viernes, 6 de febrero de 2026

RÉPLICA DE BRANCO MILANOVIC AL ARTÍCULO "CONTRA EL IMPERIO", DE MUÑOZ MOLINA

Desde Conversación sobre la Historia presentamos un interesante cruce de opiniones sobre un asunto recurrente que podría sintetizarse en el argumento de que las izquierdas de los países democráticos carecen de capacidad crítica para denunciar golpes, intervenciones y dictaduras que se proclaman de izquierdas, revolucionarias e igualitarias. El texto de Antonio Muñoz Molina (que se reproduce después del de Milanović) estaría cerca de esta argumentación, que no deja de ser un leitmotiv de la literatura reaccionaria, como replica Branco Milanović. Ahora bien, ¿por qué hay una generación de autores, especialmente literatos, que, desde concepciones de carácter relativamente progresista, recurren a este argumentario? ¿Tal vez la explicación esté en el peso del franquismo sociológico? No tratamos de ofrecer  una sola explicación para un fenómeno social de esta envergadura,  (recuérdese, por ejemplo, “La desfachatez intelectual”), pero habrá que valorar significativamente que estamos hablando de personas de una sociedad que disfrutó, pero también padeció, las grandes prebendas populistas del franquismo de los sesenta, por ejemplo, las becas de estudios para el bachillerato en función del mérito académico. Tal vez ese tipo de benéfica carga fuese la que provocase a aquellos bachilleres letrados convertidos en jóvenes sabios “mirar para otro lado”, todo por puro efecto rechazo. Como recuerda Branko, es más que razonable criticar los imperialismos presentes, pues tortícolis pasadas no dejan el cuello dañado, aunque el reaccionarismo educado argumente lo contrario.       

Conversación sobre la historia

16 de noviembre de 1972: audiencia del dictador a los beneficiarios de las Becas Francisco Franco. Entre las autoridades presentes, Antonio José García Rodríguez-Acosta (foto: Santos Yubero)

 

Branko Milanović

En un interesante artículo titulado acertadamente “Contra el imperio“, el columnista de El País Antonio Muñoz Molina ofrece una reseña resumida del último medio siglo de política internacional y, de hecho, de las decepciones políticas de la izquierda. El artículo está escrito bajo la sombra del imperialismo que regresa. Comienza citando a la pareja del autor, quien dice que tienen que volver a luchar contra el imperialismo como lo hicieron en su juventud. Termina con una nota similar: un llamamiento a luchar contra el imperialismo (implícito) de Trump, Putin y Xi Jinping. La mayor parte del artículo consiste en una lista, o incluso se podría decir una letanía, de los errores de la izquierda antiimperialista de la juventud del autor. Todos los que tienen más de 50 años, y más aún los mayores, recuerdan perfectamente todos estos acontecimientos. De hecho, yo recuerdo todos los citados en el artículo, algunos quizá mejor que los acontecimientos que tuvieron lugar hace varios meses.

Es una crítica a la izquierda que, según Muñoz Molina, comenzó con la lectura de El imperialismo, fase superior del capitalismo de Lenin y el Libro Rojo de Mao, y que a partir de entonces se centró exclusivamente en criticar el imperialismo estadounidense. Dejó de lado, ignoró o apoyó, y en el mejor de los casos, no criticó lo suficiente las calamidades “producidas por la izquierda”, como el éxodo masivo de la población de Vietnam del Sur después de que Vietnam del Norte y el Vietcong ganaran la guerra1; ignoró la invasión soviética de Checoslovaquia o no adoptó una postura clara contra Jomeini durante la Revolución Islámica. Peor aún, los izquierdistas apoyaron a los regímenes opresivos de cualquier país del Tercer Mundo (Vargas Llosa es citado allí de manera útil), ya fuera Cuba, Zimbabue o China.

Estas son las críticas liberales habituales y no son nada nuevas. Prácticamente no han cambiado desde 1917: solo ha aumentado el número de acontecimientos a los que se pueden aplicar. Sin embargo, para no mostrarse totalmente ciego ante los acontecimientos de los últimos treinta años, Molina, de forma algo tibia, al parecer, extiende la crítica al insuficiente rechazo de la izquierda democrática a las oligarquías neoliberales de América Latina, que en su país viven en recintos fuertemente protegidos, pero que, tras comprar costosas villas en Miami y Madrid, disfrutan de los placeres de sociedades más igualitarias y ricas. (Quizás Vargas Llosa también podría haber sido citado en ese contexto). No hay que olvidar que también se mencionan los excesos de la privatización poscomunista, que benefició principalmente a los cuadros comunistas.

Intervención de Santiago Carrillo en la Conferencia de Partidos Comunistas, en Mundo Obrero, 22 de junio de 1969, en la que reiteró la crítica ya expresada en la “Declaración del PCE sobre los acontecimientos en Checoslovaquia”, publicada en Mundo Obrero en septiembre de 1968

Sin embargo, el lector se pregunta: ¿Qué sentido tiene el artículo, aparte de enumerar una letanía de errores, o “errores”? ¿Acaso la izquierda, que se equivocó permanentemente durante unos cincuenta años, ahora que el mundo ha vuelto a ser imperialista, necesita volver a los valores de su juventud? ¿Al Imperialismo… de Lenin? No está claro si este es el mensaje, y sinceramente dudo que lo sea. Pero el único mensaje que se podría imaginar es que uno debería refugiarse en lo que podría llamarse narcisismo intelectual, en el que uno siempre tiene razón políticamente, pero es irrelevante e ingenuo. ¿Es deseable esta combinación de vanidad e ingenuidad?

Con ese pensamiento, las críticas que Muñoz Molina dispensa libremente comienzan a perder su poder. Tomemos el caso de Vietnam. ¿No debería la izquierda haber apoyado a los comunistas vietnamitas en su lucha contra el imperialismo estadounidense porque no les importaba mucho la democracia? ¿O no debería la izquierda haber ignorado la teocracia de Jomeini? La respuesta siempre puede ser “sí”, pero la cuestión es que, en el mundo real, a diferencia del mundo de los sueños intelectuales, el contexto internacional importa. Y también está la cuestión del mal menor. Ciertas luchas merecen ser apoyadas, ya sea porque la parte que se apoya se considera el mal menor de los dos, o porque las luchas deben verse en el contexto global. Por poner un ejemplo: la guerra entre la URSS y Alemania entre 1941 y 1945 solo puede y debe verse en un contexto internacional. No tiene sentido declarar la neutralidad porque el régimen de Stalin fuera en algunos casos tan represivo, y en muchos casos incluso más represivo, que el de Hitler. Esta no es la base sobre la que decidimos si apoyar a uno u otro. La decisión debe tomarse dentro del contexto global, es decir, teniendo en cuenta lo que significaría para el mundo la victoria de uno u otro bando.

Es igualmente inútil criticar a las personas por no apoyar políticas o ideologías que simplemente no están sobre la mesa de posibilidades. Es posible que nuestra opción preferida no esté disponible en absoluto. No está en el menú. Si estuviéramos en Teherán en enero de 1979, las opciones del menú serían la continuación de una dictadura dependiente del exterior [comprador dictatorship] por parte de un autócrata vanidoso, un gobierno teocrático, una toma del poder por parte de los comunistas o un régimen extremista de izquierda del Tercer Mundo. La democracia liberal no está en el menú. Muñoz Molina quizá desearía que lo estuviera, pero simplemente no lo estaba. Uno tiene dos opciones: seguir viviendo en un mundo de fantasía y permanecer siempre coherente y «correcto», y por lo tanto irrelevante; o elegir lo que cree que es, en un momento dado, el mal menor.

Manifiesto de la Asociación Antiimperialista de los Pueblos de España (c. 1976-1977), uno de cuyos lemas era “Ni OTAN ni Pacto de Varsovia” (Archivo de la Transición, Repositorio de la UAB)

De hecho, todos los ejemplos que da Muñoz Molina deben analizarse en su contexto. Consideremos el caso de los Jemeres Rojos. Llegaron al poder tras derrocar la dictadura de Lon Nol, instaurada por Estados Unidos; pero Lon Nol llegó al poder porque los estadounidenses decidieron invadir Camboya para detener el flujo de armas que se suministraban a Vietnam del Norte a través de la “ruta Ho Chi Minh”. Así pues, la decisión de apoyar a Vietnam del Norte, Camboya o Sihanouk no se toma sabiendo a qué conducirá, sino basándose únicamente en las condiciones existentes en el momento en que se decide apoyar esa opción. El ascenso de los Jemeres Rojos no invalida la corrección de la decisión de apoyar a Camboya en su suministro de armas al Vietcong. Una letanía de errores se convierte en ahistórica.

Además, no sirve de nada. Cuando decidimos cuál es el mejor enfoque hoy en día, podemos acusar a Trump y Putin de imperialismo estadounidense y ruso, respectivamente, y a Xi Jinping de no respetar los derechos humanos. Pero en el mundo tal y como es, tenemos que decidir basándonos en el contexto histórico y en el principio del mal menor. La guerra en Ucrania tiene que terminar. Rusia controlará un territorio que nadie en el mundo reconocerá y esto continuará durante un futuro indefinido. Trump (y también Biden) han llevado a Estados Unidos a adoptar políticas que establecen más firmemente su dominio sobre el hemisferio occidental y se centran en contrarrestar a China a nivel mundial. Hablar del secuestro de Maduro y de las amenazas a Groenlandia como si representaran una novedad total en el comportamiento de Estados Unidos es simplemente erróneo. Antes de que Maduro fuera secuestrado, también lo fue Noriega, y con muchas más víctimas y 20.000 soldados estadounidenses atacando el país sin la autorización de ningún organismo internacional. Antes de que Groenlandia fuera amenazada, también lo fue Irak, y de nuevo con muchas más víctimas.

Lo que parece nuevo en «Contra el imperio» no lo es en absoluto. A lo largo del siglo pasado hemos tenido que lidiar con diversos imperialismos. En ocasiones, algunos recibieron apoyo porque (en opinión de la izquierda) eran mejores para el mundo o porque, a nivel nacional, representaban el mal menor entre las opciones disponibles. La situación no es diferente hoy en día. Los imperios también estuvieron presentes durante la era neoliberal. No se inventaron ayer.

1. Además, el ejemplo de Muñoz Molina no es del todo correcto desde el punto de vista técnico, ya que el gobierno de los Jemeres Rojos, tras ser derrocado por los vietnamitas, recibió el apoyo de Estados Unidos, y no de la izquierda “antiimperialista”.

Fuente: Global Inequality and More 3.0, 1 de febrero de 2026Traducción española publicada y revisada en Letras Libres 2 de febrero de 2026


Antonio Muñoz Molina en Nueva York, 1990 (foto de la web del autor)

Contra el imperio

Antonio Muñoz Molina

Mientras practicamos esa costumbre de ahora que es la conversación desolada sobre las calamidades del presente —las internacionales y las domésticas, por usar el nuevo calco infeccioso del inglés— la amiga que se sienta a mi lado me dice, no sé si con ímpetu combativo o con la ironía de la resignación:

—Se ve que tenemos que volver al antimperialismo de nuestra juventud.

Esa palabra, imperialismo, que leíamos y usábamos tanto en aquellos años, se había extinguido en el vocabulario de muchos de nosotros, de esa manera enigmática en la que ciertas palabras raramente usadas se multiplican en una progresión geométrica como la de las especies de bacterias, de plantas o insectos, y en un tiempo muy breve desaparecen sin dejar rastro. De la omnipresencia se pasa a la invisibilidad. Por eso me gustan tanto esas ferias de lo que en Estados Unidos llaman ephemera, las cosas sin ningún valor que todo el mundo usa y tira sin prestarles atención, postales, cajas de cerillas, bolígrafos, entradas de teatro o de cine, residuos en los que en el momento nadie repara, aunque están en todas partes, y que precisamente por eso, al cabo de los años, se convierten en pepitas de tiempo en estado puro. Una vez, mientras escribía una novela situada en los años treinta, encontré en una de esas ferias algo que sin tener utilidad para la trama me dio la sensación que uno necesita cuando escribe sobre un pasado que no conoció. Era una especie de libreta con un bello transatlántico dibujado en la portada, que contenía el calendario de comidas del restaurante de a bordo. Yo estaba tocando algo que no habría podido saber cómo era, pero que formaría parte de la realidad material de los personajes que inventaba: un pasaje de barco.

Hasta hace nada la palabra imperialismo era una reliquia olvidada, no porque el concepto que nombra se hubiera vuelto irrelevante, sino porque yo creo que nosotros, sus antiguos usuarios, habíamos perdido la capacidad racional de usarla, aunque también porque simplemente obedecíamos al capricho de la moda, que un poco antes nos la hacía imprescindible. Habíamos leído y desmenuzado en seminarios letárgicos El imperialismo, fase superior del capitalismo, escrito en la ardua prosa de Lenin, o de los traductores del ruso que trabajarían a destajo en la editorial Progreso de Moscú, y aunque no perteneciéramos a la rara especie antifranquista de los prochinos estábamos tontamente familiarizados con un cierto número de consignas de Mao, extraídas del Libro Rojo que los alegres guardias juveniles de la Revolución Cultural esgrimían mientras quemaban templos o manuscritos inmemoriales, colgaban a alguien por el delito de llevar gafas o humillaban a los profesores culpables de saberes burgueses haciéndoles desfilar con orejas de burro entre los estacazos y pedradas de sus estudiantes. Decía Mao: “Los imperialistas son tigres de papel”.

Imperialismo, para nosotros, era por definición el imperialismo americano. En 1968, el Partido Comunista de España, honrosamente, se había pronunciado contra la invasión soviética de Checoslovaquia, pero no llegó a calificarla de imperialista. Uno de los hechos fundadores de nuestra conciencia política fue el golpe de Estado de Pinochet contra el Gobierno de la Unión Popular en Chile. Pero nuestro rechazo a la opresión no nos llevó a protestar contra las matanzas de Mao, el encierro de disidentes soviéticos en hospitales psiquiátricos, la tiranía devastadora de Ceaucescu en Rumania, por no hablar de la de Fidel Castro en Cuba. Creo que fue hacia 1970 cuando Mario Vargas Llosa sostuvo una polémica con uno de los grandes portavoces de la intelectualidad europea, Günter Grass, ardiente defensor entonces del régimen cubano y de las sublevaciones guerrilleras latinoamericanas, en una de las cuales los militares habían ejecutado a Ernesto Che Guevara. Lo que dijo Vargas Llosa, con toda la razón, y con el escándalo de bastantes colegas, fue que muchos intelectuales del primer mundo defendían para el tercero regímenes en los que ellos nunca aceptarían vivir.

La debilidad de nuestro antimperialismo era la ceguera parcial y voluntaria que nos aquejaba. Veíamos, con toda la razón del mundo, los crímenes de Estados Unidos en Chile, en Guatemala, en Argentina, en Uruguay, el descaro con el que armaron y patrocinaron la negra noche de las dictaduras en los años setenta. Simpatizábamos con la lucha de Vietnam del Norte, pero no con las víctimas del régimen de Ho Chi Minh, y menos aún con los survietnamitas que después de la guerra huían por millones, jugándose las vidas desesperadamente en el mar. Éramos tan contrarios al imperialismo que estábamos dispuestos a aprobar con entusiasmo a cualquier líder o cualquier movimiento que se declarase antimperialista, casi cualquier guerrilla que usara ese lenguaje y cumpliera con ciertas normas indumentarias y capilares establecidas por la revolución castrista. En julio de 1979, era lícito alegrarse sin reserva de la victoria de los sandinistas contra el tirano Somoza, pero en enero de ese año nos habíamos alegrado tanto de la caída de un “títere del imperialismo”, como era el sah de Irán que no se nos ocurrió poner reparo al ceño lúgubre de clérigo Torquemada del ayatolá Jomeini. Si el sah había impuesto autoritariamente las costumbres occidentales a su pueblo, ¿no sería un signo de liberación que las mujeres iraníes llevaran de nuevo el velo, tan propio de aquella cultura? ¿Quién iba a creer que los Jemeres Rojos, llevando ese nombre y habiendo derrotado a un golpista impuesto por los Estados Unidos, iban a cometer en Camboya uno de los dos o tres peores genocidios del mundo?

Paralizados entre dos opciones imposibles, lo que hicimos muchos fue mirar a otro lado. He observado que, con tal de enfrentarse a regímenes detestables, hay personas que adoptan actitudes detestables, y que por rechazo hacia un cierto tipo de crímenes y abusos aprueban los crímenes y abusos del bando contrario. En España queda quien, con tal de estar en contra de Estados Unidos, es capaz de aplaudir a déspotas corruptos como Maduro o el siniestro matrimonio Ortega de Nicaragua, y hasta de aprobar la invasión rusa de Ucrania, que ya tiene mérito. Mario Vargas Llosa, del que en otras épocas pudimos aprender a inventar novelas empapadas en la vibración y la complejidad del mundo y a defender la libertad de espíritu en contra de la peor de todas las ortodoxias, la que imponen los nuestros, derivó después hacia un neoliberalismo de millonario latinoamericano, de esas clases dirigentes que antes de pagar impuestos prefieren vivir en colonias de lujo custodiadas por guardas armados y comprar viviendas a precio de oro en Miami o en esta Europa donde políticas que ellos nunca aceptarían en sus propios países les permiten salir de compras, visitar restaurantes y pasear a pie por la calle, sin coches blindados ni escoltas con fusiles de asalto.

Los disidentes del este de Europa y de Rusia descubrieron con amargura en los años noventa que después del comunismo lo que venía era un capitalismo sin ley, del que se beneficiaban sobre todo los antiguos dirigentes comunistas. En China, se ha comprobado que capitalismo y comunismo, aquellos grandes enemigos de la Guerra Fría, son perfectamente compatibles, a condición de que se prescinda de la democracia. Y no parece que la democracia sea ahora una prioridad, aunque sí una molestia, para las oligarquías que en Estados Unidos controlan desde el Tribunal Supremo hasta la más vil y banal de las redes sociales. Así que no nos queda más remedio que hacernos de nuevo antimperialistas, y esta vez no contra uno, sino contra tres imperios, dotados cada uno de unas capacidades de vigilancia, control y destrucción que no habían existido nunca.

Fuente: El País 31 de enero de 2026

CONVERSACIÓN SOBRE LA HISTORIA

jueves, 5 de febrero de 2026

PERROS CONTRA TANQUES: FRACASO MILITAR Y HORROR ANTE UNA IDEA INHUMANA



Manuel Pacheco Ruda

NO SABIA QUE MORIRIA DEBAJO DE UN TANQUE
Esto pasó de verdad.
Y cuanto más lo sabes, más duele.
En la Segunda Guerra Mundial, el ejército de la Unión Soviética utilizó perros como armas antitanque. La mayoría eran pastores alemanes o cruces fuertes, perros nobles, obedientes, de los que miran a los ojos y confían sin preguntar.
No eran soldados.
No entendían órdenes militares.
Eran perros.
El entrenamiento no se basaba en golpes, sino en algo peor: la necesidad. Hambre.
A los perros se les enseñaba que la comida estaba siempre debajo de los tanques. Una y otra vez. Día tras día. Hasta que su mente solo asociaba una cosa: metal, ruido y alimento.
Aprendían el temblor del suelo cuando el motor arrancaba.
Aprendían el sonido grave de las orugas.
Aprendían el olor del combustible.
Para ellos no era una máquina de guerra.
Era el lugar donde sobrevivían.
Los entrenaban con tanques soviéticos, que usaban gasolina. Pero en el frente real, los tanques enemigos funcionaban con diésel. El olor no era el mismo. El sonido tampoco. Y el perro no sabía distinguir bandos. Solo sabía repetir lo que le habían enseñado.
Cuando el entrenamiento terminaba, les colocaban una carga explosiva en el lomo. Una varilla metálica sobresalía hacia arriba. La idea era simple y terrible: el perro corría hacia el tanque, se metía debajo buscando comida y, al tocar la varilla el chasis, todo terminaba.
El perro no sabía que iba a morir.
Nunca lo supo.
En el campo de batalla, el miedo lo cambiaba todo. Disparos, explosiones, gritos. Muchos perros se desorientaban. Otros no reconocían el olor del diésel y buscaban los tanques que conocían. Y muchos, simplemente, volvían corriendo hacia donde habían sido cuidados. A las trincheras. A su gente. Al único lugar que reconocían como hogar.
Y explotaban allí.
Los soldados enemigos aprendieron rápido a disparar a cualquier perro que vieran. Militarmente fue un fracaso. Humanamente, una herida imposible de cerrar.
Miles de perros murieron así.
Sin elegir.
Sin entender.
Sin saber que no habría comida al final del camino.
Mientras los humanos hablaban de banderas y victorias, el perro hizo lo único que sabe hacer de verdad: confiar en el humano.
Y el humano convirtió esa confianza en un arma.
Si esta historia te ha removido por dentro, no la guardes.
Compártela.
Para que no se olvide.
Para que no vuelva a pasar.


LOS SEGADORES DE ENTONCES, LOS "SIN PAPELES" DE AHORA


La verdadera frontera no está en el mapa, sino en la mirada: en decidir si vemos «sin papeles»… o vemos, como en la foto, a los segadores de siempre, reclamando lo más sencillo y lo más justo: el derecho a vivir de su trabajo, a ser personas.

Paco Arenas
*

Los segadores de entonces, los «sin papeles» de ahora, la misma cara de la misma moneda.

Los segadores, ahí están, doblados sobre el trigo como si pidieran perdón a la tierra por tener que arrancarle la vida. Sombreros bajos, espalda rota, rodillas hundidas en la mies, con el cacique atento para que nadie pierda comba.

Segar de sol a sol por un jornal, muchas veces subastado a la baja en la plaza. Cada espiga podía ser una miga de pan… y, a veces, ni eso. Sin Seguridad Social, sin derechos de ningún tipo: si no trabajabas, no cobrabas; si enfermabas, sobrabas. El patrón pasaba, contaba las gavillas como quien cuenta ovejas ajenas, y en la libreta apuntaba los números que siempre salían a su favor.

En aquella España tan católica, en tiempo de siega, no se descansaba ni los domingos ni las fiestas de guardar. No tenían ni agua para lavarse, dormían en el rastrojo, Mi madre me contaba que cuando se quitaban la ropa, el día de san Pedro, que descansaban, los pantalones se quedaban de pie por el sudor y el polvo acumulado.

Mira bien la foto. Podrían ser tus abuelos, tus tíos, tu madre cobrando la mitad que tu padre, no porque segase menos, sino por ser mujer. ¿Cuántas parieron en el tajo, con el sudor mezclado con el dolor del parto, y al día siguiente otra vez con la hoz en la mano?

Pero podrían ser también los temporeros de ahora, con acento distinto, doblando la espalda para coger tomates, pimientos o fresones. Muchos trabajan «sin papeles», como trabajaron tantos españoles en Francia, Alemania o Suiza. Hoy, en buena parte del campo manda esa ultraderecha que los llama ilegales y grita que «hay que echar a ocho millones», mientras los patronos que los explotan se enfurecen porque, con la regularización, tendrán que darlos de alta en la Seguridad Social y pagarles un jornal conforme a la ley.

Tus abuelos, tus padres, son el espejo donde se miran estos hombres y mujeres que ahora doblan el espinazo. Cambia la ropa, cambia el idioma, cambia el color de la piel… pero la postura del cuerpo es la misma, y el desprecio de ese cacique que observa, también.

Tal vez por eso estas imágenes duelen y reconcilian a la vez: nos recuerdan que hubo un tiempo en que la riqueza de España se medía en espigas y en hambre; y que, sin esa gente que casi nunca sale en los libros de historia, ni habría pueblo al fondo, ni torre, ni tejados, ni fotos que mirar. Solo un viento frío barriendo una llanura vacía.

Lo mismo que ahora: sin esas gentes que vienen de lejos —y que antes que migrantes son personas— no habría manos que sembraran ni que recojan el tomate que te estás comiendo en la ensalada, ni quien te sirva ese bar que abarrotas por un sueldo de miseria, aunque a ti te cobren a precio de restaurante de lujo, ni quien cuide a tus mayores. La verdadera frontera no está en el mapa, sino en la mirada: en decidir si vemos «sin papeles»… o vemos, como en la foto, a los segadores de siempre, reclamando lo más sencillo y lo más justo: el derecho de vivir de su trabajo, a ser personas.

*Su último libro es "Las abarcas desiertas".

DdA, XXII/6253

ELISA MOULIAÀ: "MALA VÍCTIMA" Y "MALA AGREDIDA", AGREDIDA DESPUÉS POR TANTOS

 A Elisa Mouliaa se le juntaron la consideración de "mala agredida" con la de "mala víctima". Una "mala agredida" es la que ha llegado hasta la cama, quien sabe si a besos, quien sabe si ebria, y en un momento dado decide parar. Denunció la agresión del entonces portavoz de Sumar en el Congreso, Íñigo Errejón. Por supuesto que pensó que su paso animaría a otras, escribe Cristina Fallarás en su columna de opinión en el diario Público. Lo que no creo que supiera es que acababa de empezar un calvario que la iba llevar a ser agredida también y con saña por los medios, el Poder Judicial en la figura, para empezar, del juez Carretero, miles y miles de hombres y, lamentablemente, también gran parte del feminismo.  


Cristina Fallarás

Este es el caso de una mujer que puso el cuerpo y la identidad, su carrera y su futuro, por las que no pudieron o no quisieron dar el paso. Es difícil, dificilísimo, para una mujer meterse en un proceso judicial contra un hombre por agresión sexual. Mucho más cuando los únicos que están presente son ella y él. La voz de la mujer contra la voz del hombre. La tradición, todo el peso de siglos de patriarcado violento, indica que nosotras mentimos. Lo mismo apuntala el supuesto honor masculino. Esto no es un lamento, es la descripción de una costumbre. Por las carreteras, los chungos aprietan el acelerador con el adhesivo "Todas mienten" pegado al culo. 

Leo a diario casos de mujeres castigadas por el poder judicial, por las instituciones, por el sistema laboral o el sanitario. No estoy hablando de un marido o un padre, del hermano mayor o del polvo de una noche. Es todo un sistema organizado, levantado sobre el silencio de las mujeres. Por eso, hasta que no aparecieron las redes, no pudimos hacer públicas las violencias que sufrimos habitualmente, con la sexual en el centro. Fue gracioso cómo los medios tuvieron que aprender —¡a estas alturas!— a describir los feminicidios, aprender que una mujer no "muere" por violencia machista, sino que un hombre la mata. De ahí los movimientos #MeToo, #Cuéntalo, #NiUna Menos. De ahí la sorpresa —ninguna para nosotras— que provocaron en el mundo entero. ¿En qué mundo?, debemos preguntarnos. En el que jamás permitió que contáramos lo que nos hacen. 

Y también por eso, cuando por fin pudimos hablar una a una, por millones, de forma espontánea, no hablamos de moda, de estética ni de maternidad, los temas a los que nos habían relegado los medios. Hablamos de violencias machistas, y muy concretamente de violencia sexual. Las mujeres teníamos y tenemos muy claro que ese es el eje de nuestro sometimiento desde el principio de los tiempos. También sabemos que cimenta todo el sistema, empezando por el económico. El Poder Judicial, las instituciones de Estado, los medios de comunicación, todo está diseñado para solidificar nuestro silencio. 

De ahí que las mujeres que denunciaron en redes las agresiones de Íñigo Errejón se negaran a dar el paso a los juzgados. Pusieron en la balanza las ventajas y el castigo, y tuvieron claro cuál iba a ser el resultado. Pero hubo una, Elisa Mouliaà, que se puso al frente de todas ellas, probablemente porque no tenía herramientas para calibrar hasta qué punto iban a destruirla, hasta qué punto el castigo que iba a suponer ese paso la destrozaría íntima y públicamente, en lo laboral, en lo económico, en sus expectativas de futuro, iba a devastar su salud mental. 

Entendí entonces el movimiento de Mouliaà como un acto de valentía genuina, y a la vez de una ingenuidad rayana en la inconsciencia. Podía haber pasado lo contrario, pero algo me decía que la mujer se iba a quedar sola, que el resto de las víctimas —yo estaba en contacto con media docena— no iba a secundar su decisión. Y con ellas, la sociedad, que compró el retrato de "mala víctima" inmediatamente creado por los medios y por los hombres. Hombres conservadores y hombres progresistas: está loca, no sabe lo que dice, busca fama, quiere sacar dinero… Nada nuevo. 

Lo más salvaje es que, por razones parecidas, gran parte del movimiento feminista también la ha dejado sola. No les ha parecido, digámoslo así, un modelo adecuado, pese a llenarnos la boca rebatiendo la idea de que no puede haber "malas víctimas". Es pizpireta, salió a contarlo en la televisión y cobró por ello, sus ideas sobre lo divino y lo humano no coinciden con lo que consideramos que son las de la "verdadera lucha feminista". Como si eso tuviera algo que ver con la posibilidad o no de recibir una agresión sexual. 

Recuerdo las palabras de Rubiales —hoy condenado por la Audiencia Nacional— después de su agresión a Jeni Hermoso. Expresó públicamente una idea que iba más allá de las consabidas "buenas" y "malas feministas". Aseguró que, para él, hay "buenas" y "malas víctimas", algo que nosotras venimos denunciando desde siempre, al menos en la teoría. Pero lo que no sabía Rubiales es que también hay "buenas agredidas" y "malas agredidas". A Elisa Mouliaa se le juntaron la consideración de "mala agredida" con la de "mala víctima". Una "mala agredida" es la que ha llegado hasta la cama, quien sabe si a besos, quien sabe si ebria, y en un momento dado decide parar. Llevamos tatuada en el pecho la palabra "calientapollas".  

Con esa pesadísimaa mochila, Mouliaà se acercó hasta la policía y denunció la agresión del entonces portavoz de Sumar en el Congreso, Íñigo Errejón. Por supuesto que pensó que su paso animaría a otras. Lo que no creo que supiera es que acababa de empezar un calvario que la iba llevar a ser agredida también y con saña por los medios, el Poder Judicial en la figura, para empezar, del juez Carretero, miles y miles de hombres y, lamentablemente, también gran parte del feminismo.  

PÚBLICO  DdA, XXII/6253

EL CABREO DE MUSK, DUROV y ABASCAL CON PEDRO SÁNCHEZ


Lazarillo

El Presidente del Gobierno acaba de tocar un asunto clave en una tribuna internacional y sobre el que en otros países (registro policial de la oficinas de X en Francia) se han tomado o van a tomar medidas similares: prohibir el acceso a las redes sociales a las personas menores de 16 años a fin de que no puedan hacer uso de una serie de contenidos en los que se prodiga la violencia, el odio o la pornografía. Por eso los multimillonarios jefes de dos importantes plataformas, la de Elon Musk y la de Pavel Durov, se han puesto de uñas con Pedro Sánchez. El primero, mediante el insulto puro, duro y zafio, y el segundo a través de una carta a modo de alerta masiva a los diez millones de usuarios de Telegram en España. Como no podía ser de otro modo, Durov habla de la pretensión de crear un Estado de vigilancia y censura. Se debe ser cautos ante una medida como la planteada por el Gobierno, de muy compleja aplicación, pero también creo que hay que ser expeditivos con quienes se forran a base de permitir o tolerar que lleguen a los menores contenidos como los mencionados, que afectan negativamente al 20 por ciento de los menores y adolescentes. Entre los que defienden a Musk y Durov está Abascal (la extrema derecha gana la batalla del algoritmo en las redes sociales donde se informan los más jóvenes). ¿Y la iglesia católica, qué dice la iglesia católica?

DdA, XXII/6253

DOMINGO MORIONES, UN GENERAL Y MARQUÉS ENCARCELADO POR FRANCO


Félix Población

Leo estos días con el interés que me merece el autor, el catedrático de la Universidad Complutense e historiador Gutmaro Gómez Bravo, su recién publicado libro Cómo termino la Guerra Civil española (ed. Crítica), esa fase final del conflicto tan debatida que por las particularidades de enfrentamiento que tuvo el desenlace en Madrid siempre ha merecido mi atención.

Sostiene el autor, en el capítulo sexto (Un día en la historia de Europa), que cuando se reunió en el aeródromo de Los Llanos (Albacete) el 16 de febrero de 1939 el presidente de gobierno republicano Juan Negrín con los dirigentes del ejército leal, tan sólo el general Domingo Moriones, al frente del ejército republicano de Andalucía, expresó su confianza en seguir la lucha -según palabras literales de Gómez Bravo-, sin mencionar al general Miaja, que también secundó esa alternativa con el propio Negrín, mientras que los generales Matallana, Escobar, Menéndez y Bernal, y el coronel Casado, junto al almirante Buiza que acababa de evacuar Menorca, consideraban necesario negociar con Franco ya que la guerra estaba perdida. 

Cita el autor como nota a pie de capítulo a varios historiadores, entre ellos a Paul Preston (El final de la guerra. La última puñalada a la República, ed. Debate, 2015). Sin embargo, en alguna biografía sobre el mencionado general republicano, que era también marqués de Oroquieta* por el título que heredó de su hermana Maximina, se mantiene que Moriones Larraga, gobernador militar de Gijón durante la revolución obrera de 1934, fue partidario en el aeródromo de Los Llanos de acabar la guerra cuanto antes. 

De hecho -se dice-, respaldó al mes siguiente el golpe de Estado del coronel Segismundo Casado, si bien fue cesado de inmediato por éste para ser sustituido por un oficial de la confianza del coronel golpista, Francisco Menoyo Baños, lo que quizá podría indicar que Moriones Larraga no contaba con esa confianza, en contradicción con el apoyo prestado. 

Otras biografías, como la de la Real Academia de la Historia, aseguran que el general no apoyó el golpe del coronel y que quizá por esto, una vez finalizada la guerra, los vencedores condenaron al general Moriones a la pena de muerte, conmutada por la de treinta años de prisión, que se quedaron en diez, siendo probablemente el único marqués al que encarceló el dictador durante la posguerra. El coronel Casado, por su parte, pudo salir de España y vivir en el exilio, del que regresó en 1961 para ser juzgado y absuelto por un consejo de guerra, y fallecer en 1968. 

Personalmente me decanto por lo sostenido en esta segunda biografía y en el reciente libro de Gómez Gravo, pero no quiero dejar sin constancia lo que se dice en la sinopsis biográfica del general Moriones Larraga, que falleció en 1964, en la que se afirma que fue partidario de acabar la guerra lo más rápido posible, algo que posiblemente no hubiese comportado luego una pena tan rigurosa como la de muerte por parte de quienes la ganaron e impusieron no la paz sino la victoria: 

Nació en Valtierra (Navarra), el 31 de julio de 1883. Era hijo de Teófilo Moriones Salvatierra y de Eugenia Larraga Moreno y nieto del general y gobernador de las Filipinas Domingo Moriones Murillo.

Militar de carrera, en 1934 durante el estallido de la Revolución de Asturias ocupaba el puesto de gobernador militar de Gijón, tomando parte en la represión que se produjo para sofocarla. Durante el golpe de Estado que tuvo lugar entre el 17 y 18 de julio de 1936, estaba destinado en el Regimiento de Ferrocarriles con el rango de teniente coronel, en ese puesto se mantuvo fiel a la República, pasando a liderar una columna miliciana en Somosierra, donde participó durante las primeras semanas de la contienda en los combates por controlar Somosierra y Guadarrama. A comienzos del año 1937 estaba al mando de la 2.ª División, la cual guarnecía el frente de Somosierra, siendo, meses después, nombrado comandante del I Cuerpo de Ejército. Al mando de cuya formación participó activamente en la fallida ofensiva de Segovia, donde pretendía tomar la ciudad y adentrarse en la retaguardia de la Zona nacional, en dirección a Valladolid. En 1938 fue ascendido a general y nombrado comandante del Ejército de Andalucía. El 16 de febrero de ese año, asistió a una reunión celebrada en el Aeródromo de Los Llanos (Albacete), entre el presidente del gobierno, Negrín, y los principales dirigentes militares republicanos, a la que también asistieron los generales Menéndez, Miaja, Escobar, Matallana y el almirante Buiza, comandante de la Marina republicana. En ella se expuso la necesidad de negociar con Franco el final de la guerra, en vista de la pésima situación militar de la República. Moriones estuvo de acuerdo con otros militares en la necesidad de poner fin a la guerra lo más rápido posible, puesto que este grupo de militares sostenía que el Ejército Popular no estaba en condiciones de seguir combatiendo. En marzo de 1939, cuando se produjo el golpe de Estado del coronel Casado, Moriones lo apoyó junto con todo el Ejército de Andalucía bajo su mando, a pesar de lo cual fue rápidamente sustituido por otro oficial de la confianza de Casado, Francisco Menoyo Baños.

Al finalizar la guerra fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada por la de treinta años de reclusión. Finalmente, pasó diez años en prisión, murió 13 de febrero de 1964, ostentando el título de marqués de Oroquieta, que heredó de su hermana Máxima.

* Título nobiliario concedido por el rey Alfonso XII a Domingo Moriones y Murillo, teniente general del ejército español en atención a sus méritos durante la tercera  guerra carlista como vencedor de la batalla de Oroquieta (1872). Fue ministro de la Guerra y gobernador de Filipinas. Actualmente es titular del marquesado Luis Arrizabalaga Clemente por carta de sucesión de 27 de enero de 2003. Pilar Arrizabalaga puede llegar a ser marquesa de Oroquieta. Lamento no tener conocimiento de lo que sus descendientes pueden saber acerca de lo vivido por el general Moriones Larraga, nieto del primer marqués tanto al final de la guerra como durante sus años de cárcel, pero esta sería posiblemente la mejor fuente para testimoniar la lealtad del general y tercer marqués de Oroquieta a la Segunda República.  

DdA, XXII/6253


COMO CIENCIA SUPREMA AHORA HAY QUE DESAPRENDER EL MAL


Antonio Monterrubio*

En un mundo donde el menor atisbo de inteligencia es sepultado bajo toneladas de estulticia, el discernimiento autónomo y libre se torna quimérico. Si la desinformación intencional auspiciada por las élites es grave de por sí, más aún lo es su promoción de la inopia satisfecha. Un público desorientado y perplejo es ingenuamente sensible a la credulidad. La desconfianza hacia el pensamiento, sembrada por los medios y el conjunto de los aparatos ideológicos, asfalta las anchas avenidas por las que desfilarán las procesiones de antorchas. Afirmaciones carentes de base avaladas por las grandes plataformas de comunicación, opiniones infundadas jaleadas por aquí y por allá, hipótesis descabelladas y hasta mentiras criminales, nada se ahorra si contribuye a manipular las mentes. De ahí que la mayoría ya ni siquiera sea capaz de emitir juicios falsos. Solo hay falsos juicios, enunciados proferidos sin que medie ponderación alguna. Como en los procesos amañados, la sentencia está dictada de antemano. 

Refranes y proverbios nos proveen de un arsenal ilimitado de máximas que se pronuncian acerca del individuo y la sociedad. A través de variaciones sobre la necedad, la debilidad, la intemperancia, la bajeza y la locura, se analiza el absurdo constitutivo del mundo. El presente libro acude a algunas muestras del rico acervo paremiológico castellano como excusa y chispa para la reflexión. 

Detenerse a meditar, evaluar y profundizar es una necesidad ineludible, en lo personal y en lo colectivo. El Mal debe más a los tontos y a los perezosos que a los intrínsecamente malos. Vivimos acosados por los dogmas, y ponerlos en cuestión es un deber moral. El escepticismo es el antídoto contra las ortodoxias y los argumentarios. Estamos en uno de esos momentos históricos donde cobra plena actualidad la máxima de Antístenes según la cual la ciencia suprema es «desaprender el mal».

*Recomendable la lectura del libro del autor Al revés te lo digo, publicado por ed. Trea en 2024

DdA, XXII/6253

miércoles, 4 de febrero de 2026

EN MEMORIA DE CARLOS HERNÁNDEZ, QUE INVESTIGÓ LA GEOGRAFÍA DEL ODIO

Su libro Los campos de concentración de Franco, una investigación exhaustiva que documenta más de 300 campos repartidos por toda España durante los primeros años de la dictadura, es una obra imprescindible. A Carlos Hernández, buen periodista, buena persona, reciente y tempranamente fallecido, le  debemos -como dice Allende en el siguiente artículo- una recopilación exhaustiva de la geografía del odio y de los métodos empleados para borrar cualquier rastro de ideas distintas. Pasaron muchos años hasta que ese libro iluminó esa otra parcela oscura de la represión franquista, después de que Carlos publicara Los últimos españoles de Mauthausen. La geografía del odio debería ser historia, pero me temo que no vamos por ese camino. Para eso, arrancándola del olvido, la investigó Hernández, que también quiso ser corresponsal de la paz y no de la guerra, como recuerda hoy su compañera Olga Rodríguez.



Óscar Allende

Para muchos de nosotros, Carlos Hernández era una figura familiar. Uno de esos reporteros que te informaban a través de la televisión contando las atrocidades de la guerra en Kosovo, Afganistán o Irak con un estilo que hacía que le recordaras.

Lo que nunca imaginamos en esos momentos es que es periodista de raza cuya muerte acabamos de conocer hoy podría ser alguien todavía más cercano y respetado: su sensibilidad con las víctimas de las guerras le hizo mirar a una guerra que, por mucho que fastidie a quien quiera olvidarla porque se benefició de ella, estaba presente entre muchas familias españolas. Tan presente como un asiento vacío o una foto con un trozo arrancado: un recuerdo que sabes que existió, pero del que no quieres preguntar por si duele, porque duelo,  y al final esa laguna de desconocimiento se hace océano.

El caso es que hoy es más fácil hablar de memoria democrática, de fosas, de exiliados, pero en los años en que Carlos Hernández se puso a fondo, no había tantas puertas abiertas al recuerdo de la historia. Su labor de investigación quedó plasmada en una primera publicación, Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B). Y empezó a escocer porque si bien denunciar el exterminio industrializado nazi era un consenso general, la relación de sus nazis con los nuestros aquí chirriaba más a todas las élites que se hicieron fuertes tras la guerra por venir de quien las habían ganado.

Fue durante ese trabajo cuando surgió una pregunta que él mismo relató en entrevistas y presentaciones públicas: ¿por qué se habla de los campos nazis y no de los campos de concentración del franquismo? Aquella interpelación abrió una segunda etapa decisiva de su carrera.

El resultado fue Los campos de concentración de Franco, una investigación exhaustiva que documenta más de 300 campos repartidos por todo el Estado, desmontando la idea de que se tratara de espacios improvisados o excepcionales. El libro, que en Cantabria conocimos por la presentación en La Vorágine, acredita la existencia de una red concentracionaria estructurada, integrada en el aparato represivo del régimen, más allá del momento de la Guerra.

Un libro que atendía a Cantabria, y gracias al cual, de hecho, pudimos descubrir la tremenda desproporción numérica de campos de concentración en nuestra tierra en relación a su tamaño  (ahora empieza a no sorprendernos, toda vez que ya sabemos que de hecho ese modelo se ensayó aquí y se exportó, cortesía de Fidel Dávila y Camilo Alonso Vega, a los que el Ayuntamiento de Santander ha considerado todos estos años merecedores de honores y reconocimiento público, que no otra cosa, un honor, es que te pongan una calle con tu nombre.

Si a Alberto Santamaría le debemos el rescate del campo de concentración de La Magdalena -por mucho que moleste, difícil de desmentir, ya que las fuentes venían de la propia documentación militar franquista–, a Hernández le debemos una recopilación exhaustiva de la geografía del odio y de los métodos empleados para borrar cualquier rastro de ideas distintas.

Ese trabajo le llevó a Cantabria en varias ocasiones, mostrando una cercanía con los movimientos memorialistas cántabros, casi una vocación de servicio. Laredo fue uno de esos sitios, ya que allí el trabajo del colectivo Memoria de Laredo permitió reconocer a los cántabros que estuvieron en Mauthausen, la fábrica del odio, recordando una verdad incómoda: los franquistas mandaron a los republicanos a los campos nazis, de quienes eran aliados.  Lázaro y Ramiro aparecían en un documental suyo.

En clave más personal, a este lado de la pantalla guardamos con cariño la atención que nos dedicaba cuando le pedíamos entrevistas, el aval tan desproporcionado que nos dio de cara a la candidatura al Premio José Félix García Calleja de Derechos Humanos y ese último mensaje en el que nos avanzaba que se venía a vivir por aquí y se ofrecía a colaborar de algún modo con nuestro proyecto.

Hoy, cuando la declaración de La Magdalena como Lugar de Memoria Democrática sigue su tramitación, el legado de Carlos Hernández adquiere una dimensión especialmente clara: toca mantener su propia memoria, y toca recordar su trabajo. Podemos participar, añadiendo motivos en positivo, en el proceso de recordar que La Magdalena albergó un campo de concentración  desde este enlace.

DdA, XXII/6252

MUSK INSULTA A SÁNCHEZ: LO PREOCUPANTE NO ES SÓLO ESO, SINO EL CONTEXTO

Sorprende en cierto modo que antes de insultar al presidente del Gobierno, el multimillonario Musk se haya fijado en la eurodiputada de un pequeño partido político español llamada Irene Montero defendiendo la teoría racista del reemplazo. Lo más sano sería -escribe Miñana- que Musk se mantuviera al margen de la política institucional, o al menos que participara con responsabilidad, como cualquier ciudadano informado, y no como un emperador digital repartiendo etiquetas incendiarias. Porque cuando los multimillonarios empiezan a jugar a ser líderes de opinión mundial sin rendir cuentas ante nadie, lo que está en riesgo no es solo la imagen de un político: es el respeto por la soberanía democrática y la convivencia pública basada en argumentos, no en provocaciones.


Ricardo Miñana

Lo preocupante no es únicamente el insulto, sino el contexto. Musk no es un ciudadano cualquiera opinando en una conversación privada: es alguien que controla plataformas, empresas estratégicas y una parte importante del debate público mundial. Cuando una figura así interviene de forma agresiva en política, la línea entre opinión y presión se vuelve muy fina. Y ahí es donde surge la incomodidad: ¿desde cuándo los magnates tecnológicos se sienten con derecho a señalar y deslegitimar gobiernos ajenos como si fueran árbitros de la democracia?
Por supuesto, se puede criticar a Sánchez —como a cualquier dirigente—, pero hacerlo con calificativos extremos y simplistas, sin matices ni argumentos sólidos, parece más una provocación que una crítica constructiva. Y entonces aparece una pregunta inevitable: ¿qué hay detrás de esa dureza? Porque no parece un comentario casual. Suena más bien a una reacción interesada, o incluso a una estrategia para alimentar polarización, ganar atención o reforzar ciertos discursos.
Además, resulta llamativo que Musk se erija como juez moral de otros, cuando él mismo ha estado rodeado de controversias. Que Sánchez no figure en la lista de Epstein mientras Musk sí aparece mencionado en distintos contextos públicos solo añade una capa de ironía inquietante. No porque eso sea una prueba definitiva de nada, sino porque evidencia una contradicción: quienes más gritan sobre “tiranía” o “corrupción” a veces son quienes menos deberían dar lecciones.
Y ahí es donde la reflexión se vuelve más seria: ¿se está volviendo Musk más impulsivo, más radical, más obsesionado con intervenir en la política? ¿O simplemente está mostrando, sin filtros, lo que siempre ha sido: alguien que entiende el mundo como un tablero donde los poderosos pueden mover piezas a su antojo?
Quizá lo más sano sería que Musk se mantuviera al margen de la política institucional, o al menos que participara con responsabilidad, como cualquier ciudadano informado, y no como un emperador digital repartiendo etiquetas incendiarias. Porque cuando los multimillonarios empiezan a jugar a ser líderes de opinión mundial sin rendir cuentas ante nadie, lo que está en riesgo no es solo la imagen de un político: es el respeto por la soberanía democrática y la convivencia pública basada en argumentos, no en provocaciones.

DdA, XXII/5252