí y Dios contra todos engendran frustraciones y cólera. La catástrofe sistémica obliga a correr sin descanso para permanecer en el mismo sitio, un lugar en el que no se quiere vivir. El malestar acumulado solo espera el momento de eclosionar. La barata demagogia ultraderechista encuentra así la ocasión soñada de verter su ponzoña en oídos desprevenidos y colonizar neuronas somnolientas. No es que su clientela, cada vez más numerosa y turbada, crea realmente en la eficacia terapéutica de sus eslóganes simplistas y sus jaculatorias descabelladas. Lo que necesita, y se le ofrece generosamente, es descargar su amorfa furia en ceremonias o rituales colectivos de execración. El Sistema se ocupa gustosamente de suministrarle una variada gama de dianas de repuesto. La cuestión clave es impedir a toda costa que su ira termine dirigiéndose contra los auténticos artífices de sus desdichas, que, además de sus vidas, controlan sus emociones. Y la noria sigue girando, acarreando agua para mantener siempre llenas las piscinas de los poderosos.
Los amos de la gramática social han cancelado el futuro perfecto, pero también el imperfecto. Hasta diríase que han ocultado en lo más profundo del trastero los modos subjuntivo y potencial. Ahora bien, buena parte de la responsabilidad recae en quienes se dejan atrapar en el cepo de los mañanas gloriosos. Vivir el presente como sala de espera del futuro es un error de apreciación con consecuencias de gran calado. El presente es lo que hay. Desaprovecharlo, tirarlo por la borda, sacrificarlo en el altar de lo etéreo es puro desvarío. Todo es presente. El tiempo no es una realidad a la que se pueda acceder de manera directa, se escapa de las manos. El problema no es que el tiempo pase, sino que nosotros pasamos.
Todo el mundo acelera su vida y se esfuerza por su ansia de futuro, por su hastío del presente. El que organiza todos sus días como si fueran el último, ni ansía el mañana ni lo teme (Séneca: Sobre la brevedad de la vida).
Un extraño teorema rige el funcionamiento del capital financiero: a quien tiene se le dará más, y a quien no, se le quitará lo poco que posee. El jardín del Edén neoliberal es el antibosque de Sherwood. Aquí se roba a los pobres para repartir el botín entre los ricos. La lucha de clases no se ha evaporado. Pero se ha convertido en la rapiña desaforada de una élite sobre sociedades invertebradas en las cuales el individuo narcisista huye de toda idea de fraternidad o solidaridad como de la peste. Es refractario a la unión con sus iguales por la sencilla razón de que no cree tener iguales. Se piensa el único ser cuyo ombligo es redondo.
Una de las bazas triunfadoras del neoliberalismo ha sido instalar en las mentes el dogma de que cada cual es el empresario de sí mismo, un freelance que compite por un trozo de pastel lo más grande posible. El corolario inevitable es que el fracaso es exclusivamente imputable al sujeto y, por tanto, ha de avergonzarlo y hacer que se sienta culpable. La desfachatez con la que invocan la cultura del esfuerzo quienes nacieron entre algodones y siempre han tenido el viento a favor debería causar pasmo y estupor. Sin embargo, es otro de los mantras que pobres y ricos recitan con idéntica devoción.
Los servicios y bienes comunes se van haciendo menos accesibles, escasean o incluso desaparecen. Paralelamente, el control tecnocorporativo sobre nuestras vidas, pensamientos, emociones y movimientos se torna agobiante. La idea de que no hay alternativa reina por doquier, pese a que está en juego nuestra supervivencia. Además, por si fuera poco, en el paraíso turbocapitalista nadie es feliz. Por el contrario, la desdicha crece de día en día. Los asalariados pierden «la propiedad sobre el resultado de su trabajo y la posibilidad de llevar una vida activa más allá de la subordinación». Pero a su vez, los capitalistas «se encuentran encadenados a un proceso sin fin e insaciable, totalmente abstracto y disociado de la satisfacción de necesidades de consumo, aunque sean de lujo» (Boltanski, Chiapello: El nuevo espíritu del capitalismo). Este bucle del que no parece haber salida determina que el tedio sea compañero inseparable de todos, del príncipe y del mendigo, del pobre Lázaro y del rico Epulón.
Ese aburrimiento que, como dijo Cioran, es «mascar tiempo», provoca la búsqueda de bálsamos extraviados, descarriados o inmorales con la vana esperanza de aliviar su mordedura. Y, naturalmente, cuanto mayor es la opulencia, más grandes las barbaridades. A pesar de censuras, tachaduras y ocultaciones, la publicación de parte de los archivos de Epstein salpica a importantes personajes del cogollito social. Da toda la impresión de que los horrores reales e inenarrables de la isla del abuso y la violación dejarían a los más depravados sueños de la secta retratada por Kubrick en Eyes Wide Shut al nivel de un guateque de adolescentes. Simultáneamente, por aquí y por allá, en los cinco continentes aparecen indicios de que la crème de la crème global y local desprende un cierto aroma a podrido.
Eso sí, para los altavoces de alcance masivo, la noticia de impacto es el presunto fenómeno social de los therians. Se trataría de jóvenes que se identifican con animales, corriendo, brincando y aullando, quizás como muestra de repudio hacia el género humano. Adobando este bombazo informativo, se divulgan fotografías y vídeos realizados con inteligencia artificial o con métodos más rudimentarios. La calidad da igual mientras se meta ruido. Los medios tradicionales se hacen eco, como es de rigor últimamente, de la inagotable capacidad para los delirios ridículos propia de la red de redes.
Nos las habemos con espesas cortinas de (botes de) humo destinadas a disolver cualquier conato de insurrección en forma de exigencia de rendición de cuentas a las élites. Hemos tenido anuncios de supuestas quedadas de therians a las que solamente acudieron grupos de mozos exaltados y un tanto puestos con la única intención de agredir verbal –y quién sabe si físicamente– a alguno que se atreviera a aparecer por allí. Dada la ausencia de víctimas, los cachorros de facha debieron conformarse con corear su himno dedicado a Pedro Sánchez, en la estela de la frutera mayor del reino y sus compinches nacionalcatólicos. Claro que esto, a su vez, habilita a los heraldos negros para proseguir con la canción de moda «Todos (o casi) los varones jóvenes son fachas». Este gran éxito del top ten mediático tiene la misión de ser entendido en el sentido de que todos (o casi) los fachas son varones jóvenes. De este modo, las hordas de sujetos adultos, mucho más temibles, pueden ser presentadas como honrados ciudadanos de centro-derecha, hondamente preocupados por el destino de la nación.
A medida que el caos ético –es decir, el infierno– toma posesión de la tierra, se va olvidando que el turbocapitalismo exprime inmisericordemente al conjunto de la sociedad, a la par que destruye sistemáticamente la naturaleza. La lucha contra la exclusión es necesaria, pero no suficiente. La clave de bóveda del Tinglado es la explotación, y así debe señalarse.

Vosotros por la vida nos lleváis

al pobre lo hacéis ser culpable

y al pesar lo entregáis luego,

pues toda culpa se paga en este mundo.

(Goethe: «La canción del arpista», Misión teatral de Wilhelm Meister)

Tan delicada es la situación que incluso los más elementales derechos humanos han de ser hoy reivindicados y exigidos. No basta con inscribirlos en grandes declaraciones institucionales, hay que hacerlos encarnar en el modo en que los hombres viven. Si no existen en la familia, el barrio, los institutos y facultades, las oficinas y hospitales, las fábricas y supermercados, entonces no significan nada, están escritos en el agua. Las libertades serán cotidianas y rutinarias o no serán. De poco vale que la Constitución certifique y ampare el derecho a una vivienda digna si buena parte de la ciudadanía no puede permitírsela. Agitar el espantajo de la igualdad de oportunidades cuando a las clases populares se les hace cada vez más difícil y caro el acceso a los diplomas y másteres indispensables para triunfar es pura palabrería, un hiriente sarcasmo. Pregonar la universalidad de una zarandeada sanidad al tiempo que apenas se le dejan las migajas a una creciente población irregular es publicidad engañosa. Los derechos legales son papel mojado si las abismales disparidades de riqueza, estatus y poder encasillan a las personas en compartimentos estancos.
Y nada de todo esto importará mientras la ley vital siga siendo la cinta de Moebius de la aspiración y la frustración. El deseo perpetuamente insatisfecho nos mantiene encadenados al samsara capitalista, el ciclo del consumo sin meta y sin fin. Ellos crearon un desierto y lo llamaron normalidad. Pero tal noción, de alcance meramente estadístico, ya fue desacreditada hace décadas.
Lo que calificamos de «normal» es producto de la represión, la negación, la escisión, la proyección, la introyección y otras formas de acción destructiva sobre la experiencia. Está radicalmente alienado de la estructura del ser (Ronald D. Laing: La política de la experiencia).
El bufón resulta ser el único cuerdo en este gran teatro de locos.
DdA, XXII/6368

8 AÑOS DICIENDO QUE POLICÍA Y JUSTICIA ESTABAN EN ORDEN PARA LLEGAR A LEIRE DÍEZ

 Según la UCO, Leire Díez habría maniobrado para detener investigaciones al entorno de Sánchez y habría investigado trapos sucios de quienes, como pidió Aznar, podían hacer e hicieron lo posible por desestabilizar la legislatura desde sus puestos de trabajo. Es decir, desde el PSOE habría plena conciencia de que el Estado es un queso Gruyère repleto de agujeros y no aquella cosa impecable y ejemplar por la que merecía la pena organizar una conga indignada contra los de Podemos. A propósito. Cuando los socios de Gobierno eran señalados e imputados por el Gruyère, desde el PSOE se pedía respeto por la Justicia y la conga continuaba. Por supuesto, en España no hay plena normalidad democrática. Por supuesto que esa parte de la Justicia que interacciona con la política es, básicamente, el partido más importante que tiene la derecha española. El PSOE se ha tirado ocho años repitiendo que en la policía, como en la Justicia, todo estaba en orden. No había que contratar a Díez, había que echar a Marlaska.


Gerardo Tecé

Cuando el entonces vicepresidente Pablo Iglesias aseguró que en España no había plena normalidad democrática, ministros y portavoces del PSOE saltaron gesticulando como hooligans que protestan un córner. ¡Pero qué dice! ¡Fuera, fuera! El socialismo institucional coreó en procesión durante días que viva España, viva el rey, el orden y la ley hasta que Pedro Sánchez logró tranquilizarlos. España es una democracia plena, declaró en el Congreso en respuesta a su vice para alivio de todos. Faltaban solo dos años para que Sánchez escribiese su carta a la ciudadanía denunciando la falta de normalidad democrática en España. Fue por aquella fecha de la carta, con la imputación artístico-judicial de Begoña Gómez, cuando la UCO sitúa el comienzo de la trama Leire.

Fue entonces cuando, a aquella mujer que picaba al telefonillo de Ferraz con pruebas de suciedad cloaquera contra el Gobierno, una voz le dijo pasa. Le abrieron la puerta. Era Santos Cerdán, que de suciedad sabe. O eso dicen los informes de la UCO, que de suciedad saben. Imagínense cuánto, que ayer conocíamos que la Unidad Central Operativa le atribuye a Leire Díez haber promovido investigaciones por filtraciones dentro del cuerpo. Dicho de otro modo, a la ‘fontanera’ del PSOE se le acusa de haber hecho un trabajo que la Guardia Civil debería haber hecho y no hizo. Cuando no afectan al novio de Ayuso, las filtraciones no son cosa grave. A Leire Díez se le acusa de más cosas que investigar filtraciones policiales con fines políticos. Según la UCO, la ‘fontanera’ habría maniobrado para detener investigaciones al entorno de Sánchez y habría investigado trapos sucios de quienes, como pidió Aznar, podían hacer e hicieron lo posible por desestabilizar la legislatura desde sus puestos de trabajo. Es decir, desde el PSOE habría plena conciencia de que el Estado es un queso Gruyère repleto de agujeros y no aquella cosa impecable y ejemplar por la que merecía la pena organizar una conga indignada contra los de Podemos. A propósito. Cuando los socios de Gobierno eran señalados e imputados por el Gruyère, desde el PSOE se pedía respeto por la Justicia y la conga continuaba.

Hoy no es conga, sino cortejo fúnebre. No era el qué, sino el cómo, diremos en los discursos de recuerdo al finado. Por supuesto que en España no hay plena normalidad democrática. Por supuesto que esa parte de la Justicia que interacciona con la política es, básicamente, el partido más importante que tiene la derecha española. Claro que la policía y la Guardia Civil sabe de qué pie cojear sin disimulo. No hay duda que el entorno del presidente está siendo artísticamente imputado para derribar al Gobierno. En este preciso momento se están produciendo filtraciones y hay secretarias enviando mails personales sin que eso acabe en escándalo. La forma de tapar los agujeros del Gruyère no era negar en público para maniobrar –cutremente– en privado. Si la Justicia es una navaja en manos de la derecha, hay leyes para arrebatársela en lugar de Leire Díez investigando si un juez condujo borracho. Claro que lo hizo, para eso es juez. El PSOE, en lugar de modificar con la izquierda la fórmula de nombramientos del CGPJ tras años de secuestro, pactó con el PP seguir siendo víctima. Si con un chasquido de dedos encuentras en la policía una unidad dispuesta a salvar España de socialistas, comunistas y rojos, toma el control del Ministerio de Interior que democráticamente ostentas. En su lugar, el PSOE se ha tirado ocho años repitiendo que en la policía, como en la Justicia, todo estaba en orden. No había que contratar a Díez, había que echar a Marlaska. Las teles, periódicos y radios, también controladas por la derecha –pero no era necesaria una nueva ley de medios– lo llaman Operación Leire. Operación ridículo hubiese sido más preciso, aunque menos detectivesco.

CTXT DdA, XXII/6368

"ESPAÑA DEBERÍA SER MUY SOLIDARIA AHORA CON CUBA", PRESIDENTE SÁNCHEZ

El director del Instituto Cervantes, en La Habana

Félix Población

Se lo ha pensado bastante ElDiario.es a la hora de publicar una entrevista, por fin, con el presidente del país que está sufriendo desde hace más de sesenta años un bloque criminal por parte de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos y que desde el pasado mes de enero se está viendo privado también de abastecimiento energético. La entrevista con Miguel Díez-Canel tiene lugar poco después de que el gobierno de Donald Trump anunciase sanciones también contra él, su familia y la cúpula militar. Que sepamos, el periódico digital español es el segundo medio, después de Canal Red, en considerar digna y necesaria de cobertura informativa una interviú con el primer mandatario cubano en la situación de extrema crisis que soporta el país como consecuencia del bloqueo energético impuesto por Trump. Coincide la entrevista, además, con la expulsión de varias empresas hoteleras españolas de la isla, impuesta por el gobierno estadounidense, para que se resienta aún más el turismo como principal aporte a la economía del país. En este sentido es lógico que el presidente Díaz-Canel resalte que la Unión Europea y España "tienen que proteger a su empresariado y a sus ciudadanos. No pueden permitir que les impongan leyes extraterritoriales desde otro país". Se refiere a la salida de Cuba de Iberostar y Meliá por las sanciones que impone Trump a las empresas turísticas que tengan tratos con la isla, sin que ni la Unión Europea ni España hagan el más mínimo amago por defender los intereses de esas empresas. España debe ser muy solidaria con Cuba ahora, dijo el director del Instituto Cervantes el mes pasado en La Habana, en cuya universidad inauguró el año pasado la Cátedra Cervantes. Luis García Montero debería decirle esa misma frase al presidente del Gobierno. En una entrevista con Cuba News, el director del Cervantes enfatizó los vínculos de amistad y el recuerdo del diálogo entre la cultura cubana y española, para subrayar que en las adversas circunstancias que está viviendo la isla el apoyo solidario de España debería extenderse a toda Europa, "porque creo que al defender la dignidad cubana estamos defendiendo, no a un régimen político con el que uno puede estar de acuerdo o no, sino la dignidad del diálogo entre los pueblos del mundo". Creo que la dignidad del gobierno español, y la solidaridad también con el pueblo cubano, consistiría en defender los intereses de las empresas españolas en Cuba, y en seguir el ejemplo de gobiernos como el de México, el más generoso en su colaboración de ayuda al pueblo cubano. Todo lo que nos une con aquella querida isla y todo lo que a su población se la ha castigado durante más de sesenta años, merecerían que nuestro país hubiera estado antes y ahora al frente de la solidaridad internacional.

SEMINARIO RUSO-CHINO-CUBANO EN LA HABANA

Cuba acogió por primera vez, el 3 de junio, un seminario conjunto organizado por las embajadas de China y Rusia, con motivo del 77º aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas bilaterales y del 30º aniversario de la Asociación Estratégica de Coordinación entre ambos países.
Los embajadores de China y Rusia en Cuba, Hua Xin y Víctor Koronelli, encabezaron la actividad celebrada en la sede diplomática rusa en La Habana. Al encuentro asistieron altos funcionarios de la Cancillería cubana, representantes de ambas misiones diplomáticas, miembros de las fuerzas militares de los tres países e investigadores especializados en estudios sobre China y Rusia.
Durante sus intervenciones, los diplomáticos destacaron el valor histórico de las relaciones sino-rusas y subrayaron su relevancia en el actual contexto internacional. Asimismo, afirmaron que China y Rusia se proyectan como actores responsables en favor de la paz global y el desarrollo sostenible.
Expertos cubanos participaron con ponencias centradas en aspectos clave del fortalecimiento de las relaciones entre Rusia y China. Esta solidez se refleja, entre otros elementos, en los más de 40 encuentros mantenidos entre los actuales presidentes de ambos países, que han contribuido a consolidar la alianza estratégica.
La cooperación pragmática también se manifestó en los intercambios bilaterales, que en 2025 alcanzaron los 230 millones de dólares estadounidenses, así como en el fortalecimiento de los vínculos entre los pueblos mediante la exención mutua de visados y el aumento de acuerdos en sectores emergentes como la inteligencia artificial, las tecnologías verdes y la biotecnología.
En el seminario se reiteró además el respaldo de China y Rusia a Cuba frente a las presiones externas y al bloqueo económico, comercial, financiero y energético impuesto por Estados Unidos. CGTN

DdA, XXII/6368