miércoles, 25 de febrero de 2026

SIN GREGORIO MORÁN SE ENTIENDE MAL EL ÚLTIMO MEDIO SIGLO

Jerónimo Granda, Gregorio Morán y Xuan Cándano 

Tenía este Lazarillo el fundado presentimiento de que la amistad de Xuan con Gregorio Morán y el entendimiento de la profesión que tenían ambos iba a depararnos el obituario que Cándano escribió, publicado ayer en el diario La Nueva España, y que su autor ha tenido la amabilidad de mandarnos. La necrológica es breve pero intensa en su concisa y precisa exposición. Tenía razón Gregorio al comentarle a su amigo y colega, días antes de írsenos,  que lo designaba como el escritor póstumo que firmara estas líneas: "En estos tiempos turbios y mediocres en los que su cultura, su pluma afilada y su radical independencia encontraban refugio en sus Sabatinas Intempestivas -escribe Cándano-, sus seguidores fuimos cambiando de cabecera con él, siempre culo de mal asiento. No puede haber mejor elogio para un periodista, un profesional que siempre debería andar bien equipado con botas y ropa de agua, porque su trabajo consiste en pisar todos los charcos".

UN DÍA PERDIDO

Xuan Cándano

Cuando en los 80 me echaron de un periódico por una entrevista censurada a Gregorio Morán perdí un trabajo, pero gané algo mucho más importante: un amigo al que acabo de perder. La vida es mucho más rica y apasionante cuando disfrutas de la amistad de personas como el periodista y escritor ovetense, un jacobino que renegaba de patrias y banderas, pero que cantaba con sus hijos cuando eran pequeños el “Asturias Patria Querida” al entrar en su tierra, con la que siempre tuvo una gran vinculación emocional. ¿Cómo va el país?, me preguntaba en nuestras continuas e interminables conversaciones telefónicas, porque denominaba así a Asturias, como Jovellanos. O como hacía refiriéndose a Cataluña Josep Pla, otro periodista y escritor extraordinario. 

Sin Gregorio Morán se entiende mal el último medio siglo de España. Era un periodista brillante, como cronista en la Transición y siempre como articulista, hasta el último día. Sus libros son imprescindibles para abordar la evolución de un país desde una dictadura, a la que combatió en la clandestinidad, militando en el PCE, hasta una democracia coronada que no enterró los vicios y los grandes males de la sociedad española, la corrupción y el clientelismo.

Así que Gregorio, que nunca dejó de ser un enfant terrible, un disidente, una oveja negra, porque los años no doblegaron ni a su espíritu combativo ni a su pluma insobornable, acabó siendo un maldito, un escritor incómodo para el poder, las editoriales y los medios de comunicación, acumulando despidos y cancelaciones. Pero para sus muchos lectores era un oasis, como el que encontró en Cataluña antes del Procés.

En estos tiempos turbios y mediocres en los que su cultura, su pluma afilada y su radical independencia encontraban refugio en sus Sabatinas Intempestivas, sus seguidores fuimos cambiando de cabecera con él, siempre culo de mal asiento. No puede haber mejor elogio para un periodista, un profesional que siempre debería andar bien equipado con botas y ropa de agua, porque su trabajo consiste en pisar todos los charcos.

La imagen dura, implacable y ácida en los papeles de Gregorio Morán, que llegó a ser despedido de una de las grandes cabeceras nacionales por criticar al director ¡y a su esposa!, contrastaba con su carácter afable, jovial y divertido en las distancias cortas, con los amigos, los conocidos o los lectores, o con cualquier desconocido que se acercara a él y le tirara de la lengua, porque era un gran conversador, agudo, inteligente, ameno.

A la hora en la que envío este artículo de letraherido que nunca quise escribir tenía una conversación pendiente con él desde el hospital, a través del móvil de su hijo David, porque Gregorio ni lo tenía ni lo quería. Era un caballero analógico. Pensaba arrancarle una sonrisa, como siempre. O él a mi. Nunca lo hablamos, pero no creo que estuviera entre nuestros desacuerdos considerar que un día sin al menos una sonrisa es una jornada perdida.

Como llevaba unos días ingresado, pensaba recordarle que en mi labor de Jefe de Prensa de Gregorio Morán, que llevo tantos años ejerciendo, no entraba dar parte de sus dolencias, porque todo el mundo me llamaba para contactar con él, como hoy me dan el pésame. Tampoco entraba en mis planes escribir esta despedida, aunque él me lo sugería con ironía en el último correo que me envió, hace solo unos días, por un artículo que publiqué en este periódico sobre el libro de César Iglesias con Pedro de Silva: “Desde este momento te designo como el escritor póstumo que elabore mi necrológica, porque sabrás señalar aquello que uno mismo trata de ocultar por discreción o vergüenza”.

Ahí va la necrológica Gregorio, pero hoy no me sale la sonrisa. Me temo que va a ser un día perdido. 

DdA, XXII/6273

CUANDO YA NO QUEDAN (CASI) TESTIGOS INCÓMODOS, SE DESCLASIFICA EL 23-F

 


La desclasificación llega cuando ya casi no quedan testigos incómodos en activo: unos por edad, otros por defunción. Se desclasifican cosas cuando ya no molestan, cuando el riesgo de que salgan nombres, o conversaciones comprometedores ha disminuido hasta volverse casi inexistente. En noviembre de 2024, Podemos lo intentó con una moción: desclasificar sin esperar la reforma de la nueva ley de Secretos . El PSOE votó en contra junto a PP y Vox. Si el general golpista Armada soñaba con un gobierno de concentración que incluía a Felipe González, Peces-Barba o Múgica, quizá convenía no abrir ciertas carpetas. Veremos en qué queda la desclasificación anunciada, que esta es otra.

Lucio Martínez Pereda 

El Gobierno ha decidido, por fin, desclasificar la totalidad de los documentos relacionados con el 23 de febrero de 1981. Lo ha hecho invocando una deuda histórica con la ciudadanía, fórmula solemne pero también conveniente. La desclasificación llega cuando ya casi no quedan testigos incómodos en activo: unos por edad, otros por defunción. Se desclasifican cosas cuando ya no molestan, cuando el riesgo de que salgan nombres, o conversaciones comprometedores ha disminuido hasta volverse casi inexistente.

Las solicitudes de desclasificación de los documentos del 23-F han seguido hasta ahora un largo periplo de intentos, desde los primeros intentos pos-transición hasta este anuncio gubernamental de febrero de 2026. Desde finales de los 80, el PNV y, más tarde, nacionalistas vascos y catalanes, insistieron en abrir los archivos militares y del CESID sobre el golpe de 1981, el sumario del Tribunal Supremo, los informes de inteligencia, las cintas de las conversaciones telefónicas interceptadas, el famoso Informe Jáudenes, las escuchas de la Zarzuela y los despachos militares.

Estas peticiones chocaron con la ley de Secretos Oficiales de 1968, un vestigio franquista. La ley sin plazos automáticos de desclasificación dejaba la decisión en manos cada Gobierno. El PNV, fiel a su costumbre de pedir cuentas sobre la Transición, presentó varias proposiciones no de ley para reformar la ley franquista y establecer desclasificaciones automáticas a los 25 años para la materia documental calificada como Secreto y 10 para los Documentos Reservados .

En 2021, ERC, Bildu, Junts, PDeCAT, la CUP, BNG y Podemos registraron proposiciones no de ley exigiendo desclasificar escritos, audios y vídeos del 23-F. Una de ellas llegó al Pleno: se aprobó con los votos de PSOE, Unidas Podemos e independentistas, frente al no de PP, Vox, Cs, UPN y Foro. El texto en lugar de ordenar la desclasificación inmediata, instaba al Gobierno a «promover los cambios necesarios en la Ley de Secretos Oficiales» para hacerlo «de acuerdo a los criterios establecidos en la nueva legislación».

En noviembre de 2024, Podemos volvió a intentarlo con una moción en Pleno: desclasificar sin esperar la reforma de la nueva ley de Secretos . El PSOE votó en contra junto a PP y Vox. Los socios del Gobierno – PNV, ERC, Junts- se quejaron : «¿Por qué no lo hicisteis cuando gobernabais con mayoría absoluta en 1982-1996?». Añadieron con sorna que si el general golpista Armada soñaba con un gobierno de concentración que incluía a Felipe González, Peces-Barba o Múgica, quizá convenía no abrir ciertas carpetas.

Así llegó finalmente el 23 de febrero de 2026, cuarenta y cinco años después del asalto de Tejero. El Gobierno -con la nueva ley de Secretos todavía congelada en el Congreso- optó por la solución necesaria, justa y rápida: su desclasificación por decreto, vía Consejo de Ministros*.

Es de esperar que con la desclasificación de documentos relativa al 23-F, anunciada por el presidente del gobierno 45 años después de los hechos, no se haya referido a la emisión en abierto por TVE de Anatomía de un instante



EL CUADERNO  DdA, XXII/6273

martes, 24 de febrero de 2026

EL SILENCIO DE LOS OBISPOS EL 23-F

El jesuita José María Martín Patino, secretario del cardenal Tarancón, no consiguió que la Conferencia Episcopal Española publicara una nota de condena en las primeras horas. "Yo me lancé a buscar esa nota y no encontré a los obispos, a ninguno de los que buscaba… Al final, encontré a uno que me dijo: ‘Es mejor que la nota la mandes tú solo por tu cuenta’. Y yo fui cobarde, y no lancé la nota, porque no tenía el permiso de mis superiores para hacerlo”.

Tarancón y Martín Patino en el funeral de Carrero Blanco

 | Religión DiGITAL

La Iglesia española guardó el mismo silencio que el resto de las entidades del país. Y así lo reconoció, en una entrevista en ‘El País’, el jesuita José María Martín Patino. Fue en el 20º aniversario del 23-F cuando, cuestionado por la periodista María Antonia Iglesias, el que fuera secretario del cardenal Vicente Enrique y Tarancón, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal, recordara con mucho pesar esa jornada. Un día, por cierto, que en Añastro también era señalado, pues Tarancón acababa su mandato y los obispos elegían a su sucesor, optando, en esa Plenaria, por el arzobispo de Oviedo, Gabino Díaz Merchán.

Pero eso sería después, puesto que esa jornada de la asamblea episcopal se vio también marcada por los acontecimientos políticos. O solo en parte, extrañamente. Así, como recuerda Martín Patino, “lo que pasó es que, cuando los obispos oyeron por la radio que Tejero había tomado el Congreso, siguieron su reunión habitual, hasta las 20:30 horas. Luego, se disolvió la reunión y algunos no durmieron en sus domicilios habituales”.

Justo ahí comenzó la pesadilla para el jesuita, que, infructuosamente, trató de que los prelados, de un modo colegiado, publicaran en esas horas inciertas un comunicado de repulsa del golpe y de apoyo sin ambages a la democracia. Algo que fue incapaz de lograr, para su frustración. De hecho, al rememorarlo, admitió que “me da un poco de vergüenza hablar de esa noche, porque fue la peor noche que yo he pasado como vicario de la Iglesia de Madrid”.

Puesto que “enseguida se vio lo que pasaba, los medios de comunicación pedían una nota, una declaración del Episcopado. Yo me lancé a buscar esa nota y no encontré a los obispos, a ninguno de los que buscaba… Al final, encontré a uno que me dijo: ‘Es mejor que la nota la mandes tú solo por tu cuenta’. Y yo fui cobarde, y no lancé la nota, porque no tenía el permiso de mis superiores para hacerlo”. Desesperado, buscó a quien era “mi cardenal”, Tarancón, aunque se encontró con “no durmió aquella noche en el palacio”. Con todo, aunque al final sí “hablé con él”, su respuesta no era la que buscaba: “Me dijo que eso lo hacían los obispos al día siguiente”.

Finalmente, el comunicado episcopal llegó a las siete de la mañana del día 24, más de cinco horas después de que el Rey hubiera hablado y fuera evidente que el golpe había fracasado… Como lamenta Martín Patino, aunque es cierto que “todos estábamos atemorizados”, la realidad es que, “cuando se pronunciaron los obispos, llegaron tarde. Fue inútil porque ya no defendían la Constitución: la Constitución había sido ya defendida por el pueblo y por los medios de comunicación, sobre todo”.

Echando la vista atrás, el jesuita admitía que “yo todavía tengo remordimientos y sentimiento de culpa, pero la verdad es que aquella noche me la pasé buscando gente que me ayudara a lograr que quienes tenían autoridad en la Iglesia hicieran aquella nota. Yo no conseguí hablar más que con el cardenal Jubany, que fue quien me dijo: ‘¿Por qué no lanzas tú solo la nota, como cosa tuya?’. Pero no era yo, era el Episcopado el que tenía que haber dicho algo. Y no lo conseguí”.

El 28 de febrero de 1981, ya con Díaz Merchán como nuevo presidente de los obispos, la Plenaria de la CEE se cerraba con un comunicado más amplio que la breve nota del día 24. En ella, los pastores argumentaban que “es de todo punto necesario recuperar la conciencia ciudadana y la confianza en las instituciones. Ello exige de los legisladores y gobernantes un claro sentido del bien común, un recto ejercicio de la autoridad y una solidaridad con el pueblo a la escucha fiel de sus aspiraciones”.


ASTURIAS LAICA DdA,XXII/6272




GRITOS CON CITA Y GLOSA (LXIV): ESCRIBIR PARA VOLVER A NOSOTROS MISMOS



José Ignacio Fernández del Castro

«Descubrí que mi obsesión de que cada cosa estuviera en su puesto, cada asunto en su tiempo, cada palabra en su estilo, no era el premio merecido de una mente en orden, sino al contrario, todo un sistema de simulación inventado por mi para ocultar el desorden de mi naturaleza. Descubrí que no soy disciplinado por virtud, sino como reacción contra mi negligencia; que parezco generoso por encubrir mi mezquindad, que me paso de prudente por mal pensado, que soy conciliador para no sucumbir a mis cóleras reprimidas, que sólo soy puntual para que no se sepa cuán poco me importa el tiempo ajeno. Descubrí, en fin, que el amor no es un estado del alma sino un signo del zodíaco...»
Gabriel José de la Concordia GARCÍA MÁRQUEZ, Premio Nobel de Literatura 1982 (Aracataca, Magdalena, Colombia, 6 de marzo de 1927-
Ciudad de México, México, 17 de abril de 2014)Memoria de mis putas tristes (2004).

Funcionamos tantas veces desde el disimulo de nuestros impulsos y tendencias naturales (en especial, cuando resultan poco convencionales o nada políticamente correctas) que, al final, ya ni siquiera sabemos lo que de verdad nos apetece, qué queremos hacer, cómo nos gustaría que fueran las cosas próximas o lejanas... En definitiva, quiénes somos realmente.
Incluso, si consideramos que una actitud o conducta espontánea puede ser socialmente considerada como un grave defecto o vicio, solemos llegar a lo que el psicoanálisis llamaría sobrecompensación (al fin y al cabo, es a lo que se nos enseña en nuestro primer contacto con  las instituciones, con la familia o la escuela, y lo que se reforzará en ámbito laboral)... Así que nos gusta mostrar nuestro talante más inequívocamente solidario para que nadie sepa de nuestros egoísmos básicos, procuramos hacer evidentemente ante todo el mundo nuestro profundo y continuado esfuerzo para ocultar nuestro natural indolente, queremos ser admirados por nuestras virtudes públicas y privadas envolviendo en denso humo el caudal de nuestros sórdidos vicios y defectos.
A todos, en fin, nos gusta ser queridos más allá (o incluso en contra) de lo que somos y nos sentimos...  
Pero, en el fondo lo sabemos, el universo de los afectos es tornadizo y caprichoso, fluye como el universo heraclitiano... Así que como nunca nos podremos bañar dos veces en el mismo río emocional (pues las aguas del cariño serán distintas en cada momento), mejor haríamos en procurar ser un poco más nosotros mismos... Sin tantos artificios ni disimulos... Así que, tal vez, por eso escribimos: para regresar, siquiera por un momento, a nosotros mismos… Y asumir, aunque sin ostentación alguna, nuestra propia roña.

DdA, XXII/6272

UN ARTÍCULO DE GREGORIO MORÁN: EL GRITO DE HILDA FARFANTE

Pinchar en el texto para leerlo. No dejen de hacerlo

Félix Población

Mi siempre apreciada Remedios Palomo nos recuerda hoy, con motivo del fallecimiento de nuestro admirado Gregorio Morán, el efecto que tuvieron en su día en el escritor asturiano las palabras que Hilda Farfante pronunció en el cementerio de la localidad asturiana de Cangas del Narcea el 18 de diciembre de 2001 en memoria y como homenaje a los 84 vecinos asesinados por las tropas golpistas en 1936, entre los que estaban sus padres, maestros republicanos.

Recordaba ayer Diego Díaz en la revista Nortes la querencia que Morán sintió siempre por su tierra, en donde estuvo el pasado verano, según consta en una fotografía tomada en Ribadesella en la que aparecen el escritor junto al cantautor Jerónimo Granda y el  periodista Xuan Cándano, del que pronto leeremos un artículo sobre el fallecido columnista. 

Hubo una oportunidad para que tanto a Jerónimo Granda como a Gregorio Morán les reconociera Oviedo con la distinción que ambos merecen, propuesta precisamente por Cándano, fundador y director durante toda una década de la revista Atlántica XXI, todo un ejemplo de periodismo independiente y crítico. La iniciativa de hacer del cantautor y el escritor hijos predilectos de Oviedo contó con el respaldo de Somos Oviedo e Izquierda Unida, pero fue vetada por un sector del Partido Socialista, que formaba parte del tripartito de izquierdas que administraba entonces la ciudad. El PSOE no le perdonó a Gregorio Morán las críticas que esta formación política recibió por parte del escritor ovetense. 

Es difícil que haya una segunda oportunidad para quien, junto a Jerónimo Granda, dejó y sigue dejando constancia -en el caso de este último- de una obra avalada por su total independencia de criterio y afilada capacidad crítica ante lo establecido, sin casarse nunca con el poder. No deja de ser curioso que Gregorio Morán haya fallecido el mismo día que se perpetró aquel esperpéntico intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, siendo como fue él quien con más denuedo y lucidez desveló las interioridades de la llamada transición democrática a lo largo de sus libros.

Mi estimada Remedios ha querido rescatar hoy uno de los artículos -entre los muchos otros que podrían servirnos para admirar a su autor- por los que Gregorio Morán merece figurar entre los columnistas más sobresalientes de la historia del periodismo español. El grito de Hilda Farfante, publicado en su sección Sabatinas intempestivas del diario La Vanguardia, versa sobre la intervención de la mencionada en el cementerio de Cangas del Narcea aquel día de diciembre: "Hay que pasar 65 años esperando a gritar por los tuyos para poder hablar así, con esa fuerza y con esa fe".

Me temo que vamos a tener que esperar también mucho para que otro columnista como Morán pueda compararse con lo que Gregorio nos ha dejado escrito en libros y periódicos.

PODER Y MANIPULACIÓN



Léase@también: Gran cronista de la Transición y azote del nacionalismo catalán, por Iñaki EllacuríaLos últimos años de vida Morán no fueron un camino amable. Su vocación de francotirador, su incorrección política y su desprecio por lo que consideraba inane e idiota -como el nuevo periodismo de redes sociales e influencers- le pasaron factura. Especialmente desde que la dirección de La Vanguardia, dirigida por aquel entonces por Màrius Carolprohibiese en 2017 la publicación de su artículo "Los medios (de comunicación) del Movimiento Nacional", lo que supuso su salida de la cabecera tras tres décadas. Una ruptura que le dejó sin su tribuna preferencial y, lo que es más contraproducente en Cataluña, sin el aval del diario que define quién está en el lado del bien.

DdA, XXII/6272

BILL GATES Y LA INDIFERENCIA HACIA LOS LÍMITES ÉTICOS DEL PODER


Quizá no sea un villano en el sentido literal, pero sí representa algo profundamente problemático: una lógica tecnocrática y distante, casi sociopática en su indiferencia hacia los límites éticos del poder. Para algunos, eso es suficiente para cerrar el juicio moral. No con odio, sino con una conclusión firme: no todo lo que se disfraza de bien común lo es realmente.

Ricardo Miñana

Bill Gates encarnaba una figura inquietante del poder contemporáneo: no el villano caricaturesco de capa y risa malévola, sino algo más frío y perturbador. Un símbolo del modo en que la riqueza extrema puede concentrar influencia sin un control democrático proporcional. La imagen del filántropo visionario se resquebraja cuando se observan las sombras que rodean a las élites globales y sus redes de poder.
Las revelaciones y controversias asociadas a personajes como Jeffrey Epstein no son, por sí solas, pruebas definitivas, pero sí funcionan como detonantes de una desconfianza profunda. Nos obligan a preguntarnos hasta qué punto quienes dicen “salvar al mundo” operan en entornos éticamente contaminados. En ese contexto, Gates deja de parecer un benefactor desinteresado y pasa a verse como parte de un ecosistema donde el dinero compra acceso, silencio y legitimidad.
Mi rechazo no se basa solo en nombres o escándalos, sino en algo más estructural: la idea de que una sola persona, por rica que sea, tenga una influencia tan directa sobre aspectos tan sensibles como los sistemas alimentarios o las políticas de vacunación global. No se trata de negar la ciencia ni el progreso, sino de cuestionar la concentración de poder en manos privadas sin una rendición de cuentas clara.
Con recursos prácticamente ilimitados, Gates pudo haber elegido caminos que fortalecieran instituciones públicas sin protagonismo personal. Sin embargo, el legado que muchos perciben es otro: el de una filantropía que roza el control, que se presenta como salvación mientras desplaza decisiones colectivas hacia despachos privados.
Quizá no sea un villano en el sentido literal, pero sí representa algo profundamente problemático: una lógica tecnocrática y distante, casi sociopática en su indiferencia hacia los límites éticos del poder. Para algunos, eso es suficiente para cerrar el juicio moral. No con odio, sino con una conclusión firme: no todo lo que se disfraza de bien común lo es realmente.

DdA, XXII/6272

ABATIDO EL MENCHO, CUNDEN DOS FRENTES DE ALARMA EN MÉXICO

 La muerte del máximo cabecilla del cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), derivada de un enfrentamiento ocurrido la mañana de ayer en la localidad de Tapalpa, Jalisco, entre individuos de ese grupo delictivo y fuerzas de la Secretaría de la Defensa Nacional, generó en varias entidades del país una brutal reacción por células del cártel que bloquearon carreteras y calles, incendiaron vehículos, sucursales del Banco del Bienestar y tiendas Oxxo. Se registraron, además, un motín en el penal de Puerto Vallarta y ataques a la Guardia Nacional en San Juan de los Lagos, con un saldo parcial de 10 efectivos gubernamentales fallecidos y 12 heridos, además de una víctima civil que murió en fuego cruzado. Paralelamente  a las agresiones del CJNG, se desató un alud de noticias falsas y alarmistas –varias de ellas, originadas en Estados Unidos–, que llegaron hasta nuestros telediarios en España. Protéjase a la presidenta de la nación.

EDITORIAL

La muerte del máximo cabecilla del cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), derivada de un enfrentamiento ocurrido la mañana de ayer en la localidad de Tapalpa, Jalisco, entre individuos de ese grupo delictivo y fuerzas de la Secretaría de la Defensa Nacional, generó en varias entidades del país una brutal reacción por células del cártel que bloquearon carreteras y calles, incendiaron vehículos, sucursales del Banco del Bienestar y tiendas Oxxo. Se registraron, además, un motín en el penal de Puerto Vallarta y ataques a la Guardia Nacional en San Juan de los Lagos, con un saldo parcial de 10 efectivos gubernamentales fallecidos y 12 heridos, además de una víctima civil que murió en fuego cruzado.

Evidentemente, estas acciones criminales no sólo tenían el propósito de dificultar los desplazamientos de las fuerzas del orden, sino también generar pánico y zozobra entre la población civil y afectar a los beneficiarios de los programas sociales del gobierno, principales usuarios del Banco del Bienestar, especialmente en las zonas donde el cártel ha tenido una mayor presencia.

En forma paralela a las agresiones del CJNG, se desató un alud de noticias falsas y alarmistas –varias de ellas, originadas en Estados Unidos–, ya fuera desde cuentas que formalmente pertenecen a periodistas y opinadores como desde granjas de bots anónimos, que amplificaron los efectos de las acciones delictivas.

En ese contexto, incluso se llegó a decir que fueron militares estadunidenses quienes acabaron con la vida de Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, cuando la realidad es que la participación de las autoridades del país vecino se limitó a aportar información complementaria, en el marco de los acuerdos de cooperación vigentes en materia de seguridad. Y por enésima ocasión, voces de la oposición política buscaron aprovechar una circunstancia nacional difícil para denostar al gobierno de Claudia Sheinbaum.

Más allá de esa doble campaña de amedrentamiento y confusión, la muerte de Oseguera Cervantes plantea interrogantes ineludibles sobre lo que ocurrirá con la que es considerada la más poderosa organización criminal del país en la actualidad.

Sin demeritar la importancia del golpe que le fue propinado ayer por la acción conjunta del Ejército, la Fuerza Aérea y la Guardia Nacional, hay antecedentes de cárteles que, tras perder a su máximo jefe por captura o por muerte en enfrentamiento, se trenzan en cruentos enfrentamientos internos por el liderazgo, se fragmentan en grupos antagónicos –lo que da lugar a prolongados escenarios de violencia en las regiones en las que operan–, o se atomizan, dando paso a pequeñas células delictivas que empiezan a actuar por su cuenta.

Cabe esperar que las autoridades de los tres niveles de gobierno tengan la capacidad para evitar consecuencias como las referidas y, en lo inmediato, que puedan restablecer la seguridad pública en las zonas donde se vio alterada ayer. Y en lo que respecta a los multiplicadores de la zozobra, es deseable que entiendan que sus acciones resultan perniciosas no para el gobierno actual, sino para el país en su conjunto. 

LA JORNADA MX. DdA, XXII/6272

lunes, 23 de febrero de 2026

BERGAMÍN Y ANTONIO MACHADO: LA ÚLTIMA CARTA


Recuperamos el artículo escrito para la firmante con motivo del octogésimo aniversario de la muerte de Antonio Machado, en el que se habla de la relación entre el poeta y el escritor José Bergamín con motivo del Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. Por la carta que don Antonio dirigió a su amigo, menos de dos semanas antes de su muerte, pareciera que Machado tenía proyectos de vida a los 64 años que frustraría su fallecimiento como consecuencia de una neumonía que acabó con sus maltrechos pulmones de fumador empedernido. La ayuda que le prestó Bergamín fue póstuma, editando en 1940 en México sus Obras completas, las que le siguen dando larga vida a su voz y ejemplo.  






Margarita Garbisu Buesa

El pasado 22 de febrero se cumplieron ochenta años de la muerte de Antonio Machado en la localidad francesa de Colliure. Los homenajes en torno a su obra y figura se sucedieron en forma de exposiciones, lecturas, jornadas y artículos en prensa. Los medios diarios recordaron especialmente el exilio del poeta, su huida a Francia meses antes del final de la Guerra Civil. Desde aquí quiero poner la mirada en una de las últimas cartas que escribió desde ese exilio: iba dirigida a su amigo José Bergamín.

La amistad entre ellos se había fraguado a raíz de la celebración del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado entre Valencia, Barcelona y Madrid en julio de 1937, y en el que participaron numerosos intelectuales unidos por la lucha contra el fascismo. Tiempo antes de su inauguración, Bergamín, uno de sus artífices, propuso a Machado que asumiera la presidencia literaria de la convención. Se lo pidió en un café del Paseo de Recoletos, tal y como años después recordó en el periódico ABC el también poeta Luis Rosales, testigo mudo de la velada:

Durante aquella charla —escribió—, Machado atendía a Bergamín sin pronunciarse, ni afirmaba ni negaba. Ante el primer requerimiento de Bergamín, Machado respondió sugiriendo otro nombre: el de Miguel de Unamuno. Pero Bergamín se opuso. Claro. Bergamín era muy listo, y sabía que a don Miguel no le manejaba nadie. […] De nuevo el poeta sugirió otro nombre, esta vez el de José Ortega. Tampoco le complacía.

Bergamín insistía en que el presidente del congreso «debía ser Antonio Machado, quien, finalmente, puso suavemente sobre la mesa el nombre de Juan Ramón, el poeta, que, en aquel momento, disfrutaba de mayor prestigio. Pero Bergamín y Juan Ramón se habían peleado…». Todo el mundo lo sabía, también Machado, pero probó por si había suerte; no la hubo, acabó aceptando y presidió el célebre congreso.

Año y medio después de su celebración, Barcelona caía en manos de los nacionales y Machado emprendía el camino del exilio hacia Francia. Cruzó la frontera junto a cientos de compatriotas, exiliados como él, bajo una lluvia insistente y el frío atroz de los inviernos de entonces. El 28 de enero de 1939 llegaba a la estación de la localidad de Colliure acompañado por su madre, su hermano José y su cuñada, y el periodista Corpus Barga, que nunca cejó en su apoyo al escritor. Las gentes francesas los acogieron con calidez y la familia se instaló en el hotel Bougnol-Quintana.

En los días sucesivos Machado no escribió demasiados versos, pero sí algunas cartas. Una de ellas, fechada el 9 de febrero de 1939, iba dirigida a su amigo Bergamín. Entre sus líneas Machado exponía el horror vivido en el viaje desde España y mostraba su preocupación ante un futuro incierto, sin trabajo y sin dinero; hablaba de un «éxodo lamentable», de las dificultades del «acabar el mes corriente» y, a este respecto, de su intención de buscar algo en la URSS, «donde encontraría amplia y favorable acogida».

Machado fallecía trece días después de haber escrito esta misiva. Sus maltrechos pulmones no soportaron ni la travesía desde España ni la aflicción de una nueva vida. No pudo viajar a Rusia y ni siquiera acabó el mes corriente. Bergamín tampoco pudo ayudarle, pero en 1940 publicó en México sus Obras completas, un homenaje póstumo a su memoria.

DdA, XXI/6271

EL ÚLTIMO ARTÍCULO DE GREGORIO MORÁN EL INCONFORMISTA

Despedimos  hoy a una de las firmas más libres, incisivas e insustituibles del periodismo español. El periodista y escritor Gregorio Morán ha muerto este lunes a los 79 años. Su pluma, siempre afilada y alérgica a los dogmas oficiales, había encontrado su último refugio en The Objective, cabecera en la que desde este mismo mes de enero había comenzado a enriquecer el debate público con sus inconfundibles artículos  tras dejar de hacerlo el verano pasado en VozpópuliNacido en Oviedo en 1947, la juventud de Morán estuvo marcada por el compromiso y el riesgo. Tras trasladarse a Madrid, se volcó de lleno en la actividad política clandestina en el Partido Comunista para combatir la dictadura. Sin embargo, con la muerte de Franco y el amanecer de una nueva etapa histórica, decidió abandonar la militancia estricta para abrazar la que sería su verdadera vocación: el periodismo. Su mirada crítica comenzó a forjarse en los albores de la democracia, colaborando en medios imprescindibles de la época como Diario 16, El País y la revista Triunfo. Durante muchos años fue colaborador habitual del diario La Vanguardia. Fue el pasado 7 de febrero cuando Gregorio Morán se despidió de sus lectores en The Objective con este artículo:

Nunca comiences un artículo haciendo una pregunta retórica. Es la primera advertencia que te hacen cuando empiezas a escribir en los periódicos. Aseguran que a los lectores no les gusta que alguien venga con pendejadas por responder. Hagamos una excepción: ¿qué tiene que ver el desastre sistemático de las comunicaciones férreas de Barcelona con el despido de un cocinero cordobés por el Ayuntamiento de la Ciudad de los Prodigios?

Manuel Escribano, natural de Pedroche, en la serranía de Córdoba, llevaba 17 años trabajando como cocinero para el Ayuntamiento de Barcelona. Hablaba castellano con acento y el catalán común para comprender y hacerse entender en una ciudad bilingüe desde que hay memoria cervantina y quijotesca. Entró en la alcaldía con Jordi Hereu del PSC, luego ministrable, y siguió con Xavier Trías (Convergente). Ada Colau (Comunes) y alcanzó la veteranía en el oficio de fogones con Jaume Collboni, también del PSC, aunque más acojonado.

Siempre fue «trabajador indefinido no fijo», según una fórmula incomprensible tanto para la lógica lingüística como para la laboral. ¿Cómo se puede admitir en la conversación más pedestre que alguien pueda trabajar «indefinidamente» en una empresa sin estar fijo en ella? Y más si esa empresa es una institución pública tan vistosa y ejemplar como un ayuntamiento. La legislación laboral posdigital, entendámonos, no se rige por las normas de la Academia y alcanza cotas dignas de la Teología, que exigen creer lo que no es fácil explicar. 

Un buen día a Manuel Escribano le informan de que trabajar durante 17 años en el Ayuntamiento de Barcelona no es suficiente para seguir siendo un «trabajador indefinido», sino que ahora debe acreditar sus conocimientos de catalán normativo. Necesita examinarse para obtener un «certificado B-2», y sin derecho de prórroga. No es difícil imaginar la perplejidad de un cocinero ante un examen lingüístico tras 17 años de asumir orgulloso su condición de ciudadano de Cataluña. Exigir algo similar a los millones de «trabajadores indefinidos» en el conjunto de España provocaría poco menos que una insurrección del precariado, amén de las sospechas de que se trataría de una maniobra reaccionaria para discriminar a las clases más desfavorecidas.

Sin embargo, en Cataluña no es así porque la clase que detenta la hegemonía económica e institucional, que no cultural, exige ahora que la lengua sea el patrimonio inalienable de los habitantes del territorio. Es una ambición y hasta puede llegar a ser un derecho, lo que no está tan claro es que se convierta en un deber. Manuel Escribano tiene la obligación de ser un «trabajador indefinido» (de no ser así engrosaría el paro) pero con el añadido de acreditar que conoce la normativa de otra lengua, que usa, aunque no la sepa gramaticalmente; lo mismo que le pasa con el castellano. Y así, para mantener el trabajo «indefinido», lo suyo se convierte en una sanción por razones de clase, es decir, de procedencia. Lo sorprendente es que la izquierda —más institucional en Cataluña que en parte alguna de España— asuma la norma y desampare a quienes solo aspiran a trabajar bien, seguros y si es posible indefinidamente.

Cataluña es la comunidad donde la deriva reaccionaria de la izquierda lleva décadas manifestándose con casi absoluta impunidad. Por más que la castiguen las urnas sigue erre que erre en el papel de vasallaje ante el arrogante y corrupto legado pujolista. Cuando la lengua es lo primordial, la política se convierte en lenguajes encriptados, solo aptos para los que tienen intereses; pasaba con la religión y el latín canónico, y también con la mafia siciliana, napolitana o corsa. Eso se ha traducido en algo singular de la política catalana y es el deslizamiento de las posiciones. Aquí no existen conversos ni renegados, hay desplazados. Se pueden deslizar desde el viejo PSUC —los antaño comunistas— a Convergencia o a Junts. Lo mismo que del PSC a Esquerra. Todo sin dejar de pensar lo mismo. Abundan los nombres.

Para entender la textura política de personajes como José Montilla, expresidente de la Generalitat, o el avispado Gabriel Rufián, aquel muchacho del arroyo que llegó a Madrid subido en un retrato de Andy Warhol, hay que partir de una sociedad alimentada con el brebaje de las castas. Hubo un grupo político, el de verbo más radical de la historia del antifranquismo, llamado Bandera Roja, sin cuya radiografía y trayectoria no se entendería cómo, por ejemplo, se puede ser al mismo tiempo sustentador de la CUP —Candidatura de Unidad Popular— y formar parte del Círculo de Economía —el meollo teorizador del empresariado catalán—. Sin la fluidez ideológica de los Banderas históricos de los años 70 en su Larga Marcha hacia el poder no sería fácil adentrarse en la política de castas catalana. Ni siquiera el éxito histórico de Jordi Pujol, desde una mierda de banco en quiebra —Banca Catalana— hasta ocupar el lugar privilegiado de los referentes de la catalanidad. Como antaño Francesc Cambó, él podría adaptar el sofisma «¿Monarquía, República? ¡Cataluña!», por otro que dijera «Lo que se enriquecieron en mi nombre, lo hicieron por el bien de Cataluña». 

Por todo eso es importante la lengua. Nosotros y ellos. La pregunta del millón sería la de saber cuándo fue la última vez, o la única, que las castas institucionales cogieron un tren de Rodalies. Desde que se inventó fue el de clases subsidiarias sin subsidio. La del extrarradio. Más de 500.000 ciudadanos están obligados a tomarlo cada día y ahora reventó de pura desidia. Siempre, de una manera u otra, estuvo en manos del PSC —los jefes de la Renfe e Infraestructuras, Isaías Taboas y Raúl Blanco, formaban parte del clan— pero con un claro sentido del reparto. «Rodalies funciona deficientemente, hay que mejorar el servicio». Un mantra. 

Rodalies explotó de incompetencia y abandono y se llevó por delante a un conductor en prácticas! Se descubrió el pastel que siempre estaba en el fondo de la nevera. ¿Alguien se imagina a más de medio millón de usuarios que no pueden ir a trabajar? ¡Que se compren un coche de segunda mano! Lo importante es que no se note que bajo la ciudadanía de Cataluña se mueven dos sociedades y que solo una prioriza la lengua. La otra, si le gusta la casquería, la prefiere guisada. Son dos sociedades que se cruzan, se penetran; son por obligación dependientes. Pero la una manda y la otra asume. Basta decir que hoy sábado habrá en Barcelona dos manifestaciones de protesta ante el caos de Rodalies. Una por la mañana, de independentistas.  Otra por la tarde, de los damnificados. Los partidos hegemónicos irán a las dos.

THE OBJECTIVE  DdA, XXII/6271

LA DE LA PAZ DE TRUMP, UNA JUNTA DE MAMPORREROS CON OLOR A MUERTO

Dice David Torres en el diario Público que la Junta de Paz que ha montado Donald Trump despida un olor a muerto que tira de espaldas. De acuerdo que la ONU, en sus mejores momentos, resulta tan efectiva como una reunión de mi comunidad de vecinos, pero el equipo de figuras que ha seleccionado el tío Donald no tiene desperdicio. Con fichajes de la talla de Netanyahu, Putin, Salman, Milei, Erdogan, Bukele, Meloni, Orban y Lukashenko es evidente que en la trasera de la Junta de Paz hay montada una funeraria. Lo mejor de la inauguración de esta caterva de filántropos, escribe el firmante, estuvo en los discursos: una Junta de Paz para Gaza donde apenas se habló de Gaza. En cambio, Donald le dedicó un resbaladizo elogio al presidente de Paraguay, Santiago Peña: "Qué joven tan guapo. No es que me gustes. No me gustan los hombres jóvenes, las mujeres sí, pero en los hombres no tengo tanto interés". Tampoco hacía tanta falta que explicara algo que está explicado de sobra en los papeles de Epstein.


 

David Torres 

Llámenme raro, llámenme extravagante, pero a mí eso de la paz siempre me ha dado mal rollo. Son tres letras bien rotundas, prácticamente un epitafio, unas siglas como R.I.P. o E.T.A. o U.S.A., que también son conceptos para andarse con ojo. En 1964, el régimen franquista decidió celebrar sus 25 años de paz, conmemorando el final de la guerra que perdimos todos salvo esa sanguinaria garrapata a la que le pesaba el culo más que las medallas. Aprovechando el tirón, José Luis Sáenz de Heredia dedicó un documental de lo más cómico a la figura del Caudillo (Franco, ese hombre) en el que, entre otros chascarrillos, escuché por primera vez una expresión que define bastante bien cómo andaba por aquel entonces la profesión de reportero en España e incluso cómo anda ahora. Con la inconfundible locución nasal del NODO, el narrador iba describiendo los preparativos del desfile militar y, para explicar que algunos periodistas todavía no habían hecho acto de aparición a esa hora de la mañana, decía: "De suyo perezosos". Supongo que el adjetivo le costó el paredón a más de uno.

La paz, así, con mayúsculas triunfales, suele ser la de los cementerios, la de las cunetas y las fosas comunes en el caso de la guerra que perdimos todos -aunque, la verdad, algunos la perdieron más que otros. De ahí que la Junta de Paz que ha montado Donald Trump para hacerle la competencia a la ONU despida un olor a muerto que tira de espaldas. De acuerdo que la ONU, en sus mejores momentos, resulta tan efectiva como una reunión de mi comunidad de vecinos, pero el equipo de figuras que ha seleccionado el tío Donald no tiene desperdicio. Con fichajes de la talla de Netanyahu, Putin, Salman, Milei, Erdogan, Bukele, Meloni, Orban y Lukashenko es evidente que en la trasera de la Junta de Paz hay montada una funeraria.  

Como siempre, la realidad va tres o cuatro pueblos por delante de la ficción, ya que no hay chiste alguno que pueda superar las fotos de una cumbre que parecen sacadas de un especial de José Mota o de una retransmisión en directo del sorteo de la lotería de Navidad, con los participantes disfrazados para atraer la suerte al bombo. En esta convocatoria, entre turbantes y bigotes, con Donald levantando un mazo dorado y J.D. Vance sonriendo al mejor estilo Chucky, la Junta de Paz parecía el congreso anual de los enemigos de Batman, sólo que sin Batman. También podría ser una conferencia internacional de los villanos de James Bond -de Goldfinger a Blofeld y de Le Chiffre a Scaramanga-, sólo que sin James Bond. Spectre en todo su esplendor, esta vez dibujada por Ibáñez. Como decía Benedict, el sicario con ojo de cristal en esa ignorada maravilla que es El último gran héroe: "En el mundo real, el mal siempre triunfa".

Fotos aparte, lo mejor de la inauguración de esta caterva de filántropos estuvo en los discursos: una Junta de Paz para Gaza donde apenas se habló de Gaza. En cambio, Donald le dedicó un resbaladizo elogio al presidente de Paraguay, Santiago Peña: "Qué joven tan guapo. No es que me gustes. No me gustan los hombres jóvenes, las mujeres sí, pero en los hombres no tengo tanto interés". Tampoco hacía tanta falta que explicara algo que está explicado de sobra en los papeles de Epstein. Por lo demás, Donald prometió diez mil millones de dólares para la Junta de Paz, un invento que según él supervisará el trabajo de las Naciones Unidas; bromeó sobre Vance, Rubio y el resto de sus mamporreros; comentó lo mucho que se merecía el Nobel de la Paz; pidió un aplauso para Netanyahu, por lo bien que mataba niños; y alabó el documental sobre su mujer, Melania, que viene a ser al arte cinematográfico más o menos lo mismo que Donald Trump a la política. De la paz en Gaza tampoco había mucho que decir, puesto que está enterrada junto a docenas de miles de palestinos. Y los que quedan por pacificar. La Paz, como decían Les Luthiers, está en Bolivia.  

         PÚBLICO  DdA, XXII/6271