La pensadora Martha Nussbaum, nos recuerda Cano en CTXT, lleva años advirtiendo de que las democracias son erosionadas cuando se cultivan deliberadamente sentimientos negativos como el miedo o el desprecio hacia determinados grupos. Agravio, miedo, orgullo. Tres emociones básicas, repetidas hasta el infinito, que convierten la convivencia en una sucesión de reflejos irracionales. El problema de nuestro tiempo no es que haya demasiadas emociones, sino que está dominado por pasiones intensas, mientras la razón duerme. El miedo y la ira son fáciles de producir. El amor, el perdón, la empatía o la compasión requieren más esfuerzo. Querer requiere tiempo, odiar es inmediato. El artículo que sigue es muy recomendable:
Paco Cano
...provoca que el mundo se vaya pareciendo cada vez más a un estadio de fútbol. Gritos, banderas, insultos racistas, insultos homófobos, emociones inflamadas y una adscripción a tu equipo por encima de si juega bien o mal, si merece ganar o no. En el estadio no se razona, se vibra y quien no vibra es sospechoso. El sueño de la razón produce el imperio dictatorial de la emoción. La religión, la política y la convivencia diaria parecen haberse adaptado con gusto a ese rito.
Durante mucho tiempo, la modernidad aspiró a otra fórmula. Algo así como aquello de “cabeza fría y corazón caliente”. La razón debía ordenar las pasiones. La emoción tenía su lugar –porque nadie es una máquina– pero debía convivir con el pensamiento autónomo, con la deliberación, con la duda. Hoy esa ecuación equilibrada parece haber saltado por los aires. La cabeza, en lugar de pensar, se llena de sangre y el corazón se desboca. Incluso instituciones poco sospechosas de racionalismo empiezan a advertirlo.
Hace unas semanas, los obispos españoles mostraron preocupación por ciertos movimientos religiosos juveniles como Hakuna o Emaús, donde la llamada constante a la emoción puede convertirse en una forma de reducción de la fe ante la intensidad del sentimiento. No es que la emoción sea mala –la fe, al fin y al cabo, tiene su base en una dimensión irracional– sino que cuando todo se transforma en experiencia intensa con música o griterío envolvente, la frontera entre espiritualidad y enajenamiento se vuelve peligrosamente difusa. Algo así como lo que ocurre con ciertas drogas.
Ese mismo mecanismo funciona también en política, donde la sobredosis emocional se ha convertido en estrategia central. Partidos como Vox o Aliança catalana lo saben bien. Su objetivo no es convencer, sino excitar. Construir relatos simples que o bien golpeen directamente en el estómago o bien aumenten el sentimiento de pertenencia. Agravio, miedo, orgullo. Tres emociones básicas, repetidas hasta el infinito, que convierten la convivencia en una sucesión de reflejos irracionales.
La pensadora Martha Nussbaum lleva años advirtiendo de que las democracias pueden ser erosionadas por el mal uso político de las emociones. No porque las emociones deban desaparecer –algo tan imposible como indeseable– sino porque cuando se cultivan deliberadamente sentimientos negativos como el miedo o el desprecio hacia determinados grupos, el espacio racional de la democracia se estrecha. El ciudadano deja de serlo para convertirse en hincha o en hooligan.
En la multitud, en el grupo, la racionalidad individual se diluye y lo que domina es la sugestión pasional. La masa siente más, pero piensa menos. Lo inquietante es que hoy esas masas no necesitan reunirse en una plaza, un patio de colegio o un estadio porque viven conectadas en redes que incrustan en sus cabezas un amplificador que les anula toda autonomía.
La antipolítica contemporánea ha aprendido esa lección con rapidez. Estamos asistiendo a una forma de guerra cognitiva donde conquistar el territorio ya no significa ocupar una ciudad, sino colonizar los cerebros. No se trata de convencer a la ciudadanía con argumentos complejos, sino de ponerle tanta sangre en la cabeza que el cerebro no pueda pensar.
En Israel, el gobierno criminal de Benjamin Netanyahu alimenta una narrativa emocional permanente que convierte el miedo y el odio en anfetamina política. El genocidio de Gaza se explica también así. Israel es una sociedad atrapada en una espiral emocional donde la seguridad se ha transformado en una pasión colectiva que apenas admite disidencias y que brinda por la pena de muerte para palestinos. Pocas voces quedan en Israel que se rebelen contra esa lógica del exterminio y reclamen que la justicia no puede construirse sobre la deshumanización del otro.
Freud llamaba tánatos a la pulsión de destrucción y muerte que habita en los individuos y también en las sociedades. Durante décadas pensamos que la política democrática había logrado domesticarla con instituciones, leyes y conciencia humanística. Hoy sabemos que tánatos ha vuelto a ocupar el mapamundi y nuestras calles, apareciendo no solo en los conflictos armados sino también en la conversación cotidiana, donde cada desacuerdo se convierte en una batalla.
Por eso la metáfora del fútbol no es tan inocente. En el estadio, la lógica es un nosotros contra ellos. Los nuestros siempre tienen razón, los otros, nunca. El árbitro está comprado, el rival es un enemigo, musulmán el que no bote y la victoria lo justifica todo. Es una lógica tan simple, tan desbordada, como profundamente peligrosa. Viva el rugby.
El problema de nuestro tiempo no es que haya demasiadas emociones, sino que está dominado por pasiones intensas, mientras la razón duerme. El miedo y la ira son fáciles de producir. El amor, el perdón, la empatía o la compasión requieren más esfuerzo. Querer requiere tiempo, odiar es inmediato.
Recuperar una política que combine razón y emoción no es una tarea sencilla. Quizás, podríamos empezar por recordar algo que la vieja Ilustración advertía; las sociedades que renuncian a pensar acaban siendo gobernadas por quienes mejor saben excitar sus pasiones y cuando eso ocurre, el mundo deja de parecerse a una mesa donde compartir y se convierte en un patio de colegio o en un campo de fútbol de infantiles donde la sangre corre demasiado deprisa por la cabeza de padres y familiares y donde nadie escucha el silbato que intenta detener la violencia.
CTXT DdA, XXII/6310