José Ignacio Fernández del Castro
«El bienestar del pueblo, en particular, ha sido siempre el pretexto de los tiranos, y proporciona la ventaja adicional de dar a los siervos de la tiranía una buena conciencia. Sería fácil, sin embargo, destruir esa buena conciencia gritándoles: Si ustedes quieren la felicidad del pueblo, déjenlo que hable y que diga qué clase de felicidad quiere, y cuál no!...»
Albert Camus (Mondovi -hoy Dréan-, Argelia francesa, 7 de noviembre de 1913-Villeblevin, Pont-sur-Yonne, Sens, borgoña, Francia, 4 de enero de 1960): En el homenaje al expresidente colombiano Eduardo Santos Montejo, como propietario del diario El Tiempo. París, 1955.
Pensar lo que se siente para sentir como se piensa... ¡Qué sencilla receta para estar en armonía con la propia vida!... Y ¡qué extraña resulta esa convergencia a la gente que más convendría que la tuviera siempre presente!, la que se ocupa de los asuntos públicos, del bien común, del bienestar del pueblo. Porque si cada cual es evidente que ganaría en bienestar interno con ese permanente ahondamiento en la identidad entre los latidos y las ideas (con las lógicas derivaciones, no siempre amables ni pacíficas, en su bienestar externo), mucho más universalmente necesario resulta el desarrollo de tal confluencia de las emociones y la razón para quienes han de velar por lo común.
Y, sin embargo, vemos cada día como la casta política (en tiranías patentes o latentes, en democracias formales prestas a servir a los intereses del poder económico) pone todo su afán en teatrales batallitas de sombras para vendernos pseudorrazones que niegan cualquier emoción viva para apoyarse en convenciones inertes… Y afirman, así, su voluntad de legitimar las prácticas del oprobio globalizado. Porque parecen ya latir tan sólo al ritmo que marcan los mercados y mostrar sus emociones según el texto dictado por los amos del mundo.
Reconocer este conflicto entre el bienestar del pueblo y sus usos torticeros poir el poder (político) interpuesto entre él y el poder (económico) real con lucidez bastante para saber que las cosas sólo podrían empezar a cambiar intentando develarlo y denunciarlo como paso hacia la búsqueda de cauces por los que fluya la voz de los más, es un punto de partida…
Como lo intentó el comunista libertario Albert Camus al homenajear al expresidente liberal colombiano (1938-1942) Eduardo Santos Montejo (1888-1974), como propietario y director del diario El Tiempo de Bogotá (1913-1974) que, tras la censura de prensa, instaurada por Ospina Pérez en 1952, y continuada por los gobiernos de Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez, fuera intervenido militarmente durante la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla y clausurado a partir de la noche del 3 de agosto de 1955. .Y es que, ante los pretextos de los tiranos y la buena conciencia de sus siervos, no cabe aceptar la imposición de una artificiosa armonía externa (¿bienestar del pueblo?) extraída de algún metafísico consenso y necesariamente sostenida por la coacción y la fuerza. Así, sólo cabe una firme voluntad de libertad universal (manifiesta como razón apasionada y racional pasión), siempre consciente de sus limitaciones.
A fin de cuentas, perder no es malo... Y no por ese tópico de que “lo importante es participar”. Perder no es malo porque, en el mundo que nos ha tocado vivir, los ganadores resultan bastante repulsivos y siempre sospechosos. No es ya que la estética del perdedor resulte vertiginosamente atractiva, no es sólo que el mundo de los perdedores desarrolle lazos de solidaridad y apoyo mutuo desconocidos por los amos del mundo... Es, sobre todo, que aquí y ahora, cuando lo único que se globaliza realmente es la opresión, el control y la pobreza, estar entre los perdedores es una situación casi inevitable: cada ser humano, si es sincero consigo mismo, es, en muchos y diversos sentidos, un perdedor (y, en su intimidad ensimismada, se sentirá como tal).
Claro que, durante mucho tiempo, el sistema nos ha hecho olvidarnos de todo esto permitiéndonos acceder, mediante la acumulación de deudas, a televisores de colorines, viviendas en aparente propiedad, coches más potentes (al menos, en el consumo de carburante), vacaciones en las playas más concurridas y un sinfín de ocios alienantes (insistimos, ¿bienestar del pueblo?), hasta convertirnos en “curritos” sin conciencia ya de serlo... Y, en realidad, a la inmensa mayoría de la población sigue costándole mucho despertar de esa nube. No en vano son muchos los años de calculada modorra, de feliz enajenación sumida en el “opio del bienestar fraudulento”.
Por eso prefiere seguir pensando desde el tópico de que “lo importante es participar” (¡y sigue votando como siempre!) con la esperanza de que los testaferros de los amos del mundo acaben por sacarla del atolladero en el que ellos mismos nos han metido a todos. Así que hoy, aquí y ahora, resulta imprescindible sentir y pensar que perder (y recobrar, lejos de irritaciones vanas, la conciencia de perdedores) es, al fin y al cabo, una cuestión de método. Porque a nadie le importamos.
DdA, XXI/5.949