
En este artículo el autor sostiene que en el actual contexto internacional, en el que la Unión Europea está redefiniendo su ‘papel internacional y reorganizando sus poderes internos’, Alemania tomó la iniciativa del rearme militar para enfrentarse de nuevo a Rusia, pero trabajando para Estados Unidos. ¿Estamos ante una tercera guerra mundial a pedazos?, se pregunta Monereo. ¿Cómo después de las dos sufridas en el pasado siglo puede la civilización humana plantearse otra ves esta cuestión?, nos preguntamos nosotros.
«La tarea más inmediata es asegurarse de que ningún Estado o combinación de Estados obtenga la capacidad de expulsar a los Estados Unidos de Eurasia o de limitar significativamente su decisivo papel de árbitro«
Zbigniew Brzezinski, 1997
Manuel Monereo
En 2014 el papa Francisco, creo recordar, describió un mundo de matanzas recurrentes, de crímenes, hambre, pobreza, desigualdades sociales insoportables y conflictos militares cada vez más graves; él entrevió que se estaba forjando “La guerra mondiale a pezzi”. Bergoglio, como buen jesuita, tuvo olfato, pensamiento geopolítico y sensibilidad por los problemas sociales. Conforme pasa el tiempo, la idea de que hemos entrado a una “Tercera guerra mundial a pedazos” cobra un nuevo sentido y se va imponiendo como interpretación de que los conflictos están interrelacionados y que tienden a un punto de quiebre, de ruptura. Otros autores, como Trenin o Todd, vienen hablando de lo mismo.
¿Qué unifica a estos conflictos? La respuesta económica, político-militar del Occidente colectivo (organizado y dirigido por Estados Unidos) para mantener, preservar, cueste lo que cueste, su “orden internacional” y sus “reglas”. Éste es el fundamento de su cohesión interna, las raíces de clase de su proyecto. El “pacificador” Donald Trump ha bombardeado siete países —Somalia, Yemen, Irán, Nigeria, Siria, Iraq y Venezuela— en tres continentes, ha asesinado a la dirección política iraní mientras estaba negociando, raptó al presidente Maduro y a su compañera Cilia tras matar a decenas de militares y amenaza brutalmente con intervenir militarmente en Cuba, tras someterla a un asedio que no busca otra cosa que su rendición incondicional por medio del hambre, la miseria, la enfermedad. Amparó y justificó, junto con la mayoría de la clase política occidental, el etnocidio del pueblo palestino, que todavía se mantiene.
Se habla, para intentar explicar lo que pasa, de que estamos en una etapa de transición de un definido mundo unipolar a un indefinido mundo multipolar, añadiendo, casi siempre por razones pedagógicas, la vieja definición de Gramsci: “la crisis consiste precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo, y en ese interregno ocurren los más diversos fenómenos morbosos”. Hay que tener cuidado con las citas, lo digo autocríticamente. Una potencia hegemónica no muere, no colapsa de un día para otro, sino que inicia un proceso de decadencia que dura mucho tiempo, decenios, siempre acompañado por conflictos entre Estados, lucha de y entre clases, guerras entre las grandes potencias. Lo nuevo, si llega a nacer (los artefactos nucleares no están de adorno) es producto de la implosión de un determinado orden y, como dice José Luis Fiori, tiene en las guerras su fundamento último.
La singularidad de esta “guerra mundial a pedazos” es que se entrecruzan en ella dos crisis, a saber, el declive del poder de Estados Unidos y el ocaso de Occidente como “la cultura” y como “la civilización” unificadora del mundo, ambas están íntima y profundamente relacionadas. El término Occidente, desde el punto de vista geopolítico, ha sido un constructo, un dispositivo político-ideológico euroamericano que señalaba, de un lado, que el eje dominante de lo que pudiera ser Occidente pasaba a Estados Unidos y, de otro, que Europa se escindía en dos: “la vieja” (la occidental, decadente y sin nervio) y “la nueva” (anticomunista, pro norteamericana) y —es el núcleo de la operación— situaba a Rusia fuera de “Occidente” y fuera de “Europa”, devenida, una vez más, en lo “otro”, asiático, bárbaro, pronto a convertirse en el enemigo.
La pregunta es saber con cierta precisión de dónde se viene. Tiene su importancia, porque ayuda a situarnos y evita debates innecesarios. Lo primero es constatar que existe una fuerte asimetría de poder entre los defensores del orden existente y los que están obligados —sí, están obligados— a enfrentarse a él para sobrevivir. El imperialismo americano ha sido un específico modo de dominio y control que consiguió organizar su hegemonía en torno a la defensa del capitalismo en su conjunto y la protección contra el socialismo soviético. Cuando esa contradicción fue superada, su mando único apenas duró veinte años y terminó, como todo imperialismo, desgastado por las políticas que implementó y no fue capaz de gobernar. Es la gran paradoja. La globalización capitalista neoliberal fue el verdadero proyecto del nuevo siglo americano, la gran contrarrevolución de masas, que tuvo como consecuencia colateral la emergencia de China como gran potencia y la crisis de Estados Unidos como sociedad y Estado. El efecto más sobresaliente fue la llegada al gobierno de una coalición electoral y social dirigida por Donald Trump.
Tiene importancia tomar nota de las asimetrías, de las desigualdades de poder entre el imperialismo colectivo del que nos hablaba Samir Amin y las fuerzas, los Estados-civilización que se le oponen, precisamente, porque esas diferencias en términos de Producto Interno Bruto (PIB), dotación de recursos, infraestructura científico-tecnológica, dimensiones del complejo militar-industrial, gasto militar, estructura y composición de las fuerzas armadas hacen más previsible la guerra. Dicho más claramente, Estados Unidos sabe perfectamente que en unos años el potencial (económico, tecnológico, militar) de China será inalcanzable. Es necesario frenarla ahora, neutralizarla, sitiarla antes de que sea demasiado tarde. El conflicto en Ucrania tuvo que ver con esto: desgastar a Rusia, provocar un cambio de régimen y privar a China de su retaguardia estratégica. El factor tiempo es clave en la política de poder.
La Alianza Atlántica y la Unión Europea: ¿dos proyectos en crisis?
La Asamblea de Ankara de la Organización del Atlántico Norte (OTAN), del 7 y 8 de este julio, da muchas pistas sobre el estado actual de la Alianza, sus contradicciones internas, las delicadas relaciones con la Administración Trump, las dificultades para implementar las políticas de militarización y rearme en economías en crisis, estancadas, altamente endeudas y con una fuerte represión salarial. Creo que la clave es empezar por lo verdaderamente importante: la Unión Europea se prepara para una guerra a plazo fijo con Rusia, Plan ReArmar Europa / Preparación 2030. Sobre la fecha hay alguna duda, ¿2030? ¿2029? o ¿2028?; sobre el ataque, no. La narrativa se repite hasta el infinito: Rusia atacará a Europa, hay que prepararse para derrotarla; la clave es ahora defender, apoyar a fondo a Ucrania con cada vez menos líneas rojas. La última: Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión de la Unión Europea (UE), ha acordado en Kiev con Zelenski que los países europeos produzcan drones para Ucrania.
¿Qué pruebas existen de que Putin atacará a la OTAN/UE? Los informes de inteligencia militar, los análisis de los Estados mayores de las Fuerzas Armadas. Según el Inspector General del ejército alemán, Carsten Breuer “tanto mis análisis como los de numerosos expertos internacionales apuntan que, para el 2029, Rusia podría estar en condiciones de atacar territorio de la OTAN”, concluyendo con “no estoy diciendo que el ataque sea inevitable, pero desde una perspectiva militar debemos contemplar el peor escenario y estar listos para afrontarlo”; “… la posibilidad real de una agresión rusa a plazo fijo tiene el consenso de los 32 miembros de la Alianza”. Unos días después, el 18 de junio de este mismo año, Alexus Grynkewich, comandante supremo aliado de la OTAN, declaraba en una entrevista en el Financial Times que, después de estudiar el asunto detenidamente, analizando los informes de inteligencia disponibles, constataba que no había ningún plan ruso para atacar a los países de la Alianza y que el gran país euroasiático no busca el conflicto con la Alianza, añadiendo que los rusos “comprenden perfectamente el significado del término alianza defensiva y entienden claramente que tenemos ciertas ventajas asimétricas”. Salta a la vista que el ataque previsible de Rusia poco o nada tiene que ver con la realidad. Se trata de una operación política relacionada con: a) la larga crisis de la Unión Europea; b) la guerra de Ucrania y, sobre todo, c) con Trump y su nueva política de seguridad y defensa. Las tres cuestiones están relacionadas y en proceso de cambio acelerado.
La Unión Europea ha representado, y sigue haciéndolo, a la “gran política” de las clases dirigentes de cada uno de los Estados que la componen; las coordina, las unifica en torno a un proyecto de clase y las integra en el área geopolítica hegemonizada por Estados Unidos. La OTAN ha sido su otro lado, su vertiente dura y oscura. Brzezinski lo explicó con bastante realismo: la actual Europa es un protectorado político-militar al servicio de sus intereses estratégicos y la OTAN, algo más que una alianza militar, un modo especifico de dirigir, organizar, influir y cooptar a las fuerzas armadas de los diversos países que la integran. UE y OTAN se han coordinado política y estratégicamente desde el principio, atravesando diversas fases y adaptándose a las circunstancias de cada momento. Las dos organizaciones son hoy el resultado de la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y de la disolución del Pacto de Varsovia. Las dos viven una etapa de crisis y de redefinición.
La UE acogió con entusiasmo la llegada de Biden y el fin del Trump 1.0. El “América ha vuelto” fue percibido como la oportunidad para salir de un ciclo marcado por el estancamiento y el declive. Había coincidencia en el objetivo geopolítico central: la defensa del “Orden internacional basado en normas”; es decir, frenar a China, bloquearla y, crucial, presionar a Rusia y obligarla a escoger entre la guerra o la derrota estratégica. Ucrania era el dispositivo para organizar un conflicto por delegación entre la OTAN/UE y la Rusia de Putin. Había un enemigo potente y creíble; una guerra en el corazón de Europa y una renacida unidad del Occidente colectivo. Era el “momento” de una UE geopolítica, actor internacional decisivo que encontraba, por fin, una salida basada en la reconversión tecnológico-militar de sus aparatos productivos, en el rearme acelerado y en la militarización de la política y de la sociedad, intentando organizar un nuevo consenso construido desde la inseguridad (la Covid-19 ayudó mucho) y el miedo. Lo que pasó después es conocido.
Trump, su inesperado retorno, lo cambió casi todo. Por lo pronto, recordó que siempre estuvo en contra de la guerra de Ucrania y que su prioridad estratégica (doctrina de seguridad y defensa nacional) era China; todo lo demás, secundario. Estados Unidos ya no tenía ni la fuerza ni el poder para combatir en todos los frentes, había que priorizar, palabra clave. Mientras tanto, la defensa de Europa pasaba a ser, en el plano militar, convencional y en el financiero, responsabilidad en exclusiva de los europeos, empezando por la financiación del enorme costo de la guerra en Ucrania. Rusia vino definida como “amenaza constante, pero manejable”. A esto hay que sumarle la cuestión de Groenlandia, la exigencia de incrementos sustanciales de los presupuestos militares y los acuerdos comerciales que obligan a la UE a invertir algo más de un billón de dólares en Estados Unidos, así como soportar un arancel básico del 15% para todos sus productos frente al 0% para las exportaciones norteamericanas.
Para la UE las propuestas de Donald Trump supusieron, por un lado, una ruptura radical con las políticas que estaban aplicando y, por otro, una vergonzosa señal pública de subordinación y vasallaje. La Unión vive una enorme contradicción: necesita que la guerra de desgaste contra Rusia continúe el mayor tiempo posible; no lo puede lograr sin el apoyo de Estados Unidos. Lo paradójico es que una autonomía estratégica real de la UE exigiría un acuerdo con Rusia. Trump, formalmente, ha pretendido gobernar la contradicción de ser el jefe real de la OTAN y, a la vez, propiciar un acuerdo con Rusia para una salida política realista a la situación ucraniana. Nunca lo consiguió.
La estrategia de los dirigentes europeos, y del secretario general Rutte, ha sido conceder al presidente norteamericano lo mucho que exigía, fortalecer económica y militarmente a Ucrania y neutralizar cualquier posibilidad de acuerdo con Rusia. El plan Colby (subsecretario de Guerra de Estados Unidos), la OTAN 3.0, se aprobó y se convierte en la política de la Alianza. La estrategia europea funcionó. Donald Trump llegó a Ankara muy debilitado por el fracaso militar con Irán y porque en el interior de su equipo ganaron, además, los sectores partidarios de someter a Rusia y fortalecer la alianza con la UE. Queda por saber si el presidente iba en serio en las negociaciones con Rusia o fue una trampa desde el principio. Esa duda, imagino, la tendrá Putin viendo cómo escala el conflicto y a un Trump aconsejando incrementar los ataques en profundidad contra Rusia para conseguir la paz.
La sombra de Mackinder es alargada: Alemania, de nuevo, contra Rusia
La guerra y los conflictos aceleran los procesos históricos. La UE está redefiniendo su papel internacional y reorganizando sus poderes internos. Hasta ahora, el eje había sido la alianza franco-alemana. Esto empieza a ser el pasado. Alemania quiere ser también un poder militar decisivo. El tabú militarista ha sido superado. No hay que confundirse: el gran país teutón quiere seguir siendo aliado estratégico de Estados Unidos para, a la vez, seguir hegemonizando una nueva UE en construcción. La política del actual gobierno alemán busca convertir a sus fuerzas armadas en el ancla central de la defensa europea. No se trata de organizar un ejército europeo, tampoco unos Estados Unidos de Europa, que ni están ni se esperan; es otra cosa, aprovechar el rearme y militarización para definir y proyectar políticas de poder, voluntad y dominio.
Alemania ha puesto en marcha un mastodóntico plan concebido desde sus intereses económicos, tecnológicos y estratégicos y coordinado con la OTAN. Las cifras son enormes: 779.000 millones de euros entre 2026 y 2030 para gasto militar y de seguridad, cifra muy similar a la del Plan ReArmar Europa / Preparación 2030 del conjunto de la UE. Objetivo declarado: que las Fuerzas Armadas de Alemania sean las más fuertes de Europa, centro logístico y tecnológico-militar decisivo con grandes capacidades ofensivas y con un gasto militar superior al de Rusia.
Parafraseando la conocida frase de Lord Hastings, primer secretario general de la OTAN, la nueva Alianza se estructuraría con base en “mantener a los rusos como enemigos, a los americanos dirigiendo y a los alemanes arriba”. Al final, la historia siempre vuelve y en su centro siempre, siempre, Eurasia. Sí, la sombra de Mackinder retorna una y otra vez: Alemania de nuevo contra Rusia y trabajando para Estados Unidos. Esta vez actuando de gregario de lujo. Karl Haushofer estará rabiando en su tumba y repitiendo que los líderes alemanes no saben geopolítica.
Fuente: https://www.alai.info/la-union-europea-en-guerra-alemania-al-timon/
REBELIÓN DdA, XXII/6439







