La Gran Misión Vivienda Venezuela, el programa de vivienda lanzado por Hugo Chávez en 2011, ha permitido construir millones de «viviendas dignas» en todo el país. La mayoría de estos edificios, construidos por diversas empresas chinas, brasileñas, bielorrusas y venezolanas, resistieron bien el seísmo. Cuando los edificios quedaron inhabitables —lo que ocurrió principalmente a lo largo de la falla costera—, tendieron a inclinarse en lugar de derrumbarse. Años de bloqueo y agresión imperialista han debilitado sin duda a Venezuela en el plano material. Sin embargo, la Revolución bolivariana ha engendrado un nuevo metabolismo social que no será fácil desmantelar: un pueblo organizado y un conjunto de instituciones capaces de responder a las crisis. Si el terremoto ha puesto al descubierto las vulnerabilidades del país, también ha revelado dónde reside su verdadera fortaleza: en el pueblo revolucionario y en unas transformaciones sociales e institucionales profundamente arraigadas.

Cira Pascual Marquina y Chris Gilbert
¿Qué cabe esperar de los imperios mediáticos sino el instante humanitario y las ruinas apocalípticas? Tras las campañas de la dictadura, el narcotráfico, la traición o la sumisión a los Estados Unidos, llegan ahora los primeros planos emocionales del Estado fallido, del vacío de poder, del descontento ante la inacción del gobierno. Con objetivos invariables: reforzar la campaña de la extrema derecha contra el gobierno bolivariano y neutralizar la opinión internacional de cara a una intervención exterior. Pero la realidad es muy diferente.
Veinticinco años de construcción de una poderosa organización popular, de una unidad cívico-militar impulsada por Chávez y de un Estado que, pese a más de 1.000 sanciones y el inhumano bloqueo de EE.UU. y la UE, mantiene como prioridad los servicios públicos, marcan la diferencia. A diferencia de los regímenes neoliberales, sin Estado, donde las ONG sirven de correa de transmisión del «imperialismo humanitario», Venezuela ofrece una respuesta rápida y masiva sobre el terreno. La soberanía alimentaria y el gran número de infraestructuras públicas han permitido atender las necesidades más urgentes. Las autoridades ya han distribuido más de 7.000 toneladas de alimentos a 75.238 familias. 10.834 voluntarios se han sumado a los miles de funcionarios de los equipos de protección civil y a los más de 30.000 funcionarios de los cuerpos de seguridad y del ejército para llevar a cabo las operaciones de socorro. El conjunto del personal de los ministerios, de las fuerzas armadas bolivarianas, la red nacional de organizaciones populares —entre ellas más de 5.000 autogobiernos comunales—, sin olvidar la cultura solidaria y anti-individualista de los venezolanos y las venezolanas, han salvado numerosas vidas y restablecido rápidamente los servicios públicos vitales, para pasar a la reconstrucción de miles de viviendas. El valiente personal de la solidaridad internacional, llegado de la ONU y de 32 países —entre ellos China, Suiza, Francia, Cuba, El Salvador, Vietnam, Brasil, Qatar, Estados Unidos, México, Colombia e India— representa la décima parte de la movilización nacional.
No existe catástrofe puramente natural, sobre todo en un país en estado de sitio. Del mismo modo, la respuesta a toda catástrofe está siempre condicionada por factores sociales, políticos e incluso geopolíticos. Tras el devastador terremoto de 1812, ocurrido durante la lucha por la independencia, Simón Bolívar declaró: «Si la naturaleza se opone a nosotros, lucharemos contra ella y la haremos obedecernos.» Hoy, esta observación puede parecer chocante —como una extraña salida anti-ecológica—, pero lo que Bolívar quería decir es que el proyecto estratégico de emancipación debe permanecer en primer plano y guiar nuestras acciones, incluso ante un desafío natural.
Conviene tener esto presente al reflexionar sobre los seísmos que han golpeado recientemente a Venezuela. El hecho natural es simple: hubo un doble movimiento de tierra, primero una sacudida de magnitud 7,2 seguida, pocos segundos después, de otra de magnitud 7,5. A su paso, las destrucciones se produjeron a lo largo de fallas naturales, como la falla de San Sebastián que bordea la costa de La Guaira, pero también se propagaron a lo largo de fallas creadas por el imperialismo. En primer lugar figuraban las fracturas en las infraestructuras del país, en las capacidades de socorro de emergencia y en el sistema de salud, causadas por más de una década de paralizantes sanciones.
Estas sanciones, que aún superan las 1.000, no se reducen a simples palabras e intenciones hostiles. Las investigaciones llevadas a cabo por Mark Weisbrot en el CEPR de Washington estimaron que habían contribuido a unos 40.000 fallecimientos adicionales en el espacio de un solo año. Para quienes no conocen bien el sistema financiero internacional, el impacto de un régimen de sanciones de este tipo puede ser difícil de comprender. Sin embargo, el resultado neto es que toda transacción internacional se vuelve difícil. El comercio ordinario y las líneas de crédito se desmoronan, mientras que las empresas, los bancos y los gobiernos evitan las transacciones, incluso cuando son técnicamente legales en el marco del régimen de sanciones, pues carecen de certeza y temen represalias futuras.
Las consecuencias afectan a todos los aspectos de la preparación ante catástrofes y de las intervenciones en caso de catástrofe. En Venezuela, millones de personas comenzaron a emigrar poco después de la publicación del decreto presidencial de Obama en 2015, entre ellas médicos, socorristas, ingenieros civiles y otros profesionales cualificados. Se volvió más difícil reparar los equipos pesados de rescate, ya que las piezas de repuesto no podían importarse. Los hospitales tuvieron dificultades para reemplazar los equipos médicos especializados. Los servicios públicos aplazaron las operaciones de mantenimiento debido al agotamiento de la financiación y al temor de los proveedores a verse sometidos a sanciones secundarias. Incluso cuando las transacciones son técnicamente legales, los bancos y los fabricantes suelen actuar con excesivo celo, negándose a participar y obligando a las instituciones a improvisar en un contexto de escasez permanente.
Una segunda serie de fracturas se abrió a raíz de los ataques imperialistas del 3 de enero contra Venezuela, durante los cuales el presidente democráticamente electo Nicolás Maduro fue secuestrado en una operación militar que causó más de un centenar de muertos y dejó a muchas otras personas heridas y traumatizadas. Aunque la Revolución bolivariana logró conservar el poder político —elemento esencial en todo proceso revolucionario—, perdió el control de las ventas de petróleo de Venezuela (pero no de la soberanía sobre sus yacimientos, ni del resto de la economía) y se vio obligada a introducir «reformas» en la muy avanzada legislación del país que regula sus recursos naturales ante el bloqueo occidental, en particular en materia petrolera.
Todo ello significa que el seísmo que golpeó a Venezuela, devastador en todos los sentidos, fue hecho mucho más mortífero —tanto por su impacto inmediato como por sus consecuencias a largo plazo— por factores directamente imputables a la ofensiva continua y multiforme que el imperialismo estadounidense lleva a cabo contra el país y su pueblo. Cerca de 1.500 fallecimientos han sido ya oficialmente contabilizados, y este trágico balance seguirá aumentando en los próximos días. El número total de víctimas se dejará sentir en varios niveles, y la lucha para mitigar sus efectos mediante una respuesta eficaz, soberana y coordinada es ahora un campo de batalla, en cuyo centro se encuentra la contradicción con el imperialismo estadounidense.
*Reacciones radicalmente diferentes*
Cuando el doble seísmo golpeó, fue percibido como una combinación inquietante de ruidos ensordecedores, sacudidas prolongadas y violentas, y un cielo de colores extraños. Un testigo lo describió como «un viento sin viento». La gente gritaba y los perros estaban presos del pánico. Edificios enteros se derrumbaron en montones de escombros, mientras se abrían grietas en la playa adonde muchos habían acudido a pasar el día festivo. Varios días después, personas permanecen aún atrapadas bajo los escombros. La situación es particularmente grave en las ciudades y pueblos que bordean la costa de La Guaira. En las redes sociales circulan cientos de fotos y nombres mientras las familias buscan desesperadamente a sus seres queridos desaparecidos.
En una situación así, es natural prestar ayuda sin pensar primero en los propios intereses. Eso es precisamente lo que han hecho las poblaciones de todo Venezuela y de los países vecinos. El gobierno de la presidenta en funciones Delcy Rodríguez también reaccionó con rapidez y determinación, movilizando los medios a su disposición en el espíritu centrado en el pueblo que caracteriza a la Revolución bolivariana desde hace tres décadas. Paralelamente a esta respuesta oficial, surgieron contribuciones espontáneas masivas: motos cargadas hasta los topes de suministros aflueron hacia las zonas siniestradas, mientras los voluntarios se unían a la inmensa operación de rescate llevada a cabo por el Estado, y equipos de ayuda procedentes de México, Cuba y Brasil llegaban rápidamente con asistencia concreta.
Si la compasión anima la reacción del gobierno venezolano y de los pueblos de América Latina, no puede decirse lo mismo del imperialismo estadounidense, para el cual la preocupación por la humanidad ha cedido paso a motivaciones de lucro, expropiación y dominación, y que tan a menudo ha buscado sacar provecho de la desgracia ajena. Al día siguiente del seísmo, el secretario de Estado Marco Rubio anunció fríamente que el Ministerio de Guerra, el SOUTHCOM y los marines desempeñarían un papel central en el esfuerzo de «ayuda» estadounidense.
Ya hemos visto cómo se desarrolla este escenario. Tras el devastador seísmo que golpeó Haití en 2010, el caballo de Troya apenas disimulado de la «ayuda humanitaria» estadounidense llegó en forma de un portaaviones y unos 20.000 soldados sobre el terreno. En el caso de Haití, esta ocupación de facto conllevó, entre otras cosas, una pérdida evidente de soberanía, casos probados de agresiones y explotación sexual, así como una epidemia de cólera propagada por las fuerzas de ocupación.
Frente a las ambiciones imperialistas, la voz del pueblo revolucionario venezolano se une en torno a tres reivindicaciones: Estados Unidos debe levantar completamente las sanciones, desbloquear todos los activos venezolanos y permitir al presidente Maduro y a Cilia Flores regresar a Venezuela. Si no se adoptan estas medidas, la presencia estadounidense se asemeja mucho a una simple ocupación militar —parte integrante de las ambiciones de recolonización expresadas por el imperialismo «MAGA» de Donald Trump, con su grotesca resurgencia de la doctrina Monroe.
*La batalla por el control del discurso*
La lucha para defender de manera global al pueblo venezolano, su futuro y sus proyectos se desarrolla también en el terreno de los medios de comunicación y las redes sociales. Circulan alegaciones falsas y maliciosas que afirman que el gobierno no reacciona o que bloquea la ayuda humanitaria. Al mismo tiempo, vídeos procedentes de catástrofes sin relación con Venezuela —en particular terremotos en Turquía— han sido presentados como imágenes filmadas en Venezuela, acompañados de un aluvión de contenidos generados por IA. Gran parte de esta información proviene de la disconforme oposición de María Corina Machado, que se siente excluida de las negociaciones iniciadas tras el 3 de enero.
Lo que es cierto es que el gran número de conductores bienintencionados que intentaban llegar a La Guaira provocó un colapso en la autopista principal que une Caracas con La Guaira, impidiendo temporalmente la llegada de maquinaria pesada y ambulancias. Del mismo modo, tanta gente, coches y motos se concentraron alrededor de los lugares de socorro que las voces de las personas atrapadas bajo los escombros eran difíciles de escuchar, lo que entorpeció las operaciones de rescate. Los equipos de rescate nacionales e internacionales pidieron que se les dejara espacio para trabajar. El gobierno reaccionó estableciendo un centro de coordinación en el complejo deportivo llamado Poliedro de Caracas, donde la ayuda civil se recoge y se transporta en camiones hasta donde es necesaria. En dicho centro, los voluntarios son evaluados para determinar dónde pueden ser más útiles.
Si la pandemia de COVID nos enseñó algo, es que solo una respuesta dirigida por el Estado puede ser eficaz¹. Los actores no gubernamentales y los particulares son bienvenidos, pero deben inscribirse en un esfuerzo coordinado que solo un Estado soberano puede llevar a cabo. La «gran mentira» más difundida actualmente por los medios extranjeros es esencialmente la misma que siempre se ha utilizado contra la Revolución bolivariana: según esta mentira, un nivel de autoridad estatal comparable al ejercido por los gobiernos del Norte —y probablemente inferior— es calificado de «autoritario» cuando es ejercido en un país del Sur. Al mismo tiempo, algunos afirman que no hay respuesta gubernamental, abriendo así la puerta a una intervención exterior contundente.
*Preparación revolucionaria*
Este doble seísmo golpeó a un país debilitado por las sanciones, pero fortalecido por la Revolución bolivariana, de 27 años de antigüedad, que ha marcado profundamente todos los aspectos de la sociedad venezolana. Si las sanciones han debilitado sistemáticamente las infraestructuras materiales de Venezuela, la Revolución bolivariana ha pasado más de dos décadas cultivando un nuevo metabolismo social. Aunque aún en proceso de formación, este ya se ha convertido en la mayor fuente de resiliencia del país. Los consejos comunitarios, las comunas, la unión cívico-militar y los programas de vivienda social han contribuido todos a la capacidad del país para responder colectivamente a la crisis.
La revolución no ha dejado de reforzar el parque inmobiliario del país. La Gran Misión Vivienda Venezuela, el programa de vivienda lanzado por Hugo Chávez en 2011, ha permitido construir millones de «viviendas dignas» en todo el país. La mayoría de estos edificios, construidos por diversas empresas chinas, brasileñas, bielorrusas y venezolanas, resistieron bien el seísmo. Cuando los edificios quedaron inhabitables —lo que ocurrió principalmente a lo largo de la falla costera—, tendieron a inclinarse en lugar de derrumbarse. El hecho de concentrar a las poblaciones en bloques de viviendas en lugar de dispersarlas en barrios precarios en laderas de cerros también es más seguro, tanto por las normas de construcción más estrictas como porque facilita la acción colectiva y la aplicación de la ayuda pública.
Un segundo factor es la alianza cívico-militar promovida por Chávez. Este modelo, ya asimilado por el conjunto de la población, se ha convertido en el marco de la respuesta combinada del gobierno, a la vez estatal y voluntaria. La alianza cívico-militar, que Maduro acertadamente amplió para incluir a la policía, ha sido siempre tanto un dispositivo institucional —encarnado por la milicia de seis millones de miembros— como una actitud política más generalizada, arraigada en la conciencia de clase tanto de los civiles como de los militares. Su primer banco de pruebas fue la tragedia de Vargas en 1999, precisamente allí donde el seísmo actual golpeó con más fuerza. La alianza cívico-militar estuvo a la altura de las circunstancias entonces, tal como lo hace hoy.
Finalmente, es en el seno de las comunas socialistas del país donde se perfila la respuesta más visionaria. Equipos de la red «Unión Comunera» se han desplazado a La Guaira para participar en las operaciones de socorro. En la comuna de El Panal, en Caracas, además de evaluar el estado de los edificios del barrio, los comuneros han establecido varios centros de recolección y están creando un refugio para las personas que se han quedado sin hogar a raíz del seísmo.
Al igual que ocurrió con los desafíos planteados por las escaseces alimentarias de mediados de la década de 2010, los ciudadanos de todo el país se vuelcan en las comunas para resolver colectivamente los problemas médicos y existenciales a los que se enfrentan y para encontrar un camino a seguir. Dada la fortaleza del movimiento comunal del país y su sólida formación ideológica, es posible que las comunas vuelvan a convertirse en catalizador de una renovada conciencia política. En estos tiempos difíciles, podrían resultar decisivas para movilizar al pueblo venezolano en torno al proyecto socialista, temporalmente eclipsado por el ataque del 3 de enero.
Años de bloqueo y agresión imperialista han debilitado sin duda a Venezuela en el plano material. Sin embargo, la Revolución bolivariana ha engendrado un nuevo metabolismo social que no será fácil desmantelar: un pueblo organizado y un conjunto de instituciones capaces de responder a las crisis. Si el terremoto ha puesto al descubierto las vulnerabilidades del país, también ha revelado dónde reside su verdadera fortaleza: en el pueblo revolucionario y en unas transformaciones sociales e institucionales profundamente arraigadas.
Fuente original: mronline.org, 29 de junio de 2026. Traducción al francés: Thierry Fossaert. Cira Pascual Marquina es educadora popular de la Pluriversidad Patria Grande, iniciativa educativa de la comuna El Panal (Caracas), y miembro de la Red Internacional de Democracia Comunal.
Chris Gilbert es profesor de ciencias políticas en la Universidad Bolivariana de Venezuela, redactor colaborador en Monthly Review y autor de Commune or Nothing! Venezuela's Communal Movement and Its Socialist Project (Monthly Review Press).
DdA, XXII/6394