martes, 27 de enero de 2026

MENTIRA Y MIEDO, LA ULTRADRECHA NO SERÍA NADA SIN ELLOS

Mentira y miedo son dos ingredientes que casan muy bien. La ultraderecha no sería nada sin ellos, como la historia nos enseña. Y lo que funciona se repite. Con la mentira instalada, el equipo de Hora Veintipico tenía un bolo en un teatro de Móstoles el pasado sábado 24 de enero. Y si la mentira estaba en las redes, a las puertas del teatro estaba el miedo. Había grupos nazis organizados esperando en los alrededores a Héctor y su equipo, les informaron horas antes del bolo, sin que nadie pudiese garantizar la seguridad de quienes iban a hacer humor, su trabajo. Ojalá un Ministerio de Interior controlado por un gobierno de izquierdas para que estas cosas no pasen. El miedo es poderoso, nadie quiere ser mártir y la policía de Marlaska anda infiltrada en grupos ecologistas, no vayan a desplegar una pancarta.


Gerardo Tecé

Fumigado. Si uno lee los comentarios al comunicado en el que el cómico Héctor de Miguel anuncia que lo deja porque no puede más, fumigado quizá sea una de las palabras que más encontrará. Los españoles de bien –ya saben, colores nacionales, banderas de Israel o cruces de Borgoña– bailan sobre la tumba profesional de Quequé al ritmo de “cierra al salir, rojo de mierda”. Junto a “fumigado”, probablemente, la expresión más repetida. Días antes, los mensajes emitidos por los mismos que hoy celebran su victoria eran otros bien diferentes. Eran mensajes sentidos que hablaban de indignación, del dolor profundo provocado por el mítico cómico y presentador, tras burlarse cruelmente de las víctimas de un trágico accidente de tren en su programa Hora Veintipico. Un monstruo. Como pudimos comprobar cuando las lágrimas de cocodrilo dejaron paso de forma inmediata al “fumigado otro rojo de mierda”, todo era una farsa política. Una mentira instrumental consistente en minar la moral del objetivo marcado. Una performance masiva practicada con gran violencia y éxito en ocasiones anteriores. No, Héctor de Miguel no se había reído de ninguna víctima del accidente. El cómico había hecho sátira sobre el periodismo basura que en esos días andaba revoloteando la tragedia ferroviaria en busca de carroña. Sátira encarnada en Nacho Abad, MVP en la búsqueda de audiencia sin importar el cómo. No importa que fuera cierto o falso. Importa que el humorista “ya no tiene ganas de hacer bromitas”, como explicaba con acierto, sinceridad y alegría uno de los muchos usuarios nacionaltuiteros que descorchó champán tras el comunicado.

El modus operandi se repite con éxito una y otra vez a la hora de eliminar rivales políticos de izquierdas usando el método conjunto mentira-miedo. Sirvió para Sarah Santaolalla la pasada semana cuando su nombre apareció junto a las tumbas vandalizadas de las Trece Rosas fusiladas tras una mentira: eran terroristas. La mentira en este caso consistía en que millones repitieran que Héctor de Miguel había hecho algo que no hizo hasta convertirlo en una verdad indiscutible. Tras la mentira, el miedo encarnado por grupos de ultraderecha –nazis de mierda para que nos entendamos– anunciando que lo buscarán por la calle para darle su merecido por aquello que no había hecho: reírse de ninguna víctima. Mentira y miedo son dos ingredientes que casan muy bien. La ultraderecha no sería nada sin ellos, como la historia nos enseña. Y lo que funciona se repite. Con la mentira instalada, el equipo de Hora Veintipico tenía un bolo en un teatro de Móstoles el pasado sábado 24 de enero. Y si la mentira estaba en las redes, a las puertas del teatro estaba el miedo. Había grupos nazis organizados esperando en los alrededores a Héctor y su equipo, les informaron horas antes del bolo, sin que nadie pudiese garantizar la seguridad de quienes iban a hacer humor, su trabajo. Ojalá un Ministerio de Interior controlado por un gobierno de izquierdas para que estas cosas no pasen. Esto fue la gota del vaso que colmó en forma de comunicado. No me apetece ser un mártir, dijo Quequé y se despidió sin fecha de vuelta. Han ganado. Han ganado los nazis, repite desde aquella tarde el entorno de un programa de humor que queda descabezado sin su cara visible. Hoy es Héctor de Miguel, mañana seremos usted y yo. El miedo es poderoso, nadie quiere ser mártir y la policía de Marlaska anda infiltrada en grupos ecologistas, no vayan a desplegar una pancarta.

CTXT  DdA, XXII/6242

ESE OTRO LIBRO IMPRESCINDIBLE VICENTE ROMERO


Lazarillo

Sin duda se trata del gran reportero que sirvió de ejemplo para que algunos jóvenes se inclinarán por la seguir la profesión periodística. El otro día lo tuvimos en Imprescindibles, el programa de TVE que pocas veces mereció mejor tal nombre. De Vicente Romero leyó este Lazarillo algunos de sus libros: El alma de los verdugos, Cafés con el diablo, Habitaciones de soledad y miedo... En este último hace balance de sus casi cincuenta años como corresponsal de guerra, desde Vietnam a Siria, por lo que cuenta buena parte de lo que fue su vida profesional, primero como corresponsal del diario Pueblo y después como corresponsal de TVE en zonas de conflicto. En Imprescindibles nos dio Romero algunas referencias de su vida personal, como su temprana vocación haciendo periódicos manuscritos de chaval y sus querencias por los animales. Puede que en sus libros haya dejado Vicente la mayor parte de lo que profesionalmente ha vivido junto a sus equipos de colaboradores con la cámara y el sonido, cuyo trabajo siempre ha destacado, pero escuchándolo el otro día quizá no estaría de más un nuevo libro sobre la valoración de su compromiso profesional, en el que, aparte de contar lo que no ha contado de lo vivido, recapacitara sobre el periodismo de testimonio directo que ejerció in situ y que hoy falta en la mayoría de los medios, como está ocurriendo ahora con lo que sucede en Minneapolis, por ejemplo. ¿Qué pensará Romero de la masacre de periodistas palestinos en la Franja de Gaza, nunca igual ni parecida en un conflicto armado?

DdA, XXII/6242

ALEX PRETTI Y LOS MÓVILES COMO HERRAMIENTAS DE LA VERDAD CONTRA EL FASCISMO



Félix Población

Me parece que ninguna de las versiones oficiales sobre las dos víctimas mortales de las movilizaciones contra la detención y deportación de migrantes en Estados Unidos, ni las que pretendieron difundir sobre Renee Good, poeta y madre, ni las que días atrás quisieron hacernos creer sobre el enfermero Alex Pretti, han merecido la más mínima consideración. Fascismo y mentira van de la mano, como sabemos desde Goebbels, ahora también con Bovino revestido de nazi por las calles de Minneapolis. Las evidencias de las imágenes tomadas en ambos casos por los teléfonos móviles de los manifestantes han sido tan claras que no admiten la más mínima sombra de duda. Esto me ha hecho pensar en los tiempos en que sólo las cámaras de los fotógrafos profesionales podían captar esas incidencias y servir como testimonio de denuncia, si es que los medios a los que pertenecían los profesionales lo tenían a bien. Además, y a modo de símbolo de lo que el móvil puede representar como herramienta para dejar constancia de la verdad, nos ha quedado como última imagen de Alex Pretti la de un ciudadano que protege a una mujer de las agresiones de los agentes del ICE mientras mantiene en una de sus manos la cámara de su teléfono activa. Se ha pretendido burdamente hacernos creer que Pretti lo que empuñaba era su pistola (tenía licencia de armas), en todo momento enfundada, para justificar que el agente lo matara a bocajarro en defensa propia, pero a esa falacia la rebatió rotundamente la verdad registrada en los móviles de los ciudadanos: luchar contra el fascismo significa luchar por la verdad, tal como quiso ese joven enfermero asesinado del que todos sus compañeros dicen lo que reflejaba en la cara. La verdad le costó la vida y ahora le toca a la justicia aplicar la pena que corresponde a ese delito, porque ni él ni Renee Good debían irse así con la falta que nos hace gente como ellos.

LO QUE CARTER DIJO A TRUMP SOBRE CHINA

«Temes que China se nos adelante, y estoy de acuerdo contigo. ¿Pero sabes por qué China se nos adelanta? Yo normalicé las relaciones diplomáticas con Beijing en 1979. Desde esa fecha, ¿sabes cuántas veces China ha entrado en guerra con alguien? Ni una sola vez, mientras que nosotros estamos constantemente en guerra.
Estados Unidos es la nación más guerrera en la historia del mundo, porque quiere imponer estados que respondan a nuestro gobierno y los valores estadounidenses en todo occidente, controlar las empresas que disponen de recursos energéticos en otros países. China, por su parte, está invirtiendo sus recursos en proyectos como ferrocarriles, infraestructura, trenes bala intercontinentales y transoceánicos , tecnología 6G, inteligencia robótica, universidades, hospitales, puertos, edificios y trenes de alta velocidad en lugar de utilizarlos en gastos militares.
«¿Cuántos kilómetros de trenes de alta velocidad tenemos en este país?
«Hemos desperdiciado $ 300 billones en gastos militares para someter a países que buscaban salirse de nuestra hegemonía.
China no ha malgastado ni un centavo por la guerra, y es por eso que nos supera en casi todas las áreas. Y si hubiéramos tomado $ 300 billones para instalar infraestructuras, robots, salud pública en los EE.UU., tendríamos trenes bala transoceánicos de alta velocidad.
Tendríamos puentes que no colapsen, sistema de salud gratis para los estadounidenses, no se infectarían miles de estadounidenses más que cualquier país del mundo por el COVID-19.
Tendríamos caminos que se mantengan adecuadamente. Nuestro sistema educativo sería tan bueno como el de Corea del Sur o Shanghái »

(Tomado de la revista Newsweek)

DdA, XXII/6242

LOS "NIÑOS DE RUSIA" QUE FRANCO QUISO EXPULSAR DE ESPAÑA POR NO SER ESPAÑOLES

 Mientras se convocan congresos que hacen del conflicto una cuestión equidistante bajo el título 1936: La guerra que perdimos todos, al que asisten algunos políticos del PSOE junto a quienes mantienen sus afinidades con los vencedores, bien está recordar a los niños que durante la Guerra Civil fueron evacuados a la Unión Soviética -algunos de cuyos padres fueron socialistas y hasta militantes del PSOE-, uno de los episodios más dramáticos de la contienda vividos en los puertos del norte de España en 1937. En los años cincuenta, algunos regresaron a sus lugares natales pero se le quiso expulsar del país por atreverse a recordar al dictador en un escrito, ante las detenciones y vejaciones sufridas, que cumpliera el convenio suscrito entre la URSS y España, a través de la Cruz Roja Internacional, para el retorno de aquellos menores (ya personas adultas) que salieron veinte años atrás del país en una condiciones en extremo dolorosas para ellos y sus padres. Ellos sí perdieron la guerra, como se comprobó con su diáspora y sus largos años de ausencia, y también una vez finalizada la contienda con lo que en Nueva Tribuna ha contado estos días Pablo Fernández-Miranda, autor del libro Dos patrias sobre los niños de aquellas evacuaciones.


Hace unos días, a través de la Asociación de los Niños de Rusia (los menores españoles que fueron evacuados a la URSS durante la Guerra Civil), uno de los socios hacía referencia a la expulsión que sufrió su madre (y él mismo que había nacido unos meses antes ya en España), a la par que otras familias en circunstancias similares que habían conseguido volver en 1956 y 1957, tras un largo exilio en la Unión Soviética y dos años después fueron arrojados a la frontera sin mediar juicio ni sentencia. 

A Franco repatriados sobre detenciones

La causa de la expulsión fue la “osadía” de haberse dirigido por escrito a Franco para exigir el cumplimiento del convenio suscrito entre la URSS y España, a través de la Cruz Roja Internacional, para el retorno de aquellos menores (ya adultos) que tuvieron que salir veinte años antes. Ese convenio recogía que serían respetados en sus derechos sin represalias y se reconocerían sus titulaciones profesionales. Según pisaron su tierra fueron interrogados y humillados y aunque no es el objeto de este artículo basten estas letras del Correo Español-El Pueblo Vasco, publicadas por aquellas fechas, para hacernos cargo de la recepción que tendrían estos compatriotas: «Los menores expatriados 1937…/…dada la infrahumana educación recibida ya habían dejado de ser criaturas humanas para convertirse en desalmados entes sovietizados».

A primeros de febrero de 1960 la Brigada Político-Social apresó a una treintena de aquellos repatriados acusándolos de actividades antifascistas o directamente de comunistas. Unos lo eran y otros no, simplemente se rebelaban contra las condiciones laborales, el maltrato y la no homologación de los títulos universitarios y profesionales que obstaculizaba acceder al mercado de trabajo. La mayoría de los detenidos fueron torturados, Néstor Rap sufrió rotura de tímpano; a Agustín Gómez, ingeniero y futbolista internacional, tuvieron que hospitalizarle con heridas sangrantes. 

El colectivo de repatriados reaccionó solidariamente. Alguien tuvo la iniciativa de escribir directamente al dictador, en su calidad de jefe del Estado, con copia a la Cruz Roja Internacional, al Colegio de Abogados y otros organismos. Firmaron nada menos que 213, una auténtica heroicidad en aquella España del silencio. Copia de aquella carta obra en el Archivo Histórico del PCE. Algunos de sus párrafos dicen así:

« AL EXCMO. SEÑOR JEFE DEL ESTADO ESPAÑOL

Palacio del Pardo

Excmo. Señor:

Los abajo firmantes, ciudadanos españoles, que regresamos a nuestra Patria, procedentes de la Unión Soviética, en los años 1956 y 1957, ante su Excelencia comparecen y, en uso del derecho que les confiere el artículo 21 del Fuero de los Españoles, exponen:

Que, durante la primera decena del presente mes de febrero, y en diversas ciudades españolas, han sido detenidos, y, en algunos casos sometidos a tratos brutales e inhumanos, un buen número de repatriados, compañeros nuestros.

Que, a pesar de los días transcurridos desde sus detenciones, siguen los interesados en prisión, desconociendo el motivo de tal medida contra ellos adoptada, y sujetos a la Autoridad gubernativa, en evidente infracción del artículo 18 de la citada Ley Fundamental, que, taxativamente, dice: “En el plazo de setenta y dos horas, todo detenido será puesto en libertad o entregado a la Autoridad Judicial”.

Como quiera que estos compañeros detenidos son personas sumamente honradas y de conducta intachable, no podemos menos de llegar a la conclusión de que tal medida constituye una nueva arbitrariedad, tras las muchas de que injustamente venimos siendo objeto los repatriados de la Unión Soviética, desde el primer día de nuestra llegada a España…/…no fuimos tratados como repatriados sino como delincuentes con interrogatorios policíacos, que aún ahora, después de tres años, continúan repitiéndose…/…Nuestra correspondencia privada es intervenida, constantemente…/

Ante estos hechos, que nos han llenado de indignación, nosotros, obreros, técnicos, ingenieros, economistas, médicos, agrónomos, todos repatriados de la Unión Soviética y residentes en España, levantamos nuestra más enérgica protesta y nos dirigimos a su Excelencia, en petición de fin a los abusos que se vienen cometiendo con nosotros, y pidiéndole, ante todo y sobre todo, la justa e inmediata libertad de todos nuestros compañeros detenidos…» Le siguen las 213 firmas.

La respuesta fue la detención de otro racimo de repatriados y la orden de expulsión del país de unas cuantas familias argumentando que “no eran españoles”. 

Citaron a unos en San Sebastián y a otros en Madrid, dando un plazo de setenta y dos horas para que abandonaran el país dejando casas, muebles y enseres. Varios se negaron a firmar el documento de expulsión. Los condujeron al puente de Irún obligándolos a dirigirse hacia la aduana francesa con un pasaporte que ponía: «URSS». Allí fueron rechazados ya que era ilegal a todas luces. ¡Un disparate! ¡El Ministerio del Interior de España falsificando pasaportes soviéticos! Ni tan siquiera había relaciones diplomáticas. De vuelta a la frontera española, fueron nuevamente encarcelados.

Desde aquel tiempo remoto llega la voz de uno de aquellos expulsados a la que me refería al principio. Por entonces, con solo unos meses, de nada se enteraría. Pero a bien seguro a lo largo de su vida lo oiría contar cientos de veces y tras el fallecimiento de su madre, Ana del Bosque, con 100 años, ha querido recordar aquel trauma familiar que los llevó a un segundo exilio, nuevamente a la URSS y después a Cuba, junto con otros entre quinientos y setecientos de “hispano soviéticos” como les llamaban en la isla caribeña según recuerda éste socio que, solo mucho después, pudo afincarse en España y recuperar, en 1994, el pasaporte de su país de origen. 


*Algunas detenciones de repatriados en esa época que figuran en la relación conservada en el Archivo Hº del PCE: País Vasco: Faustino Mendiola, Fermín Carro, Vicente Navarro, Leovigildo López, Ernesto y Julián Goñi, Néstor Rapp, Agustín Gómez. Asturias: Ramón López, Aladino Cuervo, Nicolás Fernández, Víctor de la Fuente, Manuel Meana, Gerardo Hernández, Andrés Ros. Juan A. Rodríguez. Paco (no consta apellido). Madrid: Raúl Cuervo. Barcelona:Amador Cuervo, Luisa López, Pedro Arcas. Levante: Joaquín Calabuig, Francisco Brotons, Vicente Navarro. Francisco Ferrer. Detenidos sin que conste el lugar: Ramón Gómez. Manuel Nebreda. Luisa López. Ignacio Suárez. *Hubo otros detenidos que no figuran en el referido documento. 

*Los documentos originales que figuran como imagen, pertenecen al Archivo Histórico del PCE.

NUEVA TRIBUNA  DdA, XXII/6242

GRITOS CON CITA Y GLOSA (LX): PERO… ¿DÓNDE ESTÁN ESTOS? O MÁS RABIA QUE MIEDO



José Ignacio Fernández del Castro
«Yo amo los actos, no las excusas.»
Irvin David YALOM (Washington D. C., Estados Unidos, 13 de junio de 1931): Nietzsche conversando con Breuer en When Nietzsche Wept, Part 18 (El día que Nietzsche lloró) (992).

Asistimos atribulados (y acaso temerosos, en función del uso que hagamos del tren) a la tragedia ferroviaria de Adamuz y sus secuelas en la “eterna lucha por dominar el relato”. Y, en cuanto pensamos un poco en el asunto, en cómo se convierte esa manifestación extrema de brutal calamidad en espectáculo lúgubre, la estupefacción se va tornando en asco, desprecio, rabia, impotencia, indignación una vez más)... Y dolor, mucho dolor.

Es el dolor, sí, por los más de cuarenta cadáveres ya recuperados (barrera superada ya el día de la “foto de autoridades ”en el lugar de la tragedia, publicada primero y arrumbada después por la Casa Real), pero, sobre todo, es el dolor por el lamentable espectáculo de un Estado perdido entre la desidia, el postureo hipócrita y el oportunismo carroñero como síntomas de renuncia institucional a la civilización y el progreso... Porque esta España, desde su imaginario del “vanguardia del transporte ferroviario (liberalizado)” como símbolo de bienestar sostenible permitió que los operadores privados (europeos) situasen los trenes en las vías con un coste apenas del 30% del total para poner un convoy en funcionamiento… Y, claro, el sobrecoste de mantenimiento de la estructura ferroviaria, a cargo de todos los españoles, se resiente (mucho más en las cercanías, como bien demuestra el caso catalán). Ahora habrá que emplearlo en compensaciones a los familiares de las víctimas, pero ¿qué reparación cabe a una muerte?.

Pero volvamos a la imagen de grupo de Felipe VI y Letizia Ortiz en su visita al lugar del accidente ferroviario en Adamuz con el tren de la operadora privada italiana Irvo descarrilado al fondo... La fotografía (primero publicada por la Casa Real y luego, ante las polémicas, retirada al fondo de imágenes de su entrada) ha sido muy criticada, entre otras cosas, por el lugar ocupado por María Jesús Montero que se situó en primer plano junto al rey con Letizia desplazada a la derecha (se supone que ostentaba la representación máxima del gobierno del Estado, en ausencia de su presidente y al ser la vicepresidenta primera en funciones, pero no puede olvidarse que también es la candidata del PSOE a la presidencia de Andalucía en las elecciones ya convocadas), también por la posición del actual presidente de la comunidad y candidato popular a la reelección, Juanma Moreno Bonilla, situado delante del ministro socialista de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, desplazados ambos a la izquierda... En cualquier caso y más allá de cuestiones protocolarias  que a las víctimas y al pueblo en general le resultan irrelevantes/irritantes (al fin y al cabo son una suerte de “juego de sillas del poder” que sólo hace poner en primer plano la absoluta inutilidad rancia de la monarquía y la afición a la pose vacía de tantos cargos), la pose grupal merece un análisis… La actitud forzadamente compungida y el luto indumentario de tanta realeza, autoridad civil y hasta un mando de la guardia civil (éste con el uniforme del verde reglamentario, claro) ha dejado en las redes comentarios irónicos del tipo "ahora la gente bien ya no se fotografía con niños africanos hambrientos, sino con trenes accidentados" (entre muchos otros más desagradables que no merecen ser citados aquí). Y hasta ha llevado a algún experto en comunicación política a señalar que en la imagen "sólo falta un cura y ya tendríamos una perfecta estampa para una película de Berlanga"... Supongo que se refiere a una buena secuela de la trilogía de la familia Leguineche (La Escopeta Nacional, 1978, Patrimonio Nacional, 1981, y Nacional III, 1982); pero a mi me lleva más a rememorar "En la planta 14" de Víctor Manuel (editado por primera vez por Belter en 1975, como Cara A de un sencillo que llevaba en la cara B "Atrás queda el pueblo"), en concreto aquella parte que dice: "A las diez la luna clara/ se refleja en las sortijas del Patrón recién llegado/ con sombrero, gravedad y su aburrido gesto./ El ha sido el primero, vendrán gobernadores/ alcaldes, ingenieros.../ Tratarán de calmar/ la presentida viuda que se muerde el pañuelo,/ no sabrán acercarse a la madre que les mira/ con los ojos resecos./ A las doce el patrón mirara su reloj,/ los otros ya se fueron.../ Y en un punto y aparte esbozará un fastidio/ mientras piensa: ¿pero donde están estos?..."

Porque, eso parece decirnos la imagen, ¿pero dónde están estos?, a la vez que evidencia que “atrás queda el pueblo”. Por eso quienes, lejos del nihilismo radical de Nietzsche sostenemos, sin embargo, su vehemente pasión por los actos y su desdén hacia las excusas, sólo podemos sentir sonrojo, dolor e indignación ante tanto fariseísmo. No procede el miedo, sí la rabia.

DdA, XXII/6242

LUCHAR CONTRA EL FASCISMO SIGNIFICA LUCHAR POR LA VERDAD, COMO ALEX PRETTI

 Luchar contra el fascismo –contra los Stephen Miller y Greg Bovino del mundo, que odian a los diferentes pero odian aún más a personas como Renee Good y Alex Pretti– significa luchar por la verdad, escribe el articulista en CTXT. Esto presupone que hay que creer en su existencia y en la capacidad que tenemos, entre todas, de distinguirla de la mentira. También presupone agradecer y apoyar a todas y todos los que nos ayudan a conocerla: ciudadanas y activistas, fotógrafas, periodistas. Y, finalmente, significa renunciar a las guerras culturales, esos marasmos de sentimentalidad y afectación, por más tentadoras que nos puedan parecer desde un punto de vista táctico. Significa admitir que la verdad es muchas veces compleja y nada fácil de desentrañar. Pero, sobre todo, significa atreverse a ser honestos: a “señalar las diferencias entre la retórica y la realidad”, como decía el primer ministro de Canadá el otro día, predicando con el ejemplo y de paso señalando –con el tacto propio de los canadienses, eso sí– que el emperador andaba desnudo.

Luchar contra el fascismo significa luchar por la verdad 
y si contra la verdad el fascismo empuña las armas de la muerte,
mas crecerá la verdad si la acompañan
los ojos solidarios de quienes

Sebaastian Faber

La verdad aún existe. Es más: la verdad, y la idea de que exista, han salido reforzadas por las falsedades descaradas que se promulgan estos días desde el Gobierno federal norteamericano –en particular del Departamento de Seguridad Patria de la ínclita Kristi Noem– a raíz de lo que ha estado ocurriendo en las calles de Minneapolis.

No había ni una sola palabra de verdad en el relato que presentó el despacho de Noem de la ejecución sumaria por la Patrulla Fronteriza de Alex Pretti, el enfermero de 37 años que fue asesinado en la mañana del 24 enero por querer ayudar a sus conciudadanos. Así como en el caso del asesinato de Renee Good, 17 días antes, la versión oficial quedaba flagrantemente desmentida por tres elementos cruciales que, por fortuna, todavía abundan en Estados Unidos hoy: los testigos, las imágenes y el sentido común. 

Por más fácil que sea, a estas alturas, falsear todo tipo de evidencia audiovisual, la promesa original de la fotografía –registrar lo que ocurre delante de la cámara– sigue, hoy por hoy, intacta. Ayuda, claro está, que sean muchas las cámaras. Pero esto ha sido siempre así. Mucho antes de que se inventara la falsificación digital, las fotos ya mentían con ángulos y encuadres. Lo demostró la guerra española del 36, ese laboratorio fotográfico que formó a los Capa, Taro, Centelles y Chim, pero que también fue una escuela para escépticos. Para acercarse a la verdad fotográficamente, siempre ha sido necesario combinar tomas y cámaras varias.  

Tampoco es nuevo que quienes se dedican a documentar los hechos arriesguen la vida. Gerda Taro murió en Brunete; Chim, en Suez; Capa, en Indochina. Cuando, sobre las nueve de la mañana del día 24, una pandilla de verdugos federales se echó sobre Alex Pretti, en la Avenida Nicollet de Minneapolis, lo que este llevaba en la mano no era su pistola –que tenía guardada en la funda– sino un móvil, es decir, una cámara. 

Pretti, en otras palabras, perdió la vida en su intento por documentar los actos fascistas de un régimen autoritario empeñado en demonizar a los inmigrantes y tildar de “enemigo interno” a toda persona que se oponga a su programa etnonacionalista. Las personas que documentaron la ejecución de Alex Pretti –otro acto fascista de manual– arriesgaron, a su vez, su vida. Nunca se lo podremos agradecer lo bastante. Cuando se escriba la historia de estos días y cuando toque juzgar a los culpables –que ya tocará–, toda esta documentación resultará de importancia vital. 

Luchar contra el fascismo –contra los Stephen Miller y Greg Bovino del mundo, que odian a los diferentes pero odian aún más a personas como Renee Good y Alex Pretti, que solo pueden ver como traidores de la raza– significa luchar por la verdad. Esto presupone que hay que creer en su existencia y en la capacidad que tenemos, entre todas, de distinguirla de la mentira. También presupone agradecer y apoyar a todas y todos los que nos ayudan a conocerla: ciudadanas y activistas, fotógrafas, periodistas. Y, finalmente, significa renunciar a las guerras culturales, esos marasmos de sentimentalidad y afectación, por más tentadoras que nos puedan parecer desde un punto de vista táctico. Significa admitir que la verdad es muchas veces compleja y nada fácil de desentrañar. Pero, sobre todo, significa atreverse a ser honestos: a “señalar las diferencias entre la retórica y la realidad”, como decía el primer ministro de Canadá el otro día, predicando con el ejemplo y de paso señalando –con el tacto propio de los canadienses, eso sí– que el emperador andaba desnudo.

No deja de ser irónico que sea Kristi Noem, esa mentira andante, quien acaba por afianzar nuestra fe en la verdad. Como también es irónico que haya tenido que ser un banquero liberal canadiense, Mark Carney, quien nos ha recordado lo que perdemos cuando permitimos que nos mientan –sabiéndolo nosotros, y sabiendo ellos que nosotros sabemos–. Como dijo Carney: “El sistema persiste, no solo a través de la violencia, sino también a través de la participación de la gente común en rituales que, en privado, saben que son falsos”.

CTXT DdA, XXII/6240

lunes, 26 de enero de 2026

EL TREN DE LA HABANA


Valentín Tomé

Recuerdo tomar el tren que iba de La Habana a Santiago de Cuba. Según los horarios oficiales tardaría unas doce horas en cubrir el trayecto. Yo iba ensimismado contemplando el paisaje por la ventana de aquella perla del Caribe. La verdad ni reparé en el tiempo. Entre lecturas, pequeños sueños, montañas, playas y manglares... el tiempo parecía haberse detenido, hasta que la queja de un pasajero europeo me advirtió que habían pasado ya doce horas y aún andábamos por Trinidad, a mitad de camino entre la Habana y Santiago. El turista se dirigió airadamente a un cubano que parecía ser el revisor en precario español. Este le respondió que no entendía a qué venía tanta prisa, que si realmente estaba de vacaciones que se relajara y disfrutara del viaje. Y es que si hay algo que un cubano en verdad no posee es sentido del tiempo. Este gran tirano ha sido derrocado de la vida social y privada. Allí él no manda, no tiene nada que decir, el ritmo vital lo marcan las experiencias del día a día, la espontaneidad del libre fluir. Me acuerdo mucho de aquel tren hermosamente eterno cada vez que veo uno de los que por aquí surcan a 250 km/h, que anulan la contemplación del paisaje, y terminan corriendo tanto para acabar huyendo de la propia vida. Y es que si algo caracteriza el capitalismo en un sentido ontológico es haber convertido el tiempo en el mayor tirano de nuestras vidas.

DdA, XXII/6239

ASÍ SE DEVORA A SÍ MISMA UNA SOCIEDAD: SI TODOS LO HACEN, NO VOY A SER YO EL TONTO

El capitalismo y su hijo psicópata, el liberalismo, les ha dado carta de naturaleza a sus ambiciones y no sienten el mínimo pudor en ver negocio donde los demás ven tragedia. Las empresas de alquiler de coches elevaron sus precios. Un pasaje de avión a Sevilla podía llegar a costar 1014 euros. Precios dinámicos, lo llaman. Pero es que hubo quien, con su perfil activo en la aplicación de servicio de vehículo compartido, pensó que también podía hacer su agosto con uno o dos viajes al sur a un precio muy por encima del habitual. Debería modificarse la ley para impedir que esos precios dinámicos se activen al alza a medida que crece la demanda. Más aún, cuando esa demanda está provocada por una tragedia. La sociedad del “si todos lo hacen, no voy a ser yo el tonto” es la sociedad que acaba devorándose a sí misma.




Paco Tomás

Cuando el liberalismo socioeconómico se convierte en catecismo, lo más probable es que se abone el terreno para que germine una población individualista con una grave crisis de valores. Si a ese escenario le añadimos el adulterado relato del autoconocimiento, a veces, reconozcámoslo, apuntalado por un discurso identitario algo egocéntrico, el yo anulará el nosotros. Y aunque toda exhibición del yoísmo me saque de mis casillas, ver cómo se exterioriza en medio de una tragedia me ofende sobremanera.

Que el individualismo afecta a nuestra salud mental es más que evidente. Pero ignoramos que también afecta a las relaciones interpersonales y, por lo tanto, a la estructura social, siempre frágil cuando acontece una desgracia como la del choque de dos trenes de alta velocidad en Adamuz (Córdoba). Cierto es que ese individualismo no es la esencia de una sociedad, que se basa en el sentido de comunidad, y por eso, aunque se nos acostumbre a lo contrario, la solidaridad brota de una manera espontánea y altruista ante el horror. Lo vimos en la tragedia de la DANA y lo hemos vuelto a ver, la semana pasada, en las primeras horas del mortal accidente, con la manera en la que se movilizó el pueblo de Adamuz.

Pero, a la vez que eso sucedía, volvió a aparecer el maldito yoísmo. Lo vi en aquellas personas molestas porque el choque de los trenes había interrumpido, lógicamente, el servicio y tenían que buscarse la vida para llegar a su ciudad o acudir a su empleo. El yoísmo ante la tragedia. Dos trenes chocan, el número de víctimas crece, pero que tú llegues tarde a tu trabajo o a tu casa, de regreso del fin de semana, es un drama. Y no, no lo es. Nada es más importante que una vida truncada. Se arma uno de paciencia y busca la manera de regresar a su casa sin poner el grito en el cielo. 

No señalo. Porque ese instante de fastidio ante la contrariedad lo hemos sentido todos. El yoísmo no nos ayuda a relativizar. Asumimos, como niños pequeños, que nuestro malestar es propio y, por lo tanto, prioritario. Nuestra mente se bloquea y fruncimos el ceño como si ese accidente nos hubiera jodido la mañana, sin pensar en el horror que hay al otro lado. 

Por no hablar de los yoístas que necesitaban contar, en sus redes sociales, que estuvieron a punto de coger alguno de los trenes siniestrados pero que, finalmente, no lo hicieron. Y nos lo explican. No puedo con la gente que, en medio de la tragedia, busca foco a su persona para convertirse en protagonista de una historia que no le pertenece. Me enfurece. 

Pero esa no fue la única exhibición de yoísmo que percibí en medio de la tragedia. Sí fue la que menos me molestó, pero no la única. Porque cuando es una empresa quien antepone sus intereses al bien común, ahí la rabia me quema. Porque su falta de empatía convierte su individualismo en un valor de rentabilidad, siendo su actitud más tóxica e inhumana que la de un mero ciudadano.

El capitalismo y su hijo psicópata, el liberalismo, les ha dado carta de naturaleza a sus ambiciones y no sienten el mínimo pudor en ver negocio donde los demás ven tragedia. Las empresas de alquiler de coches elevaron sus precios. Un pasaje de avión a Sevilla podía llegar a costar 1014 euros. Precios dinámicos, lo llaman. Hay que tener poca vergüenza. Pero es que hubo quien, con su perfil activo en la aplicación de servicio de vehículo compartido, pensó que también podía hacer su agosto con uno o dos viajes al sur a un precio muy por encima del habitual. Debería modificarse la ley para impedir que esos precios dinámicos se activen al alza a medida que crece la demanda. Más aún, cuando esa demanda está provocada por una tragedia. La sociedad del “si todos lo hacen, no voy a ser yo el tonto” es la sociedad que acaba devorándose a sí misma.

Otra demostración de yoísmo fue la de ciertos periodistas, y algunos medios de comunicación, que antepusieron su afán por dar exclusivas, por ser los primeros en construir una hipótesis, cuando la estricta información ya les resultaba insuficiente. Aquellos que dicen querer “arrojar luz” sabiendo que están encendiendo una cerilla en un vendaval. 

Los medios, especialmente los audiovisuales, han llegado a un punto en el que se han convertido en la máquina de vapor a la que Groucho Marx echaba más y más madera. Programación extensa que hay que llenar de contenido cuando la información responsable, como es lógico en una catástrofe de este tipo, va a cuentagotas. Tertulianos yoístas que, en su momento de popularidad diario, exigen respuestas inmediatas y convincentes a circunstancias desconocidas de gran complejidad. 

¿Se imaginan formar parte de los grupos de operarios que llevan trabajando más de noventa y seis horas, sin descanso, intentando apartar los restos de los trenes siniestrados de las vías, sacando cadáveres de los amasijos, investigando las causas del accidente, y tener que escuchar, cada día, a un tertuliano o presentador haciendo conjeturas impunes o exigiendo respuestas a algo que difícilmente vamos a conocer, con precisión y responsabilidad, hasta que pase un tiempo, porque lo único que le mueve es poder seguir haciendo espectáculo mediático con la culpa? 

Y escribo culpa y no responsabilidad porque las responsabilidades son concluyentes y no tienen prisa, ya que pretenden aprender y reparar el error para que no vuelva a producirse. La culpa solo busca el reproche. No hay intención de aprender nada porque se conforma con que ruede la cabeza interesada.

Estar informados no es lo mismo que consumir información. Las noticias no deben ser hamburguesas de un euro. No hay que trasladar la esencia del fast food a los medios. La especulación no es información. Y siempre nos vamos a encontrar con mercenarios de la desinformación interesados en sacar rédito de la tragedia. Económico y electoral. El peor yoísmo. Y eso, en estos tiempos, rompe cualquier dinámica de cohesión social. 

En un planeta en el que el yoísmo de Donald Trump nos tiene en vela, deberíamos empezar a reconocer que somos más fuertes, más eficaces y más capaces, cuanto más apostemos por el nosotros y menos por el yo. Cuando no impongamos nuestro bienestar, o nuestro interés particular, al de la comunidad. El yoísmo quiebra el compromiso emocional, provocando que las relaciones humanas pierdan calidad.

Solo es cuestión de pensarlo un segundo antes de dar el paso. Antes del yo, pensar en el nosotros. Mejor nos irá.

PÚBLICO  DdA, XXII/6239

LA ALTA VELOCIDAD Y LA BANALIDAD CRECIENTE DE LA VIDA HUMANA

 Las “alegrías” de ministros y otros exponentes del progreso y el desarrollo acerca del AVE y del incremento constante de viajeros no tienen nada que ver ni con una política integral del transporte ni, menos aún, con la sensibilidad social que se les debiera exigir. Tener que oír, como sucede en estos días que “tenemos un sistema ferroviario de alta velocidad extraordinario” es propio de ingenieros y políticos carentes de visión global, sea social, sea ambiental, sea incluso financiera. Todo lo contrario, el despliegue de una red de alta velocidad, ajena a los parámetros habituales de las tecnologías ferroviarias, aparece paralela en numerosos tramos con el sistema ferroviario tradicional, duplicando las infraestructuras en la “España dinámica” y, al mismo tiempo, eliminándolas en la “España relegada”.

Pedro Costa Morata

El accidente ferroviario de Adamuz, segundo sucedido en trenes de gran velocidad en pocos años, obliga a reflexionar más sobre cuestiones de principio o subyacentes de nuestra arrogante red del AVE que sobre ciertos rasgos y características de esos trenes y la infraestructura que exigen. Y en primer lugar es necesario destacar que nunca hubo demanda social hacia un tren que circulase a 300 km/h. Siempre la hubo hacia un tren más puntual y más cómodo, pero con que compitiese en velocidad con la carretera su papel práctico se daba por exitoso; y esto, con que circulara a 140 km/h ya quedaba cubierto. Cuando se decidió por el primer AVE buena parte de nuestros trenes, y en gran parte del territorio, ya circulaban a 160 km/h, y podían, en avances sucesivos, superar esa velocidad, siempre dentro de lo que es normal en la tecnología ferroviaria y se espera de ella. Pero no hubo demanda social de un súper tren escasamente parecido a un tren de los habituales y conocidos, configurándose en realidad como prurito político-tecnológico, es decir, que fue cosa de frívolos e irresponsables.

Accidente de AVE y ALVIA en Adamuz (Córdoba).


La debida -justa, política, ética- demanda de mejora en nuestro sistema ferroviario, fue usurpada por una oferta surgida del Gobierno socialista del momento (1986), que adujo los oropeles de la anunciada Expo de Sevilla y que por ser sevillanos los dos primeros mandamases -Felipe González y Alfonso Guerra- se nos “vendió” dentro del comprensible, incluso chusco, orden de las cosas. Menos gracia tenía un trasfondo que actuaba en la decisión y la elección de la tecnología -que si alemana, que si francesa-, ya que las crónicas desveladas años después señalaban a un número dramático representado entre bambalinas políticas, descarnado, opaco y escasamente brillante: las presiones de los amigos socialistas franceses, en el poder desde 1981, para imponer la licencia y el producto Alsthom, que negociaron a cambio de la entrega de cierto número de presos de ETA confinados en Francia. Esta compulsión no sería la causa decisiva, ni siquiera la única de iniciar a RENFE en el mundo de la alta velocidad, ya que Sevilla y sus fastos ejercían de atracción casi obsesiva; pero haberla, húbola.

Acudiendo a consideraciones de principio, y a los “fundamentos sociales” del AVE, hay que recordar que la prisa, es decir, la “carrera por ir más deprisa y llegar antes” tiene un alto coste social y ambiental, resultando en realidad un cáncer social al que no se le concede el tratamiento adecuado y que introduce el sistema económico productivista allá donde puede; lo que incluye sectores que, como el transporte de viajeros, no son estrictamente productivos, aunque sí “excitan” la producción de maquinaria e infraestructura. Se nos obliga a ir más deprisa porque el sistema productivo la tiene y así lo ha decidido, arrastrando a políticos decisores que carecen de criterio e ideas propias.

¿Cuál es, por otra parte, el objetivo de introducir la competencia económica en una red ferroviaria única y común? ¿Reducir el precio para los viajeros? ¿Y puede aceptarse, o tolerarse socialmente, que esos precios puedan ser inferiores a los costes reales? Esto último solo puede aceptarse siempre que la red ferroviaria sea pública totalmente, por motivos de interés social. Pero las intrusiones privadas en la circulación y también en el mantenimiento sólo pueden obtener resultados netos a cambio de alguna compensación, sea externa por las subvenciones, sea propia por reducción de costes, por ejemplo, en personal o seguridad; y esto es muy seriamente desleal.

Es evidente que la tecnología osada nunca es totalmente de fiar, y esto se agrava en el caso de hacer circular los trenes a más de 200 km/h. Las personas siguen siendo igual de frágiles, aunque la tecnología incremente sus desafíos y, en consecuencia, sus riesgos. Tecnologías como ésta, de “manejo” de personas, implican necesariamente la banalización de la vida humana al modo, solo aparentemente, pacífico. No es aceptable incluir estas víctimas entre las “necesarias” o “inevitables” del progreso, ya que el AVE no implica progreso humano o social si atendemos al empeño debido -que incumple- en la resolución de las necesidades colectivas, y en cuanto a lo científico-tecnológico no debe calificarse sin más como progreso, debiendo limitarse al apartado de “avances”, con toda la ambigüedad que esto entraña.

En principio, el exhibicionismo tecnológico es estúpido e insensato. La tecnología falla siempre, y la tecnología compleja y exigente, como es la del AVE, deja inevitablemente una nítida, ineludible, posibilidad para la incidencia y el accidente. No actuó debidamente la tecnología cuando “consintió” que aquel AVE en la curva de Angrois excediera su velocidad marcada, y murieron 79 personas; y tampoco ha actuado controlando debidamente la soldadura o el estado de los raíles en la sierra cordobesa. Tecnología y tecnólogos, como sucede en el AVE, por ejemplo, están sobrevalorados socialmente, por incitación, propaganda o engaño. La complejidad tecnológica introduce fragilidad y vulnerabilidad y se suele manejar la probabilidad de accidente grave con tendencia manipuladora a subvalorarla.


Accidente de un ALVIA en Santiago de Compostela (2013).


Anotemos, por cierto, que la “expansión diferencial” del AVE, en precios y territorios, es discriminatoria y antisocial: la contrapartida a su implantación a la que se entregan los responsables de nuestros ferrocarriles es la eliminación de líneas tradicionales, de estaciones y, en consecuencia, paradas y servicios. Incrementa así la circulación por carretera, sepultando la principal y más actual ventaja del tren, que es la de prevenir la acumulación de viajeros y mercancías en la carretera, con sus enormes costes sociales y ambientales. Sin embargo, la realidad es que se enfrenta al “éxito negativo” de la incesante acumulación de tráfico de pasajeros y mercancías en las carreteras, lo que pone en evidencia que el súper tren incumple su principal función social y ambiental. Un objetivo primerísimo del tren en España y en todo el mundo es frenar la expansión de la carretera, y a esto debiera estar dirigida la política ferroviaria, como principal ámbito (que no debieran ser las autopistas) de una estrategia del transporte a medio y largo plazo.



Las “alegrías” de ministros y otros exponentes del progreso y el desarrollo acerca del AVE y del incremento constante de viajeros no tienen nada que ver ni con una política integral del transporte ni, menos aún, con la sensibilidad social que se les debiera exigir. Tener que oír, como sucede en estos días que “tenemos un sistema ferroviario de alta velocidad extraordinario” es propio de ingenieros y políticos carentes de visión global, sea social, sea ambiental, sea incluso financiera. Todo lo contrario, el despliegue de una red de alta velocidad, ajena a los parámetros habituales de las tecnologías ferroviarias, aparece paralela en numerosos tramos con el sistema ferroviario tradicional, duplicando las infraestructuras en la “España dinámica” y, al mismo tiempo, eliminándolas en la “España relegada”.

Recordemos, ya que el momento parece muy oportuno, que el AVE no tiene nada que ver con una tecnología “a la medida del hombre”, y por eso nos maltrata de numerosas y diversas formas, directas e indirectas, ofreciéndonos a cambio el espejismo de “llegar antes” aunque ni lo deseemos ni lo necesitemos. En una sociedad que se mueve entre tragedias y amenazas de catástrofe conviene recordar, y reivindicar, que “lo pequeño es hermoso”, aunque este eslogan solo puedan enarbolarlo, hoy, los profetas históricos del Desastre, los debeladores de la Gran Máquina, los denunciantes de la Distopía… Y, desde luego, sin el menor eco -como no sea una media sonrisa conmiserativa y arrogante- de los que obran cada día por la inseguridad y la falacia. Por no hablar de la “suntuosa deshumanización” del trato a los viajeros que ha entrañado esta celebrada tecnología, que tiende a exportar al sistema entero: la prohibición del acceso a los andenes, para despedir y recibir a los seres queridos es una muestra de frialdad y menosprecio hacia las personas, y una broma sin gracia cuando se alegan “motivos de seguridad”. La indiferencia con que se despoja al tren de su potente carga poética y sentimental es imperdonable, y lo es sobre todo porque es innecesaria: mera concesión a la intimidación social.

La Gran Tecnología, como lo es la alta velocidad, obra por la banalidad creciente de la vida humana, que es liquidada con mayor frialdad y horror: no es lo mismo morir de un impacto, sea donde sea, que acabar como restos irreconocibles y difícilmente identificables. Por supuesto que los accidentes mortales son inevitables, desde los domésticos hasta los laborales o los del tráfico de cualquier tipo, especialmente en sistemas tecnológicamente complejos como son los ferroviarios; pero la realidad y la tendencia muestran que la muerte por accidente -la “muerte tecnológica”- reviste cada día más horror debido, precisamente, a la tecnología compleja, en la que el incremento de velocidad es un elemento esencial. El sistema ferroviario español, y es de suponer que en general en todos los países, ha caído en manos de una burocracia productivista de incompetentes sociales y ambientales. Que además son ajenos totalmente al “espíritu ferroviario”, conciencia y sentimiento que ni conocen ni quieren recuperar, pero que ha caracterizado a una profesión que siempre se supo, generalmente con orgullo, trabajando por cubrir las necesidades básicas de los ciudadanos.

ALTERIDAD PERIÓDICO CULTURAL

LUIS RAMOS: ABRID LA TIERRA, ARRANCAD LOS CANDADOS, DEJAD QUE LA LUZ NOS CONSUMA


 Dijo Luis Ramos el pasado sábado, en la presentación de su nuevo libro en Salamanca, que esta vez quiso abrirlo con prosa poética y fue así como se encontró con el pulso de la mano para abrir la tierra con palabras manuscritas. Es al pulso del sentimiento -avivado en la idea y la palabra-,  como se da voz  en el poemario a los escondidos, ocultos y fugados, a los presos republicanos de las cárceles inmundas de la posguerra y también a las víctimas del terror fascista en fosas y cunetas, donde sus verdugos pretendieron y lograron, cerrando la tierra, ganar la impunidad de su masacre. Nuestra gratitud por el empeño del poeta y cantautor zamorano en nombrar esa memoria del olvido y  habernos hecho partícipes a viva voz de que, por enterradas que sigan estando esas voces, hay poemas como los suyos capaces de iluminarlas, por lo que representaron en vida y lo que significó y significa tanto tiempo de silencio. María Ángeles Pérez López y Pablo García Malmierca hicieron la presentación del poemario en la librería Letras Corsarias. Lazarillo 

Pablo A. García Malmierca/Culturamas

«Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas). / A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro…» —Dámaso Alonso, Hijos de la ira

Estos versos cargados de angustia existencial y de grito sordo perfectamente podrían haber sido aplicados a los topos, esos hombres y mujeres que tras la Guerra Civil tuvieron que emparedarse para que los vencedores del conflicto no pudiesen acabar con sus vidas. Abrir la tierra, último libro de poemas publicado por Luis Ramos de la Torre en la editorial Lastura, abre su tríptico del horror y de la complacencia con una «Letanía del topo». Esta letanía, que no lo es solo en el título, ya que el autor ha optado por una prosa poética que toma sus fuentes rítmicas de la liturgia cristiana. Esta elección, que pudiera parecer algo baladí, se torna en este libro en perfecta conjunción de forma y contenido: los topos, sepultados en vida, perseguidos, condenados al vacío y la nada por el Movimiento Nacional, se convierten aquí en objeto litúrgico; el discurso eclesiástico aporta aquí la legitimación que se les robó en vida. Qué mejor reivindicación para el vencido que utilizar el lenguaje del vencedor, justicia restitutiva que Luis Ramos nos muestra de manera muy clara en ejemplos como el siguiente: «TOPOS: Bendito el ejemplo. Bendito el recuerdo. / Benditos» (30).

Sin embargo, nunca debemos olvidar que el topo es alguien que no existe, inserto en un no lugar (una pared, un pozo, un hueco en el desván…), por eso su definición se hace desde lo que no es, su propia esencia: «El topo no agrede, no araña, es quietud aprendida, latencia; no tiene la mirada aviesa que siempre mantienen los grandes traidores de las causas nobles» (25).

El proceso de reivindicación que realiza Luis Ramos es doble. Por un lado, nombra, no se cansa de nombrar a los topos: su nombre, sus dos apellidos, su apodo; continuamente el texto aparece atravesado por sus nombres, dándoles así una centralidad que la catástrofe de la Guerra Civil les robó. Pero, además, se da otro proceso de reivindicación, de acercamiento afectivo, ahora ya en el propio discurso. El texto destaca por su adjetivación, en grupos de dos y tres adjetivos que acompañan a uno o varios sustantivos; esta adjetivación tiene dos funciones: la de acercamiento afectivo por parte de la voz poética a la realidad del topo, que consigue traspasar al lector, y una función rítmica, pues gran parte del ritmo de esta parte del libro es binaria o ternaria. Podemos oír la respiración del emparedado, su sístole y su diástole, y este ritmo entrecortado se cierra con ritmos ternarios, como podemos observar en el siguiente párrafo (los subrayados y los números entre paréntesis son míos):

TOPOS. Enterrados y deshabilitados (2). Ocultos en su desgracia, pero altos en dignidad (2). Soterrados entre la sístole y la diástole (2) de la vergüenza. Recordados y nombrados (2) desde el tambor insistente de la arenosa (2) venganza que incendia las venas. Abandonados, suprimidos y tantas, tantas veces olvidados (3). (Pág. 28-29).

La voz poética, que en este caso podemos identificar con el autor, en esta búsqueda de la reivindicación de los topos, de su angustia existencial, muy próxima a la de los poemas de Dámaso Alonso y otros autores de la llamada poesía desarraigada de la posguerra española, muestra un deseo claro de luz y de espacio: «… a gritos que se abra la tierra» (28); «Crear espacio» (29). Este deseo se manifiesta de manera rotunda en la terna: «Abrir la vida. Abrir la historia. Abrir la tierra» (30). Esta terna será el leitmotiv de todo el libro, tanto para los topos, protagonistas de esta primera parte, como para los presos y presas de la segunda, y para los enterrados en las cunetas de la tercera. Destaca así una constante oposición entre lo que se desea para el presente —luz, apertura, justicia, reivindicación, restitución de la memoria— frente a la angustia del pasado del topo, marcada por una adjetivación negativa: escondidos, recelosos, abandonados, suprimidos, callados, perdidos, asustados, mostrando así una tensión necesaria entre la ignominia de lo que fue y la restitución de lo que debería ser. Deseo que se traduce en bellas metáforas: «Como el árbol se hace cielo y se alza álgido entregándose a la contra y desde abajo, siempre desde abajo» (32), que tanto nos recuerda a Claudio Rodríguez y sus metáforas ascendentes y, tal y como recuerda el texto, recogiendo palabras de Claudio, «siempre en doma» (32).

Esta letanía continúa con un poema dedicado a las mujeres topo, como ejemplo de memoria y dignidad: «…mujeres o familiares de los TOPOS que incendiaron la vida y el corazón de alegría callada e hicieron de la resistencia un canto acogedor y una semilla plena de memoria, aliento y lucidez» (35). En este poema la voz poética se dirige al lector con un mandato claro: recordadlas, esperadlas, sentidlas… Uniendo así su denuncia con la del lector, intentando conmovernos y, a la vez, movernos, buscando nuestra acción. Estamos, así, ante una poesía que no es simple denuncia: es también una llamada a la acción, a cambiar el estado de las cosas, convirtiéndose en un libro necesario, un libro con el que cambiar nuestra apatía e indolencia, un texto que busca que nos posicionemos frente a los tibios y los que se ponen de lado.

Se abre así el poema IV, con un apóstrofe a los que están de lado, un «tú» explícito al que increpa, al que echa en cara su indiferencia y su desmemoria, los peores de los pecados de los hombres: «…la vergüenza de la desmemoria acostumbrada lleve a la vejación, a la mofa y a la falta total de respeto hacia quienes verdaderamente lo sufrieron» (37). Y siempre Claudio, con sus certeras palabras: «Largo se hace el día a quien no ama, y él lo sabe…» (41).

Tras esta letanía, se abre ante nosotros «Si no tuviese ojos», en clara referencia a esos topos, aunque ahora el discurso se centra sobre los encarcelados del franquismo y su represión; resuenan aquí Miguel Hernández y Marcos Ana.

La génesis de esta segunda parte nace de un viaje del autor a Lugo y la visita al centro cultural que hoy ocupa lo que fue la cárcel de Lugo, uno de los centros de represión de la dictadura franquista contra los contrarios al régimen. Luis Ramos supera la fractura que supone la gentrificación de un lugar de dolor y sufrimiento con el uso de la ironía; frente a la mera visita turística del turista zombificado e insensible, Luis Ramos es capaz de leer en los muros los gritos y la enfermedad de los presos, en un ejercicio de restitución y empatía. El primer poema deja clara esta dicotomía: la cárcel se califica con «miedo, mugre y enfermedad», para terminar diciendo: «Lugar turístico, hoy. / Centro Cultural.» (47). ¿Paradoja o realidad que nos atraviesa como viajeros modernos, coleccionistas de experiencias sin empatía hacia lo que vemos o visitamos?

Si algo resuena en estos poemas sobre la cárcel es la experiencia carcelaria de Miguel Hernández, al que se cita de manera explícita en el poema que abre «Si no tuviese ojos». Recordamos esas «Nanas de la cebolla», donde la cebolla es extensión del cuerpo sufriente y del hambre de su familia; Luis Ramos utiliza el «arroz atroz» y el «oscuro pan» como metonimias del sistema penitenciario. Pero la degradación del encerrado no acaba aquí: llama poderosamente la atención el tratamiento del cuerpo; recordamos otra vez, por sus cartas, todo lo que sufrió Miguel Hernández: piojos, sarna y tuberculosis, de la que finalmente murió. Luis Ramos no tiene reparos en pararse en detalles escatológicos que casi nos expone como cronista; baste esta lista de productos: «El “Mitigal”, cinco pesetas; / bueno para la roña. / Y jabón “Afridol”, seis… / o “Sulfureto Caballero”, / muy eficaz contra la sarna». «Ardía la piel de mugre y costra… Infecciones. Esputos. Parásitos». (60). Pero este sufrimiento no es solo corporal, también lo es psicológico; basta recordar el célebre poema de Marcos Ana «Decidme cómo es un árbol», que aquí resuena con «el olor lejano del brote del árbol».

El proceso en esta segunda parte es claro: el autor busca reivindicar a los presos a través del testimonio de su sufrimiento y así restituir su memoria: «Excarcelar de una vez la memoria.» (48). En su afán recuperatorio, el autor nombra y nombra hasta la saciedad, ahora el nombre de los presos, siempre con su nombre completo. Y, como en el apartado anterior, no se cansa de gritar: «¡Que la Historia cumpla de una vez con la justicia!» (52). Son continuas las referencias a las atrocidades del franquismo y a la vida descarnada que dejaron a los vencidos, sin olvidarse de los que todavía hoy quieren pasar página y tapar tanta atrocidad y tanto dolor: «¿Quién dijo sin rubor / que el pasado estaba muerto? / ¿Quién dijo procaz y altivo, / quién se atreve a decir: / “habría que pasar página”?».

Este tríptico del horror llega a su fin con «La voz de las cunetas», reescritura de lo que en su día fue el libro de poemas publicado por Baile del Sol Entre cunetas. Si comenzamos hablando de los topos, enterrados en vida; los presos, exterminados en vida, animalizados, cuerpos sufrientes; terminamos con los cuerpos por exhumar en las cunetas de la vergüenza. Aquí el poeta se torna en filósofo y músico, conjugando ambas formas de ver y pensar el mundo. Se abre esta parte con un poema que nos deja claro el proceso de restitución de la memoria: este proceso parte de lo matérico hacia lo ontológico; primero debemos «mirar», «sentir», «notar», «palpar» «la materia roñosa / de la memoria silenciada…» (85), para después «Buscar en los despojos de la historia / los pétalos de la luz, / la semilla / del silencio sublevado» (86). Es en la tierra, en esos cuerpos por exhumar, donde está la verdad, y esto solo podemos hacerlo removiendo la tierra. Se convierten así estos poemas finales en una denuncia de lo que se debería hacer y no se hace como debería: exhumar las fosas comunes del franquismo como ejercicio de dignidad y de restitución, como último acto de empatía hacia los que perdieron a sus seres queridos de la manera más irracional y atroz, víctimas de la manipulación y la aquiescencia de los que mandaban. Ante tal barbarie solo queda un deseo, que es acción y grito: «Abrir la tierra» (94).

Entre paseíllos, silencios y desmemoria, el poeta alza su voz junto al pueblo utilizando la música y el romance en «(Canción de la vera)», donde, en comunión con el pueblo vencido, comparte su dolor y lo hace canto: «¡Ya ronca la historia! / ¡Ya grita la zanja! / ¡Ya piden las fosas / aire y no venganza!» (116).

Estamos ante un libro necesario en estos tiempos oscuros donde los fascismos vuelven a asomar en un mundo en crisis. Luis Ramos entona un canto valiente que se dirige a todos, una poesía que busca movernos, que pasemos a la acción, que dejemos de ser meros turistas de lo que ocurre a nuestro alrededor, para que nos involucremos en lo que de verdad importa: el sufrimiento, la memoria, la lucha contra la mentira; en definitiva, para que nos alineemos del lado de la verdad.

Abrir la tierra, tirar los candados y dar voz a las cunetas.

DdA, XXII/6239