Si la república islámica de Irán, sostiene el articulista del diario La Jornada, resiste unas semanas más (estamos a punto de que cumpla la primera), Estados Unidos e Israel habrán perdido la guerra, por más que Trump salga a declarar que logró una gran victoria.
Pedro Miguel
En Vietnam, Estados Unidos mató a 3 millones de personas, tuvo 60 mil bajas propias y perdió la guerra. Décadas más tarde, la invasión y ocupación de Irak dejó un saldo de unos 5 mil invasores y más de 100 mil locales muertos, aunque no está claro que la potencia agresora haya salido triunfante de esa aventura. Y en la primera semana de los bombardeos conjuntos de Israel y Washington contra Irán, suman ya centenares los iraníes asesinados, pero hasta ahora los soldados estadunidenses fallecidos suman menos de una decena, según las cifras de Washington.
El Pentágono operó la brutal decapitación del régimen, sí, pero éste no se desmoronó ni mucho menos, como habían calculado los halcones de la Casa Blanca. Trump ya dijo que el conflicto se prolongará “varias semanas” y soltó una de sus acostumbradas mentiras: que los gobernantes en Teherán lo están buscando para dialogar; lo que eso significa es que él mismo está buscando una salida mínimamente decorosa a la ratonera en la que se metió. A los iraníes les quedan muchos más muertos que aportar y muchos más misiles para lanzar sobre Israel y las bases militares gringas en la región, y no han dicho una sola palabra parecida a rendición o tregua negociada.
“O la CIA le mintió a Trump o Trump no le hizo caso a la CIA”, dijo recientemente el ex analista de esa institución Larry Johnson. En eso coincide con el profesor de Harvard Jeffrey Sachs, quien piensa que el millonario republicano fue advertido a tiempo sobre la imposibilidad de ganar esa nueva guerra. Porque, por donde se le vea, y aunque el Senado haya denegado por estrecho margen la ilegalidad de la acción, 53 por ciento de los estadunidenses piensa que las fuerzas militares de su país no tienen nada que estar haciendo en la vieja Persia, y ese porcentaje se ampliará de manera inevitable conforme empiecen a regresar a casa los cadáveres de chicos cubiertos por la bandera de barras y estrellas.
Aparte de los reveses internos (la declaración de ilegalidad de los aranceles trumpianos, la orden de un juez al gobierno federal de que devuelva a los importadores los que ya cobró, más de 100 mil millones de dólares, y la remoción de la secretaria de Seguridad Interior, Kristi Noem, que era el brazo ejecutor de la persecución fascista contra inmigrantes y disidentes), en el ámbito externo está por llegar una segunda reacción de las petromonarquías de la Península Arábiga cuando cobren conciencia de que haber permitido la instalación de bases militares en sus respectivos territorios no significa protección alguna contra Irán: el Pentágono reserva sus defensas antimisiles para tales bases, pero no las extiende a los países anfitriones, y ahora éstos se encuentran inermes bajo los misiles.
En otro sentido –Trump de seguro no lo sabe–, el asesinato del ayatollah Ali Jamenei y su familia no sólo es una ofensa imperdonable contra Irán, sino contra el conjunto de la comunidad chiíta, que suma unos 200 millones de personas que no sólo viven en ese país, sino también en Irak, Bahréin, Azerbaiyán, Líbano, Yemen, Pakistán, Arabia Saudita y Siria, y que cuenta con comunidades en Europa y en el propio territorio estadunidense. La mayor autoridad espiritual del chiísmo, el ayatollah Ali al-Sistani (iraquí de origen iraní), condenó el homicidio de Jamenei y exhortó al pueblo iraní y le pidió que se mantenga unido e impida “que los agresores logren sus propósitos”.
El nuevo desorden internacional trumpiano ya ha hecho estragos en la economía mundial, los agravará con esta aventura y aún están por verse los efectos de la merma o interrupción total del comercio marítimo en el estrecho de Ormuz. El que Teherán tenga o no la capacidad de bloquearlo –los medios occidentales juran que no– es irrelevante: basta con que lo haya hecho muy peligroso para que el tránsito por allí resulte incosteable, por la elevación de las primas que exigen las aseguradoras a las navieras o por el obligado cambio de esa ruta por una mucho más prolongada de circunnavegación de África.
En el terreno militar, el escenario no puede ser peor para la superpotencia: Irán tiene capacidad para fabricar un centenar de misiles balísticos cada mes, mientras la capacidad de producción de los misiles Patriot para contrarrestarlos es de sólo seis o siete en ese lapso, según declaración del propio Marco Rubio. Algo peor: los artefactos de Teherán cuestan entre 20 y 50 mil dólares, mientras los estadunidenses tienen un valor de entre 3 y 5 millones. Para colmo, la fuerza misilística iraní se basa en lanzadores móviles, muy difíciles de detectar, o en silos muy profundos y protegidos que sólo pueden ser dañados con bombas GBU-57, de las que el Pentágono sólo posee entre seis y 15, tras gastar 14 de ellas en el ataque del año pasado contra instalaciones nucleares iraníes.
Si la república islámica resiste unas semanas más, Estados Unidos e Israel habrán perdido la guerra, por más que Trump salga a declarar que logró una gran victoria.
Léase@también: La bestia morirá matando, por Rafael Poch (CTXT)
LA JORNADA MX. DdA, XXII/6280




