A algunos lectores nos hubiera gustado que el autor del artículo fuera más crítico con el hecho que comenta recurriendo a un par de caídas propias, porque entre las lacras del ministro Marlaska la de esta profesora jubilada no se debería olvidar, máxime cuando el comportamiento de sus agentes es tan distinto con los manifestantes de extrema derecha. En vez de quedarse en casa, escribe Muñoz Molina, la profesora jubilada agredida en Valencia salió a defender la escuela pública. El policía, que corre tras ella, tan solo le da un golpe como de pasada con la mano, y sigue hacia adelante, en la tarea sin duda hercúlea de reprimir no a unos vándalos borrachos del fútbol, ni a los hooligans que luchan contra el sistema incendiando autobuses y contenedores de basura, sino a unos profesores con camisetas verdes que han recurrido a la movilización y a la huelga como último recurso contra la destrucción programada de la enseñanza pública, que incluye el empobrecimiento de los que la imparten y la degradación de sus condiciones de trabajo.
Antonio Muñoz Molina
Hay un momento impreciso en la vida en el que uno empieza a tener miedo de caerse. Se da cuenta de que ya no baja tan rápido las escaleras, pero no recuerda desde cuándo sigue con la mano la baranda, aunque todavía no se apoye en ella. Caminar erguido sobre dos piernas es una facultad muy rara en el mundo animal. Los homínidos que precedieron en unos cuantos millones de años a nuestra especie tardaron mucho en dominarla.
Caminar erguido es algo que hace sin dificultad casi todo el mundo, pero basta ver el lento aprendizaje de un bebé para apreciar todo el trabajo que cuesta, y los peligros que el nuevo andarín tiene que superar, incluyendo el dominio de esa complicada invención humana que son las escaleras. En un texto célebre, Instrucciones para subir una escalera, Julio Cortázar logró expresar con humorismo la cantidad de movimientos mínimos y coordinaciones musculares y espaciales que necesitaría aprender quien, careciendo de cualquier información o adiestramiento previo, y basándose solo en la lectura de un manual, decidiera emprender un ascenso que para el bebé explorador tendrá algo de la dificultad y el misterio de escalar una pirámide precolombina. El accidentado, el que sobrevive a un ataque, el que ha pasado unos meses en cama, descubre la casi imposibilidad de lo que en otra época le pareció obvio, y ahora cada simple paso es una conquista y una proeza. El niño atolondrado se cae y se hace sangre en la nariz y prorrumpe en un llanto trágico, pero su cuerpo es tan elástico como su mente, y un poco después de alarmar a los adultos ya está corriendo sin miedo alguno de nuevo.
Caerse de adulto es una experiencia muy rara. El tropezón, el traspiés, la caída, son más rápidos que el cerebro, y cuando uno empieza a comprender lo que le ha pasado está derribado en el suelo, con una curiosa sensación de vergüenza que se acentúa si hay testigos de su contratiempo, alguno de los cuales lo mirará con reprobación desde arriba, con la soberbia propia de los bípedos, mientras un samaritano de buen corazón se inclinará para ayudarle, agravando su desconsuelo. Una mañana, hace bastantes años, volvía yo corriendo del Retiro, atravesando enérgicamente la Castellana a la altura de Cibeles, y en un instante mi excesiva satisfacción de deportista se vio desbaratada cuando tropecé y me caí al arrancar después de la pausa del semáforo en rojo. Hasta ese momento, yo había sido un hombre maduro y saludable que había madrugado para correr al fresco de la mañana de verano. Caído bocabajo en el asfalto era un cincuentón con gafas y con un pantalón de deporte inapropiado a mis años. Por suerte, había tenido la precaución instintiva de poner por delante las manos.
Cuando de adolescentes nos dio por llevar las manos hundidas en los bolsillos del pantalón vaquero, en un gesto que nos parecía de terquedad indómita, nuestras madres nos advertían con anticuada sensatez: “No lleves las manos en los bolsillos, no vayas a caerte”. Por esos mismos años, en las imágenes furtivas de manifestaciones antifranquistas, se veía a trabajadores o estudiantes corriendo delante de los grises, que daban mucho más miedo cuando cargaban a caballo, con porras más largas para dar zurriagazos desde sus altas monturas. Para el que estaba caído e inerme en el suelo, las botas negras de aquellos antidisturbios uniformados de gris no eran menos amenazadoras que los cascos de los caballos, a los que al fin y al cabo nadie podría acusar de crueldad.
A ciertas edades una caída puede ser ese brusco escalón que lo deposita a uno en la vejez, en la conciencia amarga de una fragilidad que hasta entonces no se le había revelado. Los huesos son más quebradizos, las articulaciones más rígidas. Al caerse de boca, que es la peor de las caídas, la cara sufre el efecto del golpe contra una materia dura y áspera, piedra o asfalto; arreglos dentales sofisticados pueden romperse, fracturarse el cartílago de la nariz, los huesos de los pómulos y la barbilla.
En una de las medianoches espectrales de la pandemia, dando el paseo reglamentario a mi perra, tropecé con una de esas losas mal ensambladas que son una de tantas trampas municipales, y como hacía frío y llevaba las manos en los bolsillos, incumpliendo una vez más el consejo de mi madre, me di un golpe en toda la cara al caer, y tardé un rato en comprender lo que me había pasado. Tenía el lado derecho de la cara contra el feroz granito de Madrid. No había nadie. No podía pedir ayuda. Sacar las manos de los bolsillos y apoyarme en los codos para incorporarme era una tarea más difícil porque me costaba salir del estupor de la caída. Notaba el choque en la bóveda de hueso del cerebro. En torno a mi ojo derecho se había incrustado uno de los óvalos de metal de las gafas. La perra esperaba con paciencia a que me levantara. Cuando me miré en un escaparate, mi cara era la de un desconocido. La sangre caía de la nariz y del contorno herido del ojo derecho. Yo era un zombi manchado de sangre en la medianoche desierta del confinamiento.
En la plenitud de la fortaleza física hay un desbordamiento de soberbia, un desdén hacia el torpe, el que no está en forma, el lento, el viejo. El fuerte no sabe lo fácilmente que puede hacer daño; a veces lo sabe y lo disfruta, porque además no corre el menor peligro de sufrir una respuesta violenta. El policía antidisturbios que tiró contra el suelo a la profesora jubilada en Valencia no necesitó darle un empujón, menos aún golpearla con la porra. El hábito televisivo de repetir imágenes en bucles incesantes da la impresión de que la mujer está cayendo a cada momento, una y otra vez. El policía, que corre tras ella, tan solo le da un golpe como de pasada con la mano, y sigue hacia adelante, en la tarea sin duda hercúlea de reprimir no a unos vándalos borrachos del fútbol, ni a los hooligans que luchan contra el sistema incendiando autobuses y contenedores de basura, sino a unos profesores con camisetas verdes que han recurrido a la movilización y a la huelga como último recurso contra la destrucción programada de la enseñanza pública, que incluye el empobrecimiento de los que la imparten y la degradación de sus condiciones de trabajo.
El policía lleva casco y guantes y corre con la soltura y la fuerza de un varón joven y corpulento que se somete a un riguroso entrenamiento físico. La profesora, que está jubilada y tiene 68 años, aunque no por eso haya perdido su coraje de luchadora, cae al suelo y está claro que al principio no se da cuenta de lo que le ha sucedido, porque el golpe fue instantáneo y le vino por detrás. El que cae tarda en comprender que eso tan raro y doloroso que le sucede es que se ha caído. Profesoras jubiladas de sesenta y tantos, de setenta y tantos años, siguen siendo la sal de la tierra, igual que cuando transmitían el amor por el conocimiento y la literatura en las aulas. Leen más todavía, al tener más tiempo, forman clubes de lectura, visitan a media mañana los museos, acuden a conciertos y funciones teatrales, aprovechan los precios reducidos para no perderse un estreno en el cine.
Cuando yo era niño, muchas mujeres de esa edad eran viejas de luto, o eso se creía que eran. Esta profesora, en vez de quedarse en su casa disfrutando su pensión, ha mantenido su fervor de antigua militancia, ha sentido que rejuvenecía defendiendo la escuela pública, que desde hace ya mucho más de un siglo es la causa cardinal del progresismo en España, nunca resuelta, nunca garantizada. No hemos visto su cara, aunque sabemos que tiene fracturada la barbilla y el tabique nasal, como es propio de quien cae de boca. Tardó muy poco en levantarse, porque sus compañeros la asistieron mientras gritaban: “¡Vergüenza!”. A gente así no la doma nadie.
EL PAIS DdA, XXII/6369







